ÍNDICE
- 1 El poder de los introvertidos
- 1.1 Introversión y timidez: cómo entender tu forma de participar
- 1.2 Cómo concentrarse para escribir y revisar un manuscrito
- 1.3 Introversión en el trabajo editorial y el liderazgo
- 1.3.1 Ejemplo: una editorial añade una prueba de corrección a la entrevista de trabajo
- 1.3.2 ¿Cómo explicar tu forma de trabajar cuando te incorporas a una editorial?
- 1.3.3 ¿Cuánto trato con otras personas exige realmente un trabajo editorial?
- 1.3.4 Ejemplo: una responsable deja que su equipo pruebe otra forma de tramitar pedidos
- 1.3.5 Ejemplo: una librera pregunta antes de recomendar una novela
- 1.4 Cómo acompañar a niños introvertidos en la lectura y la escritura
- 1.5 Relaciones personales y descanso para escritores introvertidos
- 1.6 Cómo hablar en público y presentar un libro siendo introvertido
- 1.7 Cómo promocionar un libro y hacer contactos editoriales
El poder de los introvertidos
Escribir un libro y hablar de él ante un grupo requieren preparaciones diferentes. En El poder de los introvertidos, Susan Cain examina cómo se valora a las personas cuando la facilidad para conversar y hacerse notar ocupa un lugar destacado. Esa cuestión afecta a una entrevista de trabajo, a la participación en una clase o a la forma de dirigir un equipo.[1]
Cain relaciona la introversión con la preferencia por determinados niveles de estimulación, como el ruido o la actividad que nos rodea. Una persona puede estar a gusto conversando y preferir hacerlo con pocos interlocutores. Conocer esa preferencia permite revisar las condiciones de un encuentro antes de interpretar su reserva como desinterés o falta de capacidad.[2]
En el sector editorial, estas diferencias se pueden examinar a través de tareas que exigen formas distintas de atención. La revisión de un capítulo necesita tiempo sobre el texto; una consulta con el autor requiere intercambiar información. Al organizar ambas tareas, interesa saber qué debe preparar cada profesional y cuándo hace falta una revisión conjunta.
Los casos de editoriales, librerías y talleres son ejemplos propuestos para trasladar las ideas al trabajo con libros. Los dos testimonios señalados como documentados corresponden a Susan Cain y Brian Little. En ellos se diferencia su experiencia de las aplicaciones que se plantean para escritores.
Ficha técnica del libro
Título: El poder de los introvertidos.
Autora: Susan Cain.
Título original: Quiet: The Power of Introverts in a World That Can’t Stop Talking.
Primera publicación del original: 2012.
Edición española de referencia: RBA Libros, 2024.
Traducción: David León Gómez.
Extensión e ISBN de esta edición: 464 páginas · 9788411322966.[3]
Temas: introversión, trabajo, creatividad, relaciones y educación.
Consulta del libro: Ver El poder de los introvertidos en Amazon.
Introversión y timidez: cómo entender tu forma de participar
¿Qué diferencia hay entre ser introvertido y ser tímido?
La diferencia está en qué lleva a una persona a hablar poco. En la explicación de Cain, la introversión se relaciona con la preferencia por ambientes menos estimulantes; la timidez, con el temor a recibir una valoración negativa. Pueden coincidir en una misma persona, pero describen experiencias distintas.[2]
Puedes disfrutar de una conversación sobre libros y preferir que continúe en una mesa pequeña, lejos del ruido. También puedes desear intervenir ante un grupo y quedarte callado por miedo a lo que pensarán de ti. Contar cuántas veces has hablado apenas ayudaría a distinguir las dos situaciones.
Imagina a dos autores durante una presentación. Uno está cómodo escuchando y después se acerca a conversar con la librera. El otro lleva una pregunta preparada, quiere hacerla y termina marchándose con ella. Desde el fondo de la sala, el organizador podría haber observado una participación parecida.
En el primer caso, insistir en que el autor hable delante de todos respondería más a la expectativa del organizador que al deseo del invitado. En el segundo, ofrecer la posibilidad de preguntar por escrito permitiría recoger algo que esa persona sí quería aportar.
Quien organiza el encuentro puede preguntar después, en privado, si el asistente estaba a gusto escuchando o si quería intervenir y le ha costado. La respuesta ayuda a decidir si conviene respetar su elección o buscar con él otra manera de hacer llegar la pregunta. La misma opción de participación escrita puede ofrecerse a todo el público, sin señalar a nadie por su forma de comportarse.
¿Puedes ser introvertido y disfrutar hablando en público?
Hablar durante una hora sobre una novela que conoces bien y querer marcharte pronto de la cena posterior son conductas compatibles. Durante la presentación sabes qué has ido a explicar; en la cena tendrás que conversar sobre otros asuntos, quizá con personas a las que acabas de conocer.
La guía de lectura de Cain invita a observar cómo cambia nuestra conducta según la situación. Esa mirada permite describir preferencias sin exigir que se manifiesten de la misma manera durante todo el día.[4]
Un escritor podría disfrutar del intercambio con sus lectores y encontrar agotador el rato posterior, cuando se mezclan varias conversaciones. También podría sucederle lo contrario: sentirse incómodo ante el micrófono y estar a gusto comentando el libro mientras se recogen las sillas.
Para preparar otra actividad, le serviría anotar en qué momento estuvo cómodo y qué condiciones cambiaron después. Conocer el tema o a los asistentes, disponer de unas preguntas previstas y poder seguir una sola conversación son circunstancias que puede revisar por separado. Así tendrá más información que la que ofrece una valoración general como «se me dan mal estos actos».
Si el coloquio le ha interesado y el cansancio ha llegado durante la cena, puede conservar la presentación en su agenda y comentar con la librera que prefiere marcharse después. Cuando la dificultad esté en explicar un pasaje ante el público, la preparación tendrá que centrarse en esa parte.
Cómo concentrarse para escribir y revisar un manuscrito
¿Cómo averiguar qué ambiente te ayuda a escribir?
La mesa desde la que respondes correos puede resultar poco adecuada para revisar una escena larga. Antes de atribuir la dificultad a una falta de disciplina, merece la pena observar qué ocurre alrededor cuando intentas mantener la atención en el manuscrito.
Al explicar su libro, Cain propone tener en cuenta los niveles de ruido y actividad con los que cada persona trabaja a gusto. Es un punto de partida para observar tus preferencias, no una indicación de que todos los escritores deban buscar el mismo tipo de espacio.[2]
Puedes empezar por una tarea concreta: revisar la continuidad de un capítulo. Durante varias sesiones, anota dónde trabajas y qué te obliga a detenerte. Si pierdes el hilo cada vez que alguien habla junto a tu mesa, tienes una dificultad localizada sobre la que actuar.
La siguiente sesión puede servir para probar un cambio asumible, como trasladar esa revisión a un lugar más tranquilo. Mantener una tarea parecida facilita la comparación: atender correos un día y resolver una escena complicada al siguiente deja demasiadas diferencias como para atribuir el resultado únicamente al lugar.
Si compartes el espacio de trabajo, acuerda cómo podrán localizarte cuando haya una consulta que necesite respuesta. El editor puede dejar una duda en el documento para que la atiendas al terminar el fragmento. Una incidencia que impida enviar el libro a imprenta quizá requiera una llamada; conviene conocer esa diferencia antes de empezar.
Al terminar, comprueba si has podido seguir el capítulo y resolver las dudas pendientes. Durante una corrección puedes dedicar mucho tiempo a unas pocas páginas, de modo que la cantidad revisada explica poco por sí sola. Si la dificultad continúa en el nuevo espacio, habrá que observar el cansancio o si tienes claro qué debes corregir antes de seguir cambiando de lugar.
¿Cuándo necesita un manuscrito que trabajes a solas?
Para reescribir una escena, necesitas poder probar frases que todavía están a medias. Si cada intento se comparte de inmediato, parte del tiempo de escritura se dedica a explicar qué querías hacer y a responder a opiniones sobre una versión que aún estás construyendo.
La defensa del trabajo individual que hace Cain es compatible con la colaboración. La pregunta es en qué momento necesita cada tarea una intervención ajena. Una observación puede llegar a tiempo para corregir un problema o interrumpir una exploración que todavía necesitaba desarrollarse.[2]
En un manuscrito, podrías reservar una primera fase para completar el capítulo y comprobar si expresa lo que buscabas. Compartirlo después permitiría al lector valorar una secuencia entera, en lugar de adivinar cómo iban a relacionarse unos fragmentos sueltos.
Esa lectura necesita un encargo reconocible. Puedes pedir que comprueben si se entiende por qué un personaje toma una decisión y reservar la corrección de las frases para más adelante. Quien revisa sabrá qué problema estás intentando resolver, y tú recibirás comentarios sobre una cuestión que ya puedes trabajar.
Hay dudas que sí requieren una consulta temprana. Si el encargo exige explicar un procedimiento y desconoces cuál debe utilizarse, seguir escribiendo a solas puede obligarte a rehacer el capítulo cuando recibas la respuesta. Solicitar ese dato permite continuar con la información que el texto necesita.
Antes de empezar una sesión, distingue las decisiones que puedes explorar de la información que otra persona debe proporcionarte. Envía la consulta y continúa con la parte del manuscrito que ya puedes desarrollar. Cuando llegue la respuesta, comprueba también los pasajes anteriores que dependían de ese dato: quizá la modificación afecte a más de un apartado.
Ejemplo: una editorial prepara las propuestas de cubierta antes de reunir al equipo
En este ejemplo, una editorial entrega al equipo el texto de contracubierta y explica a qué lectores se dirige el libro. Cada profesional dispone de un tiempo para preparar una propuesta visual antes de reunirse con los demás.
La reunión comienza con materiales que se pueden mirar y comparar. La diseñadora presenta un boceto; el editor aporta referencias y explica por qué las ha elegido. Todavía pueden estar poco desarrollados, pero ambos tienen algo que mostrar al hablar de la cubierta.
Reservar ese tiempo individual aplica al diseño editorial el espacio de elaboración que reivindica Cain. La colaboración continúa durante el encuentro, cuando las propuestas se contrastan con el contenido del libro y con el público previsto. Preparar por separado y revisar juntos cumplen funciones diferentes.
Durante la conversación, el equipo puede examinar qué comunica cada cubierta y qué parte del libro representa. «Me gusta más esta» deja pendiente la razón de la preferencia. Señalar que una imagen sugiere una novela romántica cuando la historia es un misterio permite discutir una decisión del diseño.
Conviene recoger también las observaciones de quien necesita ver los bocetos con más detenimiento. Si aparece una objeción que requiere dibujar o buscar otra referencia, se puede dejar la tarea pendiente con una persona encargada de resolverla. La fecha de entrega de esa revisión debe caber en el calendario del libro.
Antes de terminar, la diseñadora necesita saber qué elementos conservará y cuáles tendrá que cambiar. Si el equipo sigue discrepando sobre el público al que se dirige la obra, el editor deberá aclarar ese punto antes de pedir otra cubierta. Un nuevo boceto seguirá encontrando objeciones incompatibles mientras cada participante imagine un lector distinto.
Introversión en el trabajo editorial y el liderazgo
Ejemplo: una editorial añade una prueba de corrección a la entrevista de trabajo
Imagina que una editorial busca a alguien para corregir originales. Durante las entrevistas, una candidata explica con soltura sus trabajos anteriores y otra necesita pensar antes de responder. El responsable termina con una impresión favorable de la primera, pero todavía ha visto poco del trabajo de ambas.
Para ampliar esa información, podría entregarles el mismo fragmento breve con unas instrucciones iguales. La prueba permitiría revisar qué errores detectan, qué cambios proponen y cuáles consideran decisiones de estilo que deben consultarse con el autor.
Las condiciones también necesitan estar claras. Si podrán consultar fuentes, conviene que ambas lo sepan. Si el encargo consiste en corregir errores sin reescribir, ese límite tiene que figurar en las instrucciones. De otro modo, el responsable comparará intervenciones realizadas con criterios distintos.
Después tendría sentido pedirles que explicaran algunos cambios. Corregir bien y comunicar una corrección son capacidades que el puesto puede necesitar. Esa conversación permite examinarlas sobre un texto, con ejemplos que el responsable y las candidatas tienen delante.
La escena aplica una advertencia del libro sobre el peso de la visibilidad al valorar a una persona. En la web de Cain, Ben Dattner propone revisar los criterios con los que las organizaciones evalúan a sus profesionales. La prueba de corrección es una aplicación editorial de esa cuestión.[5]
El responsable podría mantener su primera preferencia después de leer los ejercicios. En ese caso, tendría que explicar qué correcciones y qué respuestas justifican la elección. También puede encontrar capacidades distintas y volver a las tareas del puesto para decidir cuáles necesita. Al revisar los ejercicios con otro miembro del equipo, podrán comparar las correcciones antes de compartir sus impresiones sobre las entrevistas.
¿Cómo explicar tu forma de trabajar cuando te incorporas a una editorial?
«Prefiero leer el fragmento antes de comentarlo; después podemos hablar de las dudas» comunica una necesidad que otra persona puede atender. Decir únicamente «soy introvertido» deja abiertas más preguntas sobre cómo organizar una revisión.
Al conversar sobre su libro, Cain plantea que explicar el propio estilo puede evitar malentendidos. También advierte que conviene tener en cuenta la relación y el contexto en los que se comparte esa información.[6]
Para una correctora que empieza a colaborar con una editorial, puede bastar con acordar cómo recibirá los originales y cuándo comentará sus observaciones. Esos detalles permiten al editor saber qué puede esperar y organizar las consultas que necesita resolver con ella.
El acuerdo debe contemplar las necesidades del equipo. Algunas incidencias exigirán una llamada, y habrá ocasiones en las que el texto llegue con poco margen. Definir qué se considera urgente y por qué canal se comunicará ayuda a distinguir una interrupción necesaria de una consulta que puede esperar.
También interesa aclarar qué hará la correctora cuando una duda le impida continuar. Puede señalar el pasaje y explicar qué decisión necesita del editor, mientras avanza en otra parte del original. Así, el equipo sabe dónde se ha detenido la revisión y qué información hace falta para retomarla.
Si las consultas empiezan a acumularse hasta retrasar las entregas, ambas partes tendrán que revisar el acuerdo. La correctora puede necesitar recibir los fragmentos antes; el editor, un aviso más temprano sobre las dudas que detienen el trabajo. Revisar los casos pendientes les permitirá localizar qué parte de la coordinación está fallando.
¿Cuánto trato con otras personas exige realmente un trabajo editorial?
El nombre de un puesto dice poco sobre cómo transcurre la jornada. Un trabajo de corrección puede incluir muchas horas de revisión individual o combinar esa tarea con reuniones frecuentes con autores. Para valorar si te encaja, necesitas conocer ese reparto.
Ben Dattner propone que las ofertas expliquen el tipo de interacción que exige cada puesto. Su recomendación permite pasar de una descripción general de la personalidad deseada a las actividades que la persona contratada tendrá que realizar.[5]
Ante una oferta, puedes preguntar cómo se organiza una semana habitual. Interesa saber quién atiende las consultas de los autores, cómo se coordinan las entregas y qué encuentros forman parte del trabajo. La descripción de esas tareas permite imaginar la jornada con menos suposiciones.
También merece atención lo que ocurre en los periodos de mayor actividad. Quizá las presentaciones se concentren durante un lanzamiento y el resto del año tenga otro ritmo. Para decidir, conviene conocer la rutina y esas semanas excepcionales.
Trabajar desde casa tampoco resuelve por sí solo la pregunta sobre el contacto con otras personas. En un puesto remoto podrían encadenarse llamadas durante buena parte del día. La frecuencia de esas conversaciones y el margen para prepararlas importan tanto como el lugar desde el que se participa.
Si el puesto exige atender consultas durante toda la jornada, pregunta cómo se organiza la revisión de los originales entre esas conversaciones. Con esa respuesta podrás valorar el trabajo y plantear un ajuste de horarios antes de incorporarte. Cuando una condición sea indispensable para aceptar la oferta, conviene dejarla aclarada en ese momento.
Ejemplo: una responsable deja que su equipo pruebe otra forma de tramitar pedidos
Supongamos que el equipo de pedidos de una editorial copia la dirección de cada librería en dos documentos. Sus integrantes proponen utilizar un registro compartido y llevan a su responsable una muestra de cómo quedaría la información.
La responsable les pide que expliquen qué función cumple cada documento y qué comprobaciones conservarían. Una vez aclaradas esas cuestiones, acuerdan una prueba limitada. El equipo se encargará de organizarla porque conoce el recorrido de los pedidos.
La situación permite examinar una parte del liderazgo: escuchar una iniciativa y facilitar que se pueda desarrollar. Cain cuestiona que la capacidad para dirigir deba identificarse con una personalidad muy expansiva. En este caso, interesa observar qué hace la responsable con la propuesta que recibe.[1]
Dar espacio al equipo exige que ella siga disponible. Si aparece una dificultad que requiere autorización o recursos, tendrá que intervenir. Conviene acordar qué decisiones podrán tomar quienes tramitan los pedidos y cuáles deberán consultar.
También habrá que comprobar si el almacén puede utilizar el registro. La responsable puede facilitar el contacto entre los departamentos y resolver los desacuerdos que requieran una decisión de la dirección.
En Piénsalo otra vez trabajamos una cuestión que también se aplica a esta prueba: fijar qué se va a comprobar antes de conocer el resultado. La editorial puede registrar si se evita copiar dos veces la misma información y si el almacén sigue recibiendo los datos que necesita. Son condiciones relacionadas con la tarea que se pretende mejorar.
Al terminar, el equipo explicará si se ha ahorrado trabajo y qué dificultades han aparecido. Esa información permitirá decidir qué parte del cambio puede mantenerse. Antes de extenderlo, quedará por explicar el procedimiento a las personas que vayan a utilizar el registro y resolver las dudas que hayan surgido durante la prueba.
Ejemplo: una librera pregunta antes de recomendar una novela
Imagina que un cliente entra en una librería buscando una novela para regalar. La librera le pregunta qué ha leído la persona que recibirá el regalo. Él desconoce los títulos, pero recuerda que suele elegir historias breves y que comenta mucho los finales.
A partir de esos datos, ella pregunta si prefiere desenlaces que resuelvan la historia o que dejen algo pendiente. El cliente recuerda un libro que generó varias conversaciones en casa porque cada persona interpretaba el final de una manera. Esa información puede orientar la selección.
El ejemplo traslada al trabajo comercial la atención que Cain presta a quienes prefieren escuchar. La utilidad está en lo que la librera averigua y hace con ello, una habilidad que puede practicar cualquier profesional. Hablar poco durante la consulta, por sí solo, todavía dejaría sin resolver la recomendación.[1]
La librera puede mostrar dos novelas breves y explicar qué relación tienen con esas preferencias, cuidando de no revelar los desenlaces. El cliente dispondrá de una razón para comparar los títulos, en lugar de recibir únicamente una valoración general sobre lo buenos que son.
Falta una comprobación que puede cambiar la compra: si la persona a la que va dirigido el regalo ya los ha leído. Cuando el cliente desconozca ese dato, la librera puede anotar los títulos para que lo consulte con alguien de la familia. Si vuelve con una respuesta, la conversación podrá continuar desde las opciones que siguen disponibles.
Cómo acompañar a niños introvertidos en la lectura y la escritura
¿Qué ocurre cuando presentas a un niño como «el tímido»?
Cuando un adulto presenta a un niño diciendo que es muy tímido y responde por él, la otra persona puede terminar dirigiendo todas sus preguntas al acompañante. Para saber qué quería contar el niño, habría que darle la oportunidad de responder.
En sus orientaciones educativas, Cain propone ayudar a los niños a participar mediante pasos pequeños y asuntos que les interesen. La propuesta permite trabajar una actividad que puedan practicar, en lugar de plantearles que deben comportarse de otra manera en cualquier situación.[7]
Imagina que un niño quiere pedir un libro en una biblioteca, pero su padre suele hacerlo por él. Podrían mirar juntos el título antes de acercarse al mostrador y acordar quién preguntará por su disponibilidad. El padre seguiría cerca para ayudar si hiciera falta.
También pueden decidir qué parte de la consulta hará cada uno. El niño puede decir qué libro busca y dejar que el adulto pregunte por las condiciones del préstamo. Así sabe qué va a intentar y qué ayuda tendrá disponible durante la conversación.
Si el niño decide preguntar, merece la pena darle tiempo para terminar. Intervenir al primer titubeo resolvería la consulta con rapidez, pero dejaría al adulto haciendo la parte que habían acordado que probaría el niño. Si necesita ayuda, el padre puede atender esa petición y comprobar si desea continuar.
Después pueden revisar juntos si han conseguido la información que buscaban. Si les ha faltado saber cuándo estará disponible el libro, pueden preparar esa consulta para volver al mostrador. La siguiente tarea dependerá de lo que necesiten averiguar y de cómo quiera participar el niño.
Ejemplo: un taller infantil permite ensayar la lectura antes de compartir un cuento
En un taller infantil de escritura se puede pedir que todos lean su cuento directamente ante el grupo. Otra opción consiste en ofrecer un ensayo por parejas, para que cada niño pruebe primero cómo suena el fragmento que quiere compartir.
Cain propone en su web una secuencia para ayudar a participar en clase: pensar de forma individual, comentar con un compañero y compartir después con el grupo. El taller de escritura que aquí se plantea adapta esa orientación a la lectura de un cuento.[7]
Para organizarlo, cada niño podría elegir un pasaje breve y leerlo a su compañero. Quien escucha señalaría si ha entendido quién habla y qué sucede. Si falta una explicación, el autor tendría tiempo para añadirla antes de leer ante los demás.
El responsable del taller puede ayudar a elegir un fragmento que se entienda fuera del cuento completo. Cuando aparezca un personaje por primera vez, bastará con preparar la información que el compañero necesita para seguir la escena. Esa revisión forma parte del trabajo de escritura que se está practicando.
Después, el responsable preguntaría quién desea compartir el texto. Haber ensayado ofrece una experiencia previa, pero cada niño puede necesitar un ritmo distinto. Quien quiera intentarlo tendrá ya un fragmento elegido y una referencia de cómo se entiende.
El taller puede terminar con la entrega de la versión revisada por cada autor. El responsable tendrá un texto sobre el que comentar el trabajo realizado, también en el caso de quienes hayan preferido aplazar la lectura pública. Si el objetivo de otra sesión es practicar la exposición oral, habrá que explicarlo desde el principio y acordar los pasos que se van a ensayar.
Relaciones personales y descanso para escritores introvertidos
Ejemplo: una pareja acuerda cuándo hablar después de una presentación
Pensemos en una escritora que vuelve a casa después de presentar su novela. Su pareja quiere saber cómo ha ido y ella prefiere estar un rato a solas. Responde con pocas palabras y aplaza la conversación, sin decir cuándo le apetecerá retomarla.
Su pareja se ha interesado por una actividad importante y se queda esperando. La escritora, por su parte, todavía tiene pendiente contar cómo ha ido. Explicar cuánto rato quiere estar a solas daría a los dos una referencia para organizar la tarde.
La guía de lectura del libro invita a examinar las diferencias de temperamento en la convivencia. Una aplicación a este caso sería acordar que hablarán después de cenar, en vez de dejar la conversación aplazada de forma indefinida.[4]
El acuerdo tendría que servir a los dos. Tal vez la pareja salga más tarde y necesite saberlo antes; quizá la escritora prefiera contar primero cómo ha ido y dejar los detalles para otro momento. Conocer los horarios permite negociar una alternativa que puedan cumplir.
También ayudaría aclarar si existe una cuestión que necesita respuesta inmediata. Saber si la escritora ya ha cenado permite decidir si hay que preparar algo; comentar las preguntas de los lectores puede esperar. Separar esos asuntos evita aplazar toda conversación como si tuviera la misma urgencia y exigiera el mismo tiempo.
Al llegar el momento acordado, la escritora puede contar qué le ha preguntado el público y cómo se ha encontrado durante la presentación. Si sigue demasiado cansada, le corresponde decirlo y acordar otro rato. Su pareja también necesita poder organizarse y decidir cuándo le viene bien continuar.
Ejemplo documentado: Brian Little busca una pausa durante sus clases
El psicólogo Brian Little explica que utiliza anécdotas y bromas durante sus clases para interesar a los alumnos. Se describe como introvertido y cuenta que, cuando llega el descanso, busca un lugar tranquilo. Si tiene cerca su despacho, se retira allí y cierra la puerta.[8]
Little utiliza su experiencia para explicar los espacios de recuperación: lugares o actividades que permiten descansar de una forma de actuar que exige esfuerzo. Cain recoge este concepto en su libro. El relato de Little describe lo que él necesita después de dar clase; la pausa que le sirve a otra persona puede ser diferente.[8]
En un taller de escritura, una aplicación posible sería anunciar un descanso y reservar otro momento para las consultas individuales. Quien imparte la sesión tendría una pausa prevista y los asistentes sabrían cuándo hacer las preguntas que han quedado pendientes.
Para que el acuerdo funcione, ese tiempo de consultas tiene que caber en el programa. Si la sesión termina justo al acabar la explicación, las preguntas volverán a ocupar la pausa o habrá que alargar el taller más allá de la hora anunciada.
El formador puede reservar un tramo para las dudas sobre el contenido y acordar cómo recibirá las consultas que exijan leer un manuscrito. Esa segunda tarea necesita su propio tiempo de revisión. Aclarar qué se atenderá durante el taller permite respetar el descanso y las condiciones que se han ofrecido a los participantes.
¿Cómo saber si estar a solas te ayuda o te aleja de lo que deseas?
Pasar una tarde escribiendo puede ser justamente lo que te apetecía. La situación cambia si llevas tiempo queriendo conversar con otros autores y vas dejando pasar todas las ocasiones. Para entender qué necesitas, importa saber cómo estás viviendo ese tiempo a solas.
El valor que el libro concede al trabajo individual convive con la atención a las relaciones. La guía de lectura propone examinar qué ocurre con la pareja, las amistades y las personas cercanas. Esa mirada permite preguntarse qué lugar se está reservando para cada actividad, en vez de suponer que preferir la soledad explica toda la rutina.[4]
Puedes empezar por lo que esperabas obtener de esas tardes. Tal vez necesitabas acabar un capítulo. Quizá el trabajo ya está hecho y sigues echando en falta una conversación sobre libros con alguien que comparte tu interés.
En el segundo caso, podrías buscar una forma de contacto que te apetezca: escribir a un compañero de taller o proponer una charla sobre una lectura común. La invitación puede indicar el asunto que deseas comentar y dejar espacio para que la otra persona sugiera cuándo le viene bien.
Después interesa revisar cómo ha ido ese encuentro. Puede que el tema te haya interesado y el lugar haya resultado demasiado ruidoso. También es posible que prefieras otra conversación o que aquella semana necesitaras descansar. Esos detalles permiten decidir qué cambiar antes de atribuir la experiencia entera a tu personalidad.
Si deseas repetir, busca un rato compatible con tus sesiones de escritura y con la disponibilidad del otro autor. Acordar qué libro vais a comentar y cuándo os viene bien veros permite preparar el encuentro. Si alguno necesita cambiar la fecha, avisar mantiene abierta una conversación que los dos habíais elegido tener.
Cómo hablar en público y presentar un libro siendo introvertido
¿Cuándo merece la pena actuar de una forma distinta a la habitual?
Una invitación a conversar con lectores puede interesarte y, al mismo tiempo, exigirte una exposición que apenas has practicado. Antes de aceptarla o rechazarla, puedes preguntar cómo se organizará y qué esperan que prepares.
Brian Little, cuyo trabajo recoge Cain, plantea que podemos actuar de forma distinta a la habitual para sacar adelante proyectos importantes. El propósito de una actividad ayuda a entender por qué alguien elige participar pese a la incomodidad inicial.[9]
Para un autor, la pregunta puede ser qué le interesa de ese encuentro. Escuchar cómo han leído su novela o explicar un asunto que conoce bien son motivos sobre los que puede decidir. Después necesitará conocer la duración y la preparación que le pedirán.
También importa comprobar si el acto ofrece lo que busca. Si quiere conversar sobre la lectura de su novela y la organización espera únicamente una intervención promocional, conviene aclararlo antes. Los dos pueden estar pensando en actividades diferentes bajo el mismo nombre de «encuentro con el autor».
Con esos datos, podría aceptar una primera sesión o proponer un cambio. Participar por escrito en algunas preguntas, por ejemplo, tendría sentido si la organización admite ese formato y permite cumplir el objetivo. La alternativa necesitará un plazo de envío y una persona que recoja las respuestas.
Si decide repetir, puede conservar lo que le ha resultado manejable y preparar mejor las preguntas que le costó responder. Si prefiere otra actividad, ya podrá explicar qué parte desea cambiar y qué tipo de conversación le interesa mantener con los lectores.
Ejemplo documentado: Susan Cain practica la oratoria en un grupo
Susan Cain contó a Adam Grant que se había apuntado a un grupo de Toastmasters para practicar cómo hablar en público. Cuando llegaba el día de la sesión, encontraba motivos para quedarse en casa. Algunas veces faltaba; otras acudía y después se alegraba de haberlo hecho.[6]
La entrevista se publicó en Knowledge at Wharton en 2012, durante la difusión del libro. Cain explicó que le había servido practicar en un entorno de apoyo, donde equivocarse tuviera pocas consecuencias. Su testimonio describe un aprendizaje en el que también hubo dificultades para mantener la asistencia.[6]
Un escritor que prepara su primera presentación puede tomar esa experiencia como punto de partida para organizar un ensayo. Por ejemplo, leer un fragmento ante alguien de confianza y responder después a sus preguntas sobre el texto. Esa sería una aplicación propia, adaptada a una actividad editorial.
Durante el ensayo, quien escucha puede señalar dónde dejó de entender la explicación o qué dato necesitaba antes de oír el fragmento. Pedirle ese comentario ayuda al autor a localizar una dificultad de la exposición y a decidir qué parte debe preparar mejor.
Para aprovechar la siguiente práctica, conviene volver primero al tramo confuso. El autor puede probar otra explicación y comprobar si se entiende antes de ensayar el acto completo. Así dispone de varias ocasiones para trabajar la parte que le costó, en lugar de dedicar siempre el mismo tiempo al comienzo que ya conoce.
Una vez revisado ese pasaje, ensayar la presentación seguida permitirá comprobar cómo encaja con el resto y cuánto dura. El texto preparado también tendrá que dejar espacio para las pausas y para las intervenciones previstas de quien presenta al autor.
¿Cómo presentar tu libro sin imitar a un autor más extrovertido?
Si intentas copiar las bromas y los gestos de otro escritor durante una presentación, tendrás que atender a esa actuación mientras explicas tu libro. Preparar un formato que puedas manejar te dejará menos decisiones pendientes cuando llegue el público.
En sus consejos sobre presencia profesional, Cain propone desarrollar una comunicación suficiente para transmitir lo que importa, en lugar de aspirar a una actuación sobresaliente. Su orientación permite elegir habilidades que se puedan practicar: explicar el argumento de una novela, presentar a sus personajes o responder sobre una decisión de escritura.[10]
Para preparar la lectura, selecciona un pasaje que se entienda fuera del capítulo. Quizá necesites explicar quién habla y qué acaba de suceder. Es mejor comprobar ese contexto con alguien que todavía no conozca la historia, porque el autor ya dispone de información que el público recibirá por primera vez.
Esta dificultad enlaza con la «maldición del conocimiento» que trabajamos en Ideas que pegan. Conocer bien un asunto puede llevarnos a dar por explicados detalles que la otra persona todavía necesita. Durante una presentación, esa diferencia puede aparecer cuando leemos una conversación sin haber aclarado quiénes son sus participantes.[11]
El formato admite otras decisiones. Conversar con una librera que conoce el libro puede encajar mejor que sostener una intervención larga a solas. En ese caso, ambos necesitaréis acordar los temas y cómo repartir el tiempo antes de dar paso al público.
La librera puede introducir el contexto del pasaje y el autor ocuparse de la lectura y de explicar cómo lo escribió. Si después habrá preguntas, conviene acordar quién dará los turnos y cómo se retomará el hilo cuando una intervención se alargue. Esas decisiones permiten preparar las tareas de cada participante antes del acto.
Cómo promocionar un libro y hacer contactos editoriales
¿Cuánta vida privada tienes que contar para dar a conocer un libro?
Al preparar una entrevista sobre tu novela, puedes hablar de cómo elegiste al narrador sin explicar a quién te recuerda un personaje. La conversación sobre el trabajo admite detalles personales, pero también permite centrarse en decisiones que el lector puede reconocer en las páginas.
Cain examina una cultura que concede gran valor a la personalidad visible. Trasladar esa crítica a la promoción editorial permite revisar qué parte de la exposición ayuda a conocer el libro y cuál responde a una expectativa de mostrarse continuamente.[1]
Antes de una entrevista, puedes proponer asuntos sobre los que sí deseas conversar. El origen de una escena o una dificultad durante la escritura ofrecen material para explicar tu trabajo. Enviar al entrevistador un fragmento relacionado con esos temas le dará una referencia para preparar sus preguntas.
Conviene aclarar también el tratamiento de las personas que aparecen en esas explicaciones. Contar cómo resolviste una escena es una decisión sobre tu trabajo; identificar a alguien de tu entorno implica información sobre otra persona. Puedes preparar la explicación de la elección narrativa y dejar fuera los detalles que permitan reconocerla.
Si una pregunta afecta a un episodio que prefieres mantener en privado, puedes decirlo y volver al fragmento elegido. El entrevistador dispondrá de un asunto sobre el que continuar: por qué cambiaste el punto de vista, qué necesitaba saber el lector o cómo revisaste el diálogo. La entrevista puede seguir desarrollándose con información sobre el libro.
¿Cómo hacer contactos editoriales si prefieres hablar con pocas personas?
En un encuentro profesional puedes presentarte a varias personas y después dedicar más tiempo a una conversación que te interese. Preparar una pregunta sobre su trabajo te da una forma de acercarte sin tener que empezar recitando tu trayectoria.
Antes de acudir, revisa quién participa y localiza un tema sobre el que te interese preguntar. Si una editorial publica el género que escribes, conocer cómo selecciona los originales te ayudará a plantear una consulta relacionada con su catálogo.
La pregunta puede partir de una duda que siga abierta después de leer sus indicaciones. Si la web ya explica cómo enviar un manuscrito, tendrás esa información antes del encuentro. Puedes utilizarla para preparar el envío y reservar la conversación para un aspecto de la línea editorial que necesites comprender mejor.
También importa atender a la situación. Quien está preparando una mesa redonda quizá solo pueda saludarte. Preguntar por el canal adecuado para una consulta posterior respeta su trabajo y evita alargar un intercambio para el que apenas hay tiempo.
En el correo basta con recordar el encuentro y retomar la cuestión pendiente. Si habíais acordado enviar unas páginas, incluye ese fragmento y la información solicitada. Cuando la editorial disponga de un procedimiento de recepción de originales, conviene seguirlo y mencionar la conversación si ayuda a situar el envío.
Antes de escribir, comprueba qué quedó acordado. Una invitación a enviar un fragmento permite mandar ese material; un saludo durante un acto puede dejar todavía pendiente preguntar por el canal de contacto. La respuesta que solicites en el correo debe corresponder a la conversación que habéis tenido.
¿Cómo organizar la promoción de un libro para poder seguir escribiendo?
Una presentación incluye más trabajo que el tiempo que pasas delante del público. Para organizar tu semana necesitas contar la preparación, el desplazamiento y los compromisos que has aceptado después. Si solo reservas la hora del acto, el resto acabará ocupando el tiempo previsto para otras tareas.
Los espacios de recuperación que aborda el libro permiten incorporar otra pregunta a la agenda: qué necesitas después de una actividad exigente. La respuesta depende de cómo has vivido encuentros parecidos y de lo que tienes pendiente al día siguiente.[8]
Puedes revisar la última semana de promoción y localizar dónde se acumuló el trabajo. Tal vez volviste tarde de una librería y dejaste para la mañana una entrevista que habías prometido entregar. Ese retraso explica por qué la sesión de escritura terminó dedicada a otra cosa.
Para el próximo acto, puedes adelantar la entrevista o acordar otra fecha de entrega. También puedes reservar la mañana siguiente para tareas que ya sabes que podrás atender y trasladar la escritura a un tramo con menos compromisos alrededor.
La sesión de escritura necesita una tarea prevista. Retomar una escena interrumpida requiere saber qué parte ibas a revisar y qué dudas seguían abiertas. Dejar esa información anotada antes de los días de promoción permite volver al manuscrito con una referencia, en lugar de dedicar el comienzo de la sesión a reconstruir dónde lo habías dejado.
Antes de confirmar otra presentación, comprueba qué tiempo de escritura sigue disponible en el calendario. Si coincide con un encargo que ya habías aceptado, tendrás que mover una de las dos tareas y acordar cualquier cambio de entrega. Al fijar la nueva fecha, tendrás que contar con quienes esperan ese trabajo y reservar el tiempo necesario para completarlo.




























