El arte de escuchar de Erich Fromm

El arte de escuchar

Una persona puede llevar tiempo buscando a alguien con quien hablar de lo que le duele y quedarse a medias cuando por fin lo encuentra. Quien la escucha reconoce una dificultad, cree saber por qué ocurre y empieza a explicársela. Ella entiende las razones que recibe, pero le faltaba contar la parte que más le cuesta vivir. Erich Fromm se detiene en ese desencuentro, en lo que sucede cuando el conocimiento de quien ayuda se adelanta a las palabras de quien necesita ser escuchado.

El arte de escuchar reúne reflexiones de Erich Fromm sobre su trabajo como psicoanalista, una práctica con la que buscaba comprender aspectos de la vida que una persona puede desconocer de sí misma. Escuchar exige que esa persona pueda corregir lo que se ha entendido y encontrar palabras para lo que apenas comienza a reconocer. El terapeuta aporta su formación, mientras necesita seguir aprendiendo de la vida que tiene delante. Una respuesta que parecía adecuada al principio puede cambiar al conocer un miedo, un deseo o una circunstancia que aún quedaban por contar.

La conversación continúa teniendo consecuencias cuando la persona sale de la consulta. Puede comprender mejor una dificultad y seguir necesitando ayuda para reconocer cómo aparece en sus días. Erich Fromm se pregunta qué participación tendrá en ese trabajo, qué desea cambiar y qué posibilidades encuentra para intentarlo. Rainer Funk reunió y editó estas reflexiones después de la muerte del autor, a partir de materiales que incluyen una conferencia de 1964 y un seminario impartido en Locarno en 1974. Su origen oral permite seguir las preguntas con las que Erich Fromm iba desarrollando su manera de comprender y acompañar a las personas.

Ficha técnica del libro

Campo Datos de la edición
Título El arte de escuchar
Autor Erich Fromm
Edición de referencia Edición española en papel, 1 de marzo de 2012
Editorial Ediciones Paidós
Colección Nueva Biblioteca Erich Fromm
Edición de los textos Rainer Funk
Traducción Eloy Fuente Herrero
ISBN 9788449322518
Extensión 224 páginas
Tema Escucha, comprensión de la experiencia personal, relación terapéutica, conocimiento de uno mismo y participación en el cambio
Materias Psicología, psicoanálisis, escucha, atención, concentración, empatía, comunicación, relaciones humanas, autoconocimiento, inconsciente, pensamiento crítico, autonomía, libertad, responsabilidad personal, cambio, confianza, comprensión, resistencia, sueños y carácter
Enlace de compra https://link.amazon/B0aMnWSxa

¿Qué necesitamos para escuchar a otra persona?

¿Qué perdemos cuando preparamos la respuesta mientras alguien habla?

Quien prepara una respuesta mientras otra persona habla empieza a trabajar con un relato que sigue abierto. Puede haber reconocido una dificultad y pensar que ya sabe qué ocurre. La persona continúa explicándose, pero ahora sus palabras llegan mientras el oyente está buscando las suyas.

Erich Fromm sitúa la concentración en el comienzo de su propuesta de escucha. El interés de esa condición puede seguirse atendiendo a cómo llega un relato. Quien cuenta algo suele necesitar un tiempo para encontrar la expresión que mejor recoge lo ocurrido. Una primera frase permite empezar y las siguientes pueden cambiar el sentido que parecía tener. La atención necesita mantenerse disponible para ese cambio, porque responder a la primera versión dejaría fuera el trabajo que la persona acaba de hacer para explicarse mejor.

Hay una diferencia entre recordar las palabras y seguir su relación. El oyente puede reconocer cada una y perder el paso mediante el que la persona une lo que ocurrió con aquello que le preocupa. Si empieza a preparar su respuesta en ese momento, conservará los hechos separados mientras queda pendiente la explicación que los relacionaba. Después puede utilizar uno de ellos para aconsejar algo que apenas corresponde al asunto recibido. La persona tendrá que volver al vínculo que intentaba mostrar y explicar por qué había reunido precisamente esos hechos. Esa vuelta tiene un coste dentro de la conversación. Quien habla puede haber necesitado tiempo para llegar a una parte difícil y encontrar ahora una respuesta que lo devuelve al comienzo. Tendrá que reconocer qué ha entendido el otro antes de continuar con lo suyo. Una pregunta del oyente puede ayudar si identifica el punto donde dejó de seguirlo. Pedir que todo se repita sin reconocer esa pérdida obligaría a rehacer mucho más recorrido del necesario. La concentración incluye advertir dónde se interrumpió la comprensión y recuperar ese lugar.

También conviene distinguir una palabra que pide aclaración de una interpretación que parece familiar. La primera deja una laguna reconocible. Se sabe qué parte cuesta entender y se puede preguntar por ella. La familiaridad puede ocultar el hueco, porque el oyente dispone de una experiencia con la que completarlo. Cree haber seguido a la persona cuando en realidad ha pasado a su propia explicación. Permanecer atento a lo que viene después permite descubrir una diferencia que aquel recuerdo dejaba fuera. La semejanza puede seguir sirviendo, pero necesita contar con esa información nueva.

Esperar a que la persona termine conserva una parte de su libertad para organizar el relato. Puede volver a un momento anterior, precisar un nombre o reconocer que acaba de entender algo al decirlo. El oyente tiene que seguir esos movimientos en vez de imponerles la forma que había esperado. Si cambia el tiempo de lo contado, necesitará reconocerlo. Si aparece otra persona, habrá que saber quién es. Esas comprobaciones permiten acompañar el recorrido sin exigir que quien habla presente desde la primera frase todo lo que aún está intentando comprender.

La pausa antes de responder puede utilizarse para revisar qué se ha recibido. El oyente puede preguntarse si conoce el asunto al que la persona desea atender o si únicamente recuerda un hecho llamativo. En el segundo caso podrá volver a preguntar por la relación que falta. La respuesta que venga después necesita apoyarse en esa comprensión, porque una palabra bien elegida puede perder su utilidad si se dirige a una preocupación distinta.

Si al escuchar una aclaración cambia lo que se iba a decir, conviene aceptar ese cambio. La primera respuesta era una posibilidad preparada con información anterior. La conversación ha añadido algo que merece intervenir en ella. El oyente puede conservar una parte y rehacer otra, explicando a qué está respondiendo ahora. Quien acaba de hablar tendrá ocasión de reconocer si esa respuesta sigue el asunto que pudo terminar de contar. Desde esa coincidencia podrán continuar con la siguiente pregunta, sin tener que volver una y otra vez al tramo que quedó sin escuchar.

¿Qué podemos preparar para escuchar durante un rato seguido?

Una persona puede dejar de hablar porque su interlocutor acaba de mirar hacia otro sitio. Al volver, tendrá que reconocer si sigue contando con su atención y recuperar el punto en que estaba. La concentración que pide Erich Fromm afecta a esa continuidad. Quien se explica necesita tiempo para encontrar las palabras y para relacionarlas con lo que acaba de decir.

Cal Newport estudia en Céntrate las condiciones de una tarea que exige mantener varias ideas relacionadas. Una interrupción aparta la atención y deja después el trabajo de recuperar lo que estaba en marcha. Ese coste permite comprender por qué reservar media hora para hablar puede ofrecer menos de media hora de escucha cuando otras peticiones entran continuamente.

Durante la conversación El arte de escuchar Céntrate
Qué necesita continuidad La experiencia que una persona está intentando expresar. Las relaciones entre las ideas de una tarea exigente.
Qué se prepara antes Disponibilidad para atender a quien habla. Un periodo y unas condiciones para permanecer en la tarea.
Qué ocurre al volver de otra cosa Hay que recuperar lo que el interlocutor estaba contando. Hay que reconstruir el problema que había quedado pendiente.

Antes de empezar el encuentro podemos decidir qué llamadas requieren atención inmediata y cuáles admiten espera. También podemos decir de cuánto tiempo disponemos. La otra persona tendrá ocasión de valorar si ese rato permite contar lo que trae o si conviene buscar uno distinto.

Durante el encuentro habrá que utilizar esa disponibilidad. Apartar un aparato resuelve una interrupción posible, mientras la atención puede seguir ocupada preparando una respuesta. Si advertimos que hemos perdido una parte, conviene pedirla de nuevo antes de actuar como si la conociéramos. La persona podrá completar lo que falta y ambos volverán a disponer del mismo asunto.

La propuesta de Cal Newport permite cuidar el tiempo previo. La escucha que examina Erich Fromm requiere reconocer a la persona dentro de ese tiempo. Alguien puede quedarse callado mientras intenta nombrar algo difícil. Tener un rato reservado permite esperar sin hacerle sentir que cada pausa consume la oportunidad de ser atendido.

¿Cómo influyen nuestras preocupaciones en lo que escuchamos?

Erich Fromm pide que quien escucha esté lo más libre posible de ansiedad durante el encuentro. Una preocupación propia puede volver a ocupar la atención mientras la otra persona está hablando. El oyente reconoce que su mente ha regresado a ese asunto cuando el relato ya se encuentra en un momento posterior.

La preocupación puede reclamar trabajo incluso cuando se ha dejado de hablar de ella. El oyente puede seguir repasando lo ocurrido o esperar una respuesta que tiene que recibir ese día. Querer atender al otro convive con esa espera. Para saber qué puede ofrecer necesita reconocer cuánta atención le está dejando libre, en vez de utilizar únicamente las ganas de ayudar como prueba de que está consiguiendo escuchar.

La inquietud puede hacer que una palabra del otro se convierta en el comienzo de otro pensamiento. Se oye algo que recuerda la propia dificultad y la atención sigue ese recuerdo. Cuando vuelve, quizá la conversación esté en una parte posterior. El oyente tendrá que averiguar si puede reconocer el vínculo o si necesita recuperarlo. Asentir para ocultar el hueco deja a la otra persona suponiendo que ambos conocen lo mismo. Más adelante puede aparecer una pregunta que utilice aquel tramo y haga visible que estaban hablando desde conocimientos diferentes.

Para recuperar lo perdido hace falta admitir una responsabilidad limitada y reconocible. Quien escucha puede explicar que se ha distraído y pedir la parte que necesita comprender de nuevo. Eso permite al otro decidir cómo continuar. Puede repetirla, hacer una pausa o preferir otro momento. La petición tiene que conservar el valor del esfuerzo que ya hizo al contarlo. Si el oyente trata la repetición como si apenas costara nada, puede dejar fuera la dificultad que esa persona tenía para encontrar las palabras.

Hay una diferencia entre reconocer la preocupación y convertirla en el nuevo centro de la conversación. Hablar de la distracción propia puede ayudar a situar lo ocurrido. Si ocupa todo el encuentro, la persona que buscaba ser escuchada termina atendiendo al problema del oyente. Puede que ambos deseen ese cambio, pero necesita hacerse reconocible. Mantener el asunto inicial permite saber qué queda pendiente y evitar que desaparezca bajo una explicación cada vez más larga de por qué resultaba difícil escuchar.

La disponibilidad también tiene condiciones de tiempo. Una persona puede querer prestar atención y necesitar ocuparse de algo que tiene un plazo cercano. Si ese asunto apenas permite seguir el relato, quizá sea preferible acordar un encuentro distinto. Acordarlo exige conocer cuándo podrán hablar y qué parte habrá que retomar. Una promesa vaga deja a quien quería contar algo esperando una ocasión que el otro aún tiene que preparar. La disposición se convierte en una ayuda reconocible cuando encuentra un tiempo que ambos puedan utilizar. Una conversación acordada para después necesita caber en un tiempo suficiente. Si se reserva un rato en el que el oyente seguirá esperando la misma noticia urgente, la dificultad puede repetirse. Preparar el encuentro consiste también en reconocer esa condición y explicar con honestidad cuándo habrá más posibilidades de atender. La persona que espera podrá valorar si ese momento le sirve o si necesita buscar antes otro apoyo.

Retomar después requiere volver al lugar donde quedó la conversación. Quien habla ha seguido viviendo durante la espera y puede haber cambiado lo que necesita contar. El oyente puede preguntar por ese cambio antes de pedir que repita la explicación anterior palabra por palabra. Puede que una duda se haya resuelto o que otra parte resulte ahora más urgente. Conocerlo permite escuchar a la persona desde su situación presente, conservando lo anterior como apoyo y dejando que el encuentro responda a lo que necesita ese día.

Si al recuperar el encuentro la persona dice que su preocupación ha cambiado, esa información necesita entrar en la conversación. El oyente puede recordar lo que quedó interrumpido, pero tendrá que averiguar qué lugar ocupa ahora. Puede haber una parte resuelta y otra que apenas se ha atrevido a contar. La disponibilidad se pondrá a prueba al escuchar ese cambio, dejando que la persona actualice su relato en vez de exigirle que vuelva exactamente a las palabras del día anterior.

¿Qué dejamos fuera cuando una pantalla entra en medio de lo que alguien nos cuenta?

Una persona espera un mensaje y sigue pendiente del teléfono mientras alguien intenta contarle una preocupación. Cada sonido la devuelve a la respuesta que necesita recibir. Puede mantener la pantalla sobre la mesa sin consultarla y estar pensando en ella durante buena parte del encuentro. El uso del aparato y la preocupación por lo que llegará se mezclan dentro del mismo rato de escucha.

Cal Newport estudia en Minimalismo digital la elección de los usos digitales desde lo que una persona desea cuidar en su vida. La relación con la concentración que plantea Erich Fromm permite preguntar por el lugar que damos a un encuentro cuando empieza a competir con una consulta distinta. Las dos actividades consumen una atención que durante ese momento es limitada.

Durante la conversación El arte de escuchar Minimalismo digital
Qué se quiere cuidar La atención a la persona que está hablando. La relación entre el uso digital y lo que se desea hacer.
Qué exige una consulta Apartarse de una explicación que sigue en marcha. Dedicar tiempo y atención a una actividad elegida.
Qué necesita prepararse Disponibilidad reconocible para el encuentro. Condiciones de uso y tiempo para las demás actividades.

Elegir cómo utilizar el teléfono puede comenzar antes de sentarse. Si hace falta recibir una llamada, decirlo permite conocer la condición desde el principio. La persona que viene a hablar podrá decidir qué asunto cabe en ese rato. Si la llamada puede esperar, habrá una oportunidad de apartar esa interrupción y conservar la conversación que ya se ha aceptado.

La pantalla apartada deja una condición favorable, pero la escucha necesita todavía interés por lo que el otro diga. Podemos estar disponibles y comenzar a pensar en otra cosa al reconocer un tema conocido. Volver a la explicación exige atender a lo que tiene de particular para esa persona.

Si se pierde una parte importante, merece la pena reconocerlo y pedirla otra vez. Fingir que se ha seguido todo puede conducir a un consejo que ignore precisamente el detalle que el interlocutor estaba tratando de confiar. El encuentro conserva su valor cuando las dos personas pueden saber qué se ha comprendido y dónde sigue haciendo falta detenerse.

¿Qué cambia cuando escuchamos esperando que nos den la razón?

Una persona puede escuchar buscando una frase que confirme lo que pensaba antes de empezar la conversación. Cuando encuentra esa coincidencia, siente que ya dispone de una respuesta. La persona que habla puede seguir añadiendo condiciones que limitan aquel acuerdo, mientras el oyente permanece en la parte que había querido oír.

Erich Fromm incluye entre las condiciones de la escucha una disposición libre del afán de obtener algo. Al llevar esa idea al deseo de aprobación se puede reconocer una dificultad cotidiana. El oyente llega con una expectativa sobre lo que debería recibir. Si esa expectativa dirige la atención, unas palabras destacan por su utilidad para él y otras pasan a un lugar secundario. La selección puede ocurrir mientras parece que se está siguiendo el relato entero.

Quien cuenta su experiencia conserva la posibilidad de coincidir en una parte y discrepar en otra. Las dos cosas pueden necesitar la misma conversación. Una aprobación muy rápida puede adelantarse a esa distinción y obligarlo a volver sobre lo dicho. Ahora tiene que explicar que una frase se refería a un momento, a una decisión o a una condición determinada. El oyente recibe un límite donde había creído encontrar una confirmación completa. Para comprenderlo necesita volver a la información que acompañaba aquella frase. Esa precisión puede ser pequeña en palabras y grande en sus consecuencias. Coincidir sobre que algo ocurrió deja abierto qué significa para cada uno. Coincidir sobre una dificultad puede dejar abierta la manera de atenderla. Antes de utilizar el asentimiento como apoyo de una decisión, el oyente necesita conocer hasta dónde llegaba.

La incomodidad de esa corrección puede cambiar el modo de responder. El oyente puede buscar otra pregunta que devuelva el acuerdo perdido, o puede atender a la diferencia que acaba de aparecer. En el primer caso, la conversación sigue teniendo como destino una respuesta favorable para él. En el segundo, permite que la persona aporte algo que cambia la opinión con la que llegó. Escuchar requiere conservar esa posibilidad, incluso cuando obliga a retrasar lo que se deseaba concluir. Hay una diferencia entre pedir razones y preparar una refutación mientras se oyen. Pedir razones abre un tiempo para comprender qué sostiene la postura ajena. Si cada explicación se utiliza enseguida para buscar su punto débil, la persona puede empezar a defender una posición antes de haber conseguido exponerla. La atención se desplaza hacia ganar una discusión. El oyente necesita reconocer ese cambio para decidir si está buscando conocer la experiencia o conseguir que el otro termine aceptando su versión.

Entender una diferencia tampoco exige convertirla de inmediato en acuerdo. Puede haber información que ambos compartan y una valoración que siga separándolos. Reconocer esa distribución permite hablar de lo que realmente está en discusión. Si se mezclan el hecho y la valoración, una objeción sobre la segunda puede parecer una negación del primero. Aclarar a qué se refiere cada respuesta deja más espacio para continuar sin obligar al otro a defender todo lo que ha dicho cada vez que se cuestiona una parte.

La pregunta del oyente puede mostrar que ha recibido la corrección. Puede volver sobre una condición que antes había pasado por alto y preguntar qué cambia a partir de ella. La persona podrá explicar en qué condiciones estaba de acuerdo y en cuáles seguía pensando de otra manera. El intercambio empieza a producir información que la expectativa inicial dejaba fuera. Esa información podrá ser examinada después desde las razones de cada uno.

Si después de aclararse la diferencia ambos deciden discutirla, tendrán que conservar lo que cada uno ha dicho. El oyente puede responder a una razón y recibir otra que cambie la cuestión. Si vuelve a atribuir al otro el acuerdo amplio del comienzo, la discusión repetirá el error que ya habían corregido. La aclaración necesita entrar también en ese intercambio posterior, para que discrepar signifique responder a la postura recibida y no a la que el oyente había deseado encontrar.

¿Cómo comprobar si hemos entendido lo que alguien intenta explicar?

Quien intenta explicar con sus palabras lo que acaba de escuchar puede encontrar una parte que aún le cuesta nombrar. Había sentido que entendía a la persona mientras hablaba. Ahora, al devolverle ese sentido, descubre que conoce el asunto de manera menos completa de lo que suponía.

Erich Fromm incluye una imaginación que pueda expresarse en palabras entre las condiciones de la escucha. La imaginación permite acercarse a una experiencia que el oyente vive desde fuera. Para utilizarla necesita conservar lo que ha recibido y reconocer lo que está añadiendo por su cuenta. Encontrar palabras permite hacer visible esa interpretación, de modo que el otro pueda decir si se reconoce en ella o si hace falta cambiar algo.

La comprobación empieza por una parte del relato. Intentar reunirlo todo en una frase puede borrar diferencias que la persona ha tardado en explicar. El oyente puede recuperar la preocupación que cree haber entendido y dejar espacio a la respuesta. Quien habló quizá precise el momento en que apareció o distinga lo que sintió de lo que acabó haciendo. Al recibir esas correcciones, el oyente puede volver sobre la parte que creía conocer y descubrir dónde se había adelantado. La persona tendrá ocasión de explicarle la diferencia, sin tener que aceptar una versión en la que apenas se reconoce.

Las palabras elegidas necesitan conservar la intensidad que la persona ha podido reconocer. Decir que algo le resultó incómodo y decir que le resultó insoportable atribuye experiencias diferentes. La segunda palabra puede exagerar lo que intentaba expresar. Una expresión demasiado suave puede dejar fuera la dificultad que la hizo hablar. Al devolver lo entendido, el oyente necesita permitir que la persona ajuste esa intensidad. Si considera que su primera palabra era más exacta y la mantiene frente a la aclaración, está utilizando la comprobación para imponer una descripción. La respuesta del otro tiene que poder modificar aquello que se estaba intentando comprobar.

También puede haber una diferencia de significado bajo una palabra conocida. Ambos pueden utilizarla con soltura y estar refiriéndose a cosas distintas. Al explicar lo entendido, el oyente puede reconocer qué hechos la acompañan y para qué la está usando. La otra persona podrá añadir los antecedentes que faltaban. Esa conversación necesita más tiempo que repetir la palabra, pero permite dejar de utilizarla como si ya demostrara un acuerdo. Antes de seguir, ambos pueden reconocer si están hablando del mismo momento y de la misma dificultad. Si una aclaración cambia el significado de lo anterior, habrá que revisar también las preguntas que dependían de aquella primera lectura.

Una imagen que aparece al escuchar también necesita comprobarse. El oyente puede imaginar una situación a partir de los detalles recibidos y encontrar ahí una manera de acercarse. Si la toma por lo ocurrido sin preguntar, añadirá al relato algo que pertenece a su propia elaboración. Expresarla como una posibilidad permite que la persona la limite. Puede reconocer una parte y señalar otra que cambia la situación. La imaginación conserva su utilidad al permanecer abierta a esa corrección, acompañando la comprensión en vez de ocupar el lugar del recuerdo ajeno.

La persona puede tardar en encontrar una respuesta a lo que el oyente propone. El hecho de que una frase suene convincente apenas permite saber si le corresponde. Puede necesitar volver sobre lo ocurrido, detenerse en una diferencia o dejar una parte pendiente. La escucha debe conservar ese tiempo. Exigir una confirmación rápida convertiría la comprobación en otra forma de imponer palabras, precisamente en el momento en que se quería averiguar si eran las adecuadas.

La comprensión revisada tiene que hacerse visible en el siguiente turno. Si la persona ha precisado cuándo empezó su preocupación, el oyente puede utilizar ese momento al preguntar por lo ocurrido después. Volver al momento anterior la obligaría a corregir otra vez lo mismo. La comprobación habrá servido cuando esa información cambie la conversación, conservando las palabras de la persona en la respuesta que recibe. Si aún queda una duda, podrá nombrarse desde allí, con la diferencia ya reconocida y sin pedirle que empiece de nuevo toda su explicación.

¿Cómo acercarnos a lo que siente alguien sin confundirlo con lo nuestro?

El recuerdo de una emoción propia puede acercar al oyente a lo que otra persona está contando. Reconoce algo que le resulta familiar y empieza a comprender por qué le cuesta hablar de ello. Ese recuerdo le ofrece un punto de contacto mientras siguen llegando palabras sobre una vida distinta de la suya.

Erich Fromm sitúa la empatía entre las condiciones de la escucha y la relaciona con sentir la experiencia del otro como si fuera propia. Esa cercanía permite que una explicación alcance también a quien la recibe. Para conservarla hace falta seguir atendiendo a la persona. El recuerdo propio puede ofrecer un comienzo de comprensión, mientras la conversación tendrá que mostrar qué se parece y qué necesita ser entendido desde circunstancias diferentes.

La memoria del oyente incluye un desenlace que quizá el otro aún desconoce para su situación. Sabe qué hizo él y qué ocurrió después. Si utiliza ese final como destino de la experiencia ajena, puede empezar a escuchar únicamente las partes que lo confirman. La persona conservará otros deseos y condiciones que están pendientes de conocer. Para acompañarla hay que distinguir el apoyo que ofrece un recuerdo de la respuesta que debería dar a una decisión que pertenece a otra vida. Una emoción compartida tampoco explica por sí sola su causa. Se puede reconocer miedo y seguir necesitando averiguar qué se teme perder. La parte conocida permite acercarse a la intensidad de lo que se está contando. La pregunta por el motivo devuelve la atención a la persona. Ella puede estar defendiendo una relación, un compromiso o una posibilidad que el oyente no tuvo en su caso. Conocerlo cambia lo que la semejanza inicial dejaba pensar y puede mostrar por qué una solución anterior apenas sirve aquí.

La conversación puede admitir que el oyente cuente brevemente su experiencia si esa aportación ayuda al otro. El cambio necesita mantener reconocible a quién se estaba escuchando. Si el recuerdo ocupa todo el encuentro, la persona que había empezado a hablar puede acabar atendiendo una historia distinta antes de terminar la suya. Puede interesarle conocerla, pero también conserva el asunto por el que pidió atención. Volver a él permite que el vínculo entre ambas experiencias se examine sin que una desplace a la otra.

La diferencia puede producirse en lo que cada uno desea. El oyente puede haber encontrado alivio al tomar distancia de una situación y la persona puede querer conservar una parte de ella. Antes de valorar esa preferencia necesita saber qué significa para quien la mantiene. Comprender el deseo permite hablar de sus condiciones y dificultades. Repetir únicamente lo que a uno le ayudó dejaría pendiente esa información, convirtiendo una experiencia útil en una instrucción que la otra persona tendría que seguir para ser comprendida.

Escuchar desde la cercanía también exige reconocer lo desconocido. El oyente puede haber sentido algo parecido y encontrarse ante una parte que apenas entiende. Admitir esa distancia abre una pregunta. Quien habla tendrá ocasión de decir qué cambia, qué sigue doliendo o qué está intentando conservar. El interés continúa en la relación, con una semejanza que puede sostener la atención y con información nueva que impide tomarla por una identidad completa.

Si la persona rechaza una propuesta que al oyente le había servido, conviene escuchar por qué. Ese rechazo puede señalar una condición diferente de su vida, sin deshacer la cercanía que permitió reconocer la emoción. El oyente puede preguntar qué necesitaría cambiar para que la ayuda fuera posible. La respuesta permitirá adaptar la propuesta o retirarla cuando corresponda. Su recuerdo conservará lo que tuvo de útil para él, mientras la decisión tendrá que contar con las circunstancias que la otra persona acaba de explicar.

¿Qué ocurre cuando empezamos a preparar la respuesta demasiado pronto?

Quien escucha puede reconocer una palabra y creer que ya sabe hacia dónde va la explicación. Mientras la otra persona continúa, empieza a preparar una respuesta sobre lo que supone que vendrá después. Sigue oyendo la voz, pero una parte de su atención está ocupada en una conversación que todavía tiene que comprobar.

Erich Fromm pide una concentración que permita recibir la experiencia ajena. Leil Lowndes se detiene en las posibilidades que una palabra ofrece para continuar el intercambio en Cómo hablar con cualquiera. Un detalle puede servir para preguntar, siempre que la pregunta nazca de lo que se ha oído y conserve sitio para lo que el interlocutor iba a añadir.

La diferencia se puede observar cuando alguien menciona un cambio de trabajo. La palabra trabajo puede recordarnos una experiencia propia. Si empezamos a contarla enseguida, la persona quizá se quede sin explicar si está contenta con el cambio, si aún lo está pensando o si necesita ayuda para tomar una decisión. Esperar permite conocer qué lugar tenía ese dato en su relato.

Al terminar su explicación podremos volver sobre el detalle que recordamos. La pregunta tendrá un antecedente conocido por los dos y la persona podrá decir qué relación guarda con el resto. Si aquello que iba a contarnos era diferente de lo que habíamos supuesto, habremos conservado tiempo para conocerlo.

Durante la conversación El arte de escuchar Cómo hablar con cualquiera
Lo que aparece Una experiencia que sigue tomando forma al contarse. Un detalle desde el que puede continuar el intercambio.
Qué necesita el oyente Atención para recibir lo que aún desconoce. Una pregunta relacionada con lo que acaba de escuchar.
Qué conviene observar Si estamos siguiendo a la persona o anticipando su respuesta. Si la pregunta permite ampliar lo que deseaba contar.

El interés por conversar se sostiene también al aceptar que un asunto termina. La respuesta puede ser breve porque la persona desea hablar de otra cosa. Escuchar incluye recibir ese cambio, dejando que su participación decida con nosotros qué dirección tendrá el encuentro.

¿Qué nos impide acercarnos a una experiencia distinta de la nuestra?

Quien escucha una forma de vivir muy distinta puede empezar a defender la suya antes de conocer lo que el otro está intentando contar. La extrañeza aparece pronto y ofrece una razón para tomar distancia. La persona continúa con su explicación mientras el oyente prepara una respuesta a lo que teme que esa explicación le exija.

Acercarse a otra persona puede resultar difícil cuando el oyente cree que recibir su experiencia lo obliga a aprobarla o a parecerse a ella. Si empieza desde ese temor, una explicación se transforma en una exigencia que quizá nadie le ha hecho. La defensa de la propia vida ocupa el lugar de la pregunta sobre la vida que se está escuchando.

Para continuar hace falta conocer qué se pide durante el encuentro. Una persona puede querer que se comprenda cómo llegó a una decisión. Otra puede estar buscando un acuerdo que sí requiere la participación del oyente. Ambas situaciones admiten respuestas distintas. Si se confunden, el oyente puede aceptar un compromiso antes de haberlo examinado o rechazar una petición que apenas existía. Preguntar permite distinguirlas conservando la posibilidad de responder después desde sus propias condiciones.

La diferencia también puede estar dentro de una palabra que ambos conocen. El oyente reconoce su uso habitual y empieza a valorar lo que oye desde ahí. La persona puede utilizarla para una experiencia que tiene otros antecedentes. Dejarle tiempo para explicarlos permite descubrir dónde se separan los significados. Lo que al principio parecía una afirmación incomprensible puede adquirir un sentido al conocer cómo se utiliza. Ese sentido merece ser atendido antes de decidir qué parte se comparte o se cuestiona.

Comprender el recorrido de alguien conserva la responsabilidad sobre la respuesta que se dará. Se puede conocer por qué eligió algo y seguir encontrando una dificultad en aquella elección. La atención permite que esa objeción se dirija a lo que de verdad ha ocurrido. Si se responde únicamente a la extrañeza inicial, pueden atribuirse razones que la persona nunca tuvo. Tendrá que empezar por corregir ese retrato antes de poder hablar de la decisión. La conversación se habrá alejado de su experiencia mientras parecía discutirla.

Erich Fromm relaciona comprender con ir hacia otro ser humano superando el miedo a perderse en él. Ese acercamiento conserva una dimensión afectiva. Escuchar una dificultad puede afectar al oyente sin quitarle su capacidad de distinguir. Puede reconocer dolor, preocupación o deseo de compañía y seguir siendo una persona diferente. La cercanía permite atender a lo recibido, mientras los límites de la relación orientan qué ayuda puede ofrecer. Tener presentes esos límites evita convertir cualquier comprensión en una promesa de hacerse cargo de toda la vida del otro.

Hay encuentros en los que la diferencia se mantiene al terminar. La escucha puede haber hecho más comprensible una postura sin producir un acuerdo. Ese resultado permite conocer mejor dónde está la distancia. Ambos pueden distinguir un hecho compartido de una preferencia distinta y reconocer qué necesita otra conversación. El desacuerdo tendrá palabras sobre las que volver, en lugar de conservar únicamente la sensación de que la experiencia ajena amenazaba algo propio.

Una petición posterior puede exigir una decisión del oyente. Para responder necesita distinguir lo que comprende de lo que puede asumir. Puede conocer por qué la persona desea una ayuda y carecer de tiempo o medios para ofrecerla tal como la pide. Explicar esa condición le permitirá decir qué participación está a su alcance. La cercanía puede conservarse en una respuesta limitada, siempre que la otra persona conozca con qué cuenta y pueda buscar lo que siga necesitando en otro lugar.

¿Por qué conocer una explicación puede dejarnos lejos de una persona?

Quien cuenta algo que le duele puede reconocer como correcta una explicación y seguir sintiéndose solo después de oírla. Ha recibido unas razones para entender lo ocurrido, pero necesita hablar de cómo está viviendo desde aquello. Erich Fromm sitúa ahí la importancia de que quien escucha se acerque también a lo que la persona siente.

La comprensión que permanece únicamente en la cabeza permite relacionar hechos y reconocer palabras. Ese conocimiento puede ayudar a seguir un relato, pero aún deja algo por atender. Quien habla puede estar contando una pérdida, una decepción o un deseo que le cuesta admitir. El oyente necesita poder acercarse a lo que eso representa para la persona, con tiempo para escucharla sin convertir su emoción en un dato que ya ha quedado registrado.

Una explicación recibida con interés puede cambiar las preguntas del oyente. Puede reconocer que se ha detenido en el hecho y preguntar por la parte que más le está costando vivir a la persona. Ella tendrá ocasión de decir qué extraña, qué teme o qué continúa deseando. Esas palabras pueden resultar difíciles de oír porque muestran un dolor que sigue presente después de entender sus causas. La cercanía permite permanecer ante esa parte sin exigirle que la convierta enseguida en un problema resuelto. Quien escucha podrá conocer algo que apenas aparecía al describir lo ocurrido. El relato conserva el sentido que tiene para la persona y la conversación encuentra una razón para darle tiempo.

El momento de la conversación ofrece información sobre lo que la persona está pudiendo decir. Puede llevar mucho tiempo con la dificultad y encontrar hoy palabras que antes evitaba. El oyente puede advertir que una aclaración cambia la manera de comprender lo anterior y permitir que continúe. Su interés se muestra al atender a esa diferencia, en lugar de utilizar lo que ya sabe para acelerar el final. Puede conocer los hechos y seguir necesitando escuchar aquello que apenas empieza a tener palabras.

La cercanía tampoco exige que toda respuesta produzca alivio. Puede aparecer una parte de la experiencia que siga resultando dolorosa al nombrarla. El oyente puede necesitar preguntar mejor, reconocer un límite o dejar una respuesta para más adelante. Esas acciones conservan la relación con quien habla mientras se intenta comprender algo difícil. Una explicación que busca terminar pronto con la incomodidad puede devolverlo al silencio antes de que haya dicho lo que necesitaba. Para evitarlo hace falta reconocer de quién es esa prisa y qué está impidiendo escuchar.

La persona tiene que poder influir en la manera en que se la está comprendiendo. Si dice que una explicación describe lo ocurrido, pero deja fuera lo que más le duele, esa diferencia necesita atención. El oyente puede volver a preguntar desde ahí. Quizá haya entendido qué perdió y desconozca qué lugar tenía aquello en su vida. Escuchar esa parte permite que el conocimiento recibido se relacione con la experiencia, conservando tanto lo que se puede explicar como lo que necesita un interés personal para poder compartirse.

Comprender el dolor de alguien también permite seguir escuchando una decisión con la que se discrepa. El oyente puede atender a lo que la hace difícil sin darla por adecuada. La persona recibe así un espacio para explicarse, mientras las consecuencias de su elección conservan su propia importancia. El interés afectivo ayuda a conocer mejor el asunto sobre el que después se hablará. Evita que el desacuerdo borre de antemano la posibilidad de comprender por qué esa decisión ocupa un lugar en su vida.

Al responder, el oyente puede distinguir entre una información que conoce y una experiencia que está empezando a comprender. Esa distinción le permite hacer una pregunta sobre lo que aún necesita escuchar. Si la persona le indica que desea detenerse, también tendrá que atender a ese límite. La cercanía conserva su valor cuando puede acompañar el tiempo que necesita quien habla, incluido el momento en que prefiere dejar una parte para otro día. La explicación seguirá disponible, mientras la relación debe contar con esa decisión.

¿Cómo cambia una relación cuando dejamos tiempo para que alguien termine de contar?

Una persona puede tardar en decir lo que más le preocupa porque aún está buscando cómo explicarlo. Si recibe enseguida una solución, puede abandonar ese intento para contestar al consejo. La escucha que examina Erich Fromm necesita conservar el contacto con lo que la persona está viviendo, dando tiempo a que su experiencia pueda aparecer en palabras.

Stephen R. Covey reúne en Los 7 hábitos de las familias altamente efectivas situaciones familiares en las que conocer la preocupación concreta permite ayudar de otra manera. El niño que teme una visita puede necesitar explicar una dificultad tan precisa como encontrar el baño. Saber que está preocupado ofrece menos información que conocer qué está imaginando cuando piensa en ir.

Esperar permite que la persona encuentre las palabras para decir qué la inquieta. Al seguir escuchando, podemos recibir un dato que aún le costaba expresar. Cuando llega, cambia la ayuda que puede ofrecerse y permite comprobar si responde a aquello que inquietaba al otro. La espera sigue siendo activa, porque exige atender a las palabras y a lo que necesitan para continuar.

¿Qué aparece cuando preguntamos por la parte que más cuesta?

Podemos seguir esa espera en una conversación familiar. Una adolescente vuelve de la primera reunión de un grupo de teatro y dice que prefiere dejarlo. Su padre estaba esperando que encontrara allí una actividad que le gustara y empieza a recordar cuánto deseaba apuntarse. Antes de continuar, ve que ella sigue con la mochila puesta junto a la puerta y le pregunta qué parte de la tarde se le ha hecho difícil.

La chica explica que le han dado un papel y que tendrá que ensayar una escena con alguien a quien apenas conoce. El padre piensa que le preocupa actuar delante del público. Le pregunta por ello y ella mueve la cabeza antes de precisar lo que intenta contar. El espectáculo queda lejos. Lo que le pesa ahora es tener que llegar al próximo ensayo sin saber dónde encontrar a su compañero.

—Han dicho que quedemos por nuestra cuenta —explica—. Todos parecían conocerse y yo salí sin preguntarle el teléfono.

El padre recibe una dificultad distinta de la que había preparado para responder. Le pregunta si conserva algún contacto del grupo. Ella busca el mensaje de inscripción en el teléfono y lo deja abierto, sin empezar a escribir. Le da vergüenza pedir el número después de haberse marchado sin preguntarlo.

—Puedo escribir a quien me apuntó —dice la chica—. Pensará que tenía que haberlo preguntado allí.

—Puede que te diga a quién dirigirte —responde él—. Cuéntale qué papel te han dado y qué necesitas para ensayar.

Los dos buscan las palabras del mensaje. La chica explica qué papel le han asignado y pregunta cómo puede localizar al compañero para acordar el ensayo. Su padre lo lee cuando ella se lo ofrece y le señala que falta su apellido para que puedan identificarla. Ella lo añade y envía la consulta desde su teléfono.

La respuesta llega esa noche con una manera de contactar. La adolescente guarda el dato y propone una hora para hablar con su compañero al día siguiente. La decisión de seguir participando continúa siendo suya. Lo que ha cambiado durante la conversación es que el problema ha encontrado un nombre y una acción posible. El padre ha podido ayudar después de dejar que ella completara la parte que aún estaba intentando decir.

En casa, conocer la preocupación deja pendiente elegir qué se puede hacer. Algunas dificultades admiten una acción concreta y otras necesitan compañía durante un tiempo. Escuchar permite reconocer esa diferencia sin exigir que todas terminen con una solución inmediata.

Durante la conversación El arte de escuchar Los 7 hábitos de las familias altamente efectivas
Qué empieza con pocas palabras Una experiencia que la persona intenta hacer comprensible. Una preocupación que puede necesitar preguntas y tiempo.
Qué puede cambiar al continuar La comprensión de lo que ocurre para esa persona. La ayuda práctica que se ofrece dentro de la familia.
Qué permite comprobar la ayuda La respuesta y la participación de quien la recibe. Lo que ocurre al probar el acuerdo en la vida familiar.
¿Cómo comprobamos un acuerdo sin convertir la pregunta en un examen?

Al día siguiente, el padre encuentra a su hija preparando la mochila y siente ganas de preguntarle si ya ha resuelto lo del teatro. Recuerda que el contacto debía servirle para hablar con un compañero, mientras el ensayo seguía por organizar. Se sienta a su lado y le pregunta si pudo utilizar el teléfono que recibió la noche anterior.

Ella le enseña la respuesta. El compañero ha propuesto dos tardes, pero una coincide con una clase y la otra deja apenas tiempo para llegar desde casa. La chica había empezado a pensar que volver a preguntar sería dar demasiados problemas. Su padre escucha las dos posibilidades antes de sugerirle cómo continuar.

—Puedes explicarle lo de la clase y preguntarle si la segunda tarde admite empezar un poco después —le dice su padre.

—Ya me han ayudado a encontrarlo. Me da apuro pedir otro cambio.

El padre mira las dos horas que propone el compañero. Si ella acepta una a la que apenas puede llegar, el problema aparecerá durante el ensayo. Le devuelve el teléfono y señala ese dato.

—Él también necesita saber cuándo puedes estar allí. Antes de confirmar podéis buscar una hora que os sirva a los dos.

La adolescente prepara el mensaje sin entregarle el teléfono. Cuenta la dificultad y propone una hora concreta. Antes de enviarlo mira el trayecto en el horario del autobús, porque quiere evitar prometer una llegada que después le cueste cumplir. Su padre espera mientras ella comprueba ese dato y vuelve a sus cosas cuando ha terminado de preguntarle.

El compañero responde aceptando empezar media hora más tarde. La chica anota el lugar y la hora, y pone el texto de la escena dentro de la mochila. En el ensayo siguiente llega con tiempo para encontrarse con él antes de que empiece el grupo. Después podrá decidir cómo se siente trabajando allí, con una experiencia que aún tenía por conocer.

Cuando vuelve a casa, el padre le pregunta qué han podido ensayar. Ahora hay una tarde compartida que ella puede contar. El primer acuerdo había abierto el contacto, y las preguntas posteriores han atendido las dificultades que aparecieron al utilizarlo. La ayuda ha acompañado sus pasos sin convertir cada respuesta en una prueba de que debía estar contenta por haberse apuntado.

El parentesco entre ambos libros está en el cuidado de ese descubrimiento. La consulta terapéutica y la convivencia familiar conservan sus diferencias, pero en ambas puede perderse información cuando quien escucha da por terminada una explicación antes de quien la estaba buscando.

¿Qué aporta quien ofrece ayuda?

¿Qué cambia cuando dejamos de ver al otro como alguien completamente distinto?

Quien llega a pedir ayuda puede sentir vergüenza de una dificultad que le cuesta contar. Antes de terminar una frase, piensa cómo la recibirá el profesional que tiene delante y cambia una palabra para que resulte menos dolorosa. Ese cuidado al hablar puede ir ocultando lo que necesitaba confiarle, mientras el temor a ser juzgado sigue creciendo dentro de la conversación.

Rainer Funk describe en la presentación de la obra una relación de solidaridad entre Erich Fromm y las personas que atendía. La palabra se refiere aquí a reconocer una humanidad compartida. El terapeuta dispone de formación y tiene una responsabilidad profesional, mientras el paciente conoce desde dentro una experiencia que está tratando de expresar. La relación puede utilizar ambos conocimientos sin convertir al primero en alguien situado fuera de las dificultades humanas que escucha.

El paciente puede conocer cosas de sí mismo que el terapeuta ignora, incluso después de haber escuchado una parte de su historia. Puede saber qué le cuesta decir o reconocer que una explicación deja fuera lo que vive. La formación del profesional conserva su lugar, mientras el conocimiento del paciente necesita tener capacidad para corregir la interpretación. Esa participación se vuelve difícil cuando la diferencia de funciones empieza a utilizarse como prueba de que uno siempre sabe y el otro únicamente debe recibir.

La solidaridad requiere que esa corrección pueda producirse dentro del trabajo. Una persona puede explicar que se ha entendido de otra manera una frase o que la pregunta la lleva hacia un asunto distinto del que quería contar. Recibir esa respuesta permite recuperar dónde se han separado ambas comprensiones. La posición profesional incluye la responsabilidad de examinar el desacuerdo, en lugar de convertirlo inmediatamente en un fallo de la persona que ha acudido buscando ayuda.

También cambia el lugar que recibe quien busca ayuda. Puede llegar sintiendo vergüenza por algo que teme que lo separe de todos los demás. Encontrar una escucha que admite experiencias humanas difíciles permite ponerles palabras sin tener que demostrar primero que merece ser escuchado. Esa posibilidad se conserva cuando la persona puede matizar una afirmación y explicar una contradicción. Si cada vacilación se recibe como una prueba de que pertenece a una categoría ya decidida, volverá a quedar poco espacio para conocerla.

También conviene conservar la diferencia entre comprender y estar de acuerdo. Una persona puede contar un modo de responder que necesita examinar, mientras el terapeuta intenta conocer qué lo ha hecho posible. Reconocer el sentimiento que acompaña a esa conducta permite escucharla con mayor profundidad, conservando la pregunta sobre sus consecuencias para ella y para los demás.

La formación sigue siendo necesaria dentro de esta relación. Comprender una experiencia humana y asumir la tarea de un tratamiento son trabajos relacionados, con responsabilidades distintas. La cercanía por sí misma deja muchas cuestiones por examinar. En el pensamiento de Erich Fromm, los conocimientos se utilizan desde una relación en la que el terapeuta también reconoce sus límites y conserva la capacidad de aprender. Puede escuchar algo que exige revisar una idea anterior en lugar de acomodar todas las palabras a lo que ya esperaba encontrar.

El ritmo de la conversación permite ver esa diferencia. Una respuesta del paciente puede añadir una circunstancia que cambia la interpretación de lo anterior. El terapeuta necesita recibirla antes de seguir con una pregunta que ya estaba preparando. Si se apresura a completar la historia, la persona tendrá que interrumpirlo para recuperar su propia experiencia. Dar lugar a esa corrección mantiene reconocible quién está contando lo que le pasa y quién está intentando comprenderlo.

Cuando alguien siente que una interpretación lo ha dejado en un lugar desde el que apenas puede responder, esa experiencia necesita entrar en la conversación. Puede explicar qué palabras le han hecho sentirse juzgado y cómo ha cambiado desde ellas su disposición a hablar. El terapeuta podrá volver sobre lo que dijo y sobre la información en la que se apoyaba. La revisión atiende así a una dificultad que acaba de aparecer dentro del encuentro, conservando para la persona una posibilidad de seguir participando.

¿Qué podemos aprender de lo que sentimos mientras escuchamos?

El terapeuta puede interrumpir una explicación al sentir impaciencia, antes de advertir qué lo ha hecho reaccionar. La persona se queda con una frase por terminar y recibe una pregunta que la lleva hacia otro asunto. Para Erich Fromm, quien escucha necesita examinar también lo que siente, pues su manera de responder interviene en lo que el paciente consigue contar.

En psicoanálisis se llama contratransferencia a las reacciones que el terapeuta experimenta en relación con el paciente. Para seguir la idea hace falta conservar a las dos personas. Una está contando algo de su vida y la otra lo recibe desde su propia historia, sus sentimientos y su manera de comprender. Lo que siente esta segunda persona pertenece al encuentro y puede contener información. Para saber qué información ofrece, necesita estudiarlo en lugar de tomarlo como una descripción inmediata del paciente.

La primera dificultad consiste en separar el hecho de la reacción. El paciente ha dicho unas palabras en un momento de la conversación. El terapeuta ha sentido algo al escucharlas. Si reúne ambas cosas sin detenerse, puede atribuir al otro una cualidad que procede de cómo él ha recibido la frase. La impaciencia, por ejemplo, puede llevarlo a considerar repetitivo un relato antes de averiguar qué parte sigue necesitando expresión. Recuperar las palabras y el contexto permite examinar la relación entre lo oído y lo sentido. Si descubre que se había adelantado, puede dejar constancia para sí de la diferencia que necesita examinar, conservando su atención para lo que la persona está contando.

En la presentación de la obra, Rainer Funk señala que Erich Fromm encuentra en la relación una ocasión para analizarse. El paciente puede hacer aparecer experiencias y posibilidades que el terapeuta necesita reconocer en sí mismo. Ese trabajo conserva una diferencia entre aprender de una reacción y utilizar al otro para satisfacer una necesidad propia. La persona que ha acudido a hablar de su sufrimiento mantiene el lugar que le corresponde, mientras quien la atiende se ocupa de lo que debe revisar en su manera de escuchar.

En una conversación con Gérard D. Khoury, grabada en 1978 y 1979, Erich Fromm volvió sobre la necesidad de distinguir lo que siente el terapeuta de lo que siente el paciente. Ese cuidado permite que la reacción propia abra una pregunta sin ocupar el lugar de la experiencia que se está escuchando.

También puede aparecer un deseo de proteger. Una parte dolorosa del relato despierta ganas de ofrecer consuelo y pasar enseguida a otra cosa. El gesto puede parecer amable, pero conviene observar qué necesidad está atendiendo. Quien habla puede seguir intentando encontrar palabras para algo que necesita contar. Si el terapeuta se apresura porque le resulta difícil permanecer ante ese dolor, su alivio puede interrumpir la explicación del paciente. Reconocer la propia dificultad permite sostener la escucha durante el tiempo que el otro está utilizando para expresarse.

Examinar una reacción lleva después a volver a la conversación. Puede haber una pregunta que faltaba, una interpretación que se adelantó o una parte del relato que se escuchó desde una experiencia personal demasiado cercana. La revisión tiene utilidad cuando permite recibir mejor lo que sigue. Quedarse únicamente estudiando los sentimientos del oyente desplazaría de nuevo la atención hacia él. El trabajo interior necesita conservar su relación con la persona y con aquello que está tratando de comprender.

Las preguntas que se hagan al paciente también requieren cuidado. Una sensación del terapeuta puede sugerir una posibilidad, pero esa posibilidad continúa necesitando examen. Preguntar con una respuesta decidida de antemano puede llevar a recoger solo las palabras que la confirman. En cambio, una pregunta que admite corrección permite conocer algo que el oyente había dejado fuera. El paciente conserva la posibilidad de decir que la interpretación se aleja de lo que vive y de explicar dónde se produce esa diferencia.

El descubrimiento puede modificar la siguiente intervención. El terapeuta quizá reconozca que necesita dejar terminar una frase o volver sobre un dato que pasó deprisa. También puede advertir que una reacción personal estaba ocupando un lugar excesivo. La tarea empieza por reconocerlo y continúa en la forma de responder, manteniendo disponibles las palabras del otro. Lo que se ha sentido durante la escucha recibe así una investigación propia, antes de convertirse en una afirmación sobre la vida que se está intentando conocer.

¿Cómo cambia la conversación cuando dejamos de buscar que el otro nos dé la razón?

Una pregunta puede parecer abierta y estar esperando una respuesta concreta. Quien la hace escucha hasta encontrar una palabra que le permita volver a defender lo que ya pensaba. Lo que cuenta el otro recibe atención según sirva a esa defensa, mientras una parte de su experiencia queda pendiente de comprender.

Erich Fromm sitúa la escucha en una relación con la persona, con aquello que intenta expresar y con la posibilidad de comprenderlo desde su vida. Adam Grant examina en Piénsalo otra vez la disposición a revisar creencias cuando aparece información que las cuestiona. La relación permite mirar qué hacemos con una respuesta que cambia la historia que llevábamos preparada.

Podemos conservar una opinión y seguir intentando comprender por qué otra persona ha llegado a una distinta. Para que ese intento tenga recorrido necesitamos preguntar por las razones, reconocer qué datos maneja y comprobar qué parte habíamos dado por sabida. Una respuesta incómoda puede señalar precisamente lo que faltaba conocer antes de aconsejar.

¿Cómo recibimos una explicación que cambia lo que habíamos supuesto?

En una biblioteca podría ocurrir que el responsable viera varias cajas sin ordenar y pensara que una voluntaria se había marchado antes de terminar. Lleva toda la mañana esperando tener libre aquel pasillo para recibir una donación. Cuando ella vuelve, la llama junto a las cajas con el reproche ya preparado. La voluntaria escucha la primera frase y le pide que mire las etiquetas antes de seguir.

—Estas cajas traían libros para el reparto del sábado —le explica—. Me dijeron que esperara porque faltaban dos paquetes. Los que iban a las estanterías están dentro.

El responsable lee las etiquetas. Había reconocido el mismo tipo de caja que utilizaron el día anterior y había supuesto que contenían otra vez ejemplares para clasificar. Ahora descubre una distribución distinta. La voluntaria le muestra la lista de lo que falta por llegar y le cuenta quién debe recogerlo. Sigue habiendo un pasillo ocupado, pero las razones ya necesitan otra respuesta.

—Yo estaba esperando que quedara libre para la donación —dice él—. Había pensado que te habías ido dejando el trabajo. ¿Dónde podríamos guardar esto hasta el sábado?

—En el almacén pequeño queda sitio —responde ella—. Tendremos que avisar a quien venga el sábado, porque estaba esperando recogerlas aquí.

Los dos recorren el almacén. Una zona está reservada para material escolar y otra permite reunir los paquetes de reparto sin tapar la entrada. Antes de moverlos, comprueban que la persona encargada del sábado conoce esa ubicación. La voluntaria cambia la nota de recogida y el responsable coloca una señal donde estaban las cajas.

Cuando llega la donación, el pasillo está disponible. Él puede recibirla y sabe por qué los otros libros siguen guardados. La conversación ha corregido un supuesto suyo antes de convertirlo en un juicio sobre la voluntaria. Haber cambiado de opinión le ha permitido resolver el problema que sí existía, el espacio ocupado, sin atribuirle una causa que las etiquetas y la explicación acababan de desmentir.

Durante la conversación El arte de escuchar Piénsalo otra vez
Qué se pone en juego La capacidad de comprender una experiencia diferente. La disposición a revisar una idea propia.
Qué exige una respuesta inesperada Volver a lo que la persona intenta decir. Examinar si añade información que modifica la creencia.
Qué puede mantenerse abierto Una pregunta sobre lo que aún falta entender. Una conclusión que puede cambiar tras comprobar un dato.

Revisar exige también distinguir entre la experiencia que alguien cuenta y una afirmación que necesita pruebas. Una persona conoce cómo vivió un encuentro, mientras puede interpretar de manera equivocada la conducta ajena. Escucharla permite conocer ambas cosas antes de decidir qué se puede afirmar sobre lo ocurrido.

La conversación continuará mejor si cada uno puede señalar qué ha entendido de otra manera. Ese detalle ofrece una tarea que los dos podrán examinar. Discutir una etiqueta general sobre quién es más razonable dejaría de nuevo fuera el hecho que había abierto la diferencia.

¿Qué hacemos después de reconocer que habíamos entendido otra cosa?

Al terminar la jornada, el responsable de la biblioteca vuelve a buscar a la voluntaria. Durante la mañana corrigieron la colocación de las cajas, pero él recuerda la manera en que comenzó la conversación. Ella tuvo que defender un trabajo que había hecho y pedirle que mirara las etiquetas. Quiere reconocer esa parte antes de que ambos se marchen pensando que únicamente faltaba ordenar el almacén.

—Te he hablado como si supiera por qué estaban allí —le dice—. Había dado por hecho que eran libros pendientes de clasificar y he empezado por reprocharte la salida.

La voluntaria le cuenta que le molestó tener que justificarlo delante de otra persona. Ella también había visto el pasillo lleno, pero estaba esperando los paquetes que completaban el reparto. Durante un momento pensó en irse sin explicarlo. Se quedó porque necesitaba que alguien supiera cómo debían salir aquellas cajas el sábado.

—Me pediste que lo dejara terminado, y yo lo había preparado como me habían indicado —añade—. Cuando me hablaste así, parecía que todo lo que había hecho estaba mal.

—Tendría que haberte preguntado antes de dar por sabido lo que faltaba —reconoce él—. Quiero que puedas contarme una dificultad sin tener que defender primero tu trabajo.

El responsable la escucha hasta que termina. Después pregunta qué información necesitan dejar a la vista para que otro compañero pueda recibir los paquetes restantes. Acuerdan utilizar una hoja con el destino, la fecha y el nombre de quien espera cada envío. Esa preparación ayudará al trabajo, mientras el reproche inicial sigue siendo algo que él debe reconocer por su cuenta.

Antes de despedirse, escriben juntos la primera hoja y la dejan donde se reciben las entregas. La voluntaria comprueba que cualquiera podrá localizar el grupo del sábado. Él añade el teléfono de la persona que coordina la recogida, para evitar que los próximos paquetes vuelvan a quedarse esperando una explicación que solo conoce uno.

Al salir, ambos tienen el reparto preparado y han podido hablar de cómo se trataron. La disculpa ha encontrado un hecho concreto, las palabras con las que empezó el responsable. La nueva hoja atiende otra dificultad, la información que debe circular entre turnos. Conservar ambas permite que la mejora del almacén acompañe la reparación de la conversación sin utilizarla para dar por olvidado lo que dolió.

¿Por qué quien ayuda necesita seguir examinándose?

La experiencia de un terapeuta reúne muchas conversaciones y puede volver familiares dificultades que al principio necesitaban más tiempo para reconocer. Esa familiaridad facilita el trabajo en algunos momentos. En otros puede llevar a anticipar una respuesta, sobre todo cuando lo que se escucha se parece a algo conocido y queda por averiguar en qué se diferencia.

Erich Fromm mantuvo el examen de sí mismo como una práctica que acompañaba a su trabajo profesional. Rainer Funk lo presenta en relación con la capacidad de seguir aprendiendo. La persona que ayuda necesita reconocer qué parte pone ella en el encuentro, incluso después de una formación extensa. La experiencia acumulada conserva valor, mientras sus hábitos, sus miedos y sus preferencias continúan formando parte de cómo recibe a otra persona.

Revisarse requiere algo más que admitir en general que cualquiera puede equivocarse. Esa afirmación deja intacto el momento en que cuesta recibir una corrección. El trabajo empieza a tener un lugar cuando se reconoce qué explicación se estaba defendiendo, qué palabras se habían dejado de escuchar y qué hizo difícil volver sobre ellas. Cada detalle permite examinar una actuación, en vez de emitir una opinión sobre si el terapeuta es humilde o seguro de sí mismo.

Hay preguntas personales que pueden permanecer mucho tiempo fuera de esa revisión. Quien escucha puede sentirse cómodo ante ciertos relatos y apresurarse con otros. Puede interesarse por una forma de vivir y considerar otra demasiado deprisa como una dificultad que debe corregirse. Reconocer esas diferencias exige atender al propio recorrido. Una preferencia personal puede estar ocupando el lugar de una observación profesional sin que resulte evidente para quien la utiliza.

El examen continuado permite observar también los aciertos. Si una forma de preguntar ha permitido que la persona encuentre palabras más cercanas a su experiencia, conviene reconocer qué la hizo posible. Puede haber importado recuperar un antecedente o dar tiempo a una contradicción. Conocerlo ayuda a comprender el trabajo realizado sin convertirlo enseguida en una fórmula que deba repetirse con todo el mundo. El mismo recurso encontrará circunstancias distintas en la conversación siguiente.

También forma parte de esta tarea reconocer qué se sabe y qué queda pendiente de aprender. La familiaridad con una cuestión puede confundirse con conocimiento suficiente de cualquier caso que la mencione. El paciente conoce momentos de su vida que aún no ha contado al terapeuta. La revisión personal necesita dejar un lugar para esa información, manteniendo la posibilidad de que modifique una interpretación anterior. Si todo lo nuevo debe acomodarse a una explicación intocable, la conversación habrá perdido una parte de su capacidad para enseñar algo.

Al examinarse, el terapeuta necesita recordar para quién está trabajando. La persona que acude a la consulta busca ayuda para lo que está viviendo. Puede explicar que una pregunta le ha resultado difícil o que una interpretación se aleja de lo que quería contar. Su respuesta ofrece información sobre el encuentro. Al terapeuta le corresponde examinar cómo la recibe, sin convertir al paciente en la persona encargada de tranquilizarlo o confirmar su capacidad profesional. Reconocer un error puede facilitar que el diálogo continúe desde un punto mejor conocido.

En la manera de trabajar que presenta Erich Fromm, seguir aprendiendo permite mantenerse cerca de una relación que cambia mientras ocurre. Una explicación puede haber servido ayer y necesitar hoy una precisión. Una reacción propia puede mostrar una cuestión que quedó pendiente durante la formación. El examen de sí mismo conserva espacio para esas diferencias y para la responsabilidad de hacer algo con ellas, en lugar de utilizar los años de experiencia como prueba de que la revisión ya está terminada.

Al regresar a una conversación, lo aprendido tiene que encontrarse con acciones que el otro pueda recibir. Puede ser una pregunta formulada de otra manera o una interpretación que ahora se ofrece con su incertidumbre. El paciente dispone de una ocasión para responder desde su experiencia. La revisión personal continúa teniendo una tarea fuera de la reflexión privada, en cómo permite escuchar y trabajar con lo que esa persona está diciendo ahora.

¿Qué dejamos de oír cuando nos refugiamos en una receta?

Un paciente acaba de añadir una circunstancia que cambia lo que había contado. El terapeuta continúa con la siguiente pregunta del procedimiento, mientras quien habla espera que vuelva sobre ese dato. Si la respuesta recibida deja intacto cada paso posterior, el paciente tendrá cada vez más difícil explicar por qué aquella circunstancia era importante.

Erich Fromm entiende la escucha como un arte que exige esa capacidad de responder a lo que ocurre en el encuentro. Los conocimientos pueden orientar la investigación. La persona que habla conserva, por su parte, una experiencia que necesita entrar en ella. Si el método permanece inmóvil ante cualquier respuesta, la conversación seguirá proporcionando palabras sin poder modificar la explicación que se está utilizando.

Una regla puede ofrecer una seguridad reconocible a quien la sigue. Permite saber qué paso corresponde después y reduce la incertidumbre de encontrarse con una vida desconocida. El problema aparece cuando esa seguridad impide reconocer una información que exige detenerse. La persona ha añadido una circunstancia nueva y el terapeuta continúa como si el punto de partida siguiera siendo el mismo. El procedimiento conserva su orden a costa de dejar fuera la diferencia que acaba de escucharse.

El problema se aprecia cuando una respuesta del paciente apenas puede cambiar la interpretación. Si coincide con lo previsto, la confirma. Si se aparta, se busca de inmediato una explicación que mantenga lo anterior. La conversación puede durar mucho y producir pocas novedades porque cada intervención encuentra ya decidido su significado. Para conservar la capacidad de aprender, hace falta reconocer qué información permitiría revisar lo que se está pensando. La interpretación necesita admitir una respuesta que obligue a modificarla.

La crítica que aparece en la obra conserva el ámbito del psicoanálisis de Erich Fromm. Su manera de entender la escucha se dirige al trato con la persona y a la capacidad del terapeuta para examinarse mientras trabaja. Describirla exige distinguir el uso de conocimientos de la costumbre de esconderse detrás de ellos. Una formación rigurosa puede ofrecer medios para preguntar mejor y reconocer los propios límites. El problema aparece cuando el nombre de una teoría ocupa el lugar de explicar por qué permite comprender lo que acaba de escucharse.

También hay diferencias que se encuentran en el lenguaje. El terapeuta puede reconocer una palabra y atribuirle un significado que el paciente desconoce. Si continúa desde allí, las dos personas utilizarán el mismo término mientras están pensando en cosas distintas. Recuperar lo que esa palabra quiere decir en el relato permite restablecer un punto compartido. Quizá haya que pedir una descripción de lo ocurrido antes de seguir con una interpretación que necesitaba ese apoyo.

Quien habla puede necesitar tiempo para advertir esa distancia. Ha recibido una explicación que suena completa y puede creer que debería reconocerse en ella. Mantener la posibilidad de preguntar qué parte le resulta ajena permite recuperar su participación. La respuesta que dé ofrece información sobre el encuentro, incluso si obliga a retirar una interpretación que parecía bien construida.

La revisión puede conducir a conservar una parte de lo que se pensaba y cambiar otra. Una circunstancia nueva puede matizar el momento en que aparece una dificultad o señalar una relación que había quedado fuera. Esa capacidad de cambio forma parte del trabajo de comprender. El terapeuta necesita sostener la incertidumbre durante el tiempo suficiente para averiguar qué explicación recibe respaldo y qué parte sigue siendo una suposición. Apresurarse a cerrar el asunto devolvería a la conversación la seguridad de la receta, dejando pendiente la información que la puso en duda.

Una corrección en el comienzo puede afectar a varias intervenciones posteriores. El terapeuta necesita seguir esa relación y averiguar qué respuestas se entendieron desde el dato que ahora ha cambiado. Recuperarlas permite comprobar si mantienen el mismo significado. La revisión puede detenerse donde deje de haber consecuencias, después de haber devuelto al trabajo la información que el cumplimiento automático de la regla estaba dejando fuera.

¿Qué hace falta conocer para comprender una dificultad?

¿Cómo acompañar sin ocupar el lugar de quien tiene que cambiar?

Alguien llega a una consulta porque quiere que su vida cambie y puede esperar que la presencia del especialista resuelva desde ese momento todo el trabajo. Ha buscado ayuda, ha reservado el tiempo y está dispuesto a contar lo que le pasa. Erich Fromm examina esa expectativa preguntándose qué participación conserva la persona después de haber llegado.

Su reflexión sobre el cambio requiere distinguir la ayuda de la sustitución. El terapeuta puede escuchar, plantear preguntas y ofrecer interpretaciones que permitan reconocer una dificultad. La persona tendrá que encontrarse con lo que esas palabras describen en su propia experiencia. Si toda la actividad queda en manos del profesional, puede recibir explicaciones y seguir sin reconocer qué relación guardan con su manera de vivir. La conversación necesita un trabajo que ambos realizan desde lugares diferentes.

En el pasaje dedicado a esta cuestión, Erich Fromm critica la expectativa de limitarse a asistir y esperar que el resultado llegue de manera automática. Su planteamiento pertenece a la concepción del psicoanálisis que desarrolla. La participación puede empezar al reconocer el alcance de lo que está costando vivir, en lugar de mantenerlo a distancia mediante una explicación que suene correcta. Encontrar palabras conocidas permite nombrar un asunto, mientras experimentar a qué se refieren exige detenerse en lo que ocurre al hablar de él.

Ese trabajo puede resultar incómodo. Una persona puede llevar tiempo explicando un problema desde una única parte y encontrar difícil examinar otra que afecta a su propia conducta. La ayuda necesita permitir que se reconozca esa dificultad. Si se responde enseguida con una decisión tomada desde fuera, se pierde una ocasión para comprender cómo está viviendo la situación y qué teme que cambie. El esfuerzo tiene un lugar más reconocible cuando se sabe qué se está intentando mirar y por qué cuesta hacerlo.

La responsabilidad sobre la propia participación se distingue de la culpa por lo sucedido. Hay experiencias que la persona ha sufrido sin elegirlas y condiciones que limitan sus posibilidades actuales. Atenderlas permite comprender desde dónde puede actuar. Una petición que ignore esas condiciones corre el riesgo de exigir algo que queda fuera de su alcance. La reflexión sobre lo que sigue abierto necesita conocer los apoyos disponibles, las dificultades y las consecuencias que tendrá un paso en esa vida, en vez de suponer que quererlo resuelve todos los obstáculos.

También conviene reconocer la diferencia entre hablar de una decisión y tomarla. Durante la conversación pueden aparecer motivos que antes resultaban difíciles de nombrar. Después habrá que saber qué se desea hacer con ellos y qué información sigue faltando. El terapeuta puede ayudar a examinar esa distancia. Si entrega una respuesta como si conociera toda la vida del otro, puede ocupar el lugar desde el que la persona necesita seguir aprendiendo a decidir. Acompañarla conserva la posibilidad de que explique qué comprende y dónde necesita más ayuda. Una decisión aplazada puede seguir necesitando un dato, una conversación o una posibilidad de apoyo que aún falta. Reconocerlo permite conservar la participación de la persona sin pedirle que adelante por su cuenta una respuesta que depende también de otros.

Los resultados de un intento pueden introducir otra pregunta. La persona puede haber reconocido algo al hablar y encontrar una dificultad distinta al vivirlo fuera de la consulta. Volver con esa experiencia aporta materia para continuar. La participación deja de consistir en cumplir una respuesta ajena y empieza a incluir observar qué ocurre, encontrar palabras para contarlo y revisar lo que se había entendido. El terapeuta dispone de información nueva y la persona conserva su lugar dentro del trabajo.

Puede quedar una cuestión abierta al terminar la sesión. Tenerla identificada permite volver sobre ella cuando aparezca en la vida diaria, sin exigir que todo se resuelva en la misma conversación. La siguiente ocasión de hablar podrá partir de lo que se haya descubierto y de aquello que continúe costando mirar. La ayuda sigue teniendo una función en ese recorrido, mientras la persona aprende a reconocer qué parte de su experiencia necesita traer para que ambos puedan trabajar sobre ella.

¿Qué debemos escuchar cuando una persona cumple por miedo al cargo?

Una persona puede aceptar una indicación y seguir teniendo una objeción que apenas se atreve a expresar. Quien dirige oye el acuerdo y empieza a organizar el trabajo, mientras la dificultad permanece en manos de quien tendrá que resolverla después. Escuchar requiere poder conocer también esa parte, con independencia de que resulte cómoda para la autoridad.

Erich Fromm examina la relación entre las personas dentro de su trabajo terapéutico. La posibilidad de comprender exige que el encuentro admita algo más que una respuesta destinada a satisfacer al oyente. John C. Maxwell estudia en Los 5 Niveles de Liderazgo la diferencia entre disponer de un puesto y desarrollar una relación que permita obtener colaboración. El cargo señala una responsabilidad, mientras conocer a las personas requiere tiempo y trato.

Si un empleado advierte que una entrega exige un material que aún falta, su silencio deja al responsable con un acuerdo aparente. Preguntar qué necesitará para cumplir ofrece un lugar donde señalar esa condición antes de aceptar el encargo.

Durante la conversación El arte de escuchar Los 5 Niveles de Liderazgo
Qué podría ocultar un asentimiento Una respuesta preparada para complacer al oyente. Una dificultad que el colaborador teme explicar al responsable.
Qué necesita conocerse Lo que la persona vive y puede expresar en la relación. La información de quien está realizando la tarea.
Qué exige la ayuda posterior Trabajar desde lo que se ha podido comprender. Decidir contando con la dificultad y comunicar cómo continuar.

La respuesta del responsable afecta a las conversaciones siguientes. Si castiga el aviso como una falta de voluntad, la próxima dificultad puede llegar más tarde o quedarse sin contar. Si comprueba el dato y explica qué se puede cambiar, el equipo conoce para qué sirve hablar con precisión.

Escuchar tampoco obliga a aceptar cualquier objeción como una descripción suficiente. El responsable puede pedir información, contrastarla y decidir. La diferencia está en que esa decisión incorpora lo conocido y permite explicar por qué se mantiene una indicación o qué parte necesita corregirse.

¿Cómo reconocer qué está sintiendo alguien al hablar de su miedo?

Una persona dice que tiene miedo y quien la escucha reconoce una palabra que ha utilizado muchas veces. El oyente tiene recuerdos propios que la vuelven familiar y puede sentir que ya entiende de qué se trata. La persona que está hablando puede estar intentando nombrar una experiencia de intensidad o forma muy diferentes, que esa primera palabra apenas empieza a expresar.

Erich Fromm se detiene en este problema al utilizar el ejemplo de alguien que dice temer a su madre. El interés está en lo que necesita comprender quien escucha. Repetir el nombre del sentimiento permite señalar una dificultad, mientras conocer cómo se vive exige un desarrollo. Puede haber recuerdos, amenazas percibidas o sensaciones de desprotección que la expresión inicial deja reunidos. Escuchar requiere concederles un lugar antes de decidir qué significa todo ello.

La imagen de la jaula con un león le permite acercarse a una experiencia de amenaza y encierro. Una persona es introducida allí y la puerta queda cerrada. La descripción hace reconocible la dificultad de encontrar salida y la presencia de algo que se vive como peligroso. En el pasaje, esta imagen explica cómo puede sentirse el miedo del que se habla. Se trata de una comparación para expresar una vivencia, por lo que su función debe conservarse al interpretarla. Convertirla en un hecho literal cambiaría lo que el autor está intentando mostrar.

La comparación puede ayudar porque ofrece relaciones que el nombre del sentimiento dejaba fuera. Hay una persona expuesta, un peligro percibido y una salida que parece cerrada. Cada parte permite reconocer qué se está intentando decir sobre el temor. Ese desarrollo devuelve a la conversación un contenido que podía perderse cuando el oyente completaba la frase únicamente con sus recuerdos. Una palabra familiar recibe ahora circunstancias que hacen posible entender mejor el alcance con el que se está utilizando.

También queda una tarea después de encontrar la imagen. Quien escucha necesita saber si la persona se reconoce en ella y en qué partes. Una comparación puede expresar bien la falta de salida y exagerar otra parte de la experiencia. Si se utiliza como una explicación definitiva, volverá a quedar poco espacio para que el otro precise lo que vive. El trabajo de comprender requiere permitir esa corrección, conservando el valor de lo que la imagen ha hecho visible y atendiendo a lo que sigue necesitando palabras propias. La imagen sigue disponible si ayuda, pero la experiencia de quien habla conserva la posibilidad de desbordarla. Escuchar la diferencia permite conocer algo que antes estaba quedando oculto incluso dentro de una comparación expresiva.

La escucha debe distinguir también entre lo que ocurre en una relación y cómo se está viviendo. Ambas cosas pueden estar estrechamente unidas, pero conocer una exige preguntas que la otra deja pendientes. La persona puede describir una reacción que teme y seguir necesitando contar cuándo ocurrió, qué se dijo y qué hace al esperarla de nuevo. El sentimiento aporta información sobre su experiencia. Los hechos y la relación necesitarán su propia explicación para que la conversación pueda seguir sin convertir una impresión en toda la historia.

Conservar esas diferencias permite hacer preguntas que se acerquen al punto donde la palabra general se queda corta. Puede ser necesario preguntar qué siente la persona que perdería, qué cree que sucederá si actúa o qué le impide alejarse de la situación que teme. El sentido de estas preguntas está en conocer su experiencia. Utilizarlas para confirmar a la fuerza una explicación preparada impediría aprovechar una respuesta que muestre algo distinto de lo esperado.

En este recorrido, la comprensión puede cambiar sin que cambie la primera frase. La persona sigue diciendo que tiene miedo de su madre, pero el oyente dispone de unas relaciones que antes ignoraba. Puede reconocer que aquella palabra nombraba una experiencia más intensa o diferente de la que había imaginado. La conversación conserva ahora apoyos para continuar, con preguntas sobre cómo aparece el miedo en su vida y sobre las respuestas que está encontrando ante él.

¿Qué podemos pasar por alto cuando alguien cumple con todo lo que se espera?

Una persona puede recibir una valoración favorable por su trabajo y volver a casa sintiendo que su vida ha quedado reducida a cumplir. Durante la jornada ha respondido a lo que le pedían y el reconocimiento confirma que lo ha hecho bien. Al quedarse a solas, aparece un descontento que ese reconocimiento apenas ayuda a explicar.

Erich Fromm plantea el problema de la persona adaptada a las exigencias de una organización dentro de su reflexión sobre la sociedad. Le interesa la distancia que puede existir entre funcionar según lo esperado y mantener una relación viva con el mundo y con otras personas. Su interpretación dirige la atención hacia un conflicto que puede quedar oculto si el reconocimiento social se utiliza como medida suficiente de cómo está viviendo alguien.

Las exigencias del medio pueden formar parte de la explicación de una conducta. Una organización premia unos resultados y establece maneras de conseguirlos. La persona aprende qué recibe aprobación y qué pone en riesgo su posición. Con el tiempo, esas condiciones pueden parecer tan habituales que apenas se mencionan al contar una dificultad. Quien escucha necesita dejar sitio para conocerlas antes de atribuir todo lo ocurrido únicamente al carácter de quien tiene delante.

El reconocimiento tiene consecuencias que ayudan a comprender por qué puede costar revisar una forma de actuar. Puede sostener un puesto, una fuente de ingresos o la confianza de otros. Cambiar exige contar con lo que se arriesga y con las obligaciones que dependen de ello. Si se olvida esa parte, una petición de que la persona actúe de otra manera puede quedar desconectada de su vida. Para comprender sus posibilidades hace falta escuchar tanto lo que le cuesta continuar como lo que le dificultaría hacer algo distinto.

En su entrevista con Mike Wallace de 1958, Erich Fromm planteaba una diferencia parecida entre la respuesta favorable que alguien da al hablar de su trabajo y lo que experimenta al regresar a casa. Su reflexión invita a escuchar ese segundo momento, en el que pueden aparecer sentimientos que la valoración inicial había dejado sin contar.

En esta reflexión también aparece una pregunta sobre el modo de valorar a una persona. El éxito en una tarea ofrece información sobre esa tarea y sobre las condiciones en las que se ha realizado. Su vida contiene otras relaciones que necesitan conocerse. Puede haber intereses que disfruta y conserva, personas con las que desea pasar más tiempo o una dificultad que apenas se advierte mientras está trabajando. Cada parte pide sus propias palabras y deja una información que el resultado profesional, por sí solo, sigue sin ofrecer.

Escuchar desde esta diferencia requiere evitar una explicación decidida de antemano. La persona puede disfrutar de su trabajo y reconocer una exigencia que desea cambiar. Puede valorar su puesto y encontrar que una manera de conseguir resultados está dañando una relación que quiere conservar. Atender a esas diferencias impide reunir todas las experiencias bajo una sola opinión sobre si el trabajo es bueno o malo. El conflicto se vuelve más reconocible cuando se sabe qué desea mantener y qué empieza a resultarle difícil.

El contexto social que examina Erich Fromm amplía la pregunta más allá de lo ocurrido dentro de la familia. Las relaciones aprendidas en casa pueden participar en la manera de actuar, mientras el trabajo y otras instituciones siguen ofreciendo premios, castigos y expectativas presentes. Conocer esa participación permite atender a influencias que continúan actuando hoy. La persona vive entre ellas y necesita explicar cómo se encuentran con sus deseos y con sus compromisos, en lugar de quedar reducida a una historia familiar que lo daría todo por sabido. La escucha podrá volver al presente para conocer qué sigue actuando en la jornada y qué margen encuentra la persona al intentar responder de otro modo. Esa información modifica lo que puede comprenderse desde fuera.

Si al hablar aparece una relación que la persona desea cuidar, habrá que conocer qué está ocurriendo en ella. Puede existir un compromiso que lleva tiempo aplazando mientras atiende las exigencias del trabajo. Nombrar a quién afecta ese aplazamiento y qué se está esperando permite examinarlo desde su vida. La valoración profesional seguirá siendo un dato, mientras la conversación podrá detenerse en el compromiso que acaba de reconocer y en las condiciones que hacen difícil atenderlo.

¿Qué podemos conocer si miramos también las capacidades de una persona?

Erich Fromm propone preguntarse cómo habría podido desarrollarse una persona si hubiera contado con circunstancias favorables. La pregunta dirige la atención hacia unas capacidades que pueden quedar poco visibles cuando se escucha únicamente el relato de sus dificultades. Para intentarlo, hace falta conocer a esa persona más allá de lo que le está haciendo sufrir.

Quien llega a pedir ayuda suele tener razones para empezar por lo que le cuesta. Esa dificultad ocupa sus días y puede haber terminado por dar nombre a casi todo lo que cuenta sobre sí mismo. Al escucharla, conviene seguir su relato con el tiempo que necesita. La pregunta por sus capacidades requiere conservar ese sufrimiento delante, para reconocer qué le impide hacer y qué partes de su vida ha ido dejando sin espacio. Preguntarse qué podría desarrollarse necesita saber también qué encuentra un obstáculo en las condiciones actuales.

Una capacidad puede estar presente sin encontrar una ocasión para utilizarse. La persona puede interesarse por aprender, pero llevar mucho tiempo atendiendo obligaciones que ocupan sus horas. Puede reconocer lo que necesita otra persona y tener dificultades para explicar sus propias necesidades. Esa diferencia entre disponer de un recurso y poder emplearlo permite escuchar con más cuidado. El hecho de que algo aparezca poco en su vida actual deja pendiente conocer si falta interés, si hay miedo o si las condiciones lo están haciendo difícil. La respuesta exige averiguarlo con quien vive esa situación.

El ejercicio de Erich Fromm contiene una pregunta y conserva ese carácter. Imaginar circunstancias favorables abre una búsqueda, mientras afirmar de antemano lo que alguien habría llegado a ser cierra algo que apenas empieza a conocerse. El pasado admite decisiones y encuentros que finalmente ocurrieron. Una vida alternativa queda fuera de esa comprobación. Por eso resulta más útil examinar las capacidades que se reconocen en la persona y preguntar qué condiciones las han ayudado o dificultado, manteniendo la diferencia entre una posibilidad y una historia que se pueda contar como sucedida.

Escuchar una capacidad también necesita algo más que un elogio. Decir que alguien vale mucho puede expresar cariño y seguir dejando sin nombrar qué sabe hacer. La conversación gana materia cuando se detiene en una actividad, en algo que ha aprendido o en una relación que ha logrado cuidar. Desde ahí se puede preguntar qué parte le atraía, qué esfuerzo requería y por qué dejó de tener lugar. Cada respuesta ofrece información sobre esa persona y permite que participe en la descripción, en vez de recibir una imagen favorable que otro ha preparado para animarla.

La distancia entre lo que alguien puede hacer y lo que le dejan hacer sus circunstancias exige reconocer los límites. Un recurso personal sigue necesitando tiempo, medios o colaboración para utilizarse. Pedir a una persona que encuentre una capacidad propia podría aumentar su malestar si después se le exige resolver con ella todas las dificultades de su entorno. La pregunta ayuda cuando permite averiguar qué está a su alcance y qué apoyo sigue faltando. Su utilidad se pierde si cualquier obstáculo acaba convertido en falta de esfuerzo individual.

Quien escucha puede encontrar una preferencia que apenas figuraba en el relato inicial. La persona había acudido hablando de una dificultad y, al continuar, recuerda una actividad que desea recuperar. Ese deseo necesita su propio examen. Puede seguir interesándole, haber cambiado o pertenecer a una etapa que quiere conservar en el recuerdo. Volver a él ofrece una ocasión para preguntar antes de organizarle una tarea. El interés por sus posibilidades tiene que seguir dejando en sus manos la elección de cuáles desea atender.

Cuando se reconoce una capacidad que la persona quiere utilizar, la conversación puede dirigirse a las condiciones del comienzo. Hace falta averiguar qué parte podría probar, con qué ayuda contaría y qué le permitiría observar esa prueba. La respuesta podrá ser pequeña y necesitar cambios. Si aparece un obstáculo, habrá información nueva sobre lo que requiere esa actividad, en vez de una razón para borrar la capacidad que se había reconocido. La pregunta inicial continúa trabajando mientras se conoce mejor qué espacio puede encontrar en su vida.

¿Qué diferencia hay entre comprender a una persona y encajarla en una valoración?

Al escuchar una explicación podemos reconocer enseguida una conducta que nos recuerda a otra persona. Esa semejanza puede servir para formular una pregunta, mientras sigue pendiente conocer qué está ocurriendo en este caso. Si utilizamos la comparación como respuesta terminada, las palabras que lleguen después tendrán que luchar con una valoración que ya hemos preparado.

Erich Fromm propone preguntarse cómo podría haberse desarrollado una persona en unas circunstancias favorables. El ejercicio permite mirar capacidades que una primera descripción de sus dificultades podría dejar fuera. En Ruido, Daniel Kahneman, Olivier Sibony y Cass R. Sunstein examinan cuánto pueden variar valoraciones profesionales que deberían seguir criterios comparables. Poner ambas preguntas en relación permite revisar qué información elegimos antes de decidir qué pensamos de alguien.

Una conversación de ayuda y una evaluación institucional persiguen tareas distintas. Comprender cómo vive alguien una dificultad exige espacio para su relato. Decidir una beca o un permiso requiere también reglas que puedan aplicarse a todas las solicitudes. El cuidado del encuentro y la obligación de evaluar con criterios conocidos pueden ser necesarios en momentos diferentes de una misma gestión.

Durante la conversación El arte de escuchar Ruido
Qué se examina La experiencia de una persona dentro de una relación. La variación entre juicios que deberían ser comparables.
Qué exige atención Lo que esa persona cuenta y lo que aún falta comprender. Los datos y criterios utilizados por quienes evalúan.
Qué debe poder revisarse Una interpretación que se aleja de la experiencia recibida. Una valoración al reconocer información o criterios mal aplicados.

Si un solicitante explica una circunstancia nueva, quien lo escucha necesita registrarla antes de valorar si afecta a los requisitos. Escuchar con interés evita perder esa información. Aplicar el criterio permite explicar qué cambia en la decisión y qué sigue igual para los demás.

Cuando la respuesta llega, la persona debería poder reconocer qué se ha examinado. Un trato atento conserva su utilidad incluso cuando el resultado resulta desfavorable. Poder entender por qué se ha decidido ofrece una información distinta del agrado o del desacuerdo que provoque recibirlo.

¿Qué ayuda a reconocer qué queremos cambiar de nuestra vida?

Erich Fromm pregunta qué vida desea la persona que ha acudido a buscar ayuda. El malestar puede explicar por qué se ha sentado a hablar, pero deja abierta la cuestión de qué querría hacer de otra manera. Encontrar palabras para ese deseo necesita tiempo dentro de la conversación.

Quien sabe que está descontento puede reconocer muy bien lo que quiere dejar atrás. Lleva tiempo notando una dificultad y dispone de muchos momentos que la muestran. Al intentar hablar de una vida diferente, las palabras pueden volverse menos precisas. Querer estar mejor expresa una necesidad, mientras sigue faltando saber dónde espera encontrar esa mejoría. La pregunta por lo que desea permite acercarse a esa parte sin exigirle que llegue con un plan preparado antes de empezar a hablar. En ese movimiento puede aparecer una respuesta que suena conocida. La persona utiliza una expresión que ha oído muchas veces y que parece describir una vida deseable. Para averiguar qué significa para ella hay que detenerse en lo que imagina al decirla. Si nombra libertad, habrá que conocer de qué obligación desea disponer de otra manera. Si habla de expresarse, necesitará reconocer qué quiere contar y ante quién. Esas precisiones permiten que una palabra compartida empiece a describir su propia necesidad.

Erich Fromm sitúa esta pregunta en el comienzo del trabajo psicoanalítico. Dentro de su planteamiento, conocer lo que se busca da una dirección al esfuerzo que vendrá después. La persona puede llegar con una respuesta apenas formada y desarrollarla mientras examina su vida. La tarea de quien escucha consiste también en permitir ese desarrollo, en vez de escoger por ella una meta que resulte más fácil de explicar. Un deseo ajeno puede ordenar la conversación y seguir dejando fuera aquello que había llevado a la persona a pedir ayuda.

El deseo empieza a conocerse mejor al preguntarse cómo afectaría a un día de su vida. Una afirmación amplia puede admitir cambios muy distintos. Para reconocer cuál le interesa hace falta seguir lo que cuenta sobre sus actividades y sus relaciones, preguntando qué quiere conservar y qué necesita modificar. Esa atención a lo que permanecería evita presentar el cambio como si hubiera que apartar de golpe todo lo vivido. Una persona puede querer vivir de otra manera y seguir cuidando compromisos que aprecia.

También puede descubrir que dos deseos compiten por el mismo tiempo o requieren acuerdos diferentes. Encontrar esa dificultad forma parte de la búsqueda. La conversación puede mantener ambos presentes mientras se averigua qué pide cada uno, sin convertir el primero que se pronunció en una promesa que haya que defender hasta el final. Hablar permite corregir una formulación anterior cuando aparecen razones que antes faltaban. La dirección se va haciendo reconocible desde lo que la persona llega a comprender de sí misma.

Quien escucha necesita distinguir entre ayudar a precisar y pedir garantías. Una persona puede nombrar una actividad que quiere recuperar y seguir desconociendo si encontrará todos los medios para hacerlo. Esa incertidumbre merece lugar. Se puede estudiar qué requiere antes de afirmar que será posible o de descartarla. Las condiciones que falten tendrán que buscarse fuera de la conversación, mediante información o acuerdos. Haber reconocido un deseo permite saber por qué se necesita esa búsqueda y qué se espera averiguar al realizarla.

El malestar también puede dificultar imaginar una vida diferente. En ese momento, insistir en que la persona describa enseguida su futuro puede convertir la pregunta en otra exigencia. Cabe quedarse más cerca de lo que alcanza a reconocer, atendiendo a una parte de su día que desea vivir con menos dificultad o a algo que echa de menos. Desde ahí habrá palabras para continuar. La pregunta ayuda si permite hablar de lo que la persona alcanza a reconocer ese día, dándole tiempo para precisar después lo que ahora le cuesta explicar.

Al volver sobre el deseo después de conocer más, puede cambiar la primera formulación. Una actividad que parecía la meta puede haber servido para reconocer una necesidad más amplia, o una aspiración muy general puede empezar a encontrar una tarea posible. Interesa conservar qué se ha aprendido entre ambas versiones. La próxima decisión podrá partir de esa información, contando con lo que se desea y con las condiciones que se han ido descubriendo al intentar darle un lugar.

¿Cómo escuchar lo que una persona necesita antes de proponer una salida?

Erich Fromm relaciona la comprensión con la capacidad de acercarse a la experiencia ajena. Eso exige conocer qué significa una dificultad para la persona que la vive. Un mismo hecho puede provocar preocupaciones distintas, de modo que nuestra primera asociación ofrece una pregunta que conviene comprobar antes de convertirla en consejo.

Marshall B. Rosenberg distingue en Vivir la comunicación no violenta entre lo que una persona necesita y la solución que propone para conseguirlo. Quien anuncia que quiere marcharse de un lugar puede estar intentando encontrar descanso, apoyo o un trato diferente. Escuchar esas razones permite examinar la salida elegida desde aquello que desea atender.

Esta relación ayuda a conservar una parte que suele perderse cuando se discute enseguida la propuesta. Si ofrecemos otra solución antes de conocer la necesidad, quizá respondamos al problema que nosotros habríamos tenido allí. La persona tendrá que explicar por qué esa ayuda falla o volver a defender la primera opción, mientras lo que le ocurre sigue buscando palabras.

Durante la conversación El arte de escuchar Vivir la comunicación no violenta
Qué se desea conocer Cómo está viviendo esa persona su dificultad. Qué necesidad intenta atender con la salida que propone.
Qué puede comprobarse Si nuestra comprensión recoge lo que intenta expresar. Si la ayuda ofrecida responde a la necesidad que ha nombrado.
Qué conserva quien habla Su experiencia y la posibilidad de corregir al oyente. La libertad de aceptar otra propuesta o mantener la suya.

Escuchar necesita dejar abierta esa corrección. Una pregunta puede ofrecer una palabra que al otro le sirva o alejarse de lo que intentaba contar. Recibir su respuesta permite volver a la experiencia, sin pedirle que acomode lo que siente a nuestra manera de describirlo.

¿Qué puede haber detrás de querer abandonar una actividad?

Pensemos en una mujer que llega al taller de cerámica y deja el delantal doblado sobre la mesa. Lleva meses acudiendo los jueves, pero esa tarde le dice a la compañera con la que suele trabajar que piensa dejarlo. Aún conserva piezas por cocer y le duele tener que recogerlas antes de terminarlas. La compañera mira el delantal y se sienta junto a ella antes de preguntarle qué ha ocurrido.

—Llego tarde a casa y al día siguiente voy agotada —explica la mujer—. Me paso la última hora mirando el reloj. Ya estoy pensando en el autobús cuando tendría que estar pendiente del barro.

La compañera estaba a punto de recomendarle que buscara una actividad diferente. Al escuchar lo del autobús comprende que necesita saber más. Le pregunta si ha perdido el gusto por la cerámica o si lo difícil está en el horario. La mujer señala una taza que ha dejado cubierta para que conserve la humedad. Desea terminarla. Lo que echa en falta es poder hacerlo sin volver a casa tan tarde.

—Hay un grupo por la mañana —recuerda la compañera—. Puedo acompañarte a preguntar si admiten un cambio. Tú podrás mirar después si te encaja.

—Me gustaría terminar lo que tengo empezado —responde ella—. Voy a mirar el horario antes de recoger las piezas.

Las dos buscan a la persona que organiza los turnos. El grupo de la mañana tiene sitio, pero coincide con una gestión semanal que la mujer hace con su padre. Ella decide consultar primero qué otro día podrían hacerla juntos. Conserva su plaza del jueves mientras averigua ese dato y pide guardar las piezas unos días.

La semana siguiente vuelve con la respuesta. Ha podido cambiar la gestión y solicita el turno de mañana. Recoge el delantal para seguir trabajando en la taza que había dejado a medias. Su compañera pudo ofrecer una ayuda útil después de conocer lo que quería conservar. La decisión de continuar ha necesitado también una conversación fuera del taller y una comprobación del horario, pasos que quedaban ocultos cuando lo único que habían oído era que quería marcharse.

El trabajo terapéutico que expone Erich Fromm tiene una preparación y un ámbito propios. La comparación con Marshall B. Rosenberg permite observar un gesto que también aparece en una conversación corriente, esperar a conocer qué necesita alguien antes de organizar su vida desde la primera frase que hemos oído.

¿Cómo sabemos si la ayuda que ofrecimos sirve de verdad?

La mujer llega a su primer turno de mañana con tiempo para preparar la mesa. Ha conservado el taller y puede tomar un autobús temprano de regreso, pero descubre otra dificultad al sentarse. El grupo trabaja con una técnica que ella apenas conoce. Mientras los demás empiezan a dar forma al barro, se queda mirando las herramientas para averiguar cuáles necesita.

Durante el descanso, una compañera le pregunta si el cambio le ha venido bien. Ella cuenta que vuelve a casa antes y se siente más descansada, pero explica también que está perdiéndose al comienzo de los ejercicios. Le da apuro frenar a quienes ya saben hacerlos. La compañera recibe ambas partes de la respuesta antes de decidir qué puede ofrecer.

—Puedo enseñarte dónde guardamos cada cosa —le dice—. Sobre la técnica prefiero que lo hables con el profesor. Puede mirar desde qué paso te conviene empezar.

—Me pierdo cuando empiezan directamente con las herramientas preparadas —explica la mujer—. En el otro grupo nos enseñaron ese comienzo entre todos.

La compañera le pide que señale qué herramientas reconoce y cuál es la primera que ve utilizar sin saber para qué sirve. La mujer aparta las que conoce y deja dos sobre la mesa. Ya puede llevar al profesor una pregunta sobre el paso donde empieza a quedarse atrás.

Entre las dos ordenan las herramientas sobre la mesa y dejan a mano las que utilizará esa mañana. Después, la mujer busca al profesor y le muestra el punto donde se ha detenido. Él observa cómo prepara la base de la pieza y encuentra un movimiento que necesita repetir más despacio. Le propone practicarlo con una cantidad pequeña de barro antes de continuar con el resto.

La mujer hace el intento mientras él la mira. Al llegar a la parte que antes le faltaba consigue reconocer qué debe cambiar. Deja esa prueba en una tabla y anota el ejercicio para volver a hacerlo al empezar la próxima clase. Ese día avanza menos que sus compañeros, pero sale sabiendo qué tiene que practicar.

La pregunta sobre cómo le iba ha permitido ajustar la ayuda. El cambio de horario había resuelto el regreso tardío y había traído una dificultad distinta, que solo apareció al participar en el grupo nuevo. Escuchar lo que ocurrió después evitó exigirle que estuviera satisfecha con todo por el hecho de haber recibido la primera propuesta.

¿Cómo acompañar sin quitarle al otro su camino?

¿Cómo acompañar a alguien sin darle la razón en todo?

Una respuesta amable puede dejar sin examinar la dificultad que alguien acaba de confiar. Quien escucha desea aliviarlo y encuentra palabras que lo consuelan, pero la conversación sigue necesitando saber qué le está ocurriendo. Erich Fromm diferencia ese consuelo de una comprensión capaz de acercarse a la experiencia de la persona.

En su reflexión sobre el trabajo terapéutico, Erich Fromm pide que el analista pueda reconocer dentro de sí algo de lo que el otro está contando. Esa participación exige atención a una experiencia que puede resultar incómoda. Si se responde con una frase tranquilizadora antes de comprenderla, el intercambio puede acabar precisamente donde empezaba a aparecer lo que requería tiempo. La persona recibe amabilidad, mientras la parte difícil de su relato permanece esperando una escucha.

Acompañar permite que esa dificultad continúe presente sin convertir a quien la cuenta en alguien que deba ser juzgado. Una persona puede sufrir y haber participado también en algo que ahora necesita revisar. Para poder hablar de ambas cosas hace falta un vínculo en el que pueda examinar sus acciones sin quedar reducida a ellas. Aceptar todas sus explicaciones para evitarle malestar puede privarla de esa ocasión. También puede hacerlo una condena que ocupe de golpe todo el lugar de la conversación.

El interés por comprender pide reconocer qué se sabe y qué se está completando por cuenta propia. Quien escucha puede sentirse cerca de alguien y, por esa cercanía, dar por ciertas partes de un relato que siguen necesitando explicación. Preguntar por ellas conserva el cuidado si permite hablar de lo que ocurrió. La manera de hacerlo cuenta. Conviene recuperar sus palabras, aclarar a qué momento se refieren y dejar que la persona corrija lo que se ha entendido. Así la pregunta nace del relato compartido y encuentra una respuesta que puede seguir examinándose.

El desacuerdo tiene un alcance que necesita palabras. Se puede dudar de una explicación sin negar el dolor de quien la ofrece. Para mantener esa diferencia hay que decir qué parte cuesta comprender y sobre qué información se apoya la duda. Una respuesta demasiado general puede sentirse como rechazo de toda la persona, sobre todo si llega cuando acaba de contar algo que le resulta difícil. Detenerse en una acción o en una afirmación permite que la conversación continúe desde algo que ambos pueden localizar.

Erich Fromm sitúa la compasión en la capacidad de participar en lo humano que reconoce en el otro. Desde esa cercanía, la exigencia de examinar una dificultad conserva un sentido distinto del deseo de imponer una respuesta. La persona que ayuda necesita revisar también qué busca con su intervención. Puede estar intentando entender o puede desear que el otro admita pronto que ella tenía razón. La diferencia aparece en el espacio que deja a la respuesta y en su disposición a cambiar lo que había supuesto.

Conservar ese espacio permite escuchar una explicación que se vuelve menos favorable para quien habla. La persona puede reconocer que exageró, que omitió algo o que tomó una decisión cuyas consecuencias ahora le duelen. Una reacción apresurada de quien escucha puede interrumpir ese reconocimiento, tanto si se lanza a disculparla como si utiliza lo que acaba de oír para reprochárselo. Seguir atendiendo a lo que está comprendiendo permite averiguar qué cambia para ella al decirlo y qué necesita examinar después. Hay momentos en los que la persona solo alcanza a contar lo sucedido y necesita tiempo antes de continuar. Mantener una dificultad delante exige reconocer también ese límite. La conversación puede detenerse en un punto conocido y volver a él cuando haya disposición para hacerlo. El acompañamiento sigue siendo una relación entre personas con tiempos y posibilidades distintas. Una pregunta pertinente conserva su valor si puede ser recibida, entendida y respondida, en vez de acumularse sobre otras que han quedado abiertas.

Cuando alguien reconoce una parte propia en lo ocurrido, conviene preguntar qué entiende ahora de esa participación. Puede haber algo que reparar, una información que buscar o una decisión que necesite más tiempo. La respuesta que salga de ahí pertenecerá al trabajo de esa persona. Quien escucha podrá acompañarla sin adelantar un acuerdo que ella apenas empieza a construir ni convertir su dificultad en una ocasión para dictarle cómo debe sentirse.

¿Qué parte del camino debe recorrer quien recibe ayuda?

Erich Fromm compara al analista con un guía de montaña que muestra un camino sin llevar a la otra persona a cuestas. Quien sube puede necesitar que le indiquen dónde apoyar el pie y agradecer que lo acompañen en un tramo difícil. Para continuar tendrá que utilizar esa ayuda mientras avanza con sus propias fuerzas.

La comparación permite detenerse en dos trabajos que ocurren juntos. El guía conoce dificultades del recorrido y puede indicar por dónde continuar. La persona que sube tiene que utilizar esa información mientras camina. Si se confunden ambas tareas, la ayuda puede acabar medida únicamente por lo que hace el acompañante. Cuanto más resuelve él, menos visible queda lo que el otro necesita aprender o intentar para continuar con sus propios medios.

En una conversación de ayuda, conocer una dificultad permite participar sin ocuparla por completo. Quien escucha puede advertir una relación entre hechos que la persona aún no había visto. Para que esa observación le sirva, ella necesita comprenderla desde lo que está viviendo. Repetir una explicación ajena conserva palabras, pero deja por saber si podrá reconocerlas cuando vuelva a encontrarse ante la dificultad. La ayuda requiere ese tiempo de apropiación, durante el que una idea se examina y empieza a relacionarse con la propia experiencia.

La imagen de la montaña evita pedirle al acompañante una capacidad que queda fuera de su lugar. Puede explicar, señalar o prestar apoyo. Vivir las decisiones que surgen durante el recorrido corresponde a la persona que recibe esa ayuda. Esto incluye el derecho a preguntar, a reconocer miedo o a decir que una indicación le resulta difícil de seguir. Participar en el camino necesita algo más que obedecer, porque una obediencia silenciosa puede ocultar el punto donde se ha dejado de entender.

Quien acompaña puede sentir prisa al reconocer un paso que le parece evidente. Ya ha visto una posibilidad y desea que el otro la utilice. Desde esa posición resulta fácil olvidar lo que sabe por experiencia y lo que la otra persona conoce por primera vez. Para volver a encontrarse con ella necesita preguntar dónde está, qué ha comprendido y qué le cuesta de lo propuesto. La información recibida puede cambiar la ayuda siguiente, haciéndola más cercana al punto desde el que de verdad puede continuar.

El límite también protege a quien recibe ayuda de tener que demostrar una independencia inmediata. Una persona puede participar y seguir necesitando apoyo durante un tramo largo. La metáfora conserva al guía dentro de la subida. Su presencia tiene una función mientras ofrece algo que ayuda a avanzar. Pedir que alguien haga su parte exige reconocer qué parte puede hacer y qué medios necesita, en vez de retirarse apenas se ha pronunciado una explicación. La autonomía puede ir creciendo dentro de una relación que sigue disponible.

Al volver a hablar después de un intento, conviene atender a lo ocurrido en vez de preguntar únicamente si se siguió el consejo. Fuera de la conversación hay otras personas y compromisos que pueden introducir una condición desconocida. Quien recibió la orientación puede contar dónde apareció y qué efecto tuvo sobre lo que intentaba hacer. También puede haber descubierto que entendió de otra manera lo propuesto. El acompañante conserva su experiencia y recibe esa información para revisar la ayuda, sin exigir que el recorrido vivido coincida con el que había imaginado al explicarlo.

El siguiente paso podrá elegirse con ese conocimiento añadido. Puede requerir otra explicación, una prueba menor o más apoyo en una parte del recorrido. Lo que se decida tendrá una razón reconocible en lo ocurrido. Así se evita repetir la misma indicación mientras la persona sigue detenida, y se conserva la posibilidad de acompañarla desde el lugar en el que se encuentra ahora.

¿Cómo acompañamos a alguien sin decidir por él?

La persona que pide ayuda puede encontrarse con un oyente que conoce el asunto y desea resolverlo enseguida. Esa experiencia permite ofrecer información, mientras queda pendiente saber qué puede hacer quien tendrá que vivir con la decisión. Erich Fromm concede al encuentro un valor que requiere atender a esa persona, con su capacidad de comprender y de participar en lo que le ocurre.

Eric Schmidt, Jonathan Rosenberg y Alan Eagle muestran en El coach de Silicon Valley cómo Bill Campbell acompañaba a directivos que seguían respondiendo por su propio trabajo. Las conversaciones le permitían conocer una dificultad y ayudar a examinarla. El paso posterior pertenecía a quien debía actuar, con las responsabilidades y relaciones que encontraría al hacerlo.

Durante la conversación El arte de escuchar El coach de Silicon Valley
Qué recibe atención La persona que necesita comprender algo de su vida. El trabajo y las decisiones de quien dirige.
Qué ofrece quien ayuda Escucha y una relación que permita examinar la experiencia. Preguntas, observaciones y acompañamiento.
Qué queda en manos del otro Su participación en el proceso de comprender y cambiar. La responsabilidad de actuar y responder por lo elegido.

Quien escucha puede preguntar por una opción, advertir una condición o contar una experiencia pertinente. Para que la ayuda sirva, necesita conocer cómo la entiende el otro y qué está dispuesto a probar. Si termina decidiendo cada movimiento, la próxima dificultad puede devolver a la persona al mismo lugar de espera.

Conservar la participación exige volver sobre lo que ocurrió después. Una propuesta que parecía abordable puede encontrar una dificultad que ninguno había previsto. La siguiente conversación necesita recibir ese dato, en lugar de exigir que se repita el consejo anterior hasta obtener el resultado esperado.

¿Qué pregunta permite que quien pide ayuda siga participando?

Imaginemos a un vecino que acaba de asumir la coordinación del huerto de una asociación y busca a una mujer que lleva años cultivando allí. El reparto de riego le está dando problemas. Cada tarde recibe un aviso de alguien que esperaba encontrar una parcela atendida y descubre que dos personas entendieron de forma distinta el turno. Le lleva una hoja para que ella prepare el horario y termine de una vez con la confusión.

La mujer mira el papel y le pregunta qué datos ha conseguido reunir. Él conoce los nombres de los participantes y las parcelas, pero apenas ha preguntado qué días puede acudir cada uno. Había colocado los turnos intentando repartirlos por igual. Al hablarlo reconoce que una parte de los incumplimientos procede de horarios imposibles de atender.

—Puedo mirar contigo lo que necesitas preguntarles —le ofrece ella—. Tú vas a coordinarte con ellos durante la semana. Te servirá conocer quién puede venir y qué cambio tendrían que avisarte.

—Pensaba que, si todos teníamos el mismo número de turnos, quedaría bien repartido —responde él—. Tendré que preguntar qué tardes puede venir cada uno.

—También conviene que sepan cómo avisarte si les surge algo. Así podrás buscar un cambio antes de encontrar la parcela sin regar.

Entre los dos preparan tres preguntas sobre disponibilidad, duración del turno y manera de comunicar una ausencia. El vecino propone hablar con cada participante antes de rehacer la hoja. La mujer le señala que algunas parcelas necesitan riego en horas distintas y le ofrece los datos que conoce sobre esas necesidades.

Al día siguiente, él reúne las respuestas y prepara un horario nuevo. Descubre una tarde sin cubrir y la presenta al grupo como una dificultad pendiente. Dos personas ofrecen alternarse, sabiendo de antemano qué semana corresponde a cada una. El vecino anota también quién recibirá el aviso cuando alguien tenga que faltar.

Al volver con la hoja, puede explicar cómo ha llegado al reparto. La mujer la revisa con él y encuentra una parcela que conviene comprobar antes de confirmarlo. Él sabe ya a quién preguntar. Había pedido que otra persona hiciera el horario y acaba conservando la responsabilidad de coordinarlo, con información que ahora puede utilizar en las dificultades siguientes.

¿Cómo continúa la ayuda cuando el primer intento encuentra un problema?

La primera semana del horario nuevo termina con una parcela demasiado seca. El coordinador del huerto vuelve a buscar a la vecina y le enseña la hoja donde figura el turno cumplido. Le preocupa tener que cambiar otra vez todo el reparto. Antes de aconsejar, ella le pregunta qué ha visto la persona que regó y cuánto tiempo estuvo allí.

Él aún carece de esa información. Había recibido el aviso de la tierra seca y había pensado enseguida que el horario seguía fallando. Busca al vecino del turno y le pide que lo acompañe hasta la parcela. El hombre señala por dónde pasó el agua y muestra que una parte del terreno queda más alta. El riego terminó antes de alcanzar ese borde.

—Yo cumplí el rato que habíamos acordado —explica—. Desde la entrada parecía que ya estaba todo mojado.

Los dos recorren la parcela hasta el fondo. El coordinador puede ver dónde empieza la parte seca. Había estado mirando el horario para encontrar una ausencia y ahora tiene delante una parte del terreno a la que el agua apenas llegó.

—Vamos a apuntar dónde se ha quedado el riego —propone—. Quiero preguntarle a la vecina cómo podemos comprobar ese borde.

—Puedo enseñarle lo que hice —responde el vecino—. Si lo miramos desde aquí, se ve lo que yo dejé fuera al darlo por terminado.

Vuelven con ese dato a la mujer que estaba ayudando a preparar los turnos. Esta vez llevan una observación que permite examinar una parte de la tarea, en lugar de pedir otro horario entero.

Ella les propone comprobar juntos cuánta agua necesita ese borde y cómo reconocer que ha llegado. Hacen una prueba y el vecino del turno observa el resultado desde el lugar donde antes había dado por terminado el trabajo. Después anota una comprobación adicional junto al nombre de la parcela. El coordinador se compromete a preguntar cómo ha ido después del turno siguiente.

Cuando vuelve a verla, el hombre puede mostrar que el borde ha recibido agua y señalar cuánto tiempo ha necesitado. El reparto de días se conserva. La ayuda ha cambiado al conocer lo que ocurrió durante el intento, atendiendo a una dificultad de la parcela que la primera conversación había dejado por descubrir. El coordinador sale con una manera de revisar el trabajo junto a quienes lo hacen.

La relación terapéutica y el acompañamiento profesional mantienen objetivos y preparaciones diferentes. La comparación permite reconocer un límite compartido de la ayuda, que debe poder utilizarse desde la vida y las capacidades de quien la recibe.

¿Qué queda por conocer después de encontrar una explicación general?

Erich Fromm plantea el caso teórico de una familia con ocho hijos en la que uno tiene dificultades psicológicas que los demás no presentan. Quien busca una causa puede fijarse enseguida en su lugar entre los hermanos. El dato parece ofrecer una respuesta, pero sigue faltando conocer qué vivió ese hijo y cómo se relaciona con lo que le ocurre.

Una explicación general resulta atractiva porque permite ordenar pronto un relato. Se reconoce una circunstancia, se la relaciona con una dificultad y parece que ambas cosas encajan. En el ejemplo, saber que alguien es el primero o el segundo de ocho hermanos puede parecer suficiente para describir lo que le ha ocurrido. El encaje deja abierta una pregunta que conviene conservar. Hace falta averiguar cómo vivió esa persona aquella posición y qué relación guarda con la dificultad que se está intentando entender.

Compartir una familia tampoco equivale a disponer de la misma historia. Cada hijo encuentra momentos, relaciones y circunstancias que pueden ser diferentes, incluso dentro de una casa compartida. Esta observación permite continuar preguntando sin imponer de antemano cuál de esas diferencias será decisiva. Para conocerlo hace falta escuchar lo que se cuenta y buscar apoyo para la relación propuesta. Una condición puede haber tenido un papel importante y necesitar más información antes de utilizarla como explicación suficiente. El ejemplo de Erich Fromm dirige la crítica hacia la facilidad con la que se da por encontrada una causa. Encontrar un dato compatible con una explicación permite investigarla. Convertir esa compatibilidad en una conclusión exigiría mostrar por qué la dificultad se relaciona con ese dato y qué otras condiciones tuvieron lugar. Ese trabajo puede revelar que la primera explicación era incompleta, que tenía otro alcance o que describía algo distinto. La conversación dispone de una pregunta mientras esa comprobación sigue pendiente.

Para quien habla, recibir una explicación rápida puede producir alivio. Un malestar que parecía confuso adquiere unas palabras reconocibles. Ese alivio merece ser escuchado, pero conservarlo como prueba de que la explicación es correcta confundiría dos cosas. La persona puede sentirse acompañada al encontrar un nombre y seguir necesitando entender su propia historia. Si las preguntas se detienen ahí, la fórmula aprendida puede empezar a ocupar el lugar de las experiencias que venía a contar.

Escuchar después de formular una posibilidad requiere dejar que aparezca información que la complique. La persona puede recordar una relación distinta de la esperada o explicar que el momento difícil ocurrió mucho después. Esos datos necesitan sitio, incluso cuando obligan a revisar una explicación que había resultado convincente. Si todo lo nuevo se acomoda a la primera idea sin admitir que cambie, la conversación deja de investigar. Quien escucha seguirá reconociendo su teoría, mientras la persona podría continuar sin reconocerse dentro de ella.

La crítica de una explicación demasiado fácil tampoco exige renunciar a comprender. Permite bajar de una afirmación amplia a una relación que se pueda examinar. Se puede preguntar qué ocurría, con quién, en qué momentos y qué entendía la persona de aquello. Las respuestas tienen que llegar con el tiempo y el cuidado que pida su historia. La búsqueda gana apoyo al conocer esas relaciones, en vez de aumentar la seguridad por haber encontrado una expresión que ya se conocía.

El dato familiar y la causa de una dificultad requieren apoyos distintos. Para conocer qué lugar ocupa alguien entre sus hermanos puede ser suficiente preguntárselo. Para afirmar que ese lugar explica su sufrimiento hace falta seguir una relación mucho más amplia. La persona puede contar qué vivió allí, qué consecuencias reconoce y qué otras circunstancias intervinieron. Quien escucha necesita mantener distinguible el dato recibido de la explicación que está construyendo con él. Así podrá señalar dónde cuenta con información y dónde sigue teniendo una pregunta que apenas ha empezado a examinar.

Cuando una explicación se revisa, conviene conservar qué dato ha obligado a hacerlo. La próxima pregunta podrá dirigirse a esa diferencia y dejar de repetir una búsqueda ya resuelta por costumbre. Quien escucha tendrá una relación por examinar y la persona podrá continuar contando desde lo que acaba de reconocer, sin quedar atada a una posición entre hermanos como si contuviera toda su historia.

¿Cómo escuchar a una persona sin reducirla a una etiqueta?

Erich Fromm propone mirar a quien recibe ayuda como al protagonista de una historia humana. Acude a las novelas de Honoré de Balzac para recordar cuánto puede llegar a interesarnos una persona corriente cuando conocemos su vida. Desde esa comparación, la escucha necesita algo más que reconocer el nombre de una dificultad.

Una etiqueta puede ofrecer una primera referencia. Permite reunir ciertos rasgos o nombrar algo que requiere atención. Para comprender a la persona que está hablando hay que seguir también cómo aparece esa dificultad en su vida. Puede haber decisiones que le han costado, relaciones que desea conservar y esfuerzos que desde fuera apenas se ven. La palabra que nombra su problema tiene un alcance limitado. La historia continúa donde se empieza a averiguar qué está intentando hacer con lo que le ocurre.

La comparación literaria de Erich Fromm dirige la atención hacia la vida que un observador apresurado podría considerar poco interesante. En una novela, una ocupación corriente puede adquirir sentido al conocer lo que exige, lo que permite y lo que deja pendiente para quien la realiza. La persona que escucha necesita desarrollar esa curiosidad sin convertir la vida ajena en un espectáculo. El interés se sostiene en querer comprender a quien tiene delante y en dejar que pueda contar aquello que necesita decir.

Escuchar una historia exige que sus relaciones tengan tiempo para aparecer. Un hecho puede resultar difícil de entender hasta que se conoce una condición anterior. Una decisión puede parecer extraña mientras se ignora qué alternativas veía la persona al tomarla. Si el oyente se queda únicamente con el resultado, corre el riesgo de atribuirle una explicación que ella nunca habría reconocido. Dar espacio a los antecedentes permite examinar lo ocurrido con más información, conservando la diferencia entre comprender una elección y aprobarla.

La condición de protagonista tampoco convierte a alguien en dueño de todo lo que le sucede. Una vida encuentra circunstancias que llegan sin haberlas elegido. Hay límites, encuentros y decisiones de otras personas que intervienen en su recorrido. Para seguir su historia hace falta reconocer esas condiciones junto a lo que sí pudo hacer. Si se atribuye cada dificultad a una elección personal, se pierde una parte del mundo en el que tuvo que vivirla. Si se la presenta como incapaz de participar en nada, desaparecen también sus intentos.

En el escrito My Own Concept of Man, redactado en 1969, Erich Fromm sostiene que nuestro conocimiento de una persona permanece incompleto porque estamos ante alguien que vive y cambia. Esa reflexión deja abierta la atención a lo que aparezca después. Una descripción anterior puede ayudar a comprender una parte, mientras la persona sigue teniendo experiencias que obligarán a escucharla de nuevo.

El interés por esos intentos permite preguntar qué estaba buscando en una decisión que ahora le resulta dolorosa. La respuesta puede mostrar una necesidad que continuaba sin encontrar otra salida. Puede revelar también información que entonces desconocía o algo que eligió dejar fuera. Cada posibilidad requiere ser escuchada antes de decidir cuál explica lo sucedido. La historia se vuelve comprensible al relacionar lo que la persona sabía, lo que esperaba y lo que llegó a ocurrir, evitando completar esos tramos por ella.

Una narración puede quedar detenida en una descripción que alguien ha repetido durante mucho tiempo. Al decir siempre que es una persona incapaz de cambiar, puede ir dejando fuera momentos en los que actuó de otra manera. Quien escucha puede preguntar por esa diferencia si aparece en lo contado. La pregunta necesita un apoyo, una acción o un recuerdo que permita examinarla. Devolver un elogio genérico podría expresar deseo de animar y seguir sin ofrecer a la persona nada de su historia que pueda reconocer.

Erich Fromm pide al analista una atención capaz de encontrar el drama humano en quien tiene delante. En esa formulación, el interés pertenece al esfuerzo de vivir con unas posibilidades y unos obstáculos propios. El trabajo de escuchar incluye preguntar cuando falta un vínculo y conservar la incertidumbre cuando la persona aún está intentando explicarlo. El espacio que se le ofrece vale precisamente porque admite lo que de verdad alcanza a contar.

Cuando termina un tramo del relato, puede quedar pendiente el significado que hoy tiene para quien lo vivió. Un acontecimiento antiguo puede haber cambiado de lugar al conocer algo después. Preguntar por ese cambio permite seguir escuchando desde el presente. La persona conserva lo sucedido y dispone de palabras nuevas para examinarlo, mientras quien la acompaña recibe una historia que sigue siendo suya.

¿Para qué sirve conocernos cuando tenemos que decidir?

Erich Fromm relaciona el conocimiento de uno mismo con las decisiones que tomamos. Quien elige participa en la elección con sus deseos, sus temores y sus maneras de entender lo que está pasando. Conocer esos motivos permite examinar qué está influyendo cuando una posibilidad parece preferible a otra.

Una decisión puede empezar mirando únicamente las opciones que ofrece el entorno. Se comparan las condiciones de cada una y se intenta reconocer cuál conviene. La persona que tendrá que vivir con lo elegido también forma parte de esa comparación. Puede valorar mucho una posibilidad y tener dificultad para admitirlo, o dar por importante algo que desea sobre todo para recibir aprobación. Atender a esas diferencias permite conocer mejor desde dónde está decidiendo, mientras sigue necesitando información sobre las opciones disponibles.

El conocimiento personal se vuelve útil cuando llega al lugar donde la elección cambia. Una persona puede decir que teme equivocarse y mantener una descripción demasiado amplia para entender qué la detiene. Al continuar, puede reconocer qué consecuencia teme, ante quién le costaría admitir el error o qué compromiso desea proteger. Cada precisión ofrece una parte que se puede examinar. La pregunta deja de dirigirse a una característica de toda la persona y empieza a reconocer qué está pasando en esa decisión.

Erich Fromm sitúa el conocimiento de sí mismo entre las aspiraciones centrales del psicoanálisis. Su reflexión permite considerar que quien pregunta por el mundo necesita conocer también al sujeto que lo está mirando. Eso incluye sus preferencias y los límites de lo que sabe. Una idea sobre uno mismo puede haber sido útil durante una etapa y dejar de explicar lo que ocurre ahora. Revisarla requiere escuchar lo que la experiencia actual está mostrando, sin utilizar la descripción anterior como una obligación de seguir siendo de la misma manera.

El examen de los motivos propios conserva una diferencia con la búsqueda de una seguridad completa. Puede descubrirse por qué una opción atrae y seguir faltando información para escogerla. Puede conocerse el miedo que provoca una alternativa y continuar desconociendo qué ocurrirá al intentarla. Reconocer ambas cosas permite repartir el trabajo. Una parte pide comprender lo que la persona siente y otra necesita consultar, preguntar o probar fuera de la conversación. Ninguna obtiene automáticamente la respuesta que corresponde a la otra.

También conviene conservar la diferencia entre un motivo y una decisión. Desear reconocimiento puede estar presente cuando alguien elige algo que le interesa de verdad. El hecho de reconocer esa necesidad deja pendiente conocer cuánto pesa y qué otras razones acompañan la elección. Si se utiliza un motivo descubierto para descalificar toda la opción, el conocimiento de uno mismo se convierte en otra explicación demasiado rápida. Puede resultar más útil examinar qué elegiría la persona al dar a cada razón el lugar que reconoce en ella.

Al pasar a la acción aparecerá una información distinta. Lo elegido se encontrará con circunstancias que antes solo podían imaginarse, y la persona podrá reconocer cómo responde ante ellas. Puede descubrir un interés que crece, un esfuerzo que había calculado mal o una dificultad que necesita ayuda. Esa experiencia permite volver sobre la decisión sin tener que proteger a toda costa la imagen que había formado de sí misma. Cambiar una parte de lo previsto puede responder a lo aprendido, con razones que antes quedaban fuera de su alcance.

Quien acompaña ese examen necesita conservar a la persona como participante de su elección. Puede señalar una contradicción entre lo que dice desear y lo que está preparando, pero tendrá que dejar espacio para conocer cómo la entiende ella. Puede haber una condición que el oyente ignora. También puede ser una diferencia que la propia persona comienza a reconocer al escucharla. La conversación ofrece una ayuda cuando permite trabajar con esa información, en vez de convertir el hallazgo en una instrucción que exige obediencia.

Si al revisar lo elegido descubre que la necesidad de agradar tuvo más peso del que reconocía, tendrá que examinar qué compromiso ha adquirido y cómo desea atenderlo ahora. Comprender el motivo deja abierta esa tarea. Puede haber otra persona contando con lo acordado, de modo que cambiarlo requerirá hablar y conocer también sus necesidades. El descubrimiento acerca de sí misma llega así a una decisión ya tomada, con consecuencias que necesita considerar antes de actuar de otra manera.

¿Cómo conservamos lo que hemos acordado después de escuchar?

Al reconocer qué desea cambiar, una persona puede salir de una conversación con una decisión y seguir necesitando preparar cómo atenderla. Entre saber lo que quiere y encontrar un momento para hacerlo aparecen las obligaciones del día siguiente. Si ha aceptado pedir información o hablar con alguien, conservar ese paso le permitirá volver a la decisión cuando la conversación haya terminado.

David Allen propone en Organízate con eficacia recoger los compromisos fuera de la cabeza y revisarlos para que puedan atenderse cuando corresponda. Esa preparación permite continuar una escucha mediante lo que se hará después. Si durante la conversación aceptamos buscar un dato, la nota necesita conservar qué dato es y para quién lo estamos buscando.

El vínculo con Erich Fromm exige mantener el sentido de la relación. Una lista puede ayudarnos a cumplir una acción que hemos aceptado, mientras comprender a una persona sigue necesitando contacto con lo que vive. Anotar cada frase como si fuera una tarea podría alterar el encuentro y dejarnos pendientes de completar el registro cuando la persona aún necesita hablar.

Al final podemos comprobar con el otro qué hemos acordado. Si vamos a llamar a alguien, conviene saber para qué, qué información podremos compartir y cuándo volveremos con una respuesta. Esas condiciones evitan convertir un ofrecimiento amable en expectativas distintas para cada uno.

Durante la conversación El arte de escuchar Organízate con eficacia
Qué se conserva Lo comprendido dentro de una relación con otra persona. Los asuntos y compromisos que requieren atención posterior.
Qué pide la continuación Escuchar lo que cambie y responder desde ese conocimiento. Consultar y actualizar lo que se ha recogido.
Qué puede concretarse La ayuda que se ha aceptado ofrecer. La acción que permitirá cumplir ese compromiso.

La nota tendrá que cambiar si llega un dato nuevo. Quizá la persona haya resuelto el asunto por su cuenta o necesite ahora otra ayuda. Volver a hablar permite conocerlo antes de seguir actuando desde una petición antigua. El recordatorio sirve a la relación cuando conserva un compromiso vigente y deja que la conversación lo actualice.

Ramon Calatayud
Autor:
-Consultor editorial-

Escritor de novelas y profesional del mundo editorial desde hace más de 15 años. En este sector ayuda profesionalmente a escritores y guionistas de todo el mundo además de ayudar a diseñar estrategias de ventas.

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.

NUESTROS LIBROS

Como publicar tu libro en Amazon
Cómo publicar un eBook
Portada El Secreto de Vanessa
las aventuras de pablo
MEREDI NIVEL I

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.