El libro rojo de la publicidad, de Luis Bassat.

ÍNDICE

El libro rojo de la publicidad

Un anuncio puede conseguir que alguien se interese por un libro y, al mismo tiempo, darle una idea equivocada de lo que encontrará dentro. Sucede cuando la promesa sirve para atraer miradas, pero no para describir las páginas que se van a leer. El problema aparece después, cuando esa persona busca la ayuda, la historia o el nivel de dificultad que creyó comprar.

Luis Bassat coloca el producto y la motivación del consumidor entre las primeras decisiones publicitarias. El índice de la edición actualizada avanza desde esas cuestiones hacia la estrategia, la creación de anuncios, la marca y los distintos medios. Ese recorrido permite hacerse preguntas útiles antes de contratar una campaña: qué ofrece el libro, a quién le importa y cómo puede comprobarlo quien aún no lo conoce.

Para un autor que paga sus propios anuncios, esa comprobación puede empezar con una muestra de lectura y una conversación en la librería. Si las preguntas de los lectores se concentran en un capítulo que el anuncio apenas menciona, conviene escucharlos antes de aumentar el presupuesto. Una promesa más precisa puede atraer a menos personas y resultar más pertinente para quienes de verdad buscan esa obra.

También importa lo que ocurre entre ver un anuncio y decidir. El título debe poder recordarse, la ficha de venta tiene que responder a las dudas que aparecen al abrirla y las cifras de la campaña han de leerse según lo que realmente miden. Un clic informa de una visita. Para saber si la publicidad añadió ventas hacen falta comparaciones que permitan separar su efecto del de una reseña, un descuento o una nueva distribución.

Ficha técnica del libro

Título: El libro rojo de la publicidad (edición actualizada).

Autor: Luis Bassat.

Edición de referencia: DEBOLSILLO, junio de 2020.

Extensión de esta edición impresa: 296 páginas, según la ficha editorial.

ISBN de la edición impresa: 9788466353205.

ISBN de la edición digital: 9788466354158.

Estructura: quince capítulos y epílogo, según el registro bibliográfico de REBIUN.

Temas: estrategia publicitaria, consumidor, creatividad, marca, medios y comunicación comercial.

Consulta del libro: Ver El libro rojo de la publicidad en Amazon.

Cómo hacer publicidad de un libro sin exagerar su contenido

¿Qué ocurre cuando un anuncio promete más que el libro?

Una editorial anuncia una guía como si sirviera para abrir cualquier negocio. El libro, en cambio, explica cómo poner en marcha una tienda online. La frase atrae también a quien quiere montar una peluquería y espera encontrar respuestas que esas páginas nunca le darán.

Antes de cambiar el anuncio conviene mirar el producto. Bassat sitúa el producto en el centro de la comunicación porque la publicidad lleva personas hasta una experiencia concreta. Si esa experiencia no responde a lo prometido, escribir un titular más atractivo solo aumenta la distancia entre expectativa y contenido.

La editora coloca la frase de la campaña junto al índice y la muestra de lectura. Ve que el libro sí explica con detalle cómo elegir una plataforma de venta y organizar los primeros pedidos. Es un beneficio valioso, pero distinto del que estaba anunciando.

Puede ajustar el anuncio para dirigirse a quienes quieren vender por internet. Si pretende conservar la promesa general, tendría que ampliar el contenido de una próxima edición. Son dos decisiones editoriales distintas, con costes y plazos distintos.

La promesa ajustada permite escribir una ficha más útil. Puede decir a quién se dirige la guía, mostrar una página sobre el primer pedido y explicar qué temas quedan fuera. Esa última información ahorra consultas de personas que necesitan ayuda para abrir otro tipo de negocio.

La comparación entre anuncio, índice y páginas permite corregir el texto antes de invertir más dinero. Si quien llega atraído por la frase abre la muestra, debería encontrar allí el tipo de ayuda que le hizo interesarse por el libro.

Ejemplo del autor: Gila hizo reconocible la propuesta de Filomatic

En su relato sobre Filomatic, Bassat recuerda cómo Miguel Gila hizo reconocible la sensación de afeitarse con aquellas hojas. Su manera de hablar atraía la atención, pero el producto seguía presente en lo que contaba.

Ahí hay una diferencia útil para cualquier anunciante pequeño. Un rostro conocido puede hacer que alguien mire un anuncio. Después tiene que quedar claro qué se ofrece y por qué esa oferta merece consideración. Si la gente recuerda solo al protagonista, la marca ha pagado por una atención difícil de aprovechar.

Una editorial podría pedir a un escritor con buena presencia en cámara que presente un libro de cocina. Antes de grabar, le daría a preparar una receta real del volumen. Verlo resolver un paso concreto vincularía su voz al contenido y permitiría reconocer el libro en la escena.

La receta elegida debe existir en el libro y caber en el vídeo sin falsear su dificultad. Si preparar el plato exige dejar un ingrediente en reposo toda la noche, la pieza puede mostrar el resultado y explicarlo. Omitir esa espera por hacer el anuncio más ágil cambiaría lo que el comprador espera de la receta.

Si el vídeo se limita a contar que el invitado «adora leer», puede ser agradable sin enseñar nada de la obra. La prueba está en una pregunta posterior: ¿quien ha visto la pieza recuerda el título y sabe qué receta encontrará dentro?

Bassat cuenta que Gila acompañó a Filomatic durante siete años. Ese tiempo hizo reconocible una forma de hablar asociada a la marca. En una campaña de libros, la pregunta sigue siendo qué recordará el público además de la persona que aparece en pantalla.

¿Qué página enseñarías para demostrar la promesa de tu libro?

El anuncio de un manual asegura que ayudará a preparar una oferta comercial. Quien lo ve todavía no sabe si encontrará consejos generales o si podrá escribir una propuesta después de leerlo. Una página del interior puede aclarar esa diferencia.

La autora elige una muestra que contiene un presupuesto explicado paso a paso. Se ven las partidas que debe incluir, una frase para presentar el plazo y un ejemplo de cómo responder a una objeción sobre el precio. El lector puede juzgar si ese nivel de detalle le sirve.

En Ideas que pegan trabajamos cómo una prueba visible ayuda a sostener una afirmación. La autora puede mostrar la página donde se presenta el presupuesto y, junto a ella, el índice que sitúa ese ejercicio dentro del capítulo. Así se ve tanto el ejemplo como el lugar que ocupa en el método del libro.

Bassat incluye la demostración entre los caminos de creación publicitaria. Al aplicarla a un libro, la muestra funciona cuando representa lo que las demás páginas ofrecen. Escoger una excepción brillante y ocultar capítulos mucho más vagos trasladaría el problema a después de la compra.

También cambia el texto del anuncio. En lugar de llamar al manual «definitivo», puede decir que enseña a preparar el apartado de precio de una oferta y enlazar la página donde se ve ese trabajo.

Puede hacerse la misma prueba con una novela. La contracubierta promete una trama contada mediante cartas, así que el avance debería dejar ver al menos una y permitir comprender quién la escribe. Mostrar solo una frase dramática, separada del modo en que se narra la historia, ayuda menos a decidir si esa lectura interesa.

Con la frase del anuncio a un lado y el libro abierto al otro, la editora puede comprobar algo sencillo: si cuesta encontrar una página que respalde la promesa, la campaña necesita una corrección antes de aumentar su alcance.

Conocer al lector y al comprador antes de anunciar un libro

¿Quién compra el libro y quién tendrá que leerlo?

Una madre busca una novela para su hijo de diez años. Ella revisa la edad recomendada y el tamaño de la letra. El niño hojea las primeras páginas y quiere saber qué le pasa al protagonista. Los dos participan en la compra, pero están intentando resolver preguntas diferentes.

Si el anuncio habla solo a la madre, puede ofrecerle seguridad y olvidar lo que hará que el niño quiera empezar. Si se dirige solo al niño, quizá no dé al adulto la información que necesita para pagar. Entender al consumidor exige saber quién decide, quién usa el producto y qué espera cada uno.

No siempre hacen falta dos anuncios. En una ficha de venta caben un dato para el adulto y un fragmento que interese al niño, siempre que cada uno se pueda encontrar sin recorrer un bloque de texto pensado para el otro. En una campaña breve, en cambio, puede convenir llevar a cada persona a la información que necesita en ese momento.

La editorial puede enseñar una doble página legible y una escena inicial que permita hacerse una idea de la historia. En la ficha, una indicación de edad bien elegida ayuda al adulto. La primera escena da al niño un motivo para pedir que se lo lleven.

El mismo cuidado sirve para un libro de formación comprado por una empresa. La persona que lo paga pregunta por el coste y el programa. Quien acudirá al curso quiere saber si podrá aplicar una parte al día siguiente.

Antes de escribir un único anuncio para ambos, conviene recoger las preguntas de cada uno y decidir qué pieza verá cada cual. La información necesaria está en la decisión concreta que esa persona debe tomar.

Ejemplo: una librera escucha antes de recomendar un libro

«Quiero algo ligero para mi hermana», dice un cliente al entrar en una librería. La librera podría llevarlo a la mesa de novelas más cortas. Prefiere preguntarle qué suele leer ella y cuándo encuentra tiempo para hacerlo.

El cliente cuenta que su hermana lee en el tren, deja los libros a medias cuando los capítulos son largos y disfrutó hace poco de una historia de intriga. «Ligero» no significaba necesariamente una trama sin dificultad. Quizá hablaba de poder detener la lectura sin perder el hilo.

Con esa información, la librera puede mostrarle el comienzo de dos novelas y la longitud de sus capítulos. Tampoco necesita prometer que le gustarán. Tiene motivos concretos para explicar por qué esas opciones encajan mejor con lo que el cliente le ha contado.

Cuando una editorial prepara una campaña puede hacer una escucha parecida. «Quiero aprender a escribir» admite muchos significados. Hay quien necesita empezar una novela y hay quien quiere redactar un correo que consiga una respuesta.

Una campaña digital puede aprender de las preguntas que recibe una librería. Si las consultas repiten «¿sirve este libro para escribir diálogos?», la editorial puede enseñar el apartado donde se trabaja esa dificultad. No necesita declarar que el volumen sirve para cualquier problema de escritura.

La pregunta anterior a elegir el titular es qué intentaba hacer la persona cuando buscó ayuda. Una respuesta concreta permite hablar de una necesidad reconocible en lugar de usar la misma promesa para todos los libros de la estantería.

¿Qué título recordará alguien cuando llegue a la librería?

Un lector ve un anuncio hoy y entra en una librería dos semanas después. Tal vez no recuerde la frase completa, pero sí una cubierta azul y el nombre del libro. Si allí encuentra varios títulos parecidos, esos dos detalles pueden ayudarle a reconocer el que había visto.

Bassat propone que una campaña venda en el presente y contribuya a construir una marca para más adelante. En el caso de un libro, el recuerdo tiene que poder convertirse en una búsqueda o en una pregunta a la librera. Una imagen ingeniosa que el lector no asocia con ningún título deja esa tarea sin resolver.

La editorial prepara tres anuncios con enfoques distintos. En todos mantiene el título legible y la misma cubierta. Después muestra las piezas a un pequeño grupo, espera un tiempo y pregunta qué libros recuerdan sin enseñarles las imágenes otra vez.

Alguien puede recordar el tema del anuncio y confundir el título. Ese resultado no le dice a la editorial cuántos ejemplares venderá, pero sí señala un problema de identificación que aún puede corregir.

Conviene separar el reconocimiento de la compra. Preguntar al grupo qué título ha visto mide si puede identificar el libro. Observar pedidos responde a otra cuestión, porque una persona puede recordarlo y preferir leer la muestra antes de pagar. Las dos señales ayudan a mejorar decisiones diferentes.

Una portada que cambia de color en cada anuncio dificulta esa prueba. También la dificulta un título pequeño que en móvil solo se ve al detener el vídeo. Preparar una versión a tamaño real para cada pantalla permite saber si la pista elegida llegará a la persona donde verá la campaña.

Si un lector va a pedir el libro días después de ver la campaña, necesita una pista que sobreviva a ese intervalo. Un título legible, una cubierta reconocible y una idea concreta pueden ayudarle más que una ocurrencia desligada de la obra.

Estrategia publicitaria para cambiar una decisión de compra

¿Qué creencia tiene que cambiar antes de comprar un libro?

«La contabilidad se me hace demasiado difícil» es la objeción que escucha un autor cada vez que presenta su guía para pequeños comercios. Repetir que el libro es completo no responde a esa inquietud.

Puede formular la tarea de la campaña de otro modo. Hoy esas personas creen que necesitarán dominar toda la materia antes de abrir el libro. Quiere que descubran que el primer capítulo les ayuda a registrar una venta y a separar el dinero que tendrán que reservar para impuestos.

La creencia que interesa cambiar debe escribirse como la diría alguien que podría comprar el libro. «La contabilidad me queda grande» permite entender la dificultad. «Posicionarnos como una solución accesible» explica la intención de quien anuncia, pero no revela qué obstáculo encuentra la persona que está mirando el anuncio.

La prueba debe aparecer en la propia guía. Si el capítulo empieza con un caso sencillo y permite completar esa anotación, una imagen de la página ofrece más apoyo que un adjetivo. Si la explicación salta enseguida a conceptos avanzados, el anuncio debería cambiar o el capítulo debería revisarse.

Bassat trabaja la estrategia publicitaria como creación, cambio o consolidación de actitudes. Para una campaña pequeña, escribir la creencia actual y la que se pretende modificar ya evita muchas frases que suenan bien y dejan intacta la duda.

Una lectora de Piénsalo otra vez reconocerá aquí la utilidad de revisar una idea cuando aparecen datos que la contradicen. Si las personas que ven el capítulo de muestra siguen pensando que no pueden empezar, conviene preguntar qué paso les falta antes de insistir en el mismo mensaje.

Después se puede pedir a dos comerciantes que miren la muestra. La pregunta útil no es si les parece bonita, sino qué creen que podrían hacer al terminar esa primera lectura.

Ejemplo del autor: Avecrem encontró sitio en otros platos

Avecrem se conocía como una pastilla para preparar caldo. Según el relato de Bassat sobre aquella campaña, la publicidad la presentó también como condimento para guisos. No necesitaba cambiar la pastilla cada vez que cambiaba la receta. Necesitaba que quien cocinaba viera otra ocasión para usarla.

Ese movimiento ayuda a pensar en libros cuyo contenido sirve en momentos que el público no reconoce. Un ensayo sobre escritura puede estar dirigido a autores y contener también un capítulo útil para preparar una presentación oral. Antes de anunciar ese segundo uso hay que comprobar que el capítulo lo trabaja de verdad.

Una editorial localiza el capítulo, elige una de sus técnicas y crea una pieza para personas que deben presentar un proyecto. En vez de decir que el libro vale «para todo», muestra una situación concreta: alguien ordena los argumentos de una propuesta antes de reunirse con un cliente.

Antes de diseñar otra cubierta o cambiar la categoría comercial, la editorial puede probar esa presentación en una pieza concreta. Si quienes deben preparar una propuesta no encuentran ayuda real en el capítulo citado, cambiar las palabras del anuncio no solucionará el desajuste.

La campaña puede despertar interés en personas que antes no se reconocían como destinatarias. Cuando abran la muestra deberán encontrar aquella técnica de presentación en un capítulo identificable, con el alcance que la editorial les ha prometido.

¿Qué le pides a alguien que acaba de entender tu anuncio?

El vídeo de una diseñadora enseña el cambio entre una portada difícil de leer y otra en la que título y autor se distinguen incluso en pequeño. Una persona interesada entiende la mejora, pero todavía no sabe si puede permitirse contratarla.

Pedirle que pague de inmediato quizá no encaje con la decisión que tiene delante. Necesita conocer qué recibirá, cuánto tardará el trabajo y qué material debe entregar. La página a la que llega desde el vídeo puede resolver esas preguntas antes de mostrar el formulario de encargo.

La página de encargo debería incluir un ejemplo de entrega y las condiciones que suelen dar lugar a dudas: número de propuestas, revisiones, formato de los archivos y fecha desde la que empieza a contar el plazo. No hace falta meter todos esos detalles en el vídeo, donde impedirían ver la diferencia entre las dos portadas.

La estrategia no termina cuando el anuncio consigue atención. Bassat relaciona la publicidad con la motivación del consumidor y con las disciplinas que continúan el contacto. En este caso, cada paso debe responder a una duda que aparece al avanzar hacia la compra.

La diseñadora revisa los mensajes que recibe y descubre que casi todos preguntan cuántas propuestas iniciales incluye el servicio. Añade ese dato junto al precio. El siguiente anuncio puede centrarse en la diferencia visual sin cargar el vídeo con todas las condiciones.

En MBA Personal vimos que una oferta debe poder comprarse y entregarse según lo anunciado. En este caso, pedir una reserva sin explicar qué recibirá el cliente puede generar conversaciones que la página debía resolver antes de aceptar dinero.

La diseñadora ya sabe qué función cumple cada pieza. El vídeo enseña la mejora. La página explica el encargo, su precio y sus plazos a quien necesita valorar si puede contratarlo.

Ejemplos de publicidad para libros y pequeños negocios

Ejemplo: el problema de un envío explica una solución mejor que tres adjetivos

En la ficha de unas fundas rígidas para enviar libros se lee que son «prácticas, resistentes y profesionales». Quien prepara un pedido entiende las palabras, pero quizá no piensa en el problema que esas fundas intentan evitar.

La tienda fotografía un libro que ha llegado con las esquinas dobladas. En la siguiente imagen enseña cómo la funda mantiene separado el canto del cartón exterior. El anuncio muestra una dificultad concreta y una manera de proteger el paquete. Todavía habrá que comprobar qué resistencia ofrece de verdad ese modelo.

Una ventaja concreta mejora el anuncio solo si puede comprobarse. La fotografía muestra cómo se coloca la funda alrededor de un volumen, pero no demuestra que resista cualquier golpe durante el transporte. Por eso la tienda mide un libro habitual, prueba el embalaje con un pedido y describe las dimensiones sin prometer un resultado universal.

Bassat incluye el camino problema y solución entre los recursos de creación. Su utilidad aquí depende de enseñar una relación que la persona pueda reconocer. La fotografía del libro da sentido a la funda. Una imagen dramática de un paquete destrozado podría atraer miradas sin explicar mejor el producto.

La dueña prueba el anuncio con dos personas que envían pedidos cada semana. Una pregunta si la funda sirve para libros gruesos. En lugar de añadir otra palabra elogiosa, la tienda incorpora las medidas interiores y una foto con un volumen de ese tamaño.

El problema ha hecho visible la necesidad. La información sobre medidas permite decidir si esa solución sirve para el envío que cada cliente tiene delante.

Ejemplo: una imprenta compara dos presupuestos sin esconder el detalle

Una autora pide precio para imprimir cien ejemplares. La imprenta puede ofrecerle papel de dos gramajes distintos. Si solo le envía dos cifras, la autora sabrá cuál es más barato, pero no qué cambia en el libro que recibirá.

El comercial prepara una hoja con ambos presupuestos y la misma tirada, formato y número de páginas. A un lado coloca el peso final aproximado de cada ejemplar y, al otro, una muestra del papel. La comparación mantiene constantes las condiciones y deja a la autora tocar aquello por lo que pagaría más.

La hoja comparativa necesita una fecha de validez y la especificación de cada muestra. Si el gramaje más ligero cambia de proveedor antes de imprimir, la imprenta deberá comprobar que la nueva hoja corresponde a lo aceptado. Poner dos precios ordenados en una columna sirve de poco cuando ya no se sabe a qué material pertenece cada uno.

Comparar es uno de los caminos creativos que estudia Bassat. También es una manera de escribir una oferta comprensible cuando el cliente debe elegir entre variantes de un mismo servicio. Sirve menos si se cambian varias condiciones a la vez y luego se presenta la diferencia de precio como si dependiera solo del papel.

Comparar dos variantes propias es distinto de anunciar una superioridad sobre un competidor. Cuando una publicidad menciona ofertas rivales, la Ley de Competencia Desleal en su artículo 10 exige, entre otras condiciones, que la comparación trate características objetivas, verificables y representativas. El ejemplo de la imprenta evita ese problema porque compara dos presupuestos que ella misma entrega.

La autora elige el gramaje más ligero porque enviará ejemplares por correo. Otra persona podría preferir el más grueso para un libro de fotografías. La hoja no necesita fingir que hay una respuesta igual para todos.

Cuando la autora acepta un presupuesto, la imprenta anota qué papel ha tocado y qué precio corresponde a esa muestra. Esa relación precisa entre documento y ejemplar evita discutir más tarde una decisión que las dos partes creían haber dejado clara.

¿Cuándo ayuda una escena más que una lista de ventajas?

«Claridad, ritmo y naturalidad» ocupa el anuncio de un corrector que trabaja con textos destinados a ser leídos en público. Son palabras pertinentes, pero el posible cliente aún tiene que imaginar cuándo importan.

En una pieza breve aparece una profesora leyendo en voz alta las instrucciones de un taller. Llega a una frase larga y tiene que volver al principio para saber quién debe entregar el ejercicio. La escena muestra el problema que un texto sin revisar puede crear en ese momento.

La profesora detiene la lectura justo donde la frase obliga a volver atrás. Ese instante explica la necesidad sin que el anuncio tenga que declarar que el texto está «mal escrito». La pieza puede mostrar después el cambio en una sola instrucción y dejar que quien escucha compare ambos recorridos.

Después se ve la versión corregida. La información sigue siendo la misma, pero ahora la persona que escucha identifica la tarea y el plazo. Bassat recoge las escenas de vida entre sus caminos creativos. Aquí la escena permite comprender el servicio mientras vemos cuándo hace falta.

La escena solo funciona si el corrector puede ofrecer ese tipo de revisión. Si el servicio contratado es exclusivamente ortográfico, no debería prometer una reorganización de las instrucciones que no va a realizar.

En su web, el corrector podría comparar «Entregará el acta el lunes la persona que coordina el taller» con «La persona que coordina el taller entregará el acta el lunes». Las dos frases conservan la misma obligación. Si la revisión cambiara quién debe entregar el acta, ya no estaría demostrando una mejora de claridad.

Cuando alguien vea el anuncio, podrá reconocer para qué sirve esa intervención en su propio texto. La lista de ventajas puede quedar en la web, donde también caben el alcance del servicio y sus condiciones.

Cómo lograr que recuerden el título y la marca editorial

¿Sabría el lector qué obra acabas de anunciar?

Un anuncio muestra a un escritor frente a una página en blanco. La escena hace gracia y muchas personas entienden que trata de escribir. Si al terminar nadie puede decir qué libro se promocionaba, la atención se ha quedado en la escena.

Bassat pide que la marca participe en la idea publicitaria. En un libro, el título puede aparecer mientras el personaje busca la primera frase, y una página real de la obra puede resolver parte de su dificultad. El nombre ya no llega al final como una firma separada de lo que acabamos de ver.

En Comerciantes de atención distinguimos la mirada que recibe una pieza de lo que esa persona entiende y hace después. Una escena graciosa puede reunir visualizaciones sin ayudar a nadie a pedir el libro por su nombre. Identificar la obra merece una comprobación propia.

La editorial prepara dos versiones. En una, la cubierta aparece solo en el cierre. En la otra, forma parte de la acción y se ve en el momento en que cambia la situación. Muestra cada versión a personas distintas y, más tarde, pregunta qué obra creen que aparecía.

Una persona puede recordar la escena y confundir el título con el de otro manual. Esa respuesta no demuestra qué anuncio venderá más, pero indica si el recuerdo quedó unido a la obra correcta.

La prueba funciona mejor si se pregunta primero por la obra sin enseñar opciones. Una lista de títulos parecidos ofrece pistas y puede inflar el reconocimiento. Después sí se puede mostrar la cubierta para averiguar si la persona la identifica aunque no sepa escribir exactamente el título.

Si la idea obliga a esconder el título para conservar la sorpresa, hay que valorar el coste de ese recurso. El lector necesitará una pista reconocible cuando quiera encontrar el libro después.

Ejemplo del autor: Hellmann’s convirtió el nombre en una melodía

En el caso de Hellmann’s que cuenta Bassat, pronunciar el nombre de la marca en un anuncio español era una dificultad. La campaña optó por cantarlo. El autor recuerda trece repeticiones en quince segundos, una solución pensada para ese nombre y aquel anuncio.

Repetir muchas veces el título de un libro puede ocupar el espacio que hace falta para explicar de qué trata. La idea útil del caso es detectar qué parte del nombre cuesta recordar o pronunciar y encontrar un modo comprensible de presentarla.

Imaginemos a una autora con un apellido que quienes escuchan confunden con otro. En una entrevista de radio, puede pronunciar el título despacio, decir su nombre con claridad y ofrecer una forma sencilla de buscar la obra. No necesita convertir la entrevista en una canción.

En la página de venta, la autora puede añadir una cubierta legible y su nombre escrito. La radio crea una primera referencia sonora. La ficha permite comprobar la grafía cuando la persona busque el libro. Los dos soportes se complementan sin exigir a la cuña que lo explique todo.

Una pausa permite distinguir el apellido en la segunda grabación. Si más personas lo escriben correctamente después de escuchar la pieza, la autora dispone de una señal de comprensión. Aún tendrá que comprobar que recuerdan también el título que desean buscar.

¿Qué mantendrás reconocible en la próxima campaña?

Tres libros prácticos salen de la misma editorial durante el año. Cada campaña estrena colores, logotipo y tono de voz. Cuando una lectora descubre el tercero, puede interesarse por él sin advertir que procede del sello que publicó los otros dos.

Bassat recomienda que una campaña pueda durar y ayude a construir marca. La editorial decide conservar el lugar donde aparece el nombre del sello y una pequeña señal gráfica en las tres cubiertas. Los temas y las imágenes cambian porque cada libro tiene una propuesta distinta.

La continuidad puede apoyarse en el color, la posición del sello o una forma de presentar la utilidad de cada libro. El Ehrenberg-Bass Institute explica cómo evaluar elementos distintivos de una marca. La cuestión práctica para la editorial es si su señal recuerda al sello correcto y si sigue siendo visible en una cubierta mostrada en miniatura.

La decisión se lleva también a las piezas de la campaña. Una ficha comercial ofrece el contenido particular de cada obra, mientras la señal compartida permite reconocer la colección al ver otra portada meses después.

No hay que conservar todos los elementos por costumbre. Si la señal queda ilegible en miniatura, el equipo puede corregirla y mantener una versión legible a partir de ese momento. Continuidad significa que el público encuentre una referencia, no que el diseño se quede inmóvil.

Antes de imprimir toda la colección, el equipo puede colocar tres cubiertas a tamaño de tienda online y pedir a lectores que indiquen cuáles creen que pertenecen al mismo sello. Si reconocen la relación por la señal que se eligió conservar, hay una base para mantenerla en próximas campañas.

Al llegar el cuarto libro, la editorial podrá preguntar a lectoras de títulos anteriores si identifican el sello sin mostrar el nombre. Esa respuesta le dirá si la señal que ha mantenido está haciendo su trabajo.

Anuncios en escaparates, radio y promociones de libros

Ejemplo: un escaparate anuncia el libro que se entiende desde la acera

Desde la acera se ve la cubierta de un libro de cocina pensado para preparar cenas sin horno. A su lado hay una hoja con toda la sinopsis. La información es correcta, pero quien pasa caminando apenas tiene tiempo de leerla.

La librera sustituye esa hoja por el título bien visible y una frase sobre las cenas que el libro enseña a preparar. Desde la acera se entiende la propuesta. Dentro, el ejemplar abierto y una ficha más extensa permiten comprobar si las recetas interesan y qué ingredientes suelen pedir.

Junto al ejemplar abierto, la librera coloca una receta completa y señala el tiempo que tarda en prepararse. Quien ha entrado porque busca cenas sin horno puede comprobar si los ingredientes y el trabajo encajan con su casa. Esa información sería ilegible desde la acera.

Bassat dedica un capítulo a la publicidad exterior porque el lugar modifica la manera de recibir un mensaje. Un escaparate también se ve a distancia, entre otras cosas que compiten por la mirada. La información que falta puede esperar al momento en que la persona entra y toma el libro.

La librera revisa la prueba desde la otra acera. Descubre que la frase se lee, pero el título queda oculto por el reflejo del cristal a ciertas horas. Cambia la posición de la cubierta y comprueba otra vez cómo se ve desde la calle.

No ha reducido la información disponible sobre el libro. La ha situado donde puede leerse: una idea reconocible fuera y los detalles necesarios junto al ejemplar, donde alguien ya puede decidir si quiere comprarlo.

¿Cómo presentas un libro si quien escucha no puede ver la cubierta?

Durante una entrevista de radio, una autora habla de su guía sobre huertos pequeños. Lleva una cubierta bonita, pero quien escucha desde casa solo recibirá su voz. Necesita explicar qué puede hacer el lector con el libro antes de esperar que imagine el diseño.

En lugar de enumerar los capítulos, describe un balcón donde caben dos macetas y una persona que no sabe qué plantar en septiembre. Después cuenta qué pregunta responde el primer apartado de la guía. La situación permite imaginar la utilidad sin convertir la entrevista en una lectura del índice.

Bassat relaciona la radio con las imágenes que construye la imaginación. Para aprovechar esa cualidad, la autora elige una escena que puede contarse con palabras. Tampoco debe ocultar el título hasta el final, porque quien se interesa querrá buscar el libro después del programa.

Antes de salir en antena, se escucha a sí misma en una grabación breve. Descubre que pronuncia demasiado deprisa el subtítulo. Ajusta esa parte y conserva el ejemplo del balcón, que se entiende sin necesidad de verlo.

En El poder de los introvertidos tratamos cómo preparar un fragmento para una presentación de un libro. La misma revisión sirve antes de una entrevista: pedir a alguien que escuche la grabación sin ver la cubierta revela qué datos faltan para situar la obra y encontrarla después.

La entrevista puede suscitar interés sin mostrar ninguna página. El siguiente paso es facilitar que una persona encuentre el libro y vea las fotografías y las instrucciones completas cuando tenga una pantalla o el ejemplar delante.

Ejemplo: un descuento mueve compras, pero la oferta necesita una razón

La promoción de fin de semana reúne varios libros de dibujo en una papelería. El 5 % de descuento aparece en letras grandes y las cubiertas quedan detrás. Entra gente que busca un precio bajo, pero quienes quieren aprender a dibujar siguen sin saber cuál de los libros les conviene.

El propietario mantiene la oferta y añade una tarjeta a cada ejemplar. Una explica que el libro empieza con trazos sencillos. Otra señala que presupone experiencia y se centra en retratos. La promoción sigue visible, mientras el comprador dispone de información para elegir.

El artículo 9 de la Ley del Libro establece para los libros sujetos a precio fijo una venta al público entre el 95 % y el 100 % del precio marcado. La papelería comprueba ese límite antes de anunciar el 5 %. Una promoción de dos días no permite por sí sola aplicar cualquier rebaja.

Bassat trata las promociones junto a otras formas de comunicación. El precio puede ayudar a tomar una decisión cercana. Para que esa decisión sea útil también conviene explicar qué recibe la persona. Un libro barato que no encaja con lo que busca continúa siendo una mala recomendación.

Al terminar el fin de semana, la papelería registra qué títulos se vendieron con descuento. Esa cifra le informa de las compras realizadas durante la oferta. Para saber si la campaña atrajo clientes nuevos necesitaría comparar con datos adecuados y tener en cuenta otros cambios de esos días.

Las ventas del fin de semana tampoco explican por sí solas lo que dejó la promoción. El descuento reduce el margen por ejemplar. En La semana laboral de 4 horas examinamos cómo una campaña con ventas también puede consumir trabajo. Aquí conviene registrar el coste de cada título y el tiempo dedicado a preparar los pedidos.

Las tarjetas permanecerán cuando acabe la promoción. La información sobre nivel y contenido seguirá ayudando a distinguir los libros después de retirar el cartel del descuento.

Cómo preparar y medir una campaña de publicidad editorial

¿Qué necesita saber quien escribe el anuncio de tu libro?

«Haz una campaña emocionante», pide un autor mientras envía la cubierta a una redactora. No le entrega el manuscrito, una muestra ni las preguntas que ha recibido de sus primeros lectores. Ella puede escribir frases bonitas, pero todavía no sabe qué experiencia está ofreciendo.

Pide leer una parte de la obra y hablar con el autor sobre su público. Descubre que la novela alterna la historia de una madre con las cartas que recibe de su hija. La dificultad de venderla no es encontrar una palabra intensa, sino explicar esa forma de contar sin desvelar una revelación importante.

La redactora anota tres datos distintos: a quién puede interesar la novela, qué experimentará al leer esas cartas y qué revelación no debe anticipar. El encargo ya permite decidir qué parte puede enseñarse en una muestra y qué información quedará para la conversación después de la lectura.

En el capítulo sobre la relación entre cliente y agencia, Bassat destaca la importancia de trabajar con conocimiento y confianza. En una editorial pequeña esa relación puede darse entre dos personas. La necesidad de compartir información sigue siendo la misma.

El autor prepara entonces una muestra representativa y señala qué detalle de la trama no debe aparecer en publicidad. Con esos límites, la redactora propone una frase que presenta las cartas y permite al lector hacerse una idea del libro que abrirá.

En Escribo porque me gusta ganar dinero trabajamos cómo ajustar la voz de un texto comercial a la oferta que sostiene. Para esta novela, la redactora puede probar una frase en voz alta con el autor. Si suena como una promesa que él no haría al hablar con un lector, conviene reescribirla.

Un encargo útil puede empezar por una pregunta sencilla: ¿qué verá la persona dentro que respalde el anuncio? La respuesta le da materia a quien escribe y evita que la campaña dependa de adjetivos prestados a cualquier otra novela.

Ejemplo del libro: Danone llamó a Bassat veinticuatro años después

En el fragmento autorizado del libro, Bassat cuenta que en 1967 ofreció los servicios de su pequeña agencia a Danone. Le respondieron que la empresa trabajaba con las mejores agencias y que podrían llamarlo cuando la suya estuviera entre ellas. La llamada llegó en 1991.

En la reunión de 1991, Bassat explica que ganaron la cuenta de la gama de quesos después de mostrar su conocimiento del sector y de sus consumidores. Los años de espera forman parte del relato. La decisión de Danone se apoyó en lo que la agencia pudo explicar entonces sobre su mercado.

Un editor puede encontrarse ante una reunión parecida cuando lleva su catálogo a una librería. Repetir que «nuestros libros son excelentes» no cuenta qué lectores piden obras de ese tema, qué ejemplares ofrece o cómo piensa apoyar las ventas.

La editorial puede pedir a la librera que le cuente qué preguntas oye de sus clientes sobre esa categoría. Con esa información, preparará una propuesta de libros que respondan a la demanda de esa tienda. Si la librera detecta otra necesidad, tendrá un motivo concreto para cambiar la selección antes de cerrar un pedido.

El editor puede elegir unos pocos títulos adecuados para esa librería y llevar ejemplares de muestra, condiciones de reposición y una explicación de cómo apoyará la venta. Si aún no dispone de cifras comparables, puede decirlo y preparar un seguimiento de los primeros pedidos sin inventar resultados.

¿Cómo sabrás si una campaña produjo ventas nuevas?

El mes que una editorial anuncia un libro vende más ejemplares. En ese mismo periodo obtiene una reseña en prensa y otra librería empieza a ofrecerlo. Las ventas registradas son reales. Lo que todavía no sabe es cuánto aportó cada cambio.

Puede contar los clics, los pedidos y las búsquedas del título. Cada cifra responde a una pregunta distinta. Un clic muestra que alguien abrió una página. Una compra muestra que se hizo un pedido. Ninguna de las dos cifras, por sí sola, indica cuántas compras no habrían ocurrido sin el anuncio.

El artículo El cisne negro aborda la cautela necesaria al interpretar hechos después de que ocurran. Si las ventas subieron y hubo anuncios, la coincidencia temporal es un dato. Para estimar qué parte se debe a los anuncios hace falta una comparación preparada para esa pregunta.

Las cifras se leen mejor si cada una conserva su pregunta:

Dato Qué muestra Qué falta saber
Impresiones Cuántas veces se mostró el anuncio Si alguien lo vio o entendió
Clics Visitas que llegaron desde el anuncio Si esas personas compraron
Pedidos Compras registradas durante la campaña Cuáles no habrían ocurrido sin ella

Para acercarse a esa respuesta, la editorial define antes qué ventas y qué plazo quiere observar. Si puede comparar grupos de lectores semejantes expuestos y no expuestos a la campaña, tendrá una base mejor que la simple comparación entre este mes y el anterior. También tendrá que mirar qué otros contactos recibieron.

Bassat anima a juzgar la publicidad por su capacidad para vender y construir marca. Esa exigencia obliga a describir con precisión qué se ha medido. El recuerdo de una campaña puede ser útil, pero no debe presentarse automáticamente como una venta provocada por ella.

La guía de Google sobre medición de la eficacia publicitaria distingue el seguimiento de resultados observados de los diseños que permiten investigar efectos. En una editorial pequeña quizá no sea viable un experimento amplio. Aun así, anotar cuándo se publicó la reseña, qué librerías incorporaron el título y cuánto se gastó en cada canal evita presentar todas las ventas como resultado de una sola acción.

El informe puede recoger los pedidos observados y explicar qué comparación, si existe, permite estimar ventas adicionales. Si no se compararon grupos equivalentes, ese aumento seguirá siendo una pregunta abierta. Para el siguiente lanzamiento, la editorial puede decidir antes de pagar los anuncios qué ventas contará, durante cuánto tiempo y qué otras acciones registrará.

Ramon Calatayud
Autor:
-Consultor editorial-

Escritor de novelas y profesional del mundo editorial desde hace más de 15 años. En este sector ayuda profesionalmente a escritores y guionistas de todo el mundo además de ayudar a diseñar estrategias de ventas.

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