Cómo hablar con cualquiera
Leil Lowndes conocía a Melissa desde la universidad y recordaba la facilidad con la que sonreía. Durante una cena volvió a verla saludar a otras personas. Melissa seguía mostrándose amable, pero ahora miraba a quien llegaba y esperaba un instante antes de sonreírle. Lowndes se fijó en aquella espera, porque le hacía sentir que la sonrisa iba dirigida a la persona que acababa de recibir.
Después de la cena pudo preguntarle por el cambio. Melissa le explicó el consejo que había recibido de su padre y cómo había aprendido a dejar pasar aquel instante. La escritora había visto primero el saludo y conoció después la razón de su amiga. En Cómo hablar con cualquiera vuelve a ese encuentro para explicar lo que había percibido y detenerse en un gesto que, hasta entonces, podía pasarle inadvertido.
El libro sigue ese camino al ocuparse de otras conversaciones. Lowndes cuenta encuentros que recuerda y situaciones que ha observado, fijándose en algo que una persona hace y en la respuesta que recibe. A partir de ahí propone una manera de actuar que el lector puede probar cuando se encuentre en una situación parecida. Reúne noventa y dos propuestas y da a cada una un nombre para que resulte más fácil recordarla.
Al avanzar, el libro pasa del primer contacto a conversaciones entre personas que ya se conocen. Aparecen también llamadas y encuentros en grupo, donde cambia la información disponible para saber si alguien desea seguir hablando. Una voz al teléfono tiene que hacer llegar cosas que, cara a cara, podrían acompañarse con un gesto. En un grupo hay que atender a quién conserva el turno y a lo que ocurre cuando otra persona empieza a intervenir. La autora adapta sus propuestas a esas diferencias.
La obra está organizada en nueve partes que reúnen situaciones relacionadas. Lowndes escribe con intención práctica, buscando que sus observaciones puedan utilizarse fuera de la página. Sus anécdotas muestran cómo interpreta lo ocurrido en aquellos encuentros. Al explicar una técnica, presenta una manera de actuar cuya respuesta habrá que conocer durante la conversación, escuchando a una persona que también puede cambiar de tema, preguntar o decidir cuándo quiere terminar.
| Campo | Datos del libro |
| Título | Cómo hablar con cualquiera |
| Subtítulo | 92 trucos infalibles para persuadir, influir y comunicar con éxito |
| Autor | Leil Lowndes |
| Título original | How to Talk to Anyone |
| Edición | Edición española publicada el 8 de enero de 2026 |
| Editorial | Editorial Planeta |
| Colección | No Ficción |
| Traducción | Pilar de la Peña Minguell |
| ISBN | 9788408313588 |
| Extensión | 392 páginas |
| Tema | La conversación y las acciones que ayudan a empezar, mantener y cuidar el trato entre personas. |
| Materias | Comunicación, habilidades sociales, escucha, relaciones personales, conversación y lenguaje corporal. |
| Referencia bibliográfica | Ficha de la edición española en la editorial |
| Enlace de compra | https://link.amazon/B0ijTzAvo |
¿Cómo empieza el encuentro antes de hablar?
¿Cómo hacemos que un saludo parezca dirigido a una persona?
Melissa sonreía con facilidad y Lowndes la conocía desde sus años de universidad. Cuando volvieron a encontrarse durante una cena, la escritora percibió un cambio en su manera de recibir a las personas.
Había un instante de atención antes de la sonrisa, un tiempo breve en el que la recién llegada encontraba a alguien que la estaba mirando. El fragmento del libro donde Lowndes cuenta la cena permite seguir lo que cambió. Melissa le explicó después que había aprendido a retrasar un poco su sonrisa. Lowndes relacionó aquella espera con una impresión de mayor sinceridad. Lo que Lowndes cuenta es cómo recibió ella aquel saludo. Para saber qué ocurre con otra persona habrá que escucharla y ver cómo continúa el encuentro.
La secuencia resulta comprensible si se observa desde quien llega. Antes del encuentro desconoce qué atención recibirá. Una expresión amable puede ayudarlo a acercarse, pero todavía necesita reconocer si se dirige a él. Cuando la otra persona lo mira, lo identifica y responde después, encuentra una relación entre su llegada y el saludo. El gesto tiene un momento anterior que le permite comprender por qué aparece ahora.
Ese instante también sirve a quien saluda. Le da tiempo para reconocer a la persona y para recibir su expresión. Quizá llega contenta y se acerca con ganas de hablar. Quizá está buscando a alguien o trae una preocupación. Atender antes de responder deja sitio a esas diferencias. La sonrisa puede acompañar la bienvenida cuando encaja con lo que está ocurriendo, mientras una llegada seria puede necesitar primero unas palabras que permitan conocer qué sucede.
Podemos seguirlo en una escena creada sobre la entrada a una asociación del barrio. Teresa está recogiendo unos papeles cuando llega una mujer a preguntar por una actividad. Teresa termina de apartarlos, levanta la vista y la saluda. La mujer puede reconocer que ya dispone de su atención. Si Teresa continúa ordenando mientras repite la misma bienvenida, quien espera quizá tenga que decidir si pregunta o si aguarda otro momento. El saludo es parecido en palabras, pero cambia lo que ambas pueden hacer después de escucharlo.
La atención se pone a prueba cuando la mujer explica qué necesita. Teresa puede responder a la actividad por la que pregunta, indicarle dónde se realiza o buscar a quien tenga esa información. Cada paso continúa lo que empezó al recibirla. Una sonrisa inicial tendría poco recorrido si después se interrumpiera la explicación para atender otra cosa sin avisar. Quien llega necesita encontrar en los actos siguientes un lugar para la pregunta con la que entró.
También conviene conservar la libertad del gesto. Esperar no exige contar segundos ni vigilar cada movimiento de la cara. Una persona puede saludar con calidez mediante la voz, una inclinación de cabeza o unas palabras cercanas. El aprendizaje está en reconocer a quién se responde y en permitir que la respuesta nazca de ese encuentro. Convertir la espera en una pose rígida puede apartar la atención de la persona hacia la obligación de ejecutar un saludo.
La impresión de sinceridad tampoco asegura que se haya comprendido una necesidad. Después del saludo todavía puede haber un malentendido sobre una fecha o sobre el lugar de la actividad. Teresa tendrá que escuchar y comprobarlo. La bienvenida facilita el comienzo, mientras la conversación va recibiendo tareas que solo se conocen al seguir hablando.
En la asociación del ejemplo, Teresa puede continuar la bienvenida señalando dónde se realiza la actividad. Si necesita buscar a otra persona, puede explicarlo y acompañar a la visitante hasta ella. La atención encuentra así acciones que la prolongan después de la sonrisa. Quien llegó con una pregunta puede seguir cada paso desde lo que va conociendo, hasta recibir la información que había ido a buscar.
¿Qué cambia cuando miramos a quien nos está atendiendo?
Sammy tenía un menú delante cuando un camarero se acercó a tomar su pedido. Para escoger necesitaba leerlo, mientras que para pedir debía comunicar su elección a quien acababa de llegar. Lowndes estaba cenando con él y observó cómo levantaba la vista para dirigirse al camarero, manteniendo después un instante la mirada antes de volver a la carta.
El episodio aparece en el apartado sobre el contacto visual de Cómo hablar con cualquiera. La escritora encontró más cercanía en aquel pequeño intercambio. Su observación permite examinar qué aporta reconocer a la persona dentro de una tarea que podría reducirse a pronunciar el nombre de un plato. El camarero recibe un pedido y, al mismo tiempo, necesita saber cuándo se le está dando paso para responder.
Mirar ayuda a ordenar ese cambio de turno. Si el cliente sigue leyendo, quien atiende puede dudar sobre si desea más tiempo. Cuando levanta la vista y habla hacia él, dispone de otra señal para situar la petición. Una breve espera al terminar permite que llegue la respuesta. La mirada acompaña unas palabras que ya tienen contenido y ayuda a reconocer el momento en que pueden continuar.
La atención visible tiene que seguir siendo cómoda para ambas personas. La propuesta de Lowndes da importancia a mantenerla, pero cada encuentro exige observar cómo se recibe. Hay personas que escuchan mejor apartando los ojos durante un momento. Otras necesitan mirar la boca de quien habla o girarse para oír. Mantener una conversación permite atender a esas diferencias sin convertir una forma determinada de mirar en una prueba de respeto.
En el propio libro, la escritora cuenta cómo interpretó una mirada muy atenta y descubrió después que la persona estaba intentando leerle los labios. Esa experiencia amplía el asunto. La misma conducta que ella había recibido como fascinación tenía otra razón. Para comprenderla necesitó hablar con aquella persona. La mirada daba información sobre su atención, mientras las palabras posteriores permitían saber qué estaba intentando hacer con ella.
Pensemos ahora en una escena creada en una tienda de telas. Un hombre consulta unas muestras mientras la dependienta le pregunta cuántos metros necesita. Puede levantar la vista, responder y volver después a comparar los colores. Si el cálculo todavía queda pendiente, puede decir que necesita medir la ventana antes de decidir. La otra persona recibe así una respuesta que le permite continuar, en vez de tener que adivinar qué significa el silencio sobre las muestras.
La conversación también puede necesitar que ambos miren el mismo objeto. La dependienta señala el ancho de una tela y el hombre atiende a la pieza para comprenderlo. En ese momento, apartar los ojos de la cara permite seguir la explicación. Después podrá volver a ella para preguntar por la cantidad. La atención cambia de lugar porque el trabajo de comprender también ha cambiado. Su continuidad se reconoce por la relación entre esos movimientos y lo que ambos están resolviendo.
Por eso conviene distinguir presencia y vigilancia. Quien escucha puede seguir dentro de la conversación mientras toma una nota o busca un dato. Si necesita hacerlo, unas palabras sobre esa búsqueda permiten que la otra persona conozca por qué mira hacia otro sitio. La atención se conserva mediante lo que va ocurriendo entre ambos, con apoyos que pueden ser visuales y también verbales.
En la tienda de telas, la conversación podrá continuar mirando la pieza que ambos necesitan examinar. El hombre tendrá ocasión de señalar el ancho y preguntar cómo cambia la cantidad que debe comprar. La dependienta podrá responder desde aquello que los dos están viendo. Levantar la vista, mirar la tela y volver a hablar serán partes de una misma tarea, con una razón reconocible para cada cambio de atención.
¿Qué necesita encontrar la otra persona detrás de nuestra atención?
Mantener la mirada puede ayudar a que quien habla reconozca que seguimos allí. Todavía tendrá que descubrir si hemos atendido a lo que cuenta. Cuando termine una explicación, nuestra respuesta podrá recoger una parte de ella o llevar la conversación hacia un asunto que teníamos preparado antes de escucharla.
En Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, Dale Carnegie relaciona el interés por alguien con el tiempo que dedicamos a conocer lo que desea compartir. Lowndes presta atención a cómo recibimos a la persona. La comparación permite continuar desde esa primera señal hasta el uso que hacemos de sus palabras.
| Durante el encuentro | Cómo hablar con cualquiera | Cómo ganar amigos e influir sobre las personas |
| Lo que se hace visible | La mirada acompaña a quien está hablando | La respuesta se interesa por el asunto que comparte |
| Lo que falta conocer | Cómo recibe esa atención la persona | Qué parte de su experiencia quiere desarrollar |
| Cómo continuar | Ajustar la atención a su respuesta y comodidad | Preguntar desde lo escuchado y dejar que lo amplíe |
Podemos seguirlo en una conversación imaginada entre dos vecinas. Rosa cuenta que ha dejado de llevar las cuentas de una asociación. Mercedes la mira mientras habla y recuerda que también está buscando a alguien para las cuentas de su comunidad. Si aprovecha la primera pausa para ofrecérselas, habrá recibido una noticia y pasado por alto lo que Rosa estaba intentando explicar.
Rosa quizá dejó la tarea porque le ocupaba las tardes. Tal vez quiera compartir el alivio de haberla terminado o le preocupe cómo seguirá funcionando la asociación. Mercedes todavía desconoce qué parte le interesa contar. Puede preguntarle cómo ha sido dejar ese trabajo y escuchar desde la respuesta, antes de llevarla hacia otra obligación.
La mirada conserva su función durante ese intercambio, acompañando un tiempo que Rosa puede utilizar para explicarse. Mercedes también dispone de su propia experiencia y podrá compartirla cuando ayude a comprender lo que están tratando. Al recoger una dificultad que Rosa acaba de nombrar, hará perceptible que su atención ha seguido el contenido. La persona encontrará una respuesta relacionada con lo que ha contado, además de alguien que la estaba mirando.
¿Cómo damos sitio a alguien que intenta entrar en una conversación?
Carla respondía a algunas personas que se acercaban durante una fiesta y volvía después a hablar con Lowndes. El saludo ocurría por encima de su hombro, mientras su cuerpo seguía orientado hacia la amiga con la que estaba conversando. Para quien acababa de llegar, quedaba abierta una duda sobre si podía quedarse y hablar con ellas.
En el episodio que cuenta Lowndes, la llegada del pequeño Willie permite observar otra respuesta. Carla se volvió hacia él y le prestó atención. La escritora utilizó ese contraste para proponerle que recibiera también a un adulto orientándose hacia él. Más tarde, Carla acompañó ese movimiento con una invitación a participar y la persona se incorporó al encuentro.
La dificultad empieza porque reconocer una presencia y ofrecer un turno son acciones diferentes. Una persona puede devolver un saludo mientras sigue ocupada en lo anterior. Quien lo recibe necesita conocer si ese momento termina ahí o si se le está dando un lugar para continuar. Volverse hacia ella hace más visible la atención. Unas palabras de invitación permiten aclarar qué puede hacer con ese espacio. El cuerpo participa en la organización de la conversación. Dos personas que se miran entre sí pueden formar un encuentro cerrado para quien llega de lado. Si una de ellas cambia de posición, empieza a aparecer una dirección compartida. El recién llegado puede reconocer a quién hablar y las otras personas pueden verlo sin tener que girarse cada vez que interviene. Estar colocados de esa manera facilita que el recién llegado hable y que los otros puedan escucharlo.
Podemos verlo en una situación creada durante los preparativos de una comida vecinal. Elena y Luis hablan junto a una mesa cuando se acerca Marta con una pregunta sobre el reparto de las sillas. Elena se vuelve hacia ella y Luis deja de hablar un momento para escuchar. Marta puede hacer la pregunta sin tener que elevar la voz sobre una charla que sigue avanzando. Después, los tres disponen de una tarea que pueden comentar juntos.
Si Marta ha llegado mientras Luis terminaba una explicación necesaria, también cabe conservar ese turno. Elena puede reconocerla y pedirle un momento, explicando que Luis está acabando de contar cuántas mesas faltan. La espera recibe una razón y un final cercano. Marta sabe que la han visto y puede decidir si aguarda. Acoger a alguien incluye poder decir qué atención está disponible ahora, sin fingir una disponibilidad que todavía se está dando a otra persona.
La invitación debe respetar también el espacio de quien llega. Un saludo cálido puede hacerse a una distancia cómoda, con una posición que permita verse. El contacto físico que aparece en algunas recomendaciones del libro depende de una confianza que merece conocerse. Girarse y escuchar ofrecen maneras de recibir a otra persona sin dar por hecho que desea que la toquen.
Una vez dentro, el recién llegado puede necesitar ayuda para comprender el asunto. Marta conoce las sillas que trae en mente, pero desconoce lo que Elena y Luis habían contado antes. Una explicación breve sobre el trabajo pendiente permite que participe desde lo que ahora comparten. La atención inicial encuentra continuidad cuando la información también le da entrada.
Al continuar el reparto de las sillas, Marta podrá explicar qué había entendido y preguntar cuántas faltan. Elena y Luis recibirán una información que aún desconocían cuando hablaban a solas. La incorporación empieza a servir al trabajo compartido porque la nueva participante tiene un lugar donde aportar lo que sabe, además del saludo con que fue recibida.
¿Cómo prestamos atención a lo que está ocurriendo?
¿Qué conviene comprobar antes de desconfiar de un gesto?
Helen preguntó a una candidata por qué había dejado su empleo anterior. Mientras respondía, la mujer cambió de posición y se llevó las manos hacia la cara. En el relato que la entrevistadora compartió con Lowndes, esos movimientos habían aparecido después de unas respuestas más tranquilas sobre otros aspectos de su trabajo.
El cambio ofrecía algo que observar y una explicación pendiente. Helen volvió a un asunto más neutral, preguntando por los planes de futuro, y regresó después al motivo de la salida. Según contó, continuó indagando hasta conocer que la candidata había sido despedida después de un conflicto con un responsable. La información llegó dentro de la conversación que siguió al gesto.
Lowndes utiliza el caso al hablar de los movimientos que pueden despertar desconfianza. En el mismo apartado reconoce que una persona puede mostrarse inquieta por el calor o por la incomodidad del encuentro. Para aprovechar la observación hace falta conservar ese espacio entre ver un cambio y saber por qué ocurre. Si se llena de inmediato con una acusación, la interpretación ocupa el lugar de la respuesta que todavía falta. Comparar con momentos anteriores puede ayudar a formular una pregunta, siempre que se conserve lo que realmente se ha visto. La candidata se movió más al tratar una salida de empleo. Eso permite volver sobre ese asunto. Afirmar que cada movimiento de una mano significa engaño añadiría una certeza que aquella observación deja por demostrar. La diferencia empieza a ser útil cuando orienta una búsqueda de información que puede continuar por otros medios.
Pensemos en una conversación creada entre dos vecinos que revisan el reparto de un gasto. Uno empieza a frotarse las manos al llegar a una factura. El otro podría interpretar que intenta ocultar algo. También puede preguntarle qué parte del recibo le cuesta entender. Si el vecino explica que desconoce a qué periodo corresponde, ambos tienen una duda que pueden revisar mirando la fecha. Ahora pueden buscar la fecha en el recibo y comprobar a qué meses corresponde el gasto.
Si la respuesta sigue dejando una diferencia, pueden acudir a los documentos. Quizá uno ha contado un pago y el otro recuerda dos. Poner las cantidades y las fechas sobre la mesa permite estudiar el desacuerdo. Los gestos pueden continuar porque la situación resulta incómoda, mientras los recibos ofrecen información sobre el gasto. Cada dato necesita valorarse por lo que permite conocer y por lo que aún deja pendiente.
La manera de preguntar también influye en lo que se recibe. Pedir que se aclare una fecha deja a la persona un lugar para responder. Empezar anunciando que su movimiento la delata puede aumentar la tensión y llevar la charla hacia la acusación. Después será más difícil distinguir qué inquietud pertenecía a la primera pregunta y cuál apareció por la forma en que se la trató.
Conviene reconocer, por tanto, cuándo se está observando una conducta y cuándo se está contando una historia sobre ella. «Se ha movido al hablar de esa factura» conserva una observación. «Quiere engañarme» atribuye un propósito. Para pasar de una a otra hacen falta apoyos que pueden encontrarse en las respuestas y en los hechos comprobables. La duda puede mantenerse mientras se buscan, sin que conservarla obligue a desatender el asunto.
Cuando los vecinos del ejemplo encuentren la fecha de la factura, podrán comprobar a qué periodo corresponde el pago. Esa información puede retirar una sospecha o dejar otra cantidad por revisar. La charla continuará con una diferencia que ambos pueden señalar sobre el papel, con más apoyos para entenderse que los movimientos observados al comenzar.
¿Cómo podemos practicar un gesto sin vigilar cada movimiento?
Si queremos dejar de mover las llaves mientras alguien habla, podemos empezar por una ocasión en la que acostumbramos a hacerlo. Intentar revisar a la vez las manos, la postura, la voz y todas nuestras palabras añadiría varias tareas al momento de escuchar. El gesto elegido necesita un lugar pequeño dentro de una conversación que seguirá pidiendo atención.
James Clear explica en Hábitos atómicos cómo preparar una acción reconocible para un momento y un lugar. Esa preparación ayuda a encontrar cuándo empezar. En la práctica de una recomendación de Lowndes puede servir para ensayar una conducta y observar después qué ocurrió, conservando el interés por quien tenemos delante.
| Al preparar la práctica | Cómo hablar con cualquiera | Hábitos atómicos |
| Qué se quiere probar | Una conducta durante el encuentro | Una acción que pueda reconocerse al realizarla |
| Cuándo recordarla | Cuando aparezca la situación elegida | Al llegar un momento y un lugar previstos |
| Qué se revisa después | Si ayudó a estar disponible para conversar | Qué facilitó empezar y qué lo dificultó |
Imaginemos a Tomás, que suele hacer sonar un manojo de llaves mientras espera delante del mostrador de una tienda. Cuando la dependienta empieza a explicarle el encargo, él continúa moviéndolo. Ha decidido probar otra cosa la próxima vez, guardar las llaves al llegar al mostrador y dejarlas allí durante la explicación.
El momento elegido pertenece a una visita que ya realiza. Puede reconocer si guardó las llaves y después atender a las medidas, al precio o a la fecha que le estén dando. Si durante la charla vuelve a sacarlas porque necesita abrir una bolsa, podrá dejarlas otra vez al terminar. La práctica admite lo que está ocurriendo en la tienda, en lugar de convertir una posición de las manos en una obligación que interrumpa el trato.
Al salir puede recordar en qué momento empezó a moverlas y qué estaba haciendo entonces. Quizá esperaba una respuesta o buscaba algo en el bolsillo. Esa observación le ayudará a ajustar el próximo intento. Habrá ensayado una acción que está a su alcance, mientras la comprensión del encargo seguirá dependiendo de escuchar, preguntar y conservar los datos que necesita.
¿Cómo sabemos si la otra persona puede seguir lo que contamos?
Hans respondía con golpes de casco a preguntas que parecían exigir una cuenta. Quienes lo observaban podían seguir el número de golpes hasta que se detenía. La coincidencia con el resultado esperado atrajo la atención de quienes querían averiguar qué estaba haciendo aquel caballo para acertar.
En la historia que recoge Lowndes, Hans respondía a pequeños cambios de las personas que conocían la solución. La tensión de la espera cambiaba al llegar al número correcto y el caballo había aprendido a detenerse. La explicación exigía observar a ambos lados del intercambio. Había un movimiento visible y una reacción que le permitía encontrar el momento de terminarlo.
La escritora utiliza el episodio para proponer que quien habla siga también lo que está recibiendo de la otra persona. Preparar una explicación puede ocupar tanto la atención que las respuestas queden en segundo plano. Mientras se intenta llegar al final, alguien puede haberse perdido en una palabra anterior. Si continúa sin darle un lugar a esa dificultad, cada frase nueva se apoyará en algo que aún necesita entenderse.
Mirar las reacciones ayuda a reconocer dónde conviene comprobar. Una persona puede dejar de asentir, pedir que se acerque un papel o mirar hacia un objeto mencionado. Esos movimientos indican que algo está ocurriendo durante la escucha. Su significado requiere atender a la situación y, cuando haga falta, preguntarlo. El gesto ofrece una ocasión para conocer mejor lo que necesita el otro, en vez de una respuesta segura sobre lo que piensa.
Podemos seguirlo en un ejemplo creado sobre una explicación de riego. Andrés está mostrando a su vecino cómo abrir el paso del agua hacia dos parcelas. Al mencionar una llave, el vecino mira hacia un lado distinto del que Andrés esperaba. Este puede continuar nombrando los pasos siguientes o detenerse para señalar la pieza. Si pregunta cuál había entendido, sabrá desde qué objeto estaba siguiendo la explicación.
El vecino puede haber confundido dos llaves parecidas. Al reconocerlo, ambos disponen de una relación que aclarar antes de continuar. Andrés muestra cuál lleva el agua a la primera parcela y deja que el vecino explique con sus palabras qué hará al abrirla. La respuesta permite comprobar si los dos están hablando ya de lo mismo. El conocimiento aparece en lo que la otra persona puede seguir y decir, junto a lo que deja ver mientras escucha.
Si Andrés interpretara la mirada como falta de interés, quizá aceleraría o terminaría la charla. La misma conducta tendría entonces otra explicación dentro de su cabeza. Preguntar conserva la posibilidad de corregirla. También permite encontrar una dificultad de oído o de visión que requiera acercarse al lugar. El ajuste nace de la respuesta recibida y cambia la forma de continuar con la tarea.
Dar ese espacio necesita tiempo dentro de la explicación. Puede detenerse un momento y preguntar por la pieza que acaba de nombrar. La respuesta decide si se avanza o si se vuelve a un paso anterior. Quien habla mantiene la dirección de lo que cuenta y, a la vez, admite que la otra persona necesita recorrerlo desde conocimientos distintos.
Al señalar la llave correcta, Andrés puede pedirle al vecino que le muestre cuál abrirá primero. La respuesta permitirá reconocer si necesita otro paso antes de dejarlo solo con el riego. Quien explica dispone ahora de una información sobre lo que se ha entendido y puede utilizarla para decidir cómo continuar, mientras el vecino tiene ocasión de corregir lo que había imaginado.
¿Qué hacemos cuando una reacción contradice lo que esperábamos?
Observar una reacción puede avisarnos de que conviene cambiar lo que estamos haciendo. Una persona deja de responder, mira hacia otro sitio o empieza a contestar más deprisa. Esos cambios ofrecen algo que atender. Para conocer su motivo todavía hará falta escucharla y admitir que quizá estemos entendiendo mal el momento.
Adam Grant plantea en Piénsalo otra vez qué ocurre cuando una información nueva pone en duda una interpretación que ya teníamos. Aplicado al encuentro que describe Lowndes, permite revisar el paso posterior a observar. Podemos utilizar la reacción para comprobar una idea o tratarla enseguida como prueba de lo que ya pensábamos.
| Lo que aparece | Cómo hablar con cualquiera | Piénsalo otra vez |
| Una respuesta distinta | Da una ocasión para ajustar el trato | Puede pedir que revisemos la primera interpretación |
| La duda pendiente | Qué está ocurriendo para esa persona | Qué información apoyaría o cambiaría lo que creemos |
| El paso siguiente | Preguntar y atender a la respuesta | Permitir que lo aprendido modifique la decisión |
Veamos una situación creada en una visita a una casa. Celia está contando un viaje y su hermano comienza a mirar el reloj. Ella cree que se ha aburrido. Puede acortar el relato con enfado, dando por conocida una intención que aún desconoce. También puede preguntarle si tiene que salir, porque ha advertido un cambio mientras hablaban.
Él explica que espera la llamada de un taller para recoger el coche antes de que cierre. La respuesta cambia lo que Celia sabe. Pueden dejar el viaje para después o continuar durante el rato disponible, contando con que habrá una interrupción. Si él hubiera respondido que llevaba un rato intentando hablar de otra cosa, también habría aparecido una información capaz de cambiar el encuentro.
La observación del reloj sirve para abrir esa comprobación. Por sí sola deja varias explicaciones posibles. La pregunta permite que el hermano aporte la suya y que Celia corrija lo que había supuesto. El ajuste se verá en lo que haga después de escucharlo. Podrá volver al viaje en otro momento sabiendo por qué lo habían dejado pendiente y desde dónde podrían retomarlo.
¿Por qué una explicación interesante puede llegar en mal momento?
Lowndes llegó cansada a un hotel y entró con su equipaje en un ascensor lleno de personas que asistían a una convención. El aparato se movió con lentitud y ella comentó lo que estaba ocurriendo.
Varias personas empezaron a explicar posibles causas de aquella lentitud. Lowndes tuvo que seguir unas explicaciones que le exigían más atención de la que podía dedicarles entonces. El encuentro aparece en el apartado donde propone atender al ánimo de quien escucha. La escritora reconoce que aquellas explicaciones podían tener interés. Su dificultad estaba en cómo llegaban durante un trayecto al que había entrado cansada. Para entender la reacción hay que conservar ambas partes, lo que se estaba diciendo y la disposición de quien lo recibía.
Una observación sobre algo compartido puede tener una función pequeña. Permite reconocer que el ascensor va despacio y pasar unos segundos juntos dentro de esa espera. Quien la escucha puede decidir que es una invitación a explicar todo lo que conoce. Antes de ampliar, conviene averiguar si la persona desea entrar en esa conversación. La primera frase deja abierta esa posibilidad y necesita una respuesta que permita conocer cuánto espacio tiene.
En la lectura que hace Lowndes, compartir primero el tono del comentario habría facilitado el comienzo. Después cabía preguntar por el interés en la causa de la lentitud. Ese turno permite que la otra persona participe en la elección del recorrido. Puede aceptar la explicación, preguntar por una parte o comunicar que ahora necesita llegar a su habitación. Así podrá saber si la otra persona quiere escucharlo, en vez de darlo por hecho porque haya hecho un comentario. Pensemos en una escena creada al final de una jornada de trabajo. Rosa vuelve a casa y un vecino le pregunta por una avería que ambos conocen. Ella responde despacio y dice que lleva un día largo. El vecino tiene noticias que pueden ayudar, pero antes necesita conocer si dispone de unos minutos para escucharlas. Puede ofrecerle un resumen del cambio más urgente y acordar otro momento para explicarle el resto.
La elección depende de lo que hace falta ahora. Si existe un dato que Rosa necesita conocer antes de utilizar un aparato, conviene dárselo con claridad y comprobar que lo ha entendido. Los antecedentes pueden esperar. Si el asunto admite otro momento, acordarlo evita mantener a Rosa dentro de una conversación que apenas puede atender. El ajuste conserva el contenido necesario y le busca un tiempo en el que pueda recibirse.
Atender al ánimo deja también espacio para cambiar el ritmo durante la charla. Una persona puede empezar con pocas ganas y mostrar interés al conocer una noticia. Otra puede pedir más detalle y descubrir después que necesita detenerse. La conversación ofrece respuestas nuevas a medida que avanza. Quien explica puede recibirlas y ajustar lo siguiente, en vez de seguir obedeciendo a la impresión que se formó al principio.
Ese cuidado se distingue de copiar una voz o fingir un estado. Si alguien está triste, puede recibir compañía de una persona que habla con calma y escucha lo que desea contar. Compartir exactamente la tristeza permanece fuera de lo que puede imponerse mediante una técnica. El objetivo práctico consiste en hacerle sitio a la experiencia que la otra persona trae y encontrar una manera de hablar que permita continuar juntos.
Si Rosa y su vecino acuerdan hablar al día siguiente, pueden dejar señalado qué información necesita entonces. El vecino podrá empezar por esa parte y Rosa llegará sabiendo de qué van a ocuparse. La conversación encuentra un momento distinto, con una tarea compartida que permite dedicar atención a los detalles que al final de la jornada habían tenido que esperar.
¿Qué puede ayudar a que alguien encuentre una primera pregunta?
Unas gafas antiguas colgaban del cuello de Lowndes durante algunas reuniones. Su forma despertaba preguntas entre personas que se acercaban a ella. El objeto estaba a la vista y permitía empezar por algo compartido, incluso cuando quien preguntaba todavía desconocía casi todo de la persona que lo llevaba.
La escritora explicaba que eran unos impertinentes heredados de su abuela. Se sostenían por un mango para mirar a través de sus dos cristales. La respuesta daba un nombre a lo observado y añadía una procedencia. Con esos apoyos podía aparecer otra pregunta. La forma de las gafas pertenecía a un uso que se podía explicar y la abuela empezaba a tener una relación con quien estaba contando su historia.
El ejemplo del libro ayuda a comprender por qué un detalle visible puede facilitar el acercamiento. Quien desea hablar con alguien necesita encontrar un modo de dirigirse a él. Un objeto que llama la atención ofrece una pregunta relacionada con lo que ambos pueden ver. Preguntar por él deja a su dueño la posibilidad de responder con la extensión que quiera, desde el nombre hasta una experiencia que desee compartir.
La respuesta necesita recibir la curiosidad que ha aparecido. Si alguien pregunta qué es un objeto, conviene explicarlo antes de contar una historia larga sobre quien lo regaló. El nombre permite reconocerlo y su uso ayuda a imaginar para qué sirve. Una vez comprendido, la procedencia puede abrir otra parte de la conversación. La información llega por pasos que dependen de lo que la persona está intentando conocer.
Podemos seguirlo con una escena creada sobre una bolsa de tela cosida a mano. A la entrada de una biblioteca, Julia recibe una pregunta sobre el dibujo que lleva bordado. Puede explicar que representa el olivo de su casa y que lo hizo durante un curso de costura. Quien pregunta dispone ahora de dos detalles que puede continuar, el árbol y el trabajo de la bolsa. Julia puede escuchar cuál le interesa y seguir desde ahí.
Si la otra persona habla de un olivo que recuerda, la conversación ha cambiado de manos. Julia tiene delante una experiencia que empieza a pertenecer a su acompañante. Puede preguntar por el lugar o escuchar lo que quiera contar. El objeto inicial conserva su función de comienzo y deja de necesitar que todo vuelva a él. La relación entre las respuestas permite que aparezca un asunto compartido.
El mismo detalle puede producir una pregunta breve y ninguna continuación. Quizá la persona desea saber dónde se consiguió la bolsa y después necesita marcharse. Darle esa información atiende la consulta que realmente hizo. El interés se conoce durante el intercambio, por lo que conviene mantener abierta la posibilidad de terminar con un saludo agradable después de haber respondido.
Escoger qué se muestra también permite cuidar la propia intimidad. Un objeto puede tener una historia familiar que su dueño prefiera conservar. Puede explicar su uso o su origen general sin contar una pérdida o una relación privada. La pregunta abre una ocasión de hablar y la respuesta sigue perteneciendo a quien decide cuánto quiere compartir.
Si la persona de la biblioteca pregunta a Julia por el curso, esta puede explicar dónde aprendió a coser la bolsa. Si responde recordando un árbol de su casa, Julia podrá escuchar esa experiencia. La dirección se va escogiendo después de cada intervención. El primer detalle ha permitido que aparezcan palabras de ambos y que la charla encuentre un asunto que pueden seguir juntos.
¿Qué información ayuda a empezar una conversación?
¿Qué podemos añadir para que una respuesta permita seguir hablando?
Pensemos en una mujer que llega a una comida donde conoce a pocas personas. Al sentarse, uno de los invitados le pregunta de dónde viene. Ella dice el nombre de su pueblo y recibe otra pregunta, porque su compañero de mesa ha oído hablar del lugar, pero apenas sabe qué puede encontrarse allí.
La mujer puede contar que los domingos se celebra un mercado al que acuden los pueblos cercanos. Su compañero recibe una actividad que puede imaginar y dispone de algo sobre lo que preguntar. Leil Lowndes recomienda añadir esa información a la procedencia. En una conversación publicada por Los Angeles Times, explica que una primera respuesta puede ofrecer un detalle con el que continuar.
El hombre le pregunta si acostumbra a ir y ella puede hablar de lo que hace durante la visita. Un nombre que antes conocía poco empieza a relacionarse con una parte del domingo de aquella mujer. La conversación encuentra personas comprando y vendiendo en un lugar al que él todavía necesita acercarse mediante sus palabras.
El detalle necesita poder comentarse. Una fecha aislada sobre la fundación del pueblo puede ser cierta y dejar pocas posibilidades a quien desconoce su historia. Explicar que durante una fiesta los vecinos preparan una comida en la plaza permite imaginar personas haciendo algo. A partir de ahí se puede preguntar quién cocina, cuánto tiempo lleva prepararla o qué relación tiene la mujer con esa fiesta. La utilidad del dato aparece en las preguntas que permite hacer con lo que ya se sabe.
También conviene elegir algo que la persona pueda contar con comodidad. Si menciona una actividad por la que siente curiosidad, tendrá más recursos para responder cuando se le pregunte. Utilizar un dato que apenas conoce puede llevarla hacia explicaciones que tendría que inventar. La conversación conserva mejor su continuidad cuando el detalle procede de una parte del lugar que ella conoce o cuando reconoce que ha oído hablar de algo que todavía desea visitar.
Al recibir la primera pregunta, la mujer sigue necesitando escuchar. El otro puede interesarse por los puestos del mercado o puede decir que hace años trabajó cerca de aquel pueblo. Esa respuesta cambia lo que hace falta explicar. Si ambos conocen una calle, quizá puedan pasar a lo que ha cambiado en ella. Si el lugar sigue siendo desconocido, tendrá sentido dar una referencia que permita situarlo antes de continuar con el recorrido. La ayuda inicial también permite reconocer que el asunto apenas interesa. Una respuesta breve puede dar paso a otro tema sin que nadie tenga que sostener una explicación larga por educación. Conocer el lugar de procedencia era una oportunidad para empezar, mientras el intercambio se va construyendo con las preferencias que cada uno muestra al responder. Se puede dejar aquel mercado después de unas frases y regresar a él más tarde si aparece una relación pertinente.
La práctica puede prepararse pensando en qué aspecto del lugar sería fácil de compartir con alguien que nunca ha estado allí. Puede tratarse de una actividad habitual, de un cambio que se está viviendo o de un uso del paisaje. Elegir uno permite disponer de una respuesta que abre espacio a la otra persona. Después habrá que utilizar su contestación para decidir qué contar a continuación.
Al elegir ese primer detalle, la mujer puede conservar otros para cuando haya ocasión de utilizarlos. Si su compañero de mesa cuenta después un viaje cerca del pueblo, habrá una relación desde la que hablar de los caminos. El mercado ya habrá cumplido su función al permitirles empezar. La información siguiente podrá elegirse desde lo que ambos acaban de compartir, conservando la libertad de que la charla continúe por otro lugar.
¿Cómo explicamos nuestro trabajo a quien lo conoce poco?
Podemos imaginar a un reparador de maquinaria hablando con una mujer que acaba de conocer. Ella le pregunta por su trabajo y él menciona su oficio. La mujer ha oído esa palabra en otras ocasiones, pero todavía le cuesta relacionarla con lo que el hombre hace durante una jornada.
El reparador puede explicarle que busca por qué una máquina se ha detenido antes de decidir qué necesita cambiar. La mujer encuentra una tarea que puede seguir. En sus declaraciones sobre las primeras respuestas al conocerse, Leil Lowndes recomienda acompañar el nombre del trabajo con información que permita hablar sobre él. La reparación ofrece al interlocutor algo que puede preguntar sin conocer el oficio de antemano.
El hombre tiene que escoger por dónde empieza esa explicación. Puede enumerar sus especialidades o detenerse en la primera revisión de una máquina parada. Al seguir esa revisión, la mujer empieza a conocer qué observa y por qué necesita comprobar una parte antes de desmontarla. Las palabras del oficio irán entrando cuando haya una tarea con la que relacionarlas.
La elección de la tarea permite limitar la explicación. El hombre quizá también instale máquinas nuevas y revise su funcionamiento antes de que fallen. Durante aquella conversación puede seguir una reparación, dando tiempo a comprender cómo se localiza una avería. Cuando esa parte se entienda, podrá añadir otra si la pregunta de su compañera la vuelve pertinente. Presentar todo el oficio al mismo tiempo puede esconder las relaciones que se pretendía aclarar.
Una explicación accesible conserva las diferencias que hacen comprensible el trabajo. Buscar el fallo y cambiar la pieza son partes relacionadas, pero la segunda depende de haber acertado con la primera. Si se cuenta que el hombre sustituye piezas, todavía puede faltar por qué escoge una y deja las demás. Explicar qué observa le permite mostrar una decisión que el interlocutor quizá desconocía, sin tener que recorrer un manual entero.
Los términos del oficio pueden entrar cuando su función ya resulta reconocible. Si hace falta nombrar una pieza, conviene explicar qué hace en la máquina y qué cambia cuando se estropea. La palabra queda unida a una relación que se puede seguir. Repetir sinónimos complicados ofrece menos ayuda que decir qué mueve esa pieza o qué tiene que sostener. La comprensión se prepara desde una acción conocida hacia el nombre que permitirá reconocerla después.
La conversación también muestra hasta dónde interesa llegar. Una pregunta sobre la duración de las reparaciones puede responderse explicando qué hace variar ese tiempo. Una pregunta sobre la formación del hombre llevará hacia su aprendizaje. Atender a esa elección permite que el otro participe en el recorrido, en vez de recibir una descripción preparada que continúe igual con cualquier persona.
Hay información del trabajo que debe conservar sus límites. Contar una tarea habitual puede permitir comprender el oficio sin revelar datos de una empresa, un cliente o un compañero. Si un ejemplo real contiene información reservada, puede cambiarse por una explicación general del procedimiento, manteniendo reconocible que se está describiendo una posibilidad. El detalle elegido necesita ayudar a entender y ser adecuado para aquella conversación.
Después de explicar la reparación, el hombre puede conocer también el trabajo de su compañera. Ahora sabe qué apoyo le ha hecho falta a ella para seguirlo y puede darle el mismo espacio al escuchar. Si encuentra un nombre que desconoce, podrá pedir una tarea que lo ayude a imaginarlo. La conversación empieza a compartir dos experiencias mediante aclaraciones que cada uno puede solicitar cuando las necesita.
¿Qué información permite entender un oficio que desconocemos?
Al explicar a qué nos dedicamos podemos escoger un detalle que ayude a la otra persona a continuar. El nombre de un oficio sirve si reconoce qué trabajo hacemos. Cuando apenas lo conoce, quizá necesite saber a quién ayudamos o qué tarea realizamos antes de encontrar algo que preguntar.
En Ideas que pegan, Chip Heath y Dan Heath examinan la dificultad de explicar algo que conocemos bien a alguien que todavía lo está aprendiendo. Lowndes busca dar una continuación al intercambio. Los Heath ayudan a comprobar qué puede entender el interlocutor del detalle que hemos escogido.
| Al explicar el trabajo | Cómo hablar con cualquiera | Ideas que pegan |
| Lo que necesita el oyente | Un detalle desde el que continuar | Información que pueda relacionar con algo conocido |
| Lo que aporta quien habla | Una parte del oficio adecuada al encuentro | Una explicación que conserve su idea y sus apoyos |
| Cómo se conoce la dificultad | La siguiente pregunta queda sin lugar desde el que empezar | El oyente desconoce un paso que el experto daba por sabido |
Podemos imaginar a una mujer que restaura vidrieras y conoce a alguien durante una comida. El nombre de su trabajo despierta interés, pero la persona desconoce cómo se repara una ventana formada por cristales pequeños. Ella puede empezar por una tarea que se vea, retirar una pieza rota y preparar otra que encaje en el mismo lugar. Desde ahí será más fácil preguntar cómo conserva el dibujo o qué hace con el resto de la ventana.
¿Por dónde puede empezar la explicación que nos están pidiendo?
En esta conversación imaginada, Lucía restaura vidrieras y Andrés acaba de preguntarle por su trabajo durante una comida.
Andrés: «¿Las vidrieras son esas ventanas hechas con cristales de colores?»
Lucía: «Sí. Cuando una pieza se rompe, preparo otra para que pueda volver a ocupar su sitio en el dibujo».
Andrés: «¿Tienes que sacar la ventana entera?»
Lucía: «Depende del daño y de dónde esté. Primero miro qué piezas están sujetas y qué parte hace falta reparar».
Andrés: «Yo pensaba que era como cambiar el cristal de una ventana de casa».
Lucía: «Aquí hay muchas piezas unidas. Al reparar una tengo que conservar cómo queda sujeta junto a las demás».
Andrés: «Entonces necesitas conocer también lo que hay alrededor de la pieza rota».
Lucía: «Eso reviso antes de empezar. Una rotura que parece pequeña puede necesitar más preparación al mirar las uniones».
¿Qué ayuda a dos personas a continuar después de ser presentadas?
Imaginemos que Teresa recibe en casa a Inés y Pilar. Conoce a las dos y desea que puedan hablar mientras ella termina de atender a otras visitas. Al decir sus nombres, les permite saber a quién tienen delante, pero sus amigas todavía necesitan encontrar una primera pregunta con la que dirigirse la una a la otra.
Teresa sabe que Inés sale a caminar con un grupo los domingos. Puede incluir esa actividad al presentarla, dejando a Pilar un asunto por el que interesarse. Leil Lowndes recoge en Cómo hablar con cualquiera una técnica dedicada a ese momento. Quien hace la presentación conoce una parte de las dos personas y puede utilizarla para facilitarles el primer intercambio.
Pilar pregunta por los recorridos e Inés puede elegir una salida que recuerde bien. Al contar que suelen caminar junto al río, empieza a compartir un lugar que su nueva compañera quizá conozca. Teresa ha ofrecido una actividad y ahora Inés puede contarla con sus propias palabras, recibiendo preguntas que le permitirán saber qué interesa seguir.
Elegir el detalle requiere atender al lugar y a quienes están presentes. Una información que se contó en confianza merece conservar ese contexto. La presentación debe facilitar que alguien hable de sí mismo con comodidad. Si Teresa conoce una preocupación privada de Inés, puede escoger en cambio una afición que ella suele compartir. El hecho de conocer a ambas amigas le ofrece posibilidades y también le exige cuidar qué pone delante de la otra.
El dato necesita dejar espacio para una respuesta. Si Teresa cuenta entera una excursión antes de permitir que intervenga Inés, habrá ocupado el relato que podía ayudarla a hablar. Mencionar que conoce un camino nuevo puede ser suficiente para que Pilar pregunte. Inés tendrá entonces el turno y podrá explicar lo ocurrido con su propia manera de contarlo. La presentación abre una oportunidad que corresponde desarrollar a quienes acaban de conocerse.
También importa cómo se reparte la atención. Si Teresa añade una actividad de Inés y otra de Pilar, ambas tendrán una primera referencia. Las actividades pueden estar relacionadas o dar lugar a preguntas diferentes. La conversación encontrará su dirección al oír las primeras respuestas. Buscar una coincidencia a toda costa podría llevar a exagerar intereses que apenas comparten, creando una expectativa difícil de sostener cuando empiecen a hablar. La persona presentada conserva la posibilidad de cambiar el tema. Inés puede responder brevemente sobre los paseos y mostrar más interés por algo que Pilar acaba de mencionar. Seguir ese movimiento permite que la charla deje de depender de la propuesta inicial. El presentador ha dado una ayuda, mientras las dos personas van conociendo qué desean contarse a partir de lo que reciben.
Retirarse puede hacerse cuando existe un intercambio entre ellas. Si Pilar ha preguntado y está escuchando una respuesta, Teresa puede atender a otra persona sin dejar una pregunta en el aire. Si el primer tema apenas encuentra continuación, quizá pueda acompañarlas un poco más, introduciendo una referencia que ambas conozcan. La decisión se toma mirando lo que está ocurriendo, en lugar de abandonar siempre después de pronunciar los nombres.
Cuando ambas amigas llevan un rato hablando, Teresa puede conocer qué parte de su presentación resultó útil. Si una de ellas le cuenta que ha descubierto una salida que desea probar, sabrá que aquel detalle permitió algo más que cubrir el saludo. En otra ocasión podrá volver a ofrecer una referencia conocida, escogiendo lo que aquellas personas puedan compartir y dejando en sus manos el recorrido que empiece después.
¿Cómo dejamos espacio para que el otro continúe?
¿Cómo encontramos un asunto que de verdad interesa a quien habla?
Podemos seguir a un hombre que encuentra a un vecino después de varias semanas sin verlo. Le pregunta cómo está pasando el verano y escucha que dedica muchas tardes a la huerta. El vecino menciona los tomates que ha plantado, dentro de una respuesta en la que todavía quedan otras cosas por contar.
El hombre puede volver a esa palabra preguntando cómo van las plantas. Leil Lowndes propone escuchar buscando pistas de los asuntos que interesan a la otra persona. La pregunta permite comprobar qué quería contar el vecino al mencionarlas. Su siguiente respuesta mostrará si desea hablar de la cosecha o de algo que está ocurriendo durante su cuidado.
Quizá explique que tiene que llevar el agua hasta la huerta cada tarde. El hombre empieza entonces a conocer una dificultad que quedaba fuera de la primera respuesta sobre el verano. Los tomates han permitido llegar al trabajo de regarlos, con información que procede de quien está dedicándole ese tiempo.
Esa elección distingue una pista de una conclusión. Oír el nombre de una planta permite preguntar por ella. Suponer de inmediato que el vecino está orgulloso de la cosecha puede llevar hacia una respuesta equivocada, sobre todo si está intentando hablar de una dificultad. La palabra ofrece un comienzo y las frases siguientes muestran qué significado tiene para quien la ha mencionado. La pregunta puede conservar ese espacio. Preguntar cómo le va con los tomates permite hablar del cuidado, del resultado o de lo que todavía espera. Preguntar si ya ha recogido muchos sitúa la conversación en una parte más estrecha. Ambas preguntas pueden ser útiles en momentos diferentes. La primera ayuda cuando apenas se conoce el asunto. La segunda tiene más sentido después de saber que las plantas han empezado a producir.
Escuchar la respuesta permite ajustar la continuación. Si el vecino explica que tiene que desplazarse cada tarde para regar, esa dificultad puede ocupar ahora el centro de su relato. Volver enseguida a la cantidad de tomates recogidos cortaría la relación que está preparando. Puede hacerse una pregunta sobre el trayecto o dejar que termine de explicar cómo ha organizado aquellos días. La información nueva cambia lo que necesita quien lo está escuchando.
También puede ocurrir que el vecino responda muy poco y pase a otro asunto. Esa elección ofrece información sobre lo que desea compartir en ese momento. Mantener la conversación requiere recibirla, dejando que el tema inicial tenga la extensión que encuentre entre ambos. Una palabra mencionada permite acercarse, mientras la respuesta conserva para la otra persona el derecho a marcar la dirección.
Conocer mucho sobre el asunto puede añadir otra dificultad. El hombre quizá también tenga una huerta y empiece a preparar consejos antes de comprender el problema. Puede guardar esa experiencia durante un rato y escuchar qué le ocurre al vecino. Si después desea ofrecer una ayuda, sabrá a qué situación responde. La escucha habrá permitido distinguir entre una dificultad parecida y la que aquella persona está intentando explicar.
La pregunta siguiente necesita conservar lo aprendido durante la respuesta. Si el vecino acaba de explicar el recorrido para llevar agua, volver a preguntarle dónde está la huerta puede hacerle repetir una parte ya contada. El hombre puede utilizar esa referencia para interesarse por lo que aún falta, como el tiempo que necesita dedicarle. Seguir una pista incluye ir incorporando lo recibido, para que la conversación pueda avanzar desde el lugar al que ambos han llegado.
¿Cuándo conviene dejar que una palabra siga creciendo en una explicación?
Una palabra que destaca en lo que cuenta alguien puede ofrecer una pregunta con la que continuar. Antes de utilizarla, interesa escuchar si la persona ya está ampliándola. Podemos reconocer un tema que nos atrae y, aun así, interrumpir la parte que estaba intentando desarrollar al pedirle una explicación en ese mismo momento.
El coach de Silicon Valley, de Eric Schmidt, Jonathan Rosenberg y Alan Eagle, describe el tiempo que Bill Campbell concedía a quienes se explicaban ante él. Esa paciencia permite mirar el espacio que queda después de advertir un asunto interesante. La pregunta puede guardarse mientras la persona termina de darle su propio recorrido.
| Durante la explicación | Cómo hablar con cualquiera | El coach de Silicon Valley |
| Qué se reconoce | Una palabra que puede abrir un tema | Una idea que la persona sigue preparando al hablar |
| Qué se conserva | La relación entre la pregunta y lo que acabamos de oír | El tiempo que necesita para terminar de explicarse |
| Cuándo intervenir | Cuando la pregunta ayude a continuar el asunto | Después de conocer lo que todavía estaba intentando decir |
Pensemos en una escena creada en la que Esteban cuenta a su hermana cómo ha encontrado una casa para alquilar. Al mencionar el patio, ella recuerda que él siempre quiso cultivar tomates. Está a punto de preguntarle si podrá poner macetas cuando Esteban añade que el propietario lo comparte con otra familia.
La información cambia la pregunta. Ahora interesa saber cómo podrán utilizar aquel espacio y qué han hablado con los otros vecinos. Si la hermana hubiera interrumpido al escuchar patio, Esteban habría tenido que volver después al acuerdo compartido que estaba empezando a explicar. Esperar unas frases le permite seguir la historia con una información más completa.
Al terminar, la hermana puede recuperar lo que le interesó y preguntarle qué parte del patio tendrá disponible. Esteban podrá contar si caben las macetas, si necesita acordar su colocación o si todavía ha de consultarlo. La palabra escuchada conserva su capacidad de abrir otro tramo del intercambio. Ha encontrado su momento después de que él haya podido explicar la condición que la acompañaba.
¿Cómo podemos ayudar a alguien a continuar lo que está contando?
Imaginemos que una hija cuenta a su madre cómo ha ido la semana. Está repasando lo ocurrido en el trabajo y menciona deprisa un cambio de turno. Su madre oye esas palabras, mientras la hija ya ha empezado a hablar de otro asunto y todavía deja por explicar qué ha cambiado en su horario.
La madre puede volver a la expresión que acaba de escuchar, preguntando por ese cambio. Su hija reconoce el punto al que se refiere y tiene ocasión de detenerse en él. Leil Lowndes llama Parroting a la práctica de retomar unas palabras para invitar a la otra persona a continuar. La autora la menciona en la presentación de su programa de conversación entre los recursos que permiten animar a hablar.
La hija explica que desde el lunes empezará una hora antes. La madre dispone ahora de un horario que puede relacionar con lo que escucha después, la llegada de su nieto al colegio. El cambio deja de ser una expresión pasada deprisa y empieza a tener consecuencias dentro de la mañana que su hija necesita organizar.
La elección de las palabras necesita responder a una duda o a un interés. Repetir todas las terminaciones puede hacer difícil la conversación, porque interrumpe el relato cada pocas frases. Recuperar la parte que aún necesita explicación permite señalar dónde falta información. La madre puede escuchar el resto de la frase antes de decidir si debe volver a ella o si la continuación ya ha aclarado lo que desconocía.
El tono modifica lo que recibe la hija. Una repetición dicha como una pregunta permite reconocer que se desea saber más. Las mismas palabras con incredulidad pueden parecer una objeción, y pronunciadas con burla pueden hacer que la persona se aparte del asunto. La intención de comprender tiene que llegar también en la manera de preguntar y en el tiempo que se deja para responder.
Al conocer el horario nuevo, la madre empieza a comprender por qué la hija menciona después la llegada de su hijo al colegio. El cambio de una hora afecta a otra parte de su mañana. Si la madre hubiera saltado directamente a ofrecer ayuda, podría haber elegido una solución que atendiera al horario equivocado. La explicación permite seguir la relación entre ambas tareas antes de decidir qué puede hacerse.
La continuación también puede aclarar que la hija solo quería compartir una noticia. Una vez recibido ese significado, la madre puede reconocerlo y seguir escuchando. La pregunta inicial permite conocer qué lugar tiene el asunto dentro de lo que está contando. La ayuda que se ofrezca después necesita ajustarse a lo que se ha recibido, incluyendo si la otra persona desea buscar una solución en aquel momento.
Cuando algo sigue confuso, puede hacerse una pregunta más completa. Retomar una expresión abre una oportunidad de explicación, pero quizá todavía falte distinguir entre dos días o saber quién comunicó el cambio. Nombrar la duda permite que la otra persona responda con la información que se necesita. La repetición y la pregunta desarrollada pueden acompañarse durante un mismo recorrido, cada una con un trabajo distinto.
Al recuperar palabras también se puede dejar visible una duda sobre su significado. Si la hija utiliza una expresión del trabajo que su madre desconoce, esta puede decir qué parte necesita comprender. Tendrá ocasión de explicarla antes de seguir con el horario. La conversación podrá continuar desde un sentido compartido, en vez de mantener una palabra familiar en el sonido y todavía desconocida en lo que representa.
¿Qué necesitamos aclarar al devolver unas palabras a quien habla?
Repetir una palabra de la otra persona puede animarla a ampliar lo que acaba de decir. Esa continuación tendrá más utilidad si sabemos qué parte estamos intentando comprender. La persona puede precisar el lugar, explicar una dificultad o corregir un nombre que habíamos entendido mal. La repetición abre un turno y todavía queda por recibir su contenido.
Chris Voss trabaja ese reflejo en Rompe la barrera del no, escrito con Tahl Raz. Lo utiliza para conocer mejor una situación antes de avanzar en una negociación. Lowndes lo incorpora a la continuidad del trato. Compararlos permite distinguir prolongar una charla de aclarar algo que cambiará lo que podemos acordar.
| Al repetir una expresión | Cómo hablar con cualquiera | Rompe la barrera del no |
| Qué puede abrir | Otra parte del tema que la persona desea contar | Una explicación sobre una dificultad o una condición |
| Qué requiere el oyente | Atender al sentido de la continuación | Utilizar la aclaración al estudiar el siguiente paso |
| Qué debe evitarse | Una repetición automática que vuelva extraño el trato | Tratar el reflejo como sustituto de escuchar la respuesta |
Podemos observar esa diferencia en una conversación creada sobre un pequeño coro. Dos integrantes comentan una invitación para actuar y uno dice que necesitan más tiempo. Repetir esa expresión puede hacer aparecer una dificultad que estaba quedando escondida dentro de ella.
¿De qué tiempo estamos hablando antes de aceptar?
En este ejemplo imaginado, Óscar y Julia preparan la respuesta del coro a una invitación para cantar en una fiesta.
Óscar: «Nos han propuesto el sábado, pero necesitamos más tiempo».
Julia: «¿Más tiempo?»
Óscar: «Para reunirnos antes. Dos personas aún desconocen las canciones que han elegido».
Julia: «Yo pensaba que hablabas de cantar más rato durante la fiesta. ¿Podemos ensayar esta semana?»
Óscar: «Una de ellas llega el viernes. Podríamos reunirnos esa tarde, si conseguimos la sala».
Julia: «Preguntaré si está libre. Prefiero confirmar el ensayo antes de responder por todo el coro».
Óscar: «Yo hablaré con quienes faltan. Si el viernes pueden venir, tendremos una opción que proponer».
Julia: «Y si la sala está ocupada, volveremos a mirar el encuentro. Ahora sabemos qué necesitamos resolver antes del sábado».
¿Cuándo conviene contar que hemos vivido algo parecido?
Pensemos en una mujer que está contando su mudanza a una conocida. Mientras habla de las cajas que tuvo que preparar, su oyente recuerda el traslado que hizo años atrás. También tuvo que dejar una casa y reconoce una parte de lo que está escuchando, con ganas de contar cómo le fue entonces.
La mujer sigue hablando de su propia mudanza. Su oyente puede guardar ese recuerdo mientras conoce qué parte desea compartir, esperando antes de anunciar la coincidencia. Leil Lowndes recomienda dejar ese tiempo al relato ajeno. La experiencia que acaba de reconocer seguirá disponible después de escuchar lo que le falta por contar a la otra persona.
Al continuar, la mujer explica que echa de menos a una vecina. La mudanza empieza a ocuparse de una despedida y de los años que ambas habían compartido. Su conocida recibe una parte de aquella experiencia que el trabajo de trasladar cajas apenas dejaba ver. Ahora puede escuchar qué ha cambiado para ella al vivir más lejos.
La oyente puede preguntar por aquellas visitas que su compañera echa de menos. Así sabrá si se veían todos los días o si habían reservado una tarde para estar juntas. Esa diferencia ayuda a comprender lo que ha cambiado con la mudanza. Quizá ahora puedan conservar aquella tarde, preparando el viaje con tiempo. Quizá la distancia haga necesario buscar otra forma de encontrarse. Antes de ofrecer su propia experiencia, quien escucha tiene una relación que conocer en las palabras de su compañera.
El momento de compartir algo propio depende de ese recorrido. La otra mujer puede terminar una parte y preguntar si a su oyente le costó acostumbrarse a vivir en otro sitio. También puede aparecer una pausa en la que sea natural ofrecer un recuerdo breve. La respuesta será más fácil de relacionar si recoge lo que se acaba de conocer, explicando qué parte resulta parecida y conservando las diferencias que todavía importan.
Una coincidencia necesita espacio para que ambas experiencias sigan siendo reconocibles. Haber dejado una casa puede acercar a dos personas sin hacer que sus pérdidas sean iguales. Una de ellas quizá eligió marcharse y la otra tuvo que hacerlo. Decir demasiado pronto que se sabe cómo se siente puede cerrar la oportunidad de conocer esas condiciones. Contar lo propio con cuidado permite ofrecer compañía mientras se sigue dispuesto a escuchar lo que aún queda fuera de ese parecido.
La extensión de la intervención también cambia lo que ocurre. Un recuerdo breve puede dejar que la mujer vuelva sobre su despedida. Una explicación larga acerca de otra casa puede trasladar por completo el centro de la charla. Si la oyente desea compartir esa historia, puede reconocer que está abriendo un asunto propio y dar ocasión a la otra persona para responder. La conversación puede repartirse, manteniendo visibles los cambios de turno y de experiencia. Esperar tampoco exige guardar siempre las vivencias personales. Lo que se ha escuchado puede despertar una pregunta sobre ellas y hacer útil contarlas. La diferencia está en llegar a ese momento después de haber recibido a la otra persona. La coincidencia se utilizará entonces como una parte de la relación entre ambas, con información suficiente para comprender qué acerca sus historias y qué sigue siendo distinto.
Después de escuchar y compartir, ambas pueden volver a sus despedidas con información nueva. La mujer quizá descubra una manera de conservar el contacto que desee probar. Su conocida quizá comprenda que aquella relación necesita otra respuesta. La coincidencia habrá permitido acercar los recuerdos, mientras las diferencias seguirán orientando lo que cada una quiera hacer con su propia mudanza.
¿Cómo cuidamos los pequeños intercambios de cada día?
¿Qué cambia cuando explicamos por qué damos las gracias?
Imaginemos a una mujer que llega a devolver las llaves que le prestó un vecino. Las ha utilizado durante el fin de semana para entrar en un cobertizo, donde había dejado una herramienta. El vecino estaba fuera y ella pudo recogerla porque él había preparado las llaves antes de marcharse.
Al entregárselas puede agradecerle que dejara resuelto el acceso. Leil Lowndes incluye en Cómo hablar con cualquiera una recomendación sobre acompañar las gracias con su motivo. En esta conversación, la mujer puede reconocer la preparación del vecino y contarle qué pudo hacer con aquellas llaves. Él recibirá una noticia de la ayuda que prestó antes del fin de semana.
La herramienta le permitió continuar un arreglo que tenía pendiente. Al explicarlo, la mujer une el préstamo con un trabajo que el vecino apenas llegó a ver. Ya conoce que le entregó el llavero, pero quizá desconocía en qué momento necesitó utilizarlo y qué parte pudo terminar después. La explicación puede detenerse en esa ayuda que desea reconocer.
La precisión necesita atender a la acción. Decir que el vecino es una gran persona puede expresar afecto y dejar abierto qué se le está agradeciendo en ese momento. Mencionar que se acordó de dejar las llaves permite reconocer una atención determinada. Ambas cosas pueden acompañarse, siempre que las palabras conserven una relación con lo que realmente ocurrió y con lo que la mujer desea compartir.
El efecto de la ayuda también puede formar parte de la explicación. La mujer pudo recuperar una herramienta y continuar un arreglo. Dar esa información permite al vecino conocer lo que pasó después de prestar las llaves. Habrá ocasiones en que el resultado todavía quede pendiente. Entonces puede agradecerse la tarea ya realizada, conservando que la ayuda tendrá otro uso más adelante. El reconocimiento necesita ajustarse al momento que se está viviendo.
La extensión puede ser distinta según la situación. Una ayuda breve quizá se reconozca con unas palabras al devolver un objeto. Un trabajo largo puede merecer una conversación en la que se explique qué parte permitió avanzar. Lo que se añade necesita ayudar a comprender, dejando fuera una acumulación de elogios que vuelva difícil reconocer el motivo. La atención se mantiene en lo que esa persona hizo y en cómo llegó a quien lo recibió.
En un texto complementario sobre el agradecimiento, Lowndes cuenta que una amiga volvió a darle las gracias meses después de recibir una caja de música. Le explicó el uso que le estaban dando en casa. Ese mensaje añadía una experiencia que la autora desconocía cuando había entregado el regalo. La ayuda que ofrece el ejemplo está en contar algo que ahora se sabe por haberlo utilizado, conservando la diferencia entre este texto de su web y la técnica recogida en el libro.
La otra persona conserva su libertad al recibir el agradecimiento. Reconocer una ayuda pasada permite contar lo que significó para nosotros. Si después se desea pedir otro favor, esa petición necesitará su propio espacio y una respuesta que pueda darse libremente. Mantener reconocible cada momento ayuda a que las gracias puedan recibirse como una noticia sobre lo que ya se hizo.
Si el vecino responde que apenas le costó dejar las llaves, la mujer puede recibir esa respuesta sin discutir el tamaño de la ayuda. Ella conoce lo que le permitió hacer y ya ha tenido ocasión de contarlo. Ambos pueden reconocer un mismo préstamo desde lugares distintos, el esfuerzo de prepararlo y la utilidad que tuvo después. Las gracias mantienen su relación con lo sucedido sin exigir que los dos lo valoren de idéntica manera.
¿Cómo se reconoce una cualidad que alguien ha mostrado?
Imaginemos a una mujer que enseña a su vecino a utilizar una máquina de coser. Él tarda en colocar la tela y vuelve a preguntar dónde debe poner las manos. La mujer repite la explicación, dejando que pruebe el movimiento antes de añadir otra indicación. El vecino va recibiendo la ayuda al ritmo que necesita para intentarlo.
Cuando termina la prueba, puede reconocer la paciencia con la que lo ha acompañado. Tiene delante algo que ha ocurrido entre ambos y que le permite explicar por qué esa ayuda le ha servido. Si se limita a decir que ella es maravillosa, la mujer recibe una valoración amplia. Si menciona que le ha dejado probar después de cada explicación, puede entender qué ha apreciado él en su manera de enseñar.
Leil Lowndes dedica una de sus técnicas a este tipo de reconocimiento personal. Su propuesta consiste en fijarse en una cualidad que se pueda señalar con sinceridad y ofrecer un comentario creíble. La presentación del libro en la web de la autora sitúa estas prácticas dentro de las relaciones que se van construyendo al hablar. El comentario adquiere sentido en la experiencia que las personas comparten, donde quien escucha puede reconocer de qué se trata.
Para preparar esas palabras ayuda empezar por lo que se ha observado. El vecino ha visto que podía volver a preguntar y que la mujer esperaba mientras colocaba la tela. A partir de ahí puede hablar de paciencia. Afirmar que ella siempre sabe tratar a todo el mundo iría más lejos de lo que conoce. La cercanía entre lo ocurrido y lo que dice permite que el reconocimiento conserve una medida que ambos pueden comprender. La diferencia entre reconocer una cualidad y valorar un resultado también merece atención. La costura puede haber quedado torcida y la ayuda haber sido paciente. Si el vecino espera a obtener una prenda perfecta para agradecer esa manera de enseñarle, está mezclando dos cosas. Puede reconocer el tiempo recibido mientras sigue necesitando practicar. La conversación permite distinguir lo que ha aprendido de la forma en que lo han acompañado durante el intento.
El lugar en que se ofrece el comentario cambia lo que la otra persona necesita hacer para recibirlo. Ante un grupo puede sentirse obligada a dar una respuesta o a aceptar una atención que preferiría evitar. Hablar a solas le deja más espacio para contestar con sus propias palabras. También permite decirlo de una manera breve, sin convertir el reconocimiento en una ceremonia que aparte a ambos de lo que estaban haciendo.
Quien reconoce una cualidad conserva la responsabilidad sobre sus palabras. Si utiliza el elogio para pedir de inmediato otra tarde de ayuda, la mujer puede preguntarse qué parte del comentario estaba al servicio de esa petición. Reconocer su paciencia y consultar si otro día podría enseñarle son dos intervenciones que conviene hacer comprensibles por separado. Ella podrá agradecer el comentario y decidir después si dispone de tiempo.
También importa escuchar cómo lo recibe. Tal vez la mujer explique que le costó aprender a usar aquella máquina y por eso entiende la dificultad del vecino. Su respuesta añade una experiencia que él desconocía. Puede seguir escuchándola, dejando que el reconocimiento abra una conversación sobre algo que para ella tiene significado. Las palabras que había preparado reciben ahora lo que la otra persona desea contar.
Al volver a practicar, el vecino tendrá delante la tela y las indicaciones que ha aprendido. También sabrá qué ayuda recibió cuando todavía le costaba seguirlas. Si vuelve a hablar de aquella tarde, podrá recuperar esa experiencia sin repetir una valoración por costumbre. El reconocimiento conserva su fuerza al seguir unido a una manera de ayudar que él pudo conocer.
¿Qué debe seguir examinándose después de recibir un elogio?
Un elogio puede hacer que recibamos con agrado a quien lo expresa. Si reconoce una tarea que hemos cuidado, también puede abrir una conversación sobre cómo la realizamos. El intercambio cambia cuando, después del reconocimiento, aparece una petición. Ahora necesitamos saber qué nos pide esa persona y qué supondría aceptarlo.
Robert B. Cialdini examina en Influencia cómo el agrado hacia alguien puede intervenir al responder a su propuesta. Lowndes permite trabajar el modo de expresar un reconocimiento creíble. La comparación añade una tarea para quien lo recibe, conservar el aprecio por las palabras mientras estudia las condiciones de lo que llegue después.
| Momento del intercambio | Cómo hablar con cualquiera | Influencia |
| Se expresa aprecio | Se reconoce algo que la persona puede identificar | Puede aumentar el agrado hacia quien lo expresa |
| Aparece una petición | El trato continúa con un contenido nuevo | La simpatía puede intervenir en cómo se recibe |
| Se decide la respuesta | Hay que conocer qué se está proponiendo | Conviene examinar la petición además de la cercanía |
Imaginemos que Teresa ha preparado un mantel para la comida de una asociación. Un vecino le dice que le gusta cómo ha combinado las telas y le pregunta cómo las escogió. Ella puede explicar el trabajo que le llevó y recibir ese interés por algo que había preparado con cuidado.
Después, él le pide que haga otros seis manteles para la semana siguiente. Teresa necesita conocer las medidas, quién comprará la tela y cuánto tiempo tiene disponible. Las palabras agradables del primer encuentro seguirán teniendo un lugar, pero el nuevo encargo exige una respuesta sobre trabajo futuro. Puede proponer menos piezas o explicar que esta vez necesita reservar sus tardes para otra cosa.
El vecino también tiene una parte que hacer, escuchar esas condiciones y decidir qué puede ofrecer. Si consigue la tela más tarde de lo previsto, cambiará el tiempo que Teresa tendría para coser. Volver a elogiar el primer mantel dejaría pendiente esa dificultad. La conversación puede conservar el reconocimiento inicial mientras busca una propuesta que ambos conozcan y puedan cumplir. Teresa podrá agradecer el aprecio recibido y escoger su respuesta con información sobre la tarea que le están pidiendo ahora.
¿Cómo se recibe un elogio sin cortar la conversación?
Podemos imaginar a un hombre que acaba de explicar a una vecina cómo debe ordenar unos documentos. Ella recoge los papeles y le dice que por fin ha entendido dónde estaba la diferencia entre las dos carpetas. Él escucha su comentario mientras recuerda una parte de la explicación que habría podido contar mejor.
El hombre conoce el asunto desde hace años y se da cuenta de que pasó deprisa por una fecha. Si responde enumerando sus fallos, la vecina quizá tenga que insistir en que pudo entenderlo. Ella había querido decirle que la explicación le había servido. En vez de continuar hablando de las carpetas, la vecina acaba intentando convencerlo de que su explicación le sirvió. La explicación podía necesitar una corrección y haber sido útil para ella al mismo tiempo.
Lowndes llama Boomeranging a una forma de devolver calidez a quien ha expresado un reconocimiento. La idea puede entenderse observando qué necesita recibir esa persona. Ha hablado de algo que le gustó y puede agradecer que sus palabras hayan sido acogidas. Para responder así, quien escucha tiene que atender primero a lo que le han dicho, antes de repasar todo lo que cambiaría en su propio trabajo.
El hombre puede agradecer que se lo diga y reconocer que le alegra haberla ayudado. Esa respuesta recoge una información que antes desconocía. Ahora sabe que la vecina pudo seguir sus palabras. Después podrá preguntar qué parte le resultó más útil si desea conocerlo mejor. La conversación conserva el lugar desde el que ella había hablado, ofreciendo espacio para una respuesta que puede ayudarlo a preparar futuras explicaciones.
Recibir el elogio deja abierta la posibilidad de hablar de una dificultad. Si él se dio cuenta de que confundió dos fechas, puede aclararlas. La corrección responde a una necesidad de información y convive con el reconocimiento recibido. La vecina podrá conservar que entendió el asunto general y revisar aquel dato. Aceptar sus palabras permite distinguir lo que le sirvió de lo que todavía requiere un ajuste.
La respuesta tampoco necesita producir otro elogio equivalente. Si el hombre se esfuerza por encontrar deprisa una cualidad que devolver, puede acabar diciendo algo que apenas conoce de ella. La vecina había elegido hablar y él puede reconocer ese gesto. Agradecer que se haya detenido a comentarlo ya atiende a una acción que ha ocurrido entre ambos. La reciprocidad puede expresarse mediante la atención que ofrece a sus palabras. Hay elogios demasiado amplios o situaciones en las que el comentario incomoda. La persona conserva la posibilidad de responder con brevedad, de mencionar la ayuda de otros o de cambiar hacia un asunto en el que se encuentre cómoda. La propuesta resulta útil cuando ayuda a recibir una intención amable. Cada conversación sigue teniendo personas que pueden elegir cuánto quieren explicar de sí mismas.
Si el trabajo fue compartido, se puede recibir el reconocimiento y dar a conocer la colaboración. El hombre del ejemplo podría explicar que otra vecina lo ayudó a preparar los documentos. Así conserva la opinión de quien lo escuchó y añade una información sobre cómo se hizo posible aquella explicación. Nombrar la ayuda deja de funcionar como rechazo del elogio y pasa a ser una manera de situar el trabajo que lo produjo.
La conversación puede terminar después de unas pocas palabras o continuar hacia lo que la otra persona desea contar. En ambos casos, haber recibido su opinión permite seguir desde algo que ya conocen los dos. El hombre dispone de una respuesta sobre su explicación y la vecina sabe que pudo compartirla. El intercambio conserva ese pequeño avance incluso cuando ambos tienen que volver a sus tareas.
¿Cómo sabemos si alguien puede escucharnos al llamar?
En una conversación imaginada, Amalia llama a una amiga para confirmar los asientos que necesitarán sus familias durante una salida en autobús. Tiene que entregar el número al grupo que prepara el viaje. Su amiga responde desde la calle, donde espera a que salga su hijo, y todavía desconoce qué necesita preguntarle Amalia.
Leil Lowndes dedica una de sus técnicas telefónicas a comprobar esa disponibilidad. En esta situación, preguntar por el tiempo disponible permite que la amiga explique qué puede hacer mientras espera en la calle. En la presentación de sus contenidos sobre conversación, la autora sitúa el teléfono junto a otras ocasiones en las que se necesita aprender a escuchar y hacerse entender. En una llamada, el comienzo permite acordar unas condiciones antes de utilizar el tiempo del otro.
Para calcular si puede responder ahora, la amiga necesita conocer algo del asunto. Confirmar un número que ya sabe requiere un tiempo distinto de consultar antes con otros dos parientes. Amalia puede explicar qué necesita cerrar y preguntar si ese momento le permite ocuparse de ello. La respuesta llegará con una información que la amiga todavía desconocía cuando descolgó.
Si falta preguntar a otros familiares, la amiga tendrá que encontrar un rato para contactar con ellos. Amalia puede decirle hasta qué hora tiene para entregar el número. Ahora la decisión sobre cuándo volver a hablar depende de dos condiciones conocidas, el trabajo pendiente de consultar y el plazo que tienen para confirmar los asientos. La llamada puede prepararse alrededor de ambas.
Cuando la respuesta es que ahora resulta difícil, proponer otro momento permite conservar el asunto. Acordar que se hablará después de comer ofrece un punto al que regresar. Según lo que se necesite, también puede dejarse preparado un dato para revisarlo antes de la siguiente llamada. El acuerdo tiene utilidad cuando ambos comprenden quién volverá a llamar y qué esperan resolver entonces.
Mientras Amalia y su amiga hablan, puede cambiar lo que ocurre en la calle. El hijo quizá salga antes de lo previsto y necesiten marcharse. La conversación todavía puede detenerse para decidir qué número queda confirmado y qué consulta falta. Amalia tendrá que escuchar lo que su amiga le diga en ese momento, porque al salir el niño quizá necesiten marcharse antes de terminar.
También conviene examinar la duración que uno había anunciado. Una pregunta que parecía breve puede abrir otra dificultad. Si el asunto crece, quien llama puede reconocerlo y consultar si hay tiempo para seguir. De ese modo, la otra persona podrá elegir si continúa, si necesita detenerse o si prefiere preparar lo que falta antes de retomar la llamada.
Al retomar la preparación de la salida, Amalia podrá tener delante los datos recibidos y preguntar por lo que quedaba pendiente. Su amiga llegará con las respuestas que haya podido reunir. El tiempo acordado servirá para revisar esos números y entregarlos conociendo a quiénes incluyen, después de haber encontrado un momento en que las dos podían atender a esa decisión.
¿Hasta dónde llega el tiempo que alguien nos ha ofrecido?
Preguntar si es buen momento para hablar permite saber si la otra persona puede atendernos. Al escuchar que dispone de unos minutos, tenemos una información sobre esa llamada. Si el asunto se alarga, habrá que contarle qué queda y preguntar cómo continuar, porque el tiempo aceptado al principio tenía una duración.
Seth Godin se ocupa de los contactos comerciales en El marketing del permiso. El permiso que alguien da crea expectativas sobre lo que recibirá después. Lowndes trabaja el momento de una conversación. Las dos propuestas permiten estudiar qué continuación ha aceptado la otra persona y qué cambio requiere volver a consultarle.
| Lo que se acepta | Cómo hablar con cualquiera | El marketing del permiso |
| Al comenzar | Atender una conversación en ese momento | Recibir comunicaciones con una expectativa determinada |
| Si cambia el alcance | Explicar cuánto queda y preguntar cómo seguir | Comprobar si el nuevo contacto cabe en lo autorizado |
| Al continuar | Respetar el tiempo y la respuesta recibidos | Mantener mensajes esperados y pertinentes |
Podemos trasladarlo a una llamada imaginada entre dos familiares. Marina llama a su primo para preguntarle una medida de una estantería. Él le dice que dispone de cinco minutos antes de recoger a su hija. Buscan el dato y, al terminar, Marina recuerda que también quería hablar de cómo repartir unas cajas guardadas en casa de su tía.
Ese segundo asunto necesita otra conversación. Pueden dejarla acordada para la noche, cuando el primo haya regresado. Si Marina empieza a enumerar las cajas, él tendrá que interrumpir un tema nuevo para conservar la salida que había anunciado. El dato sobre su tiempo ya estaba disponible desde el comienzo y permite preparar la continuación antes de ocuparlo.
Cuando vuelvan a hablar, convendrá comprobar si el momento sigue sirviéndoles. La cita de la noche se hizo con lo que ambos sabían durante la primera llamada. Una demora puede cambiarlo. La consideración por el tiempo se mantiene preguntando y ajustando lo previsto, de manera que la segunda conversación pueda dedicarse a las cajas con la atención que ese reparto necesita.
¿Qué hacemos cuando una llamada empieza a interrumpirse?
Podemos imaginar una llamada entre dos personas que preparan una reunión de vecinos. Elena está leyendo la lista de quienes asistirán y Manuel la sigue con un cuaderno delante. Mientras él anota un nombre, empieza a sonar otro teléfono. Elena lo oye desde su casa y espera para saber si Manuel puede continuar.
Lowndes incluye esta atención dentro de sus propuestas para el teléfono. Escuchar una interrupción permite ofrecer una pausa, dejando que el interlocutor decida si necesita atenderla. La técnica aprovecha una información que ya ha entrado en la llamada. Para utilizarla hace falta conservar la diferencia entre lo que se oye y lo que se supone que está ocurriendo.
Elena recibe el sonido de otro aparato, mientras Manuel sabe qué llamada puede estar entrando y si alguien más puede atenderla. Preguntar si necesita una pausa permite conocer esa parte de la situación. Puede que él siga disponible o que tenga que dejar el cuaderno durante un momento. La respuesta evita que Elena siga avanzando por la lista mientras apenas se escucha lo que dice.
Si Manuel necesita atender la otra línea, ambos pueden detener la lectura por el último nombre confirmado. Elena puede señalarlo en su hoja y él dejarlo anotado. Al retomar la llamada dispondrán de una referencia para comprobar cuánto llegó a recibirse antes de la interrupción. La lista conserva así un punto desde el que volver. Ese punto necesita conocerse por los dos lados. Elena puede creer que Manuel ha anotado un nombre que él perdió al mirar el otro aparato. Repetir la última parte antes de continuar permite descubrirlo. La pausa deja de ser únicamente un corte en la voz y pasa a tener un comienzo y una reanudación que ambos pueden seguir.
También es necesario acordar quién recuperará el contacto. Si ambos esperan que llame el otro, el asunto puede quedar detenido mucho más tiempo del previsto. La persona que atiende la interrupción suele conocer mejor cuándo habrá terminado. Puede ofrecerse a llamar después o fijar un momento si lo sabe. La decisión debe quedar en palabras que los dos puedan reconocer.
Hay asuntos que requieren una respuesta durante ese mismo rato. En ese caso se puede explicar qué necesita resolverse antes de colgar y escuchar si el otro tiene posibilidad de hacerlo. Quizá alcance para confirmar una hora, dejando los detalles para después. La importancia de la llamada pertenece a una de las condiciones, junto a lo que acaba de ocurrir en el lugar desde el que la reciben.
Si la persona dice que puede seguir, todavía conviene atender a su respuesta durante los minutos siguientes. Las pausas y las peticiones de repetición pueden mostrar que está intentando hacer dos cosas a la vez. Preguntar de nuevo puede ayudar a conocerlo. El propósito es disponer de información para decidir cómo continuar, conservando a la otra persona el lugar desde el que puede explicar lo que le está pasando.
Antes de seguir por el nombre siguiente, Elena puede comprobar si Manuel tiene el cuaderno delante. Tal vez haya tenido que guardarlo para atender la otra línea y ahora necesite buscar la página. Esa preparación forma parte de la vuelta a la conversación. La lista podrá continuar cuando ambos dispongan otra vez del lugar donde conservar lo que van confirmando.
¿Cómo seguimos atentos después del primer encuentro?
¿Cómo se retoma lo que alguien nos contó otro día?
Pensemos en dos mujeres que se conocen durante un curso de pintura. Una de ellas, Nuria, empieza a contar que prepara un cuadro para su madre. Está pensando en pintar la casa donde pasó los veranos de niña. La clase termina antes de que pueda explicar qué parte de aquel lugar quiere escoger.
Lowndes llama Tracking a esa atención a la vida que las personas comparten al hablar. La práctica consiste en conservar una referencia y recuperarla cuando resulte pertinente. En el curso de pintura, la casa recordada permite recuperar algo que Nuria había elegido compartir. Para que la conversación continúe, también necesita recibir lo que haya cambiado desde entonces.
Cuando vuelvan a encontrarse, su compañera puede preguntar cómo va el cuadro. Recuerda la casa porque Nuria se la había mencionado y dispone de ese detalle para volver a ella. Todavía tendrá que escuchar si conserva aquella idea, si la cambió o si decidió posponer el regalo. Solo Nuria puede contar qué ha hecho con el cuadro durante los días en que han estado sin verse.
La memoria cumple una función diferente de la comprobación. Preguntar por el cuadro abre una conversación sobre lo que la mujer está haciendo ahora. Enumerar cada cosa que dijo y pedir cuentas de todas ellas puede hacer que el encuentro parezca un examen. La atención se demuestra dejando que la persona continúe su experiencia con libertad, incluso si lo que cuenta se aparta de los planes que había explicado.
Algunos detalles tienen más facilidad para entrar en una conversación cotidiana. Un libro que alguien está leyendo o una actividad que desea aprender ofrecen asuntos que la persona puede desarrollar a su gusto. Otros pertenecen a preocupaciones que quizá compartió en un momento privado. Antes de recuperarlos delante de un grupo, conviene considerar quién está presente y cuánto había querido contar aquella persona fuera de la conversación inicial.
La pregunta también puede dejar una salida cómoda. Si la mujer del cuadro responde que todavía lo tiene pendiente y cambia de tema, su compañera puede acompañar ese cambio. El recuerdo ya ha cumplido su función al ofrecer un comienzo. La decisión de seguir hablando del regalo pertenece a quien lo estaba preparando. Una conversación recibida con atención deja espacio tanto para continuar como para escoger otro asunto. Quien recuerda puede equivocarse en una parte. Tal vez crea que el cuadro era para una hermana y la mujer aclare que lo hacía para su madre. Escuchar la corrección permite situarse de nuevo. La conversación puede seguir desde el detalle que acaba de precisar, sin dedicar el encuentro a defender la exactitud de una memoria que ahora dispone de otra información.
También merece cuidado lo que se guarda para ayudar a recordar. Una nota sobre una lectura o una afición puede orientar una futura conversación. Los datos íntimos necesitan otro criterio, porque pertenecen a una persona que eligió compartirlos en determinadas condiciones. La práctica conserva su sentido cuando ayuda a relacionarse, atendiendo a lo que el otro quiere contar y al lugar en que lo está haciendo.
Si el cuadro llega a terminarse, la conversación encontrará una continuación diferente. La mujer podrá contar cómo lo recibió su madre o qué dificultad tuvo al pintar la casa. Su compañera llegará a ese momento recordando una intención anterior. Lo nuevo encontrará así un lugar junto a lo que ya había escuchado, y la relación podrá seguir creciendo a través de las experiencias que ambas decidan compartir.
¿Cómo recordamos un detalle sin convertir el próximo encuentro en un guion?
Recordar algo que una persona contó permite retomar un asunto durante otro encuentro. Entre ambos puede haber pasado tiempo y aquello que conocíamos quizá haya cambiado. El detalle ofrece una forma de preguntar. La respuesta tendrá que actualizar lo que sabemos antes de continuar desde la historia anterior.
En El poder de los hábitos, Charles Duhigg estudia cómo una señal puede recordarnos una acción aprendida. Esa relación ayuda a preparar una ocasión para acordarnos de algo. Al llevarla al trato que propone Lowndes, necesitamos conservar la libertad de la conversación, porque la persona puede querer contar otra parte o dejar aquel asunto para después.
| Entre dos encuentros | Cómo hablar con cualquiera | El poder de los hábitos |
| Lo que se conserva | Un detalle que la persona compartió | La relación aprendida entre una señal y una respuesta |
| Lo que recuerda el siguiente paso | La persona o la ocasión en que volvemos a verla | Un aviso reconocible cerca del momento de actuar |
| Lo que debe seguir abierto | Qué desea contar ahora | Si la respuesta habitual sigue sirviendo en esta ocasión |
Pensemos en un ejemplo creado sobre dos hombres que coinciden cada mes en una asociación. En la última reunión, Abel contó que estaba aprendiendo a hacer fotografías de aves. Néstor puede recordarlo cuando vuelva a verlo y preguntarle cómo le está yendo. Esa pregunta nace de una información que Abel decidió compartir.
Abel quizá enseñe una fotografía nueva o explique que ha dejado las salidas por una lesión. También puede decir que hoy quiere hablar de la exposición que preparan en la asociación. Cada respuesta ofrece una continuación distinta. Néstor conserva el recuerdo y lo utiliza para encontrarse con lo que Abel vive ahora, dejando que este decida cuánto desea ampliar.
Si Néstor sabe que olvida los temas entre reuniones, puede anotar para sí una referencia breve que le ayude a recordar. La nota necesita respetar lo que le han confiado y permanecer como apoyo propio. Al llegar el encuentro, tendrá una pregunta disponible. Después deberá dejar sitio a la respuesta, porque el interés se sostiene atendiendo a lo que Abel diga hoy y a los cambios que vaya contando desde aquella conversación anterior.
¿Cómo se devuelve la palabra a quien quedó interrumpido?
Imaginemos una reunión donde un hombre explica cómo consiguió arreglar una bicicleta antigua. Ya ha contado que encontró una pieza en un taller y se dispone a seguir con la reparación.
En ese momento entra alguien para entregar unas llaves. Varias personas se levantan para comprobar qué puerta abre cada una. Mientras revisan las llaves, la reparación queda pendiente en el taller donde el hombre había encontrado la pieza. Cuando vuelven a sentarse, otra persona puede preguntarle si terminó sirviendo. La pregunta recupera el paso que había dejado por contar, dándole una oportunidad para continuar desde allí. Quien escucha espera una respuesta que todavía pertenece a su historia.
Lowndes propone devolverle la palabra recordando dónde se había quedado. La ayuda consiste en permitir que continúe una conversación que ya había empezado. Puede hacerse mediante una pregunta sobre el paso siguiente, para que la persona encuentre el punto desde el que seguir. Ese recuerdo también ofrece al grupo una referencia que facilita volver al mismo relato.
Para ofrecer esa ayuda hace falta haber escuchado. Una invitación general a continuar puede ser suficiente, pero recordar el último paso permite situar mejor al grupo. Quien hablaba sabe que había atención antes de la interrupción. También puede reconocer desde dónde necesita retomar, en lugar de volver a empezar toda la historia o dar por conocidas unas relaciones que algunos han olvidado durante el cambio. La intervención tiene que dejar libre el espacio que abre. Si quien pregunta añade enseguida su propia experiencia con otra bicicleta, puede producir una segunda interrupción. La invitación inicial pierde utilidad porque el hombre vuelve a esperar mientras escucha un relato distinto. Ayudarlo a continuar exige recibir su respuesta y permitir que la desarrolle antes de decidir qué otra cosa podría aportarse.
También conviene distinguir una interrupción ocasional de un desacuerdo. Si otra persona cuestionaba lo contado, recuperar el turno puede permitir que se aclare, pero todavía queda por atender aquella diferencia. En ese caso habrá que escuchar qué necesita explicar cada uno. Volver al relato sirve para ofrecer una oportunidad de respuesta, conservando las preguntas que habían aparecido durante la conversación. Si ha llegado alguien nuevo, una frase sobre el comienzo puede ayudarlo a situarse. El hombre de la bicicleta podrá recordar que buscaba una pieza para la rueda y continuar después desde el taller. El grupo que ya lo estaba escuchando conserva lo que sabía, mientras la persona que acaba de entrar recibe el apoyo necesario para seguir la reparación.
Quien ha quedado interrumpido puede elegir otra cosa. Tal vez el grupo haya cambiado, haya llegado alguien ante quien prefiere reservar una parte o simplemente se le hayan ido las ganas de seguir. La invitación conserva su cuidado cuando puede rechazarse con facilidad. Insistir para que cuente toda la historia convertiría la ayuda en otra demanda sobre lo que debe compartir.
En grupos con personas de distintas edades o costumbres, una pausa puede tener significados diferentes. Alguien espera un silencio largo antes de entrar y otro continúa enseguida con lo que acaba de recordar. Recuperar a quien quedó fuera puede ayudar a que esas diferencias de ritmo dejen menos historias a medias. Se hace sitio mediante una intervención pequeña, que después necesita la atención de los demás.
Si el hombre de la bicicleta decide continuar, quizá explique que la pieza tuvo que modificarse antes de encajar. El grupo llegará a ese dato desde el taller que ya conocía y podrá seguir el trabajo hasta la prueba final. La historia recuperará el tiempo que necesitaba para entenderse. El hombre habrá podido contar cómo terminó la reparación, después de quedarse esperando mientras los demás revisaban las llaves.
¿Cómo se escucha a alguien que llega muy enfadado?
En una escena que podemos imaginar, un hombre llega a una asociación para preguntar por una excursión. Había entregado su solicitud y ahora le dicen que el autobús está completo. Mientras intenta explicar lo ocurrido, vuelve a la mañana en que llevó los papeles y a los preparativos que ya había hecho para salir.
El hombre empieza a contar la ilusión con la que había preparado la salida. Quien lo recibe puede reconocer que contaba con participar y que la respuesta le ha decepcionado. Después necesitará consultar la solicitud para saber en qué momento se produjo la dificultad. Una parte de lo que recibe se refiere a los hechos y otra a lo que estos han significado para la persona que está hablando.
Lowndes propone atender a esa emoción antes de pedir que toda la conversación se reduzca a datos. Su técnica Echo the Emo permite reconocer la molestia que está siendo expresada. Se puede comprender qué preocupa a la persona y, al mismo tiempo, conservar preguntas sobre lo ocurrido. La atención a su experiencia deja pendiente comprobar los hechos que todavía se desconocen.
Esa primera respuesta ayuda cuando recoge lo que se ha escuchado. Si el hombre habla de decepción y quien lo atiende responde atribuyéndole una rabia enorme, puede añadir una emoción que él apenas reconoce. Conviene utilizar palabras cercanas a las que ha expresado y permitir que las precise. La conversación sigue siendo una búsqueda compartida de lo que ha pasado y de lo que necesita ahora.
Reconocer la decepción también conserva una diferencia respecto a aceptar todas sus conclusiones. Puede pensar que alguien lo dejó fuera a propósito, mientras la asociación todavía desconoce si hubo un error al copiar la lista. Quien atiende puede escuchar esa sospecha y explicar qué va a comprobar. El cuidado de la conversación necesita que las personas y las acciones se vayan identificando con la información que realmente está disponible.
Para pasar a los datos ayuda hacer comprensible cada pregunta. Pedir la fecha de entrega de la solicitud tiene un propósito cuando se explica que permitirá buscarla. El hombre puede entonces colaborar en una tarea relacionada con lo que desea resolver. Si recibe varias preguntas seguidas sin conocer para qué sirven, puede sentir que tiene que demostrar de nuevo toda la experiencia que acaba de contar.
El trato también tiene condiciones. La persona que atiende conserva la posibilidad de pedir que se hable de una manera que le permita seguir la explicación. Si hay insultos o amenazas, puede detener la conversación y buscar ayuda según las normas del lugar. Escuchar una emoción permite comprender una dificultad, mientras la manera de expresarla sigue afectando a quienes están presentes.
Después de comprobar la lista, habrá que explicar qué se ha encontrado. Puede existir una plaza que recuperar, una equivocación que reconocer o una dificultad que requiere otra respuesta. Las palabras de atención adquieren continuidad cuando van seguidas del trabajo posible. Si se ha cometido un error, será necesario hacerse cargo de él dentro de las opciones reales, sin prometer una solución que nadie está en condiciones de cumplir.
El hombre puede seguir disgustado al conocer la respuesta. Haber reconocido lo que sentía deja espacio para hablar con más información y con una dificultad mejor identificada. La conversación continuará desde lo que se haya averiguado y desde lo que aún pueda hacerse por aquella salida. Quien lo atiende tendrá que seguir escuchándolo y explicarle qué puede hacer la asociación, quién se ocupará de ello y cuándo podrá darle otra respuesta.
¿Cómo dejamos que alguien corrija lo que creemos que siente?
Responder a la emoción que aparece en un relato exige escuchar cómo la está viviendo esa persona. Podemos reconocer una dificultad y equivocarnos al ponerle nombre. Devolver lo que hemos entendido permite que confirme una parte, cambie una palabra o explique algo que todavía faltaba. Su respuesta necesita un lugar dentro de la escucha.
Marshall B. Rosenberg insiste en esa comprobación en Vivir la comunicación no violenta. Lowndes propone atender también a lo que la experiencia supone para quien la cuenta. La comparación permite seguir el momento en que una impresión del oyente vuelve a la persona para que pueda reconocerla o corregirla.
| Al recibir una experiencia | Cómo hablar con cualquiera | Vivir la comunicación no violenta |
| A qué se atiende | A lo que está viviendo quien cuenta el hecho | A los sentimientos y necesidades que intenta expresar |
| Qué aporta quien escucha | Una respuesta relacionada con esa experiencia | Una interpretación que la persona puede confirmar o corregir |
| Qué queda en manos de quien habla | Cuánto desea ampliar lo que le ocurre | Si se reconoce en las palabras que le devolvemos |
Podemos verlo en una conversación creada después de un cambio de casa. Quien se ha mudado cuenta que el primer día dejó la cocina ordenada y pasó un buen rato sin saber qué hacer. Su hermana interpreta tristeza. La respuesta puede mostrarle que aquella pausa tenía para él otro significado.
¿Qué cambia cuando la persona encuentra una palabra distinta?
En esta escena imaginada, Beatriz escucha a su hermano Mauro, que acaba de instalarse en una casa pequeña después de vender la anterior.
Mauro: «Terminé de guardar los platos y me quedé sentado. Había pasado la mañana con cajas y de repente estaba todo en su sitio».
Beatriz: «¿Te dio tristeza encontrarte allí?»
Mauro: «Más bien descanso. En la otra casa siempre encontraba otra habitación por ordenar».
Beatriz: «Yo estaba pensando en lo que habías dejado. Tú hablas del trabajo que ahora tienes terminado».
Mauro: «Sí. Me cuesta acostumbrarme a tener la tarde libre, pero quería una casa que pudiera cuidar con menos esfuerzo».
Beatriz: «Entonces ese rato te permitió ver que ya habías acabado».
Mauro: «Eso sentí. Luego salí a conocer la calle. Todavía me faltan muchas cosas por encontrar en el barrio».
Beatriz: «Cuéntame qué viste al salir. Me había quedado en la despedida de la otra casa y tú ya estabas empezando a conocer esta».



























