Organízate con eficacia de David Allen

Organízate con eficacia

Una tarea pendiente puede volvernos a la cabeza mientras estamos haciendo otra cosa. Sabemos que tendremos que ocuparnos de ella, pero recordarla en ese momento quizá sirva de poco si estamos lejos de donde podemos resolverla. Seguimos con nuestro trabajo y la intención permanece ahí, pidiéndonos que la conservemos hasta que llegue otra ocasión. Parte del esfuerzo del día acaba dedicada a recordar lo que todavía falta.

Organízate con eficacia parte de esa dificultad. El autor propone recoger los asuntos pendientes fuera de la cabeza, con la información necesaria para reconocerlos después. Al volver a una anotación podremos recuperar lo que queríamos hacer, siempre que sepamos dónde está y tengamos la costumbre de consultarla. Escribir inicia ese recorrido, que después necesita una revisión para que lo recogido vuelva a estar disponible cuando haga falta.

El libro desarrolla el método Getting Things Done, conocido por las siglas GTD. Su aplicación comienza al decidir qué significa lo que nos ha llegado y qué queremos hacer con ello. Muchas peticiones entran en nuestra vida sin traer decidido el trabajo que exigen. Aclararlas permite comprender qué está pendiente, antes de elegir cómo atenderlo. También permite reconocer la información que deseamos guardar para consultarla, aunque hoy no requiera ninguna acción.

Una vez comprendido el asunto, el recordatorio puede prepararse para la consulta que tendrá después. Necesitamos encontrar lo que ya hemos decidido hacer cuando estemos en condiciones de ocuparnos de ello. Si el resultado requiere varios pasos, tendrá que seguir presente mientras completamos cada uno. El método conserva la relación entre ese resultado y las acciones que lo van acercando, para que terminar una llamada o una gestión deje reconocible el trabajo que todavía falta.

Lo escrito también cambia con el trabajo. Una respuesta puede permitir un paso que antes estaba bloqueado, o una conversación puede modificar un acuerdo que ya teníamos anotado. Volver sobre los compromisos permite incorporar esos cambios. La revisión mantiene el contacto entre las listas y lo que está ocurriendo, evitando que al consultarlas tengamos que reconstruir por nuestra cuenta todo lo sucedido desde la última vez.

El autor aplica este cuidado tanto a las responsabilidades profesionales como a las personales. Utiliza la palabra trabajo para referirse a lo que deseamos o necesitamos llevar a término, aunque proceda de ámbitos distintos. Esos compromisos conviven durante el mismo día y requieren decisiones sobre el tiempo que podemos dedicarles. Tenerlos recogidos permite ver lo que hemos asumido y reconocer cuándo hace falta revisar un acuerdo para poder cumplirlo.

La obra explica el método, desarrolla su puesta en práctica y examina los principios que lo sostienen. Las herramientas permiten guardar y recuperar los recordatorios, mientras la persona sigue decidiendo qué quiere asumir y a qué va a dedicar su atención. La edición revisada adapta la exposición a los cambios tecnológicos y permite utilizar papel o herramientas digitales. En ambos casos, el sistema necesita que se siga recogiendo, consultando y actualizando lo pendiente, porque ese uso mantiene las anotaciones relacionadas con los compromisos que aún hay que atender.

Campo Datos del libro
Título Organízate con eficacia
Subtítulo El arte de la productividad sin estrés
Autor David Allen
Título original Getting Things Done: The Art of Stress-Free Productivity
Edición Edición revisada y actualizada. Referencia en papel del catálogo español: enero de 2024.
Editorial Empresa Activa, sello de Ediciones Urano
ISBN 9788416997862 (edición en papel)
Extensión 352 páginas (edición en papel)
Tema Organización personal y profesional mediante el método GTD.
Materias Productividad personal, gestión de tareas, compromisos, proyectos, próximas acciones, revisión y toma de decisiones.
Referencia bibliográfica Ficha editorial de Organízate con eficacia
Enlace de compra https://link.amazon/B0hd8NkdE

¿Cómo sacar los asuntos pendientes de la cabeza?

¿Cómo dejar de recordar una tarea a todas horas?

Un recibo puede acompañarnos durante varios días aunque la compra que acredita ya esté pagada. Para seguir el ejercicio de David Allen con los objetos de la cartera, imaginemos que hemos adelantado un gasto del trabajo y conservamos el justificante porque aún tenemos que presentarlo para que nos devuelvan el dinero. El papel ha guardado la fecha y el importe. Nuestra intención, en cambio, puede haber quedado confiada a la memoria.

Cuando lo encontramos al buscar otra cosa, recordamos el trámite. Si lo dejamos otra vez en el mismo bolsillo, quizá volvamos a descubrirlo dentro de unos días, teniendo que recuperar de nuevo el motivo por el que sigue con nosotros. Durante ese intervalo podemos acordarnos del gasto varias veces, incluso en momentos en los que carecemos de lo necesario para reclamarlo.

Allen utiliza los objetos de bolsillos y carteras para invitar a mirar qué asuntos llevan asociados. En su explicación sobre la captura distingue lo que se puede tirar, lo que debe guardarse en otro lugar y lo que exige hacer alguna cosa. A partir de esa observación, nuestro recibo permite examinar una dificultad habitual. Conservar una prueba de la compra y conservar el encargo de presentarla son dos necesidades relacionadas, y cada una tiene que quedar atendida.

Podemos escribir que sigue pendiente solicitar la devolución de aquel gasto. Añadimos la información que nos permitirá reconocerlo después, cuando la compra ya tenga que compartir espacio con otras muchas. El nombre del viaje o del material adquirido puede servir mejor que una palabra suelta como «gastos». Si el justificante permanece guardado en una carpeta, la nota también puede indicar dónde encontrarlo. Así, al volver al asunto, disponemos de una intención identificable y de una manera de recuperar su documento.

Anotar admite herramientas distintas. Una hoja en una bandeja de entrada puede cumplir esa función, igual que una nota en el lugar donde reunimos los asuntos del trabajo. La elección depende de que podamos llevar allí lo que aparece y volver a encontrarlo cuando revisamos lo pendiente. En nuestro ejemplo, escribir el reembolso en una aplicación que apenas abrimos dejaría la petición tan apartada como el recibo de la cartera. El nombre de la herramienta añade poca ayuda si el recordatorio queda fuera de nuestras consultas. Por eso necesitamos un acuerdo con el lugar de recogida. Volveremos a él para mirar qué hemos anotado y decidir cómo continuar. Al hacerlo, comprobaremos si conocemos el trámite, si falta algún dato o si tenemos que pedir instrucciones. La captura permite conservar el asunto antes de haber resuelto todas esas preguntas. Una persona puede reconocer que debe reclamar un gasto y todavía desconocer qué formulario utiliza su empresa. Escribir lo pendiente conserva esa necesidad mientras encuentra la ocasión de aclararla.

El documento original merece un cuidado distinto. Si para solicitar la devolución hace falta presentar el recibo, una nota que diga dónde está solo será útil mientras podamos recuperarlo. Enviar el papel a una carpeta y conservar esa referencia permite relacionarlos. Si hacemos una fotografía, tendremos que comprobar si sirve para el trámite antes de desechar el original. Esta precaución pertenece a la situación que hemos imaginado, porque cada organización puede pedir justificantes de una forma diferente.

También puede ocurrir que recordemos el gasto cuando estamos a punto de salir. En ese momento quizá podamos recoger la intención sin tramitarla. Dejamos constancia de lo pendiente y seguimos con lo que teníamos entre manos, sabiendo dónde volveremos a encontrarlo. Más tarde, al revisar, podremos dedicarle el tiempo que necesite. Ese regreso da valor a la anotación. Con varias capturas abandonadas en lugares distintos, tendríamos que mantener además el esfuerzo de recordar dónde las fuimos dejando.

Después de presentar el recibo, el asunto cambia. Puede quedar pendiente recibir el dinero, aunque la entrega ya esté hecha. Si mantenemos la misma nota sin actualizarla, la próxima consulta nos devolverá a una tarea terminada. La escritura necesita reflejar la situación que existe ahora para seguir ayudándonos. El recibo puede permanecer archivado mientras la atención se dedica a otros trabajos, con una vía conocida para volver sobre el gasto cuando corresponda.

¿Qué queda pendiente aunque esté fuera de la vista?

En un armario puede haber una lámpara que alguien apartó después de que dejara de funcionar. Imaginemos que quería llevarla a reparar y que, al encontrarle un sitio protegido, recuperó el espacio que estaba ocupando sobre la mesa. La habitación quedó más despejada. La lámpara, sin embargo, seguía relacionada con un encargo que su dueño tenía intención de hacer. Durante un tiempo el objeto había actuado como recordatorio al estorbar en la mesa. Una vez guardado, el asunto dejó de aparecer de esa manera, aunque todavía hiciera falta decidir cómo seguir. Al volver a abrir el armario, la reparación puede regresar junto con el recuerdo del día en que la dejó allí.

El recorrido de recopilación que propone David Allen incluye mirar los lugares donde han ido quedando asuntos en curso. Abrir cajones y revisar espacios de almacenamiento ayuda a encontrar cosas que dejaron de estar presentes en las consultas habituales. La búsqueda necesita recuperar la relación entre lo que vemos y aquello que queríamos hacer. Si seguimos con nuestra lámpara, la primera pregunta consiste en saber si su dueño mantiene la intención de arreglarla. Puede que sí y que desee utilizarla en una mesa de lectura. También puede haber encontrado otra y preferir regalar la averiada a alguien que quiera repararla. Esa decisión sigue abierta cuando aparece el objeto. Recoger el asunto permite reconocer que existe antes de ponerse a resolverlo. Durante la búsqueda se puede anotar lo que requiere atención y continuar por la zona elegida, reservando para después las averiguaciones necesarias.

La lámpara puede permanecer en el armario mientras escribimos dónde está y qué queda pendiente respecto a ella. Trasladar físicamente todos los objetos a una bandeja haría difícil reunir cosas grandes o delicadas. Una referencia comprensible permite conservar la relación sin moverlas. Cuando su dueño revise el apunte, podrá volver al lugar indicado. La protección del objeto y la visibilidad del encargo quedan atendidas en espacios distintos que sabemos relacionar.

Este criterio también evita que la recopilación se convierta en un inventario de la casa. En el mismo armario puede haber mantas, una caja de fotografías y una maleta que están donde deben estar. Si nada reclama nuestra atención respecto a ellas, escribir sus nombres añadiría una relación de pertenencias. La lámpara entra en nuestra búsqueda porque su dueño conserva una intención sin atender. Lo que se recoge es ese asunto y la información que permite reconocerlo.

A veces hace falta ayuda para recordar lo que se ha ido apartando. La lista de recordatorios de la David Allen Company reúne ámbitos personales y profesionales que pueden despertar asuntos olvidados. Entre ellos aparecen reparaciones, objetos prestados y promesas a otras personas. Se utiliza para mirar lo que ya pertenece a nuestra vida. Que un tema figure allí permite comprobar si tenemos algún compromiso relacionado, y deja abierta la posibilidad de que en ese ámbito esté todo atendido.

Si al ver la lámpara recordamos que un vecino nos prestó una herramienta para examinarla, aparece otro asunto. Podemos anotarlo sin interrumpir toda la búsqueda para ir a devolverla. La reparación y la devolución nacen de la misma situación, pero requieren decisiones distintas. Mantenerlas reconocibles evita que una quede escondida dentro de la otra. Cuando llegue el momento de aclararlas, podremos saber qué hay pendiente con el objeto y qué compromiso tenemos con quien nos ayudó.

El recorrido también necesita un alcance que podamos seguir. Empezar por el armario permite revisar una zona entera, en lugar de abrir varias puertas y dejar a medias todas las búsquedas. Si debemos parar, podemos conservar por dónde íbamos y qué lugares quedan sin mirar. Así el regreso comienza desde un punto conocido. La recopilación inicial admite tiempo y atención porque trata de reunir asuntos que se habían dispersado durante muchos días.

Después tocará revisar lo recogido. En nuestro ejemplo, su dueño puede averiguar si hay un servicio de reparación, pedir una opinión o decidir que ha dejado de querer conservar la lámpara. Cualquiera de esas opciones necesita aparecer como una decisión suya. Al cerrar el armario, el objeto ya dispone de una referencia entre los asuntos que consulta. La mesa puede seguir despejada mientras la reparación conserva una manera de volver a su atención, incluso si pasa una temporada sin abrir aquella puerta.

¿Qué esfuerzo queda después de anotar los asuntos pendientes?

Los recordatorios reunidos permiten volver a consultar los asuntos cuando hagan falta. Mientras permanecen dispersos, una parte del trabajo consiste en acordarse de dónde estaba cada uno. Allen propone trasladar esos compromisos a un sistema que se pueda revisar. Pensar rápido, pensar despacio, de Daniel Kahneman, ayuda a examinar otro esfuerzo relacionado, el de mantener y comprobar información mientras atendemos a una tarea.

Kahneman describe operaciones que requieren atención, como sostener varias condiciones o revisar un cálculo. Esa descripción permite comprender por qué una persona puede necesitar apoyos mientras trabaja. El sistema de Allen añade un procedimiento para conservar los asuntos que todavía deben aclararse. Después de recogerlos habrá que decidir qué significa cada uno y dónde conviene dejar su recordatorio.

Qué se examina Organízate con eficacia Pensar rápido, pensar despacio
Información disponible Compromisos recogidos en lugares que se revisan Datos y condiciones que deben mantenerse durante un razonamiento
Trabajo posterior Aclarar qué exige cada entrada Comprobar el alcance de la respuesta
Ayuda que se obtiene Poder consultar el recordatorio cuando corresponda Reconocer cuándo una respuesta requiere atención
Límite El registro puede contener una decisión equivocada Reconocer el esfuerzo mental deja pendiente organizar los asuntos

Pensemos en una persona que prepara las cuentas de un pequeño grupo de teatro. Mientras suma el alquiler de la sala y el coste del vestuario, recuerda que debe preguntar por una llave. Puede anotarlo y continuar con la cuenta. Para que esa nota cumpla su función tendrá que entrar después en el lugar donde conserva las consultas pendientes. Si queda en una esquina del papel de los gastos, tendrá que recordar además que la escribió allí.

Con la consulta localizada, todavía necesita revisar la suma. El recordatorio evita que el asunto de la llave dependa únicamente de su memoria, mientras los importes siguen necesitando atención. Una equivocación en el precio del vestuario conservaría su efecto aunque todos los pendientes estuvieran anotados. Allen permite organizar qué se retomará después. La comprobación de lo que se hace ahora sigue formando parte de la tarea.

Esta diferencia ayuda a utilizar el sistema sin pedirle un resultado que excede su función. Recoger los compromisos prepara su consulta. Aclararlos prepara las decisiones posteriores. Cada una de esas operaciones conserva su lugar dentro del trabajo que todavía habrá que hacer.

¿Cómo vaciar una bandeja sin hacer todo lo que contiene?

Un correo con seis archivos adjuntos puede quedarse sin resolver después de haberlo abierto. David Allen utiliza ese ejemplo al explicar una entrada que obliga a averiguar qué están pidiendo antes de decidir cómo atenderla. La dificultad empieza cuando mirar el mensaje apenas cambia lo que sabemos hacer con él. Vemos los archivos y volvemos a la bandeja, dejando para más tarde el esfuerzo de interpretar la petición. En la siguiente visita el correo sigue teniendo el mismo asunto, pero también la misma pregunta pendiente. Podríamos dedicarle tiempo varias veces sin llegar a preparar el trabajo que contiene.

Aclararlo requiere leer lo suficiente para entender su significado. En la explicación de esta fase publicada por la David Allen Company, Kelly Forrister distingue decidir qué exige una entrada de realizar todo el trabajo que pueda llevar asociado. Esa diferencia permite vaciar una bandeja aunque haya encargos que necesitan más tiempo del disponible. Antes de retirar cada entrada, tendremos que haber reconocido qué es y dónde conservar lo que sigue pendiente.

Desarrollemos el correo de los adjuntos mediante una situación creada. Supongamos que una compañera ha enviado información para una reunión y nos pide revisar dos de los documentos antes de que nos veamos. Los demás archivos sirven de apoyo. Esa lectura de la petición cambia la tarea que debemos conservar. Lo que tenemos delante incluye material para consultar y un trabajo que hemos aceptado hacer. Saber que hay seis archivos describe el envío, mientras identificar los dos que exigen revisión permite preparar el encargo.

La petición puede seguir siendo ambigua. Quizá la compañera espere que comprobemos unas cifras, o quizá quiera observaciones sobre el texto entero. Si el mensaje deja esa diferencia sin explicar y afecta al trabajo, tendremos que preguntarla. Podemos conservar el asunto pendiente mientras llega la respuesta. Mover el correo a una carpeta llamada «reunión» ayuda a encontrar el material, pero todavía quedaría por reconocer qué debemos hacer con él. La duda necesita seguir visible hasta que podamos resolverla. Cuando sabemos qué revisar, redactamos un recordatorio que pueda entenderse más tarde. Indicamos a qué reunión corresponde y cómo abrir los documentos. Si el trabajo tiene que estar preparado para una fecha acordada, conservamos también esa condición. Así podremos organizar la revisión teniendo en cuenta cuándo hace falta. La fecha de la reunión y el tiempo necesario para prepararla guardan una relación que debemos mantener al decidir cuándo trabajar.

Podemos guardar el correo como material de apoyo y dejar la revisión en el lugar donde consultamos las acciones pendientes. Un enlace al mensaje o la referencia de la carpeta mantiene unidos el encargo y sus documentos. Conviene comprobar que esa ruta funciona, sobre todo si hemos descargado los archivos y existen varias versiones. En esta aplicación, escoger sin saber cuál es la copia vigente podría hacer que trabajáramos sobre información antigua. Aclarar incluye reconocer el material necesario para empezar con sentido.

La misma entrada puede contener otra petición, como llevar a la reunión un dato que nosotros tenemos. En ese caso necesitamos conservar también ese encargo. Separarlo de la lectura permite reconocer que uno podría quedar terminado mientras el otro sigue pendiente. Podemos revisar los dos documentos hoy y tener que buscar mañana el dato. Guardar ambas cosas bajo un recordatorio que solo dice «leer archivos» dejaría una parte del mensaje fuera de lo que estamos consultando. El correo necesita salir de la bandeja con sus peticiones reconocidas, aunque después cada una encuentre su lugar.

También puede cambiar la respuesta que nos corresponde enviar. Si al leer descubrimos que falta un adjunto necesario, tendremos que pedirlo antes de continuar. La revisión quedará a la espera de recibirlo, y conviene conservar qué documento falta y quién puede enviarlo. Así podremos volver a ocuparnos del encargo cuando llegue. En vez de reconstruir toda la conversación, encontraremos el punto en el que habíamos tenido que parar. Cada aclaración permite que la situación siguiente resulte reconocible.

Hasta aquí hemos preparado una tarea que todavía puede necesitar una hora de lectura. Dejarla en un lugar conocido permite pasar al siguiente correo. Esa continuación forma parte del trabajo elegido al revisar la bandeja. Si nos ponemos a completar cualquier encargo largo que aparezca, quizá atendamos el primero y dejemos sin mirar otras peticiones cuya existencia también necesitábamos conocer. Aclarar varias entradas permite ver qué trabajos habrá que comparar después.

Retirar un mensaje tampoco equivale siempre a guardar una nueva acción. Si el remitente solo comparte las actas de una reunión ya terminada y deseamos conservarlas, podremos archivarlas como información de consulta. Si el contenido ha perdido utilidad, podremos eliminarlo conforme a las condiciones que debamos respetar. El destino depende de lo que ese correo significa para nosotros. Crear una tarea para cada mensaje añadiría encargos que quizá nadie ha pedido y que tampoco hemos decidido asumir.

En nuestra reunión imaginada, la bandeja puede quedar libre del envío cuando la revisión está reconocida y los documentos son recuperables. Después tendremos que hacer ese trabajo y comunicar lo que corresponda. Si la reunión cambia de día, actualizaremos la condición que habíamos guardado. La entrada habrá salido de la bandeja porque ya tiene un destino que permite continuar, conservando la petición durante el tiempo en que estamos atendiendo otros asuntos.

¿Cómo convertir una intención en un trabajo posible?

¿Por dónde se empieza una tarea que llevamos aplazando?

La palabra «Mamá» aparece sola en el ejemplo de lista que utiliza David Allen. Permite reconocer a una persona, aunque deja sin escribir el encargo que había llevado a ponerla allí. Al volver sobre la lista, quien la escribió tendrá que recuperar qué asunto había relacionado con ella. Hasta que lo recuerde, reconocer a la persona seguirá dejando pendiente por dónde empezar.

Allen relaciona esa anotación con preparar una fiesta por su cumpleaños. Desde esa intención propone un comienzo que se puede realizar, llamar a una hermana para hablar de lo que van a hacer. Su explicación de la diferencia entre una lista de tareas y una lista de siguientes acciones muestra el trabajo de decisión que puede quedar oculto detrás de una palabra. Al hacerlo antes de consultar la lista para actuar, el apunte empieza a indicar por dónde continuar.

La celebración sigue necesitando preparativos. Una llamada ofrece un paso que puede ayudar a reconocerlos, sin exigir que todo esté resuelto antes de marcar el número. A partir de aquí podemos desarrollar una posibilidad creada. Imaginemos que dos hermanos quieren saber qué día podría reunirse la familia. Quien llama dispone de un asunto que plantear y la conversación puede aportar la información necesaria para seguir preparando el cumpleaños.

Para hacer esa llamada tiene que conocer el número y encontrar una ocasión en la que pueda hablar. Si carece del teléfono de su hermana, la acción anterior será conseguirlo por una vía disponible. Descubrir esa falta al consultar la lista muestra que todavía quedaba un paso previo por decidir. Podemos ajustar el apunte hasta que refleje lo que estamos en condiciones de intentar. El grado de detalle útil depende de lo que ya sabe la persona que va a utilizarlo. Tampoco hace falta registrar cada movimiento de una acción conocida. Alguien acostumbrado a llamar puede comprender el encargo sin escribir que debe sacar el teléfono, abrir la agenda de contactos y pulsar un nombre. Esos movimientos forman parte de una actividad que sabe realizar. La explicación debe llegar hasta el punto donde deja de haber una decisión pendiente que impida empezar, manteniendo la lista fácil de reconocer cuando volvamos a ella.

El tiempo que dedicamos a pensar antes de actuar puede parecer poco visible. En nuestro cumpleaños imaginado, escribir una llamada útil exige reconocer de qué queríamos hablar y con quién tenía sentido hacerlo. Esa preparación evita reencontrarnos una y otra vez con el mismo asunto sin entrada. Después podremos consultar el apunte en un momento con menos atención disponible y saber qué acción habíamos dejado preparada.

Al llamar podemos recibir respuestas distintas. Si la hermana propone una fecha, quizá necesitemos comprobar si los demás pueden asistir. Si contesta que tiene que mirar su calendario, la información seguirá pendiente de ella. Si nadie responde, tendremos que decidir cómo conservar el intento sin dar por terminada la conversación. Estas continuaciones pertenecen a la aplicación que estamos desarrollando. La utilidad del paso inicial consiste en permitir un avance cuyo resultado podrá cambiar lo que corresponde hacer después.

La lista necesita acompañar ese cambio. Una vez hecha la llamada, mantenerla como si aún faltara nos enviaría hacia un punto anterior. Habrá que recoger lo que queda disponible ahora. Eso puede ocurrir al terminar la conversación, aprovechando que todavía recordamos su contenido. Si de ella salen varias posibilidades, conservaremos las que necesiten una decisión posterior sin dar por aceptadas todas las ideas que hayan aparecido mientras hablábamos.

Elegir una siguiente acción también permite descubrir lo que impide avanzar. Supongamos que los hermanos llevan días considerando dos lugares para la fiesta y todavía desconocen si uno tiene espacio. Consultar su disponibilidad puede aportar un dato que ayude a elegir. Anotar «decidir el lugar» conservaría la decisión pendiente. Escribir que hay que preguntar si el local está libre prepara la averiguación que permite tomarla. La acción se relaciona con el atasco que encontramos, en lugar de repetir únicamente su nombre.

La preparación del cumpleaños seguirá reuniendo tareas diferentes a medida que avance. Cada vez que un paso se complete, podremos reconocer lo que ha cambiado y dejar preparado otro si hace falta. La fiesta mantiene su función como resultado deseado, y las acciones van tomando la forma que exige la información recibida. Al volver a la lista ya podremos encontrarnos con una llamada, una consulta o una compra reconocibles, conservando el motivo que las relaciona con la celebración de nuestra madre.

¿Por qué una tarea necesita más de un paso?

David Allen utiliza el cambio de neumáticos para explicar un trabajo que necesita varios pasos. Para seguir el ejemplo, imaginemos a una persona que quiere encargarlo a un taller. Antes de llevar el coche tendrá que ponerse en contacto con él y averiguar cuándo pueden atenderla.

Si llama y consigue una cita, habrá preparado la visita. Podrá dar por hecha esa llamada, mientras el coche todavía conserva los mismos neumáticos. El resultado que quiere conseguir seguirá pendiente, porque reservar una hora y tener los neumáticos cambiados corresponden a momentos distintos del encargo.

Allen utiliza una idea amplia de proyecto que incluye resultados cotidianos. En sus indicaciones sobre la gestión de proyectos explica la relación entre lo que queremos completar y las siguientes acciones que permiten avanzar. Una lista de proyectos conserva los resultados pendientes, mientras los recordatorios de acciones preparan los movimientos que podemos realizar. Esa relación evita que un trabajo desaparezca cuando se termina solo uno de sus pasos. En el caso creado del taller, podemos mantener el cambio de neumáticos entre los proyectos y la cita en el calendario. Cada anotación ayuda en una consulta diferente. Cuando miramos el día reservado, necesitamos saber a qué hora debemos llevar el vehículo y dónde. Cuando revisamos los proyectos abiertos, necesitamos reconocer si el cambio sigue pendiente y si conserva una manera de avanzar. La misma situación puede exigir ambas referencias sin obligarnos a escribir todos sus detalles en cada sitio.

Antes de hablar con el taller quizá desconozcamos si tiene disponibles los neumáticos. La respuesta puede añadir una espera o permitir reservar directamente la visita. Planificar el proyecto admite esa incertidumbre. Podemos conservar lo que sabemos y dejar que la nueva información prepare los siguientes pasos. Elaborar una secuencia cerrada antes de preguntar podría dar por resueltas condiciones que todavía dependían de otra persona.

Podemos guardar junto al proyecto información que todavía no sea una acción disponible. Si el taller nos indica qué documento debemos llevar el día de la visita, esa condición tendrá que acompañar al encargo. Si tenemos que localizarlo, aparecerá un trabajo preparatorio que sí podemos hacer ahora. Reunir el documento y acordar la cita pueden avanzar por separado cuando disponemos de lo necesario para ambas cosas. La lista de acciones puede mostrar esas dos posibilidades, dejando para después los pasos que todavía dependan de ellas.

Esta diferencia permite conservar un pequeño plan sin tratarlo como si cada parte pudiera hacerse ya. Llevar el coche a una cita que aún no existe describe un paso futuro. Tener anotada esa posibilidad puede ayudar al preparar el proyecto, aunque para elegir el trabajo de hoy necesitaremos ver qué está disponible desde la situación en la que estamos. Cuando recibamos la cita, la visita tendrá día y hora. La información nueva convierte una previsión en un compromiso que ya podemos colocar en el calendario.

Supongamos que hemos reservado y que después el taller cancela la cita. El calendario tendrá que recoger ese cambio, pero el resultado de la lista continúa pendiente. Al revisarlo podemos detectar que falta una nueva acción, como contactar para acordar otra fecha. La llamada anterior sigue terminada. Lo que ha cambiado es la posibilidad de continuar desde la cita que habíamos conseguido. Conservar el proyecto permite volver sobre el encargo sin necesitar que la cancelación quede presente en nuestra cabeza.

Otra situación exige mirar qué significa la espera. Si el taller está comprobando cuándo recibirá el material y se ha comprometido a avisarnos, podemos conservar ese acuerdo. Así distinguimos una respuesta que esperamos de una llamada que tenemos que hacer nosotros. Cuando consultemos el proyecto, podremos reconocer de quién depende el siguiente movimiento y decidir si ha llegado el momento de preguntar. La referencia del resultado sigue siendo útil aunque durante unos días el trabajo esté en manos ajenas. Después de llevar el coche, puede faltar recogerlo. Si nos avisan de que ya está preparado, aparece un paso distinto del que había al principio. El proyecto no necesita cambiar de nombre en cada avance para conservar su sentido. Necesita que las referencias asociadas reflejen el momento actual. Mantener todas las acciones anteriores como pendientes dificultaría encontrar la que todavía puede hacerse, igual que retirarlas todas antes de tiempo dejaría el cambio sin seguimiento.

El cierre llega cuando se ha conseguido lo que habíamos decidido encargar. En nuestra aplicación habrá que comprobar que el trabajo está realizado y atender lo que siga formando parte del acuerdo con el taller. A partir de ahí, el proyecto puede retirarse de la lista de resultados pendientes. Si aparece otro trabajo del coche que deseamos asumir, reconoceremos ese nuevo encargo con su propio alcance, evitando que el cambio inicial se alargue sin una condición de final.

Esta forma de conservar un resultado admite también que cambiemos de decisión. Si dejamos de tener el coche antes de hacer el encargo, tocará revisar la necesidad del proyecto y cualquier cita que siga vigente. Un asunto puede cerrarse porque se ha terminado o porque hemos decidido abandonarlo, atendiendo los compromisos asociados. La lista debe permitir reconocer esa decisión, de manera que el tiempo dedicado a revisarla nos devuelva al trabajo que aún queremos realizar.

¿Qué debe permitir aprender un proyecto antes de hacerlo crecer?

Una lista de proyectos permite reconocer qué resultados siguen pendientes después de completar una primera acción. Cuando el proyecto contiene una propuesta nueva, también puede haber una duda sobre su utilidad. El método Lean Startup, de Eric Ries, se detiene en esa incertidumbre. Su recorrido de Crear-Medir-Aprender vincula el trabajo con una prueba que permita decidir qué conviene conservar o cambiar.

En Allen, identificar el proyecto ayuda a mantener visible lo que todavía requiere varios pasos. Al preparar una prueba, ese proyecto puede tener un resultado acotado, como disponer de la respuesta de un grupo de usuarios. La acción siguiente debe conducir hacia esa respuesta. Producir todo lo que se había imaginado podría llenar la lista de tareas mientras deja intacta la duda que justificaba empezar.

Decisión Organízate con eficacia El método Lean Startup
Qué se mantiene visible Un resultado que necesita varias acciones Una propuesta cuya utilidad necesita comprobarse
Cómo se prepara el avance Identificar una acción que pueda realizarse Elegir una prueba y qué se observará
Qué permite revisar El estado del compromiso y lo que queda por hacer Lo aprendido y la conveniencia de continuar
Qué sigue pendiente Comprobar la utilidad del resultado elegido Organizar las tareas necesarias para realizar la prueba

Una prueba también necesita responsables, materiales y respuestas pendientes. El sistema de Allen permite conservar ese trabajo sin confundirlo con una sola anotación llamada «probar la idea». Se puede identificar qué debe estar terminado al cerrar la prueba y qué acción corresponde ahora. Si falta una autorización, quedará reconocida como una espera. Si ya existe la autorización, podrá prepararse el material.

Ries añade un criterio para elegir ese material. Tendrá que permitir observar la respuesta que todavía se desconoce. Una prueba puede terminar a tiempo y producir información insuficiente si las personas solo han visto un anuncio. Antes de organizarla conviene distinguir qué podrán hacer y qué respuesta se conservará.

La siguiente conversación es una aplicación creada sobre un servicio de recogida de ropa. Dos personas quieren comprobar si sus vecinos utilizarían una entrega semanal antes de preparar un servicio permanente. El compromiso consiste en realizar una prueba delimitada, con una decisión posterior todavía abierta.

¿Qué tendría que quedar resuelto al terminar una prueba?

Veamos cómo podrían preparar esa primera recogida Clara y Óscar.

Clara: «He anotado poner en marcha la recogida, pero hay tantas cosas que cada mañana empiezo por una distinta».

Óscar: «¿Qué queremos saber antes de ofrecerla todas las semanas?»

Clara: «Si a los vecinos les sirve dejar la ropa aquí y recogerla dos días después. Algunos preguntaron por ese plazo».

Óscar: «Entonces podemos hacer una recogida con pocas plazas. Tendremos que decirles el precio y el plazo que de verdad podemos cumplir».

Clara: «Para anunciarla necesito que la lavandería confirme cuánto tardará. Esa sería mi llamada de hoy».

Óscar: «Yo prepararé el registro de las personas que acepten. Preguntar por el servicio y encargarlo son respuestas distintas».

Clara: «Dejemos el proyecto abierto hasta devolver la ropa y revisar qué ocurrió. Tener las prendas recogidas sería solo una parte».

Óscar: «También apuntaré las incidencias. Si el plazo falla, necesitaremos conocer dónde se produjo la espera antes de repetir».

¿Cómo saber cuándo hemos terminado?

Una persiana se atasca a mitad del recorrido cada vez que alguien intenta subirla. En la situación que vamos a imaginar, su dueño quiere recuperar el uso del dormitorio sin encontrar el mismo atasco cada mañana. Puede apuntar «persiana» y conservar así una referencia al objeto. También puede llamar a una persona que la repare.

La llamada permite iniciar el encargo, aunque por sí sola deja pendiente el cambio que necesitaba en la habitación. Para reconocer cuándo ha terminado, tendrá que mirar qué funcionamiento esperaba recuperar. Una descripción del resultado ofrece esa referencia durante los pasos posteriores.

David Allen plantea la necesidad de distinguir qué queremos conseguir y qué podemos hacer para acercarnos a ello. En su texto sobre resultado y siguiente acción presenta ambas preguntas como parte de la decisión sobre lo pendiente. Describir el resultado permite reconocer cuándo se ha conseguido lo que buscábamos. Elegir la acción permite saber qué hacer para acercarnos a ese resultado. En nuestra reparación, una persiana que sube y baja con normalidad puede describir lo primero, mientras llamar al reparador prepara uno de los pasos. Al formular el resultado conviene incluir aquello que ha motivado el encargo. Quizá el problema afecte solo al movimiento, o quizá también haya entrado luz por una lama rota. Esa diferencia cambia lo que significa dar el trabajo por terminado. Quien pide la reparación necesita expresar el uso que desea recuperar para poder explicárselo después a la otra persona. El acuerdo puede requerir una conversación antes de decidir qué intervención hará falta.

Describir el estado deseado deja margen para elegir el modo de conseguirlo. Si apuntamos desde el principio que debemos cambiar una pieza determinada sin saber cuál está averiada, podríamos confundir una suposición con el encargo. El profesional tendrá que examinar el mecanismo. Nuestro resultado puede conservar lo que necesitamos aunque la reparación adecuada resulte distinta de la que imaginábamos. Así reconocemos el uso buscado sin dar por hecho un diagnóstico que todavía falta. Supongamos que el reparador visita el dormitorio y descubre que necesita pedir una pieza. La visita habrá aportado información y preparado otro paso. La persiana puede seguir atascándose durante la espera, de manera que el resultado deseado mantiene abierta la reparación. Podemos conservar lo acordado sobre la pieza y la vuelta del profesional. Al revisar el asunto encontraremos una situación que ha avanzado, aunque todavía necesite trabajo para alcanzar el estado que habíamos descrito.

Esa referencia ayuda también cuando participan varias personas. Quien está en casa durante la visita puede desconocer las llamadas anteriores, pero necesita saber qué se ha encargado. Explicar que la persiana debe volver a subir y bajar permite entender el propósito de la intervención inmediata. Si además se había acordado revisar una rotura, conviene conservarlo. Compartir el resultado reduce la parte del encargo que tendría que reconstruir cada persona por su cuenta.

Después de colocar la pieza llega la comprobación. Subimos y bajamos la persiana para ver si se ha recuperado el funcionamiento buscado. Si vuelve a atascarse, el asunto requiere continuar porque la condición pendiente sigue presente. Si funciona como se había acordado, podremos dar por terminada la reparación. La referencia acompaña todo el recorrido y permite valorar el cambio conseguido, con independencia de que hayan hecho falta una visita o varias.

Durante el trabajo puede aparecer una propuesta nueva. Imaginemos que el profesional ofrece sustituir también unas lamas que solo tienen marcas de uso. Su dueño puede aceptar o mantener el encargo inicial. Si lo amplía, tendrá que reconocer qué añade y qué supone para el tiempo y el coste acordados. Dejar ese cambio sin hablar podría hacer que cada participante estuviera esperando un final diferente. Expresar el resultado facilita distinguir lo que ya estaba incluido de aquello que estamos decidiendo ahora.

También habrá ocasiones en las que el resultado imaginado necesite ajustarse a lo posible. El dueño puede descubrir que la reparación original requiere una pieza que ya no se fabrica y tener que escoger otra solución. Esa información cambia la decisión, y conviene actualizar lo que vamos a considerar terminado. La referencia que habíamos escrito sirve mientras refleje el encargo que mantenemos. Una vez recuperado el uso acordado, el asunto podrá cerrarse aunque en el dormitorio sigan existiendo otras mejoras que quizá queramos hacer más adelante.

¿Qué conviene resolver en menos de dos minutos?

Un mensaje pide confirmar que ha llegado un documento, y quien lo recibe tiene el archivo delante. Imaginemos que lo abre, comprueba que se puede consultar y ya dispone de lo necesario para contestar a esa petición. La respuesta puede completarse mientras está revisando el correo. Si la deja pendiente, tendrá que conservar una referencia, volver a encontrar el mensaje y recuperar lo que le habían pedido. Parte del tiempo posterior se dedicará a regresar a una decisión que ya estaba preparada. En una acción breve, ese regreso puede acabar costando más que atenderla durante la primera revisión.

La regla de los dos minutos explicada por David Allen sirve para reconocer esa diferencia. Una vez aclarada una acción necesaria, si podemos completarla en menos de dos minutos en las condiciones disponibles, hacerla puede evitar la gestión de aplazarla. La referencia se aplica a una acción que hemos comprendido. Todavía necesitamos saber qué nos están pidiendo antes de estimar cuánto requiere atenderlo. En el correo imaginado, confirmar la recepción y aprobar el contenido serían encargos distintos. Para lo primero puede bastar con comprobar que el documento ha llegado y se abre. Para lo segundo quizá debamos leerlo con atención, contrastar cifras o consultar a otra persona. Redactar una frase tarda poco en ambos casos, aunque la segunda respuesta dependa de un trabajo previo más largo. Contar solo el tiempo de escribir ocultaría la preparación necesaria para contestar con conocimiento.

Por eso aclarar precede a la aplicación de la regla. Si hemos entendido que únicamente esperan una confirmación de recepción, podemos comprobarla y enviarla. Después decidiremos si conservar el mensaje como parte de la conversación. La petición habrá dejado de necesitar una acción nuestra cuando la respuesta esté enviada, y podremos continuar con el resto de las entradas. Ese pequeño trabajo termina dentro del recorrido que permitió reconocerlo.

El contexto también cuenta. Podemos recibir la misma petición mientras estamos fuera y sin acceso al documento. Aunque escribir la respuesta sea rápido, todavía falta la comprobación que permite hacerla. En ese momento conservaremos el asunto para atenderlo cuando dispongamos del archivo. La duración reducida de una acción no proporciona por sí sola la herramienta o la información necesarias. La regla ayuda cuando la ejecución ya es posible desde donde estamos.

El tiempo de aclarar correos tiene otra función que debemos conservar. Si dejamos que cualquier mensaje largo nos lleve a realizar todo su encargo, podríamos pasar una mañana atendiendo unas pocas entradas sin conocer las demás. El límite orientativo permite resolver acciones breves y seguir descubriendo qué trabajo ha llegado. Más tarde podremos escoger a qué dedicar un periodo mayor, con las peticiones ya reconocidas y los recordatorios en sus lugares.

Allen matiza esta cuestión en su respuesta sobre cuándo utilizar la regla. Podemos elegir hacer una tarea de mayor duración cuando esa sea nuestra decisión sobre el trabajo del momento. Si lo que queremos es aclarar la bandeja pronto, detenernos mucho en cada entrada alarga esa revisión. La cifra orienta una elección y necesita conservar la relación con la actividad que hemos decidido realizar.

La aplicación tampoco exige estar abriendo el correo a cada aviso. En nuestro ejemplo, la persona ya había elegido revisar sus mensajes. Si estuviera preparando un informe, una nueva notificación tendría que esperar la decisión sobre cuándo consultar la bandeja. Convertir cada posible respuesta breve en una interrupción fragmentaría el trabajo que estaba haciendo. Podemos recoger una entrada para aclararla después sin tener que decidir su contenido mientras atendemos otra tarea.

Una confirmación puede además provocar una respuesta nueva. Si al recibirla nos piden una revisión más amplia, aparece otro encargo que tendremos que valorar por su propio contenido. La rapidez con que terminamos el primer mensaje no convierte toda la conversación posterior en un trabajo de dos minutos. Conservamos la atención sobre lo que exige cada petición. Así la regla ayuda a cerrar aquello que ya está preparado y es breve, dejando reconocible el trabajo que necesita una ocasión diferente.

¿Sirven los dos minutos para terminar una tarea o para empezar una costumbre?

La regla de Allen se utiliza cuando una entrada ya se ha aclarado y la acción que requiere puede completarse en menos de dos minutos. Hacerla entonces evita preparar y mantener un recordatorio para una gestión muy breve. En Hábitos atómicos, James Clear también habla de dos minutos, aunque los emplea para preparar el inicio de una conducta que se quiere repetir.

En la propuesta de Clear, una actividad amplia puede comenzar con un gesto pequeño. La duración sirve para facilitar la entrada. La actividad que viene después puede requerir mucho más tiempo. Allen se refiere a una acción breve que ya puede quedar resuelta durante la aclaración. Compartir una medida de tiempo puede ocultar esa diferencia si se atiende únicamente al nombre de las reglas.

Criterio Organízate con eficacia Hábitos atómicos
Situación de partida Una entrada aclarada exige una acción breve Una conducta deseada cuesta empezar
Qué se decide Resolver la acción durante la aclaración Preparar un inicio pequeño y repetible
Qué sucede después Ese pendiente puede quedar terminado La actividad puede continuar tras el primer gesto
Límite Las interrupciones breves también necesitan un cauce Empezar deja pendiente el trabajo que sigue

Podemos verlo con dos situaciones creadas. Una persona recibe la solicitud de confirmar si acudirá a una reunión. Ya conoce su disponibilidad y solo necesita responder. Al aclarar el mensaje puede enviar la confirmación y terminar esa gestión. Si antes debe consultar a otra persona, la acción habrá cambiado. Tendrá que preparar esa consulta en vez de tratar toda la respuesta como una tarea de dos minutos.

Otra persona desea practicar la guitarra y lleva semanas aplazándolo. Dejar el instrumento accesible y comenzar afinándolo puede preparar su entrada en la sesión. Afinar termina una acción breve, pero la práctica que desea mantener todavía necesita espacio. Tendrá que tocar después y observar qué le permite regresar en las ocasiones siguientes.

Para aplicar la regla de Allen conviene saber qué exige la entrada que se está aclarando. Una apariencia breve puede esconder una decisión pendiente. Una vez reconocida la acción completa, se podrá resolver o conservar su recordatorio. Esa decisión evita tanto alargar una gestión pequeña como dar por terminado un trabajo del que solo se ha preparado el comienzo.

¿Dónde guardar cada tipo de recordatorio?

¿Cómo recordar lo que tiene que hacer otra persona?

Imaginemos que Ana ha recibido la visita de un carpintero para revisar una puerta. Después de examinarla, él se ha comprometido a enviarle un presupuesto. Ana podrá decidir si le encarga la reparación cuando conozca el precio y el trabajo que propone, de modo que ahora necesita recibir esa respuesta.

La petición permite distinguir dos momentos de la reparación. Antes de hacerla, Ana tenía que ponerse en contacto con alguien. Después, necesita recibir una respuesta sobre la que pueda decidir. Si conserva únicamente el recordatorio de llamar al carpintero, su lista describirá un paso que ya ha cumplido. Para saber cómo continuar tendrá que recordar por su cuenta que aquella llamada se hizo y que ahora hay un presupuesto pendiente.

La lista de asuntos a la espera recoge ese cambio. Cada anotación permite identificar qué se necesita recibir y de quién se espera. Puede tratarse de un documento, una confirmación o un trabajo encargado, pero conviene escribir el resultado que interesa seguir. En la reparación, el nombre del carpintero por sí solo dejaría sin explicar qué relación mantiene con la puerta. «Presupuesto de reparación de la puerta, solicitado al carpintero» conserva la petición que todavía debe responder. La fecha en que se hizo el encargo ayuda a situarlo. Ana puede haber hablado con el carpintero hace dos días o hace tres semanas, y esa diferencia cambia lo que necesita comprobar. Si han acordado una fecha de entrega, también le servirá para reconocer el retraso cuando exista. Anotar un plazo que nadie ha aceptado introduciría una obligación nueva en el registro. Por eso interesa distinguir entre la fecha que ambos han convenido y el día en que Ana desea volver a preguntar.

Kelly Forrister, formadora de la compañía de David Allen, aborda la dificultad de seguir las respuestas ajenas en su explicación sobre los asuntos a la espera. Registrar esas esperas forma parte del trabajo que necesita continuar después. La otra persona conserva la responsabilidad sobre su encargo, mientras quien lo necesita mantiene visible el resultado del que depende.

En la puerta, esa separación evita dar por terminada la reparación al terminar la visita. El carpintero puede cumplir su compromiso enviando el presupuesto, y Ana seguirá teniendo que decidir si acepta la propuesta. La espera se cierra cuando llega la respuesta que se estaba siguiendo. El proyecto de reparar la puerta continuará hasta alcanzar el resultado que Ana haya elegido.

Consultar la lista permite comprobar el estado de esa respuesta. Ana puede revisar si el presupuesto ya está en el correo y retirarlo de las esperas antes de abrirlo para estudiarlo. Si llega un mensaje en el que se pide una fotografía, la situación también habrá cambiado. Le corresponderá enviar la imagen antes de seguir esperando una propuesta completa. Conservar una espera antigua en ese momento haría parecer que todo depende del carpintero, aunque exista un paso que Ana deba realizar.

Cuando la respuesta aún falta, la revisión permite decidir si conviene reclamarla. Ese seguimiento depende del acuerdo y de sus consecuencias. Una fecha próxima para utilizar la puerta puede exigir preguntar antes que una reparación que admite más margen. Registrar la petición ofrece información para decidir, pero sigue siendo necesario valorar la situación. La lista tampoco puede garantizar que el carpintero conteste ni sustituir la conversación en la que ambos aclaran qué falta.

Si Ana llama y obtiene un plazo nuevo, tendrá que actualizar el recordatorio. Conviene conservar la nueva fecha junto a la petición para que la siguiente consulta describa lo que sigue vigente. Si el carpintero renuncia al trabajo, la espera termina de otra manera y la reparación necesitará otra decisión. Mantener la anotación como si todavía fuese a llegar aquel presupuesto ocultaría ese cambio.

Este seguimiento resulta especialmente útil cuando la reparación depende de varios pasos separados en el tiempo. La persona puede dejar de mirar continuamente el correo y volver al asunto en el momento elegido para revisarlo. Para confiar en ese descanso necesita saber dónde ha guardado la espera y cuándo volverá a consultarla. Una nota olvidada en una libreta que nunca se abre conservaría las palabras de la petición, pero seguiría dejando su seguimiento a la memoria.

Al recibir por fin el presupuesto, Ana puede retirarlo de la lista de esperas y preparar su decisión sobre la reparación. Si necesita consultar una duda con el carpintero, anotará esa nueva acción. El registro irá siguiendo el trabajo que queda por hacer, conservando quién debe moverlo en cada momento.

¿Qué hay que acordar antes de esperar el trabajo de otra persona?

Anotar una espera conserva visible lo que debe llegar de otra persona. Para reconocerlo al recibirlo, quien hace el encargo necesita saber qué ha pedido. La semana laboral de 4 horas, de Timothy Ferriss, permite examinar esa preparación. Su propuesta de delegación presta atención al resultado, los requisitos y el margen de decisión que recibe quien realiza el trabajo.

Qué necesita el encargo Organízate con eficacia La semana laboral de 4 horas
Seguimiento Conservar qué se espera y de quién Reconocer qué decisiones siguen dependiendo del responsable
Información Respuesta o entrega pendiente Resultado, requisitos y límites del encargo
Revisión Comprobar si llegó lo esperado Examinar las consultas que continúan bloqueando el trabajo
Responsabilidad Mantener visible el compromiso propio Preparar las condiciones para que otra persona pueda actuar

La lista de Allen puede mostrar que una entrega sigue pendiente. Al revisarla, quizá aparezca una dificultad anterior al retraso. La otra persona podría estar esperando una elección que nadie le comunicó. En ese caso, recordar de nuevo la fecha conservaría el seguimiento y dejaría sin atender la decisión que impide continuar.

Aclarar el encargo también permite registrar mejor la espera. Una confirmación de precio y una entrega de material son respuestas diferentes. Cuando se conserva qué debe llegar, se puede comprobar si el mensaje recibido resuelve esa parte o abre otra decisión. El seguimiento continúa desde el estado que tiene el trabajo, incluyendo la información que aún debe facilitar quien lo encargó.

Imaginemos una asociación que encarga camisetas para una carrera. Marta coordina la actividad y Rubén prepara el pedido en una empresa de estampación. Esta conversación creada permite seguir cómo una espera cambia al descubrir una elección que todavía depende de la asociación. Ambos quieren conservar la fecha acordada, aunque necesitan saber qué pueden preparar mientras se resuelve esa elección.

La preparación del encargo y su seguimiento se apoyan mutuamente. El registro conserva el próximo compromiso de Marta y la respuesta que después esperará de Rubén. Si cambian las condiciones del pedido, habrá información suficiente para revisar qué trabajo queda y quién puede hacerlo. La lista seguirá siendo útil cuando refleje esos cambios.

¿Quién tiene la decisión que falta para continuar?

El pedido de camisetas figura en la lista de Marta como una entrega que todavía debe recibir.

Marta: «Vengo a preguntar si llegamos a la fecha. En mi lista sigue pendiente vuestra confirmación».

Rubén: «Puedo reservar las prendas, pero estoy esperando el dibujo que vais a imprimir».

Marta: «El grupo aún está eligiendo. ¿Qué necesitas saber hoy para reservarlas?»

Rubén: «Las tallas y cantidades. Para la impresión necesito el dibujo el jueves. Si lleva más colores de los presupuestados, cambiará el precio».

Marta: «Las tallas están aprobadas. Te las envío esta tarde y llevaré la elección del dibujo a la reunión de mañana».

Rubén: «Con eso reservaré las prendas y te confirmaré que están disponibles. La fecha de impresión quedará pendiente del archivo».

Marta: «Entonces esperaré tu confirmación de las prendas. La entrega del dibujo la mantengo como una tarea nuestra».

Rubén: «Cuando lo reciba comprobaré los colores. Si cambia el presupuesto, os pediré la aprobación antes de imprimir».

¿Qué merece tener un día reservado?

David Allen explica que suele consultar por la tarde o antes de dormir el calendario de los próximos días. Esa rutina le permite reconocer con antelación los compromisos que ya figuran en él, en lugar de descubrirlos al empezar la jornada. La práctica aparece relatada por el propio autor en su explicación sobre la noche anterior. Allí cuenta cómo mirar lo que viene puede ayudarle a prepararse. El calendario ya contiene los acuerdos, pero la consulta permite utilizarlos mientras todavía hay margen para actuar. Tener una cita registrada y haberla tenido en cuenta son momentos diferentes del mismo compromiso.

Para que esa consulta resulte útil, conviene saber qué representa cada anotación. En GTD, el calendario conserva citas con hora, acciones que deben hacerse un día determinado e información necesaria para ese día. La compañía de Allen lo explica al describir el uso del calendario dentro del método. La relación necesaria con la fecha distingue esas anotaciones de un deseo de aprovechar el día para hacer otras tareas.

Una revisión de caldera permite ver esa diferencia en una aplicación cotidiana. Supongamos que el técnico ha acordado acudir el martes por la mañana y necesita que alguien le abra. La visita depende de ese martes porque existe un acuerdo con otra persona. Quien vaya a recibirlo tendrá que conservar la hora y tenerla en cuenta antes de aceptar otro compromiso que le impida estar en casa.

Al mirar el calendario el lunes por la tarde, esa persona puede advertir que necesita encontrar el manual. La búsqueda forma parte de la preparación, aunque pueda hacerse el lunes o en otro momento anterior a la visita. Guardarla como próxima acción permite mantenerla visible mientras se decide cuándo realizarla. Si se escribe como obligación del martes sin necesitar esa fecha, la página comenzará a mezclar lo acordado con lo que se desea hacer.

Esa mezcla hace más difícil utilizar el calendario. Ante varias anotaciones, habría que volver a preguntar cuáles tienen una fecha que debe respetarse y cuáles podrían pasar al día siguiente. Si una tarea se arrastra de página en página durante una semana, cada traslado consume una decisión que ya podría estar resuelta de otro modo. El recordatorio de buscar el manual puede continuar en una lista de acciones pendientes hasta que se complete, sin simular una nueva cita cada mañana.

Una acción puede necesitar un día concreto aunque carezca de una hora pactada. Si solo es posible recoger una pieza el jueves, ese día contiene una condición que interesa conservar. La información también puede pertenecer a una fecha sin exigir por sí misma un trabajo. Saber que el técnico solo atenderá llamadas durante una franja determinada ayuda a decidir cuándo ponerse en contacto con él. Al registrarlo conviene explicar qué se está recordando, para que una nota breve siga siendo comprensible cuando vuelva a leerse.

Distinguir esas condiciones tampoco impide reservar tiempo para trabajar. Si una persona decide comprometer una hora a preparar la visita, habrá aceptado una franja que necesita respetar o renegociar. Esa decisión tiene un significado distinto al de llenar el martes con todos los trabajos que le gustaría terminar. El calendario debe permitir reconocer el compromiso que se ha adquirido, incluida una reserva de trabajo cuando se ha decidido tratarla como tal.

La preparación puede revelar otra dependencia. Quizá la persona que recibe al técnico tenga que pedir permiso para ausentarse del trabajo. Ver la cita a tiempo le permite reconocer ese paso y solicitarlo antes. La visita seguirá en el martes, mientras la petición del permiso se convierte en una acción que debe realizarse con margen. El calendario señala cuándo hace falta el resultado y la lista mantiene visible lo que debe prepararse para llegar a él.

Cuando un acuerdo cambia, la anotación tiene que cambiar con él. Si el técnico propone otra mañana y ambas personas la aceptan, conservar la fecha antigua podría provocar una espera innecesaria o una ausencia el día nuevo. Revisar lo próximo incluye comprobar esos cambios y corregirlos. El calendario conserva su utilidad mientras describe los compromisos que siguen vigentes.

Allen presenta la consulta de la víspera como una costumbre personal que le ayuda a prepararse. Puede ser útil comprobar el calendario en otro momento cuando el tipo de trabajo lo requiera. La condición que permite usarlo sigue siendo que se consulte antes de que el compromiso exija nuestra presencia y que lo anotado conserve la fecha a la que pertenece.

¿Dónde guardar lo que quizá hagamos más adelante?

Kelly Forrister, formadora de la compañía de David Allen, incluye escribir a un viejo amigo entre las posibilidades de la lista «Algún día/Tal vez». Podemos seguir ese ejemplo con alguien que desea retomar el contacto, aunque aún desconoce si quiere dedicarle tiempo esta semana. La idea puede merecer un lugar donde conservarla mientras la decisión sigue abierta.

Forrister explica esa función en su respuesta sobre qué guardar en Algún día/Tal vez. La lista admite posibles acciones y proyectos. Su utilidad depende también de volver a consultarla, para que las ideas guardadas puedan entrar de nuevo en una decisión cuando cambien las circunstancias.

Si esa persona tiene ya otros compromisos que atender, la idea de escribir tendrá que convivir con el tiempo que aún pueda dedicarle. Si anota el nombre entre los trabajos actuales, cada consulta de la lista le devolverá una tarea para la que aún falta una decisión previa. Se encontrará una y otra vez con el mismo asunto sin haber aceptado empezar.

Guardar la posibilidad en «Algún día/Tal vez» cambia lo que significa encontrarla. La nota mantiene visible un interés que merece conservarse, sin exigir que se ejecute durante el día. Cuando se revise, la pregunta será si ha llegado el momento de activarlo. La persona puede decidir que sí, mantenerlo para más adelante o retirarlo si ya ha perdido interés. Las tres respuestas pueden ser coherentes con una idea que todavía permanecía abierta.

Escribir la nota con palabras reconocibles ayuda a recuperarla. El nombre del amigo puede resultar suficiente si solo existe una intención asociada a él. Si ese nombre aparece por otros motivos, añadir que se desea retomar el contacto evita reconstruir qué significaba la anotación. El recordatorio debe conservar el interés que se quería considerar, con el detalle que permita comprenderlo después. Esa explicación puede ser breve sin quedar reducida a una palabra ambigua.

La lista necesita momentos de consulta. Su frecuencia puede ajustarse al uso que se haga de ella, pero guardar las posibilidades sin volver a verlas deja a la memoria la tarea de recuperarlas. En el caso del amigo, una revisión puede coincidir con una época en la que hay más tiempo para escribir. Lo que se había apartado del trabajo de hoy vuelve entonces a estar disponible para elegir, sin haber ocupado el lugar de un compromiso diario durante toda la espera.

Activar una posibilidad pide decidir qué se hará a continuación. Si la persona conserva la dirección y quiere enviar una carta, puede preparar esa acción. Si primero tiene que localizar un dato, ese será el paso que deje disponible para empezar. El proyecto de retomar el contacto y la acción que lo inicia tendrán entonces otro lugar en el sistema, porque ya existe una decisión de trabajar en ello. Mantener a la vez la misma nota como simple posibilidad podría generar dudas sobre si se había aceptado hacerla.

Hay una diferencia entre esta espera voluntaria y una obligación aplazada. Si se ha prometido escribir antes de una fecha, la promesa conserva esa condición aunque se coloque en una lista de posibilidades. El nombre del lugar donde se guarda no modifica el acuerdo. Haría falta mantener el recordatorio del compromiso o hablar con la otra persona para cambiarlo. «Algún día/Tal vez» sirve para decisiones abiertas, y esconder allí una obligación no la convierte en opcional.

También conviene distinguir una posibilidad sin fecha de una idea que se quiere considerar en un momento determinado. La primera puede volver durante una revisión habitual. La segunda necesita un recordatorio que la devuelva cuando llegue la ocasión elegida. Si alguien desea pensar en escribir al amigo al empezar sus vacaciones, puede preparar ese regreso a la idea sin prometerse que enviará la carta. Lo que se decide es cuándo considerarla de nuevo.

Retirar una nota puede ser el resultado de una revisión útil. Quizá el contacto ya se ha producido por otra vía o la persona ha cambiado de intención. Seguir conservando la anotación en esos casos introduciría un asunto que ya se ha resuelto o abandonado. La lista gana utilidad cuando describe posibilidades que todavía se desean tener disponibles, en lugar de acumular todos los deseos que alguna vez se tuvieron.

¿Cómo guardar un papel que solo necesitamos consultar?

Imaginemos que hemos guardado el manual de una lavadora que funciona y que ya sabemos utilizar. El documento puede seguir siendo útil cuando aparezca un aviso o necesitemos consultar una instrucción. Mientras tanto, queremos conservarlo para esa consulta, sin que cada vistazo al papel nos obligue a decidir de nuevo si hay algo pendiente de hacer.

Dejarlo entre los papeles pendientes mantiene abierta una decisión que ya podría cerrarse. Cada vez que se examine el montón habrá que reconocer de nuevo que el manual se quiere guardar. Después de apartarlo, seguirá sin existir un lugar preparado para recibirlo. Al siguiente repaso volverá a aparecer el mismo documento y habrá que repetir la misma comprobación. Un archivo de referencia permite completar ese recorrido dejando el manual donde podrá encontrarse.

David Allen desarrolla las condiciones de ese archivo en su guía para guardar información de referencia. Recomienda disponer de un sistema próximo, con carpetas y etiquetas preparadas, que permita guardar la información con poco esfuerzo. La organización por nombres reconocibles ayuda a localizarla cuando se necesita. El propósito práctico es poder llevar el documento desde la decisión de conservarlo hasta un lugar de consulta.

El mismo manual puede cumplir otra función al estrenar la lavadora. Si necesitamos leer una instrucción antes de utilizarla, habrá un paso pendiente que exige consultar esas páginas. Después de hacerlo, podremos conservar el documento como información de referencia. Distinguir esos momentos permite decidir qué necesita hoy el papel que tenemos delante, en lugar de asignarle para siempre una función por el mero hecho de ser un manual.

En la lavadora, el nombre de la carpeta puede partir de lo que se recuerda al buscar. Quien suele pensar en el aparato podrá reconocer «Lavadora». Si conserva documentos de varias máquinas parecidas, quizá necesite añadir el modelo para diferenciarlas. El detalle útil será el que impida confundir unos papeles con otros. Una etiqueta excesivamente abreviada puede resultar difícil de interpretar meses después, cuando la compra ya quede lejos. Preparar una clasificación demasiado complicada también puede retrasar el archivo. Si hay que decidir entre varias carpetas casi iguales cada vez que llega un documento, guardar el manual vuelve a exigir una investigación. En esta aplicación interesa que exista un camino que pueda repetirse al archivar y al buscar. La persona guarda por el nombre de la máquina y después consulta ese mismo nombre. Si el hogar necesita otra clasificación, convendrá que ambas operaciones sigan siendo reconocibles.

El espacio disponible forma parte del funcionamiento. Una carpeta que apenas puede extraerse de un cajón lleno hará más difícil devolver el manual después de usarlo. El documento puede terminar otra vez en la mesa porque su lugar existe en teoría, pero resulta incómodo utilizarlo. Dejar margen para sacar y devolver los papeles permite mantener el archivo en uso. La organización tiene que sostener una consulta ordinaria, incluida la devolución que vendrá después.

Al cabo de un tiempo, un aviso de la lavadora puede llevar a buscar las instrucciones. La persona podrá recuperar el manual, identificar qué significa el aviso y decidir si necesita actuar. Quizá la información resuelva la duda y el documento vuelva directamente a su carpeta. Si hace falta pedir una revisión, aparecerá una acción nueva. Esa llamada tendrá que quedar registrada en el lugar desde el que se recuerdan los trabajos pendientes.

Usar el manual como recordatorio de la llamada volvería a mezclar las dos funciones. Para saber por qué sigue encima de la mesa habría que recordar la conclusión de la consulta. Si otra persona lo guarda, el aviso que pretendía representar desaparecerá de la vista. Registrar la llamada por separado permite conservar la tarea aunque el manual regrese al archivo. Las instrucciones mantienen su función de consulta y el recordatorio conserva el trabajo que queda disponible.

El contenido del archivo también cambia. Si la lavadora se sustituye y su documentación deja de ser útil, convendrá revisar qué merece conservarse. Puede existir información que todavía haga falta por una reparación pendiente o por otra circunstancia del aparato antiguo. La decisión depende de ese uso, evitando guardar o retirar papeles únicamente por la edad de la carpeta. El archivo interesa mientras permite recuperar información que se ha decidido mantener disponible.

Cuando vuelve a necesitarse una instrucción, el recorrido empieza por una referencia que se reconoce y termina en el documento correspondiente. Poder repetir ese camino permite retirar el manual del trabajo de hoy. Las tareas que lleguen a salir de sus páginas podrán seguir otro recorrido, sin convertir el lugar de consulta en un montón de asuntos pendientes.

¿Cómo elegir la tarea que podemos hacer ahora?

¿Qué podemos hacer en el lugar donde estamos?

David Allen explica que su lista de llamadas reúne conversaciones que pueden iniciarse cuando dispone de un teléfono y de tiempo. Cada anotación conserva un trabajo para el momento en que tenga a mano el medio necesario para realizarlo. Allí puede reconocer a quién quería llamar y qué necesitaba preguntarle, en vez de recorrer todos sus proyectos para encontrar una conversación pendiente. La lista se consulta desde la ocasión de hacer esas llamadas, aunque pertenezcan a trabajos diferentes.

El autor describe esa práctica en su reflexión sobre las listas en las que confiamos. El calendario recuerda compromisos relacionados con una fecha, mientras una lista de llamadas permite recuperar acciones que necesitan un teléfono. En ambos casos se prepara una consulta para el momento en que el recordatorio puede utilizarse.

Una llamada pendiente puede estar vinculada a un proyecto que tenga otros pasos. Si se está organizando una reunión, quizá falte consultar si una sala está libre y después avisar a los participantes. En esta aplicación, preguntar por la sala es una conversación disponible antes de convocar al grupo. Guardar esa acción en la lista de llamadas permite encontrarla cuando llega el momento de comunicarse, sin tener que repasar todas las notas de la reunión para descubrir qué paso puede realizarse.

La forma de escribir la anotación determina cuánto trabajo queda por aclarar al consultarla. «Reunión» identifica un asunto amplio. «Llamar para consultar si la sala está libre» conserva una acción que puede empezarse si se conoce a quién contactar. Cuando hay varias personas relacionadas, añadir el nombre evita llamar a quien todavía carece de la información. La lista resulta más útil cuando devuelve la conversación que se había decidido mantener, con los datos necesarios para iniciarla.

El contexto sirve para agrupar acciones que comparten una condición de realización. Puede ser un lugar, una herramienta o la disponibilidad de alguien. En las llamadas, el teléfono permite reunir trabajos de proyectos distintos porque todos necesitan ese mismo medio. El contenido de esos proyectos continúa siendo diferente, pero en ese momento tienen algo en común que ayuda a elegir. La persona puede mirar las conversaciones pendientes sin añadir a la consulta tareas que requieren estar en otro sitio.

Tener un teléfono tampoco garantiza que la conversación pueda producirse. La otra persona puede estar ausente o atender solo durante cierto horario. Si esa condición se conoce, conviene conservarla junto al recordatorio o mediante un aviso que permita volver cuando corresponda. Intentar llamar puede ser una acción realizada, aunque el asunto de la conversación siga pendiente. La anotación debe permitir reconocer esa diferencia para que un intento fallido no parezca una consulta ya resuelta.

La agrupación necesita responder al uso que se hará de ella. Si la mayoría de las llamadas se realizan durante una franja del trabajo, una lista accesible allí puede servir. Si se reparten entre distintos lugares, el soporte elegido tendrá que acompañar a la persona o estar disponible en esos lugares. Una lista guardada en el ordenador de la oficina será difícil de consultar cuando se quiera llamar desde fuera. El recordatorio tiene que llegar al contexto en el que puede utilizarse.

La cantidad de listas también depende de diferencias que ayuden a elegir. Separar cada llamada en una categoría distinta impediría verlas reunidas. En cambio, mezclar una conversación telefónica con una tarea que exige una máquina de la oficina obligaría a descartar esa tarea cada vez que se consulte desde casa. La organización puede ajustarse al trabajo habitual, conservando grupos que correspondan a condiciones reconocibles. Crear una categoría solo por disponer de más nombres añade decisiones a la consulta.

Una lista de llamadas describe posibilidades disponibles, aunque todavía existan otros criterios para escoger. Puede haber poco tiempo, cansancio o una conversación que deba atenderse antes por sus consecuencias. El contexto permite reconocer por dónde puede pasar la elección sin decidir por sí solo cuál es la llamada más conveniente. Si falta una condición necesaria para contactar, la importancia del asunto no hará aparecer esa condición. Habrá que preparar otro medio o elegir otra acción que permita avanzar.

Cuando la conversación se produce, el registro necesita actualizarse. Si se confirma que la sala está libre y puede utilizarse, la llamada habrá terminado y podrá retirarse. El proyecto de organizar la reunión seguirá necesitando su siguiente paso. Si la persona pide que se le vuelva a llamar al día siguiente, el recordatorio deberá conservar esa nueva condición. Mantener la anotación antigua sin el acuerdo alcanzado devolvería una conversación que ya ha cambiado.

La consulta siguiente podrá empezar con las llamadas que todavía están pendientes y con los datos que permiten reconocerlas. La persona conservará por otro lado los proyectos a los que pertenecen. Al disponer del teléfono tendrá delante la parte de esos trabajos que puede realizar por ese medio, preparada para elegir qué conversación conviene iniciar.

¿Qué necesita una tarea además de tener a mano las herramientas?

El lugar y las herramientas permiten reconocer qué acciones se pueden realizar. Una llamada necesita un medio para hablar y el dato de la persona a la que se quiere contactar. Un trabajo de mayor duración puede reunir todas sus herramientas y seguir necesitando un periodo con menos interrupciones. Céntrate, de Cal Newport, se ocupa de preparar esa atención para las tareas exigentes.

La selección por contexto de Allen reduce las opciones a las acciones que tienen condiciones para empezar. Newport permite mirar lo que sucede después de ese comienzo. Algunas tareas requieren conservar varias relaciones mientras se trabaja con ellas. Si las consultas obligan a abandonarlas una y otra vez, tener los documentos abiertos puede ser insuficiente para avanzar.

Qué se prepara Organízate con eficacia Céntrate
Posibilidad de actuar Lugar, herramientas y condiciones de una acción Un periodo que permita sostener el trabajo exigente
Decisión previa Reconocer qué acción está disponible Elegir cuándo realizarla y cómo atender las interrupciones
Información necesaria Qué requiere la acción para empezar Qué continuidad exige y qué disponibilidad necesitan los demás
Dificultad que permanece La atención que requerirá ejecutarla La definición del trabajo que se hará durante el periodo

Pensemos en una técnica que prepara el recorrido de una instalación de riego. Tiene los planos y las medidas sobre la mesa. Puede empezar a comprobar cómo llegará el agua a cada zona, pero debe relacionar varios tramos antes de decidir dónde colocar una conexión. Cada consulta que la aparta del plano la obliga a reconstruir parte de ese recorrido.

En una aplicación del sistema de Allen, la acción puede quedar identificada con el material que necesita. Para realizarla tendrá que atender también a las condiciones de la mañana. Puede acordar con un compañero cuándo revisará las consultas y qué incidencia requeriría llamarla antes. Ese acuerdo permite reservar una dedicación que el resto del equipo conoce.

Cuando vuelva a sus listas podrá reconocer otras acciones que sí caben entre dos consultas. El sistema conserva opciones diferentes para circunstancias diferentes. Preparar un periodo de concentración ayuda a que la tarea exigente reciba la continuidad que necesita, mientras los demás compromisos siguen localizados y pueden retomarse después.

¿Cómo aprovechar un rato que termina pronto?

Una persona dispone de veinte minutos antes de salir de casa y quiere preparar un paquete para devolver un objeto recibido. En esta aplicación del método, conserva el embalaje de la entrega y una nota con los datos que cree necesitar para enviarlo. La preparación parece breve porque ya hay una caja disponible. Sin embargo, el trabajo empieza antes de colocar el objeto dentro de ella.

Habrá que recuperar el embalaje, comprobar su estado, proteger lo que se quiere enviar y preparar la etiqueta. Mirar esos pasos permite estimar una acción reconocible, con un principio y un final, en lugar de calcular únicamente el gesto más rápido.

El método de David Allen considera el tiempo que queda antes del siguiente compromiso al explicar cómo elegir qué hacer. La página utiliza veinte minutos como ejemplo para considerar tareas que puedan caber en ese margen. La duración disponible establece una condición de la elección, mientras la persona sigue teniendo que reconocer qué trabajo va a realizar.

En el paquete, decir «Preparar la devolución» puede resultar suficiente para recordar el asunto y todavía dejar abierta la acción. Quizá el embalaje esté guardado en un armario y falte encontrar cinta para cerrarlo. Si esos materiales ya se han reunido, el punto de partida será diferente. Estimar el tiempo pide contar con lo que sigue pendiente ahora, incluyendo los preparativos que hacen posible comenzar.

Al revisar la nota, la persona descubre que la dirección está incompleta. El paquete puede tener caja y objeto sin disponer aún de todos los datos que necesita la etiqueta. Esa falta modifica la preparación prevista. Antes parecía posible escribir la dirección directamente, mientras ahora habrá que recuperar una información que todavía se desconoce.

La búsqueda puede ser breve si el dato aparece en otro papel que está a mano. También puede depender de una consulta a alguien que en ese momento carezca de disponibilidad. La persona tiene que distinguir las condiciones que conoce de las que está dando por supuestas. Haber encontrado siempre una dirección deprisa en otras ocasiones permite hacer una estimación, pero no asegura cuánto tardará esta búsqueda.

Conviene volver a mirar el tiempo cuando cambia la acción. Si ya han pasado varios minutos, el margen actual será menor que el que había al empezar. La persona puede decidir consultar un documento cercano y comprobar después el resultado. Si cada papel la lleva a buscar otro distinto, continuará añadiendo trabajo sin saber cuánto falta. La hora de salida conserva su condición aunque la preparación del paquete se haya complicado.

Terminar a tiempo también puede significar dejar una parte preparada y conservar lo que queda pendiente. El objeto puede quedar protegido dentro de la caja mientras falta completar la etiqueta. Para retomar el trabajo será útil guardar junto a ella la información que ya se tiene y anotar el dato que necesita conseguirse. Esa nota evita volver a descubrir la misma ausencia al regresar, después de abrir de nuevo los documentos.

El punto en que se deja el trabajo debe ser reconocible. «Paquete pendiente» mantiene el asunto visible, aunque quizá obligue a recordar si faltaba la caja, la dirección o el cierre. Una anotación que identifique el dato ausente permitirá continuar desde la dificultad encontrada. Si el dato se consigue por otro medio mientras tanto, la acción disponible volverá a cambiar y podrá completarse la etiqueta.

Recoger también ocupa tiempo. La caja puede estar preparada mientras la mesa sigue llena de papel y materiales que habrá que guardar. Si la persona espera a que llegue la hora de salir para empezar a recoger, utilizará parte del rato que ya necesita para marcharse. Calcular el cierre permite dejar el trabajo en condiciones de continuar y atender el compromiso siguiente con el margen que requiera.

Preparar una parte del paquete tiene sentido si esa parte conserva su utilidad. Proteger el objeto y reunir sus documentos puede ahorrar trabajo después, siempre que se guarden juntos. En cambio, extender todos los materiales cuando apenas queda tiempo puede obligar a recogerlos enseguida sin haber completado un paso aprovechable. Dividir una tarea interesa cuando el corte permite recuperar lo realizado, en lugar de repetir los preparativos en cada ocasión.

El margen disponible tampoco determina por sí solo qué trabajo merece hacerse. Puede haber otras obligaciones que necesiten atención antes del paquete. Aquí se parte de una tarea que la persona ya quiere realizar y se examina si cabe en esos minutos. Buscar cualquier ocupación breve solo para llenar el hueco dejaría pendiente la decisión sobre qué necesita realmente ese rato.

Cuando llegue el momento de salir, el paquete puede estar cerrado o quedar preparado hasta el paso que depende de completar la dirección. En el segundo caso, la persona encontrará al volver el objeto protegido y una nota que identifica la información ausente. Podrá continuar desde ese punto, con el tiempo del que disponga entonces y con el estado que haya alcanzado el trabajo.

¿Qué tarea elegir cuando estamos cansados?

En el ejemplo propuesto por David Allen, una persona llega cansada a la tarde después de varias reuniones. Todavía tiene asuntos pendientes, aunque su capacidad para prestarles atención ha cambiado durante el día. Regar las plantas aparece como un cuidado que puede realizar en esas condiciones, siempre que todavía necesiten agua y ella pueda atenderlas adecuadamente.

El autor utiliza esa situación en su explicación sobre la energía y los códigos de prioridad. La elección de una acción debe contar con las condiciones de quien va a realizarla. El tiempo y las herramientas pueden estar disponibles mientras falta la atención que necesita un trabajo más exigente.

El ejemplo permite seguir una diferencia que un reloj deja fuera. Dos ratos de una hora tienen la misma duración, pero una persona puede encontrarse descansada en uno y agotada en el otro. Si una tarea requiere comparar alternativas, conservar datos en la atención y comprobar consecuencias, el cansancio puede dificultar su realización. La hora sigue estando libre, aunque las condiciones para utilizarla hayan cambiado.

Regar las plantas representa un cuidado que también necesita hacerse. La menor exigencia de concentración permite considerarlo durante aquella tarde, siempre que la persona pueda atenderlo adecuadamente. Su valor procede del mantenimiento que realiza. Si las plantas ya están regadas, repetirlo por encontrar una tarea fácil dejaría de responder a una necesidad pendiente. El ejemplo funciona porque existe un trabajo que falta y encaja con las condiciones del momento.

Para reconocer esa posibilidad hace falta que el recordatorio esté disponible. Una lista que solo muestra los grandes asuntos puede ocultar el mantenimiento cotidiano. Al encontrarse cansada, la persona quizá siga mirando una decisión difícil porque aparece en primer lugar, mientras desconoce qué otros cuidados tiene pendientes. Mantener visibles las acciones necesarias permite considerar trabajos de distinta exigencia sin tener que inventarlos al final del día. La información de cada acción también ayuda a estimar el esfuerzo. «Preparar la reunión» puede esconder una lectura, la comparación de propuestas o el envío de un documento ya terminado. Estas partes piden una atención diferente. Si la lista conserva una acción que todavía debe aclararse, elegir por energía exige primero reconstruir qué se necesita hacer. Una acción bien identificada permite valorar mejor si puede realizarse con el estado actual.

La tarea exigente conserva su importancia aunque se decida atender las plantas. Puede necesitar una ocasión en la que la persona sea capaz de sostenerla con el cuidado adecuado. Si tiene un plazo cercano, habrá que considerar también cómo conseguir esas condiciones o renegociar el trabajo cuando sea posible. La menor energía describe una limitación que necesita entrar en la decisión. Mantener un asunto arriba de la lista no modifica por sí solo la capacidad de realizarlo esa tarde.

El grado de exigencia tampoco queda fijado para todos de la misma manera. Una operación habitual para una persona puede requerir mucha atención a quien todavía está aprendiendo. Conocer los pasos, las herramientas y los riesgos cambia lo que puede hacerse con facilidad. Por eso una lista universal de tareas para momentos de cansancio tendría un alcance limitado. La persona necesita reconocer qué trabajo puede realizar ella en esas condiciones.

Al terminar el cuidado elegido, habrá que volver a mirar la situación. Completar el riego puede cerrar una necesidad del día y dejar disponible otra elección. También puede ocurrir que corresponda parar o descansar. El método permite considerar la energía, pero el ejemplo de las plantas no obliga a llenar con trabajos menores todos los ratos en los que falte concentración. Una capacidad reducida sigue necesitando ser tenida en cuenta al decidir cuánto continuar.

¿Cómo decidir qué merece nuestra atención ahora?

En un taller de bicicletas puede haber varias tareas preparadas para empezar. Imaginemos que su dueño tiene una bicicleta pendiente de entregar y, cerca de ella, un banco de trabajo que quiere pintar. La entrega se ha acordado para esa tarde. El cliente necesita la bicicleta al día siguiente, mientras que el banco todavía permite trabajar sobre él.

Las dos tareas tienen un motivo y podrían hacerse, pero elegir una exige considerar qué se mantiene esperando al dedicarle tiempo a la otra. El acuerdo con el cliente aporta una diferencia que el dueño necesita conservar durante esa elección.

Allen explica en su recurso sobre cómo elegir qué hacer que la prioridad se valora dentro de las posibilidades del momento. Entre sus referencias están las responsabilidades, los objetivos y el propósito de lo que hacemos. Haber reunido acciones que se pueden realizar permite compararlas. Todavía queda decidir cuál merece esa atención, atendiendo a las consecuencias de escogerla o dejarla para después.

En el taller, el dueño puede mirar primero la entrega que ha aceptado. La bicicleta requiere una reparación antes de que el cliente pueda llevársela. Si el dueño se pone a pintar, tendrá que explicar más tarde por qué dedicó ese rato a una mejora propia mientras seguía pendiente el trabajo prometido. Esta relación entre la elección y el acuerdo ayuda a distinguir las tareas sin convertir todo lo que existe en una urgencia.

Pintar el banco también tiene valor. Una superficie muy deteriorada podría dificultar el trabajo y acabar justificando una intervención antes de lo previsto. La situación que hemos imaginado conserva otra condición, porque el banco sigue siendo utilizable. Al decidir, el dueño necesita trabajar con ese estado del banco y con la entrega acordada, en lugar de asignar una importancia fija a la palabra «reparación» y otra a la palabra «pintura» para todas las ocasiones.

Esto permite entender por qué una lista ordenada una vez puede necesitar cambios posteriores. Una avería nueva del banco modificaría las condiciones. También las cambiaría una llamada del cliente aceptando recoger la bicicleta otro día. El dueño tendría entonces información diferente para decidir. Mantener sus acuerdos al día le permite utilizar esa información sin actuar como si la tarde siguiera siendo la misma que había previsto por la mañana.

La elección necesita tener en cuenta lo que ya se ha aceptado, aunque lo aceptado proceda de uno mismo. Podría haber reservado tiempo para una mejora necesaria que lleva semanas quedando atrás. Al volver sobre ella convendría comprobar qué está retrasándola y si las nuevas peticiones están ocupando siempre el tiempo previsto. La lista permite verlo cuando conserva los compromisos propios junto a los que se han acordado con otras personas.

La elección también puede cambiar si el dueño encuentra una dificultad mientras repara la bicicleta. Podría descubrir que una pieza necesaria todavía no ha llegado. Si esa falta impide terminar a tiempo, tendrá que revisar el acuerdo con el cliente antes de que llegue la hora de recogerla. La prioridad que había dado a la reparación le permite reconocer qué compromiso queda afectado, aunque ahora necesite decidir cómo atender el retraso.

En esa situación tendría que hablar con el cliente y explicar qué está pendiente. Para proponer otra hora de recogida necesitaría comprobar cuándo podrá disponer de la pieza y cuánto trabajo quedará después. El cliente tendría así información para organizarse, mientras el dueño conservaría un acuerdo que pudiera revisar conforme avanzara la reparación. La conversación permite atender el compromiso afectado por la falta de la pieza, en el momento en que todavía se puede decidir cómo continuar.

¿Qué ocurre cuando una costumbre decide antes de que revisemos nuestras opciones?

Una persona puede tener delante sus acciones pendientes y comenzar por la que suele hacer a esa hora. La costumbre ofrece un recorrido conocido, mientras la elección actual necesita considerar qué merece atención hoy. El poder de los hábitos, de Charles Duhigg, ayuda a observar qué señal pone en marcha una rutina y qué obtiene la persona al repetirla.

Qué se observa Organízate con eficacia El poder de los hábitos
Punto de partida Acciones y compromisos disponibles para elegir Una señal que inicia una conducta conocida
Pregunta útil Qué merece atención dadas las condiciones actuales Qué resultado mantiene la repetición
Intervención Revisar las opciones y escoger con conocimiento Observar la secuencia y probar una respuesta diferente
Límite Tener opciones anotadas deja pendiente elegir Repetir con facilidad deja pendiente valorar la tarea de hoy

La facilidad de comenzar puede influir en lo que se elige. Pensemos en una persona que abre cada mañana las estadísticas de su pequeña tienda. Conoce la pantalla y encuentra enseguida los datos. Hoy necesita responder a un proveedor antes de que cierre un pedido, pero vuelve a empezar por las estadísticas. Es una situación creada para examinar la elección, sin atribuirle una causa que todavía desconocemos.

Allen permite conservar el compromiso con el proveedor y tenerlo presente al revisar las opciones. La comparación con Duhigg añade una observación sobre el comienzo habitual de la mañana. Quizá la pantalla se abre sola al encender el ordenador. Quizá mirar las cifras le proporciona una orientación que necesita antes de decidir. Para cambiar esa conducta conviene saber qué función cumple.

La persona podría consultar primero su calendario y las acciones disponibles, y después decidir cuándo mirar los datos. Esa preparación seguiría necesitando una elección. En una mañana tranquila, las estadísticas podrían merecer el primer turno. En la mañana del pedido, el plazo del proveedor introduce otra condición.

El registro de Allen hace visible una obligación que podría perderse entre hábitos conocidos. La observación de la rutina permite entender qué lleva a pasar de largo ante ella. Al revisar ambos recorridos se puede preparar una ocasión para elegir, conservando las prácticas útiles y dando entrada a los compromisos que cambian de un día a otro.

¿Cómo mantener el sistema al día con otras personas?

¿Para qué revisar una lista que ya está escrita?

Imaginemos que una mujer ha hablado con el carpintero sobre la reparación de una ventana. Él le ha pedido una fotografía del marco para valorar el trabajo y ella ha quedado en enviársela. La llamada ya está hecha, aunque su lista sigue pidiéndole que llame y deja sin recoger ese nuevo paso.

Si vuelve sobre la reparación, puede comprobar qué ocurrió durante la conversación y qué queda a su cargo. La lista necesita recoger ese cambio para permitirle continuar desde donde está ahora. En la lista oficial de revisión semanal, la compañía de David Allen propone actualizar las acciones, el calendario, las esperas y los proyectos. Al revisar cada proyecto se comprueba que mantenga una próxima acción que siga siendo útil.

Al revisar el asunto, la dueña puede consultar las notas que tomó. Allí encuentra la petición de la fotografía y reconoce qué quedó a su cargo. Puede retirar la llamada terminada y registrar el envío de la imagen, indicando el destinatario y la parte de la ventana que debe mostrar. La reparación continúa siendo un trabajo pendiente, pero el recordatorio ya permite retomarla desde el punto al que ha llegado.

Este cambio resulta pequeño cuando se observa una sola lista durante unos segundos. A lo largo de una semana, sin embargo, varios trabajos pueden haber avanzado de formas parecidas. Se han mantenido conversaciones y se han recibido respuestas mientras se atendían otros asuntos. Volver sobre lo que permanece abierto permite recuperar decisiones que todavía siguen en un cuaderno, un mensaje o la memoria de quien participó en ellas.

La revisión semanal ofrece un momento para reunir esos cambios. Antes de actualizar una acción puede ser necesario aclarar la información nueva que ha llegado. Si el carpintero ha mandado un mensaje con instrucciones, la dueña necesita leerlo para saber qué imagen debe preparar. Cuando lo haya entendido, podrá registrar una acción que corresponda a lo solicitado. Copiar el título del mensaje entre las tareas dejaría pendiente una parte de esa decisión.

También puede descubrir que la situación ha cambiado por otro motivo. Quizá la ventana ya fue reparada y todavía permanece entre los proyectos activos. En ese caso conviene comprobar que el trabajo está completo y retirar el recordatorio. Seguir mostrándolo obligaría a reconocer una y otra vez un asunto terminado. A medida que se acumulan esos restos, consultar las listas exige más esfuerzo porque hay que separar mentalmente lo pendiente de lo que ya está resuelto.

Otras veces falta un paso y todavía hay que decidirlo. Puede haberse enviado la fotografía y quedar pendiente la respuesta del carpintero. La dueña necesita distinguir esa espera de una nueva acción propia. Si se ha acordado un momento para contestar, ese acuerdo ayudará a decidir cuándo volver a preguntar. La revisión puede llevar a registrar el seguimiento, conservando la diferencia entre la petición enviada y la respuesta que aún debe llegar.

Actualizar las listas tampoco exige terminar la reparación durante la revisión. Se está comprobando qué ha ocurrido, qué sigue pendiente y dónde debe quedar el recordatorio que permitirá continuarlo. Si la dueña decide resolver en ese momento un paso breve, podrá hacerlo. El resto de los asuntos necesita conservar su lugar para que la revisión llegue también hasta ellos y el tiempo se dedique a mantener el conjunto utilizable.

Una vez actualizado, el sistema permite consultar con menos dudas el trabajo que hay disponible. La próxima vez que la dueña abra su lista encontrará el envío de la fotografía, o la espera correspondiente si ya la mandó. La información coincide entonces con el punto al que ha llegado la reparación. Mantener esa coincidencia durante las semanas siguientes requiere volver a revisar lo que cambia, para que cada avance encuentre también su sitio entre los recordatorios.

¿Qué conviene revisar cuando un proyecto deja de tener sentido?

Actualizar una lista permite reconocer que un proyecto terminó, cambió o necesita otra acción. También puede mostrar un compromiso que continúa abierto aunque haya desaparecido la razón para mantenerlo. Piénsalo otra vez, de Adam Grant, permite detenerse en esa decisión. Examina cómo revisamos una idea cuando aparecen datos que cuestionan lo que dábamos por sabido.

La revisión de Allen conserva el contacto con los compromisos actuales. Para hacerlo necesita que el contenido pueda cambiar. Si una tarea ha perdido su función, mantenerla cada semana por el esfuerzo ya dedicado añade una obligación al presente. Antes de buscar otra acción conviene saber si el resultado sigue siendo deseable.

Qué se revisa Organízate con eficacia Piénsalo otra vez
Objeto principal Estado de los compromisos y acciones pendientes Creencias que sostienen una elección
Información relevante Qué terminó, qué cambió y qué falta Qué apoya o cuestiona la idea
Decisión posible Continuar, reformular, aplazar o retirar el compromiso Mantener o modificar la creencia según lo comprobado
Trabajo posterior Actualizar el sistema con lo decidido Organizar las consecuencias de la nueva decisión

Podemos pensar en un grupo que estaba preparando una exposición para una sala municipal. Durante la revisión comprueba que la sala cerrará por obras. El proyecto todavía figura con tareas para imprimir carteles y recoger piezas. Algunas de esas acciones dependían del lugar y la fecha que acaban de cambiar. Ejecutarlas sin volver a la finalidad podría producir material que después hubiera que retirar.

La primera decisión puede consistir en averiguar si existe otro lugar adecuado. Si el objetivo era participar en unas jornadas que ya han terminado, buscar una sala quizá deje de responder al mismo propósito. El grupo tendrá que examinar qué desea conservar y qué información necesita para decidirlo. Esta aplicación creada distingue el cambio de una condición y la elección que ese cambio abre.

Una vez tomada la decisión, el sistema de Allen debe reflejarla. Si se aplaza la exposición, los carteles dejarán de aparecer como una acción inmediata. Si continúa en otro lugar, habrá que definir la próxima gestión. Revisar termina produciendo un registro que permite actuar según lo decidido, con los compromisos anteriores atendidos o renegociados cuando corresponda.

¿Cómo recordar lo que queremos hablar con alguien?

Imaginemos que una vecina está repasando la factura de una reparación y encuentra dos cargos que parecen corresponder a la misma visita. Necesita preguntar al administrador si se han realizado trabajos diferentes o si existe un error. La duda ha aparecido mientras tiene el documento delante, aunque todavía falta encontrar un momento para hablar con él.

Puede anotar lo que quiere preguntarle y conservar la referencia a esa factura. Cuando se produzca el contacto, quizá esté atendiendo otro asunto y los papeles ya estén guardados. La nota tendrá que llevar hasta esa conversación la duda que ahora reconoce sin esfuerzo.

Las agendas de conversación permiten guardar los temas que queremos tratar con una persona o en una reunión. Kelly Forrister, formadora de David Allen Company, cuenta que mantiene listas para las personas clave con las que se reúne habitualmente. Su explicación sobre delegación y agendas de conversación ayuda a reconocer el valor de conservar esos asuntos fuera de la memoria. La lista reúne lo que tiene sentido recuperar durante aquel contacto.

Al hacerlo separa el papel de la conversación que necesita tener sobre él. El papel conserva los importes y las referencias del trabajo. La lista guarda lo que quiere aclarar y debe permitirle volver al documento cuando llegue el contacto. Si copia solo la palabra «factura», será ella quien tenga que reconstruir más tarde por qué la había anotado. Una pregunta comprensible conserva mejor el motivo por el que deseaba hablar. Puede escribir que quiere comprobar por qué figuran dos visitas del técnico en la factura de la ventana del portal. La anotación mantiene reconocibles el cargo y el trabajo al que se refiere. Cuando abra la lista tendrá un punto desde el que iniciar la explicación y podrá localizar el documento si el administrador necesita verlo. Esta preparación reduce la parte de la llamada que tendría que dedicar a recuperar una duda ya identificada.

El nombre de la lista también cumple una función. Si la vecina conversa con varias personas sobre asuntos de la comunidad, reunir todas las preguntas sin identificar a quién corresponden puede dificultar su uso. La lista del administrador permite encontrar los temas que requieren su intervención. Si otra cuestión corresponde al presidente, necesitará quedar donde pueda recuperarse durante el contacto con él, conservando las responsabilidades de cada persona.

Esto tiene sentido cuando habrá una ocasión adecuada para hablar. Una avería que esté causando daños puede requerir una llamada inmediata. En cambio, una consulta sobre un cargo cuyo plazo permite esperar puede llevarse a la conversación habitual. Decidir cuándo necesita tratarse forma parte del cuidado del asunto, porque una lista de conversación conserva el tema pero por sí sola carece de capacidad para convocar ese encuentro.

Durante la conversación, la vecina puede recorrer las preguntas que sigan pendientes. Habrá algunas que se resuelvan con la respuesta y otras que generen un nuevo paso. Si el administrador dice que comprobará el cargo, queda pendiente su respuesta. Si pide a la vecina que le envíe el documento completo, habrá una acción a su cargo. Conviene registrar lo que resulte, en lugar de dejar la pregunta antigua ocupando el lugar de una conversación ya mantenida.

La agenda de conversación necesita revisarse conforme esos contactos ocurren. Una pregunta resuelta deja de estar pendiente, mientras que otra puede haber perdido sentido por información recibida antes de hablar. Mantenerlas actualizadas permite recorrer la lista sin detenerse a descartar asuntos antiguos. También ayuda a reconocer lo que permanece abierto cuando la reunión o la llamada termina antes de llegar a todos los temas.

El valor de esta lista aparece al conectar dos momentos distintos. En el primero, la vecina comprende una duda mientras tiene delante la factura. En el segundo, dispone de la persona con la que puede aclararla. El recordatorio lleva hasta esa conversación la información necesaria para retomarla, conservando la pregunta que ya había preparado y la referencia al documento que permitirá comprobar la respuesta.

¿Qué necesita una conversación además de una lista de asuntos?

Una lista por persona conserva lo que deseamos tratar cuando tengamos ocasión de hablar con ella. Al llegar la conversación, la otra persona también trae información. El coach de Silicon Valley, de Eric Schmidt, Jonathan Rosenberg y Alan Eagle, estudia la manera en que Bill Campbell atendía al trabajo y a las relaciones de quienes debían colaborar.

El contraste ayuda a preparar dos momentos de un mismo encuentro. Allen permite llegar con los asuntos pendientes localizados. El enfoque de Campbell recuerda que conocer el trabajo de otra persona exige escuchar lo que puede contar. Una respuesta puede modificar la siguiente pregunta y revelar una dificultad que todavía faltaba en la lista.

Momento Organízate con eficacia El coach de Silicon Valley
Antes de hablar Conservar los asuntos que requieren tratarse con alguien Conocer el trabajo y las relaciones de quienes participan
Durante el encuentro Localizar preguntas, respuestas y decisiones pendientes Escuchar dificultades y permitir aportaciones
Después Registrar acciones y respuestas que se esperan Mantener los acuerdos y la ayuda necesaria para continuar
Límite Los asuntos preparados pueden dejar fuera una dificultad nueva La información escuchada necesita conservarse para utilizarla

Una conversación puede empezar por un asunto preparado y cambiar de dirección al recibir una respuesta. Para continuar, quien trae la lista necesita reconocer ese cambio. Si conserva únicamente el orden que había pensado, podría pasar a la pregunta siguiente antes de comprender la anterior. La lista sirve como apoyo que se consulta durante el encuentro.

La información nueva también puede convertirse en un compromiso. Si alguien promete comprobar un dato, habrá que reconocer quién hará esa comprobación. La conversación habrá producido una acción que antes faltaba. Conservarla permite retomar después el asunto sin pedir que todos recuerden de memoria lo que se decidió.

En la aplicación creada que sigue, una cooperativa prepara la recepción de una cosecha. Elena coordina las entregas y Marcos organiza la entrada de los vehículos. Elena llega con varias consultas sobre horarios. La primera respuesta muestra una dificultad de espacio que afecta a todas ellas. El diálogo conserva esa dificultad abierta hasta disponer del dato que necesitan para organizarse.

¿Qué puede cambiar al escuchar la primera respuesta?

Elena consulta los asuntos que había reservado para su conversación con Marcos.

Elena: «Quería confirmar si los vehículos pueden empezar a entrar a las ocho. Tengo que avisar a los socios».

Marcos: «A esa hora podemos abrir, pero la zona donde esperan sigue ocupada por los palés de ayer».

Elena: «¿Cuánto sitio queda para recibir los primeros?»

Marcos: «Todavía tengo que medirlo. Si entran varios juntos, quizá bloqueen la salida de los que ya descargaron».

Elena: «Entonces dejemos los horarios un momento. ¿Qué necesitas para comprobar la zona?»

Marcos: «Diez minutos con quien mueve los palés. Tenemos que ver cuáles salen hoy y qué pasillo queda libre».

Elena: «Voy a localizarlo. Cuando terminéis la comprobación, dime cuántos vehículos pueden esperar. Con ese dato prepararé los turnos».

Marcos: «Te daré esa respuesta antes de comer. Si quedan menos plazas de las previstas, tendremos que ampliar la separación entre llegadas».

Elena: «Anoto que espero esa capacidad antes de cerrar el aviso. Las otras consultas sobre horarios siguen pendientes de lo que encontremos».

¿Qué hacemos cuando aparece un trabajo inesperado?

Pensemos en un carpintero que prepara las piezas de un armario. Mientras está trabajando, un cliente llama porque una puerta recién colocada se atasca. El carpintero necesita saber qué significa esa dificultad antes de salir del taller. Una puerta que ha dejado a alguien encerrado plantea una situación diferente de otra que roza al abrirse y permite utilizar una entrada alternativa.

La conversación sirve para obtener esa información. El carpintero puede preguntar qué movimiento queda bloqueado, quién está allí y qué acceso sigue disponible. Al comprender las condiciones, empieza a definir el trabajo que acaba de llegar. Quizá necesite desplazarse, quizá pueda indicar una comprobación segura o quizá corresponda acordar una visita. Cada posibilidad requiere conocer primero la situación suficiente para decidir con responsabilidad.

Allen desarrolla esta relación en su texto sobre las tres clases de trabajo. Distingue hacer lo que ya estaba definido, atender el trabajo que aparece y definir el trabajo a partir de la información que entra. Las tres actividades ocupan tiempo. Reconocerlas permite mirar el conjunto de la jornada sin tratar todo lo nuevo como una desviación ajena a nuestras responsabilidades.

La elección también afecta al armario. Si debe salir durante varias horas, las piezas que iba a preparar seguirán pendientes a su vuelta. Puede haber una entrega que dependa de esa preparación o una persona esperando una medida para continuar. Mirar estos compromisos permite reconocer qué necesita reorganizarse si la nueva petición requiere atención inmediata. La lista del trabajo previsto aporta información para tomar esa decisión.

En la aplicación imaginada, el cliente puede utilizar otra entrada y acepta que el carpintero vuelva a primera hora del día siguiente. El acuerdo tiene que quedar registrado donde se consulte al preparar ese día. Si la visita precisa una herramienta, será necesario conservar también esa necesidad. Una conversación que termina con un acuerdo puede generar varios recordatorios, cada uno destinado a permitir que lo decidido llegue hasta su ejecución.

Después, el carpintero puede volver a las piezas del armario. El tiempo de la llamada ha formado parte de su trabajo, porque ha escuchado una dificultad de un cliente y ha decidido cómo atenderla. Para retomar la tarea anterior le ayuda reconocer dónde estaba y qué iba a hacer a continuación. Si la interrupción se prolonga, dejar una nota sobre ese punto puede evitar que tenga que reconstruirlo al regresar.

Esta decisión tendría otro resultado si la información revelara una necesidad que no puede esperar. El carpintero podría salir y revisar los compromisos afectados por esa elección. Tendría que valorar si hace falta avisar de un retraso o pedir ayuda para continuar una parte del encargo. Atender lo nuevo supone dedicarle recursos que antes estaban disponibles para otras cosas, y reconocer ese cambio permite cuidar también los acuerdos anteriores.

Además de estas dos clases de actividad queda el tiempo de aclarar nuevas entradas. Kelly Forrister señala, al responder sobre cómo vaciar la bandeja de entrada, que procesarla debe convivir con el trabajo previsto y el imprevisto. Leer mensajes y decidir qué piden también ocupa una parte de la jornada. Si esa labor se deja siempre fuera del cálculo, los compromisos nuevos seguirán entrando aunque apenas haya espacio reservado para comprenderlos.

La organización necesita mantener visible esta convivencia. El carpintero puede terminar el día habiendo preparado menos piezas de las previstas y haber atendido, aun así, una necesidad que justificaba cambiar la mañana. Para saber qué queda por hacer tendrá que actualizar el trabajo que sigue abierto. El sistema le permite retomar ese recorrido con los cambios ya reconocidos, conservando tanto los compromisos nuevos como los que todavía necesitan continuar.

¿Cómo dar dirección a lo que hacemos?

¿Para qué queremos hacer este proyecto?

En el relato de Wayne Pepper, su hijo había estado mirando universidades y aún tenía solicitudes por terminar cuando empezaban a acercarse los plazos. Pepper era formador de la compañía de David Allen y decidió ayudarlo con esa preparación. Antes de continuar con los formularios, necesitaba saber qué estaba buscando el joven al ir a la universidad.

Pepper eligió preguntarle por sus motivos. En su relato sobre la preparación de las solicitudes, explica cómo utilizó la planificación natural de David Allen para ayudarlo. Se trataba de un caso de su familia que compartió como formador, y la pregunta por el propósito permitía dar una referencia propia a la elección del estudiante.

La planificación natural empieza por el motivo del proyecto y los principios que deben respetarse al realizarlo. El recurso de David Allen Company sobre este modelo sitúa después la imagen del resultado, las ideas, su organización y las próximas acciones. Aclarar el motivo ayuda a decidir qué recorrido tiene sentido antes de invertir esfuerzo en preparar los pasos. Esa pregunta puede hacer visible una diferencia entre hacer una actividad y conseguir lo que se busca mediante ella.

Podemos verlo en una aplicación distinta. Imaginemos que un pueblo quiere abrir una sala de lectura para que sus vecinos puedan consultar libros cerca de casa. Hay un local disponible y varias personas están dispuestas a dedicar tiempo a prepararlo. Antes de decidir qué muebles comprar necesitan comprender a quién quieren facilitar la lectura y qué dificultad pretenden resolver con aquel espacio.

Si quieren que las personas que leen con dificultad puedan practicar acompañadas, habrá que prever un uso del local que permita ese encuentro. Llenarlo de estanterías hasta ocupar todas las paredes y el centro podría reducir el espacio necesario para sentarse juntos. Los muebles resultarían útiles para guardar libros, pero su elección necesita conservar el motivo por el que se está preparando la sala. La cantidad que cabe almacenar dice poco, por sí sola, de las condiciones que tendrán los vecinos al usarla. El propósito permite formular preguntas sobre esas decisiones. Puede hacer falta saber a qué horas podrán asistir las personas a las que se quiere ayudar o quién estará disponible para acompañarlas. Esas preguntas surgen de la actividad que se desea facilitar. Contestar primero a ellas permite valorar si el local y los horarios propuestos se ajustan al uso que ha dado origen al proyecto.

También conviene distinguir el propósito de la forma elegida para realizarlo. Abrir una sala constituye una posibilidad para facilitar aquella lectura. Durante la preparación podrían descubrir que ya existe un espacio adecuado y que falta organizar el acompañamiento. Revisar el motivo permitiría considerar esa información antes de continuar comprando muebles para otro local. La decisión seguiría relacionada con la necesidad inicial, aunque cambiara una parte del proyecto previsto.

Los principios introducen condiciones sobre cómo se quiere trabajar. En esta aplicación, el grupo podría acordar que cualquier vecino pueda participar y que las personas con dificultades de movilidad tengan un acceso utilizable. Tales condiciones afectarían a decisiones sobre el local y la distribución de los muebles. Expresarlas durante la preparación permite tenerlas presentes al comparar opciones, en lugar de descubrir tarde que una elección deja fuera a quienes deseaban atender.

El motivo necesita llegar hasta los pasos posteriores. Si se decide visitar el local, puede interesar comprobar si caben las mesas que permitirán leer acompañados. La visita tendrá así preguntas que responder y una relación con el propósito del espacio. Esa relación ayuda a escoger qué información merece recogerse mientras se avanza, conservando la función de cada tarea dentro del proyecto.

La pregunta inicial seguirá disponible cuando aparezcan propuestas nuevas. Un donante podría ofrecer muchos libros o alguien podría sugerir una actividad distinta. El grupo necesitaría valorar cómo encajan con lo que se está preparando y qué trabajo exigirían. Volver al propósito permite examinar esas posibilidades con una referencia compartida, manteniendo la atención sobre las personas y el uso que dieron origen a la sala.

¿Cómo ayuda una finalidad a elegir entre opciones que parecen buenas?

Conocer para qué se realiza un proyecto permite valorar opciones que ofrecen ventajas distintas. La planificación natural de Allen comienza prestando atención al propósito y a las condiciones que deben respetarse. Empieza con el porqué, de Simon Sinek, relaciona la causa de una organización con sus prácticas y con lo que ofrece. La comparación permite distinguir el propósito de una actividad y una dirección que puede mantenerse a través de varias actividades.

Qué orienta la decisión Organízate con eficacia Empieza con el porqué
Ámbito La razón para realizar un proyecto o actividad La causa que dirige prácticas y comunicación de una organización
Uso durante la elección Valorar qué opción sirve al propósito del proyecto Relacionar lo que se hace con la causa que se sostiene
Comprobación El resultado conserva la finalidad y las condiciones necesarias Las decisiones permiten reconocer la causa
Trabajo pendiente Preparar y realizar las acciones del proyecto Sostener lo anunciado mediante prácticas compatibles

Pensemos en una asociación que quiere organizar un encuentro entre personas recién llegadas al barrio y vecinos que llevan años allí. Puede elegir una conferencia o una actividad en pequeños grupos. Ambas podrían resultar interesantes, pero ofrecen ocasiones diferentes para conversar. La finalidad permite examinar esa diferencia antes de reservar un programa.

Desde el planteamiento de Allen, conviene reconocer qué se desea que ocurra durante ese encuentro. Si la intención es que las personas se conozcan, el tiempo para hablar formará parte de las condiciones de la actividad. La sala, el número de asistentes y la duración tendrán que permitirlo. Una opción cómoda de organizar podría dejar ese tiempo fuera.

La causa de la asociación puede ser más amplia y continuar después de la jornada. Sinek ayuda a preguntar si las decisiones de esta actividad conservan esa dirección. La comparación se mantiene en dos escalas relacionadas. El propósito del encuentro permite preparar una ocasión determinada. La causa compartida permite reconocer qué vínculo tiene con el resto del trabajo.

Cuando el grupo elija una actividad, todavía necesitará organizarla. La finalidad habrá ayudado a decidir entre opciones, mientras las próximas acciones permitirán reservar la sala, preparar el material y comunicar las condiciones. El proyecto podrá revisarse después atendiendo a lo que se quería facilitar y a lo que realmente permitió su organización.

¿Cómo ordenar las ideas antes de empezar?

David Allen utiliza la preparación de una cena como ejemplo del modo en que aparecen las ideas. Al pensar en salir a comer, podemos recordar a las personas con las que nos gustaría ir y preguntarnos a qué hora estarían disponibles. Esa pregunta puede llevar a considerar qué restaurante seguirá abierto, mientras todavía estamos reuniendo lo que necesitamos saber para preparar la salida.

En su conversación sobre planificación y mapas mentales, relaciona ese ejemplo con el capítulo de planificación natural de Organízate con eficacia. Recoger ideas y organizarlas cumplen funciones diferentes. Primero hace falta conservar lo que puede ser pertinente. Después se pueden reconocer relaciones, necesidades y un orden que ayude a actuar.

Una aplicación en una mudanza permite seguir esta diferencia durante más tiempo. Imaginemos que dos personas están preparando el traslado de una pequeña oficina. Al pensar en lo que tienen que hacer, una recuerda las cajas y otra menciona los muebles. Puede aparecer también la necesidad de comprobar el acceso al nuevo local, sin que se haya decidido todavía qué tarea debe ir primero. Anotar estas cuestiones les da un lugar donde examinarlas sin depender de que continúen recordándolas durante toda la conversación.

En este momento, exigir un orden definitivo puede detener la recogida. Si la primera idea ha sido conseguir cajas, podría parecer que hay que completar todo lo relacionado con ellas antes de hablar del acceso. Sin embargo, conocer la anchura de la entrada puede afectar al traslado de los muebles. Una idea que aparece después puede modificar la importancia o el orden de lo que se había mencionado antes.

Cuando las necesidades están a la vista, las dos personas pueden empezar a reunir las que guardan relación. Los objetos pequeños necesitarán embalaje. Los muebles exigirán conocer si caben por las puertas y quién puede transportarlos. Esta agrupación permite reconocer partes de la mudanza, manteniendo visibles los asuntos de cada una. La lista se vuelve utilizable para planificar cuando deja ver cómo se relacionan las cuestiones recogidas. Después pueden mirar las dependencias. Antes de contratar un vehículo interesa conocer el volumen de lo que se trasladará. Antes de asegurar que un armario entrará en el local hará falta medir el armario y la puerta. El orden se apoya entonces en información que una decisión necesita recibir de otra, en lugar de depender del momento en que alguien mencionó cada asunto.

Las dos personas también tendrán que distinguir las opciones de los compromisos. Haber anotado que un conocido tiene una furgoneta permite recordar esa posibilidad. Para contar con ella necesitan preguntarle si está disponible y si acepta ayudar. Mientras falte la respuesta, organizar toda la mudanza suponiendo que habrá vehículo podría dejarles una dependencia sin resolver. La anotación conserva una opción y la próxima acción permite comprobarla.

Puede ocurrir que alguna idea deje de ser útil. Si descubren que los muebles ya estaban incluidos en el nuevo despacho, quizá puedan conservar allí parte de ellos y reducir el traslado. Lo anotado debe poder cambiar conforme aparezca información. La utilidad de recoger ideas consiste en permitir que sean consideradas, sin convertir su primera formulación en una obligación de ejecutarlas.

Una vez ordenadas las partes del trabajo, conviene reconocer qué acción está disponible. Una de las personas puede medir la puerta del local, mientras la otra pregunta por el vehículo. Si ambas acciones son independientes y tienen responsables identificados, pueden avanzar a la vez. En cambio, habrá decisiones que deban esperar sus respuestas. Preparar el proyecto permite conservar esa diferencia para que cada persona sepa qué tiene entre manos.

La explicación oficial de la planificación natural mantiene la generación de ideas, la organización y las próximas acciones como momentos reconocibles. En la mudanza, se puede volver a cualquiera de ellos cuando hace falta. Una medición quizá sugiera una necesidad que nadie había previsto y obligue a reorganizar una parte del traslado. Tener las ideas recogidas y las relaciones visibles permite incorporar ese cambio sin empezar de nuevo toda la preparación.

¿Cuánto se puede preparar sin decidir lo que todavía hay que descubrir?

La planificación natural permite reunir ideas antes de ordenarlas. Al separarse esos momentos, una posibilidad puede escribirse aunque todavía falte saber si formará parte del proyecto. Mientras escribo, de Stephen King, permite observar una forma de trabajo en la que parte de la respuesta aparece durante la propia actividad. King explica su preferencia por explorar una situación narrativa sin fijar de antemano todo el argumento.

Organizar ese trabajo puede consistir en preparar una sesión y los materiales que necesita. El resultado buscado conserva suficiente dirección para empezar, mientras algunos detalles permanecen abiertos. En Allen, la organización de las ideas permite reconocer qué se sabe, cómo se relaciona y qué acción puede realizarse ahora. Las respuestas que todavía faltan seguirán necesitando trabajo.

Qué se prepara Organízate con eficacia Mientras escribo
Punto de partida Propósito, ideas disponibles y acciones posibles Una situación que el escritor desea explorar
Lo que permanece abierto Detalles que se aclararán conforme avance el proyecto Respuestas que aparecen al escribir y revisar
Apoyo para continuar Agrupar ideas y preparar el trabajo siguiente Condiciones para regresar al manuscrito y ejercer el oficio
Límite Organizar una sesión deja pendiente realizarla Explorar una historia conserva los compromisos externos del autor

Esta diferencia puede trasladarse, como aplicación creada, a un grupo que prepara una pequeña representación. Durante la reunión aparecen propuestas de escenas, necesidades de vestuario y preguntas sobre la duración. Si se exige resolver cada detalle en el instante de nombrarlo, algunas ideas desaparecerán antes de que el grupo pueda examinarlas. Recogerlas permite volver después y distinguir qué merece probarse.

Al ordenar el material, el grupo puede preparar un ensayo centrado en una de esas escenas. Necesita saber quién participará, disponer del texto provisional y reservar un lugar. El ensayo podrá mostrar si la escena se comprende o si necesita otro desarrollo. Preparar las condiciones permite descubrirlo durante el trabajo.

El proyecto seguirá teniendo compromisos que requieren decisiones previas. La fecha en que debe quedar libre la sala permanece aunque el grupo aún esté explorando la escena. En el sistema de Allen, esas condiciones pueden conservarse junto con las acciones necesarias para la próxima prueba. La planificación reúne lo que ya se puede preparar y deja identificadas las preguntas que se responderán al ensayar.

¿Cómo relacionar las tareas de hoy con lo que queremos cuidar?

Pensemos en una persona que cuida un huerto y encuentra una parte de la valla deteriorada. Quiere recuperar el cierre y empieza a averiguar qué necesita para arreglarlo. Tendrá que decidir qué tramo va a reparar antes de conseguir el material y preparar el trabajo.

El arreglo podrá darse por terminado cuando ese tramo vuelva a cumplir la función prevista. A partir de entonces, su dueño seguirá ocupándose del huerto, con la reparación ya resuelta. David Allen distingue los proyectos que podemos completar de las áreas de responsabilidad que continuamos atendiendo. Su mapa oficial de horizontes relaciona esos cuidados con los proyectos y las acciones que surgen de ellos.

La atención al huerto permanece después. Esta diferencia ayuda a reconocer que completar una reparación satisface una necesidad particular dentro de un cuidado que continúa. La persona podrá volver al estado del lugar y comprobar si requiere otra intervención. Quizá encuentre todo en las condiciones que quiere mantener. En ese caso, la responsabilidad puede seguir atendida sin que deba inventar un proyecto nuevo para demostrarlo.

Si reconoce otro trabajo necesario, tendrá que definirlo para poder actuar sobre él. Recordar que quiere cuidar el huerto le da un motivo para mirar su estado, mientras que preparar un proyecto exige entender qué resultado busca y qué puede hacer primero. La intención amplia necesita encontrar esa relación con las decisiones cotidianas. De otro modo, podría permanecer escrita entre sus prioridades sin llegar hasta ninguna atención que pueda realizar.

El recorrido también funciona al revisar lo que ya está anotado. Una tarea puede conservarse durante meses aunque hayan cambiado las circunstancias que la originaron. Si la persona había pensado ampliar el cierre y ahora quiere mantener el huerto con su tamaño actual, le conviene volver sobre aquel proyecto. Examinar a qué necesidad responde permite decidir si sigue queriendo realizarlo, en lugar de conservarlo únicamente porque una vez lo apuntó.

Allen sitúa estas diferencias dentro de seis horizontes. En el nivel de las acciones aparece lo que se puede hacer físicamente, como realizar una llamada. Los proyectos reúnen resultados que necesitan varios pasos. Las áreas de responsabilidad recuerdan aquello que se quiere seguir atendiendo, incluso después de cerrar trabajos particulares. Mirar estos niveles ayuda a distinguir una acción disponible, el resultado al que contribuye y el cuidado que permanece después.

Por encima se sitúan los objetivos, la visión y el propósito con los principios. Los objetivos permiten pensar qué se quiere conseguir en un periodo más amplio. La visión recoge cómo se desea que llegue a ser la situación. El propósito permite examinar por qué se quiere ese recorrido, mientras que los principios conservan las condiciones que se consideran necesarias para realizarlo. Cada nivel plantea preguntas diferentes y aporta referencias para decidir en los demás.

En nuestro ejemplo, la persona podría querer conservar un huerto del que pueda ocuparse con el tiempo del que dispone. Ese deseo influye al decidir si va a ampliarlo o si prefiere mantener su tamaño. Si dedica muchos recursos a extender la valla, estará preparando una situación que necesita poder seguir atendiendo después. Relacionar ese proyecto con el cuidado que desea mantener le permite considerar las consecuencias antes de iniciarlo.

Una modificación de sus circunstancias puede hacer necesario volver sobre esa elección. Tal vez cambie el tiempo del que dispone o empiece a compartir la atención al huerto con otra persona. Tendrá que comprobar qué parte del cuidado puede mantener y qué trabajos conservan sentido. Revisar las responsabilidades permite reconocer ese cambio y trasladarlo después a los proyectos y las acciones.

Mirar todos los horizontes ante cada tarea haría muy pesada una decisión cotidiana. Allen explica en su conferencia sobre revisión y perspectiva que los distintos niveles necesitan revisarse según su función y las circunstancias. El calendario puede requerir varias consultas durante el día. Otras decisiones se recuperan cuando hace falta orientación o la situación ha cambiado lo suficiente para reconsiderarlas.

Al volver a sus listas, la persona necesita reconocer qué trabajos del huerto siguen abiertos. La reparación de la valla puede estar terminada y retirarse, mientras otra necesidad recibe su propio recordatorio. La responsabilidad permanece como referencia para revisar el estado del lugar. Desde ella puede decidir qué atención hace falta y preparar los pasos que permitan dedicarle tiempo.

Ramon Calatayud
Autor:
-Consultor editorial-

Escritor de novelas y profesional del mundo editorial desde hace más de 15 años. En este sector ayuda profesionalmente a escritores y guionistas de todo el mundo además de ayudar a diseñar estrategias de ventas.

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