Neurocopywriting de Rosa Morel

NEUROCOPYWRITING

Antes de escribir un anuncio, Rosa Morel pide conocer bien lo que se vende. Quien prepara el texto necesita saber cómo funciona el producto, para qué se utiliza y qué puede hacer con él su comprador. Al reunir esa información, empieza a distinguir lo que merece explicarse. Una característica que parecía secundaria puede resolver una dificultad importante para la persona que va a usarlo.

Ese conocimiento exige mirar también a quien compra. El fabricante sabe cómo ha construido su producto y puede describir todas sus piezas, mientras el lector llega con una necesidad que quiere atender. Para acercar ambas partes hace falta averiguar qué está intentando hacer esa persona, qué le preocupa y qué necesita saber antes de gastar su dinero. Morel sitúa esa investigación entre las tareas que preceden a la escritura. Las palabras con las que alguien cuenta su dificultad ayudan a reconocer desde dónde leerá la oferta.

Neurocopywriting estudia cómo escribir a partir de ese conocimiento. La autora trabaja con la redacción persuasiva, es decir, con los textos que ofrecen razones para comprar, pedir información o realizar otra acción. El recorrido empieza cuando el lector reconoce algo que le interesa y continúa mientras encuentra respuestas a sus preguntas. Si aparece una palabra desconocida, necesita una explicación que le ayude a seguir. Si se presenta una ventaja, necesita entender en qué mejorará el uso del producto. El trabajo de quien escribe consiste en ir dando esas respuestas donde hacen falta, antes de pedirle que decida.

En esa decisión también interviene lo que la persona espera sentir. Puede buscar tranquilidad al contratar una ayuda o desear el disfrute de una actividad. Morel presta atención a esos deseos porque ayudan a entender por qué una oferta atrae a alguien. Para escribir sobre ellos hay que volver a lo que realmente se ofrece. La tranquilidad anunciada debe apoyarse en una ayuda que exista y pueda explicarse, de modo que el lector sepa con qué contará cuando la necesite. Así podrá valorar la promesa junto a las condiciones del servicio.

La lectura del mensaje continúa después en los pasos que propone. Si invita a reservar, las palabras del botón y las indicaciones siguientes acompañan a la persona mientras elige una fecha y deja sus datos. Puede haber entendido la oferta y encontrarse con una instrucción que la haga dudar. La claridad tiene que llegar hasta ese momento para que sepa qué está enviando, qué respuesta recibirá y qué quedará confirmado al terminar.

El libro reúne explicaciones, casos prácticos y modelos sobre las necesidades humanas y la influencia. Su publicación en 2018 lo sitúa en una corriente de divulgación que lleva ideas de la psicología y del estudio del cerebro a la escritura comercial. Al leer esas propuestas conviene distinguir una orientación para redactar de una demostración científica. Saber que ciertas palabras despiertan interés en una situación ayuda a preparar un texto, pero su efecto debe comprobarse con las personas a las que se dirige. Las imágenes simplificadas sobre el cerebro necesitan ese cuidado al utilizarlas para explicar una compra.

Morel aborda también la diferencia entre persuadir y manipular. Quien presenta una oferta puede destacar sus ventajas y explicar por qué cree que resultarán útiles. La persona que la recibe necesita conocer al mismo tiempo las condiciones que va a aceptar. El precio, lo que incluye el pago y los límites del servicio forman parte de lo que se está ofreciendo. Explicarlos deja al lector decidir con una idea más clara de lo que recibirá.

Campo Datos del libro
Título NEUROCOPYWRITING
Subtítulo La ciencia detrás de los textos persuasivos
Autor Rosa Morel
Edición Segunda edición en español, publicada el 5 de octubre de 2018
Editorial Triunfa con tu Libro
ISBN 9781726759069
Extensión 122 páginas
Tema Cómo escribir textos que permitan comprender una propuesta y valorar lo que ofrece.
Materias Redacción persuasiva, publicidad, comportamiento del consumidor, relatos, experiencia de uso, argumentación y ética de la persuasión.
Referencia bibliográfica Ficha bibliográfica de Neurocopywriting
Enlace de compra https://link.amazon/B0dIHheUx

¿Cómo acercamos las palabras a la experiencia del lector?

¿Qué buscamos al comprar algo que nos gusta?

Una persona que acaba de comprar un helado explica que lo quería para refrescarse. Rosa Morel utiliza ese ejemplo al hablar de las decisiones de compra. Hace calor y el alimento llega frío a sus manos, de modo que su respuesta encaja con lo que está viviendo en ese momento.

En su explicación sobre las decisiones de compra, la autora invita a mirar también el gusto de volver a tomar algo conocido. Un sabor puede estar unido a los helados de otros veranos, a una salida agradable o al placer que esa persona recuerda después de probarlo. El deseo de refrescarse y las ganas de disfrutar pueden coincidir mientras elige lo que va a pedir.

Para escribir sobre ese producto conviene acercarse al momento de comerlo. El vendedor conoce los ingredientes y la preparación. Puede explicar que utiliza zumo de limón, pero al lector le ayuda saber cómo se encontrará ese ingrediente en la boca. Si el resultado tiene un gusto ácido, ese detalle le da una referencia para imaginarlo. Quien disfrute con esa sensación tendrá una razón para interesarse por el sabor.

La frase necesita seguir apoyándose en lo que se sirve. Si el helado es suave y dulce, la descripción deberá explicar esa preparación. Las palabras que atraigan a una persona también le harán esperar algo al comprar. Después podrá comprobarlo mientras lo toma, comparando el gusto de la primera cucharada con el que había imaginado al leer. Una descripción equivocada puede provocar una compra y terminar dejando al cliente con ganas de otra cosa.

Los recuerdos requieren conocer mejor a quienes llegan al mostrador. Si un cliente dice que un sabor le recuerda al que tomaba con su abuelo, tenemos el relato de esa persona. Podemos preguntarle qué reconoce en él y escuchar cómo lo cuenta. Tal vez mencione una textura, un ingrediente o la costumbre de salir juntos a comprarlo. Cada respuesta acerca el recuerdo a algo que se puede explicar, en vez de atribuir a todo el mundo una infancia parecida.

Una heladería puede descubrir que sus clientes buscan ocasiones diferentes para tomar el mismo producto. Hay quien lo compra durante un paseo y quien lleva una tarrina a casa para compartirla después de comer. El sabor importa en ambos casos, mientras la manera de servirlo cambia lo que necesitan saber. La persona que va a llevárselo querrá conocer cuánto tiempo aguantará el trayecto. La que lo come al salir podrá interesarse antes por las opciones del mostrador. Conocer la ocasión ayuda a colocar cada dato donde el cliente vaya a necesitarlo.

Morel recomienda conocer el producto y a su posible comprador antes de preparar una oferta. En este caso, se puede empezar escuchando qué dicen los clientes cuando eligen un sabor y qué comentan al volver. Si hablan de una textura cremosa, habrá que comprobar cómo se prepara y cómo llega hasta sus manos. Así, la explicación nace de una experiencia que el establecimiento conoce y que puede seguir ofreciendo.

El placer esperado convive con otras decisiones de la compra. Una persona puede desear un sabor y escoger una tarrina más pequeña al conocer el precio. Otra necesita revisar los ingredientes antes de pedirlo. La información sobre el gusto abre el interés, mientras el tamaño, el coste y la composición ayudan a decidir qué puede llevarse. El texto debe dejar sitio para recorrer esas preguntas al ritmo en que aparecen.

Morel aborda estas cuestiones mediante modelos sobre el comportamiento y explicaciones divulgativas del cerebro. Conviene recordar el alcance de esas imágenes cuando se utilizan para entender una compra. La propia autora reconoce que hablar de tres cerebros independientes simplifica demasiado su funcionamiento. Para preparar la descripción del helado resulta más útil observar lo que las personas cuentan, eligen y prueban que adjudicar a una palabra el poder de provocar siempre el mismo deseo.

Después de escribir, la heladería puede volver a escuchar a quienes compran. Si el sabor se entiende de una manera distinta a la que pretendía explicar, toca revisar la descripción. Si los clientes reconocen lo anunciado al probarlo, habrá una experiencia compartida desde la que continuar hablando del producto cuando vuelvan al mostrador.

¿Cómo hacemos comprensible una descripción técnica?

Fran preparó el anuncio de un Samsung Galaxy S7 con una descripción del fabricante traducida al español. El teléfono había estado en exposición y se iba a vender en eBay. Según cuenta Rosa Morel, el texto repetía información y dejaba poco claras las razones por las que alguien podía interesarse por aquel aparato.

Quien fabrica un teléfono escribe para presentar un modelo con muchas funciones. Al vender un ejemplar, hace falta explicar también lo que la persona recibirá en esa compra. Una ficha puede mencionar todas las posibilidades del aparato y decir poco sobre los accesorios que se entregan, su estado o el uso de cada pieza. El anuncio tiene que acercar esos datos a las preguntas de alguien que está examinando una oferta.

Podemos seguir ese trabajo en la mención de la tarjeta microSD. El nombre identifica un accesorio que se introduce en el teléfono para añadir espacio donde guardar archivos. Si el lector apenas conoce ese tipo de piezas, la explicación debe mostrarle primero qué se hace con ella. Después podrá entender por qué el anuncio habla de una ranura, el hueco del aparato preparado para alojarla.

El nombre sigue siendo útil cuando ya se ha explicado. Si la persona quiere buscar una tarjeta, encontrará esa denominación en una tienda o podrá utilizarla al preguntar. Sustituirla siempre por palabras diferentes puede hacerle creer que está leyendo sobre varios accesorios. Es preferible presentar la tarjeta con claridad y volver a ella cuando llegue el momento de contar cuánto admite el teléfono o qué se entrega al comprarlo.

En el texto revisado se menciona una ampliación de hasta doscientos gigabytes. Esa cantidad expresa el límite de espacio que el modelo admite mediante una tarjeta compatible. El lector todavía necesita saber qué trae el ejemplar del anuncio. Puede haber una tarjeta incluida o puede que tenga que comprarla por su cuenta. Al explicar esas condiciones junto al dato, el vendedor ayuda a distinguir lo que el teléfono podría admitir de lo que tendrá disponible al recibir el paquete.

Para acercar la capacidad a un uso habitual se puede hablar de fotografías. Cada archivo ocupa una parte del espacio, y una imagen puede necesitar más que otra según cómo se haya guardado. Los vídeos y las aplicaciones también utilizan sitio. La explicación debe acompañar la cifra con un uso reconocible, manteniendo la cantidad y las condiciones necesarias para comparar. Prometer que cabrá cualquier colección de fotografías haría creer que el espacio carece de límite.

La revisión comienza comprobando el producto. Morel insiste en ese trabajo previo en su explicación sobre la preparación de una carta de ventas. Quien redacta necesita saber dónde se coloca la tarjeta, qué capacidad admite el aparato y qué accesorio se vende con él. Si conoce esas respuestas, podrá explicarlas con palabras familiares sin cambiar las posibilidades del teléfono.

Después conviene leer el anuncio siguiendo las dudas que aparecen. Una persona puede entender para qué sirve la tarjeta y detenerse al llegar a la palabra compatible. En ese punto hay que explicar que el teléfono admite unos tipos de tarjeta y que conviene comprobar cuál utiliza. La aclaración entra cuando el lector necesita esa información. Una lista de términos explicados de golpe al principio lo obligaría a recordarlos hasta llegar al pasaje en el que empiezan a servirle.

La atención de Morel a los textos que orientan el uso ayuda a revisar también las referencias. Si el anuncio habla de la tarjeta y después menciona su capacidad, debe entenderse a qué pieza se refiere. Mantener el nombre cerca del dato evita que el lector atribuya al teléfono una cantidad que pertenecía solo al accesorio opcional.

Se puede comprobar el resultado pidiendo a otra persona que explique qué tendría que comprar para añadir espacio. Su respuesta mostrará si ha entendido la función de la tarjeta y si distingue lo incluido de lo que se consigue aparte. Cuando tropiece con una palabra, habrá un lugar al que volver para aclararla. La revisión continúa hasta que pueda recorrer la oferta sabiendo qué aparato está valorando y qué recibirá.

Morel relata que el primer teléfono se vendió veinte minutos después de modificar la descripción y que un segundo anuncio obtuvo otra venta rápida. Son resultados de los casos que cuenta, con circunstancias que también pudieron influir en las compras. El trabajo que puede seguirse en el texto es la manera de presentar el aparato, explicando cada dato para que el posible comprador pueda utilizarlo al decidir.

¿Qué permite comprobar si otra persona ha entendido lo que ofrecemos?

Imaginemos que una asociación anuncia un taller de jardinería. Una vecina lee el cartel y cree que aprenderá a podar árboles. Otra entiende que le enseñarán cuándo debe regar las plantas del balcón. Las dos han leído las mismas palabras y cada una se ha hecho una idea distinta de lo que ocurrirá durante la clase.

Quien preparó el anuncio puede preguntarles qué esperan aprender. Al escucharlas sabrá qué han entendido y podrá compararlo con lo que se enseñará. Chip Heath y Dan Heath se ocupan en Ideas que pegan de que una idea tenga un centro fácil de reconocer. Esa preocupación se acerca al trabajo que propone Rosa Morel cuando pide conocer al lector antes de explicarle una oferta. En ambos casos interesa que la persona pueda contar qué ha comprendido, porque entonces veremos hasta dónde la han llevado nuestras palabras.

Qué se revisa Neurocopywriting Ideas que pegan
La persona que lee Qué busca y qué necesita saber de la oferta Qué debe comprender para reconocer la idea
La explicación Qué recibirá y cómo podría aprovecharlo Qué idea principal debe ordenar lo demás
La comprobación Escuchar sus dudas sobre lo que se ofrece Pedir que cuente con sus palabras lo que ha entendido

Si el taller se dedica a cuidar plantas en macetas, el cartel puede empezar por decirlo. Después podrá explicar que se observará la tierra para aprender a reconocer cuándo necesita agua. La vecina que pensaba en los árboles sabrá que buscaba otra clase. La que quería cuidar las plantas del balcón encontrará una tarea que le interesa y podrá preguntar si llevarán macetas para practicar.

Esas preguntas ya nacen de una explicación más precisa. Antes, ambas vecinas estaban completando por su cuenta una promesa muy amplia. Ahora pueden hablar sobre lo que se hará en el taller. Al volver a preguntarles qué esperan aprender, quien escribe comprobará si el anuncio las ha acercado a la clase que realmente se va a ofrecer. Si persiste una confusión, tendrá un pasaje al que volver y una duda que atender, en vez de añadir más adjetivos para que el taller parezca interesante.

¿Qué palabras permiten imaginar mejor lo que se ofrece?

Imaginemos una hogaza sobre la mesa de una panadería. Al pasar el cuchillo, la corteza se rompe y deja oír un crujido. Después aparece la miga, más blanda, y la rebanada empieza a separarse del pan. La persona que redacta una descripción puede observar ese recorrido antes de decidir cómo contárselo al lector.

Neurocopywriting dedica atención a la elección de las palabras. Rosa Morel aborda también los verbos y la atención del lector, mostrando cómo una acción puede ayudarnos a imaginar lo que estamos leyendo. En la hogaza, crujir acerca un sonido a quien conoce el pan únicamente por una fotografía. La palabra trabaja sobre una experiencia que muchas personas han tenido al partirlo.

Para escribir esa frase hay que observar qué parte produce el sonido. Puede crujir la corteza y encontrarse una miga tierna debajo. Al nombrar ambas, la descripción distingue lo que sucede fuera de lo que se encuentra al seguir comiendo. Si llamara crujiente a todo el pan, el lector podría imaginar que la rebanada se rompe por completo como una tostada. Unas pocas palabras bien colocadas cambian la hogaza que está esperando recibir.

El orden ayuda a explicarla. Se puede empezar por la resistencia de la corteza y seguir hacia el interior, acompañando el corte. Después, al hablar de la miga, ya sabemos dónde estamos. El lector avanza con una acción conocida y encuentra las diferencias a medida que llega a ellas. Si se acumulan al principio el olor, el color, la temperatura y la textura, tendrá que ordenarlas por su cuenta antes de hacerse una idea del pan.

Quien escribe necesita elegir los detalles que distinguen la hogaza que vende. Un interior blando puede resultar importante para quien quiere comerla sin tostar. Unos huecos grandes pueden interesar a quien piensa untar algo encima. La utilidad de cada detalle depende del producto y del modo en que se vaya a utilizar. Se puede escuchar qué preguntan los clientes al comprar, porque esas dudas muestran qué parte del pan necesitan conocer antes de llevárselo.

Morel propone acercar el producto a la experiencia que busca quien lo compra. Aplicado a la panadería, ese trabajo exige mirar también lo que ocurre después de salir del horno. La corteza puede cambiar durante la mañana o al guardar la hogaza en una bolsa. Si el texto se utilizará para vender a domicilio, conviene comprobar cómo llega el pan a una casa al cabo del trayecto previsto.

Una descripción del pan recién horneado puede ser fiel a ese momento y crear una expectativa distinta de lo que recibirá el cliente varias horas después. La persona que redacta puede abrir uno de los paquetes al terminar el recorrido, cortar la hogaza y volver a observarla. Allí comprobará si sigue crujiendo, cómo está la miga y qué palabras describen ahora lo que tiene en la mesa. La entrega aporta así información para escribir sobre el producto que realmente se compra.

La elección del lenguaje también debe tener en cuenta a quien lo lee. Un término de panadería puede identificar una preparación y necesitar una explicación al lado. Si el cliente conoce la sensación pero desconoce su nombre, se puede contar qué ocurre al cortar o morder. Los verbos apoyados en acciones familiares lo acercan a la experiencia, sin obligarlo a aprender varias palabras técnicas antes de entender cómo será la hogaza.

Al revisar, ayuda leer el texto sin mirar el pan. Quien lo lea puede explicar qué ha imaginado, dónde cree que cruje y cómo espera encontrar el interior. Si describe una tostada cuando la panadería prepara una hogaza tierna, hay una frase que ha enviado la imaginación hacia otro producto. Volver a ese pasaje y situar la sensación en su lugar será más útil que añadir nuevas cualidades alrededor.

La fotografía puede acompañar la descripción mostrando el corte de la rebanada. Las palabras explican lo que la imagen deja sin oír o sin tocar. Cuando llegue el pedido, el comprador podrá seguir el recorrido que había leído, partiendo la corteza y encontrando debajo la miga. Ese será el momento de comprobar si la hogaza que imaginó es la que ha recibido.

¿Cómo puede un correo continuar una conversación?

Elena comienza el correo identificando la conversación telefónica que acaba de mantener con el destinatario. Se presenta y le anuncia que envía por escrito la información de la suscripción comentada. Quien recibe el mensaje puede reconocer de dónde procede antes de empezar a leer las condiciones.

Rosa Morel desarrolla este correo en Neurocopywriting. La llamada había servido para explicar una oferta, y el mensaje daba al lector otra manera de examinarla. Mientras alguien habla, hay que seguir escuchando y decidir al mismo tiempo si se ha comprendido lo anterior. Al leer, se puede dejar una frase a medias, volver al comienzo y dedicar más tiempo a lo que requiere atención.

La referencia a la llamada une los dos contactos. Poner el nombre del destinatario puede hacer que un mensaje parezca personal, pero aquí la cercanía nace también de un hecho que ambos conocen. Elena está continuando una conversación determinada. El correo necesita seguir con ese asunto para que el lector encuentre lo que espera después de recordar cuándo hablaron.

En su guía sobre redacción de correos, Morel presta atención a que quien lee sepa quién escribe y qué le está enviando. Esa orientación resulta especialmente útil cuando una persona recibe muchos mensajes. Una referencia clara al contacto anterior la ayuda a situarse. Después tendrá que encontrar el contenido anunciado, explicado con suficiente detalle para leerlo incluso cuando el recuerdo de la llamada sea menos preciso.

Por eso conviene evitar que las condiciones dependan de lo que el destinatario recuerde. Si el correo dice que se mantiene el precio comentado, unas horas después puede costarle saber a qué cantidad se refería. Dejar el precio por escrito, cuando forme parte de la oferta, le da una cifra que puede consultar. Lo mismo sucede con la duración de la suscripción y los servicios incluidos. Cada dato debe ocupar el lugar en el que se explica la condición a la que pertenece.

El ejemplo de Elena menciona la ayuda de un asesor que atiende dudas y sigue los resultados. El lector ya sabe que habrá acompañamiento, y desde ahí puede preguntarse cómo lo utilizará. Para explicar el servicio hay que conocer qué asuntos atiende el asesor, por qué medio se le consulta y qué seguimiento está incluido. Si esas condiciones se dejan claras, la persona podrá valorar la ayuda pensando en lo que necesita hacer.

El correo puede seguir el orden de esas preguntas sin convertirse en una lista de datos aislados. Después de presentar el servicio, se explica para qué se contacta con el asesor. Al llegar a ese uso, tiene sentido contar cómo se le encuentra. La siguiente información aparece porque el lector ya sabe qué querría hacer con ella. El mensaje avanza del mismo modo en que podría avanzar la consulta al conocer la oferta.

Al final, Elena anuncia una llamada en un par de días. Esa fecha da tiempo para leer lo enviado y preparar preguntas. La persona puede volver al mensaje con tranquilidad, revisar una condición y decidir que necesita entenderla mejor. Cuando reciba la llamada, tendrá un texto al que señalar en vez de depender de una frase que apenas recuerda de la primera conversación.

Morel explica en su comparación de distintos tipos de correo que cada envío debe responder a su propósito. El de Elena continúa una oferta que ya ha empezado a conocerse. La información y el siguiente contacto necesitan ayudar al destinatario a seguir examinándola, con espacio para preguntar antes de tomar una decisión.

Si durante la llamada se aclara una condición que estaba escrita de forma confusa, conviene precisarla también en un nuevo mensaje. La persona podrá volver a la respuesta cuando la necesite y reconocer qué se ha explicado. Así, lo hablado y lo escrito siguen acompañándose durante la consulta, dejando una referencia compartida a la que regresar antes de suscribirse.

¿Qué hemos acordado recibir cuando dejamos nuestros datos?

Una tienda puede ofrecer una lista para organizar la despensa y pedir una dirección de correo para enviarla. Quien deja sus datos está esperando esa lista. Si después empiezan a llegar mensajes de la tienda cada semana, encontrará una comunicación que quizá desconocía cuando hizo la petición.

Seth Godin estudia en El marketing del permiso cómo se inicia y se cuida un contacto en el que la persona espera recibir nuevos mensajes. Su planteamiento lleva a revisar lo que escribimos junto al formulario, el espacio donde se introducen los datos. Neurocopywriting ayuda a explicar por qué puede interesar la lista. Godin hace que prestemos atención también a los correos que llegarán después y a lo que la persona ha aceptado recibir.

Momento del contacto Neurocopywriting El marketing del permiso
Al presentar la lista Explicar qué contiene y para qué servirá Ofrecer una razón para empezar el contacto
Al pedir el correo Contar cómo llegará lo solicitado Aclarar qué mensajes se propone enviar después
En los siguientes envíos Cumplir lo anunciado junto al formulario Enviar mensajes que la persona espera recibir

En la tienda que estamos imaginando, la lista puede llegar en el primer correo. El mensaje tendrá que mostrar dónde se encuentra y cómo abrirla, para que la petición termine con el documento en manos de quien lo pidió. Si también se quiere ofrecer una carta semanal con consejos, conviene explicarla mientras la persona está decidiendo si deja su dirección. Podrá conocer qué temas tratará y con qué frecuencia llegará.

La lista y la carta tienen momentos de uso distintos. Alguien puede querer ordenar hoy la despensa y preferir hacer esa tarea con el documento que ha pedido. Otra persona quizá tenga interés en seguir recibiendo consejos. Al presentar las dos propuestas cerca del formulario, la tienda puede dar una forma de elegir y preparar sus envíos a partir de esa respuesta.

Esa elección seguirá teniendo importancia en los correos posteriores. Si la invitación hablaba de un consejo cada viernes, el lector reconocerá por qué recibe ese mensaje. Si la tienda quiere empezar otra clase de comunicación, tendrá que explicar qué ofrece y dejar que la persona responda. El contacto irá avanzando desde lo que ambos conocen.

¿Cómo explicar dos formas distintas de seguir en contacto?

Dos personas de la tienda revisan cómo podría quedar el formulario de este ejemplo. Al leerlo juntas, comprueban qué encontrará alguien que llegue directamente al espacio donde se deja el correo.

—En el botón hemos puesto que enviamos la lista para organizar la despensa. Después llegará la carta de cada viernes.

—¿Dónde contamos lo de la carta?

—Al final de la página. Aquí solo se ve lo de la lista.

—Entonces quien deje el correo puede estar esperando el documento. Vamos a explicar también qué mandaremos los viernes.

—Podemos decir que lleva un consejo y que algunas semanas presentamos productos para la despensa.

—Sí, y darle una forma de elegir si quiere recibirla. Así sabremos a quién enviar la lista y quién espera también los consejos.

—Prepararé las dos opciones para que podamos leerlas aquí, junto al espacio del correo.

¿Qué necesita encontrar una persona para poder continuar?

¿Qué necesita encontrar primero quien tiene una urgencia?

Rosa Morel tenía un viaje previsto cuando se averió su ordenador. Faltaban cuarenta y ocho horas para salir. Al llamar al seguro para pedir ayuda, le indicaron que la reparación tardaría al menos tres o cuatro semanas, un plazo que dejaba muy atrás la fecha en la que necesitaba llevarse el equipo.

La autora cuenta el caso en su explicación sobre la preparación de una carta de ventas. Después de hablar con el seguro, buscó un servicio urgente para MacBook que pudiera atenderla en veinticuatro horas. La necesidad se había vuelto precisa durante la búsqueda. Había que encontrar quién reparase ese tipo de ordenador y averiguar si podía hacerlo antes del viaje.

Esa circunstancia cambia lo que interesa encontrar primero en una página. La historia de un taller o una presentación extensa de sus servicios pueden ayudar a conocer la empresa. Para quien llega con tan poco tiempo, la primera duda es si allí podrán ocuparse del equipo dentro de las horas disponibles. El contacto debe quedar cerca de la información que le haga pensar que vale la pena preguntar.

Morel describe una página con unas pocas frases, una fotografía de un ordenador y un botón. Cuenta que tardó unos cinco minutos en contactar. La explicación la llevó hacia la consulta que quería realizar porque respondía a la urgencia con la que había llegado. La utilidad de aquella brevedad se entiende siguiendo su búsqueda, desde el plazo del seguro hasta el servicio que acabó encontrando.

Eso ayuda a decidir qué información colocar junto al botón. Hay que aclarar qué aparatos se atienden y en qué consiste la atención urgente. Si el anuncio habla de una revisión en veinticuatro horas, debe entenderse que ese es el trabajo ofrecido dentro del plazo. Prometer una reparación completa exigiría poder confirmarla al conocer la avería. La persona necesita distinguir cuándo empezarán a atenderla de cuándo tendrá el equipo preparado para utilizarlo.

El primer contacto debe ayudar a hacer esa comprobación. Un formulario puede pedir el modelo del ordenador, una explicación de lo ocurrido y una manera de responder al cliente. Para rellenarlo, la persona debe poder contar el problema con las palabras que conoce. Puede saber que el equipo dejó de encenderse y desconocer qué pieza está fallando. Será el taller quien examine la avería y pregunte lo que necesite para continuar.

La guía de Morel sobre la experiencia al utilizar una web presta atención a esos pasos. El texto del botón explica qué se hará al pulsarlo, y la pantalla siguiente debe corresponder con esa acción. Si el lector espera hablar con el taller y encuentra otra presentación larga de la empresa, tendrá que seguir buscando por dónde enviar su consulta. La urgencia con la que llegó continúa durante todo ese recorrido.

Neurocopywriting recoge los modelos de necesidades de Maslow y Kenrick para examinar qué puede buscar una persona en una oferta. En esta situación podemos observar directamente qué estaba intentando resolver Morel. El ordenador se había averiado y necesitaba atenderlo antes de una fecha próxima. Conocer ese dato orienta la información sin tener que adivinar otras preocupaciones de su vida ni colocarlas en un orden que desconocemos.

La prioridad puede cambiar después de contactar. Cuando el taller conozca el caso, hará falta valorar el presupuesto y las condiciones de la reparación. El precio puede resultar aceptable o hacer que la propietaria tenga que buscar otra opción. Para llegar a esa decisión, primero necesita recibir una respuesta sobre el trabajo que puede realizarse a tiempo. El texto acompaña las preguntas a medida que aparecen, dejando a la vista cómo se continúa cada consulta.

Una empresa que ofrece atención urgente puede revisar las dudas que recibe por ese medio. Si muchas personas preguntan si su modelo se admite, quizá convenga aclararlo antes del contacto. Si confunden el plazo de diagnóstico con el de reparación, habrá que precisar esa diferencia donde se anuncia la rapidez. Esas preguntas muestran qué parte de la oferta necesita conocerse mejor antes de que el cliente sepa si le servirá para llegar a su fecha de salida.

¿Qué necesita saber alguien que quiere sentirse parte de un grupo?

Imaginemos a una mujer que encuentra unas clases de baile cerca de su casa. Le gustaría ir para conocer gente del barrio. El horario le encaja y todavía necesita averiguar si puede apuntarse sola, porque desconoce cómo se organizan las parejas durante las prácticas.

Esa pregunta aparece antes de reservar. Si hace falta llevar pareja, tendrá que pedir a otra persona que se apunte con ella. Si puede acudir sola, necesitará conocer qué ocurre al incorporarse. La información de la escuela debe ayudarla a preparar la visita desde la situación en la que se encuentra, explicando cómo empezará a participar con quienes ya están en el grupo.

Rosa Morel recoge en Neurocopywriting el modelo de necesidades de Kenrick. Entre los motivos que estudia está la pertenencia, el deseo de formar parte de un grupo y mantener contacto con otras personas. La actividad de baile sirve aquí para seguir ese motivo en una decisión cotidiana. La mujer está buscando una ocasión para conocer gente y encuentra una escuela que podría ofrecérsela.

Para escribir la página hay que comprobar cómo se reciben allí los nuevos alumnos. Si el grupo admite principiantes sin pareja, puede decirse cerca de las condiciones de inscripción. Después conviene explicar cómo se empieza. Quizá el profesor presenta a las personas que se incorporan y organiza las parejas durante las prácticas. Si ese es el funcionamiento de la clase, el texto puede contarlo, dando a quien lee una manera de imaginar la primera visita.

La diferencia se aprecia al llegar. Una promesa de encontrar amigos deja el resultado en manos de relaciones que todavía deben construirse. La presentación del profesor y la organización de las prácticas son acciones de la escuela. Puede prepararlas y llevarlas a cabo, facilitando que la recién llegada participe. A partir de esos encuentros, cada persona descubrirá con quién se siente cómoda y si desea seguir compartiendo la actividad.

En su explicación sobre lo que busca el comprador, Morel propone acercar lo ofrecido a la experiencia que la persona quiere vivir. Para aplicar esa idea hace falta escuchar a quienes están pensando en apuntarse. Una pregunta repetida sobre acudir sin pareja muestra que hay una condición del comienzo que sigue sin entenderse. Responderla donde se explica la inscripción ayuda al lector a continuar desde esa duda.

Los motivos pueden ser distintos dentro de una misma clase. Una persona quiere aprender un baile que le gusta desde hace años. Otra busca una actividad para salir de casa una tarde a la semana. La mujer del ejemplo desea conocer a sus vecinos, y puede interesarse también por aprender los pasos. Conocer esas diferencias ayuda a explicar el curso sin atribuir la misma expectativa a todas las personas que lo consideran.

La propuesta de Morel de conocer el producto y al público reúne ambas partes del trabajo. Quien redacta tiene que saber cómo se enseña y escuchar qué dudas aparecen antes de reservar. Si el profesor ayuda desde el principio a quienes carecen de experiencia, puede explicar cómo lo hace. Si existe un nivel previo necesario, el lector debe conocerlo antes de decidir que ese es el grupo al que quiere incorporarse.

Después de la primera clase se puede preguntar a los nuevos alumnos qué les ayudó a empezar y qué tuvieron que averiguar al llegar. Sus respuestas mostrarán si la presentación se realizó como estaba anunciada o si la mujer se encontró buscando con quién practicar. Cuando falte una ayuda que la página daba por hecha, habrá que revisar el funcionamiento de la clase y lo que se cuenta sobre él.

La acogida continúa durante las siguientes prácticas. Alguien puede asistir por primera vez, aprender el nombre de un compañero y volver la semana siguiente esperando encontrarlo. Esos contactos se irán formando mientras bailan. El texto habrá servido antes para explicar cómo entrar en la actividad y participar, dejando que la compañía que cada persona buscaba empiece a construirse en los encuentros reales.

¿Desde qué cantidad estamos valorando lo que nos proponen pagar?

Imaginemos una academia que anuncia clases de baile por diez euros a la semana. Una persona ve el precio y piensa en el dinero que necesita para probar una clase. Al intentar apuntarse descubre que se cobran cuatro semanas por adelantado, de modo que tendrá que entregar cuarenta euros en el primer pago.

Richard H. Thaler examina en Todo lo que he aprendido con la psicología económica cómo las cantidades que tenemos delante influyen en nuestra manera de valorar un gasto. Diez euros y cuarenta pueden describir la misma oferta si se explican los periodos que cubren. La dificultad aparece cuando la persona organiza su cuenta a partir de una cifra y descubre la otra al pagar.

Parte de la elección Neurocopywriting Psicología económica
El precio anunciado Explicar cuánto se paga y qué incluye Examinar con qué cifra se compara el gasto
El primer pago Aclarar cuánto debe entregarse al empezar Observar qué dinero cree que necesita la persona
El periodo contratado Indicar las semanas o meses que se aceptan Revisar cómo se valora la cantidad total

Morel pide conocer lo que se ofrece para poder explicárselo al comprador. En estas clases, esa explicación debe acompañar al precio. La persona necesita saber que los cuarenta euros incluyen una clase por semana durante cuatro semanas. Con las fechas delante podrá mirar si tiene libres esas tardes y si dispone del dinero que se le pide al inscribirse.

También puede ocurrir que una semana tenga una consulta médica. Si la academia ofrece alguna forma de recuperar esa clase, habrá que contar cómo funciona. El coste que está valorando depende de lo que podrá aprovechar durante el periodo contratado. La cifra semanal sirve para comparar el precio de las clases, mientras el primer pago le dice cuánto debe sacar de su cuenta ese día.

Thaler ayuda a mirar las cifras desde la persona que hace esa cuenta. Quien ya puede entregar cuarenta euros quizá compare la academia con otra actividad mensual. Quien había separado diez euros para probar tendrá que reorganizar el gasto o seguir buscando. Al presentar juntas las cantidades y sus periodos, el anuncio deja que ambas personas examinen la misma oferta con el dinero que tienen disponible.

¿Cómo aclarar el primer pago antes de pedir una inscripción?

La persona interesada pregunta por el pago antes de apuntarse a las clases de este ejemplo. Ha leído el precio semanal y necesita saber cuánto debe entregar al empezar.

—He visto diez euros a la semana. ¿Puedo pagar la primera clase y probar?

—Las clases se contratan por cuatro semanas. Al apuntarte se pagan cuarenta euros y tienes una clase cada semana.

—Entonces tengo que traer los cuarenta desde el primer día.

—Sí. Podemos mirar las fechas para que veas si podrás venir las cuatro semanas.

—Un jueves tengo una consulta. Esa clase la perdería.

—Tenemos una opción para recuperarla. Te enseñaré qué otro horario ofrecemos esa semana.

—Vamos a verlo. Con los días delante podré hacer la cuenta de las clases a las que puedo venir.

¿Qué puede dificultar pulsar un botón que ya hemos encontrado?

Imaginemos una reserva de peluquería realizada desde el móvil. La persona ha elegido el día y la hora, y debajo encuentra un botón para confirmar la cita. Al intentar pulsarlo, el dedo queda muy cerca del borde. El espacio disponible es pequeño y hace falta ajustar el contacto para que la página reciba la confirmación.

La ley de Fitts, recogida por Rosa Morel al tratar la experiencia de uso en Neurocopywriting, estudia el tiempo necesario para alcanzar un objetivo según su tamaño y distancia. En una pantalla, el objetivo puede ser ese botón. Una persona puede tener claro lo que quiere hacer y necesitar varios intentos porque cuesta llegar al espacio que responde.

El tamaño importa durante el movimiento. Cuando la zona activa es amplia, el dedo dispone de más margen para apoyarse. Si es pequeña, hay que dirigirlo con mayor precisión. Al tocar el móvil, el dedo tapa parte de lo que queda debajo, de modo que la persona debe orientarse con lo que ve antes de completar el gesto. El botón necesita ofrecer una superficie que pueda alcanzarse en esas condiciones.

La superficie visible debe corresponder con la que responde. Un fondo de color puede extenderse alrededor de unas letras y dar la impresión de que todo ese rectángulo se puede pulsar. Si únicamente se activa el texto del centro, alguien puede tocar el borde varias veces creyendo que la página está fallando. Para revisar el botón hay que probarlo también por los lados que parecen formar parte de él.

La distancia añade otra dificultad. En el ordenador se puede observar cuánto recorre el puntero del ratón desde el lugar donde estaba hasta el botón. En el móvil interviene el modo de sujetar el aparato. Si se utiliza con una mano, ciertas zonas pueden obligar a cambiar el agarre o a sostenerlo con la otra. Conviene recorrer la página en el dispositivo para el que se ha preparado, porque una imagen quieta deja fuera esos movimientos.

En la reserva, el botón también necesita estar junto al final de la tarea que confirma. La persona acaba de revisar una fecha y una hora. Si tiene que desplazarse lejos para encontrar el control, perderá de vista esos datos y quizá deba regresar para comprobarlos. Colocarlo cerca ayuda a pasar de la lectura al movimiento que termina el paso, con la información todavía a la vista.

La guía de Morel sobre los textos que acompañan el uso de una web sitúa las palabras dentro de ese recorrido. La persona debe comprender qué acción realizará antes de pulsar. Un botón que dice confirmar cita la orienta hacia una consecuencia determinada. Esa claridad debe ir acompañada de un control que pueda alcanzar al mover el dedo.

El espacio alrededor también forma parte de la prueba. Un botón grande puede quedar tan cerca de otro que un toque desviado cambie de acción. Si confirmar y cancelar están juntos, el error tiene una consecuencia para la reserva. Hay que observar la separación entre ambos y el tamaño completo de las zonas que se activan, comprobando dónde termina una antes de empezar la otra.

Morel dedica también atención a los verbos que orientan una acción. El texto explica qué pasará, mientras el tamaño y la posición ayudan a completar el movimiento. Revisarlos dentro de la misma tarea evita dar por resuelta la reserva solo porque se entiende lo escrito. Todavía hace falta que la página reciba la pulsación y muestre el resultado.

Para comprobarlo se puede pedir a una persona que haga una reserva en un móvil. Quien observa debe fijarse en dónde intenta tocar, si necesita cambiar la mano y qué sucede cuando apoya el dedo. Si repite el gesto, conviene averiguar si ha fallado el contacto o si está esperando una respuesta que tarda en llegar. Son problemas distintos y requieren mirar en qué momento se detuvo la tarea.

Después de confirmar, la página debe mostrar que la cita ha quedado registrada. Al ver el día y la hora, la persona podrá comprobar que son los que eligió antes de pulsar. Esa respuesta termina el recorrido que empezó al buscar una fecha disponible, y le da la información que necesita para guardar el teléfono y acudir a la peluquería cuando le corresponde.

¿Qué tiene que poder hacer una persona después de leer?

Una persona puede pedir una cita desde el teléfono y organizar después la tarde para acudir a la tienda. Lo que lea al reservar influirá en esa preparación. Si cree que la hora ya está confirmada, quizá cambie otro recado de sitio o acuerde con alguien que la acompañe.

Marketing 6.0, de Philip Kotler, Hermawan Kartajaya e Iwan Setiawan, estudia cómo se unen los contactos por medios digitales y la atención que recibimos en persona. La comparación con Neurocopywriting lleva hasta ese paso posterior a la lectura. Morel presta atención a las palabras que animan a actuar. Al seguir la acción hasta la tienda, podemos comprobar si la persona encontrará lo que esas palabras le habían hecho esperar.

Parte del recorrido Neurocopywriting Marketing 6.0
Antes de pulsar Explicar qué se hará con el botón Preparar el paso entre la página y la atención posterior
Después de enviar Dar una respuesta acorde con lo anunciado Conectar la solicitud digital con quien debe atenderla
Al acudir a la tienda Cumplir la expectativa creada al escribir Hacer que la atención continúe desde el contacto anterior

Pensemos en la página de una tienda de muebles que recibe solicitudes de cita. El cliente elige una hora y envía sus datos, pero un empleado tiene que comprobar después si puede atenderlo. Si el botón anuncia una reserva confirmada, el cliente puede empezar a organizarse antes de que la tienda haya revisado la petición. Un texto que diga que está solicitando una cita lo ayudará a comprender por qué debe esperar la respuesta.

La página puede contar también cómo llegará esa confirmación. Así sabrá si debe revisar el correo o estar pendiente de una llamada. Cuando la tienda responda, retomará una petición que ambos conocen y podrá acordar la hora. El recorrido que había empezado con una lectura en el teléfono continuará entonces con una visita preparada sobre información compartida.

Para revisar el funcionamiento conviene seguir esos mismos pasos. Podemos leer el botón, enviar una solicitud de prueba y mirar qué mensaje aparece. Después habrá que comprobar qué recibe la persona cuando el empleado la atiende. Cada respuesta debe ayudarla a saber en qué punto está su cita y qué puede organizar ya para acudir.

¿Cómo se sigue una explicación entre opciones y relatos?

¿Qué ayuda a elegir cuando aparecen muchas opciones?

Un hombre entra en la página de un vivero para buscar tomateras. Imaginemos que el menú reúne todas las plantas por orden alfabético. En la pantalla se mezclan variedades que necesita para el huerto con otras destinadas al jardín. Para encontrar las que busca, el visitante empieza a leer nombres y a bajar por la lista.

El orden alfabético resulta útil si conoce la palabra exacta que debe buscar. También puede encontrarla alguien que lleva años comprando en ese vivero y sabe cómo se nombran sus variedades. El hombre que empieza su huerto quizá solo conozca la planta y todavía tenga que aprender a distinguir los tipos de tomate. La misma lista les pide un esfuerzo diferente porque llegan con conocimientos distintos.

Rosa Morel incluye la ley de Hick entre las leyes psicológicas que estudia en Neurocopywriting. William Edmund Hick investigó en 1952 el tiempo necesario para responder cuando se puede elegir entre varias alternativas. Esas pruebas se realizaron con tareas preparadas para medir las respuestas. Al trabajar en una página, la pregunta útil es qué tiene que reconocer su visitante antes de decidir dónde pulsar.

En nuestro vivero, separar hortalizas, árboles y flores ofrece un primer paso comprensible para quien busca plantas para el huerto. El hombre entra en hortalizas y continúa hasta las tomateras. La tienda sigue teniendo todo su catálogo, pero lo presenta conforme avanza la búsqueda. En la primera pantalla interesa reconocer un grupo. En la siguiente, localizar una planta dentro de él. Al llegar a las variedades, podrá estudiar qué diferencias hay entre las que sirven para el cultivo que quiere preparar.

Ese recorrido necesita palabras que el visitante utilice. El nombre técnico de una familia de plantas puede ser preciso para el vivero y resultar desconocido para quien compra por primera vez. Hortalizas le dice algo que puede relacionar con su huerto. Si al pulsar encuentra un encabezado distinto, volverá a preguntarse dónde está. Mantener el nombre al cambiar de pantalla le ayuda a seguir desde la elección que acaba de hacer.

Después debe comprobarse dónde se ha colocado cada planta. Una persona puede buscar una hierba aromática para cocinar y otra para ponerla en el jardín. Si solo aparece en un grupo que una de ellas nunca consultaría, la clasificación acaba escondiendo lo que vende el vivero. Pueden ofrecerse varios caminos hasta la misma ficha cuando responden a formas habituales de buscar. La ayuda se comprueba siguiendo a las personas, escuchando qué esperan encontrar y mirando dónde se detienen.

También hay compradores que llegan sabiendo la variedad exacta. Obligarles a entrar en varios grupos retrasaría una búsqueda que ya traen resuelta. Un buscador por nombre o un acceso al catálogo alfabético puede acompañar al menú agrupado. Ambos recorridos atienden a personas diferentes y terminan en las mismas fichas, donde se explica la planta que se ofrece.

Al encontrar las tomateras empieza otra elección. Ahora el hombre necesita distinguir las variedades por asuntos que afectan a su cultivo. Puede querer saber cuánto espacio ocupan o en qué época se plantan. Las fichas deben presentar esos datos de manera que pueda compararlos, con información comprobada para cada variedad. Tener las plantas juntas pierde buena parte de su utilidad si cada ficha explica unas cosas y deja sin aclarar otras que el comprador necesita conocer.

Para revisar la página, el vivero puede pedir a alguien que busque una planta determinada y observar cómo lo hace. Conviene dejar que elija los pasos, sin indicarle dónde está la respuesta. Si abre un grupo equivocado, su recorrido ayuda a entender qué le sugirió aquel nombre. Si retrocede porque esperaba otra cosa, habrá que revisar lo que se anuncia antes de pulsar. El cambio se comprueba volviendo a la misma tarea, hasta que el visitante llegue a las plantas que buscaba y pueda dedicar su tiempo a elegirlas.

¿Cómo ayuda una historia a entender para qué sirve un producto?

Una mujer espera el autobús después de comprar pescado. Lleva la bolsa en la mano y todavía le queda el viaje hasta su pueblo. Imaginemos que estamos preparando un texto sobre una bolsa que conserva el frío y seguimos ese trayecto para explicar cuándo se utiliza.

La mujer sale de una tienda donde el pescado estaba refrigerado y necesita llevarlo hasta el frigorífico de su casa. La parada y el autobús quedan entre esos dos lugares. Cada minuto de espera alarga el traslado, de modo que el lector puede comprender la preocupación antes de conocer el producto. La bolsa entrará en la explicación cuando sepamos qué tarea debe ayudar a realizar.

Rosa Morel incluye el storytelling en Neurocopywriting. La palabra inglesa significa contar historias. En su explicación del orden de un relato aplicado a las ventas, trabaja cómo se prepara una información para comprender la siguiente. El recorrido de la compra nos ofrece un modo de hacerlo. Sabemos de dónde sale el pescado, hacia dónde debe ir y qué dificultad aparece durante el camino.

Desde ahí se puede decidir qué detalles necesita la escena. La espera del autobús explica por qué la compra permanece un rato fuera del frío. El viaje añade otra parte de ese tiempo. El color del asiento apenas ayudaría a comprender el uso de la bolsa. Dar espacio a los primeros detalles hace avanzar la explicación. Detenerse en todo lo que podría verse durante el trayecto acabaría alejando al lector de la tarea que estamos contando.

También importa desde qué momento empieza la preparación. Si la bolsa requiere piezas enfriadas previamente en el congelador, el texto tendrá que volver a la casa antes de salir. La mujer debería prepararlas con antelación y llevarlas cuando vaya a comprar. Contarlo después de mostrarla subiendo al autobús dejaría sin explicar cómo ha llegado hasta allí con todo lo necesario. El orden de las acciones ayuda a situar las instrucciones cuando todavía se pueden cumplir.

Después vienen los datos que pertenecen al producto. Hay que conocer qué cabe en la bolsa, cómo se coloca la compra y durante cuánto tiempo conserva el frío bajo las condiciones probadas. La escena de la mujer muestra una necesidad, mientras esas pruebas acreditan lo que se puede ofrecer. Su trayecto debe compararse con el uso descrito por el fabricante. Un relato inventado en el que el pescado llega en buen estado jamás sustituye la comprobación del funcionamiento de la bolsa.

La explicación puede detenerse en el tiempo que suele olvidarse al calcular el viaje. La compra empieza a necesitar transporte al salir del mostrador y termina de recorrerlo cuando se guarda en casa. Contar solo los minutos del autobús dejaría fuera la espera y el camino desde la parada. Al seguir la acción entera, el lector sabe qué recorrido debe comparar con las condiciones del producto. Es un dato que puede trasladar a sus propias compras.

Si se dispone de la experiencia verdadera de un comprador, habrá que contar cómo preparó la bolsa y qué traslado hizo. Una persona que utilizó acumuladores de frío y estuvo poco tiempo fuera de casa ha realizado un uso determinado. Su testimonio debe mantener esas circunstancias, porque explican lo que ocurrió. El relato de otra persona puede servir para entender un uso, siempre que se distinga de una garantía sobre cualquier viaje.

Al revisar la escena, conviene seguir los movimientos de la mujer en voz alta. Sale de casa con lo necesario, compra, espera, viaja y guarda los alimentos. Cada dato del producto debería entrar junto al paso en que se necesita. Si una frase interrumpe el recorrido para enumerar cualidades que todavía carecen de explicación, puede colocarse donde responda a una pregunta que ya ha aparecido. La historia termina al completar la tarea, dejando al lector con información suficiente para consultar si esa bolsa le sirve durante su propio regreso de la compra.

¿Qué cambia cuando una petición de ayuda tiene un rostro?

Una carta presentaba a Rokia mediante su nombre y una fotografía. La niña tenía siete años y vivía en Mali. El lector podía detenerse en alguien a quien se refería la petición antes de decidir qué parte de su dinero quería donar.

Neurocopywriting dedica un capítulo al efecto de Rokia. Para comprender el caso podemos acudir a la investigación de Deborah Small, George Loewenstein y Paul Slovic, publicada en 2007. En uno de sus experimentos, los participantes recibían cinco dólares por responder una encuesta ajena al asunto de las donaciones. Después podían entregar una parte a Save the Children. La decisión se recogía dentro de un sobre y afectaba al dinero que cada persona podía llevarse.

Los investigadores compararon tres maneras de presentar la necesidad. Una carta mostraba a Rokia. Otra exponía cifras sobre personas que padecían hambre. La tercera reunía la información individual y las estadísticas. El destino de la aportación seguía siendo la misma organización. Lo que cambiaba era la explicación que encontraba cada participante antes de elegir cuánto entregaba.

La petición centrada en Rokia recibió más dinero que las otras dos. Al leerla se podía volver a la niña cada vez que se hablaba de ayudar. Su nombre y su imagen daban un punto al que dirigir la atención, mientras la carta explicaba su necesidad. Las estadísticas contaban la extensión de un problema, pero le pedían al lector imaginar a muchas personas a partir de cantidades. Ambas informaciones trataban del hambre y llegaban a quien debía aportar dinero por caminos diferentes.

Esa diferencia ayuda a entender una dificultad de la escritura. Un dato puede ser exacto y dejar a quien lo lee muy lejos de la situación descrita. Cuando se habla de miles de personas, hace falta explicar qué significa vivir esa necesidad y qué trabajo se puede realizar con la ayuda. El lector que dispone de poco dinero tiene que encontrar algún modo de comprender dónde entra su aportación. La vida de una persona puede acercarlo a esa pregunta, porque muestra una parte de lo que la cifra reúne.

El experimento tampoco mostró que añadir una historia a cualquier cantidad resolviera la dificultad. El grupo que recibió a la vez la presentación de Rokia y las estadísticas donó menos que el que conoció solo a la niña. Habían recibido más información y su respuesta fue distinta. Para escribir una petición, interesa mirar cómo se entienden juntas las partes del mensaje, en vez de suponer que cada dato añadido aumentará por sí mismo el deseo de ayudar.

La historia individual necesita también explicar cómo llegará la ayuda. El lector puede conocer a una niña y querer saber si el dinero irá directamente a ella o al trabajo de una organización con muchas personas. Esa diferencia cambia lo que cree estar haciendo al donar. La petición debe decir quién recibe los fondos y para qué se utilizan, de manera que la cercanía de una vida se mantenga unida al destino verdadero de la aportación.

Al presentar a una persona real, su nombre, su imagen y lo que se cuenta de su vida deben usarse con el permiso correspondiente y respetando los hechos. Un detalle inventado para conmover puede cambiar la decisión de quien lee. También puede hacer que la persona retratada deje de reconocerse en una historia que se publica sobre ella. El cuidado forma parte del trabajo de escribir la petición desde el momento en que se elige a quién mostrar y qué se va a contar.

El estudio reunió cantidades donadas y respuestas a preguntas sobre las reacciones de los participantes. Estas últimas cuentan lo que declararon sentir. Ninguna de esas dos medidas es una observación de la actividad del cerebro. Los investigadores comparaban respuestas a unas cartas, dentro de unas condiciones determinadas. Quien prepara otra campaña tendrá que comprobar si sus lectores entienden la necesidad, reconocen el destino de los fondos y encuentran razones para colaborar. Después podrá observar lo que hacen al llegar al momento de elegir su aportación.

¿Qué necesita saber una persona antes de que le pidamos comprar?

Rosa Morel propone imaginar cómo empieza una conversación cuando dos personas acaban de conocerse. Una escucha el nombre de la otra y empieza a saber quién tiene delante, mientras todavía falta mucho por conocer antes de aceptar una oferta.

En su explicación de la pirámide de Freytag aplicada a los textos de venta, la autora se detiene en el orden de ese acercamiento. Pedir una compra al principio puede llevar al lector hasta una decisión para la que aún le falta información. Quien escribe conoce el servicio. Quien lo encuentra por primera vez necesita que se lo expliquen antes de poder valorarlo.

Veamos cómo podría aparecer esa dificultad en la página de un servicio. Al entrar, el visitante encuentra su nombre comercial y un botón para contratar. Puede leer ambas cosas y seguir sin saber qué trabajo está aceptando. El botón está disponible desde el comienzo, pero pulsarlo exige comprender algo que la página todavía debe contar. Para revisarla, hay que seguir la lectura desde lo que sabe ese visitante, en vez de empezar desde lo que ya sabe quien vende.

La primera explicación puede decir qué hace el servicio y qué recibe la persona. Después será posible entrar en cómo se realiza. Si el cliente tiene que aportar información, reservar una cita o esperar una entrega, esos pasos deben aparecer cuando ayuden a comprender el trabajo. Una persona que busca una solución puede descubrir ahí una condición que afecta a su decisión. Conocerla antes de contratar le da ocasión de comprobar si puede cumplirla.

La pirámide de Freytag distingue una presentación, el desarrollo de la acción, un momento de mayor tensión, su descenso y un desenlace. Morel recoge esa estructura en Neurocopywriting para trabajar el recorrido de los textos persuasivos. Al aplicarla, interesa entender qué prepara cada paso. La presentación acerca al asunto. El desarrollo muestra qué ocurre y por qué merece atención. El lector llega después a una decisión habiendo seguido información que necesita para comprenderla.

Un texto comercial debe ajustar ese recorrido a la consulta que recibe. Quien llega buscando el precio de un servicio que ya conoce necesita encontrarlo pronto. Una persona que descubre el trabajo por primera vez puede requerir más explicación antes de mirar la tarifa. La misma página puede dar acceso a ambas cosas, con apartados reconocibles que ayuden a continuar desde lo que cada visitante vino a consultar. Obligar a todos a recorrer la historia entera retrasaría una respuesta que algunos ya saben buscar.

También hay que mirar qué se ha explicado junto al botón. El precio, lo incluido en él y los requisitos que debe cumplir el comprador afectan a lo que está aceptando. Si esas condiciones solo aparecen después del pago, la petición ha llegado antes que una parte necesaria de la oferta. Recolocarlas puede cambiar la comprensión de quien está a punto de contratar y darle ocasión de preguntar por lo que todavía necesita aclarar.

Para comprobar el texto, se puede pedir a alguien que lo lea y explique con sus palabras qué cree que recibirá. Conviene escuchar su respuesta antes de completar lo que ha entendido. Una interpretación distinta señala dónde hemos dado un salto o utilizado una palabra que significa otra cosa para él. Si reconoce el trabajo y pregunta por una condición, ya sabemos qué información necesita encontrar después. La revisión puede continuar desde esa duda, igual que avanza una conversación al escuchar a quien tenemos delante.

Al volver a la página, cada cambio debería situar una respuesta cerca de la decisión que la necesita. El visitante que llega al botón puede saber qué se ofrece, cómo lo recibirá y qué se le pide para realizarlo. Si desea consultar algo, encontrará una manera de hacerlo antes de comprometer su dinero. La petición de compra llega así después de una explicación que ha podido seguir, con las condiciones del trabajo a su alcance mientras decide.

¿Qué permite construir confianza mientras se presenta una propuesta?

¿Qué necesitamos conocer para confiar en la experiencia de otra persona?

Una mujer quiere aprender a acortar unos pantalones. Al intentarlo en casa, el bajo le queda torcido y acaba pidiendo ayuda. Pensemos en un curso de costura al que se apunta para resolver esa dificultad. Lo que espera aprender nos ayudará a comprender después su opinión sobre las clases.

Rosa Morel estudia en Neurocopywriting la influencia de otras personas en nuestras decisiones. En sus consejos para recoger testimonios, propone preguntar por la situación anterior y por el resultado conseguido. Esas preguntas ayudan a salir de una valoración general. Decir que el curso gustó cuenta una satisfacción, mientras explicar qué se aprendió ayuda al lector a reconocer a qué se refiere.

En el caso de la costura, conviene conocer desde dónde empezó la alumna. Quizá sabía enhebrar la aguja y hacer unas puntadas, pero necesitaba ayuda al medir y sujetar la tela. Es una situación distinta de la de alguien que utiliza la máquina y busca aprender otro arreglo. Quien lea el testimonio podrá comparar su propio comienzo con el que la mujer describe, sin tener que imaginar que todas las alumnas llegaron sabiendo lo mismo.

Después viene lo que ocurrió durante las clases. Si llevó unos pantalones, practicó el arreglo y recibió ayuda de la profesora, hay un recorrido que se puede contar. Puede explicar en qué paso se detenía y qué indicación le ayudó a continuar. El lector conocerá así una parte del modo de enseñar. Tendrá una experiencia de la que partir cuando pregunte al centro cómo se trabaja y qué atención recibe cada persona mientras practica.

El resultado necesita el mismo cuidado. Terminar una prenda acompañada muestra un trabajo realizado en unas condiciones. Hacer después otra por su cuenta añade un avance posterior. La alumna puede haber aprendido algunas partes y seguir pidiendo ayuda en otras. Explicarlo permite comprender hasta dónde llegó y cuánto tuvo que practicar, sin convertir el final de una clase en un dominio completo de la costura.

Al preparar el testimonio para publicarlo, el centro puede ordenar las respuestas y retirar repeticiones, pero debe mantener lo que les da sentido. Una frase sobre el arreglo terminado cambia si desaparece la explicación de que la profesora estuvo guiando a la alumna. Lo mismo ocurre al juntar dos momentos como si hubieran sucedido el primer día. La versión final debe seguir contando su experiencia y contar con su permiso para utilizarla.

También hay que distinguir lo que una persona consiguió de lo que el centro ofrece a todos. La opinión de esta mujer muestra su aprendizaje. Para afirmar qué resultados son habituales harían falta datos sobre más alumnos y sobre las condiciones de sus cursos. Quien encuentre el testimonio necesitará consultar el contenido actual, la duración y el nivel que se pide para apuntarse. Esa información le permitirá decidir si las clases responden a lo que busca.

El lugar donde aparece la opinión ayuda a relacionarla con la oferta. Si se está explicando cómo se practican arreglos de ropa, el testimonio de la alumna puede acompañar esa parte. El lector podrá pasar de lo que se enseña a una experiencia de alguien que lo trabajó. Colocarlo lejos de la descripción, entre elogios sobre otros asuntos, lo obligaría a buscar por su cuenta a qué curso se refería y qué ayuda recibió.

Al terminar de leer, una persona que quiere aprender a acortar sus pantalones tendrá preguntas más precisas. Podrá consultar si puede llevar una prenda, cómo se corrigen los errores y qué ocurrirá si necesita repetir una explicación. El testimonio habrá mostrado a una alumna trabajando con una dificultad reconocible. Las respuestas del centro servirán después para comprobar si ese aprendizaje se puede preparar también para quien ahora está pensando en apuntarse.

¿Qué necesita saber una persona cuando le decimos que queda poco?

Una persona puede estar pensando si le conviene una excursión y descubrir que quedan pocas plazas. Desde ese momento tendrá que valorar también si espera o reserva antes de que se ocupen los asientos. El viaje sigue siendo el mismo, pero ahora aparece el riesgo de quedarse fuera.

Robert B. Cialdini examina en Influencia cómo una cantidad limitada puede aumentar el deseo de conseguir algo. Neurocopywriting recoge esa atención a lo que mueve al comprador. Al escribir sobre una oferta que se está terminando, hace falta explicar qué cantidad queda y qué parte de la propuesta está limitada, para que el lector entienda la urgencia que encuentra en el anuncio.

Información que recibe Neurocopywriting Influencia
Lo que se ofrece Explicar qué recibirá y cómo podrá aprovecharlo Examinar qué hace atractiva la propuesta
Lo que queda Indicar la cantidad disponible o la fecha límite Observar cómo la limitación aumenta el deseo
El momento de decidir Mostrar las condiciones antes de pedir la reserva Reconocer cuánto pesa el temor a perder la oportunidad

Imaginemos una salida con veinte plazas de autobús de las que quedan tres. El anuncio puede indicar esa cantidad junto a la fecha del viaje. Quien quiera apuntarse sabrá qué está a punto de agotarse y podrá consultar el recorrido, el precio y la hora de regreso. Esos datos siguen haciendo falta para saber si puede participar, por mucho interés que tenga en conseguir uno de los asientos.

Si la organización prepara otras salidas más adelante, podrá explicarlo. Una persona quizá necesite viajar ese día y prefiera decidir pronto. Otra puede esperar una fecha que le venga mejor. Al leer que quedan tres plazas para esa salida, ambas entenderán qué posibilidad están valorando y qué otras opciones ofrece la organización.

La cifra tendrá que actualizarse cuando entren nuevas reservas. Si se ocupa otro asiento, quedarán dos. Si alguien cancela, habrá que comprobar de nuevo la disponibilidad. Quien escribe el aviso necesita recibir esa información de la persona que lleva las inscripciones, porque el anuncio debe seguir contando lo que un lector puede reservar en el momento en que lo encuentra.

¿Cómo puede influir un favor en lo que decidimos después?

Durante una supuesta tarea de valoración de cuadros, un participante recibió un refresco de la persona que estaba trabajando junto a él. Su acompañante había vuelto a la sala con dos bebidas y le entregó una. Más tarde, ese hombre le pediría que comprara boletos para una rifa, después de aquel primer detalle.

La situación formaba parte de una investigación de Dennis Regan publicada en 1971. El hombre que ofrecía la bebida colaboraba con el investigador. Los participantes creían estar realizando otra tarea, de modo que el favor aparecía dentro del encuentro que mantenían en la sala. La compra posterior exigía responder a una petición que llegaba de la misma persona.

El estudio comparó ese recorrido con otras condiciones. Algunas personas recibían la bebida del investigador. Otras llegaban a la petición sin aquel detalle. Se compraron más boletos al vendedor que había dado antes el refresco. La comparación ayudaba a distinguir el hecho de recibir una bebida de haberla recibido precisamente de quien pedía después la compra.

Ese origen del favor es importante para entender la reciprocidad, uno de los principios de Cialdini que Morel recoge en Neurocopywriting. La palabra describe la inclinación a responder a lo que otra persona hace por nosotros. El participante encontraba primero una atención que podía aceptar sin comprar nada. Más tarde aparecía la rifa. El encuentro anterior acompañaba ahora la petición de alguien de quien ya había recibido algo.

Los investigadores podían contar los boletos y estudiar las diferencias entre grupos. El registro indicaba qué habían comprado los participantes. Atribuir a todos un mismo pensamiento exigiría saber algo más que la cantidad entregada. Una persona puede agradecer un detalle y decidir de distintas maneras ante una oferta. El resultado del experimento permite estudiar un efecto del favor dentro de aquella situación preparada, con sus participantes y su petición.

En sus consejos de escritura, Morel propone compartir conocimientos con generosidad. Pensemos en cómo podría hacerlo alguien que explica una tarea antes de ofrecer un servicio. Un lector encuentra una dificultad y recibe unas indicaciones con las que puede intentar resolverla. Al utilizarlas conocerá una parte del trabajo de quien escribe, incluso si después decide ocuparse del asunto por su cuenta.

La ayuda necesita poder servir desde ese primer momento. Si la explicación se interrumpe antes del paso necesario y solo se revela al pagar, habrá que presentar esa condición desde el comienzo. Quien creyó encontrar unas instrucciones completas puede descubrir que en realidad estaba leyendo el inicio de una oferta. Aclarar lo que se entrega evita que el lector tenga que averiguar después qué parte podía utilizar y qué parte se le estaba pidiendo contratar.

Al aparecer un servicio de pago, la propuesta debe explicar qué añade a la ayuda anterior. Puede ofrecer trabajo realizado por otra persona, más tiempo de atención o una solución que requiere medios diferentes. El lector necesita conocerlo para valorar el precio. Haber recibido unas instrucciones le ha dado una experiencia del trato, mientras la oferta nueva exige una decisión sobre lo que ahora se vende.

El modo de pedir esa decisión afecta a la relación. Recordar el regalo como si ya se hubiera acordado una devolución puede convertir el agradecimiento en presión. La persona aceptó una ayuda y todavía debe poder decidir si desea contratar. La invitación puede partir de la tarea que continúa necesitando resolver y explicar qué se hará a cambio del dinero. Así sabrá qué está valorando cuando llegue a la respuesta, después de haber utilizado lo que recibió primero.

¿Cómo ayuda una respuesta atenta a mantener una relación?

Un hombre quiere saber si podrá dejar el abrigo al visitar un museo. Imaginemos que escribe esa pregunta en su página mientras prepara una salida de invierno. Le gustaría recorrer las salas con las manos libres. Antes de comprar la entrada, necesita resolver esa parte de las horas que piensa pasar allí.

El comentario ya explica por dónde empezar la respuesta. Quien lo atiende tiene que comprobar si existe guardarropa y decir cómo se utiliza. La indicación puede continuar con el lugar donde está y con las condiciones que afecten a la visita. Así, el hombre sabrá qué hacer con el abrigo al llegar y podrá seguir organizando el resto de la salida.

Rosa Morel incluye a Guy Kawasaki en el capítulo de Neurocopywriting que trata sobre influencia y relaciones. En sus propios consejos para acercarse al lector mediante las palabras, recomienda utilizar una voz familiar y comprensible. Esa cercanía empieza a tener un contenido cuando responde a lo que la persona ha preguntado. Un saludo puede abrir el mensaje y después hace falta atender el asunto por el que alguien decidió escribir.

Si el museo devuelve únicamente una invitación para comprar entradas, el visitante seguirá necesitando la misma información. Tendrá que buscarla por otro lado o volver a preguntar. El mensaje puede sonar amable y haber añadido trabajo a quien lo recibe. Para revisarlo, conviene volver a su comentario y comprobar qué podrá hacer con la respuesta, una vez que termine de leerla.

A veces hace falta averiguar un dato antes de contestar. La persona que lleva la página puede desconocer el horario del guardarropa o saber que va a cambiar durante una actividad. Debe consultar a quien pueda confirmarlo. Si necesita tiempo, puede explicar qué va a comprobar y cuándo espera responder, siempre que pueda cumplirlo. El hombre sabrá qué información está pendiente y podrá decidir si espera antes de cerrar sus planes.

La respuesta tampoco tiene que reunir todas las normas del museo. Interesa empezar por el servicio solicitado y añadir las condiciones necesarias para utilizarlo. Si cierra antes que las salas, esa diferencia afecta al momento de recoger el abrigo y debe acompañar la explicación. El visitante tendrá que tenerla en cuenta al decidir cuánto dura su recorrido. Otros asuntos podrán consultarse cuando llegue a ellos, sin esconder este dato entre información sobre toda la visita.

Al continuar la conversación, hay que recoger lo que ya se ha dicho. Si el hombre pregunta después por una actividad que termina más tarde, necesita conocer qué ocurre con el guardarropa en ese caso. Volver a enviar la respuesta general dejaría la nueva duda sin resolver. Quien contesta puede releer el intercambio y responder desde el punto al que han llegado ambos, manteniendo el mismo nombre para el servicio y unas indicaciones que puedan seguirse.

La información se comprobará al llegar. El visitante buscará el lugar indicado, preguntará a quien lo atiende y organizará la recogida conforme al horario que recibió. Si encuentra unas condiciones distintas, el museo debe revisar tanto el mensaje de la página como la información que utilizan sus empleados. El trabajo de escribir depende también de saber qué servicio se está prestando ese día, para que las indicaciones sigan ayudando a quienes preparan otra visita.

Un intercambio de mensajes ofrece una primera experiencia de atención. El hombre ha podido observar si alguien leyó su pregunta, la entendió y le dio una respuesta que sirvió al llegar. La confianza necesitará encuentros posteriores que mantengan ese trato. Cuando vuelva a escribir por otro asunto, empezará desde lo que ya vivió al preparar la primera visita, con el recuerdo de las indicaciones que le ayudaron a entrar y recorrer el museo.

¿Cómo explicamos lo que ofrecemos y en qué puede ayudar?

¿Qué necesitamos reconocer antes de ofrecer algo a otra persona?

Rosa Morel eligió una hucha con forma de rana para ofrecérsela a su abuelo mientras jugaban a las tiendas. La conocía y estaba entre sus cosas favoritas. Al empezar a explicar por qué debía comprarla, encontraba las cualidades de un objeto que ya había tenido en sus manos y que le gustaba guardar entre sus pertenencias.

El abuelo aceptó la compra y se llevó la hucha. La niña quiso recuperarla, lloró y pidió que se la devolviera. Morel recuerda que su abuelo mantuvo la venta. Lo que había empezado como un juego acabó con la separación de aquel objeto, y la explicación que había utilizado para venderlo la había llevado a reconocer cuánto lo apreciaba.

La autora vuelve a esa primera venta al hablar de creer en lo que se ofrece. Su relato da un comienzo cercano a una tarea que suele realizarse antes de escribir. Hay que conocer aquello de lo que se va a hablar. Una persona que lleva tiempo utilizando un objeto puede saber dónde le resulta cómodo, qué ha conseguido hacer con él y en qué momento necesita cuidado. Ese conocimiento viene de haberlo usado y de haber prestado atención a lo que ocurría mientras lo utilizaba.

Para convertirlo en una explicación hace falta detenerse en cada afirmación. Una hucha sirve para guardar dinero, pero esa función puede realizarse de maneras distintas. Habrá que saber por dónde entran las monedas y cómo pueden recuperarse. Si queremos explicar que resulta cómoda para alguien, necesitamos conocer qué pasos tendrá que dar esa persona. Mirar únicamente la forma de la rana nos deja hablar de su aspecto. Examinar cómo se utiliza nos da información sobre el trabajo que hará quien la tenga en casa.

También podemos descubrir algo que desconocíamos. Una pieza puede cerrarse de una manera que aún necesitamos probar, o una instrucción puede indicar un cuidado que todavía falta entender. Ese hallazgo forma parte de la preparación. Antes de escribir que una tarea se realiza con facilidad, tendremos que intentarla o consultar cómo debe hacerse. De lo contrario, estaríamos trasladando a quien compra una duda que nosotros hemos dejado sin resolver.

Conocer el producto ayuda después a responder. Si alguien pregunta por la abertura de la hucha, podemos señalarla y explicar su tamaño. Si quiere saber cómo se vacía, podremos describir el procedimiento. Cada pregunta vuelve a una parte del objeto que hemos examinado. Así, la conversación sigue apoyándose en lo que se ofrece, incluso cuando se aparta de las frases que habíamos preparado para presentarlo.

El relato de Morel añade otro conocimiento, el valor que aquella hucha tenía para ella. Su cariño por el objeto hacía que desprenderse de él le doliera. Ese sentimiento explica su reacción, mientras el abuelo tomaba su propia decisión al comprarlo. Las razones de quien vende y las de quien compra pueden encontrarse sin ser iguales. Al presentar una oferta conviene entender qué apreciamos nosotros y preguntar también qué busca la otra persona.

Esa pregunta puede cambiar la parte del objeto en la que nos detenemos. Alguien puede querer guardar unas monedas y necesitar saber cómo se recuperan después. Otra persona puede interesarse por la figura de la rana para colocarla en un lugar de la casa. Ambas miran la misma hucha, pero necesitan conocer cosas distintas antes de elegirla. Haberla estudiado nos ayuda a seguir esa conversación sin depender de una única descripción aprendida.

La preparación debe llegar hasta lo que se entregará. Una venta tiene una continuación cuando el comprador recibe el objeto y empieza a utilizarlo. La hucha que el abuelo se llevó era la que la niña acababa de defender con sus palabras. En una oferta escrita, quien acepta también espera recibir aquello que se le ha explicado, con los usos y las condiciones que ha tenido ocasión de conocer.

¿Cómo sabemos si una capacidad alcanza para el uso que necesitamos?

Una familia necesita repartir la comida entre cuatro personas y está mirando un robot de cocina. Podemos seguir ese caso imaginado desde una duda cercana, si el recipiente admitirá la cantidad que hace falta preparar. La cifra de litros aparece en la descripción del aparato, pero la familia necesita llevar esa medida hasta los platos que pondrá en la mesa.

Rosa Morel utiliza un robot al explicar cómo estudiar un producto antes de escribir sobre él. Su preparación de una carta de ventas incluye conocer qué hace lo que se ofrece y cómo puede ayudar a quien lo utilizará. Para explicar la capacidad tendremos que averiguar cuánto se cocina dentro del recipiente y en qué condiciones se obtiene esa cantidad.

El volumen indica el espacio que hay. La cantidad de comida preparada depende también de la receta y de los límites de uso del aparato. Algunos ingredientes cambian al cocinarse y ciertas preparaciones necesitan espacio libre. Por eso, llenar hasta el borde y cocinar hasta una marca indicada pueden dar cantidades distintas. La descripción debe utilizar la capacidad que corresponde a la preparación que está mostrando.

Una receta probada puede ayudar a entenderlo. Supongamos que se ofrece una crema de verduras para cuatro raciones. Quien consulta la información necesita conocer los ingredientes utilizados y cuánto salió al terminar. Cuatro cuencos pequeños y cuatro platos hondos llenos reciben el mismo número, mientras contienen cantidades diferentes. Indicar la cantidad preparada da a la familia una medida con la que comparar sus costumbres.

También influye cómo se sirve esa comida. Una crema que se toma antes de otro plato puede alcanzar para cuatro personas y quedarse corta si constituye la mayor parte de la cena. La información resulta más útil cuando explica ese uso junto a la receta. La persona podrá comparar la cantidad con lo que comen en casa, en lugar de descubrir el tamaño de las raciones cuando ya haya terminado de cocinar.

Si necesita más, hay que estudiar cómo puede obtenerlo. Tal vez tenga que realizar dos tandas. Eso significa preparar una cantidad, retirarla y volver a utilizar el recipiente con el resto de los ingredientes. Según la comida, puede hacer falta lavar o enfriar una parte del aparato antes de continuar. Habrá que consultar las instrucciones para contar los pasos que de verdad requiere ese modelo.

La repetición afecta al tiempo de uso. La primera tanda estará preparada mientras la segunda continúa cocinándose. La familia tendrá que decidir cómo mantenerla hasta el momento de servir o si puede hacer parte del trabajo con antelación. Estos detalles se vuelven importantes cuando la compra se está valorando para comer todos a la vez. Una capacidad que alcanza mediante dos preparaciones exige una organización distinta de la que resuelve la comida de una sola vez.

La prueba de una receta tampoco responde por todas las demás. Una sopa, una masa y un guiso ocupan el recipiente de maneras diferentes y pueden tener límites propios. La información debe decir qué se ha preparado y cómo. A partir de ahí, quien suele cocinar otro plato podrá preguntar por él, llevando el nombre y la cantidad que necesita en vez de pedir una garantía imprecisa sobre si el robot es grande.

Quien vende puede consultar las indicaciones, buscar una receta comprobada o averiguar si existe información para ese uso. Si todavía falta el dato, tendrá que obtenerlo antes de recomendar una cantidad. Así se evita que una medida del recipiente acabe convertida en una promesa que ningún ensayo de cocina ha llegado a comprobar.

La familia podrá elegir cuando conozca el trabajo que le espera. Sabrá qué cantidad sale de una preparación y cuándo necesita repetirla, comparándolo con su hora de comer y con las personas a las que sirve. La cifra de litros seguirá ayudando a comparar aparatos, acompañada ahora por una explicación que llega hasta el uso que motivó la búsqueda.

¿Dónde podrá reconocer el comprador lo que hemos prometido?

Una máquina de coser anunciada como una ayuda para ahorrar tiempo tendrá que mostrar en qué trabajo se consigue ese ahorro. Quien cose puede conocer bien los pasos que repite con cada prenda. Para valorar el cambio necesita saber cuál de ellos hará con más rapidez y qué preparación seguirá a su cargo.

Luis Bassat sitúa el producto en el centro de la comunicación en El libro rojo de la publicidad. La promesa del anuncio debe apoyarse en lo que después se recibe al utilizarlo. Neurocopywriting se acerca a ese trabajo preguntando qué desea conseguir el comprador. Al poner juntas las dos miradas, podemos elegir qué parte de la máquina conviene enseñar a alguien que quiere terminar una tarea en menos tiempo.

Momento Neurocopywriting El libro rojo de la publicidad
Antes de escribir Conocer qué quiere hacer el comprador Estudiar el producto y lo que puede ofrecer
Al explicar la mejora Mostrar en qué tarea podrá aprovecharla Elegir una promesa que pueda demostrarse
Durante el uso Comprobar si recibe lo que esperaba Buscar en el producto la prueba de lo anunciado

Podemos imaginar una máquina que prepara una puntada con menos cambios de ajuste. Durante la demostración, el vendedor coloca una tela adecuada y muestra qué mandos debe tocar. La compradora observa el comienzo de la costura y puede compararlo con los ajustes que suele hacer en su propia máquina. Ahora tiene un trabajo conocido con el que medir la ayuda que se le ofrece.

Si quiere utilizarla para coser cortinas, quizá pregunte qué ocurre con una tela más gruesa. El vendedor tendrá que atender esa pregunta antes de extender la promesa a todo lo que ella cose. Puede mostrar otra prueba o explicar qué preparación cambia con ese tejido. La información irá creciendo desde la tarea de la compradora, siguiendo el uso que quiere darle al aparato.

Al volver al anuncio, la expresión sobre ahorrar tiempo podrá acompañarse de una explicación del ajuste que se evita. Quien la lea sabrá qué mejora se está ofreciendo y tendrá una pregunta más precisa si necesita conocer otro tejido. El producto seguirá presente durante la lectura, igual que estuvo sobre la mesa durante la demostración.

¿Qué ayuda a creer una promesa antes de comprobarla personalmente?

Una persona busca una lámpara con batería para leer en un rincón sin enchufe. Imaginemos que encuentra un modelo que anuncia dos horas de luz con cada carga. Al mirar la duración empieza a calcular si podrá terminar su rato de lectura antes de necesitar enchufarla de nuevo.

La promesa necesita explicar con qué luz se han medido esas dos horas. Si la lámpara tiene varios niveles, una intensidad baja puede alargar el tiempo de encendido y ofrecer poca luz para distinguir las letras. Saber que el aparato sigue funcionando responde a una parte de la pregunta. Quien quiere leer necesita saber durante cuánto tiempo mantendrá una iluminación que sirva para hacerlo.

En su aplicación de la estructura de Freytag a una carta de ventas, Rosa Morel sitúa las pruebas, los datos y la resolución de dudas después de presentar una solución. El lector puede entender lo que se ofrece y detenerse al preguntar de dónde sale una afirmación. La explicación de la prueba debe llegar hasta esa duda, mostrándole qué se hizo y qué resultado se observó.

Para la lámpara podemos empezar por la carga. Quien realiza el ensayo tendrá que explicar si la batería estaba completamente cargada y cómo se eligió el nivel de luz. Después habrá que medir el tiempo de uso. Estos pasos deben corresponder al modelo anunciado y a sus instrucciones, de manera que otra persona pueda comprender el procedimiento del que sale la cifra.

También hay que decidir cuándo termina la duración que se mide. Un aparato puede apagarse de golpe o ir perdiendo intensidad antes de hacerlo. Si lo que se promete es tiempo de lectura, interesa saber hasta cuándo se mantuvo la luz necesaria para leer. Contar los minutos de una luz apenas visible podría dar una cifra mayor y dejar sin responder la tarea que el comprador espera realizar.

La presentación de los resultados tiene que mantener juntas esas condiciones. Una tabla con los distintos niveles puede resultar útil si los tiempos se han comprobado. La persona podrá buscar la intensidad que necesita y consultar la duración correspondiente. Si solo existe una prueba para un nivel, la descripción debe identificarlo. El comprador sabrá qué se conoce y podrá preguntar por el uso que todavía falta estudiar.

Mostrar el aparato encendido es otra clase de demostración. Sirve para ver dónde cae la luz, cómo se mueve la lámpara o qué aspecto tiene al colocarla sobre una mesa. Para conocer la duración hará falta una observación que se extienda durante el tiempo anunciado. Cada prueba ayuda cuando responde a la pregunta para la que se presenta.

Una opinión de otro comprador puede aportar una experiencia, siempre que se entienda qué hizo. Contar que terminó una tarde de lectura puede interesar a quien busca la misma ayuda. Para compararlo necesitará saber cuánto leyó, con qué intensidad y en qué condiciones utilizó la batería. El relato de una persona describe su uso, mientras la información del aparato explica qué cabe esperar de los usos que se han comprobado.

Después de comprar, esos detalles siguen teniendo utilidad. El lector puede cargar la batería, elegir el nivel indicado y preparar su rincón. Si la duración se aparta mucho de lo anunciado, tendrá una manera de explicar lo que ocurrió al pedir ayuda. Podrá indicar la intensidad que utilizó y cuánto tiempo mantuvo luz suficiente para leer, continuando la conversación desde un funcionamiento que ambos pueden identificar.

¿Qué hacemos cuando la respuesta del lector cambia lo que creíamos saber?

Quien ha dedicado varias horas a escribir un anuncio puede empezar a defenderlo cuando aparece la primera duda. Conoce lo que quiso decir y recuerda las decisiones que tomó al redactarlo. La persona que acaba de leerlo solo tiene delante las palabras de la página, y puede haber entendido otra cosa.

Adam Grant examina en Piénsalo otra vez la dificultad de revisar una idea en la que ya hemos puesto esfuerzo. Esa dificultad aparece también al comprobar un texto. Morel pide conocer al lector para explicarle una oferta. Escucharlo después de la lectura puede mostrar que habíamos dado por sabido un paso que él todavía necesita entender.

Durante la revisión Neurocopywriting Piénsalo otra vez
Antes de enseñar el texto Preparar una oferta para un lector al que se quiere conocer Reconocer qué ideas estamos dando por ciertas
Al escuchar una duda Buscar qué ha entendido al leer Examinar información que puede cambiar nuestra primera idea
Al corregir Explicar el paso o la condición que faltaba Probar una respuesta diferente antes de defender la anterior

Imaginemos que varias personas leen la oferta de un taller de bicicletas que anuncia recogida gratuita. Una pregunta si pasarán por cualquier domicilio de la provincia. Otra cree que tendrá que llevar la bicicleta a la tienda. Quien escribió el anuncio puede pedirles que señalen dónde han encontrado esa información. Así sabrá qué frase han leído y qué han tenido que completar por su cuenta.

El taller puede indicar los barrios donde recoge y contar cómo se solicita el servicio. La persona verá si su domicilio está dentro de la zona y qué debe hacer para acordar la recogida. Después conviene enseñar el texto a otro lector, que lo encuentre por primera vez. Su respuesta mostrará si las nuevas palabras resuelven la duda o si sigue faltando explicar una parte del servicio.

Grant ayuda a entender el esfuerzo que exige esa revisión. La primera redacción pudo llevar tiempo y parecer clara a quienes conocen el taller. Al escuchar a alguien que apenas sabe cómo funciona, aparecen preguntas que dentro del negocio ya estaban resueltas. Llevar las respuestas a la página es parte del trabajo de escribir para esa persona.

¿Qué necesita comprender una persona antes de dar el siguiente paso?

¿Qué necesita saber una persona cuando aparece un mensaje de error?

Una persona escribe su nombre y su contraseña para entrar en una página. Al pulsar para continuar aparece un aviso con un código desconocido. Podemos imaginarla volviendo a mirar los datos que acaba de introducir, buscando qué ha fallado mientras la gestión que quería hacer sigue detenida.

Rosa Morel utiliza un error de contraseña entre sus consejos para mejorar las indicaciones de una web. La persona que recibe un aviso necesita entenderlo desde lo que estaba intentando hacer. Un código puede ayudar a localizar el problema a quien mantiene la página, pero el lector necesita saber cómo continuar utilizando el servicio.

El primer trabajo del mensaje es explicar qué se conoce del fallo. Si el sistema ha rechazado los datos de acceso, puede decirlo con palabras que la persona reconozca. Así volverá a los campos que acaba de completar. Sabrá que necesita revisar el nombre y la contraseña, en lugar de ponerse a buscar una explicación de un número que quizá nunca haya visto.

La indicación debe ajustarse a lo que el sistema puede averiguar. Si solo se sabe que los datos de acceso son incorrectos, el texto debe expresar ese alcance. Señalar una causa distinta llevaría al lector a corregir algo que quizá estaba bien. La claridad depende también de que las palabras orienten hacia el problema que de verdad se ha detectado.

Una vez entendido el aviso, la persona tiene que poder actuar. Los campos de acceso deben resultar fáciles de encontrar desde el mensaje. Si la página la devuelve al comienzo del sitio, tendrá que localizar otra vez la entrada antes de probar una corrección. Durante ese rodeo puede perder de vista la información que estaba revisando. La ayuda funciona mejor cuando la interrupción se resuelve cerca del paso donde se produjo.

Podemos seguir con el intento siguiente. La persona revisa los datos y vuelve a pulsar, pero el acceso sigue fallando. En ese punto quizá recuerde que cambió la contraseña tiempo atrás o descubra que ha olvidado la nueva. Repetir la misma invitación a intentarlo otra vez la deja ante una tarea que ya ha realizado. Necesita encontrar el camino para recuperar su acceso.

El enlace de recuperación debe explicar para qué sirve antes de abrir otra pantalla. Una vez allí, las indicaciones podrán pedir el dato necesario y decir cómo llegará la respuesta. Si se envía un mensaje al correo, conviene nombrar ese destino y explicar qué habrá que hacer con él. La persona cambia entonces de una página a su correo entendiendo por qué debe buscar allí.

La continuación también merece una explicación. Después de crear una nueva contraseña tendrá que saber dónde utilizarla y cómo volver a la gestión que había dejado. El recorrido de ayuda empieza en el error y termina cuando puede retomar lo que estaba haciendo. Un mensaje amable al principio pierde parte de su utilidad si las instrucciones siguientes vuelven a dejarla sin saber dónde entrar.

Quien prepara esos textos puede probar el recorrido completo. Introduce unos datos que produzcan el aviso, lee la explicación e intenta seguirla sin acudir a información que la pantalla omite. Después repite el intento y busca la recuperación. Ese ensayo descubre dónde falta un paso, dónde se utiliza una palabra desconocida o dónde se manda a la persona a un lugar del que todavía necesita aprender a regresar.

¿Por qué conviene mantener el mismo nombre mientras damos indicaciones?

Una página presenta un servicio llamado Auditoría. Quien lee aprende qué se examinará y qué ayuda podrá recibir después de ese trabajo. Va utilizando el nombre para reconocer el servicio mientras encuentra información nueva sobre cómo solicitarlo.

Rosa Morel se detiene en el momento en que esa misma página cambia el botón a Pedir revisión. En sus consejos sobre las indicaciones de una web utiliza el ejemplo para mostrar qué ocurre cuando una ayuda recibe nombres distintos durante el recorrido. El lector tiene que decidir si el botón sigue refiriéndose a lo que acaba de conocer.

Una auditoría es un examen ordenado para conocer el estado de algo. Revisión puede nombrar ese mismo trabajo y también un examen de menor alcance o una ayuda diferente. En una conversación podríamos preguntar qué se quiere decir. Frente a un botón necesitamos que las palabras expliquen qué se está pidiendo, porque pulsarlo abre el paso siguiente.

La duda puede hacer que la persona vuelva atrás. Buscará la palabra revisión dentro de la descripción para comprobar si se ofrece junto a la auditoría o si ambas significan lo mismo. Quizá encuentre una respuesta y quizá tenga que consultar a la empresa. En los dos casos, se ha interrumpido la solicitud para resolver una diferencia que la propia página ha introducido.

Repetir el nombre evita esa interrupción cuando el servicio sigue siendo el mismo. Si la oferta habla de una auditoría, el botón puede indicar Pedir auditoría. La persona reconoce lo que ha estado leyendo y puede concentrarse en lo que viene después. La repetición cumple una tarea distinta de la variedad de palabras que se busca en otras partes de una explicación, pues aquí ayuda a identificar una misma cosa en lugares separados.

Podemos continuar la situación con un formulario. Al abrirlo, la persona necesita saber qué datos se le piden para tramitar la auditoría. El nombre debe seguir visible mientras describe el trabajo que quiere que se examine y deja un medio para recibir respuesta. La pantalla puede añadir condiciones nuevas, como el tiempo que tarda una contestación, sin cambiar la ayuda que se está solicitando.

La confirmación posterior puede recoger ese mismo nombre. Quien recibe el correo podrá reconocer qué se ha enviado y guardarlo para hacer una consulta. Si la empresa tiene varios servicios, la palabra le ayudará a distinguir aquella petición de otras. También podrá buscarla en su correo cuando quiera recuperar la respuesta, utilizando el nombre que aprendió al leer la oferta.

La continuidad hace más fáciles de explicar los cambios verdaderos. Si una revisión es un primer examen y la auditoría es un trabajo posterior más amplio, la página tendrá que contarlo. Podrá aclarar qué incluye cada paso, cuál está pidiendo la persona y en qué momento se le ofrecerá el siguiente. Así, los dos nombres responden a dos trabajos que se han explicado, en vez de obligar al lector a adivinar si hay una diferencia.

Para revisar las palabras hay que recorrer la solicitud completa. Una modificación en la oferta puede dejar un nombre antiguo en el botón, en el formulario o en un correo que se envía de manera automática. Leer cada parte por separado puede ocultar ese salto. Seguirlas en el orden en que las encontrará el usuario muestra dónde cambia la palabra y si ese cambio corresponde a una acción que también necesita explicación.

¿Qué necesita saber alguien que teme quedarse atrás al empezar?

Una mujer tiene una máquina de coser en casa y quiere aprender a utilizarla. Imaginemos que encuentra un curso para principiantes y empieza a mirar cómo serán las primeras clases. Le gustaría llegar a coser una prenda, mientras necesita saber cómo preparar la máquina antes de poder realizar esa tarea.

Al leer la información puede aparecer el temor de quedarse atrás. Quizá las demás personas sepan ya poner el hilo y hacer una primera puntada. Si la enseñanza empieza dando esos pasos por conocidos, tendrá dificultades para seguirla desde el comienzo. La duda se refiere a una preparación que todavía necesita, incluso cuando tiene interés y está dispuesta a aprender.

Rosa Morel propone conocer los miedos del lector durante la preparación de una carta de ventas. Esa información ayuda a estudiar qué puede frenar una decisión y qué tendría que explicar la oferta. En nuestro curso, prometer que aprender es fácil deja sin resolver la pregunta de la mujer. Necesita saber qué le enseñarán antes de pedirle que empiece a coser.

Quien redacta puede consultar cómo se organiza la primera clase. Si empieza enseñando a pasar el hilo por la máquina, colocar la tela y preparar una puntada, esos pasos deben aparecer en la descripción. La mujer podrá leerlos y reconocer dónde recibe la ayuda que busca. El orden de la enseñanza le muestra cómo llegará desde su conocimiento actual hasta el primer ejercicio.

Si el curso exige una preparación anterior, conviene explicarla también. Saberlo antes de apuntarse le deja preguntar cómo adquirirla o buscar una formación que empiece desde ese nivel. El miedo a quedarse atrás puede estar señalando una diferencia real entre lo que la persona necesita y lo que el curso enseña. Las palabras deben ayudar a conocerla para que la elección pueda hacerse desde ese punto de partida.

Una muestra permite examinar cómo se explica. La mujer puede mirar dónde coloca el hilo la profesora y comprobar si distingue las piezas mientras escucha sus nombres. Esa primera experiencia de aprendizaje ofrece más información que un adjetivo sobre la facilidad del curso. Puede entender un paso y necesitar volver sobre el siguiente, descubriendo dónde le haría falta apoyo.

La forma de ver la muestra influye en esa comprobación. Si se puede detener y repetir, tendrá tiempo para localizar la pieza en su propia máquina antes de continuar. Si las clases se desarrollan en directo, necesitará conocer cómo se puede preguntar cuando se pierde un paso. Son maneras de enseñar distintas que deben describirse tal como están previstas, para que la mujer sepa con qué ayuda contará.

También hay que mirar la herramienta con la que practicará. Las máquinas pueden tener las piezas en lugares diferentes y recorridos de enhebrado propios. La oferta debe decir qué tipos de máquina se utilizan y cómo se atienden esas diferencias. Saber si podrá seguir con la que tiene en casa forma parte de la misma pregunta sobre acompañar al grupo desde el comienzo.

Conocer estas condiciones puede cambiar cómo se prepara para asistir. Quizá necesite llevar el manual de la máquina, reunir un material o practicar un paso anterior. Cada indicación tendrá que proceder del curso que de verdad se ofrece. La mujer llegará sabiendo qué se espera de ella y dónde puede pedir ayuda, comenzando a aprender desde una tarea que ha tenido ocasión de entender.

¿Qué podemos averiguar antes de responder a una duda?

Una persona puede decir que un servicio le resulta caro y estar pensando en una condición que todavía desconocemos. Quien la atiende quizá empiece a hablar de la calidad del producto antes de averiguar qué gasto está haciendo ella al mirar la oferta. Si ambos están pensando en cantidades distintas, la explicación puede pasar por delante de la dificultad sin resolverla.

Chris Voss presta atención a esas dificultades en Rompe la barrera del no. Preguntar antes de preparar la respuesta ayuda a conocer cómo tendría que hacerse un acuerdo para que la otra persona pueda cumplirlo. La comparación con Neurocopywriting lleva esa escucha hasta el texto de la oferta, donde las dudas de los compradores pueden mostrar qué cantidades o condiciones hace falta explicar mejor.

Lo que aparece Neurocopywriting Rompe la barrera del no
Una duda sobre la oferta Preparar información que la responda Preguntar qué dificultad está expresando la persona
Una condición desconocida Revisar lo que se había supuesto del comprador Escuchar cómo afecta esa condición al acuerdo
Una opción que puede servir Explicar lo que incluye y qué debe hacerse después Comprobar cómo podría llevarla a cabo la otra persona

Pensemos en un servicio de comidas a domicilio que anuncia un pedido mínimo de cinco menús. Alguien consulta el precio y dice que le sale caro. Si solo necesita dos comidas a la semana, está calculando también el dinero de tres menús que quizá le sobren. Hablarle de los ingredientes puede interesarle, mientras sigue necesitando resolver qué hará con esa cantidad de comida.

Al conocerlo, la encargada puede explicar qué opciones ofrece el negocio. Tal vez exista una forma de recoger dos menús en el local o quizá el servicio solo atienda pedidos de cinco. En cada caso tendrá una respuesta sobre la cantidad que esa persona necesita. Podrá comprobar si alguna opción le encaja y preguntar por los días que tiene previstos, sin obligarla a repetir una duda que ya había intentado expresar al hablar del precio.

La consulta puede servir después para revisar el anuncio. Si el precio anunciado corresponde al pedido de cinco comidas, conviene mostrar esa cantidad junto al importe. Quien busque dos menús sabrá desde el principio qué se ofrece y podrá dirigirse a la opción de recogida, si está disponible, o seguir buscando un servicio que atienda su pedido.

¿Cómo conocer qué significa para alguien que una oferta le resulte cara?

La encargada del servicio de comidas escucha la consulta de este ejemplo. Antes de explicar los ingredientes, pregunta cuántos menús necesita la persona durante la semana.

—He visto el precio de los menús y me sale caro.

—¿Cuántas comidas necesitarías a la semana?

—Dos. Vivo solo y aquí pone que el pedido mínimo es de cinco.

—Los repartos de esa oferta se preparan para cinco comidas.

—Eso es lo que me frena. Los otros días como con mi hija y me sobrarían tres.

—Tenemos otra opción para recoger dos menús en el local. Podemos mirar los días y el precio, por si te viene bien pasar a buscarlos.

—Los recogería al volver del mercado. Enséñame qué días puedo hacerlo y hago la cuenta.

¿Qué debe conocer una persona antes de aceptar una oferta?

Una persona encuentra una revisión de caldera que se anuncia como gratuita. En el caso imaginado que vamos a seguir, empieza a leer porque quiere saber cómo está el aparato de su casa. Mira qué examinará el técnico y busca cómo concertar la visita.

La oferta exige contratar y pagar un mantenimiento durante un año. La revisión está incluida en ese acuerdo. Por eso, al estudiar la visita hay que explicar también el servicio que se acepta para recibirla, con el gasto que acompañará a la persona después de que termine aquel primer trabajo.

El capítulo final de Neurocopywriting se ocupa de la ética. Esa parte del libro da un lugar a la responsabilidad sobre las razones con las que se intenta convencer. Nuestro ejemplo ayuda a estudiar una información que cambia la decisión del lector, el compromiso económico unido a la ayuda que se destaca en el anuncio.

La persona puede comprender todos los detalles de la revisión y seguir desconociendo cuánto tendrá que pagar. Saber qué mirará el técnico responde a su interés por la caldera. Saber que debe contratar el mantenimiento le explica qué necesita aceptar para obtener aquella visita. Las dos informaciones pertenecen a la oferta y hacen falta mientras todavía está decidiendo si le conviene.

El lugar donde se cuentan cambia la lectura. Si la condición aparece lejos del anuncio, en un texto difícil de encontrar, el lector debe descubrir por su cuenta que ambas cosas van juntas. Explicar desde el principio que la revisión se incluye al contratar un mantenimiento le deja examinar el acuerdo completo. Podrá estudiar la visita sin dar por supuesto que recibirá ese trabajo sin asumir otro gasto.

El precio necesita señalar a qué periodo corresponde. Una cuota mensual se repetirá durante el tiempo que se contrata y una cantidad anual puede mostrar el total de ese periodo. La persona tiene que saber cuál está leyendo. También necesita conocer qué incluye el mantenimiento para entender por qué paga y qué parte corresponde a la revisión que despertó su interés.

La duración del servicio debe estar próxima a ese precio. Una cifra que parece pequeña puede dar una impresión diferente cuando se conoce cuántas veces se abonará. Al encontrar ambos datos juntos, el lector puede hacer la cuenta y compararla con lo que necesita para su casa. Esa comparación ocurre antes de solicitar un trabajo que lleva unido un compromiso de pago.

El botón siguiente tiene que explicar qué acción se realiza. Pedir información puede abrir una consulta para que alguien conteste unas dudas. Contratar un mantenimiento supone aceptar unas condiciones. Si la persona quiere preguntar primero, debe poder reconocer el lugar para hacerlo. Si decide contratar, necesita saber que está dando su conformidad al servicio que se acaba de describir.

Antes de aceptar puede querer volver a una parte del acuerdo. Tener las condiciones a mano le deja comprobar la cantidad o el tiempo sin perder el lugar donde debe responder. Después, la confirmación puede recoger lo aceptado y facilitar una copia para consultarlo durante el servicio. Esa ayuda posterior resulta útil, mientras los datos que cambian la elección tienen que haberse contado cuando aún se podía elegir.

Para revisar la oferta conviene seguir el camino completo desde el anuncio. En cada paso hay que observar qué sabe la persona del precio, de la duración y de la acción que se le pide. Si el mantenimiento solo se descubre después de solicitar la visita, habrá que llevar esa información hasta el momento en que puede utilizarla para decidir. La explicación llegará así al lector antes de que acepte el gasto que se le está proponiendo.

¿Qué espacio dejamos para que la otra persona elija?

Alguien puede querer asistir a un curso y descubrir que el horario coincide con una responsabilidad que tiene en casa. Su respuesta a la invitación dependerá también de esa tarde ocupada. Para conocerla, quien organiza el curso tendrá que escuchar qué le impide acudir en las fechas propuestas.

Marshall B. Rosenberg presta atención a las respuestas que recibe una petición en Vivir la comunicación no violenta. Quien pide ayuda o propone una actividad necesita conocer también lo que puede hacer la otra persona. Neurocopywriting acerca esa atención a una oferta escrita, cuyas condiciones debe poder examinar el lector antes de decidir si participa.

Qué se cuida Neurocopywriting Vivir la comunicación no violenta
Al presentar la propuesta Explicar qué se ofrece y a quién puede servir Contar qué se necesita y qué se está pidiendo
Al recibir una respuesta Atender las dudas sobre lo que se acepta Escuchar qué puede y qué quiere hacer la otra persona
Al continuar Aclarar las condiciones o las opciones disponibles Buscar una posibilidad que tenga en cuenta a ambos

Imaginemos una invitación a un curso de cocina. El anuncio cuenta qué recetas se prepararán, cuánto cuesta y qué tardes se imparte. Una persona interesada ve que esos días tiene que cuidar a un familiar. Puede gustarle mucho la actividad y necesitar una fecha distinta para acudir. Si la página ofrece una forma de consultar, podrá explicar esa dificultad antes de abandonar la búsqueda.

La respuesta de la organización tendrá que apoyarse en las fechas que realmente tenga preparadas. Si hay otra convocatoria, puede mostrarle el horario. Si todavía se desconoce cuándo se repetirá, podrá contarlo y explicar cómo se anunciarán las próximas clases. La persona sabrá con qué información cuenta para organizarse, en vez de tener que decidir a partir de una fecha que alguien ha sugerido sin comprobarla.

Rosenberg ayuda a mantener la atención en lo que esa respuesta está diciendo. La persona había encontrado un curso que le interesaba y estaba buscando cómo hacerlo compatible con el cuidado de su familiar. Al atender esa consulta, la organización podrá saber si existe una posibilidad para ella. Si las fechas siguen coincidiendo, conocerá la razón por la que esta vez tendrá que esperar.

Ramon Calatayud
Autor:
-Consultor editorial-

Escritor de novelas y profesional del mundo editorial desde hace más de 15 años. En este sector ayuda profesionalmente a escritores y guionistas de todo el mundo además de ayudar a diseñar estrategias de ventas.

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