El arte de pensar de Rolf Dobelli

El arte de pensar

Rolf Dobelli empezó a reunir errores de razonamiento para consultarlos antes de tomar decisiones sobre su dinero. Iba guardándolos con notas y anécdotas que le ayudaban a reconocer cómo se había producido una equivocación. Aquella lista era para él. Al volver a ella, quería encontrar a tiempo una dificultad que pudiera pasarle inadvertida mientras decidía qué hacer con lo que había ganado.

Fue encontrando errores que se repetían de una manera parecida. La información podía cambiar y, aun así, volver a producirse la misma inclinación al valorarla. Conocer esa repetición ofrecía una ocasión para detenerse antes de elegir. Dobelli empezó a utilizar sus notas también en el trabajo y en la vida privada, donde encontraba decisiones que podían estudiarse con la misma atención.

El interés de sus amigos por aquella colección dio paso a columnas semanales en la prensa alemana y suiza. De ese trabajo nació El arte de pensar. La edición española reúne cincuenta y dos capítulos breves, cada uno dedicado a una dificultad del juicio. El autor va explicándola a través de situaciones que permiten seguir cómo aparece al valorar una información o tomar una decisión.

La palabra sesgo nombra una inclinación que puede repetirse en nuestro pensamiento. A veces una información recibe tanta atención que otras quedan fuera. Otras veces se acepta una explicación antes de comprobar qué la sostiene. Para entender lo ocurrido hay que volver a la manera de utilizar los datos, porque disponer de ellos y tenerlos en cuenta son pasos que pueden separarse mientras se decide.

Dobelli reúne investigaciones realizadas por otras personas y las explica junto a recuerdos, ejemplos y relatos ilustrativos. Cada uno de esos materiales ayuda a seguir una idea desde un lugar diferente. Un experimento muestra qué ocurrió durante una prueba y en unas condiciones determinadas. Un ejemplo propuesto ayuda a comprender una relación, sin convertirse por ello en una investigación sobre cuántas personas actuarán de esa manera.

En el prólogo, el autor cuenta que sus notas le ayudaron a reconocer errores propios antes de que le causaran un perjuicio. También le permitieron entender mejor algunas decisiones de otras personas. Al guardar cada dificultad junto a una explicación, podía volver a ella cuando apareciera una elección parecida. La lista seguía creciendo con ese uso, reuniendo lo que iba aprendiendo sobre cómo juzgaba y sobre la información que necesitaba revisar.

Campo Datos del libro
Título El arte de pensar
Subtítulo 52 errores de lógica que es mejor dejar que cometan otros
Autor Rolf Dobelli
Título original Die Kunst des klaren Denkens
Edición Referencia digital en español publicada el 15 de junio de 2016.
Editorial Penguin Bolsillo, sello de Penguin Random House Grupo Editorial
Traducción Nuria Villagrasa Valdivieso
ISBN 9788490694763 (referencia digital de la editorial)
Extensión 272 páginas según la ficha editorial
Tema Errores del pensamiento y toma de decisiones.
Materias Pensamiento crítico, sesgos cognitivos, información, influencia social, azar y valoración de alternativas.
Referencia bibliográfica Ficha editorial de El arte de pensar
Enlace de compra https://link.amazon/B09NFBHTJ

¿Cómo podemos revisar lo que creemos saber?

¿Qué se pierde al mirar solo a quienes triunfan?

Las canciones de los músicos famosos acompañan a Reto en el ejemplo que abre el libro de Dobelli. Las encuentra en su vida diaria y conoce a los grupos que las interpretan. Ese contacto lo anima a formar una banda, imaginando que también podrá dedicarse a tocar. Para hacerse una idea de esa vida, está mirando a quienes ya han conseguido llegar al público.

Llegar a escucharlas requiere que sus canciones hayan circulado. En cambio, una banda que dejó de tocar antes de darse a conocer tendrá pocas ocasiones de aparecer en esa búsqueda. Incluso puede resultar difícil averiguar que existió. Si Reto utiliza solo la música que encuentra, los grupos que terminaron antes van quedando fuera de la comparación. Su ausencia puede hacer que dedicarse a tocar parezca más frecuente de lo que muestran todos los intentos.

La palabra supervivencia se refiere aquí a quienes siguen dentro del grupo que podemos observar. El sesgo aparece al utilizar su resultado para valorar las posibilidades de todos los que empezaron. Conocer diez bandas que viven de tocar puede resultar alentador. Para entender qué representa esa cantidad necesitamos saber de cuántos intentos proceden. Diez entre veinte y diez entre varios miles describirían situaciones muy diferentes. Las cantidades de esta comparación son ilustrativas, porque el relato de Reto carece de una investigación que permita hacer esa cuenta.

Antes de buscarla conviene precisar qué desea conseguir. Formar una banda, ofrecer un concierto y poder pagar los gastos de cada mes con la música son resultados distintos. Un grupo puede tocar un fin de semana y seguir necesitando otro trabajo. Si Reto quiere vivir de tocar, contar únicamente conciertos mezclaría trayectorias que todavía no han llegado a ese resultado. La búsqueda necesita conservar la misma pregunta para quienes continúan y para quienes dejaron de hacerlo. El tiempo también cambia lo que estamos comparando. Una banda puede obtener ingresos suficientes durante unos meses y perder después los lugares donde actuaba. Consultar solo su mejor temporada dejaría fuera esa dificultad. Interesa averiguar cuánto pudo mantenerse y qué ocurrió cuando cambiaron sus circunstancias. Así se puede estudiar una carrera durante un periodo, en vez de tomar un momento favorable como si describiera toda su duración.

Para recuperar intentos menos conocidos habrá que buscar donde sus participantes todavía puedan contar lo ocurrido. La consulta puede dirigirse a personas que tocaron en una zona o en una época determinada. Estas son vías posibles para completar el ejemplo. Una lista de quienes actuaron allí permitiría empezar a localizar también a los grupos que ya desaparecieron. La ausencia de grabaciones conocidas dejaría de ser el único criterio que decide a quién se escucha durante la búsqueda.

Conseguir esa información exige cuidar los motivos de cada abandono. Una persona puede dejar la música por circunstancias que apenas guardan relación con la calidad de lo que toca. Si conocemos la causa, podemos conservarla al estudiar su trayectoria. Si se desconoce, habrá que admitir ese hueco. Decir que quienes dejaron de tocar carecían de talento añadiría una explicación que los datos disponibles todavía no permiten sostener.

También conviene comparar condiciones de partida parecidas. Un grupo formado por personas ya conocidas puede encontrar oportunidades distintas de las que recibe una banda que empieza sin público. Si Reto busca orientación para su propio intento, necesita reconocer esas diferencias. Conocerlas permite valorar qué ayuda estaba disponible para otros y cuál tendría que conseguir él antes de dedicar más tiempo a tocar.

Esta búsqueda tampoco decide por Reto cuánto debe desear la música. Le permite preparar su elección con una idea más completa de lo que tendrá que sostener. Las canciones conocidas seguirán mostrando qué le atrae de esa ocupación. Las trayectorias que acabaron antes pueden explicar obstáculos que esas canciones apenas dejan ver, como el tiempo de espera y los gastos que continuaban llegando mientras buscaban público.

¿Qué datos permiten aprender de un éxito?

Una persona que ha triunfado puede explicar qué hizo durante su recorrido. Para aprender de esa experiencia necesitamos saber también qué parte de lo ocurrido estamos examinando. En Moneyball, Michael Lewis sigue a un equipo que vuelve sobre muchas actuaciones antes de decidir cuánto puede aportar un jugador. El interés de Oakland por los registros permite continuar la pregunta de Dobelli, porque un resultado destacado puede atraer toda la atención mientras otras actuaciones quedan fuera.

Los dos libros ayudan a examinar selecciones diferentes. Dobelli pregunta quiénes han desaparecido del grupo que observamos. Lewis muestra el trabajo de elegir qué se cuenta dentro de las actuaciones disponibles. Recuperar a las personas que faltan amplía la comparación. Revisar qué se registra permite comprender mejor a quienes ya estaban incluidos.

Qué se examina El arte de pensar Moneyball
Personas observadas Quiénes llegaron al éxito y quiénes quedaron fuera Qué jugadores ofrecen una capacidad que el equipo necesita
Información necesaria Resultados de quienes siguieron caminos parecidos Actuaciones y oportunidades en las que se obtuvieron
Trabajo de comparación Conservar éxitos y fracasos pertinentes Elegir medidas relacionadas con la aportación buscada
Límite Ampliar la muestra deja pendiente explicar las diferencias Un registro anterior deja abierto el rendimiento futuro

Imaginemos una escuela de cerámica que muestra en su publicidad las piezas de sus alumnos premiados. Las fotografías permiten apreciar esos trabajos. Para saber qué puede esperar alguien que empieza, también haría falta conocer cuántas personas se matricularon, qué formación traían y cuánto tiempo dedicaron al aprendizaje. La pregunta de Dobelli recupera a los alumnos que todavía están aprendiendo y a quienes abandonaron.

Con esa información reunida, queda otra elección sobre qué significa progresar. Ganar un premio y aprender a cocer una pieza sin que se agriete describen resultados distintos. La mirada que propone Moneyball invita a relacionar el registro con el trabajo que se desea valorar. La escuela podría mostrar cómo evolucionan las piezas de los principiantes durante el curso, incluyendo los intentos que necesitan corregir.

Esta aplicación creada mantiene abiertas las causas de las diferencias. Tener presentes más trabajos permite comparar mejor el aprendizaje, pero conocer por qué unas personas avanzan más requiere examinar sus condiciones. Las piezas premiadas siguen formando parte de la escuela junto a esa información que las fotografías del anuncio dejaban pendiente.

¿Qué sabemos antes de atribuir un resultado al entrenamiento?

Dobelli cuenta que Nassim Nicholas Taleb eligió la natación fijándose en el cuerpo de los nadadores profesionales. Buscaba una actividad física y aquellas figuras le resultaron atractivas. De ahí pasó a relacionar su aspecto con el deporte que practicaban. El relato permite seguir cómo una observación termina convirtiéndose en una expectativa sobre lo que conseguirá otra persona.

Todos los deportistas que estaba mirando nadaban y habían llegado a un nivel exigente. Esa coincidencia facilitaba atribuir su cuerpo a las horas que pasaban entrenando. Para examinar esa explicación faltaba conocer cómo eran antes de empezar. También habría que saber qué diferencias tenían con las personas que nadaron y dejaron la competición antes de alcanzar aquel nivel.

La selección modifica el grupo al que seguimos mirando. Si unas características físicas favorecen el rendimiento, quienes las poseen pueden disponer de una ventaja al competir. A medida que se exige más para avanzar, esa ventaja puede influir en quién continúa. Al final vemos a deportistas que entrenan y que también han ido superando las pruebas anteriores. La fotografía ofrece el resultado conjunto de ambas cosas.

Una pregunta trata de averiguar qué cambia el entrenamiento en una persona. Otra pregunta trata de conocer quién llega a ser profesional. Para responder a la primera necesitamos observar cambios en el tiempo. Para responder a la segunda tendremos que estudiar a quienes avanzan y a quienes quedan fuera. Mirar solo a los campeones mezcla las dos preguntas, porque todos ellos entrenaron y todos pasaron por una selección.

El cuerpo tampoco permanece igual durante la preparación. El entrenamiento forma parte del trabajo que realizan los nadadores. La dificultad consiste en averiguar cuánto explica del resultado que observamos. Negarle cualquier efecto sería ir más lejos de lo que demuestra el caso. Dobelli invita a reconocer que algunas características pudieron favorecer la selección antes de que aquellas personas acumularan años de ejercicio.

Si Taleb quiere conocer los efectos de empezar a nadar, su punto de partida pasa a ser importante. Una observación de su cuerpo antes de entrenar permite compararla después con su propia evolución. También necesita registrar durante cuánto tiempo practica y qué preparación realiza. Entrenar de vez en cuando y seguir un programa prolongado representan trabajos diferentes que conviene distinguir al valorar el cambio. Conocer ese antes y ese después permite describir lo que ocurrió, pero atribuir todo el cambio al ejercicio puede exigir más comprobaciones. Durante el mismo periodo podrían haber cambiado otras condiciones de la vida de una persona. Si se está investigando el efecto de una preparación, habrá que tenerlas en cuenta. La comparación gana fuerza cuando permite reconocer qué se ha mantenido parecido y qué se ha modificado junto con el entrenamiento.

A esta dificultad se añade la de observar únicamente a quienes completan una preparación. Las personas que continúan pueden ser distintas de las que la dejan. Si solo conocemos la evolución de las primeras, seguirá faltando información sobre lo que sucedió a todas las que empezaron. Seguir a ambos grupos ayuda a entender qué resultados se consiguieron y bajo qué condiciones pudo mantenerse el trabajo.

En la elección de Taleb, los profesionales le mostraban una actividad que deseaba probar. Una vez iniciada, la valoración de su esfuerzo podía apoyarse en los cambios que fuera consiguiendo respecto a cómo era cuando empezó. Eso permite reconocer una mejora sin exigir que reproduzca la figura de alguien que llegó al deporte profesional con otras condiciones. La imagen que lo animó a nadar y las pruebas con las que valore el entrenamiento cumplen funciones distintas dentro de la misma decisión.

¿Por qué confiamos tanto en nuestras previsiones?

Las obras de la Ópera de Sídney empezaron en 1959 con el diseño todavía incompleto. El proyecto necesitaba encontrar soluciones para una construcción singular. Al comenzar, parte del trabajo que acabaría exigiendo el edificio estaba por definir. Las decisiones pendientes irían acompañando a unas obras que ya se habían puesto en marcha.

La estimación inicial había previsto terminar en 1963. Una fecha así permite organizar tareas, reservar recursos y preparar lo que se hará cuando el edificio esté disponible. Muchas decisiones posteriores empiezan a depender de ella. Esa utilidad puede hacer que una previsión se utilice como si fuera un resultado asegurado, incluso cuando aún quedan dificultades cuya solución se desconoce.

La Ópera abrió en 1973, diez años después del final previsto. El coste pasó de una estimación inicial de siete millones de dólares australianos a ciento dos millones. Los archivos de la obra y la historia de su financiación permiten comprobar la distancia entre esas cantidades. También recogen la complejidad técnica y los cambios del proyecto. El retraso y el aumento del coste necesitan explicarse atendiendo a lo que fue sucediendo durante su construcción.

Dobelli incluye el edificio entre los proyectos que ayudan a examinar el exceso de confianza. El concepto describe una distancia entre lo que sabemos y la seguridad que damos a ese conocimiento. Podemos reconocer que una tarea necesita una solución que todavía falta. También podemos anunciar una fecha sin conservar ese margen de duda. En este segundo caso, se anuncia una fecha cerrada para unas tareas que todavía siguen sin definirse.

La diferencia se entiende mirando cómo se prepara una cuenta. Cuando una tarea se parece a otras ya realizadas, la experiencia puede ofrecer una base para calcularla. Si requiere fabricar o construir de una manera nueva, esa base será más limitada. Un presupuesto ordenado permite identificar partidas, pero cada cifra necesita apoyarse en lo que se conoce de la tarea. La suma correcta apenas ayuda si los trabajos que debe reunir están incompletos o se han calculado con demasiada seguridad.

Al fijar el calendario también conviene separar una fecha deseada de una fecha estimada. La primera expresa cuándo se necesita disponer del edificio. La segunda intenta calcular cuándo podrá terminarse con las dificultades y los recursos conocidos. Desear que una obra acabe antes puede llevar a buscar otras maneras de organizarla. Para que esa reorganización justifique una nueva fecha habrá que explicar qué tareas cambian y cuánto tiempo permite ahorrar cada cambio.

Durante la construcción aparecen datos que antes faltaban. Una solución técnica puede resultar más difícil de ejecutar o exigir cambios en otras partes de la obra. Incorporar esas novedades permite revisar las tareas siguientes. Quienes dependen del calendario necesitan saber qué se ha resuelto y qué sigue abierto. Conservar la primera fecha para estudiar la desviación cumple una función diferente de utilizarla para organizar un trabajo que ya se conoce mejor.

El resultado final tampoco demuestra por sí solo qué pensaban quienes hicieron la primera estimación. Un sobrecoste puede reunir cálculos equivocados, cambios de diseño y decisiones posteriores. Para distinguirlos hace falta volver a los documentos y a la secuencia de la obra. El valor que el edificio haya adquirido después también responde a otra pregunta. Una construcción puede resultar valiosa y haber necesitado un presupuesto mucho mayor del anunciado.

En su explicación sobre el exceso de confianza, Dobelli distingue lo que conocemos de la seguridad con la que creemos conocerlo. Esa diferencia permite examinar una previsión antes de que llegue el resultado. Interesa averiguar qué experiencia sostiene el cálculo y qué soluciones siguen pendientes. Así se puede preparar el trabajo manteniendo a la vista las tareas que aún cuesta estimar, en lugar de esperar a que el retraso revele la incertidumbre que la primera fecha había dejado fuera.

¿Qué margen necesita un plan cuando el futuro sigue abierto?

Una previsión puede servir para preparar un trabajo y seguir dejando dudas sobre lo que sucederá. Dobelli permite examinar la confianza con la que tratamos esa estimación. En El cisne negro, Nassim Nicholas Taleb añade una pregunta sobre las consecuencias de aquello que el plan deja fuera. El equipo necesita conocer cuánto depende de que se cumpla la cifra prevista y qué posibilidades conserva si ocurre otra cosa.

Parte del plan El arte de pensar El cisne negro
Dificultad examinada La confianza puede superar lo que permiten los datos Los hechos fuera de la expectativa pueden tener gran impacto
Qué revisar Razones y antecedentes de la estimación Exposición a consecuencias que el cálculo puede dejar fuera
Preparación útil Conservar la incertidumbre al anunciar un plazo Preparar alternativas si el fallo tiene consecuencias graves
Límite Reconocer exceso de confianza deja pendiente ejecutar Preparar margen deja pendiente cuánto costará mantenerlo

Podemos seguirlo con una aplicación creada sobre una asociación que prepara una excursión. El grupo reserva un autobús y calcula la hora de regreso. Para ajustar esa estimación puede consultar el recorrido, las paradas previstas y la duración de viajes parecidos. Esas comprobaciones ayudan a revisar la confianza inicial sin convertir el horario en una certeza.

Ahora aparece otra decisión. Al volver, algunas personas necesitan enlazar con el último transporte que llega a su pueblo. Un retraso pequeño puede ser llevadero para unos y dejar a otros sin regreso. La misma previsión tiene consecuencias diferentes según cómo dependa cada participante de ella. Conocer esa dependencia permite preparar una alternativa antes del viaje.

Taleb ayuda a mirar qué puede perder el grupo si el horario falla, sin exigir que se adivine cada incidente. La asociación puede estudiar qué ocurriría si el autobús llegara después del último enlace y qué acuerdo permitiría atender a quienes quedaran afectados. El plan conserva su horario y reconoce también qué respuesta necesitaría fuera de él.

La comparación exige mantener la escala del concepto de Taleb. Un atasco previsto como posibilidad forma parte de las condiciones conocidas del viaje. Llamarlo cisne negro apenas añadiría información. La ayuda está en comprender que mejorar una estimación y preparar las consecuencias de su fallo son trabajos relacionados que necesitan atención propia.

¿Cómo comprobar una idea que parece funcionar?

Un profesor presenta los números 2, 4 y 6 y pide a sus alumnos que descubran la regla que sigue esa serie. En el ejercicio que cuenta Dobelli, la respuesta está escrita en una hoja que ellos todavía no pueden ver. Pueden proponer cómo continuar y escuchar si cada intento encaja. De esa manera van reuniendo información antes de decir qué regla creen haber encontrado.

Un ocho recibe una respuesta favorable. También encajan diez y doce, de modo que cada intento parece apoyar la idea de sumar dos. Los alumnos pueden encontrar tantos aciertos como quieran siguiendo ese camino. La dificultad se descubre al distinguir lo que han comprobado de lo que creen haber comprobado. Saben que esos números son aceptados, pero todavía desconocen si el profesor acepta también otros saltos.

La regla que permanece oculta permite continuar con cualquier número mayor que el anterior. Sumar dos cumple esa condición y representa solo una de las maneras posibles de hacerlo. Cada prueba elegida por los alumnos encaja tanto en su explicación como en la del profesor. Por eso las respuestas favorables mantienen abiertas las dos posibilidades. Acumularlas aumenta la cantidad de ejemplos sin resolver la diferencia entre las reglas.

Para examinar esa diferencia podemos volver al seis y proponer siete. La idea de sumar dos exigiría rechazarlo. La regla de continuar con un número mayor permite aceptarlo. Ahora las respuestas esperadas son distintas, según cuál de las dos reglas se utilice. Cuando el profesor acepta siete, el alumno aprende que estaba imponiendo un salto que la regla nunca había exigido.

Una comprobación así requiere preparar el significado de cada respuesta antes de recibirla. Interesa saber qué se conservaría si el intento encaja y qué habría que revisar si se rechaza. Si cualquier respuesta termina convirtiéndose en apoyo de la misma idea, será difícil averiguar cuándo falla. En el ejercicio, proponer siempre saltos de dos mantiene la búsqueda dentro de la parte donde ambas explicaciones coinciden.

Encontrar que siete encaja tampoco revela de golpe todos los límites. Un número menor permite comprobar si la serie puede retroceder. Repetir el anterior ayuda a examinar si se acepta una igualdad. Cada respuesta sirve para descartar algunas posibilidades. El alumno necesita reunirlas y distinguir qué condiciones ha comprobado de cuáles siguen abiertas. Una prueba puede ser útil aun cuando su resultado deje otras preguntas pendientes.

Peter Wason investigó una tarea relacionada en 1960. En el experimento original, las personas proponían grupos de tres números para descubrir una regla compatible con 2, 4 y 6. La narración de Dobelli utiliza continuaciones de una serie para mostrar la dificultad. Conviene distinguir ambas presentaciones. El experimento estudia cómo buscan información los participantes, mientras el ejercicio del libro permite seguir el problema con las respuestas de un profesor. El mismo principio se entiende con un trío como 1, 2 y 3. Si estamos estudiando grupos de tres números que crecen, encaja en la regla amplia y se aparta del salto de dos. Su aceptación obligaría a corregir esa condición. Un trío con valores repetidos serviría para examinar otra posibilidad. Estos intentos son aplicaciones del ejercicio, elegidas para hacer visible qué parte de una explicación puede ponerse a prueba en cada ocasión.

La regla tiene que estar lo bastante definida para reconocer qué podría contradecirla. Los alumnos que proponen sumar dos pueden señalar qué número rompería ese salto. Ahí encuentran una prueba capaz de aportar información diferente de los aciertos que ya tenían. La explicación se va ajustando al utilizar las respuestas para revisar sus condiciones, en vez de cambiar el significado de cada respuesta para que la primera idea siga pareciendo correcta.

¿Qué debe permitir cambiar una prueba?

Una prueba puede reunir respuestas favorables y dejar intacta una duda que nadie se ha atrevido a formular. La advertencia de Dobelli sobre la confirmación lleva a buscar qué observación podría mostrar que nuestra idea falla. En El método Lean Startup, Eric Ries relaciona esa comprobación con el trabajo que se prepara para aprender. La prueba necesita dejar una decisión abierta para que su resultado pueda utilizarse.

Qué se prepara El arte de pensar El método Lean Startup
Afirmación inicial Una idea que tendemos a confirmar Una suposición de la que depende la propuesta
Prueba necesaria Buscar casos capaces de contradecirla Preparar una experiencia que permita observar una respuesta
Lectura del resultado Examinar también la información desfavorable Decidir qué conservar o cambiar según lo aprendido
Condición Aceptar que la idea puede fallar Vincular la observación con una decisión posterior

Pensemos en dos personas que quieren ofrecer juegos de mesa en préstamo. Sus conocidos han recibido bien la propuesta y ellas desean averiguar si resultará útil durante el fin de semana. La aceptación verbal permite continuar la conversación. Para preparar el préstamo tendrán que elegir qué comportamiento van a observar y qué condiciones conocerán quienes participen.

La comparación con Ries añade una tarea de preparación. El juego debe poder recogerse y devolverse de la manera que se piensa ofrecer. Si la prueba elimina las condiciones que podrían dificultar ese recorrido, los elogios recibidos apenas ayudarán a valorar el servicio posterior. La información contraria necesita tener una ocasión de aparecer.

¿Qué podríamos descubrir al prestar los primeros juegos?

En esta conversación creada, Eva prepara los juegos y Julián se ocupa del local donde se entregarían.

Eva: «Todos dicen que los usarían. Podemos comprar más antes del sábado».

Julián: «Todavía nadie ha recogido uno. ¿Probamos primero con los que tenemos?»

Eva: «Puedo llevárselos a casa para que les resulte cómodo».

Julián: «Después tendrían que venir aquí. Si queremos conocer cómo funciona la recogida, conviene ofrecer el horario que podremos mantener».

Eva: «Entonces explicaré qué juegos hay y cuándo se entregan. También diré que deben devolverlos el lunes».

Julián: «Y anotaremos quién reserva, quién viene y qué dificultad encuentra. Si alguien acepta y luego falta, tendremos que preguntarle qué pasó».

Eva: «Quizá el sábado sea una mala hora para algunas familias».

Julián: «Eso podría aconsejar cambiar el horario. Hasta recibir las respuestas, la compra de más juegos puede esperar».

¿En qué nos apoyamos al confiar en una explicación?

¿Cómo hacer una advertencia cuando manda otra persona?

El copiloto participa en el seguimiento del vuelo y puede observar algo que el comandante todavía desconoce. Ambos tienen tareas asignadas dentro de la cabina. Para coordinarse necesitan comunicar lo que encuentran mientras las realizan. Al explicarse lo observado, pueden empezar a comprobar una misma situación sin tener que adivinar qué ha visto el compañero.

Dobelli describe una dificultad de ese intercambio. La autoridad del comandante puede hacer que el copiloto dude antes de expresar una reserva. Quizá interprete que avisar de una posible equivocación equivale a discutir con quien dirige. Si termina callando, el comandante pierde una información que ya estaba disponible dentro del equipo. La experiencia del que manda seguirá contando, pero tendrá que utilizarla sin conocer ese dato.

La posición de cada uno indica quién tiene determinadas responsabilidades. Eso se distingue de haber observado todo lo que ocurre. Una persona puede saber más y necesitar una advertencia de alguien que está atendiendo otra parte del trabajo. La información llega desde tareas diferentes. Para utilizarla, el equipo necesita que la jerarquía permita comunicarla a tiempo y comprobar lo que se está señalando.

El libro menciona el entrenamiento conocido como CRM, referido a la coordinación de los recursos de la tripulación. Incluye preparar la comunicación, las decisiones y el trabajo compartido. En vez de esperar a que cada persona improvise cómo expresar una duda bajo presión, se practican esas intervenciones. La formación permite ensayar cómo avisar y cómo recibir una observación cuando los participantes ocupan puestos de distinta autoridad.

Quien advierte algo necesita decir qué ha visto y por qué puede afectar a la tarea. Esa explicación permite saber qué conviene comprobar. Un comentario demasiado vago obliga al compañero a buscar el motivo de la inquietud mientras continúa con su propio trabajo. Hacer reconocible el dato facilita que ambos comiencen a examinar la misma situación. También permite pedir una aclaración si parte de lo comunicado resulta confusa. La comunicación exige trabajo por parte de quien escucha. El comandante puede animar a que se planteen preguntas durante la preparación del vuelo y atenderlas sin interrumpir. Así los demás conocen de antemano que las reservas tienen un lugar dentro de la coordinación. Las orientaciones de formación de la aviación recogen prácticas de este tipo. Su finalidad es facilitar que lo observado por un miembro del equipo pueda incorporarse al trabajo de los otros.

Una vez recibida la advertencia, todavía hace falta revisarla. Expresar una duda no demuestra que se haya encontrado un error. El dato puede confirmarse, aclararse o descartarse al compararlo con la información disponible. Esa posibilidad es necesaria para que las personas puedan comunicar una inquietud antes de tener una respuesta completa. El equipo dispone de una ocasión para comprobarla conjuntamente, en lugar de esperar a que quien la vio resuelva solo todas sus dudas.

Practicar también ayuda a preparar qué hacer cuando una primera intervención apenas se ha entendido. La persona puede necesitar explicar con mayor precisión qué le preocupa. La otra puede pedir que se repita o se aclare un dato. El entrenamiento ofrece ocasiones para ensayar esas dificultades y recibir comentarios sobre cómo se han comunicado. Estas destrezas requieren práctica, especialmente cuando se trabaja con poco tiempo y varias tareas compiten por la atención.

La autoridad del comandante continúa organizando el vuelo. La aportación del copiloto consiste en hacerle llegar lo que ha observado desde su puesto, incluyendo las reservas que necesitan comprobación. Cuando ese intercambio funciona, quien decide puede utilizar más información de la que habría reunido por sí solo. La preparación permite que avisar y escuchar formen parte del trabajo del equipo antes de encontrarse en una situación urgente.

¿Qué necesita un grupo para escuchar una advertencia?

Una persona puede reconocer un problema y seguir necesitando una ocasión para explicarlo a quien dirige el trabajo. Dobelli explica cómo el cargo de quien manda puede dificultar que otra persona se atreva a hablar. En Piénsalo otra vez, Adam Grant examina cómo preparar conversaciones en las que una idea pueda revisarse. Quien recibe la advertencia necesita escucharla y decidir qué hay que comprobar.

Grant propone buscar personas capaces de cuestionar lo que pensamos y facilitar que lo hagan con sinceridad. Esa ayuda requiere que las objeciones se examinen por su contenido. Pedir críticas pierde su función si después se trata cada desacuerdo como una falta de apoyo al responsable.

Momento de la advertencia El arte de pensar Piénsalo otra vez
Antes de hablar El cargo puede aumentar la confianza en una opinión Se puede preparar una relación que admita preguntas
Al recibir una objeción Revisar qué sostiene la afirmación de quien manda Examinar si la información aconseja cambiar la idea
Durante la comprobación Separar experiencia pertinente y prestigio Conservar el desacuerdo sobre la tarea sin atacar a la persona
Resultado posible Mantener o cuestionar la indicación según las pruebas Modificar la decisión o explicar por qué se conserva

Imaginemos que una asociación prepara una feria de objetos usados. La presidenta quiere abrir todas las mesas a la vez y un compañero advierte que falta gente para atender la entrada. Puede explicar cuántas personas estarán disponibles y qué tarea quedaría sin cubrir. Esos datos permiten discutir el reparto sin atribuir una intención a la presidenta.

La respuesta de ella determina el paso siguiente. Puede pedir que se compruebe el horario de los voluntarios y revisar la apertura. También puede mantener su propuesta si aparece información que resuelve la falta de ayuda. En ambos casos, escuchar exige atender la advertencia antes de responder desde el cargo.

Esta aplicación creada permite distinguir respeto y comprobación. La presidenta conserva la responsabilidad de decidir. El compañero conserva información sobre una parte del trabajo que necesita llegar a esa decisión. Grant ayuda a preparar la conversación que une ambas funciones, mientras Dobelli recuerda por qué el prestigio de quien manda puede hacernos pasar por alto el contenido pendiente.

Después conviene comunicar el acuerdo a quienes van a realizarlo. Si cambia la hora de apertura, los voluntarios necesitan saberlo. Si se mantiene, necesitan conocer cómo se cubrirá la entrada. La utilidad de haber escuchado se comprueba en ese trabajo posterior que incorpora lo averiguado.

¿Qué información queda fuera de lo que tenemos delante?

Las personas que forman el consejo de administración supervisan la marcha de la empresa. Para hacerlo, necesitan conocer cómo está funcionando. Dobelli plantea una reunión en la que sus miembros tienen delante los informes del trimestre y van comentando las cifras que ha preparado la dirección.

Al estar disponibles para todos, las cantidades pueden compararse y comentarse en grupo. La dificultad empieza cuando toda la reunión queda limitada a lo que se ha llevado escrito. Puede haber asuntos relevantes para una decisión que todavía carecen de un informe. Cuanto más cuesta averiguar algo, más fácil resulta dejarlo para después y continuar examinando lo que ya se puede consultar.

El autor menciona los movimientos de la competencia, la motivación de quienes trabajan en la empresa y los cambios en los clientes. Son asuntos que pueden requerir una búsqueda distinta de la que produce las cuentas trimestrales. Su ausencia del documento apenas dice algo sobre su importancia. Indica que esa información todavía falta, una diferencia que el consejo necesita conservar mientras prepara sus decisiones.

Podemos ampliar el ejemplo siguiendo una aplicación posible. Las cuentas muestran una caída de los ingresos y el consejo quiere averiguar por qué han dejado de volver algunos clientes. Consultarlas permite localizar cuándo disminuyeron las ventas. Volver a sumar las mismas cantidades ayudará a comprobar la cifra, pero seguirá dejando abierta la pregunta sobre lo que ocurrió con esas personas. Para examinarla será necesario buscar información sobre su experiencia.

La consulta puede dirigirse a quienes atendían a esos clientes o a los propios clientes, cuando resulte posible. Habrá que preguntar qué cambió y distinguir sus respuestas de las suposiciones del consejo. Quizá se conozca un motivo común. Quizá aparezcan circunstancias diferentes que necesiten estudiarse por separado. Esta aplicación carece de un desenlace fijado, porque su función es mostrar qué información nueva se está buscando y para qué hace falta.

Buscarla requiere decidir qué ausencia puede cambiar la elección. Intentar conocer todo lo que influye en una empresa convertiría la consulta en una tarea interminable. La pregunta que el consejo quiere resolver permite acotarla. Si se trata de entender una pérdida de clientes, interesa recuperar información relacionada con esa pérdida. Un dato muy fácil de conseguir sobre otra parte del negocio podría añadir documentos sin acercarlos a la respuesta.

También conviene distinguir lo que nadie ha buscado de lo que resulta difícil averiguar. Puede faltar una consulta que alguien está en condiciones de hacer. En otros casos, las personas ya carecerán de información suficiente o sus recuerdos serán imprecisos. El consejo tendrá que conservar esa incertidumbre al decidir. Completar un informe con una suposición presentada como hecho solo ocultaría una ausencia que sigue existiendo.

Anotar la pregunta pendiente permite preparar su regreso a la conversación. El consejo puede señalar quién buscará la información y para qué decisión se necesita. En una reunión posterior encontrarán las cifras y el resultado de aquella consulta. Si la búsqueda apenas ha permitido averiguar algo, también podrán reconocerlo. El asunto deja de depender de que alguien lo recuerde mientras revisan otros documentos.

Dobelli mantiene una página de correcciones de sus libros donde revisa un ejemplo que había utilizado para explicar la disponibilidad. Esa revisión permite comprobar que una explicación conocida también necesita contrastarse. En el consejo ocurre algo parecido con la facilidad de consultar los informes. Tener una información preparada ayuda a utilizarla, mientras su relación con la decisión tendrá que examinarse al preguntar qué permite conocer y qué sigue faltando.

¿Cómo distinguir a quien sabe de quien repite?

En la historia que recoge Dobelli, un chófer escucha una conferencia durante los viajes, hasta que llega a conocerla de principio a fin. Acompaña al físico que la pronuncia y ha podido oír las mismas explicaciones muchas veces. Con el tiempo aprende a repetirlas en el orden en que las ha escuchado.

Dobelli toma esta narración de Charlie Munger, que la presenta como apócrifa. Esto significa que se desconoce si ocurrió, aunque utilice el nombre del físico Max Planck. En ella, el chófer propone intercambiar los papeles una noche y el físico acepta sentarse entre los asistentes.

El intercambio le permite dar la conferencia ante el público. Su preparación consiste en recordar una explicación conocida y reproducirla con el orden que había escuchado. Mientras las palabras siguen ese camino, la memoria le proporciona cómo continuar. La soltura al pronunciarlas puede hacer que parezca preparado para todo lo que venga después. Esa impresión se ha formado viendo una tarea que ha podido ensayar muchas veces.

La pregunta de un asistente cambia lo que necesita hacer. Ahora se le pide relacionar lo explicado con una duda que procede de otra persona. Puede necesitar aclarar una condición, desarrollar una consecuencia o justificar por qué algo funciona de cierta manera. Repetir la conferencia ofrece las mismas palabras de antes. Para responder, tendrá que comprender qué parte de ellas ayuda a examinar la cuestión nueva.

El chófer remite la respuesta al físico, que está sentado entre los asistentes ocupando su puesto. El desenlace conserva el juego del intercambio de papeles. La dificultad ya había quedado a la vista cuando la pregunta exigió salir del texto aprendido. La memoria había permitido reproducir una explicación. Continuarla en una dirección imprevista requería un conocimiento que aquella preparación no le había proporcionado.

La fluidez tiene valor al comunicar lo que sabemos. Ayuda a que otras personas sigan una explicación sin perderse entre las frases. El problema aparece si utilizamos esa facilidad como prueba suficiente de comprensión. En la historia, los asistentes ven al chófer dar la conferencia. Para conocer hasta dónde entiende el asunto necesitan observar también cómo trabaja con preguntas que el texto apenas había tratado.

Una comprobación útil tiene que corresponderse con la tarea que se espera de la persona. Podemos pedir que aclare por qué un paso depende del anterior o qué ocurriría si cambiara una condición de lo explicado. Son aplicaciones posibles de la diferencia que muestra el relato. La respuesta permite seguir si puede desarrollar las relaciones entre las partes, en vez de limitarse a repetirlas en el mismo orden.

Tampoco cualquier pregunta difícil sirve para valorar lo que necesitamos. Alguien puede dominar un trabajo y desconocer otra materia alejada de él. Ponerlo en dificultades con esa cuestión dejaría sin comprobar su capacidad para la tarea que tiene asignada. Antes de decidir qué demuestra una respuesta conviene saber qué estamos preguntando y por qué pertenece a lo que esa persona debe comprender. Una pregunta sobre qué ocurriría al cambiar un paso del procedimiento examina esa comprensión. Pedir una fecha ajena al procedimiento pone a prueba otro conocimiento. Las dos respuestas necesitan valorarse según lo que se quiere averiguar.

Reconocer dónde termina el conocimiento también ayuda a quienes escuchan. La persona puede explicar lo que entiende y señalar qué necesita consultar antes de responder. Esa distinción permite decidir cuánto confiar en cada parte. La historia del chófer muestra una dependencia que la conferencia memorizada ocultaba. Cuando la intervención del público exige continuar por otra dirección, la respuesta vuelve a necesitar al físico que comprendía el asunto más allá de las palabras ensayadas.

¿Qué puede demostrar una persona cuando pone una idea a prueba?

Explicar una propuesta con soltura permite comprenderla y deja abierta la pregunta sobre cómo funcionará. Dobelli invita a reconocer el límite entre repetir una explicación y conocer el trabajo al que se refiere. En Eso nunca funcionará, Marc Randolph cuenta cómo las primeras pruebas de Netflix fueron aportando respuestas que las conversaciones iniciales todavía dejaban pendientes.

Qué se conoce El arte de pensar Eso nunca funcionará
Explicación inicial Puede repetirse sin dominar el asunto Una propuesta necesita contrastarse con lo que ocurre al probarla
Pregunta útil Hasta dónde llega el conocimiento de quien habla Qué duda puede responder la prueba preparada
Comprobación Pedir razones y reconocer los límites de la respuesta Observar una parte del funcionamiento en condiciones conocidas
Límite Una respuesta convincente puede seguir sin respaldo Una prueba favorable acredita solo lo que se ha observado

Randolph recuerda que enviaron un CD por correo para comprobar si aquel tipo de disco podía llegar entero. La recepción permitió continuar explorando el alquiler a distancia. Ese envío dejaba otras preguntas abiertas sobre cómo atender pedidos, repetir el transporte y organizar las devoluciones. La prueba aportaba conocimiento sobre una dificultad acotada.

Podemos trasladar la diferencia a una aplicación creada sobre una persona que propone reparar las sillas de un local vecinal. Conoce el nombre de los productos y describe cómo quedará la madera. Antes de encargar todo el trabajo, el grupo puede pedir que explique qué partes necesitan reparación y qué puede comprobar en una de las sillas. Esa muestra permitirá observar una parte del trabajo que las palabras anunciaban.

La comprobación también necesita límites. El acabado de una superficie y el estado de una unión son cuestiones diferentes. Quien realiza el trabajo debe explicar qué ha revisado y qué sigue pendiente, recurriendo a una persona cualificada cuando corresponda. Una muestra agradable puede despertar confianza sin responder a todas las condiciones del encargo.

La relación entre los libros está en hacer reconocible qué sabemos después de cada paso. Dobelli ayuda a preguntar cuánto comprende quien explica. Randolph muestra que una propuesta puede avanzar recibiendo respuestas parciales. Saber que un disco llegó entero permite continuar desde esa prueba. Organizar los pedidos y las devoluciones exige todavía otras comprobaciones.

¿Cómo influyen otras personas en nuestras decisiones?

¿Por qué seguimos a los demás cuando dudamos?

Solomon Asch colocó una comparación de líneas delante de varias personas y les pidió que respondieran por turnos. En los dibujos había una línea de referencia y otras tres entre las que debían escoger la que medía lo mismo. La respuesta se anunciaba en voz alta, de manera que quien esperaba podía oír las elecciones anteriores antes de dar la suya.

Parte del grupo colaboraba con el investigador y señalaba una opción errónea en las ocasiones previstas. El participante cuya respuesta se estudiaba desconocía ese acuerdo. Su tarea seguía siendo comparar longitudes, pero ahora tenía que hacerlo después de escuchar una coincidencia entre otras personas. En las pruebas aparecieron respuestas que seguían a esa mayoría, junto a otras que mantenían una elección independiente. Dobelli utiliza este experimento al explicar la influencia de lo que hacen los demás.

La dificultad se comprende separando el dibujo de la conversación. El dibujo ofrece unas longitudes que se pueden examinar. La conversación añade respuestas de personas que parecen estar haciendo el mismo trabajo. Para quien participa, escuchar la misma elección varias veces puede tener un valor distinto de escucharla una sola vez. Parece que se han reunido varias comprobaciones y que cada una ha terminado en el mismo lugar.

Que existan varias respuestas tampoco permite saber, por sí solo, cuántas comprobaciones independientes se han realizado. Ese número depende de cómo trabajaron las personas antes de hablar. En esta prueba, el acuerdo estaba preparado. La repetición procedía de unas instrucciones y llegaba al participante como una serie de elecciones. Entre el origen y lo que él escuchaba había una diferencia que desconocía, aunque seguía afectando al valor de la coincidencia.

Para estudiar esa diferencia conviene mantener la pregunta de la prueba. Se estaba buscando una igualdad entre longitudes. Contar los anuncios podía describir lo ocurrido durante el turno, pero resolver la comparación exigía mirar los trazos. Una mayoría podía orientar la atención hacia una opción y seguir dejando pendiente la tarea de comprobarla. Si alguien señalaba una línea distinta, interesaba volver a las que se estaban comparando antes de suponer que ese desacuerdo era un fallo.

El momento de escuchar también tiene consecuencias para el procedimiento. Dar una respuesta antes de conocer las ajenas permite conservar una elección inicial con la que comparar cualquier cambio posterior. Si primero se oye a los demás y después se responde, quedan reunidas la observación propia y la reacción a lo escuchado. A partir de ese anuncio único resulta más difícil distinguir cuánto ha aportado cada una. Esta es una razón práctica para separar las respuestas iniciales cuando se busca reunir observaciones independientes.

Esa separación tampoco convierte en acertada cualquier elección individual. Una persona puede mirar mal los dibujos, comprender de otra manera la instrucción o equivocarse al señalar. Mantener su respuesta registrada permite examinarla. Después habrá que volver al objeto que se estaba comparando y averiguar qué opción cumple la condición. La independencia ayuda a conservar diferencias que se podrán estudiar, mientras la corrección requiere todavía una comprobación.

El alcance del caso queda ligado a una tarea y a unas condiciones de respuesta. Las líneas estaban disponibles y la coincidencia se había preparado. Trasladar su resultado a cualquier conversación exige atender a lo que cambia. Hay grupos en los que varias personas aportan observaciones obtenidas por separado y hay otros en los que todas dependen de una misma explicación. Antes de utilizar el número de apoyos como prueba, se puede preguntar qué ha examinado cada persona y de dónde procede su respuesta.

¿Qué cambia cuando recibimos un regalo?

Una organización ambiental envió a Rolf Dobelli un sobre con postales de paisajes y una carta sobre donaciones. Según recuerda el autor, las tarjetas eran un regalo que podía conservar con independencia de que aportara dinero. Las tarjetas ya estaban en sus manos cuando tenía que decidir si quería colaborar.

Dobelli explica que conocía la forma de influir que había detrás del envío y, aun así, le costaba deshacerse de las tarjetas. Finalmente las tiró. Ese recuerdo forma parte de su explicación de la reciprocidad, la inclinación a responder a lo que otra persona nos ha dado. En su caso, el gesto había llegado sin un encargo previo. La condición escrita permitía separar recibir las tarjetas de asumir un pago, mientras la dificultad para tirarlas mostraba que esa separación podía costar.

Para seguir el caso conviene conservar el orden del envío. La organización eligió el regalo y lo hizo llegar. En el mismo sobre, el destinatario encontró la propuesta de colaborar. Cuando empezó a valorar esa propuesta, las postales ya formaban parte de la situación. Si hubiera tenido que pedirlas antes, habría podido decidir si las quería y qué aceptaba al recibirlas. Aquí la iniciativa de quien enviaba colocaba el objeto delante de él antes de cualquier respuesta.

Que el regalo llegue primero puede introducir un motivo distinto del propósito de la donación. La actividad de una organización se puede examinar atendiendo a lo que hace, a quién ayuda y al uso que da a los recursos recibidos. Un envío agradable aporta información sobre el trato que ofrece al destinatario. Esos datos pueden convivir, pero responden a preguntas diferentes. El paisaje de una postal permite apreciar esa imagen y deja pendiente saber cómo se realiza el trabajo que se quiere apoyar.

El cambio se vuelve más fácil de reconocer si se vuelve a la condición de la carta. El regalo se ofrecía aunque el destinatario decidiera conservar su dinero. Esa condición forma parte de lo propuesto por la propia organización. Aceptarla permite evaluar la petición sin añadirle una compra que nunca se acordó. El coste que haya tenido producir o enviar las tarjetas sigue perteneciendo a la decisión de quien realizó el envío, que eligió hacerlo antes de contar con una donación.

De esa distinción tampoco se deriva que colaborar sea una mala respuesta. Una persona puede conocer la actividad de la organización, querer sostenerla y decidir aportar dinero después de recibir el sobre. En ese caso interesa conservar el motivo que hace deseable la colaboración. La pregunta cambia cuando el principal apoyo para pagar consiste en la incomodidad de quedarse con las postales. Revisar ese motivo permite averiguar qué decisión se está tomando y qué información hace falta para mantenerla.

La cantidad requiere su propio examen. Un regalo pequeño puede poner en marcha una respuesta de dinero cuya cuantía todavía hay que elegir. El hecho de haber recibido algo carece de una medida que indique por sí sola cuánto corresponder. Si el destinatario quiere apoyar el trabajo, puede escoger una cantidad atendiendo a esa intención y a lo que puede dedicarle. Así mantiene reconocible qué parte de la elección procede del proyecto que quiere sostener y cuál apareció con el envío.

Conocer la explicación de la reciprocidad puede ayudar a reconocerla, pero el testimonio de Dobelli permite conservar una dificultad adicional. Él afirma que entendía el procedimiento y seguía encontrando resistencia al tirar las postales. Identificar una influencia y decidir qué hacer con ella son momentos diferentes. Entre ambos queda el trabajo de volver a las condiciones ofrecidas y separar el objeto recibido del compromiso que se está considerando.

¿Qué compromiso acompaña al favor que hemos recibido?

Recibir una atención puede despertar el deseo de corresponder antes de haber valorado lo que se nos pide después. Dobelli examina cómo esa disposición entra en nuestras decisiones. En Influencia, Robert B. Cialdini estudia la reciprocidad como una de las razones que favorecen aceptar una petición. La comparación permite seguir el momento en que un agradecimiento empieza a influir en otra elección.

Parte del intercambio El arte de pensar Influencia
Punto de partida Una atención recibida puede cambiar la decisión posterior Las personas suelen sentir la necesidad de devolver favores
Qué hay que reconocer El deseo de corresponder dentro de la elección Cómo la primera atención prepara la aceptación
Información necesaria Qué se ha aceptado y qué se pide ahora Condiciones del favor y alcance de la petición
Decisión pendiente Valorar la propuesta por sus consecuencias Conservar una aceptación voluntaria e informada

En una aplicación creada, un proveedor entrega gratuitamente unas libretas a una asociación. Las personas que las reciben pueden agradecer el gesto y utilizarlas. Cuando llega después una oferta de material para todo el año, necesitan examinar un compromiso diferente. El pedido exige dinero y debe responder a las necesidades de la asociación.

La propuesta puede resultar conveniente. Para conocerlo habrá que mirar cantidades, calidad, precio y condiciones de entrega. El agradecimiento conserva su lugar en el trato con el proveedor, mientras esas comprobaciones permiten decidir sobre el pedido. La dificultad aparece si el regalo empieza a utilizarse como razón suficiente para aceptarlo.

¿Cómo podemos agradecer una atención antes de decidir una compra?

Veamos cómo podrían hablar Sara, que recibe el material de la asociación, y Miguel, que prepara sus gastos. La conversación es una ilustración creada de esa diferencia.

Sara: «El proveedor nos ha regalado estas libretas. Me ha dejado también su oferta para el pedido anual».

Miguel: «Podemos darle las gracias. Para el pedido necesito saber qué material nos falta».

Sara: «Me sabe mal pedir otra oferta después de lo que ha hecho».

Miguel: «Entiendo que quieras corresponder. Si compramos más de lo que necesitamos, el dinero saldrá de las actividades».

Sara: «Las libretas nos vienen bien. El lote incluye también carpetas, y quizá ya tenemos suficientes».

Miguel: «Revisemos el armario y pidamos precio para las cantidades que falten. Así podremos comparar lo que de verdad utilizaríamos».

Sara: «Le agradeceré el regalo y le explicaré qué estamos preparando. Todavía tengo que revisar el pedido antes de confirmárselo».

Miguel: «Cuando tengamos las condiciones lo revisamos. Si su propuesta nos sirve, podremos aceptarla por esas razones».

¿Qué conducta estamos pagando sin darnos cuenta?

Un abogado que cobra por horas añade a la factura el tiempo que dedica al encargo. Dobelli toma esa relación como ejemplo al explicar los incentivos. El cliente busca que se resuelva un asunto, mientras el sistema de cobro calcula la cantidad que deberá pagar a partir de las horas utilizadas para hacerlo.

La diferencia aparece al seguir el trabajo hasta su final. Puede que hagan falta muchas horas porque la tarea sea difícil. También puede que un profesional preparado encuentre una manera de completarla antes. Con una misma tarifa por hora, ese segundo recorrido produce una factura menor. La rapidez puede beneficiar al cliente y, a la vez, reducir lo que cobra quien ha conseguido terminar. El ejemplo explica cómo cambia la cuenta, pero todavía deja abierta la pregunta sobre qué hizo el abogado durante cada hora.

Un incentivo es una condición que modifica lo que se obtiene al actuar de cierta manera. En este ejemplo, la cuenta aumenta con el tiempo remunerado. Esa relación ofrece un motivo para revisar cómo se organiza el trabajo, pero carece de capacidad para explicar por sí sola cada hora facturada. Una demora puede proceder de la dificultad del asunto, de una información pendiente o del modo de trabajar. Averiguar qué ha ocurrido requiere examinar el encargo y el avance realizado durante ese tiempo.

El cliente puede comenzar por distinguir qué necesita recibir y qué unidad utiliza para pagarlo. Resolver el asunto pertenece a la primera pregunta. Contar horas pertenece a la segunda. Si ambas cosas se confunden, una factura que describe correctamente el tiempo puede parecer una explicación suficiente del avance. Para conocer ese avance todavía hace falta preguntar qué parte del trabajo se ha completado y qué sigue pendiente. La hora anotada muestra el tiempo que se cobra según el acuerdo. La tarea terminada necesita otra descripción.

Esta lectura permite estudiar también una reducción de la factura. Que se hayan empleado menos horas deja abierta la pregunta de cómo se ha trabajado. Puede haber una mejora en la organización o una parte del encargo que haya quedado por hacer. La duración requiere relacionarse con lo que se entrega. Una cuenta pequeña puede resultar conveniente cuando corresponde al trabajo necesario y completo. Si faltan tareas incluidas, el ahorro anunciado estará acompañado por una obligación que continúa pendiente.

En su texto sobre los incentivos, Dobelli propone considerar un precio fijo como respuesta al incentivo de alargar el tiempo. Ese cambio desplaza la relación entre las horas y el ingreso. Una vez pactada una cantidad por el encargo, completarlo antes permite recibir el mismo importe habiendo dedicado menos tiempo. Para valorar esa opción, el cliente necesita saber qué incluye el acuerdo. De lo contrario, dos personas pueden estar aceptando una misma cifra mientras imaginan trabajos distintos.

La definición del encargo puede hacer visibles las tareas incluidas, lo que se espera recibir y la forma de comprobar que se han realizado. También conviene dejar reconocible qué sucederá si aparece una necesidad que estaba fuera de lo pactado. Ese cambio podría requerir otra cantidad o una revisión del acuerdo. Preparar esa posibilidad permite distinguir una ampliación del trabajo de un retraso dentro del mismo encargo. Son situaciones diferentes que una cifra inicial, aislada, deja sin resolver.

El precio fijo también necesita seguimiento. Si recibir el importe exige terminar cuanto antes, la revisión del cliente debe conservar atención sobre las tareas y las condiciones acordadas. Cambiar la forma de pagar altera el incentivo y deja vigente la necesidad de comprobar qué se recibe. En el mismo asunto se pueden comparar ambas opciones atendiendo a la información disponible, a lo bien que se puede definir el trabajo y al modo de revisar los cambios. Ninguna cifra sustituye ese examen.

¿Por qué cuesta expresar una duda dentro de un grupo?

El plan que John F. Kennedy y sus asesores examinaron en 1961 buscaba apoyar un desembarco de cubanos que vivían fuera de la isla para derribar al gobierno de Fidel Castro. Antes de autorizar la operación, el presidente recibió valoraciones y revisiones de una propuesta que tenía varias condiciones por resolver. Las personas que lo asesoraban debían estudiar qué podía ocurrir al llevarla a cabo.

La invasión se llevó a cabo en abril en Bahía de Cochinos y fracasó. Dobelli presenta este episodio al explicar el pensamiento grupal a partir de la interpretación de Irving Janis. Esa lectura atiende a cómo el deseo de mantener el acuerdo puede debilitar el examen de una decisión compartida. Se trata de una explicación del funcionamiento del grupo que necesita distinguirse de las causas militares y políticas de la operación. El resultado, por sí solo, no demuestra qué estaba pensando cada persona cuando apoyó el plan.

La documentación histórica recoge una oposición expresa de William Fulbright en una reunión del 4 de abril, mientras otros asesores presentes respaldaron la operación. También registra revisiones del plan y cambios en sus condiciones. Esos antecedentes permiten conservar diferencias que se perderían al contar el episodio como una unanimidad sin discusión. Hubo personas que expresaron objeciones. La pregunta pendiente es cómo influyeron las reservas en la evaluación y en la autorización final.

Una objeción puede recorrer varias etapas antes de afectar a una decisión. Primero debe llegar a quienes están evaluando el plan. Después necesita entenderse qué condición cuestiona. A continuación corresponde examinar la información que la apoya y decidir si exige modificar, aplazar o abandonar alguna parte de lo previsto. Que alguien haya hablado acredita la primera etapa y deja abiertas las siguientes. Si se cuenta únicamente que existió una oportunidad para intervenir, todavía falta conocer qué se hizo con lo dicho.

El objetivo compartido puede volver difícil esa separación. Los participantes pueden querer alcanzar el mismo resultado y discrepar sobre los medios disponibles. Cuando una reserva sobre el procedimiento se interpreta como falta de apoyo al objetivo común, quien la formula tiene que defender dos cosas a la vez. Necesita explicar el problema y aclarar por qué desea seguir contribuyendo. Es una dificultad posible del modo de discutir que conviene revisar, sin atribuirla automáticamente a cada asesor de Kennedy.

El examen puede centrarse en las condiciones de éxito del plan. Para cada una, interesa saber qué información permite darla por cumplida y qué ocurrirá si falta. Así una reserva puede convertirse en una pregunta que los demás necesitan responder. Los asesores pueden examinar la condición que se ha puesto en duda, en lugar de permanecer en el número de partidarios de una propuesta. Una persona puede coincidir con los demás en varias partes y seguir ofreciendo una objeción decisiva sobre otra.

Conservar por escrito las dudas antes de adoptar la decisión ayuda a comprobar después su recorrido. Se puede ver qué se señaló, qué respuesta recibió y qué cambios se introdujeron. Ese registro también permite distinguir una reserva atendida de una que se dejó pendiente por una razón que convendría conocer. La firma de un acuerdo expresa una decisión colectiva, mientras la forma de llegar a él requiere un examen propio. Ambas informaciones pueden permanecer juntas.

Dar a alguien el encargo de revisar las dificultades también necesita una función comprensible. Si esa persona formula objeciones que nadie utiliza, su presencia puede convertirse en otro trámite. Para que su trabajo afecte al plan, el grupo debe reservar tiempo para responder y una posibilidad de modificar lo que se había propuesto. Discrepar por obligación sin conservar esas posibilidades dejaría abierto el mismo problema de fondo, aunque hubiera más intervenciones durante la reunión.

Estas precauciones permiten mejorar el examen de una propuesta y dejan incertidumbre sobre el resultado que se obtendrá. Una operación puede fracasar tras una discusión cuidadosa o salir bien con supuestos que merecían más atención. En el caso que utiliza Dobelli, estudiar las reservas y la autorización evita reducir el fracaso a una etiqueta. El trabajo consiste en reconstruir qué podía saber el grupo, qué problemas llegó a reconocer y cómo continuó tomando sus decisiones después de escucharlos.

¿Qué cambia nuestra forma de valorar una compra?

¿Por qué seguimos después de haber pagado?

Rolf Dobelli y su mujer habían pagado las entradas para ver una película en el cine. El pago les daba derecho a ver la proyección completa. Al comenzar, la compra ya estaba hecha y empezaba el tiempo que iban a pasar dentro de la sala.

La película les pareció mala y Dobelli propuso salir, pero su mujer recordó el dinero de las entradas y la pareja terminó quedándose. El autor utiliza esa visita para explicar el coste irrecuperable. Se trata de un gasto que ya se ha realizado y que las opciones disponibles en ese momento dejan igual. En la situación que describe, levantarse y salir mantendría pagadas las entradas. Seguir en la sala también las mantendría pagadas. La nueva decisión podía cambiar la utilización del tiempo restante, mientras el dinero se había entregado por una elección anterior.

Para comprenderlo conviene detener el recorrido en la butaca, después de lo que ya han visto. Hasta allí llegan la compra, la entrada en la sala y una impresión sobre la película. A partir de allí quedan dos continuaciones posibles. Permanecer significa seguir dedicándole tiempo a la proyección. Salir permite utilizar ese rato de otra manera. Comparar ambas necesita atender a lo que se espera de cada continuación desde ese momento.

El pago puede hacer más difícil esa comparación porque recuerda lo que se quiso obtener al comprar. Se pagó por una experiencia que parecía deseable. Durante la película aparece información con la que revisar aquella expectativa. Conservar el precio como única razón para continuar mantiene la decisión unida a lo que se esperaba antes de ver el comienzo. La parte ya proyectada aporta un antecedente nuevo que puede cambiar cuánto interesa ver el resto.

Esa revisión admite respuestas distintas. Una persona puede encontrar motivos para seguir porque espera que el argumento mejore o quiere saber cómo acaba. También puede valorar pasar ese tiempo junto a quien ha venido con ella. Para que esos motivos ayuden a decidir, interesa distinguirlos del simple hecho de haber pagado. Miran hacia una experiencia todavía pendiente. El precio de entrada describe una cantidad entregada antes y requiere otra relación para explicar qué se ganará permaneciendo.

Tampoco hace falta convertir una impresión mala del comienzo en certeza sobre todo lo que viene después. El final de la película sigue pendiente y puede diferir de lo visto. La elección se realiza con esa incertidumbre. Al salir, la pareja renunciaría a la posibilidad de encontrar una parte que resulte interesante. Al quedarse, la pareja renunciaría al uso alternativo de ese rato. Las dos opciones conservan algo que merece considerarse, aunque ninguna permita recuperar el tiempo que ya ha transcurrido durante la proyección.

La expresión aprovechar la entrada puede reunir esas dos etapas y volver difícil separarlas. Si significa utilizar hasta el final el derecho que se compró, permanecer lo hace posible. Si significa recibir una experiencia que merezca el rato restante, hace falta valorar lo que todavía se espera de la película. Haber pagado garantiza que se ha adquirido un acceso en las condiciones del relato. Saber si interesa seguir utilizándolo requiere una pregunta distinta en el momento de elegir.

El límite de esta explicación está en la condición de irrecuperable. Para aplicarla hay que comprobar que el gasto realmente se conserva con las dos opciones. Si alguna condición permitiera recuperar dinero al salir, la comparación tendría que incluirlo. Esa posibilidad cambia lo que está disponible desde la butaca. En la anécdota utilizada por Dobelli, el importe ya pagado funciona como la parte común, de modo que el examen se puede centrar en la experiencia y el tiempo que quedan.

¿Qué parte del gasto pertenece todavía a la decisión?

El dinero de una compra anterior puede seguir pesando cuando hay que decidir si se gastará más. Dobelli ayuda a distinguir ese pago de lo que todavía podemos elegir. En Todo lo que he aprendido con la psicología económica, Richard H. Thaler examina cómo agrupamos el dinero en cuentas que conservan sus propias reglas. La forma de llevar esa cuenta puede hacer que un gasto pasado siga pesando en una elección nueva.

Qué entra en la cuenta El arte de pensar Psicología económica
Referencia inicial Lo que ya se ha dedicado al asunto La categoría en la que se ha colocado el dinero
Dificultad Continuar para justificar un coste que ya no puede recuperarse Valorar una cantidad de forma distinta según su cuenta
Qué revisar ahora Costes y posibilidades que siguen disponibles Qué decisiones permite o bloquea la clasificación
Dato que debe conservarse Qué parte del pago puede recuperarse de verdad Qué otros compromisos dependen del mismo dinero

Imaginemos una pequeña tienda que compró cajas para preparar cestas de regalo. Los pedidos previstos han dejado de llegar y la responsable considera comprar más productos para llenar las cajas. Al revisar el asunto, necesita distinguir el dinero ya gastado del nuevo pago que exigirían esos productos. Llenarlas puede abrir una posibilidad de venta, que todavía habrá que examinar.

La cuenta mental de las cestas puede mantener un objetivo de recuperar aquel primer gasto. Si ese objetivo decide por sí solo la compra siguiente, la tienda añadirá otro desembolso sin haber averiguado quién quiere el producto. El dinero anterior explica cómo llegó a tener las cajas. La demanda actual y los costes nuevos ayudan a decidir qué hacer con ellas.

La revisión también puede encontrar dinero recuperable. Si el proveedor acepta una devolución, devolver las cajas pasa a ser una opción presente. Si pueden guardarse sin coste importante para otro uso previsto, conservarlas tendrá condiciones diferentes. Esta aplicación creada permite ver por qué reconocer un coste pasado exige comprobar qué alternativas siguen existiendo.

Thaler ayuda a examinar la cuenta que reúne esos pagos. Dobelli ayuda a mirar el salto entre haber gastado y sentirse obligado a continuar. El registro de la primera compra puede conservarse completo mientras la elección siguiente se prepara con las cantidades y las posibilidades que todavía pueden cambiar.

¿Con qué estamos comparando un precio?

El relato de los hermanos Sid y Harry, que Dobelli toma de Robert Cialdini, se desarrolla en una tienda de ropa. Sid se ocupa de vender y Harry trabaja en la sastrería. Cuando un cliente se interesa por un traje que se está probando, Sid pregunta a Harry cuánto cuesta.

Harry anuncia cuarenta y dos dólares y Sid actúa como si hubiera oído mal, comunicando al cliente que el precio es de veintidós. La escena presenta así dos cantidades para la misma prenda. Entre un anuncio y el otro se produce una diferencia que parece beneficiar al comprador. Dobelli utiliza el relato para explicar el efecto contraste, por el que una valoración depende de aquello con lo que se está comparando. La supuesta confusión deja al cliente una referencia alta junto a una oferta menor, preparada por los mismos vendedores.

Para examinar esa comparación conviene mantener las características del traje separadas de las cantidades pronunciadas. La prenda es la misma antes y después del anuncio. La conversación puede cambiar lo que parece barato o caro, pero deja pendiente conocer su calidad, su adecuación a lo que se buscaba y lo que costaría una alternativa comparable. Esas preguntas requieren información que la primera cifra de Harry todavía puede dejar fuera.

La distancia entre los dos números sí se puede comprobar. Veintidós son veinte menos que cuarenta y dos. Ese cálculo resuelve cuánto separa ambas cantidades y deja por saber cómo se fijó la mayor. Si se toma como medida del valor sin examinar su origen, la supuesta ventaja queda apoyada en una decisión de quien vende. La misma persona que ofrece el precio final ha participado en la elección de la referencia que lo hace parecer favorable.

El cliente puede volver al propósito con el que se estaba probando la prenda. Interesa saber si necesita ese traje, si le sirve y cuánto quiere destinar a la compra. Estas condiciones permiten estudiar los veintidós dólares con una referencia distinta de los cuarenta y dos anunciados. Si se conserva la pregunta de qué se recibirá a cambio del dinero, la conversación sobre una supuesta rebaja encuentra un lugar dentro del examen de la compra, sin ocuparlo entero.

Consultar una alternativa también necesita cuidado. Para que la comparación ayude, las prendas tienen que ofrecer características que le interesan al comprador. Dos importes distintos pueden acompañar tejidos, acabados o condiciones diferentes. Recoger una segunda cifra sin atender a esas diferencias volvería a dejar el juicio apoyado en una distancia entre números. La comparación empieza a aportar información cuando permite entender qué se gana o se deja al elegir entre las opciones.

El tiempo para comprobarlo forma parte de la escena comercial. Una supuesta equivocación del vendedor puede hacer que la oferta parezca disponible solo mientras ese error continúe. En el relato, esa apariencia ayuda a entender la rapidez con que se presenta la decisión del cliente. Como lectura del mecanismo, interesa observar qué preguntas quedan pendientes cuando se acepta que hay que cerrar la compra antes de revisar la referencia. La prenda sigue teniendo unas características y un precio que se pueden examinar.

El alcance del contraste tampoco exige desconfiar de cualquier rebaja. Un precio anterior puede servir para conocer cómo ha cambiado una oferta si corresponde a una condición comprobable. Ese dato permite seguir la trayectoria del precio. Para decidir sobre la compra actual hace falta volver a lo que se ofrece ahora, al dinero que se empleará y a las alternativas disponibles. El precio anterior informa sobre una diferencia y deja abierta la valoración de la utilidad que tendrá la prenda.

¿Por qué cuesta desprenderse de lo que ya tenemos?

Al empezar el experimento, una parte de los participantes recibió una taza por un reparto al azar. Había personas que podían conservar el objeto y otras que seguían sin él. Después se les ofreció la posibilidad de comprar y vender las tazas entre ellos, partiendo de lo que cada uno tenía al terminar el reparto.

El estudio de Daniel Kahneman, Jack Knetsch y Richard Thaler encontró una diferencia entre lo que se pedía para vender y lo que se ofrecía para comprar, con menos intercambios de los que se esperaban bajo las condiciones examinadas. Dobelli recoge el caso al explicar el efecto dotación. Su exposición dirige la atención al hecho de tener el objeto al empezar la elección. La taza había llegado mediante el reparto y ahora una parte de los participantes debía decidir si la conservaba o la entregaba.

El reparto al azar ayuda a estudiar esa posición de partida. Si cada participante hubiera elegido previamente recibir una taza o dinero, podría haberse formado un grupo especialmente interesado en las tazas. Esa preferencia anterior sería una razón que habría que examinar antes de interpretar las cantidades. Al repartir las tazas al azar, los investigadores evitan elegir de antemano a quienes ya las querían. Así pueden examinar la valoración que aparece después de tenerlas. Tener la taza deja de ser una prueba de que se la deseaba más antes de recibirla.

La elección posterior, sin embargo, ya contiene esa posesión. Para el propietario, conservar la taza permite salir de la prueba con lo que tiene. Entregarla requiere aceptar una cantidad de dinero en su lugar. El comprador comienza desde otra posición: puede conservar su dinero o gastarlo para conseguir una taza. Ambas decisiones relacionan el objeto y el dinero, pero el movimiento que se pide a cada persona parte de un lugar distinto.

Por esa razón, preguntar cuánto vale la taza deja información importante sin precisar. Hace falta saber qué elección se está solicitando. Un precio de venta indica la cantidad a partir de la cual alguien aceptaría desprenderse del objeto. Una oferta de compra indica cuánto entregaría para obtenerlo. Reunir las dos respuestas permite observar si existe una cantidad con la que ambas partes aceptarían cambiar. Mantenerlas identificadas evita interpretar una de ellas como si describiera también la otra.

Cuando la cantidad mínima solicitada por quien vende supera lo que el comprador quiere pagar, ese intercambio queda sin realizar. La taza continúa con su propietario y el dinero con quien podía comprarla. El desenlace permite seguir una consecuencia de la distancia entre las valoraciones, en lugar de dejarla en una diferencia de opiniones. Para que se produzca una venta dentro de esas condiciones, las cantidades aceptables necesitan encontrarse.

El caso permite separar esa resistencia de una historia larga con el objeto. Las tazas acababan de recibirse en la prueba. Su posesión podía influir sin necesidad de añadir años de uso o un recuerdo personal. Eso limita lo que hace falta suponer para comprender el resultado. También obliga a conservar diferencias cuando se estudia un objeto fuera del experimento, porque una trayectoria de uso, una dificultad para reemplazarlo o una necesidad particular pueden aportar otras razones para querer mantenerlo.

La comparación describe un resultado de grupo y admite respuestas distintas entre personas. De ella se puede aprender a preguntar por la posición desde la que se valora y se deja pendiente el examen de cada elección concreta. Un propietario puede tener razones vinculadas al uso que piensa darle a la taza. Conocerlas ayuda a distinguir esa utilidad del cambio que podría acompañar al hecho de haberla recibido. El reparto inicial, las condiciones de intercambio y lo que cada persona espera obtener siguen siendo información pertinente.

¿Por qué deseamos más lo que empieza a faltar?

En el experimento que recoge Dobelli, unas personas vieron un tarro con diez galletas y otras solo dos. Los investigadores utilizaron el mismo tipo de galleta en los dos recipientes. Cada participante probó una y expresó cuánto le apetecía comer más, teniendo delante las que aún quedaban en su tarro.

La valoración de su atractivo aumentó cuando quedaban pocas unidades. En el estudio de Stephen Worchel y sus colaboradores, esa diferencia apareció en el deseo de comer más y en otras valoraciones del producto, mientras que los investigadores no encontraron una diferencia significativa en la valoración del sabor. El resultado invita a distinguir cuánto gusta probar una galleta de cuánto interesa conseguir otra mientras todavía queda alguna.

Para seguir la diferencia podemos mantener la atención en los recipientes. Un tarro con diez galletas permite imaginar que todavía habrá algunas después de coger una. Uno con dos anuncia una posibilidad más reducida de repetir. La cantidad visible cambia lo que se espera encontrar en el momento siguiente, y esa expectativa puede hacer que la unidad disponible reciba más atención. Seguimos hablando del mismo alimento, pero ahora aparece la posibilidad de que se termine.

Que algo se termine puede ser una información útil. Si se desea una de esas galletas y solo quedan dos, habrá menos ocasiones de conseguirla que cuando el recipiente está lleno. El problema surge al utilizar esa información para resolver una pregunta distinta, como si el número de unidades permitiera conocer su sabor. La cantidad describe las existencias. Para explicar una diferencia en la receta haría falta otra comprobación.

La prueba de los tarros ayuda a comprender el error porque mantiene igual el producto. Si también hubieran cambiado los ingredientes, resultaría más difícil saber qué había producido la valoración. Una persona podría preferir la galleta del tarro casi vacío por su receta o por verla escasa. Al conservarla, la comparación permite estudiar la influencia de la cantidad presentada en las respuestas sobre lo mucho que apetecía repetir.

Aun así, lo observado conserva las condiciones del experimento. La valoración expresada por un grupo constituye un resultado sobre ese grupo y aquella prueba. Para conocer lo que sucede con otro alimento, otro precio o una compra necesaria habría que estudiar esas circunstancias. Reconocer el mecanismo permite revisar una decisión, mientras que atribuirle cualquier elección posterior volvería a resolver demasiado deprisa una pregunta que necesita datos propios.

También conviene distinguir la falta de unidades de la causa de esa falta. Al mirar un tarro con dos galletas todavía desconocemos si otras personas se han llevado las demás, si se prepararon pocas o si alguien lo llenó de esa manera. Las tres posibilidades pueden dejar la misma cantidad a la vista. Sacar de ella una conclusión sobre lo mucho que gustan exigiría conocer cómo llegó el recipiente a ese estado.

Ese antecedente evita que una señal ocupe el lugar de toda la explicación. Si las galletas se han retirado para preparar la prueba, su escasez procede de esa preparación. Si se hubieran terminado porque otras personas las escogieron, conoceríamos una conducta de esas personas, con sus propios gustos y circunstancias. En ninguno de los dos recorridos habríamos probado todavía qué nos gusta a nosotros.

Una forma de examinar el deseo consiste en mantener mentalmente la misma galleta y cambiar solo el número de unidades. Podemos preguntarnos si seguiría interesando al encontrar el tarro lleno. Este ejercicio añadido permite reconocer qué parte de la preferencia permanece cuando desaparece la urgencia. La respuesta puede seguir siendo favorable, porque una persona puede disfrutar mucho un alimento abundante.

Al regresar a las dos últimas galletas, quedan disponibles esas dos preguntas. Una trata de las características del alimento y otra de cuánto interesa conseguirlo mientras queden existencias. Mantenerlas identificadas permite decidir si se desea una galleta y cuánto influye en esa decisión el recipiente casi vacío. La cantidad que queda a la vista puede entonces valorarse sin convertirla en una cualidad añadida a la receta.

¿Cuánto influye la primera cifra que escuchamos?

Los participantes vieron girar una ruleta antes de responder a una pregunta. En la prueba que recoge Dobelli, el mecanismo estaba preparado para detenerse en el diez o en el sesenta y cinco. El número que apareció fue lo primero que recibió cada persona, antes de que se le pidiera una estimación propia.

Después del giro se les preguntaba qué porcentaje de los miembros de las Naciones Unidas eran países africanos. El procedimiento introducía un paso entre el giro y la respuesta. Cada persona tenía que decidir primero si la proporción correcta estaba por encima o por debajo de aquel número. A continuación debía ofrecer su propia estimación. El diez y el sesenta y cinco quedaban así relacionados con la pregunta antes de empezar el cálculo, pese a que el movimiento de la ruleta carecía de información sobre la composición de las Naciones Unidas.

Las estimaciones del grupo que había visto el diez fueron menores. Las del grupo que había visto el sesenta y cinco quedaron más altas. La comparación muestra la influencia de ese punto de partida en los resultados reunidos. Una persona podía corregir la cifra hacia lo que consideraba probable y continuar cerca de la referencia que había recibido. A esta influencia se la llama anclaje.

Para comprender qué se estaba estimando conviene detenerse en la palabra porcentaje. Se trataba de expresar cuántos miembros serían africanos si el total de países se representara mediante cien. La cuenta necesita conocer el total y la parte que corresponde a África. El número de la ruleta aparece en esa misma forma numérica, pero su parecido con una respuesta posible apenas dice nada acerca de su utilidad para calcularla. Esa semejanza facilita que el número empiece a trabajar. Si se considera demasiado bajo, surge la tarea de subirlo hasta una cifra que parezca adecuada. Si se considera demasiado alto, la tarea consiste en reducirlo. En ambos recorridos hay una corrección y una decisión propia sobre dónde detenerse. La presencia de ese trabajo puede ocultar que el recorrido empezó en un número elegido fuera del asunto.

Alejarse de la referencia constituye una parte del cálculo, pero deja pendiente cuánto había que alejarse. Saber que el diez es bajo podría llevar a proponer veinte, treinta o cuarenta. Cada respuesta se separa del punto de partida en una cantidad distinta. Para distinguirlas hace falta información sobre los países, porque el simple hecho de haber corregido hacia arriba sigue dejando muchas respuestas posibles.

La prueba tampoco permite afirmar que todas las personas dependan de igual manera del primer número. El resultado reúne estimaciones de grupos. Dentro de ellos puede haber distintos conocimientos previos y distintas formas de responder. La conclusión útil conserva ese alcance, estudiando cómo cambian las respuestas al modificar una referencia que debería ser ajena a la proporción buscada.

Al revisar una estimación de este tipo, puede ayudar reconstruir su origen. Habría que averiguar qué se sabía antes del giro, qué añadió la pregunta de mayor o menor y qué datos sostuvieron después la cifra elegida. Son partes del mismo recorrido. Esa revisión permite distinguir una información aprendida de una impresión que se fue ajustando alrededor del número recibido.

También podemos examinar cómo sería una comprobación independiente. Primero se establecería qué países pertenecen a la organización en la fecha de la pregunta. Después se identificarían los países africanos dentro de ese conjunto. La división entre ambas cantidades permitiría calcular la proporción. Cada paso exigiría datos relativos a lo preguntado y permitiría explicar de dónde procede la respuesta, en vez de apoyarla únicamente en que parece razonable.

Tener una cifra delante puede facilitar el comienzo de una tarea. La cuestión es qué función cumple. Un dato sobre los miembros de la organización describe una parte de lo que se desea conocer. El resultado de una ruleta solo describe dónde se detuvo el giro. Cuando ambos se escriben como números, sigue siendo necesario conservar esa diferencia para saber cuál puede sostener la estimación.

¿Qué referencia merece entrar en una estimación?

Una cifra puede ser fácil de recordar y tener poca relación con lo que estamos intentando calcular. Dobelli advierte de la influencia que puede adquirir ese primer número. Pensar rápido, pensar despacio, de Daniel Kahneman, permite examinar el trabajo que queda entre recibir una impresión y preparar una respuesta que necesita atención. La revisión tiene que volver a la información de la tarea para disponer de otra referencia.

Paso de la estimación El arte de pensar Pensar rápido, pensar despacio
Primera cifra Puede orientar la respuesta aunque proceda de otro asunto Las impresiones rápidas pueden acompañar el juicio posterior
Comprobación Preguntar qué relación tiene el número con la tarea Dedicar atención a los datos y a las condiciones relevantes
Referencia alternativa Antecedentes que describan lo que se intenta estimar Comparaciones y operaciones que puedan examinarse
Límite Reconocer el anclaje deja pendiente formar otra estimación Razonar con esfuerzo también puede conservar un supuesto débil

Podemos seguirlo con una situación creada sobre la limpieza de un local. Durante una conversación, alguien dice que dejarlo preparado llevará dos horas. Las personas que escuchan empiezan a organizarse alrededor de esa duración. Antes de utilizarla necesitan saber qué trabajo se ha incluido y de dónde procede la estimación.

Tal vez el número se tomó de una limpieza anterior en un espacio menor. Puede servir como antecedente si se conservan las diferencias, incluido cuántas personas trabajaron y qué dejaron terminado. La comparación pierde utilidad si se mantiene únicamente la duración y desaparecen las condiciones que la produjeron.

El grupo puede recorrer el local, anotar las tareas y comprobar los materiales disponibles. Ese trabajo aporta información para revisar las horas previstas. Si falta conocer cuánto tardará una parte, la duda puede quedar identificada en el cálculo. Añadir decimales a la primera cifra daría una apariencia de detalle sin resolver esa falta.

Kahneman ayuda a comprender por qué hacer una cuenta exige más atención que recibir una cantidad. Esa atención necesita dirigirse a las condiciones que pueden cambiarla. En el local, la nueva estimación será más fácil de revisar cuando explique qué incluye y cuántas personas requiere. Quien organice la próxima jornada tendrá la lista de tareas, el número de personas y las horas que se han previsto para terminar.

¿Cómo interpretamos los resultados que se repiten?

¿Qué puede ocurrir después de un resultado excepcional?

Un jugador de golf busca un profesor después de una partida especialmente mala. En este ejemplo de Dobelli, ha necesitado más golpes de lo que suele emplear para completar el recorrido. Esa jornada es la que lo lleva a pedir una clase, esperando mejorar su juego.

Después de recibirla, juega mejor y atribuye esa recuperación al profesor. Para comprobar cuánto ayudó la clase hace falta regresar a la partida que dio lugar a la reserva. Había sido una actuación peor de lo que el jugador acostumbraba. Ese antecedente cambia el valor de la comparación. Si en el recorrido siguiente se acerca a su rendimiento habitual, aparecerá una mejora respecto a la jornada más floja, incluso si su capacidad permanece parecida a la de las semanas anteriores.

En el golf se intenta completar un recorrido utilizando pocos golpes. Un día en el que hagan falta muchos más de lo habitual puede reunir errores que otras veces aparecen separados. Volver a un número de golpes más cercano al acostumbrado deja atrás aquel extremo. Dobelli presenta este tipo de regreso al hablar de la regresión a la media, que permite comprender por qué un resultado excepcional puede ir seguido de otro menos alejado de lo corriente. La palabra media se refiere aquí a una referencia formada reuniendo varias actuaciones. Una sola partida permite saber cuántos golpes necesitó el jugador en esa ocasión. Para conocer qué consigue normalmente se necesitan más recorridos, conservando las diferencias de dificultad que existan entre ellos. Esa referencia puede cambiar si el jugador aprende o pierde práctica. Por eso interesa construirla con partidas que permitan comparar un nivel parecido.

Mirar ese conjunto evita que la jornada más floja represente todo lo que el hombre sabía hacer antes de la clase. Si se elige como punto de partida su peor resultado, la mejora posterior parece mucho mayor que al compararla con una partida habitual. Las dos diferencias pueden calcularse correctamente, pero responden a preguntas distintas. Una mide cuánto se recuperó del mal día y otra permite empezar a estudiar cuánto ha cambiado su forma de jugar.

El momento de acudir al profesor también forma parte de la explicación. El ejemplo hace que el jugador pida ayuda después de un extremo. Esa elección reúne la clase con una situación desde la que resulta posible volver hacia un resultado más corriente. Si cada visita se produce después de una jornada así, las comparaciones posteriores pueden ir mostrando recuperaciones que parecen confirmar una y otra vez el mismo efecto.

Para atribuir la diferencia a la enseñanza habría que conocer qué habría pasado sin ella. Ese segundo recorrido permanece desconocido para la misma persona en la misma fecha. Podemos pensar en una comprobación añadida que reúna jugadores de nivel parecido después de una mala partida. Si unos reciben la clase y otros continúan de la manera acostumbrada, seguir sus resultados ayudaría a distinguir una recuperación compartida de una mejora mayor entre quienes recibieron la enseñanza. La comparación seguiría necesitando condiciones semejantes y suficientes actuaciones.

El profesor puede ayudar a corregir un movimiento y el alumno puede mejorar por haberlo aprendido. La posibilidad de una recuperación habitual exige estudiar esa ayuda con más cuidado. Interesa reconocer qué cambió en el juego y observar si puede mantenerse en los recorridos posteriores. Así, la evaluación dispone de algo más que una fecha de clase situada entre dos resultados muy distintos.

También puede ocurrir que después de una actuación muy buena llegue otra más cercana a lo acostumbrado. En ese caso se vería una bajada sin que necesariamente se hubiera perdido capacidad entre ambas jornadas. Es la misma dificultad de utilizar un extremo como referencia de lo que cabe esperar después. La comparación gana sentido cuando devuelve cada partida al conjunto del que procede, permitiendo seguir si el nivel del jugador se conserva o está cambiando.

¿Qué esperamos después de una larga racha?

Dobelli recuerda una sesión de ruleta en Montecarlo, en 1913, durante la que el negro apareció veintiséis veces seguidas. Algunos jugadores iban apostando al rojo mientras esperaban que la serie terminara. Cada uno de esos giros añadía un nuevo negro a los resultados que ya habían visto antes de volver a apostar.

La espera podía hacer que el rojo pareciera cada vez más cercano, como si la serie anterior lo empujara a salir. Para entender el razonamiento interesa detenerse en qué cambiaba después de cada tirada. Se añadía un resultado a la lista y el jugador podía revisar lo sucedido. La ruleta, en cambio, conservaba las casillas que ofrecía antes de comenzar. Si su funcionamiento seguía equilibrado y cada giro era independiente, un negro anterior no cambiaba las posibilidades del siguiente. La independencia significa que conocer el resultado de una tirada deja intactas las posibilidades de la nueva. El giro anterior puede formar parte de una serie que deseamos estudiar, pero seguir anotándolo apenas modifica el mecanismo que produce el siguiente. Por eso, para explicar una ventaja del rojo, haría falta señalar qué había cambiado en ese mecanismo. Contar los negros anteriores solo permite describir una repetición.

El error resulta comprensible al pensar en dos colores que pueden aparecer muchas veces a lo largo de una sesión. Se puede esperar que ambos tengan presencia y, al observar una gran diferencia, imaginar una recuperación inmediata del que falta. Esperar que ocurra alguna vez es distinto de afirmar que tiene que ocurrir en la próxima tirada. La idea de que los colores tengan oportunidades semejantes a largo plazo se convierte en la exigencia de que la diferencia se corrija ahora.

La existencia de una casilla verde exige todavía más cuidado con esa comparación. Rojo y negro comparten espacio con otra posibilidad, de modo que elegir entre los dos colores carece de la seguridad de que aparezca necesariamente uno de ellos. Conocer la composición de la ruleta forma parte de cualquier explicación de sus posibilidades. La lista de tiradas anteriores seguiría dejando pendiente esa información sobre el juego.

También hay que distinguir una serie completa de la tirada que viene después. Antes de comenzar puede preguntarse por la posibilidad de obtener veintiséis negros consecutivos. Esa pregunta reúne muchos resultados que deben coincidir uno detrás de otro. Cuando la serie ya ha sucedido, preguntar por el siguiente color exige un solo resultado nuevo. La rareza de todo el recorrido anterior permanece en el registro, sin trasladarse por sí sola a una ventaja del rojo.

Dobelli termina el episodio con la aparición del rojo en el giro veintisiete. Mirar solo ese momento podría dar la impresión de que la espera estaba bien fundada. Para valorar la predicción habría que conservar también todas las ocasiones anteriores en las que se esperaba el mismo cambio. Un acierto final puede convivir con una razón equivocada para haberlo esperado. El resultado observado permite comprobar una apuesta, mientras que su fundamento exige examinar la información utilizada antes de realizarla.

La condición de independencia conserva aquí una función decisiva. Si hubiera una avería, una manipulación o un cambio en el mecanismo, habría que estudiar la ruleta bajo esas circunstancias. Una serie extraña puede motivar esa comprobación, pero todavía habría que encontrar qué falla y cómo afecta al resultado. Concluir directamente que toca el color contrario salta por encima de esa investigación.

El episodio permite así revisar qué se está esperando cuando una racha se alarga. Los negros acumulados pertenecen a la descripción de lo ocurrido. Una previsión del giro nuevo necesita una explicación de las posibilidades actuales. Al mantener separadas ambas preguntas, la anotación de una serie puede conservar su utilidad sin convertirse en una promesa de compensación para la tirada que todavía falta.

¿Qué conviene revisar antes de elegir?

¿Por qué sentimos que debemos actuar enseguida?

Un portero dispone de muy poco tiempo para reaccionar cuando le lanzan un penalti. Si espera a reconocer la trayectoria del balón, puede que ya llegue tarde para desplazarse hasta ella. Por eso tiene que preparar su respuesta antes de saber con certeza hacia dónde irá el disparo.

Puede lanzarse hacia un lado, adelantando el movimiento, o permanecer en el centro para cubrir esa zona. La comparación requiere estudiar dónde van los balones y qué hacen los porteros. Michael Bar-Eli y sus colaboradores examinaron doscientos ochenta y seis penaltis de alto nivel y encontraron que los porteros saltaban casi siempre a uno de los lados. Al relacionar los saltos con la dirección de los lanzamientos, sus datos daban a la permanencia en el centro una utilidad mayor de la que reflejaba la frecuencia con que se escogía.

Dobelli utiliza esta investigación para explicar el sesgo de acción. En este caso, la inclinación hacia el movimiento puede favorecer una respuesta habitual antes de haber valorado la alternativa más quieta. El portero sigue afrontando una dificultad verdadera y cualquiera de sus elecciones puede acabar en gol. La cuestión es si la necesidad de hacer algo visible está añadiendo una razón que apenas ayuda a detener el balón.

Para seguirla podemos comparar dos intentos fallidos. En uno, el portero se lanza y la pelota entra por otro lugar. En otro, permanece en el centro y ve entrar un disparo lateral. Ambos dejan un gol en el marcador. Quien observa desde fuera dispone, en cambio, de imágenes diferentes de la actuación. En el salto puede reconocer un esfuerzo inmediato por alcanzar el balón. La quietud puede parecer una ausencia de respuesta, incluso cuando había sido una elección preparada.

Los investigadores propusieron que esa diferencia ayudaba a entender la conducta. Una encuesta a treinta y dos porteros profesionales apoyó que lanzarse era lo acostumbrado. A partir de esa norma, los autores plantearon que fallar mientras se permanece quieto podía sentirse peor que fallar después de saltar. Esta es una explicación de los investigadores sobre el patrón observado. Atribuir ese mismo motivo a cada portero requeriría conocer su caso.

La diferencia entre conducta y motivo evita completar el estudio con pensamientos que sus datos dejan abiertos. Las grabaciones permiten reconocer hacia dónde se movió el portero y dónde terminó el balón. Para conocer qué esperaba, qué había aprendido del lanzador o qué presión sentía hacen falta otras informaciones. Reunir ambas partes puede ayudar a preparar la elección, mientras que confundirlas haría parecer conocida una razón que todavía estamos estudiando.

Tampoco conviene convertir el resultado en la obligación de quedarse siempre en el centro. Los penaltis reunidos pertenecen a unas competiciones y a un periodo. Un lanzador puede conocer la costumbre de su rival y adaptar su disparo. El portero también puede disponer de información sobre ese jugador. Mantener la alternativa central exige compararla con las demás bajo las condiciones del lanzamiento que se está preparando.

Cuando se estudia una parada fallida, conviene recuperar qué información tenía el portero antes del lanzamiento. Si se juzga el intento solo por lo aparatoso del salto, una elección con pocas posibilidades puede recibir más aprobación que otra mejor fundada cuyo movimiento apenas se percibe. Para estudiar qué aportó cada opción se necesita volver a la información disponible antes del golpeo, cuando el portero todavía tenía que decidir hacia dónde dirigir su esfuerzo.

El centro adquiere así un lugar en la preparación que puede perder al mirar únicamente las acciones habituales. Habrá ocasiones en las que los datos aconsejen lanzarse y otras en las que convenga examinar la permanencia. La revisión conserva todas las opciones hasta poder relacionarlas con lo que se espera del disparo, permitiendo que una respuesta discreta se valore también por la posibilidad que ofrece de parar el balón.

¿Qué nos está señalando la urgencia que sentimos?

El deseo de intervenir puede surgir al sentir que otra persona espera una respuesta nuestra. Dobelli permite revisar si la acción que estamos preparando ayudará en esa situación. El error de Descartes, de Antonio Damasio, añade una distinción necesaria al examinar cómo participan las emociones en el razonamiento. Una reacción puede dirigir la atención hacia una consecuencia que nos preocupa y seguir necesitando información para elegir qué hacer.

Qué se examina El arte de pensar El error de Descartes
Experiencia inicial Impulso de hacer algo ante una dificultad Señal emocional que acompaña una posibilidad
Pregunta posterior Si actuar de esa manera mejora la situación Qué posible consecuencia nos preocupa
Comprobación Valorar la intervención disponible y lo que puede provocar Relacionar lo sentido con conocimientos sobre las opciones
Límite Esperar también puede tener consecuencias Sentir una señal no demuestra que la primera acción sea adecuada

La comparación evita reducir las emociones a una interferencia que habría que retirar. Damasio estudia su participación en la capacidad de decidir. El aviso de Dobelli se refiere a otra dificultad, dar por conveniente una intervención porque hacer algo parece más llevadero que esperar. Para examinarla necesitamos conocer qué se intenta proteger y qué produciría la acción elegida.

¿Qué respuesta necesita una queja antes de cambiar toda la actividad?

Esta conversación creada ocurre en una asociación donde ensaya un coro. Rosa coordina el local y Andrés organiza los horarios. Han recibido la queja de un vecino por el ruido de la tarde anterior.

Rosa: «Quiero cancelar el próximo ensayo. El vecino ha llamado muy molesto».

Andrés: «¿Ha dicho a qué hora escuchó el ruido?»

Rosa: «Cerca de las nueve. Me preocupa que llevemos semanas molestándolo».

Andrés: «Revisemos primero el horario. Ayer el coro terminaba a las ocho y después había otra actividad».

Rosa: «Puede que se alargaran. Voy a preguntárselo a quien cerró».

Andrés: «También podemos pedir al vecino la hora aproximada y desde dónde lo oía. Eso nos ayudará a localizar lo ocurrido».

Rosa: «Le diré hoy que hemos recibido la queja y que estamos comprobándola. Todavía tengo que saber qué cambio podríamos mantener».

Andrés: «Con esa información podremos hablar con quienes usan el local. Si ayer terminaron más tarde de lo acordado, tendremos que decidir quién comprueba la hora de cierre».

Rosa: «Dejo pendiente la cancelación hasta aclararlo. Esta tarde llamaré al vecino para que sepa en qué punto estamos».

¿Por qué elegimos de otra manera si cambia la explicación?

Una de las descripciones que compara Dobelli presenta una carne como un noventa y nueve por ciento libre de grasa. Lo primero que encuentra el lector es una cantidad grande asociada a la ausencia de esa sustancia. Esa forma de expresarlo destaca la ausencia de grasa antes de indicar cuánta contiene.

Las cifras del ejemplo son un noventa y nueve por ciento libre de grasa y un uno por ciento de grasa. Podemos traducirlas manteniendo una cantidad común de cien gramos. En la primera descripción quedan noventa y nueve gramos que corresponden al resto del producto y uno que corresponde a grasa. En la segunda se nombra directamente ese mismo gramo. Las dos expresiones pueden describir una composición idéntica.

La cuenta permite comprender qué cambia al leerlas. Una frase destaca una ausencia en una parte muy grande del producto. La otra hace presente una sustancia en una cantidad pequeña. Quien desea limitar la grasa puede recibir con más agrado la primera forma de contarlo, incluso antes de comprobar cuánto contiene. Esa impresión pertenece a la presentación, mientras que la proporción continúa siendo la misma.

Dobelli denomina encuadre a esta manera de orientar la atención mediante la explicación. Toda descripción necesita escoger por dónde empieza y qué hace visible. En el ejemplo de la carne, el riesgo aparece al convertir esa elección de palabras en una diferencia entre los alimentos. La expresión puede ser correcta y aun así llevar al lector a una valoración que la cifra equivalente permitiría revisar.

Para hacer esa revisión conviene conservar las dos formas durante la cuenta. Si se dice que un noventa y nueve por ciento está libre de grasa, queda pendiente reconocer qué representa el uno restante. Si se afirma que contiene un uno por ciento, puede reconocerse también el noventa y nueve que completa el total. Al recuperar la parte que cada descripción deja menos visible, ambas acaban ofreciendo la misma información.

En el mismo pasaje, Dobelli añade una comparación entre un noventa y ocho por ciento libre de grasa y un uno por ciento de grasa. Aquí sí aparece una diferencia de composición. La primera expresión deja dos gramos de grasa por cada cien, mientras que la segunda indica uno. La cantidad grande de la primera frase puede seguir sonando favorable, pero la cuenta revela que contiene el doble de grasa para una misma cantidad de producto.

Ese paso amplía el ejemplo porque permite distinguir una diferencia de palabras de una diferencia en lo descrito. Con el noventa y nueve y el uno, las proporciones coinciden. Con el noventa y ocho y el uno, las proporciones cambian al expresarlas de la misma manera. Traducir cada frase a gramos por cada cien permite reconocer cuál de esas dos situaciones tenemos delante.

La comparación todavía necesita que las cantidades estén calculadas sobre una base común. Cien gramos permiten comparar proporciones. Para conocer cuánta grasa se consume realmente habría que saber también cuántos gramos se comen. Una ración más grande puede aportar una cantidad distinta aun cuando conserve el mismo porcentaje. Esa pregunta exige otra cuenta, relacionada con el tamaño de la ración, que las dos frases iniciales dejan sin responder.

Tampoco conocer la proporción de grasa permite resolver por sí solo toda valoración del alimento. Sus demás ingredientes y características siguen formando parte de lo que se tendría que examinar. El ejemplo se limita a una información que puede presentarse de dos maneras, y su utilidad está en mostrar cómo leer esa información sin atribuir al producto una ventaja que solo procede de las palabras utilizadas.

Después de la conversión, cada descripción conserva su función de comunicar una proporción. El lector puede regresar a ellas sabiendo qué cantidad queda menos visible en cada caso. Si desea comparar la grasa, dispone de una cifra común con la que continuar. Cualquier diferencia posterior tendrá que encontrarse en las cantidades o en otras características del alimento que se hayan comprobado.

¿Qué información necesita conservar una explicación fácil de entender?

Cambiar la forma de presentar un dato puede modificar la impresión que produce. Dobelli invita a comprobar esa diferencia antes de elegir porque una explicación suena mejor. En Ideas que pegan, Chip Heath y Dan Heath estudian cómo preparar explicaciones que otras personas puedan comprender y recordar. Ambos libros estudian cómo llega la información a quien la escucha, atendiendo a dificultades distintas.

Qué se cuida al explicar El arte de pensar Ideas que pegan
Dificultad inicial La formulación puede orientar la valoración del dato Quien escucha puede desconocer el contexto necesario
Trabajo necesario Recuperar la información equivalente que el encuadre deja menos visible Elegir detalles que permitan comprender el núcleo
Comprobación Comparar qué se valora bajo formulaciones diferentes Escuchar qué ha entendido quien recibe la explicación
Límite Reconocer el encuadre deja pendiente valorar los hechos Una explicación comprensible puede contener una afirmación equivocada

Imaginemos que una mensajería comunica que nueve de cada diez entregas llegaron a tiempo durante un periodo determinado. La misma cuenta indica que una de cada diez llegó tarde. Ambas formulaciones conservan la proporción, mientras dirigen la atención hacia partes diferentes del servicio. Para decidir sobre un envío, el cliente también necesita saber qué plazo se está midiendo y qué ocurre cuando se incumple.

La explicación puede conservar las dos partes sin convertirse en una relación interminable de datos. Puede identificar el periodo, el plazo que se considera puntual y la respuesta ofrecida ante un retraso. Los Heath ayudan a preparar esa información de una manera que el cliente pueda reconocer. Dobelli ayuda a examinar si el modo de presentarla está dejando en segundo plano una consecuencia necesaria para decidir.

Comprender la proporción todavía deja pendiente su aplicación a un caso distinto. Un envío que debe llegar antes de una celebración depende de una fecha. Otro puede admitir más espera. La información sobre puntualidad conserva su significado y adquiere consecuencias diferentes dentro de esas necesidades.

Esta aplicación creada permite comprobar la explicación preguntando qué entiende el cliente que se le está prometiendo. Si interpreta que su paquete tiene garantizada la fecha, habrá que revisar qué palabras provocaron esa lectura. La facilidad para recordar un mensaje ayuda cuando lo recordado conserva también las condiciones de la oferta.

¿Por qué cambia una decisión cuando se acerca la recompensa?

Dobelli propone elegir entre dos cantidades que se recibirán en fechas diferentes. Mil dólares llegarían dentro de un año. Mil cien podrían recibirse un mes después, al cumplirse trece meses desde el momento de la elección. Las dos cantidades permanecen lejos, de modo que cualquiera de las opciones exige esperar antes de disponer del dinero.

La diferencia entre ellas se puede seguir sin una cuenta complicada. La segunda ofrece cien dólares más a cambio de añadir un mes. Quien elige esa cantidad acepta prolongar la espera por la recompensa adicional. En esa primera elección, ambos cobros quedan a un año o más de distancia y el mes adicional permite recibir la cantidad mayor.

El siguiente paso del ejercicio acerca las dos opciones al presente. Ahora los mil dólares están disponibles hoy y los mil cien llegarían dentro de un mes. Continúan siendo cien dólares más por un mes de espera adicional. Al desplazar las dos fechas ha aparecido, en cambio, una posibilidad que antes faltaba. Una de las cantidades puede recibirse de inmediato.

Dobelli utiliza la comparación para mostrar cómo esa proximidad puede cambiar la elección. Una persona podría preferir la suma mayor cuando ambas opciones están lejos y querer la menor al poder recibirla hoy. La diferencia entre cantidades permanece igual. La fecha desde la que se contempla la espera modifica el atractivo de cada una.

Conviene mantener las demás condiciones mientras se interpreta el ejercicio. La seguridad del cobro tiene que ser comparable en las dos opciones. También debe conservarse la posibilidad de esperar sin dejar desatendida una necesidad urgente. Si hubiera que utilizar el dinero hoy para resolver un pago inaplazable, recibirlo ahora tendría una utilidad que la primera comparación apenas había considerado. Esa circunstancia necesita entrar en la explicación de la decisión.

Al mantenerla fuera del supuesto, podemos estudiar la influencia de la cercanía. En la primera elección, el mes añadido se sitúa después de doce meses durante los que todavía falta recibir cualquiera de las sumas. En la segunda, ese mismo mes se convierte en la espera completa entre disponer hoy de una cantidad y recibir después la otra. La duración que separa los cobros permanece, mientras cambia su relación con lo que puede hacerse inmediatamente.

A esa manera de reducir el valor de lo que tarda en llegar se la conoce como descuento del futuro. El término ayuda a nombrar por qué una recompensa posterior puede resultar menos atractiva que otra disponible antes. El problema que interesa aquí es el cambio de preferencia al acercarse las fechas. Si el valor de esperar se hubiera mantenido del mismo modo, desplazar ambas opciones debería conservar también la elección entre sus cantidades.

Podemos continuar el ejercicio hasta el momento en que llega el primer cobro. La persona que había preferido esperar trece meses se encuentra ahora en el mes doce. Dispone de la posibilidad de tomar mil dólares ese día o seguir esperando un mes para recibir mil cien. Esta continuación muestra cómo una elección aceptada desde lejos puede volver a ponerse en duda cuando una de las recompensas deja de pertenecer al futuro.

Revisarla exige recordar las condiciones del acuerdo anterior. Puede haber llegado información nueva, haberse alterado la seguridad de recibir el dinero o haber surgido una necesidad que cambie su utilidad. Si ocurre alguna de esas cosas, hay motivos nuevos para decidir. Si todo se mantiene, queda por examinar cuánto está influyendo la posibilidad de cobrar de inmediato en la cantidad a la que se está dispuesto a renunciar.

Una anotación previa puede conservar esa comparación como una ayuda añadida. Se escribirían las dos cantidades, las fechas y las condiciones bajo las que se aceptó esperar. Al acercarse el primer cobro sería posible volver a ellas y reconocer qué ha cambiado. La anotación permitiría distinguir una nueva razón para elegir de la fuerza que adquiere una recompensa al convertirse en dinero disponible hoy.

Ramon Calatayud
Autor:
-Consultor editorial-

Escritor de novelas y profesional del mundo editorial desde hace más de 15 años. En este sector ayuda profesionalmente a escritores y guionistas de todo el mundo además de ayudar a diseñar estrategias de ventas.

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