CineConsejos para crear historiasLiteraturaSector editorial

Quién es Frankenstein

No hay comentarios
Quién es Frankenstein

ÍNDICE

Quién es Frankenstein

Victor Frankenstein huye del laboratorio de Ingolstadt tras dar vida a la criatura

Ficha técnica y origen del personaje

El personaje central de la obra publicada por Mary Shelley en 1818 carece de un nombre propio y recibe habitualmente la identidad de su creador, el científico Victor Frankenstein. Esta figura literaria nace como una entidad biológica artificial generada mediante la unión de materia muerta y el uso de la electricidad, lo que desafía las leyes naturales de la vida y la muerte. Su aparición inicial ocurre en el laboratorio de Ingolstadt, donde abre los ojos con apenas unos minutos de edad biológica pero con un cuerpo completamente desarrollado. La cultura popular y las adaptaciones cinematográficas han deformado su imagen real, aunque la novela lo presenta como un ser con una capacidad de aprendizaje inmediata y una necesidad desesperada de vínculo social.

Su descripción física original detalla una estatura gigantesca de ocho pies, aproximadamente dos metros y cuarenta centímetros, acompañada de una piel amarillenta que apenas cubre sus músculos y arterias. Posee un cabello negro y lustroso, dientes de un blanco nacarado y unos ojos acuosos que reflejan su tormento interior desde el primer instante. A lo largo de la narración recibe diversos apodos descriptivos como «la criatura», «el demonio» o «el miserable», términos que sustituyen su falta de identidad civil. Su ocupación principal durante toda la trama consiste en vagar como un observador marginado que persigue a su creador a través de Europa y el Ártico en busca de respuestas y venganza.

Mary Shelley concibe la idea del personaje en Villa Diodati durante el año sin verano

Psicología y personalidad de la criatura

La configuración mental del ser creado por Victor Frankenstein parte de una inocencia absoluta que se corrompe progresivamente ante la hostilidad del entorno y la falta de guía parental. Su psique inicia su recorrido como un lienzo en blanco ávido de estímulos sensoriales y afectivos que chocan de inmediato con la realidad de su abandono físico y emocional.

Esta ausencia de un referente que le explique su propia naturaleza provoca una fractura interna irreversible y transforma su curiosidad inicial en una angustia existencial profunda. El personaje desarrolla una personalidad compleja marcada por la dicotomía entre su deseo innato de benevolencia y la necesidad racional de ejercer la violencia como único método de interacción válido con quienes lo desprecian.

El trauma del rechazo y la soledad impuesta

El primer recuerdo consciente que procesa la criatura es una mezcla confusa de sensaciones físicas abrumadoras y el abandono inmediato de su creador nada más abrir los ojos. Victor huye despavorido ante la visión de su obra y deja al ser recién nacido en un estado de desamparo total que marca el inicio de su trauma. Esta experiencia fundacional le enseña que su mera presencia física es motivo de terror y repulsión para los demás. Vaga por los bosques de Ingolstadt buscando refugio y alimento mientras su mente intenta dar sentido a los estímulos del dolor y el frío sin tener el lenguaje para codificarlos. Cada intento de acercamiento a la civilización termina en agresiones físicas por parte de los aldeanos que le tiran piedras y lo golpean al ver su deformidad.

La violencia sistemática que recibe le obliga a esconderse en un cobertizo anexo a la casa de la familia De Lacey donde adopta el rol de observador invisible y silencioso. Proyecta en esta familia de campesinos todas sus carencias afectivas y desarrolla un amor profundo y unilateral hacia ellos al idealizar su convivencia. Realiza tareas invisibles para ayudarlos, como recoger leña durante la noche, convencido de que sus actos bondadosos compensarán su aspecto monstruoso cuando decida revelarse. La soledad deja de ser una circunstancia física para convertirse en una prisión psicológica que lo aísla de la única especie con la que comparte intelecto pero no forma.

El momento definitivo de ruptura mental ocurre cuando decide presentarse ante el patriarca ciego de la familia De Lacey confiando en que su falta de visión le permitirá juzgar su corazón y no su cara. La llegada prematura de los hijos del anciano interrumpe la conversación y provoca una reacción violenta inmediata por parte de Felix, quien lo golpea con una vara hasta expulsarlo. Este rechazo específico duele más que cualquier pedrada anterior porque proviene de las personas que él consideraba su familia adoptiva. La expulsión del paraíso doméstico confirma su teoría de que la virtud interna carece de valor en la sociedad humana si no va acompañada de una estética aceptable.

Intelecto superior y autoconsciencia filosófica

El personaje demuestra una capacidad intelectual muy superior a la media humana y rompe con el estereotipo de bestia torpe popularizado por el cine. Aprende a hablar y leer en cuestión de meses escuchando a través de la pared las lecciones de francés que Safie recibe en la cabaña de los campesinos. Su cerebro absorbe conceptos abstractos de historia, política y religión con una velocidad pasmosa que le permite articular pensamientos complejos y discursos de una retórica brillante. Esta inteligencia aguda se convierte paradójicamente en una herramienta de tortura emocional al permitirle comprender con total exactitud la magnitud de su desgracia y su diferencia biológica.

Las lecturas que encuentra en un maletín perdido en el bosque moldean definitivamente su visión del mundo y le otorgan el vocabulario necesario para definir su identidad. Obras como El paraíso perdido de Milton, Las desventuras del joven Werther de Goethe y las Vidas paralelas de Plutarco le sirven de espejo para analizar su propia situación. Se identifica con Adán por ser el primer ejemplar de su especie, pero también con Satanás por haber sido expulsado y despreciado por su creador. Llega a la conclusión dolorosa de que su situación es incluso peor que la del diablo literario, pues Satanás tenía compañeros de infortunio mientras que él está absolutamente solo en el universo.

Su capacidad de introspección le lleva a confrontar a Victor Frankenstein en el mar de hielo con argumentos filosóficos sólidos sobre la responsabilidad del creador hacia la creación. Utiliza la lógica para desmontar las excusas de Victor y le exige una compañera basándose en su derecho natural a la felicidad y la comunidad. Analiza las estructuras sociales humanas con una mirada crítica y externa, cuestionando por qué el hombre es capaz de tanta virtud y tanta bajeza al mismo tiempo. Esa lucidez extrema le impide refugiarse en el instinto animal para evitar el sufrimiento y lo obliga a vivir su tragedia con plena consciencia de lo que se pierde al no ser humano.

La génesis racional de la maldad

La transición del personaje hacia la villanía responde a una decisión consciente y racional tomada como respuesta a la injusticia sistémica que padece. La criatura verbaliza este cambio con la sentencia de que es malo porque es desgraciado y establece una relación directa entre su sufrimiento y su comportamiento moral. Entiende que la bondad y la sumisión solo le han traído dolor y desprecio, por lo que decide probar si el miedo y la violencia pueden otorgarle el reconocimiento que anhela. La venganza se convierte en el único vínculo posible con su padre biológico y la utiliza como un mecanismo para forzar una interacción que de otro modo se le niega.

Sus crímenes están lejos de ser actos de furia ciega y responden a una estrategia de castigo diseñada para destruir emocionalmente a Victor Frankenstein. El asesinato del pequeño William y la incriminación calculada de la niñera Justine Moritz son golpes quirúrgicos dirigidos a aislar a su creador de sus seres queridos. Comprende que matar a Victor terminaría con su propósito vital demasiado rápido, así que opta por dejarlo vivo pero rodeado de muerte para que experimente la misma soledad atroz que él siente. Disfruta de una satisfacción perversa al comprobar que tiene el poder de controlar la vida y las emociones de aquel que se creía superior a él.

El ejercicio de esta maldad convive con un remordimiento intenso que lo diferencia de un psicópata tradicional carente de empatía. Sufre cada vez que cede a sus impulsos violentos y se autodenomina un aborto merecedor de odio por causar dolor a seres inocentes. Su crueldad funciona como un grito de auxilio distorsionado y una moneda de cambio para negociar su felicidad futura en forma de una compañera. Mantiene la esperanza de que si consigue una igual podrá abandonar la violencia y retirarse a las selvas de América del Sur, lo que demuestra que su maldad es circunstancial y reversible.

Mapa del recorrido geográfico del monstruo desde Suiza hasta el Polo Norte

Evolución y arco narrativo del personaje

El itinerario vital de la criatura dibuja una parábola trágica que comienza con la chispa artificial en un laboratorio de Ingolstadt y concluye con la extinción voluntaria entre los hielos del Polo Norte. Este recorrido geográfico y emocional transforma a la víctima inicial en un verdugo implacable a través de una serie de etapas marcadas por el descubrimiento doloroso de la realidad y la pérdida progresiva de la esperanza.

Victor Frankenstein actúa como el catalizador involuntario de cada movimiento de la bestia, pues cada paso que da el monstruo surge como una respuesta directa a una acción u omisión de su creador. La narrativa avanza con una fatalidad ineludible desde la curiosidad infantil del primer despertar hasta la resignación estoica de la muerte final, cerrando el círculo de una existencia que nunca debió ocurrir.

El despertar sensorial y la etapa de aprendizaje

Los primeros instantes de vida de la criatura se caracterizan por una saturación de estímulos incomprensibles donde la luz, el hambre y el frío lo asaltan simultáneamente. Su consciencia emerge en medio de una confusión absoluta que lo obliga a huir instintivamente hacia la oscuridad del bosque para proteger sus sentidos recién estrenados. Esta fase inicial representa su estado de naturaleza pura, donde satisface sus necesidades básicas con bayas y agua mientras aprende a distinguir el canto de los pájaros del fuego que quema. La experiencia empírica se convierte en su única maestra y cada descubrimiento físico le otorga una pequeña victoria sobre el caos que lo rodea.

Su asentamiento clandestino en el cobertizo de los De Lacey marca el inicio de su educación formal y su socialización vicaria. Pasa meses observando a través de una rendija la vida doméstica de sus vecinos, lo que le permite descifrar la estructura del lenguaje humano y los códigos de comportamiento social. Este periodo funciona como una «Edad de Oro» personal en la que mantiene intacta la fe en la bondad intrínseca de las personas y sueña con integrarse en ese círculo de afecto. La adquisición de la palabra le otorga la herramienta necesaria para formular sus pensamientos y construir una identidad que va más allá de su apariencia repulsiva.

El final abrupto de esta etapa ocurre con el rechazo violento de la familia y la posterior quema de la cabaña por parte de la propia criatura en un acto de furia despechada. Este evento simboliza la muerte de su inocencia y el nacimiento de un rencor profundo hacia la especie humana en su totalidad. Decide entonces abandonar el refugio campestre y emprender el viaje hacia Ginebra con el único objetivo de encontrar a su creador. El aprendizaje académico deja paso a una instrucción en el odio y la supervivencia hostil, guiado por los papeles del diario de Victor que lleva en su bolsillo como un mapa hacia su origen.

La ruptura del pacto y la persecución implacable

El encuentro con Victor en el glaciar de Montanvert establece las bases del conflicto central y transforma la relación de huida en una negociación tensa entre iguales. La criatura expone su soledad con elocuencia y arranca a su creador la promesa de fabricar una compañera femenina con la que exiliarse a las selvas de Sudamérica. Este acuerdo representa la última oportunidad de paz para ambos y el monstruo se retira a vigilar el proceso desde las sombras con una mezcla de ansiedad y esperanza. Su comportamiento durante este periodo se modera, pues la expectativa de tener una pareja calma sus impulsos homicidas y le da un propósito constructivo.

La traición se consuma en las islas Orcadas cuando Victor, atormentado por las posibles consecuencias de crear una raza de demonios, destruye el cuerpo casi terminado de la novia ante los ojos de la criatura. El aullido de dolor del monstruo al ver desmembrada su única posibilidad de felicidad marca el punto de no retorno en su arco evolutivo. Jura vengarse con la sentencia de estar presente en la noche de bodas de Victor y cambia su estrategia de la súplica a la destrucción sistemática. El asesinato posterior de Henry Clerval y, finalmente, de Elizabeth Lavenza, cumple su amenaza de dejar a su creador tan solo y desolado como él mismo se siente.

Con la muerte de Elizabeth, los roles de cazador y presa se invierten definitivamente y comienza una persecución frenética a través de Europa y Rusia. La criatura deja pistas y mensajes burlones para guiar a Victor hacia el norte, asegurándose de que la rabia mantenga vivo a su creador el tiempo suficiente para prolongar su sufrimiento. El monstruo domina la situación en todo momento y utiliza su resistencia física superior para jugar con su «padre», manteniéndose siempre un paso por delante. La venganza se convierte en el único lazo que los une y la criatura se alimenta de esa conexión tóxica para dar sentido a sus últimos días.

El desenlace en el hielo y el sacrificio final

El último acto tiene lugar en el desierto blanco del Ártico, un escenario que refleja perfectamente el vacío interior y la desolación de ambos protagonistas. La criatura aborda el barco del capitán Walton poco después de la muerte de Victor y es descubierta llorando sobre el cadáver de su creador en un momento de catarsis emocional. Este encuentro final con un tercero permite al monstruo expresar su arrepentimiento y explicar que el mal que ha causado lo ha torturado tanto o más que a sus víctimas. Confiesa que la muerte de Victor rompe su último vínculo con el mundo y que su existencia ya no tiene razón de ser.

Su discurso final ante Walton revela la profundidad de su evolución ética y su deseo de extinguir su propia consciencia para evitar que otros repitan el error de su creación. Decide dirigirse hacia el extremo más septentrional del globo para construir una pira funeraria y quemarse vivo, asegurando así que sus restos no puedan ser estudiados ni replicados. Esta decisión de suicidio por fuego contrasta con su nacimiento por electricidad y cierra su ciclo vital con un acto de purificación elemental. El monstruo asume la responsabilidad de eliminar su propia anomalía biológica del mundo.

La criatura salta por la ventana del camarote hacia el témpano de hielo y se pierde en la oscuridad y la distancia para cumplir su promesa de autodestrucción. Su desaparición final no es una huida, es un acto de soberanía sobre su propio destino que le permite elegir al menos el momento y la forma de su muerte. La novela concluye con la imagen del ser perdiéndose en las olas, dejando tras de sí un legado de advertencia sobre los límites de la ambición humana. El arco se cierra con el silencio absoluto del hielo que engulle tanto al creador como a la creación.

La criatura llora sobre el cadáver de Victor Frankenstein en el barco del capitán Walton

Origen real y contexto de creación del personaje

La gestación de esta figura literaria ocurrió durante el verano de 1816 en un entorno marcado por anomalías climáticas severas que mantuvieron a la población europea encerrada en sus hogares. La erupción del volcán Tambora en Indonesia un año antes lanzó tal cantidad de ceniza a la atmósfera que provocó un descenso global de las temperaturas y lluvias incessantes en Suiza.

Mary Godwin, que luego sería conocida como Mary Shelley, se encontraba en este escenario gris junto a su pareja Percy Shelley y el poeta Lord Byron en una villa cerca del lago Lemán. El encierro forzoso y la atmósfera lúgubre propiciaron largas conversaciones nocturnas sobre los misterios de la vida que culminaron en un reto creativo propuesto por Byron para combatir el aburrimiento. La autora canalizó las discusiones filosóficas y los avances científicos de su tiempo para dar forma a una criatura que encarnaba los temores colectivos de una sociedad en plena revolución industrial y científica.

La pesadilla de villa Diodati y el reto literario

El grupo reunido en la residencia de Lord Byron consumía su tiempo leyendo historias de fantasmas alemanas para entretenerse mientras la tormenta golpeaba los cristales de la mansión. Byron lanzó el desafío de que cada miembro del grupo escribiera su propio relato de terror sobrenatural para demostrar quién poseía la imaginación más oscura. Mary Shelley, con apenas dieciocho años, sufrió un bloqueo creativo inicial que le impedía encontrar una historia digna de competir con los poetas consagrados que la acompañaban. La presión por escribir algo memorable se mezcló con las charlas que escuchaba en silencio sobre los principios de la vida biológica y la posibilidad de reanimar la materia inerte.

La inspiración llegó finalmente durante una noche de insomnio en forma de una visión lúcida y aterradora que la propia autora describió años más tarde con gran detalle. Vio en su mente la figura de un «pálido estudiante de artes impías» arrodillado junto a la cosa que había armado y observó cómo el espantoso fantasma de un hombre mostraba signos de vida tras la aplicación de una fuerza motriz potente. Abrió los ojos aterrorizada y comprendió de inmediato que aquello que la había asustado a ella tendría el mismo efecto en cualquier lector. Esa imagen mental del despertar de la criatura se convirtió en el núcleo central de la novela y fue el primer pasaje que trasladó al papel a la mañana siguiente.

El resultado de aquel concurso informal no solo produjo el borrador de Frankenstein, sino que también dio origen al relato El vampiro de John Polidori, médico personal de Byron. Ambos monstruos icónicos de la literatura moderna nacieron bajo el mismo techo y durante la misma tormenta, fruto de la competencia entre amigos y el ambiente opresivo del encierro. La criatura de Mary Shelley destacó sobre las demás propuestas porque abandonaba lo sobrenatural mágico para adentrarse en el terror especulativo basado en la posibilidad humana. Su monstruo no era un espectro ni un demonio religioso, era un producto físico derivado de la ambición de un hombre mortal.

Influencia del galvanismo y la ciencia de la época

El concepto de dar vida a un cuerpo muerto mediante electricidad carecía de magia en la mente de los lectores de 1818 y se basaba en las teorías científicas más punteras del momento. Luigi Galvani había demostrado décadas antes que las ancas de una rana muerta se contraían al aplicarles una descarga eléctrica, lo que sugería que la electricidad era el fluido vital que animaba los músculos. Mary Shelley conocía estos experimentos y también los de Giovanni Aldini, sobrino de Galvani, quien había conectado baterías al cadáver de un criminal ejecutado en Londres logrando que el cuerpo abriera un ojo y levantara un brazo ante el público. La novela utiliza este sustrato científico real para otorgar verosimilitud al proceso de creación del monstruo.

Las conversaciones en Villa Diodati incluían referencias frecuentes a las teorías de Erasmus Darwin, abuelo de Charles Darwin, quien especulaba sobre la generación espontánea de vida en microorganismos. La autora fusionó la idea de la evolución biológica con la fuerza bruta de la electricidad industrial para imaginar un nuevo tipo de génesis controlada por el hombre. Victor Frankenstein no utiliza hechizos ni pactos diabólicos, utiliza química, anatomía y matemáticas para ensamblar a su criatura pieza a pieza. Esta base materialista es lo que clasifica la obra como la primera historia de ciencia ficción real, pues plantea un avance tecnológico posible y analiza sus consecuencias éticas catastróficas.

El miedo que despierta el personaje en su contexto original proviene de la creencia popular de que la ciencia estaba cruzando límites peligrosos y violando las leyes sagradas de la naturaleza. Los ladrones de cuerpos o resurreccionistas eran una plaga real en los cementerios de la época y suministraban cadáveres frescos a las escuelas de medicina para su disección. La descripción del taller de Frankenstein lleno de restos humanos robados conectaba directamente con las noticias de sucesos que leían los ciudadanos británicos. La criatura es el resultado grotesco de esa obsesión científica por entender la muerte profanando la santidad de las tumbas y reduciendo el cuerpo humano a un conjunto de piezas mecánicas.

El mito de Prometeo y la rebelión contra los dioses

El título completo de la obra es Frankenstein o el moderno Prometeo, una referencia directa que proporciona la clave mitológica para entender la naturaleza rebelde del personaje y su creador. La leyenda griega narra cómo el titán Prometeo robó el fuego sagrado de los dioses para entregárselo a los humanos y fue castigado por Zeus a sufrir una tortura eterna encadenado a una roca. Mary Shelley actualiza este mito sustituyendo el fuego olímpico por la electricidad y el conocimiento científico prohibido que permite crear vida. Victor asume el papel del titán que desafía el orden divino, mientras que la criatura representa tanto el regalo entregado a la humanidad como el instrumento de castigo que devora a su creador.

La identificación del monstruo con las figuras mitológicas refuerza su dimensión trágica y lo eleva por encima de la simple bestia de feria. Su sufrimiento es cósmico porque paga las consecuencias de una transgresión que él no cometió, al igual que la humanidad en el mito original sufre la ira de los dioses por aceptar el fuego. El águila que devoraba el hígado de Prometeo día tras día encuentra su paralelo en la criatura que destruye sistemáticamente a la familia de Victor, consumiendo su vitalidad pieza a pieza. El personaje actúa como una fuerza de la naturaleza desatada que restablece el equilibrio castigando la soberbia (hybris) del científico que quiso jugar a ser dios.

El uso de este subtítulo también sugiere una crítica a la Ilustración y al Romanticismo exaltado que buscaba superar las limitaciones humanas a cualquier precio. La criatura demuestra que el conocimiento sin responsabilidad moral conduce a la destrucción y que la tecnología puede volverse contra su inventor si se descuida el aspecto afectivo. Prometeo moldeó a los hombres con arcilla, pero Victor moldeó a su hijo con carne muerta y lo abandonó a su suerte. La diferencia fundamental que señala la autora es que el titán griego amaba a su creación y se sacrificó por ella, mientras que el «Prometeo moderno» huye de su obra y provoca con su cobardía la tragedia que acaba con ambos.

Ilustración de quién es Frankenstein mostrando su rostro con piel amarilla y ojos acuosos

Influencia de los escenarios en la mente de la criatura

El entorno físico donde transcurre la existencia del personaje actúa como un agente activo que modela su psicología y define sus reacciones emocionales ante el mundo. Mary Shelley utiliza la geografía para exteriorizar los estados de ánimo de su protagonista y crea una correspondencia directa entre el paisaje y la tormenta interior que atormenta a la bestia. Los espacios cerrados de la civilización representan sistemáticamente el dolor y el rechazo social, mientras que la naturaleza salvaje ofrece un refugio temporal donde el monstruo puede experimentar una libertad condicionada.

Esta relación simbiótica entre el sujeto y el espacio evoluciona a medida que el personaje viaja desde el centro de Europa hasta los polos, convirtiendo el mapa en un diagrama de su propia degradación moral y espiritual. La arquitectura humana lo oprime y lo condena a la marginación, forzándolo a buscar asilo en los elementos climáticos más hostiles que, paradójicamente, son los únicos que lo aceptan sin juzgar su apariencia.

El laboratorio y la hostilidad urbana de Ingolstadt

El primer escenario que registran los ojos de la criatura es la habitación de un estudiante universitario llena de instrumentos científicos y restos anatómicos. Este espacio cerrado y lúgubre se asocia en su memoria con el nacimiento del trauma y la primera experiencia de abandono por parte de su padre. Las paredes del apartamento de Victor funcionan como una prisión inicial de la que debe escapar para sobrevivir a la confusión de sus sentidos. La ciudad de Ingolstadt, con sus calles empedradas y sus edificios altos, se convierte inmediatamente en un laberinto hostil donde cada esquina representa una amenaza potencial de encuentro con los seres humanos.

La arquitectura urbana está diseñada para personas de proporciones normales y esto hace que el monstruo se sienta físicamente inadaptado e intruso en el mundo de los hombres. Los marcos de las puertas son demasiado bajos y los espacios públicos demasiado estrechos para su inmensa estatura de dos metros cuarenta. Esta incomodidad física refuerza su sentimiento de exclusión y le confirma que la civilización no ha sido construida para albergar a seres de su especie. Busca instintivamente los márgenes de la urbe y los callejones oscuros para evitar las miradas, aprendiendo muy pronto que la oscuridad es su única aliada dentro de los límites de la ciudad.

Su experiencia en los núcleos poblados le enseña que la acumulación de personas aumenta exponencialmente la probabilidad de violencia hacia él. Cada vez que intenta ingresar en un pueblo o aldea en busca de comida o calor, la respuesta colectiva es el ataque inmediato con piedras y armas improvisadas. Asocia entonces los asentamientos humanos y las luces de las ventanas con el dolor físico y el peligro inminente. Esta lección graba a fuego en su mente la necesidad de mantenerse siempre en la periferia, observando el calor del hogar ajeno desde el frío exterior, lo que alimenta su resentimiento y su deseo de destruir esas estructuras que le vetan la entrada.

La naturaleza sublime y el refugio alpino

La huida hacia las montañas y los bosques ofrece a la criatura un respiro vital donde puede desarrollar su intelecto lejos del acoso constante de la sociedad. La majestuosidad de los Alpes y la densidad de los bosques alemanes le proporcionan el aislamiento necesario para descubrir quién es sin el espejo deformante del odio humano. Encuentra en la naturaleza una indiferencia reconfortante, pues el viento, la lluvia y los animales salvajes interactúan con él sin juzgar su deformidad estética. El bosque se convierte en su verdadera escuela y su hogar, un espacio donde su fuerza física desmedida es una ventaja para la supervivencia y no una amenaza para los demás.

El concepto romántico de lo sublime se manifiesta con fuerza cuando el personaje asciende al glaciar de Montanvert y contempla la inmensidad de los picos nevados y el mar de hielo. La grandiosidad del paisaje le provoca una elevación espiritual que calma temporalmente sus impulsos violentos y le permite conectar con una sensación de paz casi religiosa. Se siente pequeño ante la naturaleza y esa pequeñez lo iguala al resto de los seres vivos, borrando por un momento la barrera que lo separa de la humanidad. El escenario alpino actúa como un templo natural donde se atreve a confrontar a su creador de igual a igual, utilizando la potencia del entorno para reforzar su propia autoridad moral.

Sin embargo, esta paz es frágil y depende enteramente de la ausencia de observadores humanos que rompan el hechizo. La belleza del valle de Chamonix se vuelve amarga cuando recuerda que él es el único ser vivo incapaz de compartir esa experiencia con un semejante. El contraste entre la armonía del paisaje primaveral y su propia soledad acentúa su miseria, pues la naturaleza se renueva y florece mientras él permanece estancado en su aislamiento. Comprende que incluso el refugio más hermoso es una cárcel si se habita en soledad absoluta, y transforma su admiración por el paisaje en una rabia fría contra el creador que le negó una compañera con quien compartir la vista.

El desierto de hielo y la desolación del ártico

El viaje final hacia el Polo Norte representa la fusión total entre el estado interno del personaje y el entorno geográfico que lo rodea. El paisaje ártico, caracterizado por su blancura infinita, su frío letal y su vacío absoluto, es la manifestación física del alma de la criatura tras la muerte de Elizabeth y la pérdida de toda esperanza. El hielo perpetuo simboliza la congelación de sus afectos y la dureza que ha tenido que adoptar para sobrevivir a su propia tragedia. Se mueve por este terreno inhóspito con una naturalidad pasmosa, demostrando que su biología artificial está mejor adaptada al infierno blanco que la fragilidad de su creador humano.

La persecución a través de los témpanos elimina cualquier distracción social o natural y reduce el mundo a sus elementos más básicos: el cazador, la presa y el frío. La esterilidad del entorno refleja la esterilidad de su vida, incapaz de crear o de amar, destinada únicamente a la destrucción y la muerte. El monstruo utiliza la geografía polar como un arma contra Victor, atrayéndolo cada vez más profundo hacia el norte donde sabe que el humano fallará mientras él resiste. El escenario deja de ser un fondo pasivo para convertirse en el verdugo que ejecuta la venganza de la criatura, consumiendo las fuerzas de Victor hasta su colapso final.

La elección de este lugar para su suicidio final cierra el círculo narrativo con una coherencia simbólica perfecta. El monstruo decide construir su pira funeraria en el lugar más frío de la Tierra, buscando en el fuego una purificación que contraste con el hielo que lo rodea. El Ártico, un lugar donde la vida humana es casi imposible, es el único cementerio lógico para un ser que nunca debió existir. Al saltar a la balsa de hielo y perderse en la oscuridad, la criatura se funde con el paisaje desolado, convirtiéndose en una parte más de la nada, borrando su huella del mundo en el único lugar donde nadie podrá encontrar jamás sus restos.

Grabado de los instrumentos científicos usados para la creación del ser artificial

Relación con otros personajes y comparativas históricas

La identidad de la criatura se construye casi exclusivamente a través de su interacción fallida con los demás y funciona como un espejo oscuro que refleja los prejuicios de quienes lo miran. Mary Shelley diseña una red de vínculos rota donde cada intento de conexión social termina reforzando la exclusión del protagonista y valida su tesis sobre la maldad adquirida.

El monstruo carece de una tribu o una especie propia, por lo que se define por oposición a los humanos que lo rodean y absorbe sus conductas por imitación directa. Su evolución depende enteramente de la respuesta que recibe de sus interlocutores, transformándose en hijo, alumno, verdugo o filósofo según quién se encuentre frente a él. Esta dependencia del «otro» convierte su soledad en un castigo insoportable y explica por qué su existencia pierde sentido en el momento exacto en que muere su creador.

Vínculo con Victor Frankenstein y la familia De Lacey

El nexo con Victor Frankenstein supera la relación tradicional de padre e hijo para convertirse en una obsesión mutua donde ambos personajes intercambian los roles de amo y esclavo constantemente. La criatura ve en Victor a su única fuente de respuestas y a la única persona en el mundo obligada a amarlo por las leyes de la naturaleza. Esta expectativa frustrada deriva en un odio pasional que mantiene a ambos atados durante toda la novela, pues el monstruo necesita a Victor vivo para tener un propósito y Victor necesita al monstruo muerto para expiar su culpa. La dinámica entre ellos es tóxica y simbiótica, funcionando como dos caras de la misma moneda que no pueden existir la una sin la otra.

La relación con la familia De Lacey representa la antítesis del vínculo con Victor y simboliza la posibilidad perdida de una vida normal y afectiva. La criatura idealiza a este grupo de exiliados políticos y aprende de ellos las virtudes de la bondad y el sacrificio sin que ellos sepan siquiera que existen para él. Felix y Agatha actúan como modelos de conducta involuntarios que enseñan al monstruo lo que significa ser humano a través de sus interacciones cotidianas. El amor que siente por ellos es puro y desinteresado hasta el momento del rechazo, el cual convierte esa adoración en una furia destructiva contra la institución familiar que ellos representan.

El capitán Robert Walton cierra este triángulo de relaciones actuando como el único ser humano que escucha la versión de la criatura sin intentar matarla inmediatamente. Su encuentro al final de la novela permite al monstruo recuperar su dignidad a través de la palabra y dejar constancia de su humanidad antes de desaparecer. Walton funciona como el juez imparcial y el testigo necesario para que la historia de la bestia no muera en el hielo. La criatura utiliza este último vínculo breve para demostrar que su alma es capaz de arrepentimiento y empatía, cualidades que sus enemigos le negaron sistemáticamente.

Similitudes con Calibán y Quasimodo

El paralelismo literario más evidente y profundo se encuentra en el personaje de Calibán de la obra La tempestad de William Shakespeare. Ambos son seres deformes esclavizados por un mago o científico que los considera inferiores y ambos utilizan el lenguaje que aprendieron de sus amos para maldecirlos por haberles dado la vida. La conexión entre ellos radica en su naturaleza híbrida entre lo humano y lo bestial, así como en su reivindicación de soberanía sobre la tierra que habitan. Calibán representa el antecedente directo de la criatura de Shelley al plantear el dilema de si la monstruosidad es una condición biológica o el resultado del trato tiránico recibido por parte del colonizador.

Quasimodo, el protagonista de Nuestra Señora de París de Victor Hugo, comparte con la criatura de Frankenstein el estigma de la deformidad física extrema combinada con un corazón capaz de amar profundamente. Los dos personajes sufren el rechazo visual de la sociedad y son relegados a vivir en los márgenes, uno en las torres de la catedral y el otro en los glaciares desiertos. La diferencia fundamental reside en que Quasimodo mantiene su bondad a pesar del maltrato, mientras que el monstruo de Shelley decide abrazar la maldad como respuesta lógica al dolor. Ambos funcionan como críticas sociales que denuncian la superficialidad humana y la incapacidad colectiva para ver más allá de la apariencia externa.

Otra referencia literaria clave es la figura del Golem del folclore judío, un ser de barro animado mediante rituales místicos para proteger a su comunidad pero que acaba volviéndose peligroso por su falta de alma o entendimiento. La criatura de Frankenstein moderniza este mito al sustituir la magia cabalística por la ciencia galvánica, pero mantiene la advertencia sobre los peligros de crear vida artificial sin asumir la responsabilidad de controlarla. Tanto el Golem como el monstruo de Shelley son seres incompletos que escapan al dominio de sus creadores y causan destrucción debido a su fuerza desmedida y su incapacidad para integrarse en las leyes humanas.

Paralelismos con Kaspar Hauser y Joseph Merrick

La historia real de Kaspar Hauser, un joven aparecido en Núremberg en 1828 que apenas sabía hablar tras haber vivido encerrado en una celda oscura toda su vida, refleja la experiencia de la criatura como una tabula rasa. Ambos individuos entran en la sociedad civilizada con una mente virgen y sufren el impacto brutal de un mundo complejo que no logran comprender del todo. El caso de Hauser ilustra la teoría de que el ser humano es producto de su entorno y que la privación de afecto en la infancia genera daños irreparables en el desarrollo social. La curiosidad científica y el morbo que despertó Hauser en la sociedad europea de la época son idénticos a la mezcla de horror y fascinación que Victor siente por su experimento.

Joseph Merrick, conocido históricamente como el Hombre Elefante, comparte con la criatura el sufrimiento atroz derivado de una deformidad física severa que provoca terror en quienes lo miran. La vida de Merrick demuestra que la inteligencia y la sensibilidad artística pueden residir en un cuerpo que la sociedad califica de monstruoso, validando la tesis central de la novela de Mary Shelley. Ambos personajes son exhibidos o perseguidos como bestias de feria a pesar de poseer un alma refinada y una capacidad de elocuencia sorprendente. La dignidad con la que Merrick intentó vivir su vida en el Londres victoriano encuentra su eco en los discursos filosóficos que la criatura pronuncia para defender su derecho a existir.

Existe también una conexión histórica con los esclavos rebeldes liderados por Espartaco en la antigua Roma, quienes se levantaron contra sus amos exigiendo su libertad y reconocimiento como seres humanos. La guerra privada que la criatura declara contra la humanidad se basa en la misma premisa de que el opresor ha roto el contrato social al negar los derechos básicos al oprimido. El monstruo utiliza la violencia como herramienta política para forzar una negociación, del mismo modo que las revueltas históricas han utilizado la fuerza cuando el diálogo ha sido denegado sistemáticamente. Esta lucha por la emancipación convierte a la criatura en un símbolo universal de todos aquellos que han sido deshumanizados por un sistema que los explota o los margina.

Encuentro entre quién es Frankenstein y su creador en el glaciar del Mar de Hielo

Lecciones editoriales para la construcción de personajes complejos

La arquitectura narrativa diseñada por Mary Shelley ofrece un manual para cualquier autor contemporáneo que desee edificar antagonistas y estructuras dramáticas sólidas. El éxito perdurable de la obra demuestra que el terror literario alcanza su máxima eficacia cuando se cimenta sobre la empatía y la argumentación filosófica antes que en el simple susto visceral. Los escritores noveles suelen caer en el error de crear villanos unidimensionales que actúan por pura maldad, mientras que esta novela enseña que la profundidad psicológica surge de la contradicción interna y la justificación lógica de los actos más atroces.

Analizar la construcción de este personaje permite desglosar las herramientas exactas que transforman un monstruo de feria en un icono cultural que sobrevive dos siglos después de su publicación. Estudiar estos mecanismos resulta obligatorio para quienes buscan dotar a sus textos de una resonancia que supere el entretenimiento superficial y deje una huella duradera en la psique del lector.

Claves para diseñar antagonistas empáticos

El proceso de escritura de un antagonista requiere un equilibrio delicado entre la amenaza que representa para la trama y la conexión emocional que debe establecer con la audiencia. Un enemigo formidable gana tridimensionalidad cuando el lector comprende sus motivos y llega incluso a compartir parte de su dolor. La criatura de Frankenstein funciona como el ejemplo perfecto de cómo subvertir las expectativas del público otorgando humanidad a quien, por definición, debería ser una bestia.

La motivación lógica detrás de la maldad

La construcción de un villano creíble exige que sus acciones respondan a una cadena de causalidad férrea donde cada crimen tenga una justificación interna coherente. El personaje de Shelley opera bajo un sistema de lógica estricta que vincula su comportamiento destructivo con la negación sistemática de sus derechos básicos. El autor debe asegurarse de que el antagonista crea firmemente que es el héroe de su propia historia o, al menos, la víctima de una injusticia que debe ser reparada. Esta convicción moral otorga peso a sus decisiones y evita que la maldad se perciba como un recurso gratuito o caricaturesco.

Dotar al personaje de un objetivo comprensible, como la búsqueda de afecto o la integración familiar, permite que la audiencia empatice con su lucha antes de condenar sus métodos. La criatura desea una compañera para dejar de estar sola y esa aspiración universal resuena en cualquier ser humano independientemente de su contexto. El conflicto surge cuando el mundo niega ese deseo legítimo y obliga al personaje a tomar medidas extremas para ser escuchado. La narrativa gana fuerza cuando el lector se ve obligado a admitir que, en las mismas circunstancias de abandono absoluto, quizás habría tomado decisiones similares.

El escritor debe trazar una ruta clara donde la violencia sea el último recurso utilizado tras el fracaso de todas las alternativas pacíficas. La criatura intenta primero el acercamiento bondadoso, luego la súplica racional y solo recurre al asesinato cuando se rompen todos los pactos. Esta progresión dramática valida la tesis de que el monstruo es un producto de su entorno y transfiere parte de la culpa a la sociedad que lo creó. Un antagonista con motivos lógicos desafía intelectualmente al protagonista y eleva la calidad del conflicto central de la obra.

Vulnerabilidad física y emocional como ancla

La invulnerabilidad absoluta tiende a aburrir al lector y desconecta emocionalmente al personaje de la realidad humana. Otorgar debilidades tangibles al antagonista, ya sean físicas o psicológicas, crea una puerta de acceso para la empatía y aumenta la tensión narrativa. La criatura posee una fuerza sobrenatural y resistencia al clima extremo, pero sufre intensamente por su apariencia repulsiva que le impide cualquier contacto social. Esta vulnerabilidad específica define toda su existencia y se convierte en el motor de su sufrimiento diario.

El dolor físico y el rechazo funcionan como herramientas narrativas potentes para humanizar incluso a la entidad más aberrante. Describir cómo el personaje siente el frío, el hambre o el escozor de las heridas tras ser apedreado lo baja del pedestal de monstruo abstracto y lo convierte en un ser sintiente de carne y hueso. La audiencia tiende a proteger instintivamente a quien sufre, generando una disonancia cognitiva interesante cuando ese mismo ser que sufre es quien comete los crímenes. El autor debe explotar estas debilidades para mostrar la fragilidad que se esconde tras la coraza de la bestia.

Mostrar el llanto o la desesperación del antagonista en momentos de soledad ofrece una dimensión privada que enriquece la caracterización. Mary Shelley permite que veamos a la criatura llorar sobre el cadáver de su creador o lamentarse en el bosque, momentos que están vedados al resto de personajes de la trama. Estas escenas de vulnerabilidad íntima actúan como contrapeso a los actos de violencia y recuerdan constantemente que hay un alma torturada atrapada en ese cuerpo gigantesco. El equilibrio entre el poder de dañar y la capacidad de ser dañado es lo que mantiene el interés vivo hasta la última página.

El antagonista como espejo moral del héroe

La relación entre el protagonista y su oponente gana profundidad cuando ambos funcionan como reflejos distorsionados el uno del otro. El concepto del Doppelgänger o doble oscuro permite explorar las facetas ocultas del héroe a través de las acciones de su enemigo. La criatura y Victor Frankenstein comparten rasgos idénticos como la soberbia intelectual, el aislamiento voluntario y la obsesión por un objetivo único. El escritor puede utilizar esta técnica para sugerir que la línea que separa al bien del mal es difusa y depende muchas veces de las circunstancias externas.

Diseñar al antagonista como la consecuencia directa de los fallos del protagonista crea una dinámica de responsabilidad ineludible. El monstruo existe literalmente porque Victor fue irresponsable y cobarde, lo que convierte cada aparición de la bestia en un recordatorio viviente de los pecados del héroe. Esta conexión orgánica impide que el conflicto se sienta forzado y eleva la apuesta emocional, pues destruir al enemigo implica también destruir una parte de uno mismo. La narrativa se enriquece cuando el enfrentamiento final no es solo una batalla física, sino la resolución de un conflicto interno proyectado al exterior.

El uso de diálogos donde ambos personajes reconocen sus similitudes potencia la carga filosófica de la obra y obliga al lector a tomar partido. La criatura verbaliza las carencias de Victor y actúa como un juez que expone la hipocresía de su creador ante el mundo. El autor debe aprovechar estas interacciones para cuestionar quién es el verdadero monstruo de la historia. Un antagonista que funciona como espejo obliga al protagonista a evolucionar o a consumirse, impulsando el arco de desarrollo de ambos personajes hacia una conclusión inevitable y satisfactoria.

Recursos literarios y técnicos aplicados

El dominio de la técnica narrativa es lo que permite transformar una buena idea en una ejecución magistral que perdure en el tiempo. Mary Shelley despliega un arsenal de recursos retóricos y estructurales que dotan a la novela de una complejidad formal envidiable. Analizar estos mecanismos ofrece lecciones prácticas sobre cómo manejar la voz, el ritmo y la atmósfera para potenciar la historia que se quiere contar.

El uso del monólogo interior y la retórica persuasiva

La voz propia es el elemento que define la identidad de un personaje y le otorga autoridad dentro del relato. Shelley dota a su criatura de una capacidad oratoria superior que contrasta violentamente con su aspecto primitivo, rompiendo los prejuicios del lector mediante el uso del lenguaje culto. El autor debe cuidar el registro lingüístico de sus personajes para que su forma de hablar revele su psicología y su nivel intelectual. Los parlamentos del monstruo están llenos de referencias literarias y argumentos lógicos que obligan a escuchar sus demandas con respeto.

El monólogo interior o el discurso extenso permiten justificar las acciones del personaje desde su propia perspectiva y ganarse la complicidad de la audiencia. La criatura utiliza la retórica para seducir al lector y convencerlo de la justicia de su causa, empleando silogismos y apelaciones emocionales bien construidas. Esta herramienta técnica sirve para exponer la vida interior del antagonista sin necesidad de un narrador omnisciente que lo explique todo. El escritor debe confiar en la capacidad de sus personajes para defenderse a sí mismos mediante la palabra.

La elocuencia del personaje sirve también para aumentar la tragedia de su situación al demostrar su potencial desperdiciado. Escuchar hablar a la criatura con la sofisticación de un filósofo hace que su rechazo social sea mucho más doloroso e injusto. El contraste entre la belleza del discurso y la fealdad del emisor genera una tensión estética que mantiene al lector fascinado. Dominar el arte del diálogo y el monólogo es esencial para construir seres complejos que trasciendan su función básica en la trama.

La falacia patética y la atmósfera climática

El entorno físico debe participar activamente en la narración y reflejar o contrastar los estados emocionales de los personajes. La técnica conocida como falacia patética atribuye cualidades humanas a la naturaleza, haciendo que el clima y el paisaje acompañen la acción dramática. Shelley utiliza las tormentas eléctricas, los glaciares eternos y las lluvias torrenciales para exteriorizar la turbulencia interna de Victor y de su creación. El escritor debe tratar el escenario como un personaje más que aporta tono y textura a la escena.

La descripción sensorial del ambiente prepara al lector para los eventos que van a ocurrir y establece el estado de ánimo adecuado. Los truenos que anuncian la aparición del monstruo o la desolación del hielo ártico al final de la vida de ambos subrayan la fatalidad del destino que los aguarda. Utilizar el clima para potenciar la emoción ahorra explicaciones abstractas y permite mostrar en lugar de decir. Una atmósfera bien construida envuelve al lector y hace que la lectura sea una experiencia inmersiva.

El paisaje también puede usarse para marcar la evolución del arco narrativo y el viaje interior de los protagonistas. El paso de los laboratorios cerrados y claustrofóbicos a los espacios abiertos y sublimes de los Alpes marca la transición de la ciencia humana a la ley natural. El autor puede diseñar sus escenarios para que funcionen como mapas emocionales que guíen a la audiencia a través de la historia. La coherencia entre el espacio y la acción es un signo de madurez narrativa que eleva la calidad literaria del texto.

La estructura epistolar y el marco narrativo

La forma en que se presenta la información determina cómo el lector percibe la verdad de la historia y juzga a los personajes. El uso de la estructura epistolar y las cajas chinas (una historia dentro de otra) permite multiplicar los puntos de vista y añadir capas de profundidad al relato. La novela comienza con las cartas de Walton, quien encuentra a Victor, quien a su vez cuenta la historia de la criatura, quien narra su propia vida en primera persona. Esta técnica fragmenta la autoridad narrativa y obliga al lector a ensamblar las piezas para obtener la imagen completa.

El marco narrativo sirve para dar verosimilitud a una historia fantástica al anclarla en un contexto realista o documental. Presentar los hechos a través de cartas y diarios íntimos crea una sensación de inmediatez y privacidad que acerca a los personajes a la audiencia. El escritor puede utilizar este recurso para dosificar la información y crear misterio, revelando los secretos solo cuando es dramáticamente necesario. La multiplicidad de voces enriquece el texto al mostrar cómo un mismo evento es interpretado de manera diferente por cada participante.

Esta estructura compleja permite también jugar con la fiabilidad del narrador y sembrar la duda en la mente del lector. Conocer la historia a través de filtros subjetivos nos recuerda que la verdad absoluta es inalcanzable y que cada personaje tiene sus propios sesgos y justificaciones. El autor que domina el encuadre narrativo tiene el control total sobre la experiencia de lectura y puede manipular la empatía del público a su antojo. La arquitectura del relato es tan importante como el contenido mismo para lograr un efecto duradero.

El monstruo observa en secreto a la familia De Lacey para aprender el lenguaje humano

El legado del Prometeo moderno

La entidad biológica concebida por Mary Shelley perdura como un símbolo universal sobre los riesgos de la ambición científica desmedida y la negligencia parental absoluta. Su trayectoria vital desde el laboratorio de Ingolstadt hasta el hielo ártico expone las consecuencias fatales de negar el afecto básico a un ser sintiente con plena capacidad de raciocinio. La obra trasciende la etiqueta del terror gótico para consolidarse como un estudio sociológico sobre la soledad forzada y la violencia derivada de la exclusión social sistemática. Victor Frankenstein y su creación representan las dos caras de una misma tragedia donde el conocimiento técnico avanza más rápido que la responsabilidad moral necesaria para gestionarlo.

Este arquetipo del individuo marginado mantiene su vigencia al cuestionar los límites éticos de la tecnología y la definición misma de humanidad en una sociedad que prioriza la estética sobre la ética. La criatura funciona como un espejo incómodo que devuelve el reflejo de los prejuicios colectivos y obliga al lector a reconocer su propia monstruosidad en el rechazo hacia lo diferente. El texto original cierra su arco narrativo con la desaparición física del protagonista, pero deja abierta la interrogante sobre el deber del creador hacia su obra. La historia advierte que todo acto de creación conlleva un contrato de por vida que no puede romperse unilateralmente sin pagar un precio devastador.

Comparativa visual de quién es Frankenstein frente a otros personajes góticos

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.

FAQs

En el libro original de 1818, este apellido pertenece exclusivamente al creador, el científico Victor, y no a la bestia. La entidad artificial carece de nombre propio durante toda la obra y se la identifica mediante apodos descriptivos como «La Criatura», «El Demonio» o «El Miserable» para resaltar su falta de identidad social.

Su psique comienza siendo una tabula rasa benévola con una inteligencia muy superior a la media y una gran capacidad filosófica. Su carácter se torna violento y vengativo únicamente como una respuesta racional al rechazo sistemático que sufre por parte de su creador y de la sociedad, pasando de la bondad innata a la maldad adquirida.

El primero es un ser humano obsesionado con vencer a la muerte mediante la ciencia, mientras que el segundo es un ser biológico artificial de dos metros cuarenta compuesto de materia muerta. Victor representa la irresponsabilidad y la ambición desmedida, mientras que su obra encarna la soledad absoluta y las consecuencias de la falta de afecto.

El personaje adopta la violencia tras comprobar que la virtud no le sirve para ser aceptado debido a su aspecto físico. Actúa bajo la lógica de que, si no puede inspirar amor en la humanidad, inspirará miedo para obtener poder sobre ella. Él mismo justifica sus crímenes afirmando que es malvado porque es desgraciado.

La trama concluye en el Ártico tras la muerte de Victor en el barco del explorador Robert Walton. El monstruo aparece para llorar a su padre y, tras confesar su arrepentimiento, decide suicidarse. Se aleja hacia el norte en una balsa de hielo con la intención de construir una pira funeraria y quemarse vivo para no dejar rastro.

¿NECESITAS AYUDA CON TU NOVELA? CONTACTA CON NOSOTROS
Ramon Calatayud
Autor:
-Consultor editorial-

Escritor de novelas y profesional del mundo editorial desde hace más de 15 años. En este sector ayuda profesionalmente a escritores y guionistas de todo el mundo además de ayudar a diseñar estrategias de ventas.

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.

NUESTROS LIBROS

Como publicar tu libro en Amazon
Cómo publicar un eBook
Portada El Secreto de Vanessa
las aventuras de pablo
MEREDI NIVEL I

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.