El vendedor desafiante
Matthew Dixon y Brent Adamson compararon la manera de trabajar de vendedores que obtenían resultados diferentes. Querían averiguar qué hacían quienes destacaban y si otras personas podían aprender a trabajar de una forma parecida. La investigación los llevó a observar comportamientos que podían describirse, discutirse y practicarse dentro de un equipo de ventas.
El vendedor desafiante se ocupa especialmente de las ventas en las que una empresa compra productos o servicios a otra. Antes de aceptar la propuesta, el comprador puede necesitar revisar gastos, cambiar una forma de trabajar o conseguir la participación de varios departamentos. La conversación con el vendedor forma parte de una decisión que seguirá teniendo consecuencias para la empresa después de la firma.
Los autores se detienen en lo que el cliente llega a comprender durante esa conversación. El cliente puede conocer bien su actividad y pasar por alto un coste o una dificultad que el proveedor ha observado al trabajar con otras empresas. Presentar esa información exige relacionarla con lo que ocurre en su negocio, para que pueda examinarla y decidir si necesita actuar.
El vendedor necesita ayuda de su empresa para preparar una conversación de esa clase. El libro estudia también el apoyo que requiere para conocer los problemas de los clientes, disponer de información útil y practicar cómo utilizarla. El aprendizaje continúa después de una formación inicial, cuando tiene que escuchar una respuesta del comprador y decidir qué necesita aclarar antes de continuar la conversación.
| Campo | Datos del libro |
| Título | El vendedor desafiante |
| Subtítulo | Las características necesarias para vender siempre |
| Autores | Matthew Dixon y Brent Adamson |
| Título original | The Challenger Sale: Taking Control of the Customer Conversation |
| Edición de referencia | Edición española en papel, febrero de 2025 |
| Editorial | Empresa Activa, Urano World Spain |
| Traducción | María Isabel Merino Sánchez |
| ISBN | 9788418308086 |
| Extensión | 352 páginas |
| Tema | Cómo preparar y desarrollar la venta de soluciones entre empresas |
| Materias | Ventas, conocimiento del cliente, comunicación comercial, negociación, formación y dirección de equipos |
| Tipo de contenido | Investigación y método de trabajo comercial |
| Referencia bibliográfica | Dixon, Matthew y Brent Adamson. El vendedor desafiante. Traducción de María Isabel Merino Sánchez. Empresa Activa, 2025. Ficha de la editorial. |
| Enlace de compra | https://link.amazon/B03m3XRKx |
¿Qué podemos aprender al observar cómo se vende?
¿Cómo se descubre qué hacen bien quienes venden más?
Los responsables de ventas que participaron en el estudio de CEB, una organización que investigaba el trabajo en las empresas, tuvieron que fijarse en la manera de trabajar de sus vendedores. La evaluación les pedía observar distintos aspectos, desde el conocimiento del negocio hasta la forma de negociar. Al responder, debían poner en palabras conductas que quizá hasta entonces habían quedado reunidas en una impresión sobre cada persona.
Esa primera tarea preparaba la comparación. Decir que alguien es bueno vendiendo deja sin explicar lo que hace cuando tiene delante al comprador. También permite que cada jefe utilice una idea diferente de lo que significa vender bien. Una evaluación compartida ofrecía aspectos sobre los que volver, de modo que la respuesta pudiera relacionarse con un trabajo reconocible. Entre los cuarenta y cuatro aspectos observados había diferencias que interesaba conservar. Conocer el negocio del cliente y negociar una condición forman parte de una venta, pero piden trabajos distintos. Un vendedor puede estar bien preparado para explicar una necesidad y encontrarse después con dificultades para hablar del precio. Reunir ambas cosas bajo una valoración general impediría reconocer dónde se estaba desenvolviendo mejor y en qué momento necesitaba ayuda.
Al estudiar las respuestas, los investigadores encontraron conductas que tendían a aparecer juntas. De ahí surgieron cinco perfiles. Ese agrupamiento les permitía ordenar lo observado, pero todavía quedaba una pregunta decisiva para el propósito del estudio. Habían identificado maneras de trabajar y necesitaban averiguar cómo se relacionaban con los resultados.
Las empresas aportaron esa segunda referencia al señalar a quienes destacaban por el cumplimiento de sus objetivos. Para entender la comparación conviene detenerse en qué aporta una meta. La cantidad vendida necesita ponerse junto a lo que se esperaba conseguir en ese trabajo. Un puesto puede tener un objetivo distinto de otro, por lo que mirar únicamente el importe alcanzado dejaría fuera una parte de la exigencia que afrontaba cada vendedor.
El resumen oficial de la investigación sobre los perfiles conserva esos dos pasos: observar las conductas y estudiar dónde se encontraban los mejores resultados. Tener ambas informaciones permitía revisar las explicaciones que parecían evidentes al principio. Una característica admirada podía aparecer en vendedores con rendimientos distintos. Si eso ocurría, hacía falta seguir buscando qué permitía distinguirlos.
El cuidado tenía que llegar también a las personas que conseguían menos. Copiar un hábito de alguien destacado puede parecer un camino rápido, porque su resultado invita a prestar atención a todo lo que hace. Pero el mismo hábito puede ser frecuente entre compañeros que no destacan. Examinar a unos y otros ayuda a evitar que una semejanza llamativa se convierta demasiado pronto en la explicación del éxito.
Aun después de encontrar una relación entre ciertas conductas y un mejor rendimiento, quedaba por estudiar cómo se producían. El conocimiento del cliente, por ejemplo, puede entrar en la conversación de maneras diferentes. Para aprender a utilizarlo hace falta reconocer qué permite explicar y cuándo modifica la decisión que se está considerando. La descripción general de un perfil deja abierto ese trabajo sobre acciones que alguien pueda preparar y practicar.
También hay que conservar el alcance del resultado. En una venta interviene un comprador con sus propias necesidades y posibilidades, de modo que aprender una conducta asociada al buen rendimiento sigue dejando incertidumbre sobre cada acuerdo. El estudio ofrecía una dirección para examinar el trabajo. Una empresa que quisiera utilizarla tendría que observar después cómo estaban aprendiendo sus vendedores y qué ocurría al llevar esa preparación a sus conversaciones.
El jefe podía volver así a la misma persona que había evaluado al comienzo, contando con preguntas más útiles para ayudarla. Podía examinar cómo había preparado una explicación, qué información había utilizado y qué respuesta había obtenido. A partir de ahí, la siguiente intervención podía dirigirse hacia una parte del trabajo que mereciera revisarse, con un apoyo más preciso que la impresión de que a aquel vendedor le faltaba seguridad o le sobraba confianza.
¿Qué cambia cuando intentamos repetir un buen resultado en otro lugar?
Un vendedor que supera sus objetivos ofrece un lugar desde el que empezar a investigar. Podemos observar cómo prepara una visita y qué hace cuando el comprador plantea una dificultad. Su resultado despierta el interés por esas actuaciones, mientras sigue pendiente averiguar cuáles le han ayudado y en qué condiciones ha podido utilizarlas.
En Moneyball, Michael Lewis sigue a Oakland al examinar lo que los jugadores están consiguiendo en los partidos. El equipo necesita relacionar esas actuaciones con una tarea que desea cubrir. Dixon y Adamson también buscan comportamientos que puedan estudiarse junto a los resultados. La comparación permite detenerse en el paso que separa reconocer una pauta de decidir qué aprender de ella.
| Qué necesitamos averiguar | El vendedor desafiante | Moneyball |
| Actuaciones que se estudian | Conductas de vendedores con rendimientos diferentes | Acciones de jugadores y ayuda que pueden prestar al equipo |
| Condiciones que deben conservarse | Trabajo comercial, objetivos y compradores a los que se atiende | Tarea del jugador, rivales y nivel en el que ha competido |
| Decisión que se prepara | Qué conductas merece la pena enseñar y practicar | Qué capacidad puede cubrir una necesidad de Oakland |
| Comprobación posterior | Cómo utiliza otra persona lo aprendido y qué ocurre al hacerlo | Cómo responde el jugador en el trabajo para el que se le incorpora |
La conducta que llama la atención puede convivir con otras ayudas menos visibles. Un vendedor dispone quizá de información preparada por su empresa o atiende a clientes que ya conocen el producto. Para estudiar lo que hace, interesa reconocer esos apoyos. De otro modo, al pedir a un compañero que lo imite, podríamos exigirle una actuación para la que todavía carece de preparación o de medios.
Oakland tiene una dificultad parecida al pasar de los registros a una incorporación. El jugador llegará a una tarea y a unos rivales que necesitan examinarse. El historial ayuda a preparar esa elección, y después habrá nuevas actuaciones con las que revisar lo esperado. En ventas, la posibilidad de aprender una conducta también exige seguir su uso. Saber formular una pregunta durante un ensayo deja pendiente reconocer cuándo ayudará a un comprador y cómo continuar desde su respuesta.
Así se puede utilizar el estudio sin convertir sus grupos en etiquetas fijas sobre las personas. Una pauta ofrece algo que investigar y practicar. El responsable que acompaña a un vendedor necesitará observar qué está haciendo este, qué dificultad encuentra y qué ayuda le falta para probar el cambio en su propio trabajo.
¿Por qué llevarse bien con un cliente puede no bastar?
Los constructores de relaciones dedicaban tiempo a estar disponibles para sus clientes. Con ese nombre, el estudio de Matthew Dixon y Brent Adamson reunía a vendedores que cuidaban sus contactos, ayudaban y procuraban llevarse bien con quienes intervenían en la compra. Su trabajo les permitía convertirse en personas a las que resultaba fácil acudir.
Esa disponibilidad puede abrir una conversación que de otro modo costaría conseguir. El comprador sabe con quién hablar cuando necesita una respuesta y encuentra a alguien dispuesto a atenderlo. Para el vendedor también es útil conocer a las personas y comprender cómo trabajan. La dificultad que señalan Dixon y Adamson aparece cuando el deseo de conservar esa cercanía limita lo que se está dispuesto a examinar con ellas.
El perfil había aportado menos vendedores destacados que los demás grupos de la investigación. Ese resultado obliga a mirar qué sucede después de conseguir una buena relación. El cliente puede confiar en una persona, pedirle una oferta y sentirse bien atendido, mientras la compra sigue avanzando dentro de las mismas ideas con las que llegó. Si existe una dificultad que todavía no ha visto, la cordialidad por sí sola deja pendiente el trabajo de ayudarlo a reconocerla.
Ahí puede aparecer un desacuerdo sobre la forma de actuar. El comprador ha descrito lo que quiere y el vendedor encuentra razones para revisar una parte de ese planteamiento. Atender la petición de inmediato permite continuar sin detenerse en la diferencia. Examinarla exige explicar qué está viendo el vendedor y por qué podría afectar a lo que el cliente quiere conseguir.
Para iniciar ese examen hace falta disponer de algo que pueda comprobarse. Una objeción del vendedor tiene que relacionarse con el trabajo del comprador, con una dificultad o con una consecuencia que este pueda estudiar. Si apenas expresa una preferencia personal, añade resistencia sin dar una ayuda que justifique el esfuerzo. La preparación permite que la diferencia empiece a convertirse en una cuestión sobre la que ambos puedan trabajar.
El cliente necesita entonces tiempo para responder. Puede desconocer la relación que se le acaba de mostrar, pero también puede aportar información que cambie la explicación. Escuchar esa respuesta forma parte del trabajo, porque el conocimiento general del vendedor tiene que encontrarse con la situación de la empresa que está comprando. Mantener una afirmación después de que sus apoyos hayan cambiado haría más difícil esa comprobación.
Una relación cuidada puede ayudar precisamente en ese momento. Conocer a la persona facilita entender qué le preocupa y permite que las dudas salgan a la conversación. Esa confianza puede sostener un intercambio en el que todavía no hay acuerdo. El vendedor tendría que utilizarla para seguir examinando el asunto, conservando el trato mientras acepta que la respuesta del cliente quizá lo obligue a corregir una parte de lo preparado.
En una entrevista sobre las conductas del vendedor desafiante, Dixon distingue la asertividad de la agresividad. Esa diferencia permite entender el límite del constructor de relaciones sin atribuir valor a cualquier enfrentamiento. Sostener una explicación requiere razones y escucha. La presión personal puede conseguir que el cliente deje de discutir, pero ese silencio no permite saber si ha comprendido o si ha dejado de querer continuar.
El vendedor también necesita separar la reacción a una idea de la valoración de su persona. Que el comprador cuestione un argumento ofrece una ocasión para examinarlo. Si cada duda se recibe como una amenaza para la relación, resulta más tentador abandonar el asunto antes de conocer qué parte está impidiendo avanzar. Dejar espacio a esa duda permite conservar una conversación que aún puede ser útil.
¿Qué necesita una conversación para hacer avanzar una decisión?
El comprador puede necesitar tiempo para explicar una dificultad. Si quien vende lo interrumpe o trata su respuesta como una excusa, perderá información que habría podido ayudarle a comprender la situación. La disposición a escuchar tiene un trabajo que hacer dentro de la venta, incluso cuando después habrá que discutir una interpretación o una propuesta.
Dale Carnegie examina en Cómo ganar amigos e influir sobre las personas la consideración y el interés por los motivos ajenos. Chris Voss y Tahl Raz se detienen en Rompe la barrera del no en las condiciones que permiten llegar a un acuerdo y cumplirlo. El vendedor desafiante añade la aportación de conocimiento que puede hacer al comprador revisar una manera de trabajar.
Esas prioridades pueden intervenir en el mismo encuentro. Una relación cuidadosa facilita que la dificultad se cuente. Las preguntas ayudan a conocer qué debe respetarse para actuar. La explicación del vendedor necesita utilizar esa información al presentar una posibilidad que el comprador todavía no había considerado.
| Trabajo de la conversación | El vendedor desafiante | Cómo ganar amigos e influir sobre las personas | Rompe la barrera del no |
| Qué necesita comprender quien propone | Cómo afecta una dificultad al negocio del cliente | Qué le preocupa a la persona que recibe sus palabras | Qué condiciones limitan el acuerdo y su cumplimiento |
| Aportación que se destaca | Una relación nueva entre hechos que el comprador puede examinar | Consideración e interés sincero por los motivos ajenos | Preguntas y escucha para conocer lo que sigue sin resolverse |
| Qué permite continuar | Comprobar si la explicación encaja con la actividad del comprador | Dar espacio a una respuesta que merece atención | Aclarar qué tendría que suceder para que un paso fuera posible |
Escuchar con atención permite conocer por qué el cliente conserva un procedimiento. Tal vez atienda una necesidad que el vendedor había pasado por alto. Esa respuesta puede obligar a cambiar la propuesta. También puede revelar que el procedimiento cumple su función con un esfuerzo que se ha hecho habitual y que merece examinarse. Para distinguir ambas posibilidades hay que seguir la explicación del comprador antes de defender la propia.
A partir de ahí, el desacuerdo puede referirse a una decisión sin volverse un ataque a quien la ha tomado. El vendedor dispone de una razón que desea mostrar y el comprador conserva información sobre su trabajo. Cada uno necesita poder corregir lo que el otro está suponiendo. El avance dependerá de lo que lleguen a comprender y de un paso que ambos puedan realizar, con la posibilidad de detenerlo si la explicación carece de apoyo.
¿Cómo revisamos un procedimiento que el cliente necesita mantener?
Imaginemos una lavandería que recoge ropa en residencias de mayores. Laura ofrece un servicio para organizar los recorridos y quiere estudiar si algunos trayectos pueden agruparse. Andrés dirige la lavandería y necesita conservar la atención a los avisos urgentes. Esta conversación es una aplicación creada para seguir esas dos necesidades.
—Antes de preparar una propuesta necesito saber cómo resolvéis las recogidas que llegan durante el día.
—Cambiamos el recorrido. Si una residencia se queda sin ropa limpia, tenemos que atenderla.
—¿Y los avisos que recibís durante la mañana suelen necesitar que el vehículo salga en ese momento?
—Algunos sí. Otros pueden esperar a la tarde, pero cuando llaman todavía tenemos que preguntarlo.
—Entonces, antes de mover el vehículo, alguien averigua qué plazo tiene cada recogida.
—Eso lo hace mi encargada. Lo que no quiero es que un programa nos obligue a rechazar una urgencia.
—Necesitaría conocer esa distinción. Si juntamos todos los avisos como urgentes, podemos acabar haciendo viajes separados que habrían podido compartir recorrido.
—Puede ocurrir, pero yo no sabría decirte cuántas veces.
—Podemos revisar los avisos de una semana y conservar por separado los que exigían salir enseguida. Después miramos qué margen quedaba en los otros.
—La encargada tendrá que explicar por qué tomó cada decisión. Un horario escrito no cuenta siempre lo que le pidió la residencia.
—De acuerdo. ¿Podría revisar ella primero qué datos podemos utilizar y qué necesitaría añadir? Con eso sabremos si tiene sentido preparar el estudio del recorrido.
—Se lo preguntaré. Antes de fijar una fecha tengo que saber cuánto trabajo le va a llevar.
¿Por qué algunas propuestas cansan al cliente antes de ayudarlo?
El comprador explica una necesidad y el vendedor intenta recogerla en una propuesta. Al revisarla, el cliente encuentra una parte que no encaja con su trabajo. La corrige y la devuelve para que se prepare otra versión. Esa nueva revisión puede traer preguntas que obliguen a recuperar información que ya se había intentado aclarar.
En el primer capítulo del libro, Dixon y Adamson describen cómo ese recorrido puede hacerse pesado para quien compra. Están examinando el paso desde la venta de productos hacia las llamadas soluciones. Una solución reúne productos y servicios con la intención de atender una necesidad de la empresa. Prepararla exige comprender cómo trabaja el cliente y qué tiene que cambiar para que la oferta pueda servirle.
Esa exigencia empieza a consumir tiempo antes de que la ayuda esté disponible. El comprador tiene que explicar su situación, corregir lo que se haya entendido de otra manera y comprobar que la siguiente propuesta recoja la corrección. En cada paso hace un trabajo necesario para que el proveedor llegue a ofrecer algo adecuado. Mientras tanto, la necesidad que quería atender sigue abierta.
Para seguir la carga conviene mirar qué pide cada vuelta. Una explicación permite conocer una condición de la compra. La propuesta muestra cómo se ha utilizado esa información. La revisión del cliente comprueba si lo que se ofrece responde a lo que había explicado. Cuando el proceso conserva lo ya acordado, cada paso puede acercar una oferta útil. Si lo pierde, obliga a repetir una parte del trabajo sin que la compra esté más preparada que antes.
La participación de varias personas puede añadir otra dificultad. Una propuesta que modifica cómo se trabaja necesita ser entendida por quienes van a utilizarla o tendrán que dar su aprobación. Si alguien recibe una versión anterior, puede plantear una duda que ya se había resuelto con otra persona. Recuperar ese acuerdo pide tiempo y deja a los participantes pendientes de saber qué propuesta están examinando.
Los autores llaman fatiga de soluciones a la carga que puede provocar esta manera de comprar. El cansancio tiene relación con la dedicación que se pide y con el momento en que se pide. El proveedor espera que el cliente colabore en preparar una ayuda que todavía no puede valorar del todo. El comprador tiene que reservar tiempo para esa preparación mientras continúa atendiendo el trabajo que ya realizaba.
Esto deja una cuestión práctica para quien vende: qué necesita preguntar y qué debería haber preparado antes de hacerlo. Hay información que solo el cliente puede aportar, porque pertenece a su situación. También hay dificultades habituales de una actividad que el proveedor puede estudiar antes de acudir a él. Si ambas clases de información se mezclan, el comprador termina explicando desde el comienzo cosas que su interlocutor podía haber trabajado.
La preparación previa también necesita admitir correcciones. Conocer una actividad permite llegar con referencias, pero deja por comprobar si encajan en esa empresa. El cliente puede señalar una diferencia y dedicar su respuesta a lo que cambia en su caso. Así, el conocimiento del vendedor ofrece un punto desde el que continuar, sin exigir que el comprador acepte una descripción que no reconoce.
Después de preguntar, hace falta devolver algo que muestre cómo se ha utilizado la respuesta. Una propuesta puede explicar qué se ha entendido y qué condición sigue sin aclararse. Si el cliente reconoce su información en lo que recibe, puede concentrarse en la parte que aún está pendiente. La nueva conversación dispone entonces de un avance que ambos pueden revisar, en vez de empezar otra vez por toda la necesidad.
También habrá compras que requieran varias versiones aunque el trabajo se esté haciendo bien. Una necesidad puede precisarse durante el examen y descubrir una condición que al principio nadie había previsto. En ese caso, el cambio responde a algo aprendido. Distinguirlo de una corrección repetida permite cuidar el tiempo del cliente sin exigir que la primera propuesta acierte antes de disponer de la información necesaria.
El vendedor puede seguir ese recorrido cada vez que recibe una respuesta. Tiene que incorporar lo aclarado, mostrar dónde ha cambiado la oferta y mantener a la vista lo que todavía falta conocer. La siguiente revisión tendrá un trabajo que hacer, pero podrá apoyarse en lo que ambos han conseguido resolver. Esa continuidad permite que la dedicación del comprador vaya dejando una propuesta mejor preparada a medida que avanza la conversación.
¿Cuándo necesitamos preguntar y cuándo podemos aportar una explicación?
Una pregunta puede pedir al comprador una información que solo él conoce. También puede trasladarle una búsqueda que el vendedor habría podido preparar antes. Para saber qué trabajo está haciendo la pregunta, interesa seguir cómo se utilizará la respuesta. Si después habrá que volver a pedir lo mismo porque la propuesta apenas la ha tenido en cuenta, el comprador habrá dedicado tiempo sin recibir una ayuda equivalente.
Steve Blank y Bob Dorf trabajan en El manual del emprendedor con suposiciones sobre un negocio nuevo que aún necesitan contrastarse con clientes. Allí, escuchar permite descubrir que el problema imaginado era distinto. El vendedor desafiante se ocupa de un proveedor que puede disponer ya de conocimiento sobre la actividad de sus compradores. Esa preparación le permite llegar con una explicación que merece examinarse, conservando preguntas sobre cómo funciona esta empresa.
| Qué orienta el encuentro | El vendedor desafiante | El manual del emprendedor |
| Punto de partida | Conocimiento del proveedor que puede revelar una dificultad poco reconocida | Suposiciones sobre el cliente y la oferta que necesitan comprobarse |
| Información que aporta el cliente | Cómo aparece la dificultad en su actividad y qué condiciones la cambian | Qué problema encuentra, cómo lo atiende y qué hace ante la propuesta |
| Trabajo de quien prepara la oferta | Relacionar lo que sabe con el caso del comprador | Revisar lo que había supuesto a partir de conversaciones y pruebas |
| Motivo para cambiar el planteamiento | La explicación no encaja con datos o prioridades del comprador | La conducta o la explicación del cliente contradice una suposición |
La diferencia entre ambos puntos de partida ayuda a preparar el encuentro. Quien apenas conoce una actividad tendrá pocas razones para llegar afirmando qué dificultad debe resolver. Necesita aprender cómo trabajan las personas a las que desea ayudar. Si ya ha estudiado el sector y ha encontrado una relación relevante, puede explicar qué ha observado y pedir los datos que permitan reconocer si ocurre también allí.
Esa explicación tiene que admitir respuestas que la cambien. El comprador puede indicar que ya dispone de una medida que evita el gasto o que una obligación limita la alternativa propuesta. Preguntar por esa condición permite corregir el planteamiento. Mantener el argumento preparado después de conocerla obligaría al cliente a defender una y otra vez información que ya ha proporcionado.
La preparación se reconoce también en lo que se deja de pedir. Un vendedor que sabe para qué necesita un dato puede explicar qué cálculo o decisión permitirá hacer. El comprador dispone entonces de una razón para dedicarle tiempo y puede advertir si otra información respondería mejor. El conocimiento previo y la escucha van ocupando lugares útiles dentro del mismo trabajo.
¿Qué hace que un cliente quiera volver a comprar?
Los investigadores de CEB, una organización que estudiaba el trabajo en las empresas, pidieron a personas que intervenían en las compras de sus empresas que valoraran a sus proveedores. Les preguntaron por distintas partes de esa relación y por la experiencia de comprarles. Las respuestas permitían seguir lo que el cliente encontraba durante una compra, además de conocer su opinión sobre el producto recibido.
La encuesta reunió alrededor de cinco mil participantes. Entre las cuestiones sobre lealtad había tres que dirigían la atención hacia lo que podía ocurrir después: seguir comprando, aumentar las compras y recomendar al proveedor dentro de la empresa. Con ellas se estudiaba una disposición futura. La entrega podía haber terminado y todavía quedaba por saber si el comprador querría contar de nuevo con quien la había realizado.
Esa diferencia permite comprender qué se estaba buscando. Recibir lo acordado resuelve una parte de la compra y puede dejar al cliente satisfecho. Repetirla exige volver a elegir cuando aparezca otra necesidad. En ese momento habrá alternativas que comparar y razones para continuar con el proveedor o para buscar a otro. El cuestionario intentaba reconocer qué partes de la experiencia anterior estaban relacionadas con esa disposición a continuar.
En las respuestas recogidas, la experiencia de venta era la parte más relacionada con la disposición a continuar con el proveedor. El recorrido oficial por la investigación de compradores conserva el estudio original y distingue sus resultados de las investigaciones posteriores. El hallazgo daba una razón para estudiar lo que sucedía mientras el cliente decidía, antes de recibir el producto o el servicio que estaba considerando comprar.
El resultado se entiende mejor al mirar qué podían comparar los participantes. Muchos encontraban proveedores con productos de calidad, marcas conocidas y servicios que funcionaban bien. Esas cualidades seguían siendo necesarias, pero al parecerse dejaban menos diferencias sobre las que decidir. Una compra puede exigir un producto adecuado y, una vez encontradas varias ofertas que cumplen, abrir otra comparación sobre la ayuda que aporta cada proveedor para elegir.
La calidad del producto y del servicio conserva su lugar en esa relación. Un proveedor que incumple puede dejar al cliente sin la ayuda que necesitaba, aunque la conversación anterior haya sido buena. El interés del estudio aparece al mantener juntas ambas partes: lo que se promete y cumple, y la ayuda recibida mientras se decide. Al preparar otra compra, el cliente puede volver sobre lo que aprendió en la anterior y utilizarlo para explicar qué espera ahora del proveedor con el que está considerando continuar.
Durante esa elección el cliente tiene un trabajo que hacer. Necesita comprender lo que se le ofrece, relacionarlo con su necesidad y valorar si merece la pena comprometer recursos. La conversación puede ayudarlo a realizar ese examen o aumentar las explicaciones que tiene que escuchar sin acercarlo a una decisión. Quien vende participa así en una tarea cuyo resultado puede ser útil antes de que se entregue el producto. Si el comprador aprende a reconocer una dificultad que no había considerado, dispone de otra información para examinar las ofertas que ya tenía delante.
Esa ayuda también puede llegar a las personas que no han hablado directamente con el vendedor. Recomendar a un proveedor dentro de la empresa pide poder explicar por qué se considera adecuado. Una conversación que deja razones comprensibles ofrece algo que el comprador puede llevar a ese intercambio. Sería insuficiente que recordara una buena impresión y tuviera dificultades para explicar qué ayuda espera recibir o qué condición de la propuesta responde a su necesidad.
Hay que conservar, además, la diferencia entre una intención declarada y una compra posterior. El cuestionario recogía lo que las personas estaban dispuestas a hacer. Después podían cambiar sus necesidades, sus recursos o las alternativas disponibles. Seguir las compras realizadas permitiría estudiar ese recorrido posterior, mientras que las respuestas de la encuesta sirven para examinar la relación encontrada en aquel momento.
¿Qué necesita preparar una empresa para ayudar al cliente?
¿Cómo se aprende una forma de vender que no sale de manera natural?
Los autores tenían que llevar lo observado en los vendedores desafiantes hasta personas que todavía no trabajaban de esa manera. Habían descrito unas conductas que se relacionaban con buenos resultados. Para que otras personas pudieran utilizarlas, hacía falta preparar algo que pudiera aprenderse y practicarse.
Una de esas conductas consistía en enseñar al comprador una relación útil que no hubiera considerado. El primer trabajo del aprendiz era, por tanto, comprender aquello que iba a explicar. Saber que debía aportar una perspectiva nueva dejaba abierta la pregunta por el contenido. Tenía que conocer un problema del cliente, los apoyos de su explicación y la ayuda que su empresa podía ofrecer después.
Parte de esa preparación pertenecía a la organización. Dixon explica que cada vendedor no debería verse obligado a descubrir por su cuenta qué enseñar. La empresa podía reunir conocimientos y preparar materiales que ayudaran a relacionarlos con el trabajo de sus clientes. Esa tarea daba al aprendizaje un punto de partida compartido, sobre el que después se podría examinar lo que cada persona estaba consiguiendo explicar.
El contenido también necesitaba una comprobación antes de llegar a los vendedores. Una idea podía ser interesante y conducir hacia una necesidad que la empresa no estuviera preparada para atender. En ese caso, aprender a explicarla dejaría pendiente la ayuda que habría que ofrecer al comprador. Preparar la enseñanza exigía mantener juntas la dificultad que se quería mostrar y las capacidades disponibles para responder cuando el cliente quisiera examinar una solución.
Recibir una presentación preparada permitía empezar a estudiar esa relación, pero quedaba bastante trabajo hasta poder utilizarla. El vendedor tenía que reconocer cómo se pasaba de un dato a una afirmación y de esa afirmación a una consecuencia para el comprador. Si solo recordaba las palabras, una pregunta podía obligarlo a regresar al comienzo sin saber dónde se había perdido. Comprender los pasos le permitía detenerse en la parte que el cliente necesitaba aclarar y explicarla con otras palabras.
En su entrevista sobre el aprendizaje del modelo, Adamson habla de herramientas, formación y acompañamiento. Esa combinación permite distinguir necesidades diferentes del aprendizaje. El material ofrece información que estudiar. La formación ayuda a comprenderla y a empezar a utilizarla. La revisión de los intentos permite reconocer qué se ha aprendido y qué sigue dependiendo de repetir una fórmula.
Durante una práctica puede aparecer una explicación correcta que todavía resulte difícil de seguir. El vendedor quizá haya entendido el contenido, pero dé por sabido un paso que su interlocutor necesita conocer. Pedirle que vuelva sobre esa parte permite trabajar la relación que falta. El avance puede estar en explicar mejor algo ya comprendido, sin añadir más datos a una presentación que todavía cuesta recorrer.
También hace falta preparar lo que ocurre cuando la respuesta cambia el camino. El comprador puede conocer el problema, tener una información distinta o preguntar por una condición que el material no recoge. Esas respuestas piden escuchar y decidir qué se puede sostener. El vendedor necesita reconocer cuándo dispone de una explicación y cuándo debe buscar una respuesta antes de continuar. La preparación gana utilidad si permite ver ese límite a tiempo.
Este trabajo deja espacio para que cada persona conserve su manera de hablar. Quien no acostumbra a debatir puede empezar por una explicación que comprende bien y esté dispuesto a revisar con el cliente. La práctica le permite ganar soltura sin obligarlo a representar el carácter de un compañero. A medida que reconoce los apoyos de su argumento, encuentra más margen para responder a una duda sin depender de que la conversación siga un orden aprendido.
La organización puede volver entonces sobre el material que entregó al principio. Si varias personas encuentran una dificultad en el mismo paso, merece la pena comprobar cómo está explicado y qué información les falta para utilizarlo. El aprendizaje de los vendedores aporta así razones para revisar la preparación de la empresa. La siguiente persona que estudie ese contenido podrá empezar desde una explicación que ya incorpora parte de lo aprendido durante los intentos anteriores.
¿Cómo se encuentra una razón para que el cliente te elija?
Deb Oler pidió que Grainger pudiera explicar por qué sus clientes la elegían frente a los competidores. La pregunta llevaba la atención hacia una decisión que se estaba produciendo fuera de la empresa. Para responder, hacía falta examinar lo que el comprador encontraba al comparar sus posibilidades.
Grainger suministraba productos que otras empresas utilizaban para mantener sus instalaciones en funcionamiento. Esa actividad permitía describir lo que vendía, pero dejaba por explicar la preferencia del cliente. El comprador podía necesitar el artículo y encontrar más de un lugar donde conseguirlo. La investigación que abría Oler debía continuar desde esa posibilidad de elegir entre proveedores.
Brent Adamson recuerda el trabajo de Grainger al reconocer su aportación a la enseñanza comercial. El punto de partida fue aquella pregunta sobre los motivos de elección. Conservarla durante la preparación obligaba a comprobar cada fortaleza desde el lado del cliente. Una capacidad podía ser real dentro de Grainger y seguir necesitando una explicación que permitiera utilizarla al decidir.
El primer cuidado está en reconocer qué comparación se está haciendo. Una empresa puede poner mucho empeño en atender bien y ofrecer productos adecuados. Si los competidores también lo hacen, esas cualidades ayudan a cumplir lo esperado, pero dejan menos diferencia sobre la que sostener una preferencia. El cliente necesita entender qué recibiría al escoger a ese proveedor y cómo se relaciona con el trabajo que tiene pendiente.
Para llegar hasta ahí hay que seguir una capacidad más allá de su descripción. Saber hacer algo permite prestar una ayuda, y esa ayuda puede modificar una parte del trabajo del comprador. La explicación tiene que recorrer ambas relaciones. Si se detiene en lo que la empresa posee o en lo mucho que se esfuerza, el cliente queda encargado de deducir cómo va a beneficiarse. Puede hacerlo, pero también puede dejar esa capacidad sin un lugar claro dentro de su comparación.
La comprobación necesita conservar las condiciones de uso. Una fortaleza puede aportar mucho a una empresa y tener poco efecto en otra que trabaja de manera diferente. Por eso, una razón para elegir requiere explicar en qué situación ayuda y qué necesita el cliente para aprovecharla. Reconocer ese alcance permite que el comprador compare con su necesidad real, sin esperar una mejora que las condiciones de su trabajo podrían impedir.
La pregunta también orientaba la preparación de lo que Grainger quería enseñar. Una vez identificada una capacidad útil, había que encontrar una dificultad del cliente que pudiera comprenderse mejor al conocerla. El recorrido de la conversación debía permitir examinar esa dificultad antes de pedir al comprador que valorara la oferta. De lo contrario, se le presentaba una respuesta cuyo interés todavía tenía que descubrir por su cuenta.
Esa preparación tiene que vigilar dos distancias. La primera separa una información interesante de una información que ayuda al cliente a comprender su trabajo. La segunda separa esa comprensión de la ayuda que la empresa puede prestar. Si una de ellas queda sin recorrer, la conversación puede aportar conocimiento y dejar sin explicar por qué conviene continuar con ese proveedor. El comprador dispone entonces de una idea que otros podrían aprovechar para ofrecerle una respuesta.
El vendedor necesita poder seguir el mismo camino cuando aparezcan preguntas. Si conoce la relación entre capacidad, ayuda y necesidad, puede explicar por qué la propuesta encaja y atender una diferencia que señale el comprador. Si solo ha aprendido una frase sobre las ventajas de Grainger, las dudas lo devuelven a una afirmación que quizá ya se había escuchado. La preparación de la empresa tiene que ofrecerle más apoyo que esa frase.
¿Cómo comprobamos el consejo de alguien que parece saber más?
Robert Cialdini estudia en Influencia cómo las señales de experiencia o de disposición a ayudar cambian la manera de recibir una petición. Esa acogida y el contenido del consejo necesitan preguntas propias. Un profesional puede inspirar confianza y presentar una propuesta cuya utilidad para este cliente todavía esté pendiente de comprobar.
Un proveedor puede conocer una actividad lo suficiente para advertir un gasto que el comprador apenas había examinado. Mostrar ese conocimiento le da una razón para pedir atención. El comprador necesita después poder seguir la explicación y reconocer de dónde procede lo que se afirma sobre su empresa.
| Durante una recomendación | El vendedor desafiante | Influencia |
| Qué puede abrir la escucha | Mostrar una comprensión útil de la actividad del cliente | Reconocer señales de conocimiento o de disposición a ayudar |
| Qué necesita examinar el comprador | Cómo se relacionan los hechos presentados con su dificultad | Qué sostiene la confianza que atribuye a quien aconseja |
| Qué debe añadir la propuesta | Por qué la alternativa ofrecida puede atender esa dificultad | Información que permita valorar lo que se está pidiendo |
| Si aparecen límites | Ajustar la explicación y la oferta a lo que se conoce | Separar la buena impresión de las condiciones de la decisión |
La pregunta interna de Grainger sobre por qué elegirla exige llegar hasta ese contenido. Decir que la empresa conoce bien a sus clientes puede ser cierto y dejar al comprador esperando qué va a recibir gracias a ese conocimiento. La explicación debe permitirle reconocer una dificultad, valorar su alcance y comprender qué relación tiene con lo que el proveedor ofrece.
Al conocer esa relación, el cliente puede hacer preguntas que antes no tenía. Puede pedir el origen de una cantidad, comprobar qué tareas incluye o preguntar por una condición que queda fuera. Esas respuestas forman parte del valor de la conversación. Si el vendedor recurre únicamente a su experiencia para evitar el examen, el comprador pierde la posibilidad de utilizarla para decidir con más conocimiento.
También puede descubrir que otra empresa atiende la misma necesidad de una manera adecuada. La confianza ganada durante la explicación conserva su función, mientras la elección requiere comparar lo que recibirá de cada proveedor. Para quien vende, preparar esa comparación obliga a conocer qué puede cumplir su organización y qué límites debe explicar antes de que el cliente se comprometa.
¿Por qué una compra puede costar más de lo que pone en el precio?
El martillo del ejemplo de Grainger cuesta diecisiete dólares. Para disponer de él, la empresa tiene que realizar una compra. Ese recorrido empieza antes del pago y añade un trabajo que el precio del artículo deja fuera.
Grainger utilizaba sus conversaciones de venta para mostrar a los clientes una parte de las compras imprevistas que podía pasar desapercibida. La necesidad de un producto puede aparecer sin preparación y pedir que se encuentre una manera de conseguirlo. Al revisar únicamente lo que se paga al proveedor, queda pendiente conocer el esfuerzo que la propia empresa dedica a tramitar esa adquisición.
En la ilustración recogida en el libro, buscar el martillo y gestionar su compra y pago añade cien dólares de costes de proceso. La suma llega a ciento diecisiete dólares. Las dos cantidades pertenecen a partes distintas de la misma compra: una corresponde al artículo y la otra al trabajo necesario para adquirirlo. El ejemplo permite ampliar la cuenta sin cambiar el precio que tenía el martillo al principio.
Para utilizar esa explicación en una empresa hay que conservar su carácter de ilustración. Los cien dólares muestran una relación posible entre el producto y el procedimiento. Conocer la cantidad que corresponde a un comprador exige estudiar su manera de trabajar. Si se copiara la cifra sin ese examen, se estaría trasladando una conclusión antes de averiguar qué tareas necesita realizar y qué recursos emplea en ellas.
El primer paso de esa revisión consiste en seguir la compra hasta que esté terminada. Buscar lo necesario y tramitar su pago pueden repartirse entre trabajos distintos, aunque la cuenta del producto aparezca en un solo lugar. Para valorar el proceso hace falta reconocer qué se realiza por causa de esa adquisición. También hay que evitar contar dos veces la misma dedicación cuando se observan tareas que comparten una parte del trabajo.
Después se puede examinar qué cambia al comparar formas de comprar. Encontrar un producto más barato reduce su importe, pero quizá deje casi igual el trabajo necesario para conseguirlo. Una forma diferente de tramitar la compra puede modificar esa dedicación y mantener el precio del artículo. La comparación necesita recoger lo que cambia en cada parte, porque seguir solo una de ellas puede ocultar una mejora o atribuir un ahorro que todavía está pendiente de conseguir.
El tiempo empleado requiere además una explicación propia. Si una tarea deja de hacerse, quien la realizaba puede disponer de más tiempo para otro trabajo. Esa capacidad puede ser valiosa aunque el sueldo permanezca igual. Para hablar de dinero que la empresa dejará de pagar habría que identificar un gasto que realmente desaparece. Las dos mejoras merecen examinarse según lo que permiten hacer, conservando la diferencia entre liberar tiempo y reducir un desembolso.
También hace falta estudiar las condiciones que permitirían cambiar el procedimiento. Conocer un coste oculto da una razón para revisar, pero deja abierto cómo se atenderá la siguiente necesidad. La empresa sigue necesitando recibir el producto adecuado y disponer de él cuando haga falta. Una reducción de tareas que trasladara la dificultad a otra parte de la compra tendría que entrar en el mismo examen, para evitar presentar como ahorro un trabajo que simplemente ha cambiado de lugar.
La conversación de Grainger permitía dirigir la atención hacia esa organización de las compras imprevistas. El cliente podía volver a sus propios procedimientos y averiguar qué parte del gasto estaba relacionada con la manera de adquirir los artículos. Para examinar una alternativa, necesitaría conocer qué trabajo conservaría, qué parte podría hacerse de otra manera y de qué dependía que el cambio funcionara.
¿Cómo se relaciona una propuesta con el trabajo del comprador?
¿Puede salir caro un programa que parece barato?
ADP Dealer Services encontraba compradores que querían reducir lo que pagaban por los programas del concesionario. Cada gasto podía revisarse por separado, buscando una herramienta más barata para la parte del trabajo que parecía necesitarla.
La compañía ofrecía tecnología para distintas áreas del negocio. Frente a ella, un proveedor especializado podía presentar un programa más limitado y cobrar menos. Para el comprador, comparar esas cantidades era una forma inmediata de intentar ahorrar. La dificultad que recoge El vendedor desafiante aparece al continuar el trabajo después de la compra, cuando esas herramientas tienen que utilizarse dentro de una misma empresa.
Un programa puede cumplir bien su función y seguir dejando tareas entre su trabajo y el del siguiente. Si la información que sale de uno debe introducirse otra vez en otro, alguien tendrá que realizar ese traslado. Cuando haya una diferencia, necesitará averiguar qué dato conviene conservar. Estas posibilidades explican por qué dos precios bajos pueden acompañar un gasto de funcionamiento mayor del que muestran sus facturas. Para conocer si ocurre en un concesionario determinado, habría que observar sus tareas y los sistemas que utiliza.
La repetición resulta más difícil de reconocer cuando cada persona ve solo la parte que le corresponde. Quien introduce un dato puede terminar correctamente su tarea y desconocer que otro compañero volverá a escribirlo después. Cada intervención tiene un responsable y puede parecer necesaria desde su puesto. Al seguir la información de principio a fin se puede preguntar por qué necesita pasar dos veces por una operación semejante y qué condición obliga a repetirla.
ADP desarrolló Total Dealer Spend para examinar el gasto del concesionario con una mirada más amplia. La propuesta permitía discutir el coste de gestionar distintos proveedores y la posible redundancia entre sistemas. La comparación dejaba así de descansar únicamente en el importe de cada programa. Había que estudiar el trabajo que seguiría pidiendo aquella combinación y la parte de ese esfuerzo que una integración adecuada podría evitar.
Para estimar ese coste conviene conservar la diferencia entre tiempo utilizado y dinero que realmente se dejará de pagar. Si una persona dedica menos tiempo a trasladar datos, puede disponer de más horas para otra tarea. Su sueldo quizá siga siendo el mismo. La mejora existe, pero atribuirle un ahorro de caja inmediato exigiría conocer qué gasto desaparece. También puede reducirse una espera o resultar más fácil atender un pedido. Cada consecuencia requiere su propia comprobación antes de sumarla a la cuenta.
La sustitución trae a su vez un trabajo que debe hacerse visible. Hay que preparar la información que se trasladará, aprender a utilizar el nuevo programa y mantener la actividad mientras se cambia. Una comparación que solo mostrara el esfuerzo anterior y diera por gratuita la transición estaría dejando fuera otra parte de la elección. El comprador necesita saber cuándo empezaría a recibir la ayuda esperada y qué tendría que dedicar para llegar hasta ella.
El caso de ADP también permite comprender por qué empezar mostrando todas las funciones del producto podía dejar intacta la discusión sobre el precio. El comprador seguía comparando una herramienta limitada con un conjunto más amplio. Antes de valorar la amplitud de este último, necesitaba reconocer qué trabajo quedaba entre sus herramientas actuales. Una vez localizada una repetición, el vendedor tendría que mostrar de qué manera su propuesta la resolvería, conservando las condiciones particulares del concesionario.
La utilidad del análisis depende de esa vuelta a las tareas. Si dos sistemas ya comparten información de manera eficaz, la preocupación por una supuesta duplicación necesita revisarse. Si aparece una repetición costosa, conviene seguirla hasta conocer su frecuencia y quién la realiza. El negocio podrá entonces comparar el gasto de continuar con el esfuerzo de cambiar, apoyándose en el recorrido de su propia información.
¿Qué se lleva el cliente de una reunión contigo?
ADP organizaba seminarios gratuitos en los propios concesionarios. Sus responsables podían dedicar aquella reunión a examinar una parte del negocio, utilizando información del sector y recomendaciones preparadas por la compañía.
La preparación de esas sesiones formaba parte del trabajo comercial de ADP. La empresa ofrecía tecnología a los mismos negocios que asistían a los seminarios y quería que pudieran entender mejor las dificultades a las que respondían sus servicios. El libro utiliza estos seminarios para estudiar cómo una compañía puede ayudar a enseñar antes de que la conversación se concentre en su producto.
La preparación compartida resuelve una dificultad que aparece al intentar extender esa manera de vender. Un vendedor puede conocer a fondo algunos clientes y reconocer problemas que se repiten entre ellos. Otro puede acabar de incorporarse y carecer de ese recorrido. Si ambos deben elaborar solos la enseñanza que van a ofrecer, la empresa desaprovecha conocimiento y expone a los clientes a explicaciones de calidad muy diferente.
Para que el material ayude de verdad, necesita contener el razonamiento que sostiene la observación. Una cifra aislada deja al vendedor dependiendo de que el cliente la acepte. Conocer qué se ha contado, en qué negocios y durante qué periodo le permite explicar su alcance. También le permite reconocer una diferencia relevante cuando el comprador dice que allí trabajan de otra manera. El vendedor podrá revisar si la observación sigue siendo aplicable en vez de intentar mantenerla porque aparezca impresa en una presentación.
Dixon explica en su entrevista sobre la preparación de los vendedores que encontrar qué enseñar requiere apoyo de la organización. Entre los casos del libro menciona a ADP. Un equipo puede reunir lo que aprende al tratar con muchos clientes y convertirlo en una herramienta que otros compañeros sepan utilizar. Para hacerlo necesita seleccionar observaciones que ayuden a entender un problema y que su propia empresa tenga capacidad de abordar.
Los seminarios muestran además una diferencia entre entregar información y dejar al cliente en condiciones de utilizarla. Una recomendación puede resultar convincente durante la reunión y quedar sin uso si el asistente desconoce por dónde empezar. Cuando comprende qué tarea debe revisar y qué señal buscar, puede regresar al negocio con una averiguación posible. El valor de la sesión continúa mientras observa si lo explicado aparece también en su actividad.
Esa vuelta al trabajo admite respuestas distintas. La revisión puede descubrir un gasto que conviene estudiar, mostrar que una práctica ya funciona bien o dejar pendiente información que nadie ha reunido todavía. Las tres respuestas añaden conocimiento sobre el concesionario. Si el vendedor solo considera útil la primera, puede terminar forzando el diagnóstico para justificar una oferta que había decidido presentar de antemano.
El material común debe permitir que esa información nueva regrese al equipo que lo prepara. Una dificultad que varios clientes encuentran al utilizarlo puede señalar una explicación insuficiente. Una excepción repetida puede mostrar que el sector ha cambiado o que el grupo de negocios estudiado era demasiado estrecho. Revisar esas respuestas ayuda a que la siguiente sesión llegue mejor preparada y a que los vendedores puedan reconocer cuándo necesitan pedir ayuda.
El trabajo de quien conduce la reunión sigue siendo necesario. Tiene que entender qué promete la sesión, dejar espacio para las dudas que surjan y distinguir una observación del sector de un hecho comprobado en aquel concesionario. Después podrá continuar desde lo que el cliente haya averiguado, manteniendo la relación entre el conocimiento compartido y las tareas sobre las que ahora dispone de información propia.
¿Por qué una explicación técnica puede dejar al cliente igual?
Los vendedores de Solae conocían los ingredientes de soja que ofrecía su compañía. Al trabajar con especialistas en alimentos podían hablar de sus características, contando con que el interlocutor supiera relacionarlas con la elaboración del producto.
Cuando Solae amplió sus soluciones, la conversación empezó a alcanzar otras responsabilidades dentro de las empresas compradoras. El libro recoge la dificultad de utilizar con esos interlocutores una explicación técnica parecida a la que servía con los especialistas. Los datos seguían describiendo el ingrediente, pero quien los recibía podía desconocer qué relación tenían con el trabajo por el que debía responder.
Conviene detenerse en esa distancia antes de atribuir el problema a que la persona prestara poca atención. Comprender una palabra y saber qué hacer con la información son tareas diferentes. Un responsable puede reconocer una propiedad y seguir necesitando que se explique qué modifica en la actividad que dirige. Si ese paso queda pendiente, valorar la compra le exigirá encontrar por su cuenta una relación que el proveedor conoce mejor.
Solae preparó un proceso que relacionaba los mensajes con las funciones de los interlocutores. La compañía ayudaba a sus vendedores a comprender qué resultados debía conseguir cada persona y a conectar con ellos la oferta. Ese trabajo permite transformar una explicación técnica en una conversación sobre sus consecuencias, conservando los hechos que la sostienen.
Podemos seguirlo en una compra de ingredientes. Cambiar una característica puede afectar a cómo se elabora el alimento. Quien responde por la producción necesitará averiguar si puede seguir utilizando los mismos equipos y pasos de trabajo, o si habrá que adaptarlos. Quien debe mantener las cualidades del alimento necesitará comprobar, por ejemplo, si se conserva el sabor que conoce el consumidor. Cada interlocutor sigue el mismo ingrediente hasta una responsabilidad diferente que debe poder examinar.
El vendedor necesita comprender esa continuidad para evitar promesas que después choquen entre sí. Si presenta una mejora de costes a una persona y una calidad invariable a otra, deberá poder explicar cómo se cumplirán ambas condiciones. Las conversaciones individuales forman parte de una sola propuesta. La adaptación pierde utilidad cuando cada participante acepta una versión que resulta incompatible con la que ha entendido su compañero.
También hay detalles técnicos que deben recuperarse durante la explicación. Al principio pueden resultar poco comprensibles porque todavía falta saber para qué se van a utilizar. Una vez reconocida la consecuencia que interesa, el comprador puede necesitar esos mismos detalles para comprobar si la promesa se sostiene. Adaptar pide decidir cuándo ayuda cada información y qué relación hace falta explicar antes de presentarla.
Conocer la función del interlocutor ofrece una preparación, pero todavía deja abierta la situación de esa persona. Dos empresas pueden repartir de manera distinta las decisiones sobre una compra. El vendedor tendrá que escuchar qué trabajo realiza su interlocutor y qué parte de la propuesta puede evaluar. Si descubre que una preocupación corresponde a otro compañero, podrá preparar la conversación con quien debe examinarla en lugar de pedir una aprobación que esa persona carece de medios para dar.
El problema que describe el caso de Solae puede reaparecer incluso al utilizar palabras habituales. Una presentación sin términos difíciles puede dejar igualmente pendiente la consecuencia para el trabajo del comprador. Después de explicar una característica, el vendedor necesita poder seguir cómo se utilizaría y qué resultado ayudaría a conseguir. Las preguntas del interlocutor mostrarán dónde continúa faltando un paso de esa relación.
¿Qué debe conservar una explicación al pasar de una persona a otra?
Una persona puede comprender una propuesta y necesitar explicársela después a alguien que realiza otro trabajo. Al preparar esa segunda conversación, tendrá que decidir qué información conserva y qué necesita aclarar para su compañero. Lo que ha entendido puede perderse si solo recuerda una ventaja separada de las razones que la sostenían.
Chip Heath y Dan Heath examinan en Ideas que pegan cómo una idea central permite ordenar los detalles. Esa selección ayuda a observar la adaptación que trabaja El vendedor desafiante. Al hablar con responsables distintos, la explicación puede cambiar el punto desde el que empieza, conservando la relación que cada uno necesita comprender para valorar la propuesta.
| Al explicar a otra persona | El vendedor desafiante | Ideas que pegan |
| Qué orienta la selección | El trabajo, las medidas y las preocupaciones de quien recibe la propuesta | La idea central que permite ordenar lo que se cuenta |
| Qué puede cambiar | El detalle que se desarrolla primero y su relación con la responsabilidad del interlocutor | Las palabras, los apoyos y los detalles que ayudan al destinatario |
| Qué debe permanecer comprensible | Cómo la dificultad y la propuesta afectan a una actividad | La relación principal que da sentido a los detalles |
| Qué conviene comprobar | Si la explicación responde a las preguntas de ese responsable | Qué ha entendido y qué podría transmitir después |
Un responsable puede fijarse primero en el trabajo que habrá que cambiar. Otro necesita saber cómo se medirá el gasto. Darles idéntica explicación puede obligar a ambos a buscar entre detalles que responden a preguntas diferentes. La adaptación permite acercar a cada uno la parte que debe examinar, añadiendo después la información que la conecta con el resto de la operación.
Esa selección requiere conservar las condiciones. Si un ahorro depende de cambiar una tarea, quien estudia las cifras necesita conocer ese cambio. Si la nueva tarea exige tiempo a otro departamento, su responsable debe poder reconocerlo antes de aceptar. Una explicación que elimina esas relaciones para resultar más fácil deja una promesa que los demás tendrán que reconstruir cuando intenten cumplirla.
El vendedor puede comprobar lo entendido pidiendo que la persona explique qué deberá revisar con su compañero. La respuesta mostrará qué relación ha quedado clara y qué apoyo sigue faltando. Tal vez necesite una cuenta que pueda examinarse o una descripción del trabajo previsto. Preparar ese material permite que la conversación siguiente empiece con razones que se pueden seguir, además de con una recomendación favorable.
¿Cómo saber si cada persona acepta lo que se le propone?
Solae llevaba a una hoja los resultados que cada interlocutor esperaba recibir de la propuesta. El trabajo se hacía con las personas de la empresa compradora, de modo que el vendedor podía comprobar lo escrito antes de utilizarlo para preparar los siguientes pasos.
Ese documento ayudaba a resolver una dificultad propia de las compras en las que participan varios departamentos. Una conversación favorable con una persona aporta información sobre su posición. Los compañeros pueden tener responsabilidades diferentes y necesitar otras comprobaciones antes de apoyar la misma oferta. La decisión tendrá que reunir esas respuestas sin borrar lo que cada uno necesita revisar.
En el proceso que describe el libro, Solae relacionaba un objetivo del proyecto con los resultados de quienes debían participar. La ayuda esperada dejaba de quedar expresada únicamente como una mejora general de la empresa. Había que precisar qué cambiaría para cada función y qué preocupación podía impedir que aquella persona aceptara. Esa información permitía preparar una propuesta que conservara las condiciones de los distintos participantes.
El resultado necesita expresarse de forma que después pueda comprobarse. Mejorar el trabajo admite muchas interpretaciones. Para reconocer una mejora habrá que saber qué parte debe cambiar y con qué referencia se la comparará. La medida elegida puede ser una cantidad, un plazo o una condición que se deba mantener. Su utilidad depende de que ambas partes entiendan lo mismo al utilizarla.
También hay que escuchar cómo relaciona el interlocutor esa medida con su responsabilidad. Una reducción de tiempo puede resultarle valiosa si alivia una dificultad que ya tiene. Puede ayudarle menos si reduce horas en una operación distinta de la que está retrasando el resultado por el que debe responder. Al preparar la hoja con él, el vendedor conserva la oportunidad de corregir una interpretación que parecía razonable desde fuera y que todavía carecía de apoyo suficiente.
La objeción merece un examen parecido. El comprador puede reconocer el resultado ofrecido y seguir preocupado por el esfuerzo que exigirá alcanzarlo. Recoger esa dificultad permite distinguir la duda de una negativa al proyecto entero. A continuación habrá que explicar qué parte resuelve la propuesta, qué información falta y qué condición deberá cumplir el propio comprador. Si una preocupación sigue abierta, debe conservar ese estado en el documento.
En la explicación de Brent Adamson sobre el trabajo de Solae, la validación con cada interlocutor aparece antes de que la compañía dedique recursos a trabajar con ese posible cliente. Esa posición permite comprender para qué sirve la herramienta. Quienes deban desarrollar la solución necesitan conocer qué se espera de ella antes de trabajar sobre un acuerdo que quizá cada participante esté interpretando de una manera.
Al reunir las respuestas pueden descubrirse dificultades entre departamentos. Una condición favorable para uno puede exigir a otro un cambio que todavía desconoce. El vendedor tendrá que hacer visible esa relación antes de considerar que la suma de apoyos individuales forma un acuerdo viable. La hoja permite localizar de quién es cada expectativa y qué conversaciones deben continuar para comprobar si pueden cumplirse juntas.
El documento tampoco convierte una aceptación en una promesa permanente. Puede cambiar el objetivo del proyecto o incorporarse alguien que deba examinar una parte pendiente. Habrá que conservar lo ya confirmado y revisar lo afectado por la información nueva. Una propuesta escrita ayuda precisamente porque permite señalar qué ha cambiado, en vez de intentar reconstruir después todas las conversaciones desde el recuerdo.
Al llegar ante quien deba autorizar la compra, el vendedor podrá mostrar qué valor ha reconocido cada participante y qué objeciones se han atendido. Si alguna condición sigue sin respuesta, el mismo trabajo indicará dónde hace falta continuar. La decisión dispondrá de una referencia que las personas implicadas hayan podido examinar, junto a las dudas que todavía necesiten resolver.
¿Qué hacemos cuando alguien conoce un dato que no teníamos?
El interlocutor puede reconocer en la explicación una condición que funciona de otra manera en su empresa. Al indicarla, está aportando información que cambia lo que el vendedor había preparado. La conversación necesita dejar espacio a esa corrección antes de continuar con una cuenta o una recomendación apoyada en el dato anterior.
Adam Grant estudia en Piénsalo otra vez la revisión de creencias cuando aparece información que merece examen. Esa disposición también le hace falta a quien enseña algo al comprador. Haber preparado una perspectiva útil permite presentarla, mientras las respuestas del cliente pueden mostrar hasta dónde sirve y qué parte necesita cambiar.
| Al recibir información nueva | El vendedor desafiante | Piénsalo otra vez |
| Qué se examina | Si la explicación preparada encaja con esta actividad y este responsable | Qué apoyo conserva una creencia después de la objeción |
| Qué aporta el interlocutor | Datos, condiciones y medidas de su propio trabajo | Una razón que puede limitar o cambiar la interpretación |
| Cómo continuar | Revisar la relación que llevaba del dato a la propuesta | Examinar la evidencia antes de defender la postura |
| Qué puede quedar pendiente | Rehacer la cuenta o conocer otra parte de la actividad | Decidir qué conclusión permite la información disponible |
La corrección puede afectar a una cifra sin invalidar todo el trabajo preparado. También puede cambiar la razón principal por la que se ofrecía la solución. Para distinguirlo hay que volver a la relación que se estaba explicando. Si el gasto se había calculado sumando tareas que el cliente ya tiene incluidas en un contrato, convendrá rehacer la cuenta antes de hablar del ahorro que produciría otra opción.
Preguntar por esa diferencia exige reconocer qué se había supuesto. El vendedor puede decir qué parte de su cálculo dependía de una condición y pedir la información necesaria para revisarla. El comprador puede entonces corregir un punto identificable. Si recibe una defensa general del producto, tendrá que volver a explicar una dificultad que todavía no ha sido atendida.
¿Cómo seguimos cuando cambia la cuenta que habíamos preparado?
En esta aplicación creada, Marcos ofrece un sistema de avisos para facilitar la revisión de ascensores. Paula administra varias comunidades de vecinos. Al estudiar el posible gasto, descubren que los contratos de mantenimiento recogen las salidas urgentes de maneras diferentes.
—Para estudiar el gasto he contado por separado las visitas urgentes que aparecen en estos partes.
—En la comunidad de la calle Olmo esas salidas ya están incluidas en la cuota de mantenimiento.
—¿La cuota incluye también las piezas que se cambien?
—Algunas. Las piezas grandes se presupuestan aparte. En la otra comunidad sí se cobra cada salida urgente.
—Entonces tengo que separar los contratos antes de sumar ese gasto. En Olmo, reducir una salida no quitaría de la cuenta el importe que yo había añadido.
—Exacto. A los vecinos les preocupa quedarse sin ascensor, pero la visita en sí no les añade ese pago.
—¿Guardáis cuánto dura cada interrupción? Esa información ayudaría a estudiar una dificultad distinta del precio de la visita.
—Tenemos las horas de los avisos y las de cierre de los partes. No siempre indican cuándo volvió a funcionar.
—Podemos identificar primero qué dicen esos registros. Antes de estimar una mejora tendríamos que saber qué interrupciones podría detectar el sistema y cuáles quedarían fuera.
—Y tendría que revisarlo la empresa que lleva el mantenimiento. Ellos son quienes responden a los avisos.
—Te prepararé las dudas separadas por contrato para que puedan examinarlas. Con sus respuestas podremos ver qué tendría sentido calcular.
—Eso sí puedo pedirles. La cuenta de ahorro anterior no la podría presentar a las comunidades.
¿Cómo ayudamos al comprador a comprender un cambio?
¿Cuánto cuesta seguir trabajando de la misma manera?
Pensemos en una pieza que ha salido mal y debe fabricarse otra vez. La máquina tendrá que ocuparse de nuevo y alguien necesitará repetir el trabajo antes de darlo por terminado. Mientras se prepara la segunda, interesa conocer qué ha ocurrido con lo que se utilizó en el primer intento.
El material del intento fallido necesita examinarse antes de darlo por perdido. Una parte puede desecharse y otra quizá admita recuperación. Contarlo todo como pérdida aumentaría el gasto aparente antes de haber comprobado lo que realmente se deja de utilizar.
Después hay que examinar el trabajo de la repetición. Puede exigir preparar la máquina, rehacer la pieza y comprobar que esta vez sirve. Si esas operaciones se realizan durante la jornada habitual, ocupan tiempo que deja de estar disponible para otras tareas. La empresa puede seguir pagando el mismo sueldo cuando desaparezca el fallo. En ese caso ganará capacidad de trabajo, mientras que la reducción de pagos dependerá de si puede evitar algún gasto que estaba realizando por la repetición.
La frecuencia debe medirse en un periodo que permita describir la actividad. Un día con muchos fallos puede servir para investigar y seguir siendo poco representativo de los demás. Si se extiende su resultado a todo el año, la cuenta incorpora una suposición. Conviene comprobar otras jornadas, anotar cambios relevantes y conservar una estimación que pueda explicarse con las observaciones disponibles.
Al reunir esas repeticiones también hay que averiguar qué las provoca. Si algunas piezas se estropean por un material inadecuado y otras por una operación posterior, cambiar el material quizá deje pendiente la segunda dificultad. Utilizar el gasto de todas las repeticiones para justificar ese cambio atribuiría a la propuesta una ayuda todavía sin demostrar. Antes de discutir cuánto conviene pagar, hay que reconocer sobre qué parte del trabajo puede intervenir.
La guía de conversación de El vendedor desafiante propone preparar la enseñanza a partir de una capacidad propia. Al relacionarla con el fallo de la pieza, el vendedor necesita distinguir el coste observado y la parte que su propuesta puede evitar. Haber reunido el gasto de todas las repeticiones deja pendiente conocer sobre cuáles puede actuar, antes de utilizar la cuenta para valorar el cambio.
También se debe evitar contar dos veces una misma consecuencia. Si una hora repetida ya se ha incluido como coste de trabajo, añadir el valor completo de una producción que se supone perdida puede mezclar cuentas que describen la misma hora desde dos lugares. Para estudiar la producción que realmente se deja de entregar hacen falta pedidos, plazos y capacidad disponible. Una posibilidad de vender más necesita mantenerse separada de un gasto que ya se está pagando.
Una vez descrito el coste actual, se puede comparar con el cambio propuesto. Habrá que incluir lo que cuesta ponerlo en marcha y el tiempo necesario para que empiece a funcionar. También puede quedar una parte del problema que seguirá produciéndose. La cantidad que justifica la oferta será la mejora que razonablemente pueda obtenerse después de considerar esas condiciones, dejando aparte las pérdidas que continuarían igual.
El ejercicio puede terminar revelando que falta información. Quizá se conozca el precio del material, pero todavía nadie haya seguido las repeticiones durante un periodo suficiente. Esa respuesta permite preparar una observación que ayude a decidir mejor. La conversación continuará desde los datos que se vayan reuniendo, antes de comprometer dinero para resolver una dificultad cuyo alcance todavía se está averiguando.
¿Por qué una cifra puede entenderse y no cambiar nada?
Pensemos en un pedido cuyos productos ya están preparados. Antes de enviarlo falta confirmar la dirección de entrega, y la persona que debe organizar la salida necesita ese dato para continuar.
La espera puede medirse desde el momento en que el pedido está listo hasta que llega la confirmación. Al reunir varias ocasiones, aparecerá una cantidad de minutos que permite conocer cuánto tiempo ha permanecido detenido. La cifra conserva esa duración y deja pendiente qué ocurría alrededor del pedido mientras faltaba la información.
El vendedor desafiante trabaja ese paso entre los datos del problema y su impacto para el comprador. La explicación debe permitir reconocer cómo aparece la dificultad durante la actividad. Podemos aplicar esa preparación al mismo pedido, siguiéndolo hasta averiguar qué consecuencias tiene la espera que acabamos de medir.
Antes de considerar perdido todo ese tiempo conviene saber cuándo debe salir el transporte. Si la dirección queda confirmada antes de la salida, el pedido quizá pueda enviarse como estaba previsto. En ese caso habrá habido una espera, pero todavía falta demostrar una entrega incumplida. El dato de los minutos no autoriza a dar por sucedido todo lo que podría haber ocurrido mientras faltaba la dirección.
La misma duración puede tener otro efecto si la confirmación llega después de que el transporte se haya marchado. El pedido seguirá preparado y ahora necesitará otra salida. Quizá exista un envío posterior que permita mantener el plazo. Si hay que contratarlo por separado, deberá conocerse su coste. Si la próxima salida llega demasiado tarde, habrá que estudiar qué compromiso se tiene con el destinatario y qué respuesta puede ofrecerse.
El comprador puede reconocer esa dependencia y señalar una diferencia en su empresa. Tal vez confirme las direcciones antes de preparar los pedidos, disponga de otro medio para hacerlo o tenga varios transportes durante la jornada. El vendedor necesita incorporar esas respuestas a la explicación. La situación preparada le había dado una forma de examinar el problema, mientras el comprador está aportando información sobre cómo se produce en su propio trabajo.
La explicación de Challenger sobre el uso de relatos en la venta relaciona los datos con situaciones reconocibles. En este ejercicio, el recorrido del pedido permite entender qué había dentro de la espera. La explicación conserva su utilidad mientras se pueda volver a los pasos y comprobarlos, incluyendo los que el comprador resuelve de otra manera.
Si la persona reconoce que algunos pedidos pierden su salida, la investigación puede continuar sobre ellos. Interesa saber cuándo faltó la dirección, quién podía confirmarla y qué pasó después. Quizá el gasto se encuentre en contratar otro envío, o la dificultad consista en dejar un trabajo pendiente hasta la jornada siguiente. Cada respuesta permite seguir una consecuencia, sin sumarlas todas como si siempre se produjeran juntas.
También habrá que comparar esas ocasiones con las que terminan bien. Un dato general sobre esperas puede estar reuniendo pedidos que salen a tiempo y otros que necesitan una intervención nueva. Separarlos ayuda a reconocer qué condición cambia el resultado. El vendedor podrá explicar el problema de los segundos sin atribuir la misma dificultad a todos los pedidos que estuvieron detenidos unos minutos.
La persona que organiza los envíos dispone además de otras obligaciones. Puede reconocer que algunas esperas cuestan trabajo y decidir que otra dificultad necesita atención antes. Para comprender esa prioridad, el vendedor tendrá que escuchar qué pedidos están afectados, qué margen conserva la empresa y qué compromiso tiene con sus destinatarios. Haber reconocido un impacto deja abierta la decisión sobre cuándo conviene actuar.
Al volver al pedido del ejercicio, el siguiente paso depende de la información que se obtenga. Si la dirección llega a tiempo, habrá que comprobar que la salida se complete. Si llega tarde, interesará seguir la alternativa que se utilice y conocer qué cambia en la entrega. El dato de la espera podrá acompañar ese recorrido, junto a las condiciones que permiten explicar su efecto.
¿Se puede explicar una solución antes de enseñar un producto?
El comprador puede observar una demostración y reconocer qué hace cada función de una herramienta. Para juzgar si le sirve necesita relacionarlas con el trabajo que quiere cambiar.
El vendedor desafiante separa el momento de explicar una forma nueva de actuar y el de presentar la solución del proveedor. Esa distancia da al comprador la posibilidad de examinar un cambio antes de aceptar el medio que se le ofrece para realizarlo. La propuesta tendrá después que demostrar cómo hace posible lo que ya se ha comprendido.
Podemos aplicar el ejercicio a una tarea que se detiene porque falta información. Antes de pensar en programas o equipos, interesa saber quién debe utilizarla y cuándo la necesita. Si el dato llega después del momento de decidir, tenerlo disponible al final del día puede dejar intacta la espera. El cambio buscado debe alcanzar ese momento del trabajo en el que una persona todavía tiene capacidad de utilizarlo.
También hay que conocer de dónde sale la información y quién puede confirmar que está actualizada. Hacerla llegar antes quizá exija que otra tarea se complete con más antelación. La nueva forma de trabajar debe incluir esa dependencia. Si solo se describe la rapidez con la que viajará el dato, puede quedar fuera el tiempo necesario para producirlo y comprobarlo.
Con esas condiciones, el comprador puede pedir que la demostración siga el trabajo que necesita resolver. Interesa ver cómo llegará la información propia de la empresa, quién comprobará que sirve y cuándo podrá utilizarla la persona que la espera. La prueba deberá permitir seguir esos pasos, porque recibir un aviso en la pantalla todavía deja por conocer qué habrá tenido que ocurrir para que su contenido esté listo.
Esa preparación ayuda a reconocer una demostración incompleta. Un programa puede mostrar que envía un aviso y dejar pendiente quién debe mantener el contenido que acompaña al aviso. También puede utilizar datos de ejemplo que ya están preparados. Antes de esperar el mismo resultado durante la actividad diaria, el comprador tendrá que saber cómo entrarán sus propios datos y qué ocurrirá si faltan o contienen un error.
La explicación oficial de los momentos de la conversación desafiante mantiene esta separación entre una forma nueva de actuar y la oferta particular. Cuando llega el momento de mostrar el producto, sus funciones deben poder relacionarse con el cambio. Una función que luce durante la presentación puede tener poca utilidad si actúa sobre un paso que la empresa ya resuelve bien.
El vendedor necesita además conservar los límites de su herramienta. Si resuelve la circulación de la información y requiere que el cliente prepare su contenido, esa obligación tiene que aparecer antes de decidir. La ayuda esperada dependerá del trabajo de ambas partes. El producto puede ser adecuado y pedir una organización que la empresa todavía no está en condiciones de sostener.
Describir primero el funcionamiento buscado permite examinar alternativas con una referencia compartida. Algunas pueden cambiar menos tareas y ofrecer una mejora más limitada. Otras pueden exigir más preparación y resolver una parte mayor de la espera. Para compararlas habrá que estudiar el trabajo que cada una deja al comprador y el resultado que razonablemente puede obtener con ella.
Una capacidad diferenciadora del proveedor adquiere sentido en esa comparación cuando ayuda a realizar un paso necesario que otras opciones dejan peor resuelto. El vendedor tendrá que mostrar esa relación. Presentar una diferencia entre productos que apenas afecta a la tarea mantendría abierta la pregunta por su utilidad, aunque la demostración resulte convincente.
Al terminar, todavía puede quedar un paso sin resolver. La información llega a tiempo, pero nadie ha asumido la comprobación, o la persona que debe utilizarla carece de permiso para verla. El recorrido preparado permite localizar esa condición antes de empezar a trabajar con la herramienta. La compra podrá examinarse desde lo que sería posible hacer y desde las obligaciones que la empresa tendría que atender para conseguirlo.
¿Cómo puede avanzar una negociación?
¿Qué conviene preparar antes de negociar un precio?
DuPont preparaba a sus vendedores para llegar a una negociación con un plan. Parte del trabajo debía realizarse antes de hablar con el cliente, cuando todavía había tiempo para estudiar las condiciones que podían ofrecer.
La compañía vende productos y servicios a otras empresas. En ese tipo de relación, el precio forma parte de un acuerdo que puede incluir distintas obligaciones para quien vende y para quien compra. Dixon y Adamson recogen su preparación de negociaciones en El vendedor desafiante, dentro del capítulo dedicado a llevar adelante la venta con firmeza. El caso permite detenerse en lo que el vendedor necesita conocer antes de responder a una petición de rebaja.
La cantidad que se desea cobrar ofrece una primera referencia. Todavía falta saber qué se está dando a cambio y por qué el cliente podría necesitarlo. Si el vendedor solo lleva preparada una cifra, una propuesta inferior lo obliga a decidir con muy poco apoyo. Puede aceptar para conservar la operación o insistir en el precio sin conseguir explicar qué condición está defendiendo. En ambos casos queda pendiente el examen del acuerdo que había detrás de aquella cantidad.
Para preparar ese examen hace falta seguir el trabajo que la oferta realizaría en la empresa compradora. La necesidad del cliente tiene que poder reconocerse antes de explicar cómo se atendería. Después se puede estudiar qué parte de la propuesta responde a ella y qué obligaciones asume el proveedor para conseguirlo. Si se modifica una de esas partes, conviene conocer también qué seguirá recibiendo el comprador. Esa relación permite hablar del dinero conservando lo que se está tratando de resolver.
Una petición de rebaja puede referirse al precio y dejar sin explicar el motivo por el que se pide. El vendedor necesita averiguar si la preocupación está en la cantidad total, en el momento de pagar o en una duda sobre lo que recibirá. Son posibilidades que requieren preguntas y respuestas del cliente. Presentarlas de antemano como hechos haría que el plan se apoyara en una necesidad imaginada. La preparación sirve para reconocer qué falta saber y disponer de preguntas que ayuden a descubrirlo durante la reunión.
La información propia requiere un trabajo anterior diferente. El proveedor debe conocer cuánto le cuesta cumplir lo que promete y qué cambios puede aceptar. Una condición atractiva para el cliente puede consumir tiempo de otras personas, comprometer una entrega o añadir una obligación que seguirá vigente después de cobrar. La persona que negocia necesita saber hasta dónde puede llegar y a quién debe consultar cuando una petición supera su capacidad de decidir. Prometer antes de disponer de ese apoyo puede dejar el problema a quienes tendrán que realizar el trabajo.
Al estudiar las condiciones por separado aparecen diferencias que el precio total puede ocultar. Que una concesión resulte valiosa para el comprador no significa que tenga el mismo coste para el proveedor. Comprender esa diferencia abre la posibilidad de intercambiar condiciones que ambas partes prefieran. El examen también puede mostrar que una petición exige demasiado y debe rechazarse. La preparación tiene que admitir ambas respuestas, porque mantener la operación carecería de sentido si para hacerlo se promete un trabajo imposible de cumplir.
La explicación oficial del caso de DuPont conserva esa relación entre planificar, estudiar las prioridades del cliente y negociar lo que se entrega. La firmeza se apoya en poder explicar una condición y examinar las consecuencias de cambiarla. El comprador puede seguir teniendo razones para discrepar. Escucharlas permite revisar la propuesta desde información nueva, sin tratar su primera petición como el final de todo lo que se puede discutir.
El plan, por tanto, necesita dejar espacio para respuestas que aún no se conocen. Antes de la reunión se pueden ordenar las preguntas y comprobar los límites propios. Durante el encuentro habrá que utilizar lo que diga el cliente para revisar esas previsiones. Si aparece una prioridad distinta, el vendedor debe poder relacionarla con las condiciones que lleva estudiadas y averiguar si existe una combinación viable. Repetir una oferta sin atender a esa información convertiría la preparación en una dificultad para continuar.
También puede quedar una cuestión pendiente que requiera consultar a otras personas. En ese momento, reconocer el límite evita prometer un precio o una obligación sin saber si la empresa podrá asumirlos. La conversación puede avanzar acordando qué se comprobará y cuándo podrá darse una respuesta. El vendedor conserva lo que ya conoce del comprador y vuelve al trabajo con una petición identificada, que quienes deban resolverla podrán estudiar junto al resto de las condiciones.
¿Cómo saber si una conversación permite seguir avanzando?
El vendedor puede terminar una reunión habiendo respondido a todas las preguntas que le han hecho. Al volver después sobre el encuentro, todavía necesita saber qué tarea ha quedado pendiente y quién ha aceptado realizarla.
El vendedor desafiante incluye el avance de la conversación entre las responsabilidades de quien vende. La guía oficial de discusión del libro propone revisar cómo se aseguran los pasos siguientes al final de cada encuentro. La cuestión se entiende siguiendo el tiempo que comienza cuando la reunión termina, porque los participantes regresan a obligaciones distintas y tienen que encontrar un lugar para lo que acaban de hablar.
La información entregada puede ayudar al cliente y dejar sin resolver una decisión. Para identificar lo que falta conviene saber qué tendrá que comprobar el comprador antes de seguir. Puede necesitar examinar una condición de la propuesta, consultar a quien realizará el trabajo o comparar lo recibido con una necesidad todavía mal definida. Cada una de esas tareas exige una continuación diferente. Volver a ofrecer información sin reconocer la tarea pendiente puede aumentar el material que tiene delante y mantener intacta su dificultad para decidir.
La persona que participa en la reunión quizá tenga que pedir ayuda a alguien que no ha estado presente. En ese caso, el paso siguiente debe poder entenderse fuera de la conversación. Quien reciba la consulta necesita conocer qué se le está pidiendo y para qué servirá su respuesta. Si únicamente le llega una propuesta con muchas páginas, tendrá que adivinar qué parte debe revisar. Aclarar esa necesidad durante el encuentro facilita que el comprador pueda transmitirla después.
También hay que distinguir una intención de un acuerdo entre personas. El vendedor puede proponerse enviar información y suponer que, al recibirla, el cliente la estudiará. El comprador puede estar esperando un dato distinto o pensar que volverán a hablar antes de iniciar la revisión. Esas interpretaciones pueden convivir al terminar una reunión agradable. Pedir que cada parte explique qué hará permite descubrir la diferencia mientras todavía es posible ajustarla.
El acuerdo necesita poder realizarse. Quien acepta una tarea debe disponer de la información, el tiempo y la capacidad de decidir que esa tarea requiere. Si depende de otra persona, esa dependencia forma parte del paso pendiente. Ignorarla puede llevar al vendedor a interpretar un retraso como una negativa que el comprador nunca ha expresado. Examinarla permite comprender qué condición falta y si alguna de las partes puede ayudar a que se cumpla.
La fecha se estudia dentro de esas condiciones. Una respuesta inmediata puede resultar inviable si antes hace falta completar una revisión. Dejar el momento abierto también puede dificultar que la tarea encuentre sitio entre las demás. La conversación tiene que buscar un plazo que las personas puedan asumir y utilizar después como referencia. Si el comprador carece de los medios para dar una respuesta, insistir en una fecha deja pendiente la misma dificultad bajo un compromiso que probablemente incumplirá.
Una vez terminado el encuentro, el seguimiento puede volver al trabajo acordado. Quien vende necesita averiguar qué se ha podido hacer y qué ha aparecido durante la revisión. Una respuesta distinta de la esperada aporta información sobre la compra. Tal vez haya quedado resuelta la primera duda y se haya descubierto otra que antes nadie podía reconocer. En ese caso, repetir el paso anterior desperdiciaría lo aprendido. La siguiente conversación debe empezar teniendo presente lo que el cliente ya sabe.
También puede ocurrir que la revisión deje la propuesta fuera de las posibilidades del comprador. Llevar adelante una conversación incluye poder llegar a esa respuesta. Si las condiciones del proveedor no atienden la necesidad o exigen recursos que el cliente no tiene, insistir en reuniones nuevas no elimina la dificultad. Reconocerla evita pedir a ambas partes que sigan haciendo un trabajo sin una razón identificada para continuar.
La guía de coaching para lectores conserva preguntas para revisar qué ha hecho avanzar una conversación y qué queda por hacer. Volver sobre un encuentro con esa referencia permite comparar lo previsto con lo ocurrido después. El siguiente contacto puede recuperar una tarea, una respuesta o una dificultad compartida, dando a quienes intervienen un punto desde el que continuar trabajando.
¿A qué podemos comprometernos cuando falta la decisión de otra persona?
Quien recibe una propuesta puede aceptar llevarla a un compañero para que la examine. Esa aceptación compromete una consulta. La respuesta del compañero seguirá abierta hasta que haya podido estudiar lo que afecta a su trabajo.
Chris Voss y Tahl Raz examinan en Rompe la barrera del no cómo las condiciones de ejecución forman parte del acuerdo. Al poner esa atención junto al avance que busca El vendedor desafiante, aparece una diferencia útil. El interlocutor puede comprometer una actuación propia y necesitar que otra persona decida sobre la suya.
| Al incorporar otra decisión | El vendedor desafiante | Rompe la barrera del no |
| Qué se busca hacer avanzar | El examen de la propuesta mediante un paso acordado | El cumplimiento de lo aceptado con sus condiciones a la vista |
| Qué puede aceptar el interlocutor | Una acción propia que ayude a continuar | Lo que está en condiciones de realizar |
| Qué sigue pendiente | La respuesta de quien aún debe examinar su parte | La intervención que depende de otra persona |
| Qué conviene conservar al comunicarlo | La diferencia entre pedir una valoración y anunciar un acuerdo | Los límites de lo que cada participante ha aceptado |
Esa diferencia cambia la manera de presentar el paso siguiente. Si el comprador ha aceptado consultar al responsable de una tarea, el vendedor tendrá que preparar una consulta. Presentarla como una decisión ya tomada podría hacer que ese responsable recibiera una obligación sobre la que todavía necesita opinar. Además, atribuiría al interlocutor una promesa que no había hecho.
Antes de incorporar a alguien, conviene conocer qué decisión le corresponde. Puede tener que valorar una carga de trabajo, autorizar un gasto o confirmar una condición técnica. Su participación debe dejarle margen para responder dentro de esa responsabilidad. Preguntarle únicamente cuándo empezará supondría resuelta la decisión para la que se lo necesitaba.
El interlocutor que ha abierto la conversación también conserva su lugar. Puede ayudar a explicar por qué merece la pena estudiar la propuesta y qué dudas desea resolver con su compañero. Preparar juntos esa entrada evita convertirlo en alguien que solo transmite instrucciones entre dos partes. Si el compañero discrepa, habrá que conocer sus razones antes de pedir al primer comprador que consiga una aceptación que nunca estuvo en su mano ofrecer.
¿Cómo ayuda un responsable a mejorar el trabajo de su equipo?
¿Quién necesita ayuda aunque parezca que se apaña solo?
El tiempo de un responsable puede irse en atender a los vendedores que le piden ayuda. Quienes continúan trabajando sin avisar de una dificultad pueden recibir menos atención, aunque todavía tengan cosas que aprender.
Dixon y Adamson estudiaron el acompañamiento de los jefes dentro de su investigación sobre equipos de ventas. En El vendedor desafiante prestan atención a quienes se sitúan en la zona media de los resultados. El interés por ese grupo obliga a mirar más allá de las personas que aparecen primero al recordar quién destaca o quién está fallando.
Un resultado intermedio permite saber dónde ha quedado alguien durante un periodo. Para comprender su trabajo hay que observar cómo llegó hasta allí. Puede manejar bien unas conversaciones y encontrar dificultades en otras. Quizá consiga responder, pero necesite dedicar mucho tiempo a preparar una parte que todavía le cuesta. Esas diferencias no se conocen por el lugar que ocupa en una clasificación, porque la misma cifra puede reunir maneras distintas de trabajar.
En el grupo medio, quienes recibían un acompañamiento de más calidad tendían a conseguir mejores resultados. La observación llevaba a revisar la atención que recibían. Brent Adamson explica la investigación en una entrevista sobre el desarrollo de los vendedores. Al parecer capaces de continuar solas, esas personas podían quedarse fuera del tiempo dedicado a enseñar, aunque hubiera una dificultad sobre la que trabajar con ellas.
Esa revisión puede empezar por el calendario del propio responsable. Interesa saber con quién se ha trabajado, en qué se ha empleado el tiempo y qué quedó pendiente. Recordar únicamente las conversaciones más difíciles puede dejar fuera muchas semanas en las que otra persona apenas recibió atención. Al volver sobre el reparto se puede comprobar si las urgencias están ocupando todas las ocasiones de ayudar a quienes todavía no han llegado a una situación urgente.
Después hace falta observar a cada vendedor. El apoyo adquiere una dirección cuando se reconoce una dificultad que puede trabajar. Estar en el grupo medio no identifica por sí solo esa dificultad y tampoco acredita falta de interés o de esfuerzo. El responsable necesita escuchar cómo prepara la persona su tarea, observar lo que hace y distinguir qué parte puede mejorar con práctica. A partir de ahí será posible acordar un trabajo que tenga relación con su siguiente conversación con un cliente.
El tiempo que se reserva también debe permitir volver sobre lo aprendido. Si el responsable ofrece una indicación y después pasan meses sin revisar cómo se ha utilizado, tendrá poca información para saber qué ayuda produjo. El vendedor puede haber comprendido la propuesta y encontrar una dificultad nueva al aplicarla. Volver a verlo trabajando ofrece la ocasión de reconocer ese cambio antes de interpretar que está repitiendo el mismo fallo por falta de voluntad.
Dedicar más atención a ese grupo requiere mantener visibles las necesidades de los demás. Quien consigue buenos resultados puede necesitar ayuda ante una venta desconocida o desear seguir desarrollándose. Quien rinde menos puede estar atravesando una dificultad que merece ser examinada. La investigación sobre promedios sirve para revisar el reparto, mientras las decisiones sobre una persona necesitan sus propias observaciones. Convertir un grupo estadístico en una descripción fija de alguien impediría conocer lo que está ocurriendo ahora en su trabajo.
Tampoco puede prometerse un aumento determinado de ventas por reservar unas horas. El resultado depende de lo que se trabaje, de las oportunidades de utilizarlo y de condiciones que pueden quedar fuera del alcance del vendedor. El responsable necesita seguir dos recorridos relacionados. Uno muestra si la persona consigue realizar mejor la tarea que está practicando. El otro permitirá estudiar después qué está ocurriendo con sus ventas. Una dificultad del cliente puede retrasar una compra aunque la conversación haya mejorado.
La persona que parecía poder apañarse sola vuelve así a tener un lugar dentro del trabajo de enseñanza. Puede preparar una reunión con apoyo, intentar la conducta acordada y regresar con información sobre lo que le ha costado. El responsable dispone de ocasiones para verla aprender durante el trabajo que ya está realizando, antes de que una caída en sus resultados sea lo que consiga hacerla visible.
¿Qué podemos retirar de la agenda sin retirar la ayuda a una persona?
Una sesión puede seguir ocupando sitio en la agenda después de haber cumplido su función. Quizá se dedicara a preparar una explicación que el vendedor ya sabe utilizar. Antes de repetirla, el responsable puede comprobar qué trabajo sigue haciendo falta y qué tiempo sería posible recuperar.
Greg McKeown examina en Esencialismo qué compromisos merece la pena conservar y qué desplaza cada uno. El hallazgo de El vendedor desafiante sobre el grupo medio plantea dónde puede aprovecharse mejor una parte del acompañamiento. Al relacionarlos, conviene distinguir la elección de una actividad de la responsabilidad que se mantiene hacia las personas del equipo.
| Al revisar el tiempo de ayuda | El vendedor desafiante | Esencialismo |
| Qué decisión se prepara | Dónde puede ser útil trabajar una habilidad | Qué compromiso merece seguir ocupando tiempo |
| Qué información orienta | Necesidad individual y posibilidades de desarrollo | Aportación de la actividad y trabajo que desplaza |
| Qué permite retirar o aplazar una sesión | Que esa práctica haya cumplido su función o requiera ahora otro apoyo | Que otra actividad necesite el tiempo y la anterior pueda dejarse |
| Qué queda por examinar | Otras necesidades de la persona, además de mejorar una habilidad | Las obligaciones que siguen existiendo después de cambiar la agenda |
El promedio de una investigación puede orientar una revisión y dejar abiertas necesidades que persiguen otros fines. Un vendedor que obtiene buenos resultados puede estar pensando en marcharse porque apenas encuentra posibilidades de aprender. Otro puede necesitar ayuda inmediata ante una dificultad que amenaza una relación con un cliente. Atenderlos tiene una finalidad que no se decide únicamente preguntando qué hora de práctica aumentará más las ventas del grupo.
Reconocer el coste del tiempo permite hablar de elecciones sin convertir a la persona en una tarea que se retira. El responsable puede revisar la frecuencia de una práctica, aplazar un ejercicio o dejar de repetir una preparación que ya se domina. Mientras lo hace, sigue necesitando saber cómo está esa persona y qué ayuda requiere ahora. El trabajo que se libera tiene que identificarse con esa precisión para conocer qué atención se está retirando y qué necesidad se conserva.
Cuando dos peticiones compiten por la misma hora, conviene distinguir qué ocurriría si cada una esperara. Una conversación sobre una posible salida puede requerir atención antes que una práctica que admite otra fecha. En otro momento será necesario proteger esa práctica frente a una reunión habitual que apenas aporta información. La elección puede cambiar porque las consecuencias de esperar son distintas. Así se revisan compromisos determinados, conservando una explicación para las personas cuyo tiempo de ayuda se ha movido.
¿Qué hay que mirar para ayudar a alguien a mejorar?
La cantidad vendida permite comprobar si un vendedor ha alcanzado el objetivo que tenía. Cuando queda por debajo, el responsable puede medir la diferencia, pero todavía necesita averiguar qué parte del trabajo le está resultando difícil.
En El vendedor desafiante, Dixon y Adamson distinguen el seguimiento de los resultados del acompañamiento que permite aprender una conducta. El primero ayuda a conocer dónde se encuentra la venta. El segundo exige observar qué hace el vendedor y qué dificultad aparece al hacerlo. Pasar de una cifra a esa observación requiere acercarse al trabajo que está produciendo el resultado.
Pedir más ventas mantiene la necesidad de la empresa delante del vendedor. Para que esa petición pueda convertirse en ayuda, hay que encontrar una parte de su actuación que tenga ocasión de cambiar. El camino puede llevar a cómo prepara una reunión, a la información que intenta obtener o a la forma en que responde a una duda. Cada tarea necesita una observación distinta. Elegirlas todas a la vez haría difícil comprender qué está intentando aprender y qué apoyo le está resultando útil.
Una conversación ya realizada ofrece un recorrido al que volver. Conviene reconstruir qué información tenía el vendedor antes de empezar, qué necesitaba conocer y qué fue recibiendo del cliente. Las decisiones se fueron tomando mientras la respuesta todavía estaba abierta. Examinar únicamente el desenlace puede hacer que se atribuya al vendedor un conocimiento que llegó después, cuando ya no podía utilizarlo para decidir qué preguntar.
Al observar el encuentro, el responsable necesita saber qué función debía cumplir la acción que estudia. Una pregunta puede pronunciarse con soltura y dejar sin resolver la duda que la había motivado. El cliente quizá responda sobre otra parte de su trabajo o utilice una palabra que el vendedor interprete de otra manera. Si la revisión se limita a comprobar que la pregunta se hizo, pasará por alto la información que seguía faltando al continuar la conversación.
El examen tiene que seguir entonces lo que el vendedor hizo con la respuesta. Interesa saber qué entendió, en qué se apoyó para entenderlo y cómo influyó en lo que dijo después. Ahí puede aparecer una dificultad que antes quedaba confundida con un mal resultado general. Saber formular una pregunta y saber reconocer si ha sido contestada son trabajos relacionados, pero no idénticos. La ayuda necesita dirigirse a la parte que realmente está costando.
Una vez reconocida, el cambio puede prepararse con una ocasión próxima de utilizarlo. El responsable y el vendedor necesitan acordar qué intentará hacer y qué información les permitirá revisar el intento. Si el objetivo consiste en comprender una necesidad del cliente, habrá que poder volver sobre lo que llegó a conocerse. Pronunciar determinadas palabras de memoria ofrece menos apoyo para comprobar ese aprendizaje que observar si logró reconocer la dificultad sobre la que el comprador estaba hablando.
La explicación de Challenger sobre el acompañamiento de vendedores conserva la atención a conductas individuales que pueden observarse y reforzarse en el trabajo. La revisión posterior permite estudiar si la ayuda llega al momento en que se necesita. Si el vendedor comprende la indicación al hablar con su jefe y vuelve a encontrarse perdido durante la reunión, hace falta examinar qué cambió entre ambos momentos. Repetir la misma recomendación sin esa revisión puede mantener abierta la dificultad.
El resultado de la operación seguirá necesitando atención. Un comprador puede entender la propuesta y carecer de los recursos para aceptarla. Otro puede decidirse después de recibir ayuda de varias personas. Conocer esas condiciones permite valorar la contribución del vendedor sin cargarle todo el desenlace. También evita dar por aprendida una conducta solo porque una venta terminó cerrándose, cuando quizá hubo otra circunstancia que la facilitó.
Al llegar la siguiente reunión de revisión, ambos podrán recuperar la tarea que habían preparado. El vendedor tendrá un intento sobre el que hablar y el responsable podrá examinarlo con él. La cantidad vendida volverá a mostrar el resultado del periodo. Junto a esa cuenta habrá información sobre una parte del trabajo que antes quedaba oculta, con una acción que se ha podido practicar y una respuesta del cliente que permite seguir estudiándola.
¿Qué conviene preguntar antes de corregir a alguien?
Un jefe puede observar una respuesta del vendedor y pensar que habría sido mejor contestar de otra manera. Antes de intervenir, todavía necesita conocer qué había entendido el vendedor cuando decidió responder así.
Para comprender esa decisión, el responsable tiene que dejar que el vendedor explique lo que había entendido del cliente. Puede haber oído sus palabras y desconocer la razón por la que las eligió. Dixon y Adamson trabajan esa diferencia al estudiar cómo ayudan los jefes a sus vendedores. La revisión necesita recuperar la información que tenía la persona al responder, antes de aconsejarle lo que debería haber hecho.
Para acercarse a esa información hace falta volver a un momento reconocible del trabajo. Una valoración general sobre vender bien ofrece poco apoyo para explicar una decisión. En cambio, recordar qué estaba intentando averiguar el vendedor cuando habló con el comprador permite iniciar un recorrido. Se puede seguir lo que sabía entonces, la respuesta que recibió y la interpretación que hizo antes de continuar.
La primera explicación quizá deje una parte pendiente. El vendedor puede decir que quería resolver una duda del cliente y todavía faltar por conocer por qué la consideró resuelta. Una pregunta posterior permite examinar ese paso. Si el jefe lo da por supuesto, puede construir su recomendación sobre una razón que la otra persona nunca tuvo. Comprender qué enlazaba una decisión con la siguiente ayuda a localizar la parte del trabajo en que ambos estaban viendo cosas distintas.
El jefe también necesita mantener abierta la posibilidad de aprender de esa respuesta. Tal vez desconozca una condición del cliente o una conversación anterior que influyó en la decisión. Recibir ese antecedente puede cambiar lo que conviene corregir. Si la pregunta se utiliza únicamente para llevar al vendedor a admitir un fallo ya decidido, esa información tendrá pocas ocasiones de entrar en la revisión. La conversación continuará pareciendo abierta mientras su desenlace permanece cerrado de antemano.
La relación entre las dos personas influye en lo que puede llegar a conocerse. El responsable participa en la valoración del trabajo y el vendedor sabe que sus decisiones tienen consecuencias. Reconocer una duda puede costar cuando cada explicación parece una prueba en su contra. Por eso, una conversación destinada a aprender necesita dejar reconocible qué se está intentando comprender y qué ayuda podrá ofrecerse después. La seguridad para hablar debe sostenerse también en cómo se escucha una respuesta incómoda.
Escuchar puede mostrar que el vendedor carecía de un conocimiento necesario. En ese caso, pedirle que lo descubra mediante preguntas cada vez más largas puede añadir dificultad sin ayudarle. El responsable puede explicar la información que faltaba y estudiar con él cómo habría cambiado su decisión. Preguntar para comprender permite reconocer cuándo hace falta enseñar, del mismo modo que permite descubrir ocasiones en que una indicación rápida habría pasado por alto la razón de lo ocurrido.
Después conviene que el vendedor pueda relacionar la corrección con el momento examinado. Necesita comprender qué cambiaría y por qué ese cambio ayudaría a atender lo que el cliente estaba pidiendo. Si únicamente recibe una frase para repetir, puede utilizarla en otra ocasión que tenga un sentido distinto. Al seguir el razonamiento, dispone de más apoyo para reconocer cuándo la nueva respuesta resulta adecuada y cuándo debe volver a pensarla.
La guía oficial de discusión para lectores permite continuar el ejercicio recordando qué se aprendió de una conversación de ayuda. Revisarla después puede mostrar si el vendedor comprendió la recomendación o si se marchó con una duda que no llegó a expresar. El responsable tendrá que escuchar esa parte también, porque una indicación bien explicada desde su punto de vista puede seguir dejando un paso difícil para quien debe utilizarla.
Al volver al trabajo, la persona acompañada tendrá que decidir de nuevo frente a un cliente. La explicación recibida podrá servirle si reconoce la relación entre aquella dificultad y la que está encontrando ahora. Cuando vuelva a hablar con su jefe, podrá contar qué ha intentado y por qué. La conversación de ayuda dispondrá entonces de una decisión nueva para examinar, junto a las razones que solo conoce quien tuvo que tomarla.
¿Qué hace quien dirige cuando la dificultad también depende de él?
Un vendedor puede explicar que siguió una orientación recibida al preparar la visita. El responsable necesita conocer cómo la utilizó y revisar también qué le había pedido hacer. La conversación puede mostrar una habilidad que conviene practicar y una preparación del equipo que necesita cambiar.
Simon Sinek relaciona en Los líderes comen al final el cuidado de las personas con decisiones que les permiten reconocer el apoyo de quien dirige. El vendedor desafiante estudia cómo el jefe ayuda a comprender y mejorar una actuación comercial. Al relacionarlos podemos examinar qué hace el responsable cuando la información recibida implica también una decisión suya.
| Al pedir y recibir ayuda | El vendedor desafiante | Los líderes comen al final |
| Qué necesita poder contar la persona | Qué hizo, qué entendió y por qué eligió continuar de esa manera | Una dificultad o un fallo que teme comunicar |
| Trabajo de quien dirige | Reconstruir la decisión para encontrar qué habilidad necesita apoyo | Hacer posible que la información llegue y reciba atención |
| Riesgo que debe reconocer | Corregir antes de entender y trabajar una dificultad distinta | Favorecer que la persona se proteja ocultando lo sucedido |
| Qué debe continuar después | Una práctica o una ayuda relacionada con lo que se ha comprendido | Un apoyo que pueda reconocerse en las decisiones y el trabajo |
Si el material preparado lleva a hablar siempre del precio, el responsable tendrá que examinar qué ayuda ofrece al aparecer una dificultad distinta. Puede enseñar al vendedor a detenerse y preguntar. También necesita revisar si las orientaciones y los medios disponibles le permiten continuar después de escuchar la respuesta. Pedirle que averigüe una necesidad y dejarlo sin información sobre lo que la empresa puede cumplir mantendría una parte del atasco.
La revisión permite repartir un trabajo que hasta entonces podía atribuirse entero al vendedor. A este puede corresponderle comprender mejor lo que pide el cliente. Al responsable puede hacerle falta consultar con otro departamento qué alternativas son posibles y preparar esa información para el equipo. Cada uno recibe una tarea relacionada con aquello sobre lo que puede actuar.
El apoyo se hace visible cuando esa preparación llega. Quien había comunicado la dificultad puede volver al comprador con preguntas y posibilidades que antes desconocía. El responsable podrá examinar después cómo las utilizó, conservando tanto la exigencia sobre la habilidad individual como el trabajo que había aceptado realizar. La franqueza habrá permitido corregir también una ayuda insuficiente del propio equipo.
¿Cómo averiguamos por qué alguien siguió una explicación que no estaba ayudando?
Veamos una conversación posible dentro de una empresa que vende embalajes a almacenes. Inés revisa con su responsable, Alberto, una visita que terminó sin resolver la dificultad del comprador. Había preparado una propuesta de pedidos mayores, mientras su cliente necesitaba conservar espacio para otras mercancías. La escena se ha creado para mostrar el trabajo de escuchar antes de corregir.
—Me dijo que no podía guardar tantas cajas. Yo seguí explicando cuánto bajaba el precio de cada una.
—¿Qué esperabas que resolviera esa explicación?
—Pensé que, si veía el ahorro, buscaría dónde colocarlas. Era la ventaja que habíamos preparado.
—¿Llegó a decirte qué espacio tenía o qué tendría que retirar para recibirlas?
—Dijo que estaban esperando otra mercancía. No le pregunté más. Estaba pendiente de terminar la cuenta.
—Entonces todavía necesitamos conocer qué tendría que mover y durante cuánto tiempo. ¿Qué te hizo continuar cuando habló del espacio?
—Creí que me estaba diciendo que el pedido era demasiado caro. Ahora veo que respondí a eso sin comprobarlo.
—La cuenta estaba preparada para un pedido mayor. Tenemos que averiguar primero si puede recibirlo. ¿Cómo podrías volver sobre lo que te dijo?
—Podría reconocer que seguí con el precio y preguntarle qué ocupará el almacén cuando llegue nuestra entrega.
—Y escuchar esa respuesta antes de ofrecer otra cantidad. Podemos preparar las dudas que necesitas aclarar, pero todavía no sabemos qué pedido le servirá.
—Quiero hacerlo. También necesito saber qué entregas podemos fraccionar. Si vuelvo sin eso, quizá tenga que dejarle otra vez esperando.
—Lo revisaremos con reparto antes de que llames. Después veremos qué información has podido obtener y qué queda por resolver.
¿Cómo ayudar a que un cambio se mantenga en el trabajo?
Un vendedor puede salir de una conversación con su responsable sabiendo explicar lo que va a intentar. La comprobación siguiente llegará cuando tenga que utilizarlo frente a un cliente, mientras escucha una respuesta y decide cómo continuar.
Dixon y Adamson recogen en El vendedor desafiante un proceso de acompañamiento llamado PAUSE. Una parte de ese trabajo consiste en ayudar a que lo aprendido llegue a utilizarse durante las conversaciones con clientes. El jefe necesita volver sobre los intentos, porque el vendedor puede haber comprendido la indicación y seguir encontrando dificultades al ponerla en práctica. Esa vuelta permite continuar desde lo que ha ocurrido, sin pedirle que empiece otra vez con una explicación que ya conoce.
Ese trabajo empieza a prepararse al acordar el cambio. El vendedor necesita saber qué va a intentar y en qué ocasión tendrá sentido utilizarlo. Una indicación como prestar más atención puede expresar un deseo compartido y seguir dejando abierta la acción. Para trabajarla hace falta identificar qué información debe escuchar, qué podría pasar por alto y cómo podrá comprobar que la ha entendido. La tarea debe poder reconocerse durante la reunión que viene, cuando quizá tenga que atender varias cosas a la vez.
El responsable también necesita conocer qué va a mirar al volver sobre el intento. Si se fija únicamente en el resultado de la venta, puede quedarse sin información sobre lo que el vendedor estuvo practicando. La reunión puede terminar sin compra y haber permitido realizar mejor la acción acordada. También puede acabar con una aceptación del cliente mientras la dificultad continúa oculta. La revisión debe poder acercarse al momento del trabajo en el que se esperaba el cambio.
Llegado ese momento, la conducta nueva puede pedir más atención que la costumbre anterior. El vendedor tiene que reconocer la ocasión, recordar lo que había preparado y utilizarlo mientras la conversación sigue avanzando. Una respuesta inesperada puede ocupar el tiempo con el que contaba para hacerlo. Después resulta útil reconstruir qué ocurrió, porque no haber completado el intento puede deberse a una dificultad distinta de no haber comprendido la recomendación.
Volver a la práctica permite ajustar el apoyo. Si el vendedor reconoce el momento adecuado pero duda sobre cómo intervenir, se puede trabajar la respuesta que necesita. Si intenta intervenir antes de haber escuchado la necesidad del cliente, habrá que revisar qué señales está utilizando para decidir. Ambas dificultades pueden producir un intento incompleto y pedir ayudas diferentes. Repetir la explicación inicial sin observar esa diferencia prolongaría el mismo trabajo sin aclarar por qué está costando.
La relación entre las conversaciones de ayuda permite conservar lo aprendido. En la reunión siguiente se puede recuperar lo que ya se consiguió, examinar el intento reciente y acordar qué se probará después. La persona acompañada dispone así de un recorrido en el que sus dificultades van teniendo nombre. Si cada sesión empieza con una recomendación nueva, puede encontrarse intentando varias cosas a medias y sin saber cuál de ellas debe seguir practicando.
Con el tiempo habrá que observar también si puede utilizar lo aprendido fuera de la primera situación. Un cliente distinto puede explicar su necesidad de otra manera o traer una preocupación que no había aparecido antes. La conducta necesita seguir respondiendo a su finalidad. Repetir una fórmula aprendida cuando el comprador aún no ha terminado de explicarse puede hacer perder información. El seguimiento tiene que comprobar si el vendedor reconoce lo que la ocasión le está pidiendo, además de recordar las palabras que había preparado.
El recurso oficial para acompañar a vendedores ofrece preguntas para preparar y revisar conversaciones. Es un material posterior que permite dar continuidad al trabajo del libro. Puede utilizarse para recuperar qué se intentó, qué sorprendió y qué haría falta conocer antes de volver a hablar con el cliente. Las preguntas sirven cuando ayudan a examinar la práctica que se había acordado, sin convertir cada revisión en un formulario ajeno a la dificultad de la persona.
Una vez que la nueva manera de actuar requiere menos ayuda, el responsable puede dejar más espacio para que el vendedor la utilice por su cuenta. Todavía conviene disponer de ocasiones para volver sobre ella, especialmente si cambia el tipo de cliente o la dificultad de la venta. La autonomía se va construyendo con ese trabajo. Quien vende puede reconocer cuándo le está funcionando lo aprendido y pedir apoyo señalando el momento en que vuelve a encontrar una dificultad.
¿Qué hacer cuando el trabajo se atasca sin saber por qué?
Una venta puede permanecer pendiente mientras el vendedor sigue preparando información y volviendo a ponerse en contacto. La actividad continúa, pero todavía falta reconocer qué impide que el comprador tome la decisión que se está esperando.
El vendedor desafiante presta atención a la ayuda del responsable cuando aparece un obstáculo que el equipo aún no sabe resolver. Dixon y Adamson distinguen ese trabajo de acompañar una conducta que ya se conoce. Si el vendedor necesita practicar una habilidad, hay una actuación sobre la que trabajar. Si nadie comprende qué está deteniendo la operación, primero hace falta averiguar qué está sucediendo.
Esa investigación puede empezar reconstruyendo el recorrido con el vendedor. Conviene saber qué se propuso, qué respondió el comprador y qué quedó pendiente al terminar el contacto anterior. La descripción de una operación atascada puede reunir hechos y explicaciones que se han ido dando por válidas. Al separarlos aparece la información que todavía falta. Que el cliente tarde en responder puede observarse. Atribuir esa demora a falta de interés requiere un apoyo que quizá no se tenga aún.
El responsable necesita ayudar a encontrar ese apoyo. Puede examinar con el vendedor qué preguntas permitirían comprender la tarea pendiente del comprador. También puede comprobar si se está consultando a una persona que conoce lo que ocurre en esa parte de la compra. Volver una y otra vez al mismo contacto ofrece poca información nueva cuando ese contacto tampoco dispone de una respuesta. La investigación tiene que reconocer los límites de lo que cada persona puede explicar.
Una vez identificado un obstáculo, conviene comprobarlo antes de construir toda la solución alrededor de él. Puede ser una interpretación parcial o una dificultad que haya cambiado desde la última reunión. El vendedor necesita saber qué parte de su propuesta resultaría afectada y quién tendría que aceptarla. Si la revisión se hace solo entre proveedor y jefe, pueden imaginar un acuerdo que deje intacta la preocupación de la persona que debe utilizarlo.
Matt Dixon explica en su conversación con Business901 que la innovación del responsable puede ocurrir dentro de una operación, al trabajar sus condiciones o la forma de presentar su aportación. El interés está en abrir una respuesta cuando lo que se venía haciendo ha dejado una dificultad sin resolver. La palabra innovación puede sugerir un producto nuevo, pero aquí el examen se mantiene en cómo se está preparando y discutiendo ese acuerdo.
Abrir alternativas pide tiempo antes de quedarse con la primera. El equipo necesita relacionar cada posibilidad con el obstáculo que ha reconocido. Una propuesta puede facilitar una parte y crear trabajo adicional en otra. La empresa tendrá que saber si puede cumplirla, qué personas deben intervenir y qué otras obligaciones ya tienen. Encontrar una condición que el comprador aceptaría deja pendiente comprobar que el proveedor está en condiciones de sostenerla.
La comparación también puede mostrar límites que obliguen a terminar la búsqueda. Si la necesidad del comprador exige una capacidad que la empresa no tiene, mantenerlo esperando no resuelve esa carencia. El responsable puede ayudar a reconocer la respuesta que sí está al alcance y a explicar qué queda fuera. La capacidad para buscar alternativas debe conservar la posibilidad de llegar a una conclusión que deje la operación sin acuerdo.
Cuando se encuentra una salida viable, la experiencia puede ser útil para otras personas del equipo. Para compartirla hace falta conservar qué estaba ocurriendo, qué se averiguó y por qué aquella respuesta resultó adecuada en esas condiciones. Contar únicamente que se cambió una parte del acuerdo puede llevar a imitar el cambio ante una dificultad distinta. El aprendizaje necesita incluir el motivo que hizo necesario actuar de otra manera.
La guía oficial de discusión del libro invita a recordar ocasiones en que un responsable ayudó a hacer avanzar una operación y remite a la innovación de los gerentes. Volver sobre esa ayuda permite examinar qué parte del trabajo realizó cada uno. El vendedor puede haber aportado información del cliente y el responsable haber conseguido apoyo dentro del proveedor. Conservar ambas aportaciones facilita que otra persona sepa a quién acudir cuando reconozca una dificultad parecida.
El siguiente comprador traerá condiciones propias. Quien reciba la experiencia anterior tendrá que comprobar qué se repite y qué ha cambiado antes de utilizarla. La respuesta preparada para una operación puede ofrecer un punto de partida, mientras la investigación vuelve a las personas que deben decidir y al trabajo que tienen pendiente. El responsable puede acompañar esa revisión hasta que el obstáculo deje de ser una impresión general y pueda estudiarse con quienes tienen información para resolverlo.
¿Qué podemos comprobar antes de extender una solución nueva?
Cuando aparece una alternativa para desbloquear una operación, todavía hay que conocer qué permitiría hacer. Cambiar una condición puede resolver la dificultad del comprador y añadir trabajo al proveedor. Antes de ofrecerla de la misma manera a otros clientes, conviene seguir qué ocurre al intentar cumplirla.
| Al preparar una alternativa | El vendedor desafiante | El método Lean Startup |
| Dificultad de partida | Una operación detenida que necesita investigación y nuevas opciones | Una suposición sobre una oferta que sigue pendiente de contraste |
| Qué se necesita aprender | Si la opción atiende el obstáculo y puede cumplirse | Qué muestra la conducta del cliente ante la prueba |
| Qué debe observarse | Respuesta del comprador y trabajo necesario para llevar el acuerdo a la práctica | Acciones relacionadas con la suposición que se está examinando |
| Antes de extender el cambio | Reconocer las condiciones que permitieron utilizarlo y las que lo limitan | Revisar lo aprendido antes de dedicar más recursos a la misma dirección |
Eric Ries propone en El método Lean Startup preparar pruebas que permitan aprender sobre una suposición. El vendedor desafiante aborda la ayuda del responsable cuando la operación encuentra un obstáculo para el que las respuestas conocidas dejan de servir. La comparación permite examinar qué debe aprenderse de una alternativa, además de conseguir que una conversación vuelva a moverse.
Una respuesta favorable puede mostrar que la opción merece atención. Para conocer si sirve, hace falta seguir lo que deberá ocurrir después. El proveedor quizá tenga que cambiar una entrega, preparar información de otra manera o coordinar una tarea con el comprador. Examinar ese trabajo permite reconocer si la dificultad se ha resuelto o se ha trasladado a otro momento del acuerdo.
La prueba necesita conservar una pregunta que pueda responder. Si se quiere conocer si una condición permite al comprador participar, habrá que observar qué hace cuando dispone de ella. Si se está estudiando el esfuerzo que exige al proveedor, será necesario seguir las tareas que añade. Reunir ambas informaciones evita llamar útil a una opción que despierta interés y resulta imposible de sostener.
Después se podrá compartir lo aprendido con otros responsables. Para que puedan utilizarlo necesitan conocer qué impedía avanzar, qué se cambió y qué límites aparecieron al hacerlo. Otra operación puede tener una dificultad parecida y condiciones diferentes. La información del primer intento ayudará a preparar la búsqueda, dejando abierta la adaptación que todavía requiera el comprador siguiente.




























