Ruido

Una sentencia de prisión determina cuánto tiempo quedará una persona apartada de su vida fuera de la cárcel. Para fijar esa pena, el juez examina el delito y las circunstancias que debe tener en cuenta. Si otro acusado ha cometido un hecho semejante, las diferencias entre los dos casos pueden justificar penas distintas. La dificultad empieza cuando una parte de esa distancia procede de quién ha juzgado, incluso después de considerar la información que permite comparar los casos.

Ruido estudia esa variación en decisiones que se toman en nombre de una organización y deberían seguir criterios comunes. Daniel Kahneman, Olivier Sibony y Cass R. Sunstein llaman ruido a las diferencias que resultan indeseadas para ese trabajo. Un profesional puede estar convencido de que ha valorado cuidadosamente un expediente y desconocer cuánto se aparta su respuesta de las que darían sus compañeros. Mientras cada uno resuelve por separado los asuntos que recibe, esa distancia puede permanecer oculta. Para verla hace falta reunir valoraciones sobre una misma información y conservarlas tal como se formularon.

Esa comparación deja a la vista un problema incluso cuando todavía cuesta saber cuál era la respuesta correcta. Si las valoraciones se separan mucho, queda por investigar qué ha considerado cada persona y por qué lo ha valorado de esa manera. Los autores examinan cómo preparar las evaluaciones para reducir diferencias que perjudican a quienes reciben la decisión. Quienes evalúan necesitan saber qué se les pide valorar y qué circunstancias del caso deben tener en cuenta. Si una de esas circunstancias justifica tratar dos situaciones de manera diferente, tiene que seguir formando parte de la decisión. Compartir una forma de evaluar exige poder reconocer esa diferencia cuando aparece.

Campo Datos del libro
Título Ruido
Subtítulo Un fallo en el juicio humano
Autor Daniel Kahneman, Olivier Sibony y Cass R. Sunstein
Edición Edición en español de 2021. Publicación: 16 de septiembre de 2021.
Editorial Debate
ISBN 9788418006364, edición impresa de referencia. ASIN del libro digital indicado en el encargo: B097NN46P8.
Extensión 496 páginas en la edición impresa de referencia
Tema Las diferencias indeseadas entre juicios y cómo reducirlas al decidir
Materias Psicología del juicio, toma de decisiones, variabilidad, sesgos, evaluación profesional, justicia, selección de personas e higiene de las decisiones
Título original Noise: A Flaw in Human Judgment
Traducción Joaquín Chamorro Mielke
Tipo de contenido Ensayo de divulgación sobre el juicio y las decisiones
Referencia bibliográfica Ficha editorial de Penguin Libros y datos de la edición en Casa del Libro
Enlace de compra https://link.amazon/B0egGSGRd

¿Qué cambia cuando juzga otra persona?

¿Por qué puede cambiar el precio de un seguro según quién lo calcule?

Los empleados de una aseguradora pueden comprometer dinero de la compañía al poner precio a un contrato de seguro. En su trabajo examinan qué pérdidas tendría que cubrir el seguro solicitado y fijan una cantidad por asumir esa obligación. Esa cantidad recibe el nombre de prima. El cliente recibe después una oferta que puede aceptar o comparar con la de otra aseguradora.

El precio necesita conservar esa relación con la protección ofrecida. Una cantidad elevada puede parecer beneficiosa para quien vende el seguro, pero solo dará ingresos si alguien acepta pagarla. Cuando el cliente dispone de otras ofertas, un aumento puede llevarlo a contratar en otro lugar. En el extremo contrario, cobrar menos facilita que acepte, aunque también deja menos recursos frente a las pérdidas cubiertas. El juicio del empleado influye en los dos lados de esa relación.

Kahneman participó en un ejercicio con una compañía que quería conocer cuánto coincidían sus profesionales. Los responsables esperaban diferencias cercanas al diez por ciento. Al pedir valoraciones independientes de los mismos casos encontraron una separación aproximadamente cinco veces mayor. En esta conversación sobre el origen de su investigación, el autor explica tanto la sorpresa como el coste de cobrar por encima o por debajo de lo conveniente.

Para los profesionales que iban a calcular primas se prepararon descripciones de cinco casos representativos. Cada participante examinó dos o tres por separado, sin saber que se estaba midiendo la variación entre sus respuestas. Esas condiciones ayudaban a recoger su valoración sin pedirle antes que tratara de coincidir con alguien. Repartir varios expedientes también permitía observar diferencias en más de una petición, conservando para cada una las respuestas de quienes la habían estudiado.

En el trabajo diario, cada empleado suele recibir solicitudes distintas, por lo que una prima más alta podría corresponder a una protección mayor o a un riesgo más difícil. Si se pretende comparar a los profesionales, esas diferencias entre peticiones entorpecen la lectura. El expediente común mantiene delante de todos la misma materia, permitiendo investigar la parte de la separación que aparece al cambiar de evaluador.

También hace falta conservar las respuestas por separado. Si un empleado conoce desde el principio la cifra de un compañero, puede tomarla como punto de partida. Las cantidades finales podrían acercarse y ocultar cuánto se habrían separado al trabajar cada uno por su cuenta. La primera comparación busca precisamente ese trabajo individual que el reparto habitual deja sin observar.

La medida utilizada comparaba dos primas a la vez, relacionando su diferencia con el promedio de ambas. Así podían reunirse diferencias relativas de pólizas con importes distintos. Al ordenar las diferencias entre pares, el valor central fue del cincuenta y cinco por ciento. En la mitad de esos pares la separación era aún mayor. Esa cifra describía la distancia habitual entre dos respuestas dentro del ejercicio.

Las cantidades que habían escrito los profesionales ya estaban disponibles, aunque todavía faltara conocer el precio más acertado. La dispersión entre las primas y la distancia respecto a un precio adecuado son cuestiones relacionadas, pero exigen comprobaciones diferentes. Para saber quién se acerca más harían falta apoyos sobre los riesgos y sus costes. Para comprobar que las respuestas se separan, ya están disponibles las cantidades que los profesionales han calculado ante los mismos datos.

La compañía presenta al cliente una oferta con su nombre, mientras que la cantidad ha sido calculada por uno de sus empleados. La distancia entre las primas muestra cuánto puede variar ese precio dentro de la misma aseguradora. El cliente ha solicitado una cobertura y acabará pagando una cantidad por ella. La posibilidad de que otra persona de la misma oficina hubiera pedido bastante menos afecta al acuerdo que está a punto de aceptar.

¿Cómo puede un mismo delito acabar en penas muy distintas?

Marvin Frankel ejercía como juez cuando empezó a cuestionar cuánto dependía una condena de la persona que la dictaba. Le preocupaba que unos hechos semejantes pudieran recibir respuestas muy distintas al pasar de un tribunal a otro. Su propia profesión disponía de un margen amplio para fijar las penas, y dentro de ese margen necesitaba distinguir la atención al caso de las diferencias que introducía quien lo examinaba.

Comparar condenas reales presenta una dificultad que debe resolverse antes de juzgar a los jueces. Dos personas pueden haber cometido un delito con el mismo nombre y encontrarse en situaciones distintas. Los antecedentes, la participación de cada una y las circunstancias acreditadas pueden justificar penas diferentes. Mirar únicamente el resultado permite ver la distancia, aunque todavía deja pendiente saber de dónde procede.

El estudio del Segundo Circuito de 1974 buscó una comparación más controlada. Cincuenta jueces recibieron informes comunes sobre casos que tenían que resolver. El ejercicio incluía veinte expedientes principales y otros preparados para estudiar determinadas variaciones. La primera parte permitía observar qué hacían distintos profesionales ante la misma información, manteniendo constantes los datos con los que debía justificarse la respuesta.

En dieciséis de aquellos veinte casos principales, hubo desacuerdo incluso sobre la conveniencia de encarcelar al acusado. El estudio había llegado a una diferencia anterior a la duración de las penas. Mientras un juez proponía prisión, otro encontraba una respuesta que permitía mantener fuera de ella a la persona descrita. Ese cambio alteraba el tipo de vida al que la condena la conduciría, aun antes de discutir cuántos meses tendría que cumplir.

Las respuestas del experimento eran recomendaciones sobre expedientes y deben leerse como tales. El procedimiento permitía comparar juicios, aunque dejaba fuera una parte de lo que sucede durante una vista. Un juez que tiene delante a una persona puede recibir información adicional. Esa información podría justificar un cambio si afecta a los hechos que correspondía examinar, mientras que el ejercicio examinaba lo que variaba antes de contar con ella.

Los jueces habían recibido los mismos hechos y podían seguir valorándolos de manera distinta. Cada recomendación reunía lo que habían leído con el peso que daban a esos datos. Un juez podría recomendar penas más largas en muchos expedientes. Otra posibilidad es que reaccione de manera especialmente severa ante ciertas circunstancias y con más indulgencia ante otras. En ese segundo recorrido, ordenar a los jueces de más a menos duros dejaría sin explicar una parte de sus decisiones. Para conocerla habría que conservar varios expedientes y observar qué cambiaba en cada uno.

Si una circunstancia aumenta la pena para un juez y apenas la modifica para otro, la discusión necesita volver a esa circunstancia. Confrontar únicamente el número final empobrece lo que se puede aclarar. La revisión gana información cuando ambos explican qué han tenido en cuenta y por qué ese dato conduce a la respuesta que recomiendan.

La persona juzgada necesita que se tengan en cuenta los hechos de su caso. Precisamente por ello, la identidad del profesional que lo recibe plantea una dificultad cuando cambia la pena sin que cambien esos hechos. La comparación de expedientes mantiene disponible el punto al que volver: la misma información que un juez consideró suficiente para pedir prisión y otro valoró de manera distinta.

¿Qué debe comprobarse además de que varias decisiones coincidan?

Unas penas iguales todavía necesitan una justificación. La coincidencia permite comprobar que varias personas han recibido un trato parecido, pero queda por examinar qué razones sostienen ese trato. Si todos los evaluadores utilizan una condición injusta, pueden llegar a la misma respuesta y mantener el problema cada vez que aparece otro expediente.

Pensar rápido, pensar despacio, de Daniel Kahneman, estudia cómo ciertas formas de pensar orientan los juicios en una dirección. Al comparar esa preocupación con las diferencias entre jueces, aparecen dos preguntas que necesitan su propia respuesta: hacia dónde conduce el criterio utilizado y cuánto cambia su aplicación de una persona a otra.

Para estudiar la variación conviene conservar los mismos antecedentes y observar las respuestas. Para examinar la justicia del criterio habrá que atender también a las razones que permiten considerar pertinente cada antecedente. Una comparación puede encontrar decisiones muy próximas entre sí y dejar pendiente esa segunda revisión. Aunque las respuestas coincidan, todavía habrá que comprobar si la condición utilizada permite tratar justamente los antecedentes del expediente.

Pregunta de revisión Ruido Pensar rápido, pensar despacio
¿Qué se compara? La distancia entre valoraciones de un mismo asunto. La manera en que se forma una valoración.
¿Qué puede ocultar el acuerdo? Que varias personas compartan un criterio inadecuado. Que una impresión común parezca una prueba suficiente.
¿Qué queda por justificar? Qué diferencias entre respuestas tienen una razón pertinente. Qué apoyo merece la conclusión que resulta convincente.

Por eso conviene conservar las razones junto a las respuestas. Dos valoraciones separadas pueden proceder de información distinta que faltaba en una de ellas. También pueden proceder de dos maneras de interpretar una misma condición. Antes de intentar acercar los resultados hace falta averiguar dónde comenzó la separación, porque corregir una información ausente exige un trabajo diferente de revisar el criterio.

La revisión alcanza también a las respuestas coincidentes. Alguien debe poder volver sobre los datos y comprender qué permitió utilizarlos de esa manera. Así, una decisión compartida sigue expuesta a una pregunta sobre su fundamento, incluso cuando el desacuerdo ha dejado de llamar la atención.

¿Cómo se revisa un criterio que todos estaban utilizando?

Imaginemos a dos coordinadoras de una asociación que están revisando las solicitudes de parcelas de un huerto vecinal. La actividad se organizó para que los vecinos pudieran aprender a cultivar con ayuda de quienes ya saben hacerlo.

—Las dos hemos colocado primero a quienes dicen que ya han tenido un huerto —comenta Carmen—. Con ellos podremos empezar antes.

—He seguido ese criterio, pero al releer las solicitudes veo que estamos dejando al final a quienes quieren aprender —responde Pilar—. Esa era una de las razones para abrir las parcelas.

—Van a necesitar que alguien los acompañe. Ahora tenemos pocas personas para hacerlo.

—Entonces tenemos que saber cuántos podemos acompañar. Haber cultivado antes nos dice algo sobre la ayuda que necesitarán, pero todavía estamos utilizándolo para decidir quién entra.

—Si cambiamos eso ahora, tendremos que revisar las solicitudes que ya hemos ordenado.

—Sí. Y explicar qué tiempo de ayuda tenemos antes de volver a colocarlas. Yo tampoco sé todavía cuántas personas podrían empezar.

—Puedo preguntar a quienes se ofrecieron a enseñar, aunque me preocupa retrasar la entrega de las parcelas.

—Con su respuesta podremos preparar una propuesta. Mantener el orden de hoy dejaría resuelta la lista, pero seguiríamos sin saber a cuántos vecinos podemos enseñar.

—Voy a dejar anotado el motivo del cambio. La lista tendrá que esperar a que sepamos con qué ayuda contamos.

¿Cuánto puede pesar el juez que recibe una petición de asilo?

Quien pide asilo solicita protección en un país porque sostiene que regresar al suyo lo expone a persecución. Para obtenerla debe pasar por un procedimiento que examina su situación y las pruebas que aporta. La decisión afecta a la posibilidad de quedarse, por lo que conocer cómo se valoran las peticiones forma parte de la confianza que ese procedimiento necesita ofrecer.

El estudio La ruleta de los refugiados examinó decisiones de varios niveles del sistema estadounidense. Entre sus autores estaban Jaya Ramji-Nogales, Andrew Schoenholtz y Philip Schrag. Su investigación permitió comparar las tasas de concesión de distintos profesionales, incluyendo a quienes trabajaban en una misma oficina con solicitudes de personas procedentes del mismo país.

Las condiciones de un país pueden afectar a muchas solicitudes que parten de él. También pueden variar los recursos o las prácticas entre oficinas. Al mantener próximos esos dos elementos, se pueden examinar mejor las diferencias que siguen apareciendo entre los profesionales. La comparación continúa necesitando cautela, porque compartir un país de origen deja espacio para experiencias individuales muy distintas.

Las grandes separaciones que encontraron los investigadores señalaban una parte del procedimiento que merecía atención. Si un expediente puede asignarse a cualquiera de varios profesionales, la persona solicitante espera que sus motivos sean examinados con criterios comunes. Una variación importante entre evaluadores introduce la posibilidad de que ese reparto cambie el resultado por razones que se añaden a los hechos presentados.

Una tasa elevada puede reunir muchas decisiones bien justificadas o incluir concesiones que necesitarían revisión. Una tasa baja también exige averiguar qué casos hay detrás y cómo se han resuelto. El porcentaje orienta la búsqueda, mientras que el examen de los motivos permite avanzar hacia la calidad de las respuestas. Conocer quién concede más sería insuficiente para ordenar a los profesionales de mejores a peores.

La ayuda legal introduce otra condición que debe permanecer visible. Los investigadores estudiaron la relación entre disponer de representación y obtener asilo. Una persona que cuenta con esa ayuda puede tener otra capacidad para presentar pruebas y recorrer el procedimiento. Al comparar los resultados de distintos jueces, conviene conservar lo que se sabe sobre las condiciones en que han llegado las solicitudes. De otro modo, una diferencia en esas condiciones podría terminar atribuida por completo al evaluador.

El expediente reúne así dos trabajos que conviene distinguir. El primero es el de quien solicita protección y aporta lo necesario para sostenerla. El segundo es el de quien examina ese material y decide qué respuesta corresponde. Estudiar el procedimiento requiere mirar ambos recorridos, manteniendo identificable qué información estaba disponible y qué uso se hizo de ella. Esa distinción permite investigar el desacuerdo sin borrar las dificultades con las que llegó cada persona.

Los autores de La ruleta de los refugiados propusieron mejorar la preparación y la revisión de las decisiones, entre otras medidas. Su propuesta evitaba resolver las diferencias imponiendo una cuota de concesiones. Una cuota acercaría los porcentajes, pero todavía habría que comprobar a quién se había admitido y a quién se había rechazado. Dos oficinas pueden alcanzar la misma tasa mientras siguen respondiendo de manera diferente a solicitudes comparables.

La persona que pide protección necesita una respuesta apoyada en su expediente. Cuando una revisión encuentra criterios incompatibles, puede volver a las pruebas y a la justificación de cada decisión. El reparto entre jueces continuará siendo necesario para atender las solicitudes, pero el motivo para conceder o rechazar debe poder seguirse después de ese reparto, dentro de lo que cada solicitante ha presentado.

¿Qué puede cambiar al asignar una patente a otro examinador?

El examinador de una patente trabaja sobre una solicitud que alguien ha preparado para proteger una invención. Entre sus tareas está revisar los antecedentes, es decir, lo que ya se conocía y puede afectar a la protección que se pide. La persona solicitante aporta una propuesta, mientras que la oficina debe decidir si corresponde reconocerle el derecho solicitado. La patente permite a su titular impedir que otros fabriquen, utilicen o vendan la invención protegida dentro del alcance de ese derecho.

La revisión obliga a relacionar los documentos. Una diferencia que a primera vista parezca nueva puede estar recogida en un antecedente. También puede haber una aportación que necesite leerse con atención para distinguirla de lo ya conocido. El examinador interviene en esa relación entre la propuesta y la información anterior. De su valoración saldrá una respuesta que repercutirá en el proyecto que espera la patente.

Mark Lemley y Bhaven Sampat analizaron diferencias entre examinadores de la oficina estadounidense. Encontraron que el resultado de las solicitudes guardaba relación con el profesional que las recibía. Su trabajo sobre las características de los examinadores mostró propensiones distintas a conceder patentes, vinculadas también a la manera en que utilizaban los antecedentes durante el examen.

La solicitud atraviesa así dos decisiones de naturaleza distinta. Primero se le asigna alguien para que la examine. Después ese profesional decide sobre la protección pedida. El reparto permite atender el trabajo de la oficina, pero introduce una dificultad cuando sus empleados mantienen criterios alejados. La persona que presenta una invención puede recibir una respuesta que otro examinador habría valorado de otro modo, aunque la solicitud haya llegado con los mismos documentos.

Esa posibilidad merece distinguirse de la existencia de diferencias entre invenciones. Propuestas distintas pueden recibir respuestas distintas con plena justificación. La dificultad que señala el caso aparece cuando se añade a esas diferencias el modo particular de aplicar los criterios. Si un examinador exige un apoyo que otro considera suficiente con menos, el solicitante queda pendiente de ese umbral además de los méritos de su propuesta. El número de concesiones permite observar una parte del comportamiento del examinador. Quien aprueba muchas solicitudes muestra una frecuencia mayor, pero esa cuenta sigue sin identificar la calidad de cada aprobación. Para conocerla habría que comprobar qué protección merecían las propuestas y qué argumentos sostenían la respuesta. Una oficina podría acercar los porcentajes de sus empleados y seguir resolviendo mal solicitudes individuales.

Las consecuencias alcanzan también a quienes trabajan fuera de ese expediente. Una patente concedida permite a su titular oponerse a determinados usos de la invención por terceros. Si la protección se reconoce con una amplitud que excede lo que corresponde, otras personas pueden encontrarse ante un derecho que limite actividades que habrían podido realizar. Si se rechaza una protección justificada, quien la solicitó queda sin ese derecho frente a los usos ajenos. Conceder más o conceder menos cambia así qué puede exigir el solicitante y qué puede afectar a los demás.

El examinador necesita margen para estudiar lo que presenta cada solicitud, y ese margen trae consigo la responsabilidad de explicar la respuesta. Los antecedentes permiten volver al lugar donde se ha tomado la decisión. Allí sigue la invención que pidió protección, junto a las razones por las que un examinador consideró que debía recibirla o continuar sin ella.

¿Cómo se comparan decisiones que parecen aisladas?

¿Cuánto pueden separarse varios expertos al valorar lo mismo?

Calcular el valor de una acción significa poner un precio a una pequeña parte de una empresa. Quien hace la valoración examina el negocio y estima cuánto considera razonable pagar por esa parte. La cifra puede orientar una compra o una venta, aunque el precio al que otras personas quieran negociar sea diferente.

La firma de inversión que aparece en Ruido pidió esa valoración a cuarenta y dos profesionales experimentados. Todos recibieron la misma información. Al comparar las cantidades, la mediana de las diferencias entre pares fue del cuarenta y uno por ciento. El ejercicio mantenía común el negocio examinado y dejaba variar a la persona que debía convertir los datos en un precio.

La mediana permite situar el centro de las diferencias una vez ordenadas. A un lado quedan las menores y al otro las mayores. Ese cuarenta y uno por ciento describe la separación observada mediante una forma de comparar los pares de respuestas. Su significado es distinto del porcentaje de empleados que se equivocaron, porque todavía falta conocer qué precio debía considerarse correcto.

El dinero que se expone en una inversión da una consecuencia a esa distancia. Si el precio de compra está por encima del valor estimado, quien decide necesita justificar qué recibiría a cambio de pagar más. Si está por debajo, puede apreciar una oportunidad que convendría estudiar. Dos valoraciones alejadas pueden llevar a respuestas opuestas ante el mismo precio de mercado. Una persona verá una cantidad aceptable donde otra creerá que se está pidiendo demasiado.

El futuro del negocio entra en esa relación entre valor y precio. Sus resultados pasados ya han ocurrido, mientras que quien compra la acción recibirá lo que la empresa llegue a producir después. Una previsión sobre esos resultados puede estar bien razonada y seguir expuesta a hechos que todavía se desconocen. La cantidad elegida compromete dinero hoy a cambio de una participación cuyo rendimiento continuará formándose más adelante.

Kahneman y Sibony hablan de esa parte que se desconoce en esta entrevista sobre los límites de la predicción. Distinguen la información que puede aprovecharse de la incertidumbre que queda incluso después de estudiarla. Dos profesionales podrían coincidir en una previsión y encontrarse más adelante con un resultado distinto. Su acuerdo habría reducido la separación entre juicios, mientras el negocio habría seguido sujeto a ese futuro compartido que ninguno conocía por completo.

La diferencia entre las valoraciones y el desconocimiento común piden trabajos distintos. Cuando dos analistas discrepan, pueden mostrar qué datos han utilizado y qué previsiones los han llevado a sus cantidades. Esa explicación puede aclarar el origen de la distancia. Lo que todavía no ha sucedido seguirá pendiente, incluso si al terminar ambos consideran razonable el mismo precio. Llegar a un acuerdo no convierte las ganancias previstas en ganancias ya obtenidas.

La firma contaba con personas preparadas para valorar negocios y precisamente por eso les entregó la información. Reunir sus cálculos permitió comprobar una cuestión que su preparación dejaba abierta: cuánto coincidirían al enfrentarse a los mismos documentos. Cada uno podía reconocer su propia valoración como razonable y seguir desconociendo la distancia que lo separaba del compañero.

Olivier Sibony describe una auditoría de analistas en esta entrevista sobre la variación de los juicios profesionales. Su explicación permite seguir el funcionamiento del ejercicio: entregar un mismo caso, conservar las respuestas individuales y compararlas. Para la firma, esa comparación hace visible información que se pierde cuando un solo analista prepara la cifra con la que todos empiezan a discutir.

La diferencia entre esos recorridos aparece antes de tomar una decisión de inversión. Cuando ya existe una cifra sobre la mesa, los demás pueden estudiar si la aceptan o la modifican. Cuando cada profesional ha valorado primero por su cuenta, la conversación dispone de varios puntos de partida. Un desacuerdo amplio puede remitir a previsiones diferentes sobre el negocio o a un uso distinto de los mismos datos. Esas son posibilidades que habría que comprobar en las valoraciones, en vez de darlas por sabidas al observar la separación.

Las respuestas muestran cuánto puede cambiar el precio que una persona consideraría aceptable, mientras que el acierto de cada estimación necesita otros apoyos. El negocio seguirá produciendo resultados después de que se haya elegido una cifra. Quien haya comprado tendrá comprometido el dinero acordado y recibirá lo que esa participación llegue a ofrecerle, con independencia de cuánto hubieran estimado sus compañeros.

¿Cómo sabemos si una previsión merece la seguridad con que se presenta?

Las obras de la Ópera de Sídney comenzaron con el diseño incompleto y la estimación inicial quedó muy lejos del coste y del plazo que acabaron necesitando. Rolf Dobelli utiliza este proyecto en El arte de pensar al examinar el exceso de confianza. La fecha anunciada podía servir para organizar el trabajo, mientras seguían pendientes soluciones que condicionaban cuándo podría terminarse.

Una estimación puede llegar acompañada de una explicación muy segura. Quien la escucha encuentra un número y una persona capaz de defenderlo, aunque todavía desconozca qué parte del cálculo depende de información firme y qué parte sigue abierta. Para revisar la estimación necesita entrar en esas razones, más allá de la soltura con que se han contado.

El exceso de confianza describe la distancia entre lo que conocemos y la seguridad que concedemos a ese conocimiento. Para revisar esa seguridad hay que examinar las pruebas disponibles. La distancia entre las cifras exige reunir también las estimaciones de otras personas que han valorado lo mismo. Un profesional puede sentirse muy seguro y seguir lejos de sus compañeros.

Los dos problemas pueden aparecer juntos, pero cada uno exige una comprobación. Un profesional puede expresar sus dudas con cuidado y terminar muy lejos de sus compañeros. Otro puede dar una respuesta parecida a la del grupo y atribuirle más certeza de la que permiten los datos. Escuchar cómo habla ayuda a conocer la confianza que expresa. Reunir las estimaciones permite observar las diferencias que esa conversación, por sí sola, deja ocultas.

Qué queremos conocer Ruido El arte de pensar
Diferencia que se examina La separación entre estimaciones comparables. La distancia entre conocimiento y seguridad.
Información que hace falta Respuestas sobre el mismo asunto y sus condiciones. Apoyo del cálculo y cuestiones todavía abiertas.
Revisión pendiente Comprender por qué los expertos han llegado a cifras distintas. Ajustar la confianza a lo que realmente se conoce.

Al aparecer varias cifras, hace falta comprobar primero que responden a la misma pregunta. Si cada persona ha entendido un plazo o un objeto diferente, la comparación estará mezclando trabajos distintos. Esa aclaración permite regresar después a las estimaciones conservando una base común. Las diferencias que permanezcan podrán examinarse a partir de los datos utilizados y del peso que se ha dado a cada uno.

La cifra más próxima al resto también conserva sus dudas. El acuerdo puede proceder de información compartida y bien utilizada, o de una suposición que todos hayan aceptado demasiado pronto. Al pedir el fundamento de cada cálculo, quien tiene que decidir puede distinguir qué diferencias vienen de un conocimiento adicional y cuáles siguen esperando una explicación.

¿Por qué cambia una estimación cuando vuelve a hacerla la misma persona?

Antes de modificar un programa informático, alguien tiene que prever cuánto trabajo exigirá el cambio. Las horas calculadas pueden utilizarse para preparar un presupuesto o repartir las tareas del equipo. Quien hace esa previsión dispone de su experiencia y de la información que describe el encargo, aunque una parte de las dificultades solo aparecerá cuando empiece a resolverlo.

Stein Grimstad y Magne Jørgensen estudiaron otra fuente de incertidumbre anterior a la ejecución. Les interesaba saber cuánto se mantenía una estimación cuando el mismo profesional volvía a recibir la misma petición. Para observarlo reunieron a siete personas con experiencia y distribuyeron trabajos que debían valorar en distintas sesiones.

Las descripciones procedían de peticiones de cambios en un sistema informático. Entre las tareas del ejercicio, seis aparecían dos veces con al menos un mes de separación. Ese intervalo buscaba dificultar que la segunda respuesta se limitara a recordar la primera. Los participantes tenían que estudiar de nuevo qué trabajo requería el encargo y calcular las horas que necesitarían.

La diferencia entre ambas cantidades permitía mirar a la misma persona en dos ocasiones. Si se hubieran comparado profesionales diferentes, también entrarían sus distintas capacidades y maneras de entender el trabajo. Al repetir el encargo ante el mismo profesional, el ejercicio mantenía común a quien tendría que realizarlo. La experiencia acumulada seguía perteneciendo a esa persona, mientras que su respuesta podía cambiar al volver a utilizarla.

La distancia media entre las parejas de estimaciones fue del setenta y uno por ciento. La mediana fue del cincuenta por ciento, una medida distinta que sitúa el centro de las diferencias ordenadas. Esos porcentajes describen la separación entre previsiones. El estudio no estaba afirmando que los trabajos hubieran terminado durando un setenta y uno por ciento más de lo previsto. Para conocer ese desvío haría falta comparar la previsión con las horas utilizadas al ejecutar la tarea.

Grimstad y Jørgensen trabajaron con un grupo pequeño, por lo que sus resultados describen lo que encontraron en ese ejercicio. Al investigar la relación entre precisión y constancia señalaron también que sus datos dejaban preguntas abiertas. El registro permitía ver respuestas separadas sin atribuir a todos los profesionales de la informática una diferencia idéntica. Un cálculo diferente puede estar justificado si aparece información nueva o el profesional aprende a resolver mejor una tarea. La repetición necesita conservar las condiciones que permiten comparar las dos ocasiones. Una petición que ya incluye un cambio adicional ofrece otra información y merece que esa novedad tenga su lugar en la estimación.

En la planificación, la diferencia alcanza a las tareas que siguen esperando. Reservar más horas para un encargo reduce el tiempo disponible para otros dentro del mismo periodo. Reservar menos permite comprometer ese tiempo en otra parte, con el riesgo de necesitarlo después. Un presupuesto que utilizara esas horas reservaría cantidades diferentes con cada respuesta, aunque la petición escrita permaneciera igual.

¿Qué ocurre cuando un médico vuelve a mirar la misma imagen?

La radiografía conserva una imagen que el médico tiene que interpretar. Puede volver a ella después de haber hecho una primera valoración y observar de nuevo lo que muestra. Esa permanencia de la imagen permite comparar respuestas dadas en ocasiones distintas, manteniendo disponible el material del que partieron.

Kahneman describe en esta conversación sobre la variación del juicio médico que un radiólogo puede discrepar consigo mismo al recibir otra vez una imagen. Señala que la atención puede dirigirse a detalles diferentes durante cada lectura. El profesional conserva sus conocimientos, aunque la respuesta pueda cambiar al utilizarlos de nuevo ante lo que está viendo.

Si se toma una imagen nueva, el estado del paciente podría haber cambiado. Si se aporta información adicional, también podrían existir razones para revisar el significado de lo observado. La comparación de lecturas sobre un material común busca apartar esas explicaciones y mirar la parte que cambia al volver a juzgarlo.

Una respuesta distinta deja entonces dos cuestiones abiertas. Una es dónde se han separado las interpretaciones. La otra es cuál describe mejor lo que la imagen muestra. La primera puede empezar a investigarse poniendo ambas valoraciones juntas. La segunda necesita apoyos que permitan justificar el acierto. Un profesional puede haber detectado después una señal que antes pasó por alto, o puede haber dado un significado diferente a la misma zona. La mera existencia de una lectura posterior deja pendiente decidir entre esas posibilidades.

Al revisar dónde se han separado las respuestas pueden aparecer dificultades diferentes. Una señal podría figurar en la segunda descripción y haber quedado fuera de la primera. En ese caso, la diferencia comenzaría en qué se ha llegado a observar o recoger en el informe. Volver a esa zona permitiría estudiar por qué recibió atención en una ocasión y pasó sin describirse en otra, manteniendo abierta la explicación de lo sucedido.

También podría ocurrir que ambas descripciones mencionaran la misma zona y le dieran un significado distinto. Entonces, el detalle habría quedado recogido en las dos lecturas. La separación estaría en la interpretación que vino después. Las razones para considerarlo sospechoso o aceptable pasarían a formar parte de la comparación. Una diferencia en lo observado pide examinar la atención prestada a la imagen. Una diferencia en el significado pide revisar el criterio con el que se ha interpretado.

El acceso a la primera respuesta añade otra condición. Cuando el médico sabe lo que escribió antes, esa conclusión puede orientarlo al volver a mirar. Dos informes coincidentes podrían reflejar una valoración estable, pero también la influencia de la primera sobre la segunda. Recoger las lecturas por separado permite observar mejor lo que cada ocasión produce con la misma información. Si se busca una revisión que utilice deliberadamente el informe anterior, el trabajo tiene otro punto de partida que debe permanecer reconocible al comparar los resultados.

Cuando se incorpora la segunda lectura al expediente del paciente, otros profesionales pueden encontrarse con dos informes distintos sobre la misma imagen. Conocer la diferencia entre lo observado y lo interpretado les permite seguir qué ha cambiado. Si solo recibieran una conclusión nueva, podrían saber qué se afirma ahora, mientras seguirían sin conocer cómo se ha pasado de una lectura a la otra.

El desacuerdo con uno mismo también se distingue del que aparece entre profesionales. Dos médicos pueden tener experiencias distintas o utilizar criterios que necesitan aclararse. Cuando la misma persona cambia su respuesta, esa explicación por identidades diferentes pierde fuerza. La variación se ha producido entre ocasiones de su propio trabajo. Ambas situaciones merecen estudio, pero confundirlas haría buscar fuera del profesional una diferencia que la repetición ha mostrado dentro de sus lecturas.

Después de la comparación siguen disponibles la imagen y las dos descripciones. El médico puede regresar a la zona que ha provocado la diferencia, distinguiendo lo que se ha observado de lo que se ha concluido a partir de ello. Para las otras personas que utilicen el informe, conocer ese recorrido ayuda a entender qué ha cambiado en la valoración que acompaña al paciente. La respuesta final queda ligada al material y a las razones que la sostienen.

¿Qué cambia cuando una opinión se revisa con información nueva?

Cambiar una conclusión puede ser una respuesta cuidadosa a un dato que acaba de aparecer. Para comprender el cambio hace falta conocer ese dato y saber qué parte de la explicación anterior obliga a revisar. La respuesta final puede ser distinta porque ahora existe una razón que antes estaba ausente.

Adam Grant propone en Piénsalo otra vez tratar las ideas como hipótesis abiertas a revisión. Esa disposición tiene un lugar diferente del problema de volver a valorar una imagen que conserva la misma información. En el primer caso interesa saber cómo se incorpora una prueba nueva. En el segundo, la pregunta comienza por averiguar qué ha variado durante la lectura.

Qué permite comprender el cambio Ruido Piénsalo otra vez
Punto de partida Se vuelve a examinar información que seguía disponible. Una conclusión se expone a pruebas que pueden modificarla.
Pregunta que conviene conservar ¿Qué se ha visto o valorado de otra manera? ¿Qué evidencia justifica revisar la idea?
Registro útil para comparar Observaciones y razones de cada lectura. Prueba nueva y parte de la conclusión que cambia.

Escribir las razones de ambas respuestas permite seguir esa diferencia. Si la segunda lectura reconoce algo que faltaba en la primera descripción, queda un elemento concreto que investigar. Si ambas describen lo mismo y aun así llegan a conclusiones distintas, habrá que examinar cómo se ha interpretado lo observado. El registro conserva el lugar donde empezó la separación.

La apertura a revisar sigue siendo necesaria durante esa investigación. Defender la primera respuesta por haberla dado antes cerraría el examen demasiado pronto. Aceptar la segunda por ser más reciente haría lo mismo desde el otro extremo. Cada lectura necesita sostenerse en lo que se ha podido observar y en las razones que permiten interpretarlo.

¿Cómo se decide si un niño debe seguir viviendo con su familia?

En Illinois, los avisos de posible maltrato o abandono llegaban a unos servicios que debían investigar la situación de cada niño. Una parte de ese trabajo podía acabar en una recomendación para que saliera de casa. El profesional tenía que decidir si las condiciones que encontraba hacían necesaria aquella separación, sabiendo que cambiar de hogar también modificaría la vida del niño.

Joseph Doyle estudió ese sistema aprovechando la manera en que se repartían las investigaciones. Dentro de los equipos de una zona, los casos se asignaban por turnos para distribuir la carga de trabajo. Eso permitía que familias con características parecidas llegaran a profesionales que tenían distintas tendencias a recomendar la separación. El análisis buscaba distinguir qué parte de lo ocurrido dependía de las circunstancias familiares y qué parte podía estar relacionada con la persona que había recibido el expediente.

Comparar sin más a todos los niños separados con todos los que seguían en casa habría dejado sin resolver una dificultad. Quienes salían podían haber vivido situaciones más graves desde el principio. Si después tenían peores resultados, atribuirlos enteramente al cambio de hogar confundiría lo que había provocado la intervención con lo que había sucedido a causa de ella. Para estudiar las consecuencias de una decisión, hacía falta encontrar una comparación que conservara mejor las condiciones anteriores a esa decisión. El reparto entre investigadores ofrecía una posibilidad. Algunos recomendaban la acogida con más frecuencia que otros. Doyle utilizó esas diferencias para centrarse en los niños que podían salir o quedarse dependiendo de quién los atendiera. Eran casos próximos al punto en el que se tomaba una u otra dirección. Un profesional más propenso a recomendar la separación podía inclinar la decisión hacia la salida, mientras otro, ante una situación semejante, podía mantener al niño en casa.

Ese punto de partida delimitaba también los resultados. El estudio encontró indicios de mejores resultados posteriores al permanecer en casa para aquellos niños situados cerca de esa decisión, especialmente entre los mayores. El propio investigador pidió cautela ante el tamaño y la precisión de las estimaciones. Extender esa conclusión a cualquier niño habría borrado la condición que permitía entenderla. Un caso en el que todos los investigadores vieran necesaria una separación urgente quedaba fuera de aquella comparación.

La dificultad del juicio seguía estando presente a ambos lados. Dejar al niño en un lugar peligroso puede mantenerlo expuesto al daño que motivó el aviso. Separarlo puede apartarlo de personas con las que tiene vínculos y cambiar las condiciones en las que vive. El servicio necesita averiguar qué consecuencias son pertinentes para ese caso y con qué información puede sostener lo que espera de cada opción. El deseo de protegerlo necesita concretarse en una decisión cuya relación con los hechos pueda revisarse.

Por eso, descubrir diferencias entre profesionales abre un trabajo que una simple tasa de separaciones deja pendiente. Una persona puede recomendar más salidas porque recibe casos más graves, porque reúne información distinta o porque exige menos señales para considerarlas necesarias. Cada explicación conduce a una comprobación diferente. Antes de corregir la tasa conviene distinguirlas, porque imponer el mismo porcentaje a todos tampoco permite saber qué niño necesita salir y cuál puede permanecer con su familia.

Al revisar las recomendaciones, el servicio puede pedir que se hagan explícitos los indicios que las sostienen y las circunstancias que cambiarían la decisión. Ese registro permite que otro profesional vuelva sobre el razonamiento. Puede distinguir un aviso que faltaba en un informe de una valoración distinta de un hecho que ambos conocían. En el primer caso necesita completar lo que se sabe de la familia. En el segundo, necesita entender por qué un mismo indicio llevaba a recomendar destinos diferentes para el niño.

¿Qué puede entrar en un juicio sin que lo pidamos?

¿Puede una información ajena cambiar la lectura de una huella?

Una huella encontrada durante una investigación necesita compararse con otras para saber a quién puede pertenecer. Esa comparación termina en un juicio de un especialista, que debe valorar si las marcas disponibles permiten sostener una identificación. El informe resultante puede entrar después en un expediente en el que otras personas decidirán qué valor darle.

El investigador Itiel Dror y sus colaboradores estudiaron qué ocurría cuando un especialista recibía información sobre el caso antes de completar la comparación. Buscaron pares de huellas que aquellos profesionales ya habían considerado coincidentes y se los presentaron otra vez. Los acompañaron de un contexto engañoso que sugería un error de identificación, sin advertirles de que las huellas procedían de una decisión propia anterior.

Cinco especialistas participaron en aquel ejercicio y cuatro modificaron su conclusión. Ese resultado pertenece a una muestra pequeña y a unas condiciones preparadas para estudiar la influencia del contexto. Convertirlo en una tasa general de errores de la identificación por huellas alteraría su significado. El experimento mostraba una posibilidad concreta: incluso un profesional experimentado podía revisar de otra manera el mismo material cuando cambiaba la información que lo rodeaba. También hace falta distinguir las respuestas posibles. Una identificación afirma que las marcas permiten establecer una coincidencia. Una respuesta que considera insuficiente el material deja esa afirmación pendiente. Pasar de una identificación a una conclusión dudosa modifica el informe, pero el cambio todavía necesita examinarse antes de llamarlo acierto o error. El desacuerdo entre dos lecturas permite localizar una dificultad. Conocer la respuesta correcta exige apoyo adicional.

La información del caso y la información de la huella pueden tener funciones distintas. Un antecedente técnico puede ayudar a saber cómo se obtuvo una muestra o qué limitaciones tiene. Saber que la policía sospecha de una persona puede, en cambio, orientar la expectativa hacia una coincidencia sin mejorar las marcas disponibles. Al organizar el trabajo, interesa averiguar qué necesita conocer el especialista para efectuar la comparación y qué otros antecedentes pueden esperar.

El orden en que recibe esos antecedentes permite proteger una primera observación. Antes de conocer la interpretación de otros investigadores, puede dejar constancia de lo que aprecia en la huella. Cuando se incorpore información nueva, quedará disponible el registro anterior para comprobar si cambia su conclusión y por qué. Ese cuidado conserva la posibilidad de revisar el camino que ha seguido el informe, en lugar de depender únicamente de la explicación final de quien ya conoce todos los datos. En una conversación sobre las huellas y la independencia del juicio, Daniel Kahneman explica el riesgo de que una sospecha conocida de antemano influya en el trabajo de un experto. La dificultad continúa después, cuando el resultado se presenta como una prueba que parece llegar de otra parte. Si el examinador había recibido ya la sospecha que se quiere comprobar, conviene conservar ese antecedente al valorar cuánto apoyo independiente ofrece su conclusión.

El informe forma parte de una investigación más amplia y puede necesitar otras comprobaciones. Mantener identificable de dónde viene cada dato ayuda a que esas comprobaciones añadan información. La persona que revise el expediente podrá preguntar qué se observó en las marcas, qué se supo por otros medios y qué relación se estableció entre ambas cosas. Cada respuesta permite volver sobre una parte del trabajo sin convertir la seguridad del especialista en la única razón para aceptar su lectura.

¿Puede un partido de fútbol influir en una sentencia?

Los resultados de un equipo universitario y las decisiones de un juzgado juvenil quedaron reunidos en un estudio sobre Luisiana. Los economistas Ozkan Eren y Naci Mocan querían averiguar si un resultado deportivo inesperado podía relacionarse con el tiempo de las penas que se imponían después. Para hacerlo, examinaron decisiones judiciales de 1996 a 2012.

El deporte que seguían era el fútbol americano de la Universidad Estatal de Luisiana. En una competición así, ganar o perder puede acercarse mucho o poco a lo que se esperaba antes del partido. Una derrota frente a un rival fuerte deja un resultado distinto de una derrota cuando el propio equipo partía como favorito. Los investigadores conservaron esa diferencia para estudiar las semanas posteriores a los encuentros.

Encontraron condenas más largas después de las derrotas inesperadas. El efecto era mayor entre jueces que habían obtenido su título universitario en la institución del equipo. También observaron que la carga de ese aumento recaía de manera desigual sobre los menores negros. El resultado se refería al conjunto de decisiones estudiadas y a las comparaciones realizadas por los investigadores. Los registros permitían identificar aquella relación, mientras los motivos de un juez ante un menor particular seguían necesitando sus propias pruebas.

Esa distinción evita convertir un análisis de muchos casos en una escena que nunca se observó. El estudio permite preguntar por la entrada de circunstancias ajenas en una decisión profesional. Afirmar que un juez concreto se vengó por el resultado de un partido exigiría saber algo diferente sobre su conducta. Entre ambas afirmaciones hay un cambio de alcance que conviene conservar al explicar qué se encontró.

El caso de cada menor tenía información que el juez debía valorar. Conocer el hecho que se le atribuía y las circunstancias que debían tenerse en cuenta formaba parte de ese trabajo. El resultado del partido era un hecho exterior al expediente y seguía sin aportar información sobre la conducta que se estaba juzgando. Cuando el tiempo impuesto cambia junto a una circunstancia externa, surge la necesidad de revisar hasta dónde alcanza la justificación que se ofrece para esa pena.

El estudio realizó comparaciones adicionales para explorar otras explicaciones. Los autores examinaron la posibilidad de que el patrón procediera del comportamiento de los acusados o de sus abogados, junto a otras condiciones de los casos. Esas comprobaciones formaban parte del esfuerzo por separar el resultado deportivo de cambios que pudieran haber coincidido con él. El trabajo seguía siendo un análisis de datos observados, con las condiciones que eso impone para interpretar las relaciones encontradas.

Tampoco aparecía una simetría sencilla entre buenos y malos resultados. Las victorias inesperadas y las derrotas que se esperaban como partidos igualados carecían del mismo efecto encontrado tras una derrota sorprendente. Conservar ese detalle impide convertir el hallazgo en una regla que aconseje elegir un día después de una victoria. La relación observada requería un tipo de resultado, un periodo posterior y el contexto de los juzgados estudiados.

La formación profesional de los jueces convivía con esas diferencias. Tener conocimientos y tiempo para deliberar ofrecía recursos para decidir, pero el estudio permitía investigar si otros asuntos seguían entrando en el juicio. Para revisar una pena, la institución necesita que sus razones puedan volver a examinarse a partir de los datos del menor. El tiempo que este tendrá que cumplir continúa después del partido y después de la semana en que se tomó la decisión. Su expediente debería permitir explicar por qué ese tiempo correspondía a su caso.

¿Cómo distinguimos una emoción que orienta de una circunstancia ajena al caso?

La preocupación por lo que puede ocurrirle a otra persona puede formar parte de una decisión. Quien tiene que valorar sus circunstancias necesita comprender las consecuencias que están en juego. Esa preocupación dirige la atención hacia algo que pertenece al asunto examinado. Un resultado deportivo pertenece a lo ocurrido fuera del expediente y carece de información sobre sus hechos.

Antonio Damasio estudia en El error de Descartes cómo las emociones participan en el valor que damos a las posibilidades. Al ponerla junto al estudio sobre fútbol y sentencias conviene conservar una diferencia: sentir el peso de una consecuencia del caso y encontrarse bajo la posible influencia de un acontecimiento ajeno.

Relación que se examina Ruido El error de Descartes
Objeto de atención Una circunstancia exterior puede acompañar cambios en el juicio. La emoción participa en la valoración de las opciones.
Pregunta necesaria ¿Qué relación tiene esa circunstancia con el caso? ¿Qué valor adquiere cada consecuencia para quien decide?
Límite de la comparación Un patrón conjunto deja pendiente explicar cada decisión individual. La participación emocional deja pendiente comprobar el fundamento de la elección.

Por esa razón, atribuir enfado a un juez concreto añadiría una historia que los datos conjuntos dejan sin demostrar. Para conocer su decisión harían falta sus razones y las circunstancias del expediente. La observación de muchas decisiones permite formular una pregunta sobre el proceso, con un alcance diferente del relato de lo que sintió una persona.

La revisión tampoco necesita borrar toda reacción ante las consecuencias humanas. Necesita poder relacionar las razones utilizadas con aquello que se estaba decidiendo. Si una preocupación ha hecho que se examine mejor un dato pertinente, ese recorrido puede explicarse. Si la respuesta cambia junto a un acontecimiento exterior, queda por averiguar qué ha entrado en la valoración y cómo se ha relacionado con ella.

¿Por qué una entrevista puede parecer útil aunque sus respuestas sean al azar?

Los participantes tenían que estimar la nota media de otro estudiante correspondiente a un semestre concreto. Para hacer esa previsión, algunos podían entrevistarlo y otros debían trabajar con la información académica disponible. Los investigadores querían comprobar qué añadía la conversación a unos datos que ya permitían conocer parte de su trayectoria.

Jason Dana, Robyn Dawes y Nathanial Peterson publicaron el trabajo en 2013. En el primer estudio participaron setenta y seis entrevistadores de la Universidad Carnegie Mellon. Las entrevistas duraban veinte minutos y se dirigían a estudiantes que colaboraban con los investigadores. Antes de hacer el cálculo, los entrevistadores conocían también la nota media previa de la persona. Esa información ofrecía una referencia con la que contrastar cuánto ayudaba la conversación.

Una condición permitía hacer preguntas abiertas con normalidad. Otra restringía el intercambio a preguntas cerradas, que admitían una respuesta afirmativa o negativa. Dentro de esa segunda forma de preguntar, un grupo recibía respuestas sinceras durante todo el encuentro. En otro, la persona entrevistada empezaba a responder mediante una regla secreta después de la pausa que se hacía a los diez minutos. La regla utilizaba las letras de las preguntas para producir el sí o el no. Al cambiar ese procedimiento, una respuesta dejaba de depender de lo que el estudiante había vivido. El entrevistador seguía planteando preguntas sobre una persona, pero la información que recibía podía proceder de unas letras. La forma externa del intercambio permanecía reconocible aunque la relación entre las respuestas y la vida del entrevistado se hubiera roto.

Los investigadores preguntaron después a los entrevistadores si sentían que habían conocido al otro y si habían obtenido información valiosa para calcular sus notas. Las respuestas de quienes habían recibido contestaciones al azar se parecían a las de quienes habían escuchado contestaciones sinceras. El encuentro podía producir una impresión convincente sin que el entrevistador advirtiera cuánto dependía esa impresión de lo que él estaba consiguiendo enlazar.

El resultado de las previsiones ofrecía otra comprobación. En el primer estudio, utilizar la entrevista junto con los antecedentes académicos produjo cálculos menos acertados que trabajar sin ella. La conversación había añadido información, pero disponer de más material también ofrecía más ocasiones de apartarse de la referencia que daban las notas anteriores. Aquello que parecía permitir conocer mejor al estudiante podía terminar pesando en contra de una previsión más precisa.

El segundo estudio cambió parte del procedimiento y pidió a otras personas que observaran entrevistas. En él hubo participantes capaces de detectar respuestas al azar. Ese hallazgo impide convertir lo ocurrido en la afirmación de que nadie puede advertir una conversación así. La dificultad era más concreta: las impresiones formadas durante un intercambio pueden parecer informativas incluso cuando el procedimiento que las produce les quita el valor que se les atribuye.

Para juzgar la utilidad de una entrevista hace falta fijar qué se espera obtener de ella. Conocer las preguntas de una persona, aclarar sus dudas o presentarle las condiciones de un trabajo son funciones distintas de anticipar su rendimiento. Que una conversación permita cumplir alguna de esas funciones deja pendiente comprobar la otra. La confianza que acompaña al encuentro necesita una referencia distinta cuando se utiliza para hacer una previsión.

En la tarea de estos estudiantes, esa referencia eran las notas que se habían pedido calcular. Compararlas con lo previsto permitía examinar la ayuda de las respuestas después de salir de la sala. La sensación de haber entendido al otro podía seguir siendo intensa, mientras la comparación mostraba que una información anterior había permitido acercarse más al resultado. Mantener ambos registros separados dejaba visible la diferencia entre el encuentro que parecía útil y el cálculo que efectivamente lo había sido.

¿Qué prueba permite saber si una entrevista ayuda a elegir?

En Moneyball, Michael Lewis sigue elecciones de jugadores en las que una cualidad observada podía alimentar expectativas sobre otras capacidades. La comparación con las entrevistas permite atender a ese paso: qué se ha podido comprobar durante el encuentro y qué se está esperando a partir de ello.

Una entrevista puede dejar la sensación de que ya conocemos a la persona que teníamos delante. Durante la conversación hemos reunido respuestas, les hemos encontrado una relación y hemos empezado a imaginar cómo actuaría después. Esa imagen todavía necesita encontrarse con la tarea para la que se la está valorando.

La facilidad para conversar aporta información cuando la tarea exige explicar algo con claridad. Su valor cambia si se está intentando prever un trabajo diferente. Quien escucha puede necesitar una muestra de ese trabajo, conservando una pregunta precisa sobre lo que quiere observar. La conversación sigue ofreciendo un encuentro con la persona, mientras la prueba permite examinar una capacidad bajo condiciones conocidas.

Parte de la evaluación Ruido Moneyball
Impresión que aparece Las respuestas pueden formar una explicación convincente. Una cualidad visible puede sostener expectativas sobre otras.
Pregunta sobre la prueba ¿Lo observado ayuda a prever el resultado buscado? ¿Qué actuación respalda la capacidad que se espera?
Lo que sigue abierto La relación entre una conversación satisfactoria y el trabajo posterior. La adaptación de las capacidades observadas a nuevas exigencias.

Para comparar dos encuentros conviene saber también qué oportunidad tuvo cada persona de mostrar esa capacidad. Una pregunta distinta o una ayuda adicional pueden cambiar lo que llega a verse. Conservar esas condiciones permite examinar después si la diferencia procede del trabajo realizado o de la manera en que se preparó la prueba.

La revisión del resultado necesitará volver sobre aquella preparación. Si la persona desempeña bien la tarea, todavía habrá que averiguar qué parte de la evaluación permitió anticiparlo. Una conversación agradable puede haber acompañado a una buena elección sin haber sido la información que la sostuvo.

¿Cómo se conserva el trato con las personas al preparar una prueba común?

Marta y Teresa buscan a alguien que las ayude a atender el préstamo en la biblioteca de su asociación. En esta conversación imaginada revisan sus entrevistas con Isabel y Ana, que se desarrollaron de formas distintas.

—Con Isabel pude hablar enseguida de los lectores —dice Marta—. Me imagino que atendería bien a quien venga a preguntar.

—Ana habló menos, aunque encontró las fichas que le enseñé. Quiero comprobar cómo se las arreglan las dos con una devolución.

—También tendrán que hablar con personas que necesitan ayuda. Si miramos solo las fichas, dejaremos fuera esa parte.

—También tendremos que mirar cómo hablan con los lectores. Lo que me cuesta es comparar, porque a Isabel le contaste cómo buscamos un libro y a Ana le pedí que lo encontrara.

—Isabel me preguntó por el orden de las estanterías. Terminé explicándoselo antes de pedirle nada.

—Entonces podríamos explicarles a las dos cómo funciona el préstamo y pedirles después el mismo trabajo. También podemos plantearles la misma consulta de un lector.

—Me preocupa que eso suene a examen. Isabel vino a conversar sobre el puesto.

—Tendremos que explicarlo antes de que vuelvan. Yo también quiero ver cómo ayudan a una persona, pero necesito darles la misma ocasión de hacerlo.

—Prepararé una devolución y una consulta que podamos utilizar con las dos. Antes de citarlas, quiero que revisemos cuánto vamos a explicarles.

—Y qué vamos a observar en cada parte. Así podremos apuntarlo sin decidirlo mientras responde la primera.

¿Cómo cambia lo que elegimos al ver lo que han elegido otros?

En un mercado musical preparado por unos investigadores, los oyentes podían escuchar canciones y decidir si querían descargarlas. Los temas procedían de grupos desconocidos para ellos. La página permitía observar cómo iban eligiendo cuando todavía faltaba una historia de popularidad que señalara qué canciones eran las favoritas.

Matthew Salganik, Peter Dodds y Duncan Watts reunieron más de catorce mil participantes y ofrecieron cuarenta y ocho canciones. Una parte de las personas elegía sin conocer las descargas de las demás. Otras podían consultar esa información. Dentro de esta segunda condición, los investigadores separaron a los participantes en ocho grupos, a los que llamaron mundos. Cada mundo reunía su propio historial de elecciones.

La separación permitía que una misma canción tuviera varios recorridos. En todos esos mundos estaba disponible el mismo material, pero las decisiones de un grupo permanecían ocultas para los otros. Una descarga incrementaba la cuenta de su mundo y modificaba lo que vería el siguiente visitante de ese grupo. El experimento podía comparar después las posiciones alcanzadas por cada canción sin confundirlas con una sola historia.

Al mostrar las elecciones anteriores, los temas populares tendían a concentrar una parte mayor de las descargas. También aumentaban las diferencias entre los resultados de los distintos mundos. Cuando la presentación de la página daba más relieve a la popularidad, esas diferencias se hacían mayores. El éxito empezaba a depender de un recorrido que podía separar a las canciones incluso cuando se conservaban las mismas opciones disponibles.

La preferencia por la canción seguía teniendo peso. Los investigadores tomaron como referencia las descargas de quienes elegían sin ver las elecciones de otros. Los temas más descargados en esa condición rara vez acababan entre los que peor funcionaban en los demás grupos. Los menos descargados también tenían dificultades para llegar muy arriba. Entre ambos extremos quedaba un margen amplio para resultados diferentes. El experimento permitía reconocer ese margen sin afirmar que cualquier canción pudiera ocupar con igual facilidad cualquier posición.

Daniel Kahneman vuelve sobre este trabajo en una conversación acerca de la variación en los juicios. Las listas separadas permiten comprender por qué conocer el desenlace puede ocultar las posibilidades que había al principio. Después de que una canción tenga éxito, su posición está disponible para explicar por qué merecía alcanzarla. Mientras las descargas se estaban reuniendo, esa posición todavía dependía de elecciones que podían haber seguido otro recorrido.

Los investigadores podían contrastarlo porque disponían de varias historias del mismo material. En un mercado ordinario suele quedar a la vista una sola. El tema que ocupa los primeros puestos parece haber llegado allí siguiendo el único camino que podía recorrer. Recuperar las condiciones de sus primeras escuchas requiere recordar que los nuevos oyentes también recibieron las preferencias de quienes habían llegado antes.

La información de popularidad puede cumplir además una función útil para quien busca música. Entre muchas canciones, conocer qué han elegido otras personas puede orientarlo hacia algo que después disfrute. El problema aparece al dar a esa orientación un significado más amplio del que permite. Que muchas personas hayan descargado un tema habla de lo ocurrido en un recorrido concreto, sin medir de forma separada cuánto corresponde a sus cualidades y cuánto a la atención que esa misma popularidad le ayudó a reunir.

Por eso, comparar las listas exigía conservar también la condición en que se habían producido las elecciones. Los oyentes que trabajaban sin ver descargas permitían obtener una referencia distinta de los que sí las veían. A partir de esa diferencia podía estudiarse lo que añadía la información social. Las canciones seguían sonando igual mientras cambiaba lo que el visitante sabía de ellas antes de elegir.

¿Qué nos dice la popularidad sobre lo que otras personas han elegido?

El recuento de descargas indica cuántas personas han elegido una canción. Quien lo consulta recibe una señal sobre la atención que ha despertado una canción, antes de haber formado necesariamente su propia opinión. Esa señal puede llevarlo a escucharla y darle una oportunidad que otra canción todavía sigue esperando.

Las personas que descargaron una canción pueden haber encontrado en ella cualidades diferentes. También pudieron llegar a escucharla porque el recuento ya señalaba que otros la habían elegido. El atractivo de la música y esa ayuda anterior pueden reunirse en una misma descarga. La cifra final conserva ambas posibilidades sin decir qué peso tuvo cada una.

Robert Cialdini explica en Influencia la prueba social, la orientación que encontramos al conocer la conducta de otras personas. Al relacionarla con el experimento musical aparece una separación necesaria: saber que muchos han elegido algo y conocer por qué lo han elegido.

Qué información aporta la conducta ajena Ruido Influencia
Señal visible El recuento acompaña la elección musical de quienes llegan después. Saber qué hacen otros ofrece una orientación para actuar.
Pregunta que sigue abierta Qué parte del resultado depende de la canción y qué parte del recorrido social. Por qué esa referencia resulta útil para quien la recibe.
Distinción que conviene conservar Popularidad alcanzada y valoración independiente de lo escuchado. Conducta compartida y razones de cada participante.

Consultar una elección ajena también puede ahorrar una búsqueda. El problema aparece al utilizar esa ayuda como si contuviera todas las razones que necesitamos. Para recomendar una canción a alguien interesa conocer su gusto, mientras el total de descargas reúne a personas que pueden haber buscado cosas diferentes. Para utilizar ese recuento como recomendación, todavía hace falta saber cuánto se parecen los gustos de quienes descargaron la canción a los de la persona que va a escucharla.

La separación resulta más clara cuando se conserva una valoración previa a conocer el recuento. Entonces puede compararse lo que una persona pensó al escuchar con lo que hizo después de recibir la señal social. Cada registro guarda un momento distinto y permite investigar el recorrido sin tratar la preferencia individual como una respuesta que deba coincidir con la mayoría.

¿Cómo se prepara una valoración más constante?

¿Cómo ayudó una revisión común a valorar a los recién nacidos?

Virginia Apgar encontraba dificultades para comparar las descripciones que se hacían de los recién nacidos. Decir que un bebé se encontraba más o menos afectado podía reunir observaciones diferentes según quién lo describiera. Mientras cada persona decidiera por su cuenta qué significaba esa palabra, resultaría difícil saber si los informes hablaban del mismo estado del niño.

En 1953 publicó una propuesta para valorar de forma común lo que podía observarse después del nacimiento. La finalidad inicial incluía comparar los resultados de distintas prácticas de atención. Para hacerlo, necesitaba que la clasificación mantuviera una relación clara con las señales que habían llevado a ella. En vez de pedir solo una impresión del conjunto, definió cinco aspectos que podían revisarse sin interrumpir los cuidados.

Apgar observaba la frecuencia con la que latía el corazón y el esfuerzo con el que respiraba el bebé. También se observaba su respuesta a lo que se le hacía durante los cuidados. En su informe de 1953, Apgar describía reacciones como hacer una mueca, estornudar o toser. Aquellas respuestas permitían describir cómo reaccionaba el niño ante algo que llegaba de fuera.

Otra señal era el tono de los músculos, que se apreciaba en la manera de mantener y mover el cuerpo. Un bebé completamente flojo ofrecía una señal distinta del que doblaba por sí mismo los brazos y las piernas. El color de la piel completaba la revisión de las cinco señales. Cada una recibía cero, uno o dos puntos, según las condiciones establecidas, y las cinco valoraciones se reunían en una suma de hasta diez. El número final conservaba detrás varias observaciones que podían examinarse por separado.

La propuesta original fijaba la revisión a los sesenta segundos del nacimiento. Ese momento compartido importaba porque el estado del niño podía cambiar mientras pasaban los minutos. Si un observador describía lo ocurrido antes y otro lo que sucedía después, una diferencia entre ambos registros podía proceder del cambio en el bebé. Indicar cuándo se había hecho cada observación permitía distinguir esa posibilidad de una diferencia entre las maneras de mirar.

El procedimiento tampoco convertía todas las señales en algo igual de fácil de valorar. Apgar señaló que el color había provocado más discusión entre los observadores. Esa dificultad formaba parte de su propio informe. Definir varios aspectos ayudaba a localizar dónde seguían apareciendo dudas, en lugar de reunirlas dentro de una única impresión que resultara imposible revisar por partes.

Cass Sunstein utiliza esta propuesta al explicar las guías de valoración en una entrevista sobre el juicio humano. Unas observaciones definidas de antemano pueden acercar lo que examinan varias personas. El trabajo empieza antes de sumar los puntos, cuando se decide qué se va a mirar y qué significa lo que se encuentra. Una cifra común al final ofrece poca ayuda si cada observador ha seguido un camino diferente para obtenerla.

La atención al bebé seguía siendo una tarea más amplia que aquella clasificación. El profesional podía reunir otros datos y observar su evolución. La puntuación ofrecía una descripción de unas señales en un momento, con un propósito concreto de comparación. Atribuirle capacidad para resolver por sí sola todas las preguntas sobre la salud del niño le pediría algo distinto de lo que aquellas observaciones permitían establecer.

Al estudiar una diferencia entre dos registros, conviene conservar los componentes y las condiciones de ambos. Puede haber cambiado la respiración del bebé, puede haberse observado en otro momento o puede haberse interpretado de manera diferente la misma señal. La suma deja esas posibilidades juntas. Volver a cada observación permite separarlas y averiguar qué ocurrió antes de utilizar la diferencia para juzgar la atención recibida.

La persona que recibe un registro necesita poder reconocer a qué niño corresponde, cuándo se hizo y qué se encontró. A partir de esos datos puede seguir observando y tomar las decisiones que correspondan a su tarea. La primera valoración permanece disponible como una descripción situada, junto a lo que se haya sabido del bebé después.

¿Por qué conviene valorar cada aspecto antes de juzgar a una persona?

Los entrevistadores del ejército israelí tenían que prever cómo se desenvolverían los jóvenes a los que entrevistaban. La conversación les permitía formarse una impresión del recluta y terminar con una valoración de conjunto. Al comprobar el desempeño posterior, aquella seguridad resultaba mucho menos útil de lo que los propios entrevistadores esperaban.

En 1956, Daniel Kahneman recibió el encargo de preparar otro sistema. Organizó la recogida de información alrededor de seis aspectos, entre los que figuraban la puntualidad, la sociabilidad y el sentido del deber. Cada uno debía valorarse a partir de preguntas sobre hechos. El entrevistador registraba la puntuación de un aspecto antes de continuar con el siguiente, manteniendo separadas las partes de la evaluación.

Ese orden modificaba la tarea. Preguntar por hechos relacionados con una cualidad obligaba a buscar información que pudiera sostenerla. La facilidad de un recluta para conversar podía producir una buena impresión y, al mismo tiempo, dejar pendiente saber cómo cumplía sus obligaciones. Si ambas cosas se reunían demasiado pronto en una sola valoración, el agrado que producía una podía ocupar el lugar de la información que todavía faltaba sobre la otra. Con las puntuaciones separadas, esa falta podía seguir viéndose. Una cualidad bien valorada y otra que ofrecía dudas podían quedar juntas en el perfil del mismo joven. El entrevistador necesitaba completar las preguntas correspondientes antes de reunir su impresión final. La información dejaba de depender únicamente de lo que recordara de la conversación cuando ya había decidido qué pensaba del recluta.

Los profesionales que estaban acostumbrados al sistema anterior se resistieron. Querían utilizar su intuición y sentían que la nueva manera de preguntar les quitaba una parte del trabajo que valoraban. Kahneman aceptó que añadieran una impresión intuitiva, con la condición de hacerlo después de terminar las seis valoraciones. La opinión de conjunto conservaba su lugar, pero llegaba cuando ya se había reunido y registrado la información por partes.

En su conversación con Ben Newell sobre la toma de decisiones, Kahneman relata que, meses después, se pudieron comparar las previsiones con los resultados. El sistema estructurado funcionó mejor que el anterior. La impresión intuitiva recogida al final también aportó información útil junto a las puntuaciones. A partir de esa experiencia, el autor defiende dejar el juicio general para después de preparar el perfil que permitirá sostenerlo.

La comprobación posterior hacía una pregunta distinta de la que podía hacerse al salir de la entrevista. El entrevistador podía sentir que había conocido al joven y recordar respuestas convincentes. Para evaluar el sistema hacía falta observar cómo se relacionaban aquellas previsiones con el desempeño que llegaba después. Un procedimiento podía resultar agradable para quien lo aplicaba y seguir ayudando poco a anticipar lo que se le había encargado prever.

La experiencia pertenece a una selección militar y a unas condiciones históricas concretas. Entre los seis aspectos había incluso una denominación de orgullo masculino propia de aquel contexto. Trasladar la manera de organizar la evaluación a otra tarea exige decidir qué cualidades tienen relación con ella y qué hechos permiten examinarlas. Copiar las seis etiquetas conservaría el formulario mientras podría perderse el vínculo con el trabajo que una nueva persona tuviera que hacer.

El registro por partes también permite revisar una previsión cuando llega información posterior. Si alguien responde bien en una tarea que se había valorado con dudas, conviene volver a las preguntas y a los indicios utilizados. Puede haber faltado información, puede haberse dado demasiado peso a un hecho o puede haber cambiado la persona. Mantener accesible lo que se esperaba de cada aspecto permite examinar esas posibilidades sin reemplazar toda la entrevista por la impresión que produce el resultado final.

¿Por qué una valoración desigual puede describir mejor a una persona?

Kahneman relata en Pensar rápido, pensar despacio un cambio en su manera de corregir exámenes: pasó a evaluar cada pregunta por separado. Al reducir el peso de las respuestas anteriores, las notas de un alumno podían parecer menos uniformes. Esa desigualdad permitía conservar diferencias entre sus respuestas.

Una persona puede resolver bien una parte del trabajo y necesitar ayuda en otra. Cada capacidad aparece durante acciones distintas, de modo que una valoración que conserve esas diferencias permite entender mejor qué está haciendo. La impresión de conjunto llega después, cuando ya existen observaciones con las que examinarla.

Qué diferencia estamos observando Ruido Pensar rápido, pensar despacio
Entre evaluaciones del mismo aspecto Interesa averiguar qué justifica la separación. Una impresión previa puede orientar la lectura siguiente.
Entre aspectos de una persona Cada capacidad necesita sostenerse en su propia observación. Las respuestas de un alumno pueden merecer notas diferentes.
Qué conserva el registro La razón de cada valoración antes de reunirlas. El contenido de cada respuesta frente a la impresión del conjunto.

La constancia que se busca entre evaluadores de una misma capacidad puede convivir con puntuaciones distintas entre capacidades. Se está comparando algo diferente en cada caso. Pedir que todas las notas de una persona se parezcan introduciría una exigencia que podría ocultar parte de su trabajo.

Una nota distinta puede abrir una pregunta útil. Si está apoyada en una observación pertinente, ayuda a identificar qué trabajo requeriría atención. Si carece de ese apoyo, la separación necesita revisarse. El hecho de que difiera del resto permite localizar algo que examinar, mientras la explicación permite decidir qué significado darle.

El perfil resultante puede ser menos fácil de resumir en una sola palabra. Para quien necesita conocer a la persona, sin embargo, conserva una información más precisa: en qué se ha visto una capacidad, bajo qué condiciones y qué parte del trabajo continúa sin comprobarse. La valoración global tendrá que hacerse cargo de esas diferencias, en lugar de repartir su misma impresión por todas las casillas.

¿Por qué decir que alguien trabaja bien puede significar cosas distintas?

Una escala de evaluación necesita que quienes la utilizan sepan qué están midiendo. Escribir un cuatro en la casilla del trabajo de una persona permite guardar una nota, pero el número por sí solo deja pendiente qué ha tenido que hacer esa persona para merecerlo. Al comparar su evaluación con otra, esa información será necesaria para saber si se ha valorado el mismo trabajo con el mismo criterio.

La dificultad permanece cuando la escala acompaña el número con una palabra. Bueno y excelente pueden parecer fáciles de entender durante la conversación y recibir usos distintos al evaluar. Un responsable puede llamar excelente a un trabajo que otro considera correcto. Si ambos han observado actuaciones parecidas, la diferencia entre las notas empieza a describir también la manera de puntuar de cada responsable. Después, cuando las evaluaciones se reúnen, el trabajador recibe el resultado de esa mezcla.

Olivier Sibony propone acercar las referencias de los evaluadores mediante comparaciones relativas. En su explicación sobre las escalas de evaluación, parte de una condición: quienes comparan deben conocer a las personas cuyo trabajo están valorando. Así pueden discutir si una capacidad observada está por encima o por debajo de otra que ambos conocen. La conversación deja de depender únicamente dlo que cada uno haya entendido por esa palabra.

Para que esa comparación ayude, el aspecto examinado debe mantenerse reconocible. La capacidad para resolver una tarea técnica y la capacidad para relacionarse con compañeros requieren observaciones diferentes. Una persona puede destacar en la primera y encontrar dificultades en la segunda. Si se la utiliza como referencia de una sola de ellas, conviene conservar qué actuaciones permiten compararla allí. Su buena reputación general puede acompañarla, pero sigue haciendo falta estudiar el trabajo que corresponde a la casilla.

El marco de comparación también cambia el significado de la nota. Situar a alguien entre los mejores de un grupo exige saber qué grupo se ha tomado. Un puesto alto dentro de un conjunto con poca experiencia puede corresponder a un nivel distinto del que se necesita entre profesionales experimentados. Cambiar silenciosamente de grupo altera la referencia mientras la cifra sigue pareciendo la misma. Para el trabajador, el resultado puede convertirse en una diferencia difícil de explicar si solo llega a conocer su nota final. En un artículo firmado con Daniel Kahneman y Dan Lovallo, Sibony desarrolla además el uso de percentiles, una forma de expresar la posición de una valoración dentro de un conjunto. El número permite situar cuánto queda por debajo en la comparación. Antes de usarlo hay que acordar quiénes forman ese conjunto y qué aspecto se está ordenando. La apariencia precisa de un número conserva la misma dificultad de las palabras cuando cada evaluador está pensando en un grupo distinto. Compartir la referencia permite comprobar qué posición se está asignando y frente a quién.

Una clasificación así necesita cuidado al interpretarla. La posición cuenta algo sobre el lugar dentro del grupo y deja pendiente cuánto sabe hacer cada persona. Todos los trabajadores de un conjunto podrían mejorar y conservar el mismo orden entre ellos. También podría existir una diferencia muy pequeña entre dos posiciones seguidas. Utilizar el puesto como si explicara por sí solo la distancia entre los trabajos daría a la clasificación una información que todavía habría que buscar en las actuaciones observadas.

Esa diferencia permite separar la comparación de la obligación de repartir las notas. Si se exige que siempre haya un número fijado de resultados bajos, puede quedar alguien situado en ellos aunque haya realizado adecuadamente la tarea que se le pedía. Para conocer su trabajo hay que volver a las condiciones y a lo que hizo, conservando la posición como una parte de la evaluación. La necesidad de ordenar a las personas deja abierta la pregunta sobre el nivel que alcanzan.

El desacuerdo entre evaluadores sigue siendo posible después de compartir referencias. Puede señalar una observación que uno conoce y el otro todavía tiene que examinar. Conservar ese dato permite revisar la nota sin tratar toda diferencia como un fallo de quien la puso. El trabajador podrá ser comparado en el aspecto correspondiente, con un grupo reconocible y con actuaciones a las que se puede regresar cuando la valoración influya en el trato que recibe.

¿Qué se gana al dejar la valoración final para el final?

Al estudiar la compra de una empresa, las personas encargadas del examen van reuniendo información sobre partes diferentes del negocio. Cada una de esas partes puede ofrecer razones para seguir adelante o una dificultad que obligue a revisar las condiciones. La decisión de comprar reunirá después esas valoraciones en un compromiso de dinero, aunque durante el estudio hayan aparecido en momentos distintos.

Una ventaja conocida al principio puede orientar la lectura de lo que llega después. Si el negocio parece especialmente atractivo por sus ingresos, las obligaciones pendientes pueden empezar a estudiarse como dificultades que habrá que resolver para realizar la compra. Sigue existiendo la posibilidad de rechazarla, pero el trabajo puede ir desplazándose hacia cómo conseguir que salga. El precio y los compromisos que se asumirían necesitan atención mientras esa primera preferencia todavía puede revisarse.

El protocolo de evaluaciones intermedias prepara por separado los aspectos necesarios para decidir. Daniel Kahneman lo vincula a Ruido en su conversación con la Universidad de Nueva Gales del Sur. Su función consiste en construir una valoración de las partes antes de resolver qué se piensa del conjunto. Ese orden da a cada aspecto una oportunidad de ser examinado por sus propios apoyos, cuando todavía falta la conclusión general.

La preparación empieza escogiendo qué aspectos hacen falta. Un examen de las ventas necesita información distinta del que busca obligaciones ocultas. La calidad del equipo que dirige la empresa abre otras preguntas sobre el trabajo que podrá continuar después de la compra. Elegir esos aspectos requiere conocer qué se está decidiendo y qué compromisos traerá la elección. Una lista copiada de otra operación puede dejar fuera una dificultad propia de la empresa que ahora se está estudiando. Cada valoración debe conservar la relación con la información de su aspecto. Una cifra favorable sobre los ingresos aporta razones para valorar los ingresos. Trasladar esa impresión a la capacidad del equipo directivo dejaría pendiente el examen de las personas, aunque al terminar aparecieran dos notas altas. La separación busca que cada una pueda justificarse con los datos que le corresponden. Si una misma información afecta de verdad a dos aspectos, hará falta explicar esa relación para evitar contar dos veces una ventaja como si se hubieran encontrado dos apoyos distintos.

Al discutir los resultados, el grupo puede revisar primero cada valoración y las razones que la sostienen. Una diferencia entre dos evaluadores permite volver al dato que han interpretado de manera distinta. Para resolverla pueden necesitar una aclaración o una comprobación adicional. Mantener abierta esa revisión antes de defender la compra entera permite que la dificultad se examine sin exigirle todavía a quien la señala una postura favorable o contraria sobre toda la operación.

Después se reúne el perfil completo, con las valoraciones de las partes visibles a la vez. Perfil significa aquí ese conjunto de resultados, conservando sus diferencias. La decisión final necesita estudiar cómo se relacionan: una ventaja puede justificar un coste que de otro modo sería excesivo, mientras una obligación puede impedir aprovechar los ingresos esperados. Sumar notas y dividirlas por el número de aspectos ocultaría esas relaciones si se tratara como equivalente lo que tiene consecuencias diferentes para la compra.

Los autores mantienen espacio para el juicio final. La experiencia puede ayudar a reconocer una relación que las valoraciones separadas dejan pendiente, siempre que llegue después de haberlas examinado. También admiten que un hallazgo decisivo detenga el trabajo antes de completar el resto. Una condición que vuelve inviable la operación puede hacer innecesario seguir puntuando ventajas que ya sería imposible recibir. La preparación conserva su utilidad mientras responde a la decisión, evitando convertirse en una sucesión de casillas que haya que completar por obligación.

El procedimiento permite además revisar decisiones repetidas. Cuando se conocen resultados posteriores, se puede regresar a lo que se había previsto en cada aspecto y estudiar dónde se acertó o qué información faltó. Una compra que acaba mal puede reunir una previsión deficiente, una dificultad conocida que se aceptó y un acontecimiento que entonces resultaba imposible prever. Conservar las valoraciones permite investigar esas posibilidades sin atribuirle todo al recuerdo de que la operación parecía buena o mala.

En una entrevista de 2022, Kahneman reconoció que parte de estas pautas para preparar las valoraciones todavía requería pruebas directas. La estructura ofrece una manera de proteger información y ordenar el examen, conservando incertidumbre sobre el efecto de aplicarla en cada situación. Quienes aprueban la compra siguen teniendo que responder por el dinero comprometido y por los costes que deciden asumir. El perfil les permite regresar a las razones disponibles cuando dieron esa aprobación, junto a las condiciones que todavía quedaban pendientes de comprobar.

¿Cuándo conviene revisar el criterio con el que vamos a elegir?

Un criterio puede estar escrito con claridad y dejar fuera una parte necesaria del trabajo. Aplicarlo de la misma manera permite comparar las opciones. Pero primero hay que comprobar si esa condición recoge una capacidad necesaria para el trabajo que se está valorando.

La dificultad aparece cuando una preferencia ya ha comenzado a formarse. Cambiar entonces un criterio puede permitir corregir una falta real, pero también puede acercar el procedimiento a la opción que más nos gusta. Para distinguir ambos recorridos hace falta explicar qué se ha descubierto y por qué esa información afecta a la finalidad de la elección.

Piénsalo otra vez, de Adam Grant, propone precisar qué prueba haría cambiar una idea. Al relacionar esa disposición con una evaluación preparada por partes, también puede ponerse a prueba el criterio antes de convertir las puntuaciones en una decisión final.

Momento de la revisión Ruido Piénsalo otra vez
Antes de comparar Se prepara qué se examinará en cada parte. Se precisa qué evidencia podría modificar una idea.
Al aparecer una dificultad Se identifica qué criterio resulta insuficiente y por qué. Se contrasta la hipótesis con la prueba encontrada.
Después de modificarlo Se vuelve a valorar con la condición revisada de manera comparable. Se explica qué parte de la conclusión cambia y con qué apoyo.

Conservar la versión anterior del criterio permite comprender el cambio. La revisión puede mostrar que pedía una información imposible de observar o que reunía trabajos diferentes bajo una misma palabra. Una vez identificada la dificultad, habrá que comprobar a qué valoraciones alcanza. Aplicar la condición nueva solo a las opciones que todavía quedan por examinar dejaría dos formas de elegir dentro del mismo proceso.

Volver sobre lo ya valorado exige tiempo. Ese trabajo forma parte del cambio, porque las puntuaciones anteriores siguen dependiendo de la condición retirada. La decisión final tendrá que esperar a que las opciones afectadas puedan leerse con la misma referencia. Mientras tanto, el registro conserva tanto la razón de la modificación como el trabajo que sigue pendiente.

¿Cómo se comprueba lo que una decisión deja fuera?

¿Cómo se estudia una decisión cuando falta el resultado de la otra opción?

Los registros judiciales permiten seguir lo que ocurrió con las personas que esperaron su juicio en libertad. Conservan, entre otros resultados, si regresaron al tribunal cuando se les pidió. Ese dato ayuda a revisar la previsión que había permitido dejarlas salir, porque muestra una conducta que el juez tuvo que estimar antes de conocerla.

El estudio de Jon Kleinberg y sus compañeros se encontraba con otra parte del registro. Había personas que habían esperado dentro de la cárcel. Durante ese encierro su conducta había quedado sometida a una condición distinta, de modo que faltaba observar si habrían regresado voluntariamente estando fuera. La decisión sobre dónde esperaban había cambiado también la información disponible para revisar después esa misma decisión.

La investigación comparaba juicios humanos con previsiones obtenidas mediante un programa que buscaba relaciones en los datos. El programa utilizaba información disponible al decidir, como los antecedentes registrados, para estimar el riesgo de que faltara a una comparecencia. Se trataba de una decisión previa al juicio. La culpabilidad por la acusación seguía pendiente, y prever una conducta durante la espera respondía a una pregunta diferente de decidir qué castigo merecería alguien si resultaba condenado.

La dificultad de los resultados ausentes hacía insuficiente una comparación directa entre todos los expedientes. Entre las personas liberadas podían contarse los resultados conocidos y comprobarse qué previsiones se acercaban a ellos. Al intentar hacer lo mismo con quienes seguían presos, aparecía un hueco. Rellenarlo suponiendo que se habrían comportado como los liberados exigía aceptar que las razones de la selección previa dejaban de producir diferencias entre ambos grupos. Esa era precisamente una de las cosas que había que investigar. También habría sido posible construir un programa para repetir las decisiones de los jueces. Aprendería qué características acompañaban con mayor frecuencia al encierro y podría utilizar ese aprendizaje en otro expediente. Pero acertar al reproducir una decisión anterior permite conocer la decisión que solía tomarse. La pregunta sobre su necesidad sigue abierta. Para responderla hace falta distinguir el pronóstico de lo que haría la persona y la elección de mantenerla dentro, conservando las consecuencias de equivocarse en cada dirección.

Los investigadores aprovecharon el reparto de casos entre jueces con distintas tendencias a liberar. Cuando la asignación se aproxima al azar, las diferencias entre grupos pueden estudiarse con menos riesgo de que cada juez haya recibido deliberadamente acusados de un tipo distinto. Los jueces más propensos a liberar permiten observar resultados de personas que con otro juez podrían haber permanecido presas. Esa información ayuda a investigar qué habría ocurrido al ampliar el grupo que espera fuera. La comparación necesita las condiciones del reparto y los controles del estudio para sostenerse.

A partir de esos datos se pueden examinar reglas alternativas de selección. Una simulación estudia qué resultados cabría esperar al elegir de otra manera, manteniendo explícito el objetivo con el que se compara. Sus cifras pertenecen a ese trabajo sobre registros y supuestos. Llevar una regla a otros juzgados exigiría comprobar si los datos, las circunstancias y la manera de aplicarla permiten esperar resultados parecidos. Una posibilidad estimada en el estudio sigue siendo distinta de una reducción ya conseguida mediante su uso.

La conversación de Cass Sunstein sobre estas comparaciones mantiene otra distinción necesaria: un procedimiento constante puede conservar otros errores. Dar siempre la misma respuesta al mismo expediente reduce una forma de variación, pero deja por comprobar si esa respuesta es adecuada. También hace falta examinar qué objetivo se ha pedido al programa y qué consecuencias quedan fuera de la medida escogida. Una previsión útil sobre comparecer ante el tribunal aporta una parte de la decisión sobre la libertad, con condiciones que deben seguir siendo reconocibles.

El resultado ausente continúa siendo una limitación sobre cada individuo. La conducta de grupos comparables puede ayudar a estimar un riesgo, mientras sigue faltando observar las dos opciones en una misma persona durante el mismo periodo. Para quien espera el juicio, ese periodo se vive una sola vez. La investigación puede mejorar el examen de decisiones posteriores, pero la revisión de su expediente tiene que conservar qué se conocía, qué se estimaba y qué quedó sin observar porque había permanecido encerrado.

¿Qué diferencia hay entre un futuro incierto y un resultado que falta?

De quien permaneció en prisión podemos conocer lo que ocurrió dentro. Sigue faltando lo que habría hecho en libertad durante ese mismo periodo. Los datos describen lo que sucedió bajo la decisión tomada, mientras la otra posibilidad continúa siendo una pregunta.

Nassim Nicholas Taleb examina en El cisne negro los límites de aprender del pasado para anticipar acontecimientos fuera de lo esperado. La comparación permite distinguir esa dificultad de otra que aparece al estudiar decisiones ya tomadas: puede faltar el resultado necesario para evaluar la opción que quedó apartada.

En ambos problemas conviene precisar qué es lo que desconocemos. Una previsión sobre el futuro necesita atender a lo que puede quedar fuera de la experiencia disponible. La revisión de una decisión anterior necesita saber también qué resultados llegaron a observarse y bajo qué decisión. Añadir registros del mismo tipo puede ampliar la información sobre lo ocurrido sin mostrar todavía el resultado que falta.

Qué queda por conocer Ruido El cisne negro
Información ausente La conducta que habría seguido a una decisión distinta. Acontecimientos que la experiencia utilizada puede dejar fuera.
Límite del historial Conserva resultados de las opciones que sí se llevaron a cabo. Los hechos conocidos pueden ofrecer una imagen incompleta de lo posible.
Cuidado al comparar Distinguir lo observado de lo estimado para la alternativa. Conservar incertidumbre sobre lo que todavía puede ocurrir.

Si un modelo estima lo que habría ocurrido con la opción descartada, estamos comparando un resultado observado con uno calculado. La cifra calculada conserva su condición de estimación y necesita una justificación. Para examinarla hará falta saber qué información se ha utilizado y qué comprobaciones permiten confiar en el cálculo. El resultado que falta sigue siendo distinto de los datos que llegaron a observarse.

La misma precaución alcanza al resultado favorable. Que algo haya terminado bien permite describir un desenlace, mientras la calidad de la elección requiere volver a la información que existía al tomarla. La opción descartada permanece fuera de ese desenlace. Para estudiarla habrá que explicar qué comparación permite aproximarse a ella y qué parte continúa sin observarse.

¿Qué puede mostrar una revisión de las pruebas médicas que se piden?

Pedir una prueba médica abre la posibilidad de encontrar un problema que antes seguía pendiente de comprobar. El resultado que se obtiene después aparece en el historial y puede ayudar a continuar la atención. La decisión de pedirla llega antes de disponer de ese resultado, cuando el médico tiene que valorar qué información merece la pena buscar en ese paciente.

Sendhil Mullainathan y Ziad Obermeyer estudiaron esa selección en pruebas para detectar un infarto. Su trabajo anterior a la publicación de Ruido utilizaba registros del seguro médico estadounidense Medicare. El análisis incluía pruebas de esfuerzo y cateterizaciones cardíacas. Las primeras observan la respuesta del corazón cuando se aumenta su trabajo mediante ejercicio o medicación. La cateterización introduce instrumentos en las arterias del corazón para comprobar si existen obstrucciones. Los pacientes sometidos a estas pruebas dejaban información sobre lo encontrado. Otros habían sido atendidos sin pasar por ese examen, por lo que su historial ofrecía una continuación distinta.

Para revisar las decisiones, los investigadores construyeron estimaciones de riesgo a partir de los datos registrados. Un programa de aprendizaje automático busca relaciones entre muchas observaciones y las utiliza para estimar un resultado en otros casos. La valoración que produce permite preguntar por qué una decisión médica se separa de ella. Esa separación necesita investigación: el médico puede disponer de información útil que todavía falta en el registro y que el programa, por tanto, desconoce.

La información posterior del paciente ayudaba a examinar esa posibilidad. Si una persona considerada de alto riesgo seguía sin recibir la prueba, interesaba estudiar cómo evolucionaba. La ausencia de un resultado positivo en su expediente dejaba pendiente saber si se había descartado adecuadamente el problema o si se había perdido la ocasión de detectarlo. Seguir los acontecimientos posteriores permite buscar señales que el recuento inicial de pruebas habría dejado fuera. Los investigadores encontraron tanto pruebas de poco valor en pacientes de riesgo previsto bajo como pacientes de riesgo alto que habían quedado sin examinar y sufrían problemas cardíacos posteriores. El hallazgo reunía dos dificultades de selección. Un promedio de toda la actividad podía esconderlas, porque las decisiones que aportaban poca ayuda y las ocasiones perdidas se compensaban dentro de una cifra general. Para reconocerlas había que conservar a qué pacientes correspondía cada decisión y qué ocurrió después.

La diferencia cambia también el examen del ahorro. Quitar pruebas reduce el número total, pero esa reducción necesita seguirse hasta las personas afectadas. Si se retiran pruebas útiles junto a otras de poco valor, el descenso del gasto reúne consecuencias distintas. El criterio para reducir actividad tendría que reconocerlas antes de convertir toda prueba evitada en una mejora. En la misma revisión puede aparecer una necesidad de hacer menos en unos casos y de buscar una información que faltó en otros.

Para comprobar el funcionamiento del programa, los investigadores separaron los datos con los que lo preparaban de los que utilizarían después para evaluarlo. Esa separación evita confundir la capacidad de reconocer casos ya estudiados con la de estimar un resultado que todavía se desconoce. Si un paciente había acudido varias veces, sus visitas se conservaban en un mismo grupo. Repartirlas entre ambos habría permitido que el programa encontrara durante la evaluación a una persona de la que ya había recibido información al aprender. La comprobación buscaba estimaciones hechas en visitas apartadas de aquel aprendizaje, cuyos resultados permitían revisar hasta dónde funcionaban las relaciones que el programa había encontrado.

Sunstein se refiere a este trabajo en su explicación de las ayudas estadísticas al juicio médico. La comparación permite estudiar cómo se decide a quién examinar. Convertirla en una instrucción clínica general perdería las condiciones de la investigación y la información que requiere cada paciente. Los resultados procedían de un análisis de registros, con personas y decisiones observadas bajo circunstancias determinadas.

Una revisión de este tipo conserva dentro del examen a quienes recibieron una prueba y a quienes siguieron sin ella. Los segundos dejan de desaparecer detrás del espacio vacío del historial. Su evolución ofrece información sobre las decisiones de selección, junto a lo encontrado en los pacientes examinados. El trabajo puede regresar así al momento en que se eligió qué buscar y en quién buscarlo, antes de que la existencia de un resultado conocido hiciera más fácil seguir a un grupo que al otro.

¿Qué conviene conservar al reducir las diferencias?

¿Por qué una misma guía puede llevar a penas diferentes?

En 2005, una sentencia del Tribunal Supremo estadounidense cambió el papel de las guías federales de sentencias. El caso Booker hizo que pasaran de un régimen obligatorio, con excepciones limitadas, a otro en el que debían ser consideradas como orientación. El cambio conservó una referencia común y amplió el margen de los jueces para fijar la pena después de examinarla.

Las guías habían surgido ante diferencias importantes en el castigo impuesto por jueces distintos. Para aplicarlas se relacionaban las características del delito y los antecedentes del acusado con un intervalo de pena. Ese intervalo ofrecía unos límites inferior y superior dentro de los que podía situarse la condena correspondiente. La referencia reducía el espacio para que cada juez empezara desde una idea personal sobre el tiempo que merecía aquel caso.

Las guías de 2005 atendían al papel que el acusado había tenido en la actividad delictiva. Para valorar si había organizado o dirigido al grupo, incluían hechos como la capacidad de dar órdenes, la intervención en la preparación del delito y la búsqueda de otras personas para que participaran. En una participación mínima, el desconocimiento del alcance de la actividad podía indicar una responsabilidad menor. Esa valoración exigía mirar lo que había hecho y sabía el acusado, junto a la actuación de otros participantes. Que solo él hubiera sido condenado dejaba abierta la posibilidad de que hubiera intervenido en un grupo, porque el examen del papel podía considerar a otros participantes sin condena.

El papel reconocido entraba en el cálculo mediante un ajuste de la puntuación del delito. Después se buscaba el intervalo de pena correspondiente a esa puntuación y a los antecedentes. Dos acusados podían llegar a intervalos distintos porque la guía había recogido diferencias entre sus actuaciones. Esa diferencia seguía un criterio común aplicado a hechos distintos. Para estudiar la variación propia de los jueces, en cambio, había que comparar casos con características semejantes y examinar qué distancia permanecía vinculada a quién tomaba la decisión.

La rigidez aparecía cuando el margen disponible impedía dar a una circunstancia pertinente el peso que el juez entendía necesario. Para el acusado, quedar colocado cerca de otra persona en una tabla podía seguir dejando diferencias relevantes sobre su propia participación en lo ocurrido.

Cass Sunstein describe esa resistencia de los jueces en su conversación sobre las guías y el juicio humano. La pretensión de atender a quien se tiene delante puede responder a una preocupación por el caso. Al mismo tiempo, la confianza en el criterio propio deja abierta la posibilidad de dar distinto peso a lo que otro juez consideraría de otra manera. La intención de individualizar el trato necesita examinarse junto a la diferencia que realmente produce.

La investigación de Crystal Yang siguió el cambio mediante registros de acusados vinculados a los jueces que les habían impuesto sentencia. Encontró un aumento de las diferencias asociadas al juez asignado después de que las guías se volvieran orientativas. Para interpretar ese resultado había que comparar casos teniendo en cuenta sus características. Dos condenas diferentes pueden corresponder a hechos diferentes. La desigualdad que se investigaba era la parte que seguía vinculada a quién decidía después de considerar los datos disponibles para comparar los casos.

Esa distinción evita convertir cualquier diferencia en una infracción del mismo tipo. Si una circunstancia admitida merece una consideración propia, una pena distinta puede responder a ella. La revisión debe poder reconocer esa circunstancia y la razón de su peso. Una variación que aparece principalmente al cambiar de juez exige otra explicación. La libertad de decidir amplía las posibilidades de atender una particularidad, mientras hace necesario comprobar cuáles de esas posibilidades se están utilizando.

Yang encontró además una intervención que precedía a la sentencia: la de los fiscales al formular las acusaciones. Los cargos presentados pueden activar penas mínimas obligatorias y limitar lo que el juez puede decidir después. Su análisis señala que la elección de esos cargos también contribuía a las diferencias. Una revisión que mirara únicamente la última decisión podría atribuir al juez todo un resultado que ya había sido condicionado en una etapa anterior.

El expediente llega así a la sentencia después de un recorrido. Para comprender una diferencia en el tiempo de cárcel hay que seguir dónde apareció la condición que la produjo. Una regla más estricta al final puede reducir un margen y dejar intacta una diferencia introducida antes. También puede desplazar la capacidad de decidir hacia quien controla los elementos que la regla va a utilizar. La constancia de la última operación necesita observarse junto a cómo se habían determinado antes los datos que utiliza.

La individualización requiere que las razones puedan ser revisadas. Quien explica una separación de la referencia común ofrece la posibilidad de comparar esa explicación con la que se utiliza ante circunstancias parecidas. Así puede estudiarse si se está atendiendo una diferencia del acusado o una preferencia del evaluador. El tiempo de condena sigue recayendo sobre una persona determinada, cuya situación necesita conservarse reconocible cuando se comparan las decisiones que otros reciben.

¿Por qué conviene recoger las opiniones antes de reunir al grupo?

Quien tiene que dar una segunda valoración de un texto puede encontrar ya la nota que ha puesto quien lo leyó primero. Recibe así una respuesta antes de haber completado su propio examen. Después será más difícil saber cuánto de su valoración procede de lo que ha encontrado y cuánto se ha acercado a la nota que vio al empezar.

Daniel Kahneman cuenta en una entrevista con Jordan Harbinger una historia sobre la lectura de textos para decidir admisiones universitarias. Dos personas examinaban cada texto y la primera dejaba una nota visible para la segunda. Un psicólogo propuso ocultarla durante la segunda lectura. Le respondieron que antes lo hacían de esa manera y habían dejado de hacerlo porque aparecía mucho desacuerdo. Kahneman cuenta el episodio según se lo habían explicado otras personas.

Hacer visible la primera nota podía acercar las respuestas. Pero el desacuerdo que se dejaba de encontrar también era información sobre el sistema. Si dos lectores valoraban de manera distinta el mismo texto, convenía saber qué estaban observando y qué criterio daba lugar a la diferencia. La coincidencia posterior a conocer una nota ajena deja esa investigación pendiente. El aspirante seguía siendo evaluado, mientras una parte de la diferencia entre lectores podía haberse vuelto menos visible.

La preparación independiente propuesta en Ruido separa dos momentos: formar una respuesta inicial y discutirla con las de otros. Para la primera parte, cada evaluador necesita el material correspondiente y tiempo para examinarlo. Registrar su valoración permite conservarla cuando empieza la conversación. El registro debe llegar antes de que circulen las respuestas, porque pedir una opinión por escrito después de haber comentado el caso puede guardar ya una opinión influida por aquella discusión.

Con esas respuestas disponibles, la reunión puede comenzar por reconocer qué necesita explicación. Una diferencia amplia permite preguntar si los evaluadores han utilizado datos distintos, si han entendido de otra manera un mismo dato o si están dando un peso diferente a la misma circunstancia. Cada posibilidad pide una revisión distinta. Añadir más opiniones sin aclarar de dónde vienen podría aumentar el número de respuestas mientras sigue faltando el paso necesario para compararlas.

El ejemplo de la persona que dirige una reunión añade otra dificultad. Su primera intervención puede convertirse en una referencia para quienes todavía tienen que hablar. Cuando las valoraciones ya están registradas, el grupo puede conocer las diferencias anteriores a esa intervención y preguntar por ellas. La persona que había llegado a otro resultado conserva un punto desde el que explicar su trabajo, sin tener que reconstruir de memoria lo que pensaba antes de escuchar al responsable. La independencia inicial deja espacio para aprender durante la conversación. Un evaluador puede encontrar un error en sus datos o reconocer una razón que antes desconocía y cambiar de opinión. Conservar su primera respuesta permite seguir ese cambio. Para revisar el trabajo del grupo interesa distinguir la duda que se resolvió mediante información nueva de la duda que simplemente dejó de aparecer después de que otros hablaran con seguridad.

La reunión necesita también diversidad en la información que recibe. Varias respuestas escritas pueden compartir un mismo origen si todos los evaluadores se han limitado a repetir un informe previo. En ese caso, el acuerdo conserva una dependencia que el número de firmas puede ocultar. Una preparación útil exige saber qué ha examinado cada persona y qué parte de la valoración está en condiciones de aportar por su propia revisión.

Kahneman insiste en la independencia de la información en su conversación sobre cómo preparar los juicios. La coincidencia entre aportaciones puede resultar útil cuando procede de exámenes que han tenido oportunidad de encontrar dificultades diferentes. También puede haber errores compartidos: varios evaluadores pueden partir del mismo dato equivocado y llegar por separado a una respuesta parecida. La preparación individual deja pendiente la comprobación del material, aunque permita conocer mejor de dónde procede cada valoración.

Cuando termina la discusión, las respuestas iniciales y sus revisiones permiten conservar el recorrido de la decisión. El grupo puede regresar a una diferencia y reconocer con qué información la resolvió. Si una cuestión siguió abierta, también puede conservarse como pendiente. El registro protege así el trabajo que cada participante había hecho antes de reunirse, junto a lo que los demás consiguieron añadir cuando pudieron compararlo.

¿Cuándo merece la pena conservar opiniones diferentes?

Un crítico de cine puede valorar una película de manera distinta a otro después de haber visto las mismas escenas. La diferencia puede encontrarse en lo que cada uno espera de la obra y en el peso que concede a sus partes. Leer ambas críticas permite conocer esas razones y decidir qué relación tienen con el gusto de quien las consulta.

Daniel Kahneman utiliza ese ejemplo al distinguir el ruido de otras diferencias de opinión. En su conversación sobre el alcance de Ruido reserva el problema para las diferencias que perjudican la tarea que se está haciendo. Los críticos de cine aportan un caso en el que pueden interesar perspectivas diferentes. La tarea que se les pide admite una mirada propia, de modo que acercar todas las notas podría quitar al lector una parte de la información que estaba buscando.

La explicación de una crítica permite seguir qué hay detrás de la nota. Un juicio sobre el ritmo de una película puede apoyarse en la duración de sus escenas y en lo que ocurre durante ellas. Otro puede conceder más peso a cómo se desarrolla un personaje. Esas diferencias se vuelven comprensibles cuando permanecen relacionadas con la obra. El lector puede preguntarse qué suele disfrutar y reconocer en cuál de las valoraciones encuentra una expectativa parecida a la suya.

Conservar una opinión propia exige todavía comprobar los hechos que la sostienen. La identidad de un personaje o el orden de una acción pertenecen a la película que se está comentando. Si una crítica los recuerda mal, esa equivocación puede revisarse sin pedir al crítico que comparta el gusto de otra persona. La explicación permite separar una diferencia de valoración de un apoyo factual que necesita corrección. Aceptar perspectivas distintas deja intacto ese trabajo sobre lo que realmente ocurre en la obra.

La variedad también puede perderse aunque sigan apareciendo muchas firmas. Si las valoraciones repiten una opinión que ya circula, el número de críticas aumenta sin ofrecer necesariamente exámenes diferentes. Para quien está eligiendo, la coincidencia da poca orientación adicional cuando descansa en las mismas razones copiadas. El valor de la pluralidad depende de las aportaciones que permite conocer, junto a la posibilidad de entender cómo se han formado.

La distinción cambia al pedir a varias personas que ocupen el mismo papel dentro de un sistema. Allí puede existir una referencia compartida que deba protegerse frente a preferencias particulares. Determinar qué diferencias son indeseadas requiere empezar por lo que se ha encargado a esas personas y por las consecuencias que reciben quienes dependen de su decisión. La existencia de una opinión propia deja de bastar como razón para dar un trato distinto cuando el trabajo exige aplicar un mismo criterio. Dentro de un grupo pueden interesar, en cambio, conocimientos diferentes sobre partes del mismo asunto. Una valoración técnica y otra sobre un aspecto distinto pueden aportar información complementaria, siempre que se conozca qué está examinando cada participante. Pedir a todos una respuesta idéntica antes de reconocer sus tareas podría hacer desaparecer precisamente la información por la que se les había reunido. El acuerdo necesita llegar después de comprender qué aporta cada examen y dónde se relacionan sus consecuencias.

También puede existir un desacuerdo sobre los objetivos. Quienes valoran un mismo asunto pueden estar intentando proteger cosas distintas, de modo que añadir datos deja pendiente esa diferencia. Para discutirla hace falta reconocer qué está dando prioridad a cada persona. Confundirla con una fluctuación de la medida llevaría a intentar corregir un instrumento cuando todavía falta acordar para qué se está utilizando.

En una crítica de cine, esa diferencia puede mantenerse visible y acompañar la decisión del lector. La reseña explica lo que ha valorado y conserva las escenas que permiten discutirlo. Quien la lee puede aceptar una observación, discrepar de su importancia y seguir buscando otra perspectiva. La película permanece como una referencia compartida sobre la que contrastar los hechos, mientras las razones del crítico permiten conocer qué mirada ha puesto sobre ella.

¿Por qué conocer las opciones puede ser insuficiente para elegir?

Elliot conservaba conocimientos sobre situaciones sociales después de un daño cerebral. Podía prever consecuencias y proponer respuestas, mientras seguía teniendo dificultades para decidir en su vida.

Cuando escuchaba a Elliot hablar de sus propias pérdidas, Damasio apenas encontraba tristeza o preocupación. Sus conversaciones con los familiares permitían comparar aquel cambio con su manera de reaccionar antes. Ese contraste forma parte del caso que recoge en El error de Descartes.

Damasio propone que las emociones ayudan a dar peso a las opciones. La preocupación ante una posible pérdida puede dirigir la atención hacia ella mientras se decide. Esa relación sigue siendo una hipótesis.

Trabajo que queda por comprender Ruido El error de Descartes
Conocer las posibilidades Comparar razones permite localizar dónde se separan dos juicios. Elliot podía comprender posibilidades sin resolver su elección.
Explicar la dificultad Unas valoraciones coincidentes dejan pendiente qué decisión se adopta. El cambio emocional acompañaba a sus dificultades.
Dar peso a una opción Una diferencia justificada necesita razones que permitan comprenderla. La hipótesis relaciona emoción y peso de opciones.

Quien tiene que decidir puede comprender todas las razones de una comparación y seguir deteniéndose ante el compromiso que vendrá después. Al escoger una posibilidad también deja fuera las ventajas de otra. Esa renuncia puede pesar aunque los datos se hayan comprendido bien. Preparar una evaluación ayuda a reconocer qué ofrece cada alternativa y dónde se separan los juicios sobre ella. Para dar el paso siguiente, la persona necesita llegar a valorar unas consecuencias lo suficiente para asumir la elección que las acompaña.

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