El error de Descartes de Antonio Damasio

El error de Descartes

En El error de Descartes, Antonio Damasio estudia una dificultad que encontró al atender a personas con lesiones cerebrales. Algunas podían explicar las opciones que tenían ante un problema, pero les costaba escoger una y actuar de acuerdo con lo que habían decidido.

Las pruebas que realizaba en la consulta permitían comprobar que esas personas conservaban capacidades como el lenguaje, la memoria y el razonamiento. Podían entender las preguntas y responder con acierto, mientras que al volver a sus obligaciones aparecían dificultades para organizarse y decidir por cuenta propia. Damasio encontró además que, en algunos de esos pacientes, habían cambiado las emociones que despertaban los acontecimientos de su vida. La relación entre ambos cambios le planteó una cuestión que desarrolla a lo largo del libro. Si habían disminuido las respuestas emocionales y también se había vuelto más difícil decidir, había que investigar qué ayuda podían estar prestando antes esas respuestas.

El autor examina esa ayuda al estudiar lo que sucede mientras pensamos en las consecuencias de una elección. Una posibilidad puede despertar preocupación porque recordamos un daño parecido al que podría causarnos. Esa preocupación lleva la atención hacia un riesgo que necesitamos examinar. Al valorar lo que puede ocurrir, utilizamos conocimientos sobre la situación y podemos sentir también una reacción que nos hace detenernos en una parte de ella.

La reacción emocional puede cambiar la actividad del cuerpo. El corazón se acelera, los músculos se tensan o se modifica la respiración, y el cerebro va recibiendo información de ese estado. Al percibir esos cambios, sentimos cómo nos está afectando lo que estamos considerando. Podemos notarlos mientras pensamos en una consecuencia que todavía está por ocurrir.

Damasio llama hipótesis del marcador somático a la explicación que propone sobre esas señales. Somático significa relacionado con el cuerpo. Un marcador es aquí una señal favorable o desagradable que acompaña a una opción mientras la pensamos. El libro investiga cómo esa señal puede ayudar a preferir o descartar posibilidades, a la vez que seguimos razonando sobre ellas.

El título se refiere a René Descartes, un filósofo que defendía que la mente que piensa era distinta del cuerpo material. Damasio cuestiona que podamos explicar el pensamiento dejando fuera al cuerpo. Las lesiones que estudia lo llevan a investigar juntos los cambios en la manera de sentir y en la manera de razonar, dentro de una misma persona.

Ficha técnica del libro

Campo Datos de la edición de referencia
Título El error de Descartes
Subtítulo La emoción, la razón y el cerebro humano
Autor Antonio Damasio
Título original Descartes’ Error: Emotion, Reason, and the Human Brain
Primera publicación del original 1994
Edición de referencia Edición española impresa publicada el 21 de junio de 2011
Editorial Ediciones Destino
Traducción Joandomènec Ros
ISBN de la edición de referencia 9788423344963
Extensión 400 páginas en la edición de referencia
Tema La participación de la emoción y del cuerpo en el razonamiento y la toma de decisiones
Materias Cerebro, emoción, sentimientos, razonamiento, decisiones, memoria, percepción y regulación del cuerpo
Referencia bibliográfica Damasio, Antonio. El error de Descartes. La emoción, la razón y el cerebro humano. Traducción de Joandomènec Ros. Ediciones Destino, 2011.
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¿Qué muestran los cambios que siguen a una lesión?

¿Cómo puede cambiar una persona después de una lesión?

Los antiguos jefes de Phineas Gage rechazaron devolverle su puesto de capataz en la construcción de una vía de tren.

El accidente había ocurrido en 1848, mientras preparaba una explosión para abrir paso a la vía. La barra de hierro que manejaba salió despedida y le atravesó la parte anterior de la cabeza. Gage sobrevivió y pudo hablar poco después de la herida. Durante la recuperación fue recobrando fuerzas hasta volver a caminar con estabilidad, aunque había perdido la visión del ojo izquierdo. El médico John Harlow iba anotando esas mejoras y las dificultades que permanecían.

Harlow recogió también cambios en su conducta. Gage hacía planes que abandonaba para pasar a otros y mostraba menos consideración hacia los demás. Las personas que lo habían conocido antes podían comparar esa manera de actuar con la constancia que había mostrado en el trabajo. La diferencia afectaba a cómo organizaba su vida y se relacionaba con otras personas, aun conservando capacidades que le permitían conversar y moverse. Sus antiguos jefes consideraron que los cambios eran demasiado grandes para volver a ponerlo al frente de la cuadrilla.

Después de aquel rechazo, Gage encontró otras ocupaciones. El informe de Harlow sitúa en 1851 su contratación en las caballerizas de Jonathan Currier, en Hanover, una localidad de Nuevo Hampshire. Allí permaneció alrededor de un año y medio.

En agosto de 1852 se marchó a Chile con un hombre que iba a establecer un servicio de carruajes en Valparaíso. Según Harlow, Gage trabajó en el cuidado de los caballos y conducía con frecuencia un carruaje cargado, tirado por seis animales. Permaneció varios años cerca de Valparaíso y Santiago.

Hacia el final de su estancia en Chile, su salud empeoró. Regresó a Estados Unidos y se reunió con su madre y su hermana en San Francisco. Harlow había perdido el contacto y conoció parte de esa etapa gracias a la correspondencia que mantuvo después con la familia. Su informe, por tanto, reúne observaciones realizadas mientras atendía a Gage e información que consiguió más tarde sobre lugares y trabajos en los que el médico no había estado presente.

Los datos sobre esos empleos permiten conocer actividades que Gage siguió realizando después de la herida. Para saber cuánto habían cambiado sus dificultades en Chile haría falta conocer también cómo se organizaba cada día y cómo se relacionaba con los demás durante aquellos años. Harlow había recogido ese tipo de cambios después del accidente, pero faltan observaciones suficientes sobre la etapa chilena para determinar cuáles habían permanecido y cuáles habían mejorado.

¿Cómo se investiga un suceso ocurrido hace muchos años?

El cráneo de Phineas Gage conservaba las aberturas que había dejado la barra de hierro. Más de un siglo después del accidente, aquellas marcas seguían disponibles para medirlas. El cerebro, en cambio, no se había conservado, y esa ausencia impedía examinar directamente la herida que el hierro había causado en su interior.

Hanna Damasio y sus compañeros trabajaron con lo que aún podía estudiarse: los huesos, las dimensiones de la barra y las descripciones del accidente. Antes de proponer qué partes del cerebro habían quedado dañadas, necesitaban averiguar por dónde podía haber pasado el hierro. Las aberturas les daban puntos de referencia, aunque entre ellas todavía cabían recorridos diferentes. Cambiar la inclinación de la barra podía modificar las zonas que habría atravesado dentro de la cabeza.

Para estudiar esas posibilidades prepararon una reconstrucción por ordenador, publicada en 1994. En ella podían colocar la barra y comprobar si su recorrido encajaba con las medidas del cráneo. Una posibilidad que pareciera razonable al imaginar el accidente tenía que superar esa comprobación. Si exigía que el hierro pasara por un hueso que seguía intacto, las marcas conservadas daban un motivo para descartarla o revisarla.

El grosor de la barra también formaba parte de la comprobación. Un recorrido trazado como una línea puede caber en un espacio por el que un objeto de cierto tamaño sería incapaz de pasar. Introducir en la reconstrucción las dimensiones del hierro permitía estudiar el espacio que habría ocupado al entrar, atravesar la cabeza y salir. De esa manera, las posibilidades iban quedando limitadas por objetos que los investigadores aún podían examinar, en lugar de depender solo de una narración de lo sucedido.

Cuando un recorrido encajaba con esos restos, el equipo podía estudiar qué zonas del cerebro se habrían encontrado en su camino. Aquí comenzaba una inferencia, es decir, una explicación obtenida a partir de los datos disponibles. Las aberturas del cráneo eran observables. La posición del tejido cerebral perdido tenía que reconstruirse. Mantener clara esa diferencia permitía utilizar el modelo para investigar sin presentar una imagen calculada como si fuera una fotografía de la lesión original.

El trabajo apuntó a regiones de la parte anterior del cerebro relacionadas con la conducta personal y social. Ese resultado interesaba porque los informes sobre Gage describían cambios en su manera de mantener planes y de relacionarse con los demás. Los investigadores podían poner en relación dos clases de información: los lugares que la barra habría podido alcanzar y las dificultades recogidas por quienes lo conocieron. La coincidencia ayudaba a formular una explicación, aunque los informes antiguos carecían de las observaciones y las pruebas que pueden hacerse a un paciente vivo.

Estudiar a personas con lesiones conocidas permite examinar con más detalle esa relación entre una zona dañada y una dificultad concreta. A ellas se les puede preguntar qué les ocurre, observarlas en distintas tareas y obtener imágenes actuales de su cerebro. En Gage, esos pasos ya eran imposibles. La reconstrucción de 1994 hacía aprovechables los restos conservados, dejando identificada la parte de la explicación que seguiría dependiendo de cómo se interpretaran aquellas pruebas incompletas.

¿Por qué podemos perdernos en una parte de la tarea?

Elliot podía comprender un documento y, aun así, tener dificultades para terminar un trabajo que le exigiera leerlo. Damasio invita a imaginar una tarea de lectura y clasificación para explicar lo que le estaba ocurriendo. Leer es necesario para saber qué contiene cada papel, pero llega un momento en que hay que dejar de leerlo y colocarlo donde corresponda.

En el ejemplo, ese paso podía quedar detenido. Elliot era capaz de examinar un documento con cuidado y seguir haciéndolo durante horas, mientras la clasificación permanecía pendiente. Entendía lo que estaba leyendo y podía razonar sobre ello. La dificultad aparecía al decidir cuánto tiempo debía dedicar a ese papel antes de continuar con los demás. El cuidado puesto en una parte de la tarea iba consumiendo el tiempo que necesitaba para completar el conjunto.

También podía demorarse durante una tarde eligiendo cómo ordenar los documentos. Había varios criterios posibles, como la fecha, el tamaño o el contenido. Cada criterio le ofrecía razones que podía examinar, pero la comparación se prolongaba sin llegar a una elección que le permitiera empezar a colocar los papeles. Mientras seguía estudiando cuál sería la mejor clasificación, el encargo continuaba en el mismo estado.

Elliot había recibido tratamiento por un tumor que había dañado zonas de la parte anterior de su cerebro. Después conservó el lenguaje y muchas de las capacidades con las que había trabajado antes. Sin embargo, al volver a sus obligaciones aparecieron problemas para organizar el tiempo y seguir con lo que necesitaba hacer. Las personas de su entorno podían observarlos durante el día, cuando un trabajo requería varios pasos y él debía decidir cuándo pasar de uno al siguiente.

Las pruebas clínicas plantearon una dificultad a quienes lo estudiaban, porque sus resultados eran buenos en tareas de memoria y razonamiento. Elliot podía prestar atención a un problema y responder con acierto. Para comprender por qué eso era compatible con los problemas de su trabajo, hay que fijarse en lo que se le pedía en cada lugar. Una prueba suele presentar una actividad delimitada y una pregunta que orienta la respuesta. En el trabajo con los documentos tenía que conservar por su cuenta el propósito del encargo mientras decidía qué hacer con cada papel y cuánto tiempo dedicarle.

En su vida laboral, los avisos que recibió dejaron sin resolver las dificultades, y Elliot terminó perdiendo el empleo. Había sido capaz de trabajar antes de la enfermedad, y las personas que lo conocían podían comparar aquel desempeño con lo que estaba sucediendo después. Para estudiar su recuperación, el equipo necesitaba tener en cuenta esa historia, además de las respuestas que daba cuando alguien le presentaba un problema durante una prueba.

¿Qué diferencia hay entre distraerse y quedarse atascado?

Quedarse varias horas leyendo un documento puede parecer una muestra de concentración. Para saber si esa lectura ayuda a terminar el trabajo, hace falta conocer qué había que hacer con el documento. Cuando el encargo consiste en ordenar una carpeta, comprender cada papel permite colocarlo con los que le corresponden. Una vez comprendido, seguir examinándolo puede ocupar el tiempo que todavía necesitan los demás. Esa relación entre una parte y el encargo completo es la que se había vuelto difícil para Elliot.

En Céntrate, Cal Newport estudia otra dificultad que puede aparecer mientras trabajamos. Una interrupción nos lleva a ocuparnos de un asunto distinto y, cuando volvemos, necesitamos recuperar lo que estábamos pensando. Reservar un rato sin interrupciones ayuda a conservar ese razonamiento mientras lo desarrollamos. Para que ese rato sirva al encargo, también necesitamos saber qué queremos resolver durante él y reconocer cuándo una parte ya está suficientemente trabajada para pasar a la siguiente.

Aspecto El error de Descartes Céntrate
Lo que ocurre Elliot continúa ocupado con una parte del encargo Una interrupción lleva la atención a otro asunto
Qué necesita continuar La clasificación de todos los documentos El razonamiento que estaba realizando antes
Qué se examina Cómo decide cuánto tiempo dedicar a cada paso Cómo prepara condiciones para sostener la atención

Las dos dificultades pueden dejar una carpeta sin terminar, aunque lo que ha ocurrido durante la jornada sea diferente. Si la persona ha tenido que atender llamadas, parte del tiempo se ha dedicado a esos asuntos y a recuperar después la tarea interrumpida. Si ha seguido leyendo el mismo documento, puede haber conservado la atención durante horas sin llegar a clasificar los papeles restantes. Preguntarle qué hizo con ellos permite empezar a distinguir ambas situaciones.

¿Qué cambia cuando una pérdida apenas despierta emoción?

Al escuchar a Elliot, Damasio encontraba a un hombre capaz de explicar lo que había ocurrido en su vida. Podía contar sus pérdidas y seguir el orden de los hechos. Mientras lo hacía, apenas mostraba la tristeza o la preocupación que el médico esperaba encontrar al oír aquel relato.

La impresión de una conversación podía admitir muchas explicaciones. Hay personas que hablan con reserva de lo que les duele y otras que necesitan tiempo para expresarlo. Para conocer lo que ocurría con Elliot, Damasio siguió hablando con él y recurrió también a sus familiares. Ellos lo habían conocido antes de la enfermedad y podían comparar su manera de reaccionar con la que estaba mostrando después del daño cerebral.

De esas conversaciones fue surgiendo una diferencia entre entender lo sucedido y sentirse afectado por ello. Elliot conservaba información sobre su vida y podía describir sus dificultades. Lo que había cambiado era la emoción que acompañaba a ese conocimiento. El propio paciente lo explicó después de participar en unas sesiones en las que se mostraban imágenes de hechos dolorosos. Reconocía lo que aparecía en ellas y advertía que escenas capaces de conmoverlo antes ya no le provocaban la misma respuesta.

La reducción emocional coincidía con dificultades importantes para tomar decisiones personales. Esa coincidencia llevó a Damasio a investigar si ambas cosas estaban relacionadas. Una pérdida puede conservarse en la memoria como una sucesión de hechos y, al mismo tiempo, despertar preocupación cuando aparece una situación parecida. Esa preocupación puede hacer que se atienda antes a un riesgo o que se descarte una opción. Si una persona recuerda lo ocurrido pero apenas experimenta aquella reacción, queda por averiguar cómo va a influir ese recuerdo cuando tenga que elegir de nuevo.

Antes de atribuir sus problemas a esa reducción emocional, era necesario comprobar si conservaba conocimientos que podían intervenir en sus decisiones. Jeffrey Saver y Damasio lo estudiaron mediante tareas sobre situaciones sociales. Elliot era capaz de proponer respuestas, prever consecuencias y explicar maneras de alcanzar un objetivo. Sus resultados mostraban que podía seguir utilizando conocimientos sobre la vida con otras personas cuando el problema se le presentaba en aquellas condiciones. Así, la investigación tuvo que continuar más allá de preguntarse si había olvidado las normas de convivencia: conservaba esos conocimientos, pero seguía teniendo dificultades cuando debía decidir sobre su propia vida.

¿Por qué cuesta elegir entre dos opciones parecidas?

Para fijar una nueva visita, el equipo de Damasio ofreció a un paciente dos fechas próximas. El hombre empezó a compararlas antes de responder. Consultó las obligaciones que tenía y fue buscando razones para decidir cuál de los dos días le convenía más.

La comparación fue creciendo hasta ocupar cerca de media hora. El paciente consideraba otros compromisos e incluso lo que podía ocurrir con el tiempo. Cada detalle añadía una posibilidad que examinar, sin que las razones reunidas lo llevaran a escoger una fecha. La siguiente visita seguía sin quedar acordada mientras continuaba buscando una razón que le permitiera elegir.

El paciente tenía una lesión en regiones de la parte anterior e interna del cerebro. Damasio presenta el episodio al estudiar dificultades para decidir en personas con ese tipo de daño. El tiempo de espera permitía observar una capacidad que seguía funcionando: el hombre podía generar razones y mantener una comparación. Su dificultad aparecía al usar esas razones para dar por suficiente una de las opciones y elegirla.

Damasio propone que las emociones participan en el peso que damos a las posibilidades. Recordar un inconveniente puede producir rechazo antes de que enumeremos todas sus consecuencias, mientras que imaginar una opción deseada puede atraer la atención hacia ella. Esas reacciones orientan qué merece seguir estudiándose y qué puede dejarse de lado. Si las opciones apenas despiertan diferencias de ese tipo, el razonamiento puede continuar acumulando detalles sin encontrar una preferencia que le permita detenerse.

Cada razón nueva sigue necesitando ser valorada frente a las anteriores. Cuando las ventajas de dos días son pequeñas y parecidas, pueden seguir apareciendo circunstancias que harían preferible uno u otro. Para fijar la visita hay que llegar a una diferencia que se considere suficiente o aceptar que ambas fechas pueden servir. Esa valoración permite detener el examen antes de haber previsto todo lo que podría ocurrir en cada día, una previsión que sería imposible completar.

El equipo acabó proponiéndole el segundo día. El paciente lo aceptó y se marchó, sin reabrir la comparación que había ocupado tanto rato. Al recibir la propuesta, tenía delante una tarea diferente: podía comprobar si el día elegido le servía, en lugar de seguir buscando una preferencia entre dos fechas abiertas. Esa respuesta permitía observar que era capaz de aceptar un acuerdo cuando otra persona había preparado la elección.

¿Cuándo ayuda buscar más información?

Antes de fijar una cita, consultar la agenda permite averiguar si ya tenemos otro compromiso. Esa consulta puede resolver una duda que cambiaría la elección. Una vez comprobado que las dos fechas están disponibles, seguir buscando diferencias plantea otra cuestión. Podemos dedicar cada vez más tiempo a compararlas sin encontrar un motivo que haga preferible una de ellas. El paciente que describe Damasio permitía observar cómo se prolongaba esa comparación mientras la visita seguía sin fecha.

Pregunta El error de Descartes Piénsalo otra vez
Pregunta Cómo llegamos a dar suficiente valor a una opción para elegirla Qué información puede cambiar lo que creemos
Ayuda de otro dato El paciente podía seguir añadiendo razones mientras la cita continuaba sin fijarse Un dato relevante puede justificar que revisemos una conclusión
Situación estudiada Una dificultad observada después de una lesión cerebral La revisión de opiniones y decisiones habituales

En Piénsalo otra vez, Adam Grant propone revisar lo que creemos cuando aparecen razones para hacerlo. La revisión puede empezar al descubrir que un dato en el que confiábamos estaba equivocado o que las circunstancias han cambiado. En esos casos, volver sobre la conclusión permite incorporar una información que antes faltaba. Para saber qué conviene buscar, necesitamos identificar qué duda sigue abierta y cómo podría afectar a la decisión.

En la elección de una cita, por ejemplo, saber cuánto dura el viaje puede descartar un día en el que apenas tenemos tiempo para llegar. Después de comprobarlo, la información nueva ya ha cumplido una función. Si ambas fechas siguen sirviendo, la decisión puede continuar dependiendo de cómo valoremos diferencias pequeñas y de cuándo demos por suficiente esa comparación. Ese paso es el que Damasio investiga al estudiar las dificultades de su paciente.

Buscar más información y llegar a escoger pueden ayudarse durante una misma decisión. La información permite conocer mejor las consecuencias de cada opción. Para utilizarla, esas consecuencias tienen que despertar alguna preferencia o preocupación que ayude a elegir entre ellas. Damasio se detiene en la participación de las emociones dentro de esa elección, mientras Grant examina cómo aprendemos a revisar las razones en las que apoyábamos una conclusión.

¿Puede la calma ayudarnos en una situación de peligro?

Un paciente de Damasio llegó a la consulta después de conducir por una carretera helada. Había llovido con temperaturas muy bajas y el viaje se había vuelto peligroso. Al preguntarle cómo le había ido, el médico encontró a un hombre que hablaba del trayecto con tranquilidad.

Según contó el paciente, durante el camino había visto coches y camiones que perdían estabilidad sobre el hielo. Había podido seguir prestando atención a la conducción, incluso después de ver un vehículo que se salía de la carretera. La descripción del viaje llegaba a Damasio a través de aquel relato, mientras que la calma con la que lo contaba podía observarla durante la conversación.

El hombre tenía una lesión en zonas de la parte anterior e interna del cerebro y presentaba alteraciones emocionales. Damasio consideró que, durante aquel trayecto, su escasa reacción de miedo podía haberle ayudado a mantener la atención en lo que tenía que hacer. Había reconocido que el hielo exigía cuidado y conservaba conocimientos para responder a esa dificultad. Una emoción muy intensa podía haber añadido una reacción que interfiriera con la conducción justo cuando necesitaba seguir atendiendo a ella.

Al día siguiente, el mismo paciente mostró una dificultad distinta al acordar su próxima visita. Damasio le propuso dos fechas cercanas y el hombre sacó su agenda para compararlas. Fue considerando compromisos que tenía, otros que quedaban próximos e incluso las posibles condiciones del tiempo. La comparación ocupó cerca de media hora, sin llevarlo a elegir un día.

En esa ocasión podía observarse directamente cómo seguía produciendo razones sin dar por terminada la decisión. El peligro de la carretera había exigido utilizar conocimientos sobre una actividad que ya estaba realizando. Para fijar la visita, en cambio, tenía que imaginar cómo le vendría cada fecha y decidir qué ventaja bastaba para preferirla. Cualquiera de los días admitía nuevas circunstancias que considerar, de modo que continuar examinándolas podía prolongar la tarea sin resolverla.

Damasio propone que las emociones ayudan también a reconocer cuándo una comparación empieza a consumir tiempo sin aportar una diferencia útil. La preocupación por lo que queda pendiente o la incomodidad de hacer esperar a otras personas pueden dar peso a la necesidad de acabar. Esa participación emocional pertenece a una tarea distinta de mantener la atención sobre el hielo que se tiene delante. Estudiar ambas situaciones en el mismo paciente permitía examinar cómo una reducción emocional podía resultar útil durante una acción inmediata y dejarlo con dificultades al valorar opciones para el futuro.

El equipo acabó indicándole que acudiera el segundo de los días propuestos. El paciente lo aceptó, guardó la agenda y se marchó, con la misma tranquilidad con la que había mantenido la comparación. La siguiente visita había quedado acordada al recibir una elección preparada por otra persona.

¿Por qué alguien puede ignorar una dificultad que tiene delante?

DJ tenía paralizado el lado izquierdo del cuerpo, pero afirmaba que podía moverse con normalidad. Damasio describe a esta paciente al estudiar lesiones que alteran el conocimiento de las propias dificultades. Su brazo permanecía inmóvil sin que ella reconociera en esa inmovilidad la parálisis que el médico estaba observando.

Cuando Damasio le pedía que levantara el brazo izquierdo, DJ lo buscaba con la mirada y preguntaba si tenía que moverse por sí mismo. Después de comprobar que permanecía inmóvil, podía advertir que aquel brazo apenas hacía nada sin ayuda. Ofrecía entonces moverlo con la mano derecha. La conversación permitía llevar su atención hasta una dificultad que había quedado fuera de su primera respuesta, cuando afirmaba que podía moverse normalmente.

Cuando una lesión impide a una persona reconocer un déficit propio se habla de anosognosia. En DJ, el déficit era la parálisis izquierda. El médico podía comprobarlo pidiéndole un movimiento que ese lado de su cuerpo era incapaz de realizar, mientras ella empezaba afirmando que podía moverse normalmente.

Conocer el propio cuerpo exige que el cerebro vaya recibiendo y utilizando información sobre su estado. Las señales que llegan de los músculos, las articulaciones y otras partes del organismo contribuyen a ese conocimiento mientras nos movemos. Damasio propone que, en estos pacientes, la lesión altera la actualización de lo que saben de su cuerpo. Pueden seguir hablando a partir de cómo era antes, cuando lo movían normalmente, aunque su capacidad haya cambiado. Para corregir esa respuesta necesitan una información que la lesión les está dificultando utilizar.

En una conversación cotidiana, insistir después de ver una prueba puede interpretarse como orgullo o como una negativa a admitir un error. El caso de DJ pertenece a una alteración causada por una lesión cerebral. Para entender sus respuestas hacía falta estudiar esa alteración, en lugar de atribuirle la intención de engañar al médico. Él podía describir la parálisis, mientras que ella tenía dificultades para reconocerse como la persona afectada por esa limitación.

Damasio distingue esa información corporal de la que puede obtenerse al mirar o al escuchar a otra persona. En algunos pacientes, recordar que el brazo permanecía quieto o recordar lo que les ha dicho la familia permite deducir que existe una dificultad. Llegar a esa deducción con ayuda requiere un recorrido distinto del reconocimiento que normalmente acompaña al intento de mover el brazo. En los casos que describe Damasio, el reconocimiento conseguido de esa manera puede durar poco. La dificultad vuelve a quedar fuera de lo que el paciente cuenta sobre sí mismo cuando deja de tener delante aquella comprobación.

¿Cómo se relacionan lo que sentimos y lo que conocemos?

¿Por qué podemos reaccionar antes de entender qué ocurre?

Un pollito puede esconder la cabeza al ver una figura de alas anchas que pasa por encima del nido. La figura todavía ofrece pocos detalles, pero su tamaño y su movimiento bastan para que el animal empiece a ocultarse.

En el ejemplo de El error de Descartes, el pollito reacciona sin saber qué es un águila. Reconocer al animal que vuela exigiría distinguirlo de otros y disponer de información sobre él. La respuesta de ocultarse puede empezar antes porque su sistema nervioso está preparado para detectar ciertos rasgos, como la amplitud de las alas y la velocidad a la que pasan por encima del nido.

Damasio sitúa esta preparación dentro de lo que llama emociones primarias. Con ese nombre se refiere a respuestas que cuentan con una organización heredada y que pueden ponerse en marcha ante determinadas señales. El animal empieza la vida con parte de esa preparación. A medida que crece, su experiencia podrá cambiar su manera de responder, pero el primer movimiento de protección ya dispone de un apoyo anterior a ese aprendizaje.

Para que la señal termine en un movimiento, varias partes del sistema nervioso tienen que trabajar juntas. La información recibida por los sentidos llega al cerebro, donde puede activar estructuras que intervienen en las respuestas emocionales. Una de ellas es la amígdala, situada en la profundidad del cerebro. Desde esos sistemas se ponen en marcha cambios que afectan a los órganos, a los músculos y a la postura. El gesto visible de esconder la cabeza pertenece a esa respuesta del conjunto del organismo.

Ocultarse pronto puede proteger al pollito si la figura que pasa sobre él corresponde a un depredador. Esperar a reconocerlo con detalle dejaría transcurrir un tiempo durante el que seguiría expuesto. La respuesta preparada aprovecha las señales disponibles para empezar a actuar. Su rapidez depende, en parte, de que puede comenzar con menos información de la que haría falta para saber exactamente qué animal está pasando.

A partir de esa protección inicial, el libro examina lo que añade la experiencia en los seres humanos. Cuando una persona reconoce qué le ha provocado miedo y recuerda el encuentro, puede utilizar ese conocimiento antes de encontrarse otra vez en la misma situación. Saber dónde suele aparecer un peligro permite prepararse o evitarlo. La próxima respuesta dispone entonces de una información que la primera reacción todavía tenía pendiente. Damasio atribuye a los sentimientos una participación en ese aprendizaje, porque permiten experimentar la reacción y relacionarla con lo que la provocó. Al reconocer parecidos con aquel encuentro, también puede tomar precauciones ante situaciones nuevas. Esa protección aprendida depende de cuánto compartan las situaciones, porque rasgos parecidos pueden aparecer en circunstancias de distinto peligro.

¿Por qué una persona conocida despierta una emoción?

El reencuentro con un amigo puede empezar a emocionarnos mientras todavía lo estamos imaginando. Al pensar en él, van apareciendo recuerdos que dan contenido a ese encuentro antes de que llegue a producirse.

Damasio propone imaginar a un amigo al que llevamos mucho tiempo sin ver. La cara del amigo puede aparecer en nuestra imaginación, junto con otros detalles de la relación. Aunque el amigo esté ausente, el pensamiento ya cuenta con información sobre quién es y qué lugar ocupa en nuestra vida.

Esa información se ha ido formando a lo largo de la relación. Una persona conocida está unida a lo que hemos vivido con ella y a las emociones que han acompañado esos encuentros. Por eso, al recordarla, podemos recuperar más que su aspecto. La imagen que aparece ahora puede activar asociaciones aprendidas en ocasiones anteriores. Lo que esperamos del reencuentro se apoya, en parte, en esa experiencia compartida.

Mientras se forma la escena imaginada, el organismo también puede cambiar. Damasio menciona la posibilidad de que el corazón se acelere, de que cambie el color de la piel o de que los músculos de la cara compongan una expresión de alegría. Algunas de esas modificaciones serían visibles para otra persona. Otras se notarían desde dentro.

El libro llama emociones secundarias a las respuestas en las que participa esa experiencia aprendida. Pensar en el amigo trae información sobre la relación, y esa información puede poner en marcha una respuesta emocional. La reacción dispone de un significado personal que se ha formado con el tiempo. Dos personas pueden conocer al mismo amigo y reaccionar de maneras diferentes porque cada una ha vivido con él una relación distinta.

Damasio propone que en esa respuesta intervienen regiones de la parte delantera del cerebro, conocidas como cortezas prefrontales. Estas regiones participan en el uso de la información aprendida y trabajan junto con otros sistemas que organizan la respuesta emocional. De ese trabajo conjunto pueden salir señales hacia los músculos y hacia los órganos. También se producen cambios dentro del propio cerebro que afectan a la manera de pensar durante la emoción.

Podemos decidir dedicar un rato a pensar en el amigo, pero el ritmo del corazón o la expresión de la cara pueden cambiar sin que tengamos que dirigir cada movimiento. Una parte de la actividad comienza con un pensamiento que elegimos mantener, mientras otra se desarrolla de manera automática. Después, al notar esas modificaciones, la persona dispone también de información sobre cómo está viviendo el encuentro imaginado.

¿Qué diferencia hay entre emocionarse y sentirlo?

William James propuso imaginar el miedo después de retirarle las sensaciones del cuerpo. El ejercicio consistía en quitar de la experiencia, una a una, las sensaciones de los latidos, de la respiración y de los músculos, hasta preguntarse qué miedo quedaría.

Al hacer ese recorrido con la imaginación, James encontraba que se iba perdiendo el carácter de la emoción. La persona aún podía comprender que tenía delante una situación peligrosa, pero esa comprensión quedaba separada de las sensaciones que acompañan al miedo.

Las sensaciones que James iba retirando en su ejercicio están ligadas a cambios del organismo. Durante el miedo, el corazón puede cambiar de ritmo, la respiración puede alterarse y los músculos pueden prepararse para actuar. Algunas modificaciones llegan a verse desde fuera, como un cambio en la postura. Otras afectan al interior del organismo y pueden pasar inadvertidas para quien está mirando a la persona.

Damasio utiliza la palabra emoción para referirse a la respuesta que se pone en marcha ante una situación valorada como importante para el organismo. En ella participan los cambios corporales y también cambios en el cerebro que afectan a la actividad mental. Por eso, reducirla al gesto de la cara dejaría fuera buena parte de lo que está ocurriendo. La expresión que vemos es una de las manifestaciones de una respuesta más amplia, en la que intervienen sistemas que trabajan de manera coordinada.

Esas modificaciones también generan información que llega al cerebro. Los nervios transmiten señales sobre lo que sucede en los órganos, la piel, los músculos y las articulaciones. A la vez, sustancias que circulan por la sangre pueden influir en el funcionamiento cerebral. Mientras la respuesta emocional modifica el organismo, el cerebro sigue recibiendo noticias de ese organismo que está cambiando.

A la experiencia de esos cambios, Damasio la llama sentimiento. Sentir el miedo supone que los cambios de la respuesta emocional forman parte de la experiencia de la persona. En lugar de contemplar su corazón desde fuera, la persona puede notar los latidos. En lugar de observar sus músculos como los observaría alguien a su lado, puede experimentar su tensión. El sentimiento reúne esa experiencia del estado corporal con la información sobre la situación que está viviendo.

El libro también propone que, con el aprendizaje, el cerebro puede llegar a producir parte de la representación de un estado corporal sin volver a poner en marcha todos los cambios del cuerpo. Damasio llama a esta posibilidad un funcionamiento «como si». La experiencia anterior habría preparado una manera de evocar el estado, de forma que el cerebro pudiera representar parte de él con un recorrido más corto. En esa propuesta, un sentimiento puede aparecer con una respuesta corporal menos intensa que la que acompañó a experiencias anteriores.

¿Por qué una sonrisa puede aparecer de formas distintas?

Algunos pacientes con una lesión cerebral tienen dificultad para mover un lado de la cara cuando se les pide que enseñen los dientes. Al intentarlo, un lado se mueve mejor que el otro y la boca queda torcida.

Damasio describe que esos mismos pacientes pueden recuperar una sonrisa simétrica cuando algo les hace gracia. Ante un comentario divertido, los dos lados de la cara llegan a moverse de manera coordinada.

Si el músculo hubiera perdido toda posibilidad de moverse, tendría que permanecer inmóvil en ambas situaciones. Que llegue a moverse durante la sonrisa espontánea indica que conserva una vía por la que puede recibir las señales necesarias. La dificultad se encuentra en el control que permite moverlo a petición. En los casos que explica el libro, una lesión de la región cerebral que dirige movimientos voluntarios puede afectar a ese control y dejar disponible el que participa en la expresión emocional.

La comparación se amplía con pacientes que presentan el problema contrario. En ellos, la sonrisa surgida de una emoción aparece con menos movimiento en un lado de la cara. Cuando se les pide que contraigan los músculos de manera voluntaria, pueden hacerlo y la simetría vuelve.

El movimiento voluntario y el que acompaña a una emoción utilizan sistemas cerebrales parcialmente diferentes. En la explicación de Damasio, el primero depende de regiones de la corteza motora, que participan en el control de los movimientos que decidimos realizar. La expresión emocional cuenta con otras regiones, entre ellas la corteza cingulada anterior, situada hacia la cara interna del cerebro. Esos sistemas terminan influyendo sobre los músculos de la cara, pero el recorrido por el que empieza el movimiento puede ser distinto.

Esta separación también ayuda a entender una observación de Norman Geschwind que Damasio recuerda en el libro. Al pedir a alguien que sonría para una fotografía, se le está pidiendo que dirija voluntariamente una expresión que en otros momentos surge mientras se divierte. La persona puede colocar la boca intentando reproducir la sonrisa, pero hacerlo por encargo le exige utilizar un control diferente. El resultado puede parecer más forzado, aun cuando quiera colaborar con quien toma la fotografía.

¿Cómo nos sentimos cuando apenas ocurre nada?

Durante una pausa tranquila podemos notar cómo nos encontramos. Al dejar de atender por un momento a lo que hay alrededor, puede hacerse más perceptible una sensación de comodidad o de malestar que ya nos estaba acompañando.

La pausa ayuda a dirigir la atención hacia el cuerpo, que seguía funcionando mientras estábamos ocupados. La respiración continuaba, los músculos mantenían una postura y los órganos iban realizando su trabajo. El cerebro recibía información sobre ese funcionamiento. Parte de esa información puede contribuir a cómo nos encontramos incluso cuando ninguna emoción intensa ocupa el primer plano de nuestra atención.

Damasio llama sentimientos de fondo a esa experiencia del estado del cuerpo entre los episodios de emoción. El término fondo indica que suele permanecer poco destacada mientras atendemos a otras cosas. Podemos reconocer una cualidad agradable o desagradable sin que haya sucedido un acontecimiento que nos haya llenado de alegría o nos haya asustado. La experiencia puede ser menos intensa que esas emociones y, aun así, estar presente durante una parte considerable del día.

Para comprenderla, el libro propone pensar en la información que el cerebro va reuniendo sobre el cuerpo. Esa información se distribuye entre varias regiones y se va actualizando a medida que cambia el organismo. Los músculos y las articulaciones aportan señales sobre la postura y el movimiento. Los órganos internos aportan otras sobre su funcionamiento. La experiencia de encontrarnos de una manera determinada puede reunir aspectos de ese estado general, aunque seamos incapaces de señalar un único lugar del que proceda.

Por eso puede resultar más fácil decir que nos encontramos incómodos que precisar qué está contribuyendo a esa incomodidad. Reconocer cómo nos sentimos y saber de dónde procede son conocimientos diferentes. El primero describe una experiencia presente. Para explicar su origen haría falta más información sobre lo que ha ocurrido y sobre el estado de la persona. El concepto de sentimiento de fondo se ocupa de esa experiencia corporal, sin convertir cada sensación en la prueba de una causa determinada.

El estado de ánimo tiene relación con esos sentimientos, pero abarca una duración mayor. Damasio propone que, si un mismo tipo de sentimiento de fondo se mantiene durante horas o días, puede contribuir a un ánimo bueno, malo o indiferente. La persistencia forma parte de la diferencia. Una sensación que cambia durante la tarde y una manera de encontrarse que acompaña a la persona varios días necesitan situarse en tiempos distintos para comprender qué se está describiendo.

También cambia el lugar que ocupa esa experiencia cuando llega una emoción intensa. La alegría o el miedo pueden hacer que ciertas señales corporales reclamen mucha más atención. Cuando esa emoción deja de dominar la experiencia, el funcionamiento del organismo continúa y sigue aportando información. Damasio relaciona esa continuidad con la sensación de seguir siendo la misma persona mientras cambian los lugares, las actividades y los acontecimientos que nos rodean. El cuerpo que seguimos sintiendo ofrece una referencia propia a lo largo de esos cambios.

¿Cómo recordamos a una persona que está lejos?

Quien recuerda a la tía Margarita puede evocar su cara aunque esté lejos de ella. Margarita es la tía imaginada del ejemplo de Damasio, y para recordarla se recurre a lo que se ha aprendido al verla en otras ocasiones.

Para que ese recuerdo aparezca, la experiencia anterior con Margarita tiene que haber dejado cambios en el cerebro. Cuando la persona la vio, distintas regiones participaron en el tratamiento de lo que estaba viendo. A través de esa experiencia se fueron formando conexiones que después podrían ayudarla a recordar. El rostro aparece ahora porque existe ese aprendizaje previo, aunque en este momento los ojos estén recibiendo información de otro lugar.

El libro propone que lo conservado permite volver a formar una imagen. Damasio lo distingue de tener una fotografía guardada en algún rincón del cerebro, esperando a que alguien vaya a recogerla. Las conexiones aprendidas facilitan que ciertas redes se activen juntas y que, mediante esa actividad, llegue a aparecer una representación aproximada de la cara. La imagen recordada se está formando durante el recuerdo con ayuda de lo que quedó de la experiencia anterior.

Las redes que participan en ese aprendizaje están formadas por neuronas, células que se transmiten señales mediante sus conexiones. Esas conexiones pueden fortalecerse o debilitarse con la experiencia, cambiando la manera en que una actividad influye sobre otra. Damasio relaciona con esos cambios la preparación que queda disponible para recordar. En el libro reconoce que los detalles de esa preparación todavía requieren investigación, de modo que su explicación describe una propuesta sobre cómo puede organizarse el recuerdo.

Para nombrar esa preparación, el autor utiliza la expresión representaciones disposicionales. Se trata de la disposición que han adquirido unas conexiones para producir una actividad determinada cuando se activan. Mientras la persona piensa en otra cosa, esa preparación puede permanecer disponible. Al recordar a Margarita, parte de ella entra en actividad y contribuye a que se forme la imagen que la persona está evocando.

Esa actividad alcanza regiones que participan en la visión. Por eso podemos recordar el aspecto de una persona aun cuando esté lejos. La diferencia con verla delante está en la información que sostiene la imagen. Al verla, llega información actual a través de los ojos. Al recordarla, la actividad se apoya en lo que se ha aprendido durante encuentros anteriores. El recuerdo conserva una relación con esos encuentros, pero la imagen que aparece ahora se forma en el presente.

La voz de Margarita requiere considerar otra parte de lo aprendido sobre ella. Recordar cómo suena supone activar sistemas relacionados con la audición. La imagen de la cara y el recuerdo de la voz pueden reunirse cuando pensamos en la misma persona, aunque dependan de actividades distribuidas entre regiones diferentes. El conocimiento de Margarita incluye esas distintas posibilidades de evocarla, junto con otros aspectos de la relación que se hayan aprendido.

¿Qué cambia cuando cuesta reconocer el miedo de otra persona?

Una mujer estudiada por el equipo de Damasio tenía una dificultad marcada para reconocer el miedo en las caras. Al examinar fotografías de expresiones faciales, le costaba identificar una información que otras personas podían reconocer en esas mismas imágenes.

La dificultad aparecía en una paciente con daño en las dos amígdalas cerebrales. Estas estructuras se encuentran en la profundidad del cerebro y participan en el tratamiento de información emocional. Para precisar la dificultad, los investigadores estudiaron qué podía reconocer la paciente al mirar una cara. Las pruebas con fotografías se ocupaban de la interpretación de expresiones ajenas. Conocer cómo sentía ella su propio miedo exigía estudiar una cuestión diferente.

Reconocer la identidad y reconocer una expresión requieren utilizar la cara de maneras diferentes. La identidad permite saber de quién es el rostro. La expresión aporta información sobre lo que puede estar ocurriéndole a esa persona en ese momento. Un rostro conocido puede seguir siendo reconocible cuando cambia su expresión. Para captar ese cambio hay que atender a rasgos de la cara que transmiten una información diferente de la que permite reconocer a su dueño.

El estudio publicado en 1994 por Ralph Adolphs y sus compañeros mostró que la paciente seguía reconociendo a las personas por su cara. El miedo, en cambio, resultaba especialmente difícil de reconocer a partir de las expresiones. La paciente podía utilizar información de la cara para una tarea y encontrarse con dificultades en otra. Esa diferencia ayudaba a relacionar la lesión con un aspecto de la comprensión emocional de los rostros.

El estudio también encontró dificultades para reconocer varias emociones dentro de una misma expresión. Una cara puede transmitir información que encaje, en distinto grado, con más de una emoción. Examinar esos grados permite describirla con más detalle que al elegir una única palabra. La paciente encontraba dificultades en esa interpretación, lo que ampliaba la información sobre la función que podía haber quedado afectada por el daño de la amígdala.

En 1995, después de la publicación original del libro, los mismos investigadores ampliaron el estudio de la paciente. Encontraron que la dificultad con el miedo afectaba a la intensidad que reconocía en los rostros. Las caras podían mostrar distintos grados de miedo, y esa diferencia resultaba difícil de apreciar para ella. Reconocer una expresión exigía captar cuánto miedo transmitía, además de encontrar una palabra con la que nombrarla.

El seguimiento incluyó también a personas con daño en una sola amígdala. En esas pruebas, quienes tenían una lesión limitada a un lado podían reconocer expresiones de miedo que resultaban difíciles para la paciente con daño en los dos lados.

¿Cómo participan el cuerpo y la emoción en nuestras decisiones?

¿Cómo sabe el cuerpo que necesita alimento?

Después de una comida, el cuerpo va utilizando lo que ha recibido para seguir funcionando. Ese trabajo continúa mientras la persona conversa, lee o descansa, sin que tenga que ir decidiendo qué necesita cada órgano.

En el modelo de Damasio, varias horas después de comer baja el nivel de azúcar en la sangre y unas células del hipotálamo detectan el cambio. El hipotálamo es una pequeña zona del cerebro que participa en la regulación del organismo. Al recibir información de la bajada de azúcar, pone en marcha respuestas que ayudan a atender la carencia. En el hambre intervienen más señales, y el autor escoge esta secuencia simplificada para mostrar cómo una variación del cuerpo puede acabar dirigiendo la búsqueda de comida.

La persona desconoce buena parte de lo que está sucediendo dentro de su cuerpo. Puede ignorar cuánto azúcar lleva la sangre y qué células han detectado su descenso, pero llega a sentir hambre. A través de esa sensación, una necesidad que estaba siendo atendida por mecanismos internos empieza a influir en lo que piensa y hace. La comida gana su atención y puede comenzar a buscar cómo conseguirla. Para dar ese paso le basta con reconocer el hambre, aunque nunca haya oído hablar del hipotálamo.

Reconocer la necesidad deja todavía por decidir cómo atenderla. El hambre dirige hacia el alimento, mientras que la memoria y los conocimientos permiten tener en cuenta dónde hay comida o cuánto falta para poder comer. La sensación y lo que la persona sabe intervienen en una misma acción. El cuerpo necesita alimento y la persona utiliza lo que conoce de su entorno para encontrarlo.

Comer cambia después las condiciones que habían favorecido la búsqueda. En la explicación de Damasio, el alimento hace subir el nivel de azúcar y el hipotálamo detecta esa nueva variación. La regulación continúa, ahora preparando un estado que llega a sentirse como saciedad. La persona empieza a notar que ha comido suficiente y puede dejar de buscar más comida. La información del cuerpo ha participado tanto en el comienzo de la comida como en la posibilidad de terminarla.

¿Por qué una emoción intensa puede cambiar lo que decidimos?

La bebida que Isolda había encargado a su criada debía ser mortal. La criada cambió lo que iba a servirles a ella y a Tristán, preparando en su lugar un elixir de amor. Los dos bebieron sin conocer aquella sustitución.

Damasio recoge este episodio de la historia de Tristán e Isolda tal como la presenta Wagner en su ópera. La bebida pertenece a esa ficción, donde permite representar un cambio intenso en los protagonistas. Después de tomarla, la atracción entre ellos alcanza una fuerza que los lleva a desear estar juntos, a pesar de la traición que eso supone para el rey Marcus. El rey sigue formando parte de sus vidas y el daño que puede causar la traición sigue siendo una consecuencia de lo que hagan.

Tristán e Isolda tienen motivos para separarse y, al mismo tiempo, sienten un deseo cada vez mayor de permanecer juntos. Saber que una decisión traerá problemas deja pendiente cuánto van a pesar esos problemas al elegir. El peligro puede seguir siendo conocido mientras la posibilidad de estar con la persona deseada ocupa más atención y adquiere más valor. Si estar juntos adquiere un valor enorme para los protagonistas, separarse también empieza a representar una pérdida mayor. Las opciones siguen siendo reconocibles, pero la experiencia de elegir entre ellas ha cambiado.

La fuerza del deseo puede influir en el tiempo que dedicamos a una consecuencia. Un peligro que nos preocupa invita a volver sobre él, a imaginar cómo llegaría y a buscar una manera de evitarlo. Si otro resultado nos atrae con mucha intensidad, podemos dedicar más atención a lo que permitiría conseguirlo. La emoción participa así en el razonamiento, porque influye en los asuntos que mantenemos presentes mientras pensamos. Para entender una decisión hace falta conocer los hechos que la persona tiene a su alcance y el valor que esos hechos adquieren para ella.

En Tristán e Isolda, el conflicto con el rey conserva su lugar durante la relación. El deseo de los protagonistas encuentra una resistencia en los compromisos que los unen a otras personas, y la obra mantiene esa resistencia hasta su desenlace trágico, donde mueren ambos.

¿Qué puede faltar cuando una persona permanece sin iniciativa?

Después de sufrir una hemorragia cerebral, la señora T. pasaba gran parte del tiempo en la cama. Apenas comenzaba a moverse o a hablar por su cuenta, de modo que durante las visitas resultaba difícil saber qué estaba viviendo mientras permanecía en silencio.

Damasio la observaba y encontraba algunas acciones que ayudaban a precisar aquella quietud. En ocasiones, la paciente movía un brazo y una mano para tirar de las sábanas. Podía realizar ese movimiento, aunque la mayor parte del tiempo sus extremidades permanecieran en reposo. El movimiento ocasional hacía necesario seguir investigando por qué tantas otras acciones apenas llegaban a comenzar.

Con las palabras ocurría una dificultad parecida. Al preguntarle por su situación, la señora T. solía guardar silencio. Cuando Damasio insistía, a veces conseguía que dijera su nombre, los de su marido y sus hijos o la ciudad en la que vivía. La pregunta repetida lograba poner en marcha algunas respuestas. Una vez pronunciados esos nombres, seguía faltando la conversación con la que el médico esperaba conocer cómo se encontraba. La paciente apenas explicaba su enfermedad ni los acontecimientos que la habían llevado al hospital.

El silencio dejaba abiertas varias posibilidades. Damasio tenía que averiguar si recordaba lo sucedido y si podía hablar de ello, pero también si había pensamientos que quisiera expresar y qué le impedía empezar a hacerlo. Las pocas respuestas mostraban que conservaba palabras y conocimientos, sin permitirle entrar todavía en la experiencia que acompañaba a su inmovilidad. Para conocerla tuvo que esperar a que la propia paciente pudiera contar más.

La hemorragia había dañado zonas internas y superiores de la parte frontal del cerebro, entre ellas la corteza cingulada. Damasio relaciona ese daño con una pérdida del impulso que ayuda a iniciar y mantener la actividad mental. Para empezar una conversación, una persona necesita algo más que conocer las palabras con las que podría responder. Tiene que aparecer un asunto que le interese seguir y debe poder sostenerlo mientras decide decirlo. La señora T. conservaba algunas respuestas cuando el médico insistía, mientras que por su cuenta comenzaba muy pocas acciones.

Meses después, la señora T. comenzó a salir de aquel estado y fue respondiendo con mayor amplitud. Entonces pudo explicar que durante el tiempo anterior había tenido pocas cosas que quisiera decir. También recordaba una escasa preocupación por permanecer sin comunicarse. Su relato daba otra información sobre los mismos días que Damasio había observado desde fuera. El médico había visto a una mujer que apenas hablaba. Ella recordaba que apenas se le presentaban cosas que quisiera comunicar.

¿Podemos sentir dolor de una manera diferente?

El hombre que Antonio Damasio conoció durante sus prácticas evitaba moverse en la cama. Temía que cualquier movimiento desencadenara otro ataque de dolor y permanecía encogido, procurando impedir que empezara.

Sufría una neuralgia del trigémino. El nombre se refiere a un dolor relacionado con el nervio que transmite información de la cara al cerebro. En este trastorno, un roce puede desencadenar un dolor muy intenso. La posibilidad de que un gesto dé comienzo a otro ataque ayuda a entender por qué el paciente se mantenía casi inmóvil. El dolor que ya conocía también influía en lo que esperaba que pudiera ocurrir si se movía.

Damasio acompañaba al neurocirujano Almeida Lima, que iba a operar al hombre después de que los tratamientos disponibles hubieran sido insuficientes. Lima quería que el joven médico conociera al paciente antes de la intervención y pudiera ver después qué había cambiado. La operación fue una leucotomía prefrontal, una intervención cerebral que se utilizó históricamente en algunos casos de dolor resistente a los tratamientos.

Dos días después de la operación, ambos volvieron a la habitación y encontraron al paciente jugando a las cartas con un amigo. El hombre que antes se recogía en la cama estaba participando en una actividad con otra persona. Para saber qué había pasado con el dolor, Lima se lo preguntó. El paciente explicó que seguía sintiendo el mismo dolor y decía encontrarse bien.

La respuesta del hombre hacía necesario distinguir lo que reconocía en la cara y lo que estaba sintiendo al vivir con ello. El dolor seguía siendo reconocible para él y podía afirmar que persistía, mientras su atención y su conducta habían cambiado. Damasio interpretó aquella diferencia como una alteración de la reacción emocional asociada al dolor. La intervención parecía haber afectado al sufrimiento que lo acompañaba, según lo que contaba el paciente y la actividad que los médicos podían observar. Esa reacción emocional tiene una función protectora: el malestar puede dirigir la atención hacia lo que provoca dolor y favorecer que protejamos la zona afectada o intentemos corregir lo que está causando el daño.

¿Por qué una ganancia inmediata puede salir cara?

En la prueba de cartas, el participante tenía cuatro montones entre los que elegir. Cada vez que sacaba una carta recibía un resultado y podía volver a escoger de dónde quería sacar la siguiente. La partida avanzaba mediante esas elecciones sucesivas.

El objetivo era ganar dinero, pero al empezar se desconocía cómo se repartían los premios y las pérdidas. Había que ir descubriéndolo al jugar. Sacar una carta entregaba una ganancia y, en algunas jugadas, también había que devolver dinero. Para conservar un buen resultado, el participante necesitaba atender a lo que cobraba y a lo que iba perdiendo, utilizando esa experiencia antes de elegir de nuevo.

Los investigadores habían preparado dos clases de montones. En unos, las ganancias inmediatas eran grandes y las pérdidas acababan siendo tan costosas que, con la repetición de las jugadas, superaban a lo ganado. Los otros ofrecían premios menores y un reparto de pérdidas que dejaba un saldo más favorable. Sacar una carta de los montones con premios pequeños podía resultar menos atractivo en ese momento. Para preferirlos había que tener en cuenta lo que sucedía al continuar jugando, en lugar de atender únicamente al dinero que acababa de llegar.

El equipo de Antoine Bechara, en el que participaba Damasio, publicó el estudio en 1994. La prueba se había preparado para investigar una dificultad de algunos pacientes que conservaban capacidades intelectuales y, sin embargo, tomaban decisiones perjudiciales para su vida. Elegir entre los montones permitía observar una sucesión de decisiones con sus ganancias y sus costes. Como el equipo conocía cómo estaban repartidos, podía seguir lo que le ocurría al dinero de cada participante y relacionarlo con las cartas que iba eligiendo.

Al comparar a personas con lesiones en una zona frontal del cerebro con otras sin esas lesiones, el equipo encontró recorridos diferentes. Las personas del segundo grupo tendían a cambiar sus elecciones conforme acumulaban experiencia. Después de explorar los montones, iban prefiriendo los que dejaban un mejor saldo. El dinero perdido en otras jugadas contribuía a que renunciaran a los premios grandes cuando estos llevaban asociados costes mayores.

Los pacientes con lesiones en la región prefrontal ventromedial seguían otro recorrido. Esa región está situada en la parte interna e inferior de la zona frontal del cerebro. Durante la prueba, los pacientes continuaban eligiendo con frecuencia los montones que ofrecían premios grandes, a pesar de las pérdidas que perjudicaban su saldo. La dificultad aparecía al utilizar los resultados de las jugadas anteriores para orientar las siguientes. Cada pérdida les daba otra ocasión de cambiar de montón, pero seguían regresando a unas cartas que, al repetirse, les hacían perder dinero.

Damasio relaciona estos resultados con su hipótesis del marcador somático. Propone que algunas respuestas vinculadas a la emoción ayudan a dar valor a las consecuencias durante la elección. El recuerdo de una pérdida puede acompañarse de una señal desagradable al considerar de nuevo una opción, ayudando a que el coste anterior siga pesando frente al atractivo del premio.

¿Qué puede revelar el cuerpo mientras miramos una imagen?

El equipo de Damasio registró pequeñas variaciones de la piel mientras los participantes observaban unas imágenes. Los cambios podían ser demasiado pequeños para apreciarlos a simple vista, de modo que los investigadores necesitaban un aparato que los recogiera.

La medida utilizada se llama conductancia de la piel y permite seguir con qué facilidad pasa por ella una corriente eléctrica muy pequeña. Cuando cambia la actividad de las glándulas que producen el sudor, puede cambiar también ese paso. Unos electrodos colocados en la piel recogen la señal y la trasladan a un registro. El equipo podía saber cuándo había aparecido una imagen y examinar después qué había ocurrido en la señal corporal durante su observación.

En el estudio publicado en 1990, Antonio Damasio, Daniel Tranel y Hanna Damasio compararon a pacientes con lesiones frontales con personas sin esas lesiones. Entre las imágenes había escenas de contenido emocional y otras neutras. Al mirarlas en silencio, los participantes sin las lesiones mostraban una respuesta mayor ante determinadas escenas emocionales. En los pacientes, esa respuesta estaba muy reducida. El registro ofrecía una diferencia que debía explicarse, y para hacerlo era necesario comprobar qué comprendían de lo que veían.

Los pacientes podían reconocer el contenido de las escenas. Entendían qué aparecía en una imagen y disponían de conocimientos para hablar sobre ello, mientras la señal de la piel seguía siendo débil durante la observación en silencio. Esa combinación permitía estudiar por separado la comprensión de lo representado y una parte de la respuesta corporal que lo acompañaba. Si el paciente apenas hubiera reconocido lo que veía, la falta de comprensión habría dejado otra explicación pendiente. Al conocer el contenido de la imagen, el equipo podía investigar la diferencia en unas condiciones más precisas.

También necesitaba comprobar si la respuesta de la piel podía producirse ante otros estímulos. Una señal ausente en todas las pruebas habría planteado una dificultad distinta de la que aparecía solo al observar ciertas escenas. Los investigadores utilizaron estímulos como una palmada y observaron que los pacientes conservaban la capacidad de producir una respuesta. El organismo podía generar la señal que medía el aparato. La alteración se hacía visible al relacionar esa capacidad con la tarea de mirar las imágenes en silencio.

A partir de ahí, el equipo cambió la actividad que debían realizar los participantes. En otras condiciones se les pedía que describieran las imágenes o expresaran si les gustaban. Al trabajar de esa manera con el contenido, varios pacientes mostraron una respuesta mayor. Uno de ellos llegó a recuperar una respuesta que distinguía las imágenes emocionales de las neutras. Cuando ese paciente volvió a mirar en silencio, apareció de nuevo la dificultad para producir esa diferencia. El cambio de tarea permitía encontrar respuestas distintas en una misma persona, que conservaba la capacidad de comprender las escenas que se le presentaban.

¿Qué nos ayuda a elegir pensando en lo que vendrá?

Damasio imagina un negocio que necesita recuperarse. Para intentar conseguirlo, quienes trabajan en él tendrían que aceptar una reducción del sueldo y dedicar más horas al trabajo. La propuesta les pide asumir un esfuerzo desde el presente.

Cobrar menos dejaría menos dinero disponible y las horas añadidas reducirían el tiempo para otras actividades. Esos costes resultan cercanos porque empezarían a notarse en cuanto se aplicara la propuesta. La recuperación del negocio pertenece todavía al futuro. Quienes la consideran tienen que imaginar una mejora que aún está pendiente y compararla con un sacrificio que comenzaría antes de saber si dará resultado. El tiempo que tardara en llegar la mejora también cambiaría ese coste, porque el recorte de ingresos y el esfuerzo se irían acumulando mientras esperaran.

Al imaginar esa recuperación pueden empezar a sentir de manera favorable lo que supondría conseguirla. Damasio propone que esa respuesta ayuda a dar valor a la ventaja futura mientras se está tomando la decisión. Una mejora que todavía no existe llega a tener fuerza en el presente porque la persona puede representarse cómo sería alcanzarla. Esa fuerza puede hacer que dedique atención a una opción costosa y siga examinándola, aun reconociendo lo desagradable del esfuerzo inmediato.

El autor llama marcador somático a una señal que participa en esa valoración. Somático significa relativo al cuerpo. La hipótesis plantea que, al considerar una posibilidad, pueden activarse respuestas corporales o representaciones de esas respuestas en el cerebro. La opción queda acompañada de una señal favorable o desagradable, relacionada con lo que la persona ha aprendido y con las consecuencias que espera. En el negocio del ejemplo, Damasio habla de un marcador positivo porque la representación de una mejora contribuye a que la opción conserve atractivo durante la comparación.

Damasio propone dos caminos para la aparición de estas señales. En uno, el cuerpo cambia y el cerebro recibe información sobre ese cambio. En el otro, el cerebro activa una representación del estado corporal sin esperar a que el cuerpo complete todo el recorrido. Es como si recuperara la representación de una respuesta del cuerpo mientras se está considerando qué hacer. El autor denomina a este segundo camino circuito como si. La hipótesis incluye ambos caminos y contempla que esas señales puedan influir en una elección aunque la persona apenas llegue a advertirlas de forma consciente.

La valoración del futuro puede seguir interviniendo después de elegir. Trabajar más por menos dinero mantendría un coste durante el tiempo que durara el esfuerzo. La representación de lo que se quiere conseguir puede contribuir a sostenerlo mientras se busca la mejora. Damasio relaciona esa posibilidad con la voluntad: para continuar con una actividad penosa necesitamos que el resultado esperado conserve algún valor, aunque falte tiempo para alcanzarlo. Así intenta explicar una parte de lo que ocurre cuando una persona acepta una dificultad presente pensando en algo que vendrá después.

Que la recuperación resulte deseable deja pendiente saber cuánto fundamento tiene. El entusiasmo puede acompañar a una previsión bien apoyada o a una esperanza que carezca de medios para cumplirse. Para valorar la propuesta del negocio haría falta conocer qué dificultades lo han llevado a esa situación, cómo ayudarían las horas añadidas y cuánto tiempo podrían asumir las personas el recorte de sus ingresos.

¿Cómo podemos comprobar una corazonada?

Una experiencia desagradable puede volver a sentirse al considerar una decisión parecida. Ese malestar puede llevarnos a mirar con más cuidado una parte del problema, como ocurre cuando recordamos una avería al estudiar la compra de otra máquina. Para saber qué hacer con la preocupación, necesitamos identificar qué sucedió entonces y si las condiciones que lo hicieron posible siguen presentes.

Pensar rápido, pensar despacio, de Daniel Kahneman, ayuda a examinar la confianza que concedemos a una primera impresión. Podemos aprender a prever mejor un resultado cuando encontramos situaciones que se repiten y después sabemos con suficiente rapidez si hemos acertado. Esa repetición permite corregir las expectativas que fallan. Si el resultado depende de muchas circunstancias que desconocemos, una sensación de seguridad puede crecer sin que hayamos aprendido a preverlo bien. La participación de la emoción que estudia Damasio y la fiabilidad de lo que creemos saber plantean así dos preguntas que conviene examinar durante la misma elección.

Aspecto El error de Descartes Pensar rápido, pensar despacio
Pregunta Cómo una posibilidad llega a tener valor para quien decide Qué información sostiene el juicio que hemos formado
Participación de la experiencia Lo vivido puede influir en la reacción ante una opción La experiencia ayuda cuando permite aprender de resultados reconocibles
Qué queda por comprobar Qué resultado estamos imaginando y por qué lo deseamos o tememos Si las condiciones actuales permiten confiar en lo que hemos aprendido

La preocupación empieza a orientar una comprobación cuando conseguimos decir qué nos preocupa. Recordar que una máquina estuvo parada varios días puede llevarnos a preguntar por la reparación y los recambios. Con esas respuestas podremos averiguar si la nueva compra mantiene el riesgo que recordábamos o si ahora existen medios para resolverlo antes. Lo vivido ha ayudado a localizar una dificultad, y la información actual permite estudiarla en las condiciones de la compra que tenemos delante.

Una compra que recuerda una avería

Imaginemos a dos socios que necesitan sustituir una máquina de su taller y están comparando dos ofertas. Una les atrae por el precio, pero a uno de ellos le preocupa que se repita lo que ocurrió con otra máquina de la misma marca. Empiezan a hablar de aquella avería para averiguar qué necesitan comprobar antes de comprar.

—Me cuesta elegir esta marca después de los días que estuvimos parados con la otra máquina.

—¿Te preocupa que vuelva a estropearse la misma pieza?

—Me preocupa, sobre todo, quedarnos esperando el recambio. La reparación fue corta cuando por fin llegó.

—Entonces necesitamos saber si el vendedor tiene aquí esa pieza. En la oferta aparece la garantía, pero todavía no sabemos cuánto tardarían en repararla.

—Pregunta también quién viene al taller. La otra vez llamamos al vendedor y él nos mandó a otro servicio. Cuando conseguimos hablar con el técnico, tuvimos que empezar a explicarle la avería.

—Voy a pedirles que nos indiquen por escrito qué servicio nos atendería y qué recambios tienen disponibles.

—Si tenemos esas condiciones, podremos compararlas con las de la otra máquina. El precio por sí solo deja fuera los días que podríamos perder si se para.

Las condiciones que reciban tendrán que incluirse en el coste de la compra. Una reparación más lenta puede dejar encargos pendientes durante días, mientras el taller sigue pagando sus gastos. Comparar las dos ofertas requiere conocer también qué atención recibirían después de comprar cada máquina.

Ramon Calatayud
Autor:
-Consultor editorial-

Escritor de novelas y profesional del mundo editorial desde hace más de 15 años. En este sector ayuda profesionalmente a escritores y guionistas de todo el mundo además de ayudar a diseñar estrategias de ventas.

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