La semana laboral de 4 horas, de Timothy Ferriss.

ÍNDICE

La semana laboral de 4 horas

La semana laboral de 4 horas, de Timothy Ferriss, propone revisar cómo se organiza el trabajo para depender menos de la intervención continua de quien dirige un negocio. En el sector editorial, esa revisión afecta a la entrada de encargos, las consultas de los autores y las decisiones que detienen una publicación mientras esperan una respuesta. Conocer qué necesita cada tarea permite valorar cuáles deben mantenerse y cómo atenderlas.

La propuesta combina la definición de objetivos, la eliminación de actividades prescindibles, la automatización y una mayor libertad respecto al lugar de trabajo. Son los cuatro pasos del método DEAL. Para una escritora o una correctora, su aplicación puede empezar por algo concreto, como reservar dos tardes para un manuscrito y organizar los encargos que permiten sostener ese tiempo.

El título se refiere a una dedicación semanal de cuatro horas. Alcanzar esa cifra depende de las condiciones de cada actividad, por lo que conviene examinar qué trabajo se está contando. Una persona puede reducir la administración, encargar tareas a un equipo o dedicar más horas a escribir por elección. Cada cambio tiene un efecto diferente sobre su agenda y sobre la de quienes colaboran con ella.

Al preparar un libro, la revisión del texto y los acuerdos con el autor siguen formando parte del trabajo necesario. La organización puede retirar informes duplicados, reunir consultas y aclarar quién aprueba cada archivo. Los ejemplos editoriales que se desarrollan aquí son aplicaciones propuestas para examinar esas decisiones. Los casos identificados como documentados proceden de intervenciones y entrevistas de Ferriss, con sus fuentes enlazadas.

Ficha técnica del libro

Título: La semana laboral de 4 horas.

Autor: Timothy Ferriss, también conocido como Tim Ferriss.

Título original: The 4-Hour Workweek: Escape 9–5, Live Anywhere, and Join the New Rich.

Primera publicación del original: 2007. Edición ampliada: 2009.

Edición española de referencia: RBA Libros, 2016, tapa blanda.

Extensión e ISBN de esta edición: 480 páginas · 9788490567470.

Temas: gestión del tiempo, organización del trabajo, delegación, automatización y autonomía.

Consulta del libro: Ver La semana laboral de 4 horas en Amazon.

Cómo organizar los encargos y reservar tiempo para escribir

¿Qué trabajo quieres conservar cuando intentas trabajar menos?

Reducir la gestión de un negocio puede dejar más tiempo para el oficio que te interesa. Una correctora que quiere terminar su novela quizá desee mantener la lectura de originales y cambiar la forma en que prepara presupuestos o atiende consultas. Esas tareas ocupan su agenda por motivos diferentes.

La fase de definición del método DEAL sitúa esa elección antes de reorganizar tareas. Para una profesional que desea escribir, consiste en precisar qué espacio necesita su manuscrito dentro de la semana y qué parte de su actividad remunerada quiere conservar.

Para esa correctora, el objetivo podría ser disponer de dos tardes para escribir y conservar unos encargos que le permitan sostener sus gastos. A partir de ahí, puede revisar qué le impide reservarlas. Si ha prometido entregar tres revisiones esa semana, tendrá que mantener sus compromisos y ajustar la entrada de nuevos textos. Responder más deprisa a los correos apenas cambiará una carga de trabajo que ya ocupa todas las tardes.

La correctora podría comunicar que durante el próximo mes aceptará menos originales y acordará sus fechas antes de empezar, mientras mantiene el calendario de los trabajos contratados. Esa previsión permite organizar la entrada de encargos sin trasladar los retrasos a quienes ya esperan una entrega.

También necesita identificar qué ocurre al terminar cada sesión de lectura. Si todas desembocan en consultas sin una duración prevista, el problema seguirá ocupando las tardes reservadas. Anotar qué preguntas se repiten y cuáles requieren volver al texto le dará una base para preparar mejor el siguiente presupuesto.

Para conservar la lectura de originales, también podría encargar la preparación de presupuestos y el seguimiento de las entregas. Antes tendría que calcular el coste y el tiempo de dar instrucciones. Así compararía esa ayuda con aceptar menos textos, según las tardes que cada opción deje disponibles para su novela.

Ejemplo: una traductora compara dos encargos con todas sus horas

Pensemos en una traductora llamada Nuria que está valorando dos encargos. Uno consiste en traducir el catálogo de un museo y el otro, un libro ilustrado. La cantidad ofrecida por el segundo es mayor, pero también incluye más reuniones y la revisión de las páginas después de maquetarlas.

Para comparar los encargos, utilicemos las cifras hipotéticas de la tabla. Los costes directos son los gastos asociados a cada proyecto. La cantidad que queda tras descontarlos todavía debe contribuir a cubrir gastos generales e impuestos, por lo que el resultado por hora propia no equivale a un sueldo neto.

Comparación de dos encargos con cifras hipotéticas

Concepto Catálogo del museo Libro ilustrado
Importe del encargo 1.200 € 1.600 €
Costes directos 200 € 400 €
Cantidad tras costes directos 1.000 € 1.200 €
Horas propias totales 25 h 40 h
Cantidad por hora propia 40 €/h 30 €/h

La distinción entre ingreso absoluto e ingreso relativo, que Ferriss recupera en su conversación con Cal Newport, permite mirar el dinero junto con la dedicación que exige. El libro ilustrado dejaría a Nuria 200 euros más después de los costes directos y necesitaría quince horas adicionales. Esas horas también tienen que caber en su calendario.

Para que el cálculo le sirva, Nuria necesita contar también la preparación del presupuesto y las consultas. Si registra únicamente las horas en las que traduce, el encargo con más coordinación parecerá menos exigente de lo que realmente es.

Si todavía desconoce cuántas rondas de cambios tendrá el libro, puede pedir que se concreten antes de cerrar el presupuesto. Con la entrega definida, podrá estimar la dedicación y revisar el cálculo cuando termine. Una diferencia entre las horas previstas y las reales le servirá para preparar el siguiente encargo parecido.

Puede seguir prefiriendo el libro ilustrado porque le interesa el proyecto o porque abre una colaboración que valora. En ese caso sabrá que está reservando más horas para él. Antes de aceptar, le queda comprobar si esas horas caben junto a las entregas que ya tiene comprometidas.

¿Qué necesitas comprobar antes de reducir tus encargos?

Antes de dejar de aceptar trabajo para terminar un libro, conviene distinguir qué ingresos tienes confirmados y qué parte esperas conseguir. Una factura pendiente de cobro, un presupuesto aceptado y una conversación sobre un posible encargo ofrecen certezas diferentes.

El ejercicio de examinar los temores que propone Ferriss ayuda a descomponer esa decisión. En su desarrollo de 2017, invita a describir qué podría salir mal, cómo reducir o reparar el daño y qué costaría seguir aplazando el cambio. Es una pauta de reflexión para identificar preguntas pendientes.

Pensemos en una escritora que quiere reservar un mes para su ensayo. «Me quedaré sin trabajo» expresa su preocupación, pero deja pendiente saber qué teme perder exactamente.

Puede temer que un cliente habitual busque a otra persona, cobrar tarde una entrega o descubrir que el manuscrito exige otros dos meses. Cada posibilidad pide una preparación distinta. La escritora podría consultar al cliente cuándo necesitará el siguiente texto y conservar el encargo que ya ha aceptado. Para el ensayo, le serviría revisar qué capítulos tienen documentación pendiente antes de reservar el mes entero. Así sabrá qué parte puede escribir con la información que ya tiene.

Mantener la situación también consume tiempo. Si el ensayo ocupa todos sus fines de semana, ese esfuerzo debe entrar en la comparación, junto con las responsabilidades que comparte con otras personas. Antes de reservar el mes, necesita comprobar cuándo espera cobrar los trabajos confirmados y qué gastos seguirán llegando durante la pausa.

Una semana dedicada al capítulo mejor documentado sería una prueba más pequeña. Al terminar, tendría una parte escrita y una referencia sobre las dificultades que han aparecido. Con esos datos podrá calcular el siguiente tramo, sin comprometer por adelantado todo el mes.

Cómo aplicar el 80/20 a las tareas y al catálogo editorial

Ejemplo: un copywriter revisa una tarea antes de encargarla a un asistente

Imagina que Gabriel escribe anuncios para una empresa de rutas turísticas. Cada viernes prepara una presentación con capturas de todas las campañas, incluidas las que ya han terminado. Quiere encargarla a un asistente para recuperar esa mañana. Al preguntar al cliente cómo la utiliza, descubre que solo consulta los anuncios activos para comprobar fechas y plazas. Las campañas anteriores ya están guardadas en el archivo compartido.

La revisión de Gabriel sigue el orden de eliminar antes de automatizar. En una entrevista con Journal du Net, Ferriss explica que el objetivo y el examen de las tareas deben preceder al recurso a un asistente. Aquí, preguntar cómo se utiliza el informe permite concretar qué trabajo merece conservarse.

Gabriel propone entregar los enlaces a los anuncios activos e indicar qué datos debe confirmar el cliente. La revisión de fechas sigue existiendo, mientras desaparece la preparación de diapositivas ya archivadas. Antes de cambiar el informe, pregunta si otro departamento utiliza las capturas. Si las necesita para justificar una campaña, tendrá que conservar su acceso al archivo.

La primera entrega con el formato nuevo puede hacerse sobre una semana concreta. Gabriel y el cliente comprobarían si todos los anuncios activos están localizados y si resulta sencillo señalar una fecha incorrecta. Si falta un dato que sí aparecía en las diapositivas, tendrán que incorporarlo al registro antes de retirar el informe anterior.

Con ese uso aclarado, puede preparar el encargo que queda. El asistente reuniría los enlaces y Gabriel revisaría los textos después de recibir las fechas confirmadas. El presupuesto incluiría esa preparación y las consultas necesarias para aprender el procedimiento. Se contrataría la tarea que sigue haciendo falta, en lugar de reproducir todo el informe por costumbre.

¿Cómo aplicar el 80/20 a un catálogo sin abandonar los libros que empiezan?

Un libro recién publicado y otro que lleva años en catálogo han tenido oportunidades distintas para encontrar lectores. Comparar sus ventas del último mes puede servir para preparar una reposición, pero deja información pendiente cuando la decisión es dónde mantener el esfuerzo comercial.

El principio 80/20 invita a buscar una posible concentración de resultados en una parte de las actividades. Ferriss lo utiliza para seleccionar dónde dedica su atención. La proporción funciona como una pregunta sobre el negocio y debe comprobarse con sus datos, porque los porcentajes pueden ser diferentes.

Al comparar los resultados, la editorial puede incorporar el trabajo que exige cada título. Una campaña con muchas ventas podría consumir también una atención extraordinaria. Revisar devoluciones, gestiones y horas de promoción ayuda a conocer cuánto trabajo acompaña a esos ingresos.

Una revisión del catálogo puede empezar por una promoción semanal cuyo propósito nadie ha concretado. Si el objetivo es facilitar reposiciones, interesa observar los pedidos de las librerías. Si se busca presentar una novedad a nuevos lectores, habrá que valorar el lanzamiento con esa finalidad y con el tiempo previsto para darlo a conocer.

También tendrá que respetar el momento de cada libro. Un resultado inicial pequeño no borra las presentaciones incluidas en su lanzamiento. El equipo puede revisar ese plan con el autor y comentar los cambios necesarios. En un título que lleva años vendiéndose, quizá la tarea prioritaria sea más sencilla: conservar existencias y facilitar que las librerías lo repongan cuando se agote.

Las ventas en euros tampoco permiten comparar por sí solas dos formatos. Una edición ilustrada puede facturar más y tener costes de producción mayores. Antes de trasladar todo el presupuesto a ese título, el editor necesita relacionar las ventas con los ejemplares devueltos, el coste de producirlos y la atención comercial que han requerido.

Al preparar la siguiente reposición, conviene comprobar también qué títulos estuvieron agotados durante el periodo analizado. Sus ventas reflejan los ejemplares que pudieron comprarse. Antes de reducir su presencia en el catálogo, falta comprobar si hubo pedidos que quedaron sin atender.

Ejemplo documentado: Ferriss cambia la atención que dedica a sus clientes

En su intervención de SXSW de 2007, Ferriss contó que unas pocas cuentas mayoristas concentraban gran parte del beneficio de su negocio. Dejó de perseguir comercialmente a otras que seguían pudiendo comprar. También relató que pidió un trato sin insultos a dos clientes importantes. Según su testimonio, uno se marchó y el otro cambió su conducta. El caso describe cómo repartió su atención y qué respuesta recibió en esas relaciones concretas.

En un servicio editorial, esa revisión requiere conocer por qué se acumulan las consultas. Un presupuesto confuso puede generar preguntas que desaparecerían si la entrega estuviera bien descrita.

Otro caso sería el de un autor que entiende el acuerdo y pide revisiones que quedaron fuera. El profesional puede señalar el trabajo incluido y presupuestar la ampliación antes de realizarla. La colaboración podría continuar con esas condiciones, o el autor podría rechazarlas. Para decidir cómo responder, hace falta distinguir una oferta mal explicada de una discrepancia sobre lo contratado.

Supongamos que el presupuesto incluye una revisión de estilo y el autor entrega después un capítulo nuevo. Ese texto tiene una extensión y unas necesidades que todavía deben valorarse. En cambio, una duda sobre una modificación realizada durante la revisión pertenece a la atención prevista para explicar ese trabajo. Describir ambas situaciones evita tratar cualquier consulta como un encargo adicional.

Si varios autores repiten la misma pregunta, merece la pena incorporarla a la explicación inicial. En el siguiente encargo, el profesional podrá observar si esa aclaración evita parte de las consultas y cuánto tiempo sigue requiriendo la atención que ha ofrecido.

Plazos de revisión y documentación de un manuscrito

¿Cuándo ayuda un plazo corto y cuándo estropea la revisión?

Una decisión sobre un título puede alargarse porque siempre cabe proponer otro. La revisión de una novela puede necesitar más tiempo porque una contradicción obliga a releer capítulos anteriores. Acortar ambas tareas de la misma manera dejaría sin atender la diferencia entre ellas.

La ley de Parkinson, utilizada por Ferriss, describe la tendencia de una tarea a extenderse con el tiempo disponible. Sirve para revisar decisiones que se prolongan sin nuevos criterios, pero el plazo también debe permitir completar las comprobaciones necesarias.

En una sesión de trabajo se puede elegir entre los títulos ya preparados y dejar anotado por qué se ha escogido uno. La comprobación de nombres y fechas del manuscrito conservaría su tiempo de revisión. El equipo sabría qué decisión ha quedado resuelta y qué trabajo sigue pendiente.

Aplicar un límite a una revisión exige precisar qué debe quedar terminado. Preparar una propuesta, recibir comentarios y aprobar las pruebas de imprenta son entregas diferentes, cada una con su trabajo pendiente. Si todo figura como «terminar el libro», una consulta sobre el argumento puede mezclarse con una decisión sobre el diseño. Separarlas permite saber cuál admite una sesión breve y cuál exige volver al manuscrito.

Para una corrección completa, el avance necesita relacionarse con las páginas realmente revisadas. Encontrar muchos fallos en un capítulo puede justificar una segunda lectura de ese tramo, sin convertir las páginas restantes en prescindibles. El registro de dudas debe acompañar al texto hasta que cada cambio que afecta a la continuidad esté comprobado.

Cuando aparece una contradicción que afecta a varios capítulos, el editor debe calcular su alcance antes de mantener la fecha. Puede mover una entrega posterior o reducir una tarea opcional. Lo que debe evitar es dar por revisadas páginas que todavía necesitan esa comprobación.

Ejemplo: una guionista acota la investigación de una escena

Pensemos en Lara, una guionista que prepara una historia ambientada en un puerto. Necesita averiguar si su personaje podría embarcar la misma mañana en que llega. Durante la búsqueda encuentra fotografías de almacenes, relatos de comerciantes y planos de barcos. La carpeta crece, mientras la pregunta sobre el viaje sigue abierta.

La dieta hipoinformativa es la selección de información que Ferriss propone dentro de la fase de eliminación. Aplicada a esta escena, permite separar la documentación que resuelve el embarque del material que Lara conserva por otros motivos.

La consulta requiere conocer la época, el trayecto y las condiciones del embarque. Encontrar un horario sería insuficiente si el personaje necesitara comprar el pasaje con antelación. Lara debe relacionar la documentación con la secuencia que está preparando. Una fuente que obligue a retrasar la salida afectará también a lo que sucede después, de modo que esa búsqueda sí modifica el guion.

Lara puede dejar por escrito que necesita comprobar cuándo salían los barcos de ese trayecto y si había que reservar el pasaje. Junto a la respuesta anotará la fuente y el periodo al que corresponde. Las fotografías del almacén siguen disponibles para la descripción, con una función distinta de la información sobre el viaje.

Lara puede seguir investigando cuando una fuente abra una duda relevante. El límite está en qué necesita saber para escribir esa secuencia con fundamento. Si la documentación disponible resulta insuficiente, tendrá que cambiar el episodio o mantenerlo pendiente, en lugar de rellenar el dato con una suposición.

Las crónicas que le apetezca leer por placer pueden conservar su espacio fuera de esa búsqueda. Si alguna aporta un detalle útil para el guion, Lara lo incorporará después de comprobar su procedencia. La lectura personal puede ampliar sus referencias sin que cada página tenga que resolver el desplazamiento del personaje.

¿Cómo agrupar consultas sin dejar a otra persona esperando?

Reunir las dudas sobre un manuscrito puede ahorrar conversaciones, siempre que el trabajo pueda continuar mientras llegan las respuestas. Una consulta sobre el criterio de las cursivas y la autorización que necesita la imprenta antes de fabricar los ejemplares tienen consecuencias distintas si se aplazan.

Ferriss publicó en 2007 el testimonio de Tim Duke, un lector que había comunicado dos momentos de consulta del correo y ofrecía el teléfono para asuntos urgentes. El cambio incluía una forma de atender las excepciones, algo necesario para entender cómo había organizado su disponibilidad.

Una editorial puede aplicar ese criterio sin copiar sus horarios. La correctora reuniría las dudas que admiten espera y señalaría aparte la que detiene el trabajo. El editor sabría qué respuesta falta y qué entrega depende de ella. Tendrían que reservar también tiempo para contestar: revisar las preguntas al terminar la tarde puede ser demasiado tarde si la maquetadora las necesita para cerrar el archivo esa mañana.

En una consulta que bloquea la entrega, la correctora puede identificar el fragmento, explicar la duda y señalar qué necesita recibir para continuar. Si incluye también cuándo hace falta la respuesta, el editor podrá relacionarla con el calendario. El asunto del mensaje deja así de ser una petición genérica de atención y permite reconocer la tarea detenida.

Algunas consultas pueden resolverse para todo el manuscrito. Si varios capítulos plantean la misma duda sobre cursivas, un criterio escrito evita repetir la pregunta en cada página. Las excepciones que afecten al sentido del texto seguirán necesitando una valoración particular.

Cómo delegar tareas en una editorial con instrucciones claras

¿Qué debe saber una maquetadora para avanzar sin preguntarlo todo?

«Maqueta el libro como el anterior» deja abierta una decisión si el nuevo original contiene notas y el anterior carecía de ellas. La maquetadora necesita otra referencia para resolverlas.

Las plantillas de Ramit Sethi publicadas en la web de Ferriss distinguen el resultado que se pide, los requisitos y las preferencias. Esa separación ayuda a preparar un encargo de maquetación, donde algunas decisiones ya están aprobadas y otras todavía necesitan una propuesta.

La nota de trabajo podría identificar el original fechado el lunes, pedir que se conserve la jerarquía de títulos del libro anterior y solicitar una muestra que incluya notas. Antes de componer el resto, el editor y la maquetadora revisarían esa muestra para acordar cómo resolverlas.

La muestra debe contener aquello que puede generar dudas. Elegir únicamente páginas sencillas dejaría sin comprobar las notas, las tablas o los títulos largos que aparecen después. Ese primer trabajo forma parte del encargo y merece tiempo de revisión. Si el editor detecta un problema, todavía puede explicar el cambio antes de que la maquetadora lo repita en todo el libro.

La dificultad de dar por sabida esa información aparece en Ideas que pegan con la maldición del conocimiento. El editor recuerda acuerdos de otros libros que la maquetadora quizá desconozca. Adjuntar una página de referencia y explicar qué debe conservar de ella permite llevar ese conocimiento al encargo.

También importa distinguir un requisito de una preferencia. El formato exterior puede estar aprobado y ser obligatorio, mientras la tipografía de las notas todavía admite propuestas.

Al responder sobre la muestra, el editor debe señalar qué conserva y qué modifica. Si las notas siguen sin convencerle, puede describir qué dificulta su lectura. La maquetadora tendrá una indicación que aplicar, en lugar de intentar adivinar qué significa «dale otra vuelta».

Ejemplo documentado: Ferriss da margen para resolver incidencias

En su entrevista con Derek Sivers, Ferriss explicó que muchas consultas de su equipo pedían permiso para resolver problemas. Estableció un límite económico por debajo del cual los responsables podían decidir y les pidió que registraran lo que hacían. El cambio afectó al margen de decisión de quienes ya atendían esas incidencias.

Ese margen necesita unas condiciones comprensibles. En la atención a pedidos editoriales, interesa saber qué solución está autorizada, qué información debe quedar registrada y qué situaciones requieren otra valoración. Las condiciones tienen que estar disponibles para la persona que recibe la consulta.

En una aplicación propia, quien atiende los pedidos podría tramitar la reposición de un ejemplar que llega dañado. Necesitaría comprobar el pedido, conocer la solución autorizada y registrar el motivo. También debería saber qué hacer si el lector rechaza esa solución. Con esas indicaciones puede responder desde el primer contacto y reconocer cuándo necesita ayuda.

El dinero tampoco resuelve todas las clasificaciones. Una queja sobre el contenido de una página necesita otra revisión, incluso cuando el lector no pide ninguna compensación.

Ejemplo de criterios para atender incidencias de pedidos

Situación Actuación prevista Cuándo consultar
Ejemplar dañado Comprobar el pedido y tramitar la reposición autorizada. El lector rechaza la solución o falta información.
Daños que se repiten Resolver cada pedido y reunir los registros del problema. Hay indicios de un fallo de embalaje o transporte.
Queja sobre el contenido Recoger el pasaje señalado y trasladarlo al responsable editorial. Antes de dar por resuelta la valoración del texto.

El registro permite observar también los problemas que se repiten. Si varias reposiciones se deben a daños similares, el responsable puede revisar el embalaje o el envío con el proveedor. La información recogida al resolver cada pedido serviría para investigar una causa que afecta a más clientes.

¿Cuándo delegar una tarea cambia el servicio que has prometido?

Quien paga una tutoría de escritura con una editora determinada puede estar contratando su lectura del manuscrito. Otra persona puede organizar la cita o preparar los archivos. Encargarle también el comentario literario cambia una parte de lo que el autor esperaba recibir.

Al revisar el libro con Cal Newport en 2022, Ferriss reconoció que algunas relaciones y contratos de su antigua empresa dependían de él. La presencia de colaboradores había permitido repartir tareas, mientras esas relaciones seguían vinculadas a su participación. En un servicio editorial, conocer esa dependencia permite decidir qué intervención puede asumir otra persona.

En la tutoría, el asistente podría organizar la cita y reunir las preguntas. La lectura y el comentario seguirían correspondiendo a la editora que figura en la propuesta.

La oferta puede ser distinta: un equipo que reparte las lecturas según el género. En ese caso, interesa explicar quién asigna cada manuscrito y con quién hablará el escritor. Esa organización puede resultar útil para atender más encargos. También permite que el autor decida si le sirve una valoración del equipo o si buscaba específicamente la lectura de una profesional cuya manera de trabajar ya conoce.

Para comparar las dos modalidades, el escritor necesita conocer la entrega. Una tutoría puede incluir una conversación sobre el fragmento leído, mientras un informe del equipo puede aportar observaciones escritas sobre el conjunto. Explicar quién realiza cada parte y qué recibirá el autor ayuda a valorar el servicio antes de contratarlo.

Cuando se revise el reparto de tareas, la descripción del servicio debe revisarse con él. Una página que conserva el nombre de la editora en todas las intervenciones seguirá generando esa expectativa. El autor necesita conocer la participación de cada persona antes de reservar.

Cómo probar un curso y mantener una guía digital

Ejemplo: una correctora prueba un taller antes de grabar el curso completo

Imaginemos que una correctora quiere preparar un curso sobre revisión de diálogos. Tiene material para varias sesiones, pero todavía desconoce qué parte interesará a quienes empiezan a escribir. Antes de grabarlo entero, propone un taller breve con una fecha, un programa y un precio definidos.

El libro separa la búsqueda de un producto de su prueba comercial. En este caso, el taller permite ofrecer una parte completa y observar cómo se recibe antes de producir todas las sesiones. La primera oferta ya necesita tener una entrega que la correctora pueda cumplir.

La propuesta podría describirse así: «Revisaremos los cambios de interlocutor en un diálogo y practicarás con un fragmento. La sesión incluye comentarios sobre ese ejercicio. La corrección de tu manuscrito completo queda fuera del taller». Es una formulación propia para hacer visible la entrega.

Las inscripciones informarán sobre el interés por esa propuesta, con ese precio y en esa fecha. Durante el taller, la correctora puede observar cómo utilizan los participantes la explicación al revisar un fragmento. Si todos necesitan una aclaración previa, sabrá qué parte debe preparar mejor. También conviene anotar cuánto tiempo exige comentar cada ejercicio, porque esa atención forma parte del trabajo que acaba de ofrecer.

En Piénsalo otra vez trabajamos la conveniencia de fijar qué información permitiría revisar una idea antes de ponerla a prueba. La correctora puede decidir que observará si los alumnos identifican los cambios de interlocutor en un fragmento nuevo y cuánto apoyo necesitan. Así podrá valorar el aprendizaje junto con las inscripciones.

Si apenas hay inscripciones, tendrá que revisar qué información tiene antes de descartar el curso. Un horario difícil, una explicación imprecisa de la sesión o una difusión escasa pueden haber limitado la prueba. El siguiente intento debería resolver una de esas dudas y conservar las condiciones que permitan comparar lo ocurrido.

Si decide grabar el curso, tendrá que distinguir las explicaciones que sirven para todos de los comentarios particulares. Podrá incluir ejemplos resueltos y reservar la revisión individual para otra modalidad, siempre que describa esa diferencia al presentar la oferta.

¿Cuánto trabajo queda después de publicar una guía digital?

Una guía digital puede venderse varias veces y seguir generando consultas. El archivo se entrega de nuevo, pero quizá un comprador necesite ayuda para abrirlo o encuentre una instrucción que ya ha cambiado. Ese trabajo posterior debe contarse al preparar la oferta.

Ferriss llama «musa» al negocio o producto pensado para generar ingresos con poca intervención continuada de su propietario. Aquí la palabra designa una forma de organizar la actividad. En el caso de una guía, interesa contar tanto la creación del material como el mantenimiento y la atención que seguirá requiriendo.

Pensemos en una autora que publica una guía para preparar fotografías de productos. Los apartados sobre cómo organizar una sesión pueden conservar su utilidad durante más tiempo que las capturas donde explica los botones de un programa. Antes de ofrecer actualizaciones, tendrá que identificar de qué cambios depende el material. Puede que una modificación requiera sustituir una imagen o que obligue a rehacer todo el procedimiento descrito.

La atención posterior tiene su propio alcance. Resolver un fallo del archivo es diferente de revisar las fotografías de cada comprador. Esa revisión individual añade trabajo a cada venta.

La autora puede llevar un registro de consultas por edición. Si varias personas tropiezan con la misma instrucción, revisar ese apartado podría evitar nuevas dudas. Si las consultas piden una valoración de imágenes particulares, el trabajo seguirá dependiendo de cada comprador y necesitará un tiempo previsto para atenderlo.

Si el precio incluye actualizaciones, la autora debe contar esas horas cuando calcule qué le deja la guía. Una campaña puede terminar y seguir pendiente la revisión de instrucciones para quienes ya compraron. Antes de publicar otra edición, necesita comprobar qué mantenimiento ha ofrecido a esos lectores y cómo lo atenderá.

Ejemplo documentado: Ferriss compara títulos mediante anuncios

Para escoger el título de su libro en inglés, Ferriss comparó distintas opciones mediante anuncios de Google. En su entrevista con Derek Sivers explicó que utilizó títulos como encabezados y subtítulos como texto de los anuncios. La comparación atendía a la tasa de clics, sin medir compras.

La opción elegida fue The 4-Hour Workweek. Ferriss planteó comparar alternativas que el creador estuviera dispuesto a aceptar, de modo que la prueba ayudara a escoger entre propuestas ya consideradas válidas.

Podemos trasladar el criterio a un recetario hipotético. Sus platos se preparan con antelación y se terminan al volver a casa. El editor podría valorar «Cenas listas al volver» o «Cocina hoy para mañana». Ambos títulos destacan una parte del contenido. En cambio, una promesa de cocinar todo en cinco minutos necesitaría estar respaldada por las recetas antes de entrar en la comparación.

El artículo de Comerciantes de atención permite ampliar la diferencia entre atraer un clic y satisfacer la expectativa creada. En el recetario, una visita al anuncio informa sobre esa primera reacción. Para saber si el título describe bien las recetas, el editor tendrá que contrastarlo con su contenido y con lo que los lectores han entendido.

Después del primer contraste, el editor puede preguntar qué espera encontrar una persona al leer cada opción. Quizá una le haga pensar en platos rápidos y la otra, en organizar varias comidas.

Esas respuestas permiten revisar cómo se presenta el mismo recetario. El subtítulo puede aclarar qué parte se prepara antes y cuánto queda por hacer al llegar a casa. La prueba comercial ayudaría a escoger entre versiones que ya describen el libro con precisión.

Automatización editorial y trabajo a distancia

Ejemplo: un envío automático utiliza una versión antigua del manuscrito

Supongamos que una editorial programa el envío de una novela a quien preparará la maqueta. El autor entrega una corrección posterior y el editor la aprueba. El sistema toma el archivo de la carpeta prevista, donde sigue guardada la versión anterior.

El sistema ha enviado lo que tenía indicado. Para reparar el problema, hay que localizar la versión aprobada y comprobar por qué seguía usando la copia anterior.

El caso aplica la automatización al envío de archivos, una tarea concreta dentro del trabajo editorial. El permiso para enviar y la aprobación del contenido deben quedar relacionados. Programar el mensaje resuelve su salida, mientras la elección del original válido sigue necesitando un criterio de edición.

La editorial podría separar las copias en revisión de los originales preparados para maquetar. Cuando llegue una modificación, el responsable decidirá si sustituye la entrega prevista o si se incorporará después. Si aprueba el cambio inmediato, tendrá que dejar esa versión en la ubicación que utiliza el envío. La decisión debe llegar hasta el archivo, en lugar de quedarse en un correo donde el editor responde que está de acuerdo.

Conviene que cada entrega permita reconocer la obra, su versión y su estado de aprobación. Si el autor sigue enviando cambios, el editor tendrá que decidir cuándo cierra esa fase y qué modificaciones se incorporarán en pruebas. La carpeta de envío debe reflejar esa decisión para que una copia reciente todavía sin revisar tampoco se confunda con la válida.

Si la versión antigua ya ha salido, conviene avisar a la maquetadora y comprobar qué parte ha compuesto. Quizá necesite rehacer algunas páginas. La sustitución del adjunto resuelve el acceso al original correcto, pero deja pendiente acordar el trabajo que produjo el error.

La siguiente prueba debe comprobar qué manuscrito recibe la maquetadora y si coincide con la aprobación del editor. Abrir ambos archivos permite detectar una diferencia que el aviso de correo entregado no muestra.

¿Qué tendría que funcionar si el editor se ausenta una semana?

Un editor puede dejar repartidos todos los encargos antes de ausentarse y conservar en su correo la información necesaria para terminarlos. El equipo tendría las tareas, pero seguiría dependiendo de él.

La gestión por ausencia figura entre los temas de automatización del libro. Consiste aquí en comprobar qué necesita el equipo para seguir trabajando durante una ausencia prevista y qué decisiones siguen dependiendo del responsable.

La comprobación puede empezar por las entregas de esa semana. Quien enviará el libro a imprenta necesita localizar la aprobación del archivo. Quien atenderá a un autor debe conocer qué se le ha prometido. Algunas respuestas estarán en conversaciones privadas del editor con el proveedor. Antes de marcharse, tendrá que trasladar los acuerdos necesarios a las personas encargadas, respetando el acceso que corresponde a cada una.

Una nota propia podría indicar: «La cubierta está aprobada y el archivo válido se encuentra en la carpeta de imprenta. Queda pendiente confirmar la fecha de entrega con el proveedor. Esa confirmación debe comunicarse a la librería que organiza la presentación».

Durante una ausencia breve, el equipo puede registrar qué tuvo que esperar y qué información faltaba. Ese registro permite localizar dependencias que el reparto inicial de tareas dejaba fuera.

Las consultas también necesitan una persona de referencia durante ese periodo. Si aparece una incidencia que queda fuera de los acuerdos, el equipo debe saber quién puede valorarla. Preparar esa respuesta permite que la ausencia sirva para observar cómo funciona la organización con las entregas atendidas.

Al volver, el editor puede incorporar los acuerdos que faltaban al registro compartido de cada libro. Si la imprenta ha cambiado una fecha, quienes organizan la distribución necesitan verla también. Responder al primer mensaje resuelve una consulta, pero la información debe llegar a las demás tareas afectadas.

Ejemplo: una redactora prepara el trabajo a distancia con su cliente

Imaginemos a Alicia, que redacta catálogos de muebles y acude al estudio del cliente para trabajar. Quiere realizar parte del encargo desde casa. Antes de proponerlo, separa lo que hace allí: examinar las piezas, preguntar por materiales y escribir las descripciones.

La independencia respecto al lugar de trabajo forma parte de la liberación que plantea el libro. En el encargo de Alicia, aplicarla exige separar las tareas que necesitan acceso a los muebles de las que puede realizar con la información ya confirmada.

Alicia podría reservar una visita para conocer las novedades y reunir las dudas sobre los muebles. Después escribiría desde casa con las fotografías y los datos confirmados. La visita seguiría teniendo una función: comprobar aquello que las imágenes apenas permiten apreciar. Si una descripción depende de cómo se abre un mecanismo, podrá examinarlo allí y llevarse esa información antes de redactar la ficha.

El cliente debe saber cuándo recibirá los textos y cómo pedirá una corrección. Un cambio de materiales tendrá que comunicarse antes de aprobar la ficha, también cuando Alicia trabaje desde casa.

Trabajar desde casa también cambia las condiciones de atención. En El poder de los introvertidos examinamos cómo observar qué ambiente ayuda a escribir y cuándo hace falta intercambiar información. Alicia puede reservar un tramo tranquilo para redactar y otro para resolver dudas con el cliente, según las necesidades de las fichas que está preparando.

La primera entrega serviría para revisar qué consultas quedaron pendientes y si hubo que repetir la visita. Esa información puede llevar a ampliar los datos que se recogen en el estudio o a conservar allí una parte del trabajo. La organización se ajustaría a lo que cada ficha necesita.

Al valorar el cambio, Alicia puede separar las horas de redacción de los desplazamientos y anotar las consultas que han quedado pendientes. Si ha dedicado el mismo tiempo al catálogo y ha evitado varios trayectos, ya sabrá de dónde procede el ahorro. Cuando una ficha exija otra visita, podrá reservarla para comprobar ese dato antes de entregar la descripción.

Cómo medir el tiempo recuperado y repartir el trabajo del equipo

¿Estás reduciendo trabajo o cambiando quién lo hace?

Si un editor encarga a otra persona la preparación de los envíos, puede recuperar tiempo para revisar originales. Los paquetes siguen necesitando etiquetas y comprobaciones. La mejora de su agenda depende de un trabajo que ahora realiza alguien más.

Para valorar ese reparto, hace falta contar el tiempo de ambas personas y el que utilizan para coordinarse. La comparación de la tabla utiliza horas hipotéticas dedicadas a la misma tarea. Permite observar qué cambia cuando el editor prepara los envíos y cuando se los encarga a un colaborador.

Horas hipotéticas dedicadas a preparar los mismos envíos

Dedicación Editor a cargo Con colaboración
Horas del editor, incluida coordinación 5 h 1 h
Horas del colaborador 0 h 5 h
Horas totales del equipo 5 h 6 h
Horas que recupera el editor 4 h

La primera semana puede incluir formación y consultas. Si la nueva persona tarda más mientras aprende dónde están los materiales, ese tiempo también forma parte del encargo. La colaboración puede seguir compensando: quizá permite que el editor complete una lectura para la que el equipo aún no dispone de otra persona. La comparación debe incluir ese resultado y el coste de preparar los envíos, no solo las horas que desaparecen de su agenda.

En este supuesto, el editor recupera cuatro horas y el conjunto dedica una hora más a los envíos. La decisión puede seguir teniendo sentido si esas cuatro horas permiten completar una lectura pendiente y el coste de la colaboración cabe en el presupuesto. Para valorar una mejora del procedimiento habrá que observar después si disminuyen las consultas o el tiempo de preparación.

Cuando la tarea se añada a una jornada ya ocupada, tendrá que acordarse qué cambia en el resto del trabajo. El colaborador puede necesitar aplazar otro encargo o disponer de más tiempo pagado. La semana del editor se habrá aligerado únicamente a costa de ampliar la de otra persona si ese ajuste queda fuera del reparto.

 

Ejemplo documentado: la agenda de Ferriss incluía escritura y entrevistas

En marzo de 2008, Ferriss publicó una agenda que incluía entrevistas de radio, tiempo reservado para escribir un artículo y la revisión del diseño de su blog. Presentó esas tareas como actividades elegidas. Su explicación permite entender qué incluía al hablar de obligaciones y cómo utilizaba el tiempo disponible.

Había reservado la tarde para escribir y aclaraba que no redactaría durante todo ese tramo. El calendario mostraba tiempo apartado, de modo que tampoco equivalía a un registro de horas efectivamente trabajadas. Para conocer esa dedicación habría que anotar lo que finalmente hizo.

Un autor puede aplicar esa distinción al revisar su semana. Quizá ha reducido los correos y ha utilizado la mañana para corregir una traducción de su obra. Sigue realizando una tarea vinculada al libro, ahora con otro reparto. Contabilizarla como descanso porque le gusta ocultaría esa dedicación. El cambio se entiende mejor cuando se conserva en el registro todo lo que realmente ha hecho.

También importa saber qué compromisos puede mover. Una entrevista aceptada tiene una fecha que otra persona ha reservado. Disfrutar de esa conversación no elimina el acuerdo con quien la organiza.

Para comparar dos semanas, el registro debe utilizar el mismo criterio en ambas. La escritura, las entrevistas y las revisiones deben seguir apareciendo. Después podrá observar qué obligaciones ha reducido y qué actividades ha elegido hacer con el tiempo disponible.

¿Qué harás con el tiempo que ya has recuperado?

Una tarde libre puede llenarse enseguida con otro proyecto. Antes de comprometerla, interesa recordar para qué la querías: escribir, aprender algo por gusto o descansar de las entregas.

Las minijubilaciones que propone Ferriss reparten periodos de pausa a lo largo de la vida. Su reflexión posterior sobre el uso de ese tiempo incluye el aprendizaje y el servicio a otros entre las posibilidades que considera valiosas. La elección de una actividad depende también de lo que cada persona desea hacer y puede sostener.

Pensemos en una editora que quiere aprender encuadernación. Puede empezar con una sesión para probar los materiales, en lugar de reservar un curso completo y preparar al mismo tiempo un taller propio que todavía no sabe si desea impartir.

Después de esa sesión, la editora sabrá si desea continuar y qué materiales necesita. Practicar por gusto puede bastarle. Si descubre que quiere compartir lo aprendido, podrá explorar esa posibilidad cuando tenga experiencia suficiente, conservando tiempo para aprender sin estar preparando una entrega.

Si más adelante decide ofrecer un taller, la preparación, las consultas y la revisión de los ejercicios pasarán a formar parte de su trabajo. Antes de anunciarlo, necesita reservar esas horas y comprobar cuáles conservará para su propia práctica. El calendario recogerá tanto la actividad que ofrece a los alumnos como las sesiones de encuadernación que quiere mantener para ella.

Ramon Calatayud
Autor:
-Consultor editorial-

Escritor de novelas y profesional del mundo editorial desde hace más de 15 años. En este sector ayuda profesionalmente a escritores y guionistas de todo el mundo además de ayudar a diseñar estrategias de ventas.

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