EL CORREO QUE LLEGÓ ANTES DEL AMANECER
El móvil vibra sobre la mesilla y ese temblor arrastra el vaso de agua un par de milímetros, lo justo para que el cristal roce una moneda y deje un sonido seco en la habitación. Marcos abre los ojos sin saber aún qué ha pasado, pero el cuerpo ya está en alerta, como si hubiera reconocido algo antes que él.
La pantalla ilumina la oscuridad cuando la mira. Entorna los ojos, alarga el brazo y roza el teléfono. El frío le sube por la mano, le tensa el hombro y le alcanza el cuello. Se incorpora un poco, acerca el móvil a la cara y en ese gesto la cortina se mueve, deja entrar una línea de luz de la farola. Entonces aparece el nombre. El director general. El pecho se le queda rígido mientras el corazón empieza a golpear con más fuerza.
Desbloquea. El clic suena más alto de lo normal. “Tenemos un problema con la entrega”. No lee dos veces. No hace falta. El estómago se le cierra hacia dentro y la respiración se corta en seco. Intenta coger aire, pero solo entra a medias. Se queda un segundo sentado, con el móvil en la mano, mirando la pantalla sin parpadear, como si esperara que el mensaje cambiara por sí solo.
Se pone en pie. El suelo frío le sube por los pies mientras avanza por el pasillo sin terminar de levantar los pasos. Nota cómo el pulso le late en las sienes, cómo el cuerpo no termina de encontrar un ritmo estable. Llega a la cocina, abre el grifo y el agua rompe el silencio de la casa. Llena el vaso demasiado rápido, se le moja la mano, el agua cae por los dedos y resbala hasta la encimera sin que haga nada por evitarlo.
Bebe de un trago. El agua baja, enfría el pecho durante un breve instante. Se queda con el vaso en la mano, inmóvil, como si necesitara unos segundos más para entender dónde está. Levanta la vista. La calle está vacía, los árboles quietos, todo parece detenido fuera. Dentro, el ritmo sigue acelerado, sin encontrar un punto donde parar.
El móvil sigue en su otra mano. La pantalla se apaga sola. El reflejo le devuelve su cara en el cristal oscuro. Parpadea despacio. Vuelve a leer el mensaje en su cabeza sin necesidad de encenderlo otra vez. Sabe que no va a desaparecer.
Apaga el teléfono del todo. La cocina queda en silencio, en penumbra. Apoya la frente en el cristal de la ventana. El frío le recorre la piel, le baja un poco la presión del cuerpo, pero no llega a detenerla.
Se queda así unos segundos.
Ya no va a dormir.
El día todavía no ha empezado.
Y él ya está agotado.
¿EN QUÉ MOMENTO EMPEZÓ A QUITARTE EL SUEÑO ALGO QUE AÚN NO HA PASADO?
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