Influencia
Robert B. Cialdini escribió Influencia para estudiar qué nos lleva a aceptar una petición. Le interesaba el recorrido entre lo que una persona propone y la respuesta que recibe. Una compra puede parecer conveniente por sus características y ganar atractivo después de un favor. Una ayuda puede resultar difícil de ofrecer y hacerse más llevadera cuando quien la pide reduce su solicitud. El libro examina cómo esos detalles del encuentro intervienen en lo que decidimos hacer.
Para comprender ese recorrido, Cialdini reunió investigaciones de psicología social y observó a personas cuyo trabajo dependía de conseguir una aceptación. Estudió prácticas de venta y de recaudación de fondos, atendiendo a cómo se presentaban las peticiones. Le interesaba lo que ocurría antes de formularlas, durante la conversación y después de una objeción. Relacionar ese trabajo con los experimentos le permitió organizar las formas de persuasión que desarrolla en la obra.
El libro llama principios a las tendencias que aparecen en esas respuestas. Recibir una atención puede acercar el deseo de corresponder. Haber aceptado un compromiso puede favorecer que deseemos continuarlo. Cada principio permite seguir una razón que interviene al decidir, junto al contenido de lo que se propone. Cialdini explica cómo se prepara esa razón en el trato entre las personas y qué condiciones hacen que tenga más o menos peso.
La información sobre otros también puede orientarnos. Si desconocemos cómo responder, saber qué hacen personas en una situación parecida ofrece una referencia. La experiencia de quien aconseja puede dar otra, cuando parece tener conocimiento sobre el asunto. El autor estudia cómo utilizamos esas señales y qué información necesitamos para relacionarlas con la petición que tenemos delante. Reconocer una señal es un primer paso para entender por qué influye en la respuesta.
El trato con quien propone añade cuestiones que el libro examina con el mismo cuidado. Podemos escuchar con una disposición más favorable a alguien que nos agrada. En la edición ampliada, Cialdini estudia también la unidad, que aparece cuando consideramos a la otra persona parte de los nuestros. La cercanía puede hacer más fácil confiar en sus palabras. Para valorar la respuesta, sigue siendo necesario conocer qué nos pide, cómo se realizará y a quién afectará aceptarlo.
La escasez dirige la atención hacia las oportunidades que parecen estar terminándose. Cuando quedan pocas unidades o se acerca un plazo, conseguir lo ofrecido puede hacerse más urgente. Cialdini relaciona esa reacción con las demás tendencias y examina cómo reconocerlas al recibir una propuesta. El libro conserva también el interés por quien pide, que necesita presentar información verdadera y dar a la otra persona espacio para valorar las condiciones de su respuesta.
| Ficha del libro | Datos |
| Título | Influencia |
| Subtítulo | La psicología de la persuasión |
| Autor | Robert B. Cialdini |
| Título original | Influence: The Psychology of Persuasion |
| Edición | Edición española de referencia de 2022. Obra original publicada en 1984 y edición ampliada publicada en 2021. |
| Editorial | HarperCollins Ibérica |
| ISBN | 9788491396901 de la edición impresa de referencia |
| Extensión | 576 páginas en la edición española de referencia |
| Tema | Psicología de la persuasión y aceptación de peticiones |
| Materias | Reciprocidad, compromiso y coherencia, prueba social, simpatía, autoridad, escasez e identidad compartida |
| Área | Psicología social y comunicación |
| Tipo de contenido | Ensayo de divulgación |
| Enlace de compra | https://link.amazon/B08YSaYUo |
¿Qué detalles influyen en una decisión?
¿Por qué un precio más alto puede animarnos a comprar?
Una comerciante de Arizona tenía unas joyas de turquesa que seguían esperando comprador. Para darles salida, había cambiado su lugar en la tienda y había pedido a las dependientas que las ofrecieran a los clientes. Como las ventas continuaban siendo escasas, decidió probar una rebaja. Antes de salir de viaje, dejó una nota para que las piezas se vendieran a mitad de precio. Esperaba que pagar menos animara a quienes las habían pasado por alto.
La empleada entendió que debía duplicar el importe y cambió las etiquetas siguiendo esa lectura. Cuando la dueña volvió, las joyas se habían vendido al doble de su precio anterior. Cialdini sitúa este episodio al comienzo de Influencia porque permite seguir una decisión de compra en la que el producto conservaba sus características. Lo que había cambiado ante los clientes era la cantidad que se les pedía por él, una señal que podían utilizar para valorar su calidad.
Quien busca una buena turquesa necesita saber qué distingue unas piedras de otras. Ese conocimiento se aprende y puede quedar fuera de la experiencia de una persona que entra a comprar una joya. El precio le ofrece una cantidad que entiende desde el primer momento. En otras compras puede haber comprobado que unos materiales mejores o un trabajo más cuidado cuestan más. Llevar esa experiencia a la turquesa le da una forma de decidir mientras todavía conoce poco sobre la piedra.
La explicación de Cialdini se apoya en esa relación aprendida entre precio y calidad. El cliente puede suponer que una pieza cara reúne características que justifican el gasto. También puede confiar en que la tienda las ha examinado antes de fijar la etiqueta. Está utilizando el importe para aprovechar un conocimiento que atribuye al vendedor. La cifra empieza así a hacer dos trabajos durante la compra, indicar lo que tendrá que pagar y sugerir lo que espera recibir a cambio.
Ambos trabajos necesitan información propia. Para conocer el gasto, el cliente puede leer la etiqueta. Para entender la calidad, necesita una explicación sobre la piedra y el trabajo realizado en la joya. Un material costoso puede justificar una cantidad alta, y el precio también responde a decisiones de la tienda. En este caso, conocemos el origen del aumento porque la dueña había dejado una nota que se leyó de otra manera. Quien entraba después encontraba únicamente el importe nuevo.
Esa diferencia de información ayuda a comprender el resultado. La comerciante sabía que las mismas piezas se habían ofrecido antes por menos dinero. Los compradores podían interpretar la cantidad más alta como una valoración hecha por alguien que conocía las joyas.
El precio les acercaba una conclusión sobre el producto cuyo origen real estaba en una equivocación. Por eso el episodio permite examinar el papel de la etiqueta, aun cuando el libro presenta la explicación de los compradores como la interpretación de Cialdini.
Después de lo sucedido, la dueña comenzó a probar precios más altos con otros artículos difíciles de vender. Si seguían esperando comprador, los rebajaba hasta su importe inicial. Esta práctica añadía una comparación que el cliente podía encontrar al llegar. La cifra anterior hacía parecer que se ofrecía por menos un producto que valía más. Para conocer qué significaba esa rebaja, seguía siendo necesario saber por qué se había fijado la cantidad de partida y qué características tenía el artículo.
Una explicación del vendedor puede ayudar en ese punto. Si describe el material o el trabajo de una pieza, el cliente puede preguntar qué aporta a su uso y cómo se reconoce. La conversación permite relacionar el dinero con aquello que va a comprar. El precio conserva su utilidad como dato del gasto, mientras las características de la joya permiten formar una valoración más completa. El comprador dispone entonces de razones sobre el producto para decidir si quiere pagar la cantidad que ha encontrado en la etiqueta.
¿Por qué una compra parece más barata después de otra?
Un vendedor puede empezar por mostrar el traje y dejar el jersey para cuando el cliente haya aceptado la primera compra. Cialdini describe este orden al explicar el contraste, que consiste en percibir una cosa de manera distinta según aquello con lo que se compara. El traje ha pedido considerar una cantidad mayor. Cuando llega el jersey, su precio aparece junto a ese gasto reciente y puede parecer más pequeño de lo que habría parecido al entrar en la tienda.
Para seguir el cambio, conviene volver al momento anterior a elegir el traje. Si el vendedor hubiera ofrecido primero el jersey, el comprador habría tenido que valorar cuánto deseaba gastar en esa prenda. Después de aceptar el traje, cuenta con una cifra más alta que acaba de considerar adecuada para otra compra. Puede utilizarla al pensar en el jersey y sentir que añade una prenda por una cantidad llevadera. El orden de la presentación ha acercado una referencia que antes quedaba fuera de su decisión.
El importe del jersey sigue siendo el que figura en la etiqueta. La comparación modifica la impresión que produce. Mirarlo junto al traje permite reconocer que cuesta menos, una información correcta sobre la diferencia entre ambos. Decidir si conviene comprarlo pide conocer también su utilidad, sus características y el dinero disponible. La distancia entre las cifras puede hacer más cómoda esa decisión, mientras esas otras cuestiones siguen esperando una respuesta sobre la prenda que se ofrece.
La caja convierte la impresión en una cuenta. Si el cliente se lleva las dos prendas, deberá sumar sus precios. Cada euro del jersey se añade al importe del traje, incluso cuando aquel parezca pequeño al compararlos. La diferencia entre los precios informa sobre cuál cuesta menos. La suma permite conocer cuánto se pagará por el conjunto. Tener a la vista esa cuenta ayuda a pasar de la sensación de una compra económica al gasto que realmente exige aceptarla.
El comprador puede comparar entonces el total con el dinero que había reservado para ropa. Si el traje ha ocupado buena parte de esa cantidad, el jersey reduce lo que le queda para otras prendas. Este cálculo se relaciona con sus planes para la visita. Puede necesitar ambas piezas o preferir dedicar el resto a un abrigo. Conocer cuánto dinero queda permite decidir sobre esa necesidad después de recibir una oferta cuyo atractivo había crecido por el precio de la compra anterior.
Para valorar el jersey como producto, sirve otra comparación. Un jersey parecido en material, acabado y uso permite examinar qué recibe por cada cantidad. El traje pertenece a una clase distinta de prenda y exige un trabajo diferente. Su precio ayuda a explicar por qué el segundo gasto parece menor, mientras la comparación entre jerseys permite saber si la tienda pide mucho o poco por lo que está ofreciendo. Elegir con qué se compara la cifra determina qué se puede aprender de ella.
Ese examen puede hacerse dentro de la misma conversación con el vendedor. El cliente puede pedir la cuenta conjunta, preguntar por el material del jersey y conocer qué otros modelos cumplen el uso que busca. Cada respuesta añade una parte de la información necesaria. El precio del traje seguirá reciente en su memoria, y también tendrá delante el gasto completo y las diferencias entre las prendas que podría elegir para acompañarlo.
La secuencia de venta conserva así una utilidad que el comprador puede aprovechar. Ha encontrado el traje que buscaba y puede conocer una prenda que le interese. Para decidir sobre la segunda, necesita tiempo para relacionarla con su uso y con la cuenta. El contraste explica una impresión que aparece al escuchar el nuevo precio. Las preguntas sobre el jersey permiten continuar desde esa impresión hasta una elección apoyada en lo que se llevará y en lo que tendrá que pagar.
¿Por qué una segunda cifra puede parecer más razonable?
Después de aceptar una prenda cara, otra de menor precio puede parecer más fácil de pagar. Cialdini estudia cómo la comparación cambia esa impresión. La cifra del segundo artículo se entiende junto a un gasto mayor que acaba de recibirse. Para conocer qué ha influido en la respuesta, hay que conservar el orden de los precios y distinguirlo de lo que cada prenda ofrece al comprador.
En Pensar rápido, pensar despacio, Daniel Kahneman examina el anclaje, el efecto de un número inicial sobre una estimación posterior. Una persona intenta calcular cuánto puede valer algo y recibe antes una cifra. Ese número puede desplazar su cálculo hacia la cantidad sugerida, incluso cuando procura formar su propio juicio. El problema aparece al decidir qué importe se considera razonable, con una referencia que ha entrado antes de hacer la cuenta.
Los dos enfoques ayudan a mirar la cifra que precede a una valoración. El contraste explica por qué un precio se siente pequeño después de otro mayor. El anclaje permite estudiar cómo un número anterior influye en la cantidad que estimamos adecuada. En una compra pueden interesar ambas preguntas. Una persona puede encontrar llevadero el segundo precio y necesitar comprobar también de dónde procede su idea de lo que debería costar aquella prenda.
| Qué se examina | Influencia | Pensar rápido, pensar despacio |
| Efecto de la cifra anterior | Cambia la percepción del precio posterior | Puede desplazar la estimación hacia el primer número |
| Pregunta sobre la compra | Cómo parece el gasto después de otro mayor | Qué cantidad consideramos adecuada y de dónde procede |
| Comprobación útil | Valorar la segunda compra por lo que ofrece | Utilizar precios comparables para formar una referencia propia |
Pensemos en una persona que busca un abrigo y decide cuánto puede gastar antes de entrar en la tienda. Esa cantidad recoge el dinero disponible y el uso que espera darle. Si el vendedor le muestra primero un modelo mucho más caro, la cifra puede influir en lo que empiece a considerar razonable. Comparar materiales y precios de abrigos parecidos le ayuda a formar una referencia relacionada con el producto, con razones que puede explicar si decide modificar su presupuesto.
Al recibir una segunda oferta, conviene volver también a la cuenta completa. Su precio puede parecer cómodo después del abrigo y seguir ocupando una parte del dinero previsto. La tabla permite distinguir las preguntas que cada libro ayuda a examinar. Para responderlas durante la compra, el cliente necesita conocer cuánto añade la prenda y qué cuesta una opción semejante. Esos datos le permiten continuar desde la primera impresión hasta una valoración del gasto y de lo que recibirá por él.
¿Por qué aceptamos una petición cuando nos dan una razón?
Ellen Langer, Arthur Blank y Benzion Chanowitz estudiaron una situación que se puede reconocer en una cola. Una persona iba a utilizar una fotocopiadora cuando alguien le pedía pasar antes. Los investigadores cambiaban las palabras de la solicitud para observar cuántas veces se concedía el turno. Quien respondía debía retrasar sus propias copias mientras se hacía el trabajo ajeno, de modo que aceptar tenía una consecuencia en su espera.
En las peticiones de menor esfuerzo, pedir únicamente el turno consiguió permiso en el 60 % de los casos. Explicar que había prisa elevó la proporción al 94 %. La explicación daba una circunstancia por la que el solicitante quería adelantarse. Los investigadores probaron también una frase que repetía la necesidad de hacer copias y alcanzaron el 93 %. Aquella razón describía una actividad que compartían las dos personas que necesitaban la máquina.
La palabra «porque» presentaba lo que venía después como una justificación. Cialdini se fija en esa forma al contar la investigación en Influencia. Una petición acompañada de una razón puede recordar otras solicitudes que se han atendido antes. Los autores propusieron que reconocer esa manera habitual de pedir favorecía una respuesta aprendida. La persona podía conceder el permiso a partir de la forma de la explicación, antes de examinar qué aportaban sus palabras a la prioridad que se solicitaba.
Las razones tenían un contenido distinto. Alegar prisa explicaba una necesidad de tiempo de quien pedía pasar. Decir que había que hacer copias describía para qué se utilizaría la fotocopiadora. La persona que esperaba también necesitaba copiar y tendría que ceder un recurso que iba a usar para esa misma actividad. Seguir ambas necesidades permite entender por qué una frase puede parecer una explicación conocida y aportar poco sobre el motivo de cambiar el orden de la cola.
El esfuerzo del favor formaba parte de la prueba. Los solicitantes pedían hacer cinco o veinte copias y los investigadores comparaban esa cantidad con las páginas pendientes de quien iba a utilizar la máquina. Consideraban menor la petición cuando el trabajo ajeno era más corto que el propio. Si el solicitante tenía más páginas, la petición se consideraba mayor. Por eso el tamaño del favor se entendía dentro de aquella relación entre los trabajos de ambas personas.
Cuando la petición era mayor, la razón que repetía la necesidad de copiar obtuvo permiso en el 24 % de los casos, la misma proporción que pedir únicamente el turno. Alegar prisa alcanzó el 42 %. La forma conocida de presentar una razón llegaba ahora con una espera más larga para quien debía ceder. Los resultados permiten conservar una condición importante del estudio, porque el efecto observado en el favor menor cambiaba cuando aumentaba lo que se pedía conceder.
Los investigadores interpretaron esa diferencia atendiendo al examen de la solicitud. Una tarea más exigente podía favorecer que quien esperaba pensara con mayor atención en la explicación y en el tiempo que tendría que ofrecer. Esa es una interpretación de las respuestas registradas. Los permisos muestran lo que hicieron las personas en las condiciones de la prueba, mientras el motivo de cada decisión requiere conservar la cautela propia de una explicación sobre ese comportamiento.
Al recibir una petición parecida, preguntar cuántas páginas hay que copiar permite conocer el esfuerzo. Escuchar por qué se necesita pasar primero añade información sobre la prioridad. Ambas respuestas ayudan a valorar qué se concede. El estudio muestra una forma de pedir que puede facilitar la aceptación cuando el favor resulta pequeño. Su alcance se entiende mejor al mantener a la vista la espera de quien cede y la razón que recibe para cambiar el turno.
¿Cómo influye lo que recibimos en lo que aceptamos?
¿Por qué cuesta rechazar una petición después de un favor?
Dennis Regan preparó una actividad en la que los participantes valoraban obras de arte junto a un hombre que colaboraba con él. Durante una pausa, ese colaborador llevaba un refresco a algunos de ellos. Más tarde, les ofrecía unas rifas mediante una nota. La oferta llegaba de alguien que había tenido una atención anterior, de modo que el participante encontraba una oportunidad de ayudar a la misma persona que le había traído la bebida.
El refresco se ofrecía por iniciativa del colaborador. La compra aparecía después y exigía una decisión nueva sobre el dinero. En la nota se explicaba que el vendedor podía conseguir un premio si vendía más boletos, que costaban veinticinco centavos cada uno. El participante podía entender que comprar ayudaba a aquel objetivo. El recuerdo de la bebida acercaba un motivo para corresponder al hombre que estaba presentando la oferta.
Cialdini utiliza este trabajo para explicar la reciprocidad. Aprendemos a devolver las atenciones que recibimos y esa costumbre facilita muchas relaciones cotidianas. En el experimento, la devolución podía hacerse mediante una compra. El participante había recibido una ayuda elegida por el otro y encontraba ahora una manera de responder que también proponía el vendedor. Ese orden permite seguir por qué la oferta podía hacerse más difícil de rechazar después del refresco.
La compra tenía un tamaño que se decidía al elegir los boletos. Uno costaba veinticinco centavos y cada boleto añadido aumentaba el gasto en la misma cantidad. Agradecer una atención podía llevar así a emplear dinero en una respuesta cuya extensión se elegía durante la venta. El favor anterior tenía una forma ya conocida, mientras el gasto de devolverlo quedaba pendiente del número que el participante aceptara adquirir. Esa diferencia ayuda a entender qué se decide al corresponder.
Quienes recibieron el refresco compraron una media de 1,73 boletos, frente a 0,92 entre quienes recibieron directamente la oferta. La media se calcula reuniendo las compras de cada grupo y repartiéndolas entre sus participantes. Permite comparar cómo respondió el conjunto a la misma venta. El resultado mostraba más compras cuando el ofrecimiento de rifas procedía del hombre que había llevado antes la bebida.
Regan examinó también el agrado que despertaba el colaborador. La ventaja del favor se observó incluso cuando ese hombre resultaba poco agradable. El dato permite comprender que corresponder y sentir simpatía pueden intervenir de maneras distintas. Una persona puede desear devolver una atención recibida de alguien con quien tiene poco trato. La bebida daba una razón para ayudar que podía seguir presente al recibir una oferta de quien la había traído.
En otra condición, el refresco procedía de un investigador distinto. Recibirlo de esa persona tuvo menos efecto en las compras al colaborador que recibirlo del propio vendedor. El origen de la atención ayudaba a señalar a quién se dirigía la devolución. La bebida y las rifas quedaban más unidas cuando aparecían dentro de la relación con el mismo hombre. Esa comparación añade información sobre la importancia de quién ofrece el favor antes de solicitar la ayuda.
Al valorar un intercambio semejante, conocer lo que se espera después permite poner límites al compromiso que se acepta. El participante podía agradecer el refresco y mirar cuánto costaban las rifas, qué ofrecía el sorteo y cuántos boletos deseaba comprar. Esos datos pertenecían a la oferta que tenía delante. La reciprocidad explica una presión que puede acompañar la respuesta, mientras el número elegido determina cuánto dinero se dedicará a la forma de devolución propuesta por el vendedor.
¿Por qué aceptamos una petición después de rechazar otra mayor?
Unos estudiantes recibieron una petición de ayuda que exigía dos horas semanales durante dos años. Se trataba de colaborar con jóvenes que habían cometido delitos. Tras rechazar ese compromiso, escucharon una segunda propuesta, acompañar a un grupo al zoo durante dos horas. Cialdini y sus colaboradores organizaron la secuencia para estudiar cómo se respondía a una tarea menor cuando llegaba después de otra mucho más exigente.
La mitad de los estudiantes aceptó la visita. Cuando otros recibieron directamente la petición del zoo, aceptó el 16,7 %. La salida conservaba su duración y su trabajo en ambas condiciones. Por eso la diferencia entre las respuestas dirige la atención a la conversación anterior. Un grupo empezaba valorando una visita de dos horas. El otro encontraba esa misma visita después de rechazar una colaboración repetida durante dos años.
La reducción tenía un efecto sobre la manera de ver la tarea. Recordar el compromiso anterior permitía sentir las dos horas como una ayuda más llevadera. También podía cambiar la impresión sobre quien la solicitaba. Esa persona había escuchado el rechazo y parecía acercar su petición a lo que el estudiante podía conceder. La alternativa menor podía recibirse como una cesión hecha para facilitar el acuerdo, dentro de un intercambio que ya había empezado entre ambos.
La reciprocidad entre concesiones ayuda a interpretar esa respuesta. Si alguien reduce lo que pide, podemos sentir que también nos corresponde modificar nuestra posición. El estudiante tenía delante una forma de hacerlo, aceptar la salida después de haber rechazado el trabajo prolongado. La respuesta favorable podía devolver el acercamiento que atribuía al solicitante. La visita adquiría así un significado en la relación, junto a las condiciones propias de acompañar al grupo.
Para examinar mejor la diferencia, los investigadores presentaron a otros estudiantes los dos programas a la vez y les permitieron elegir. En esa condición, el 25 % aceptó la visita. La cifra quedó entre la petición directa y la secuencia de rechazo y reducción. Su diferencia con la petición directa fue insuficiente para distinguir estadísticamente esas respuestas. El resultado de la secuencia fue mayor que el de ambas condiciones con las que se comparaba.
Ofrecer las tareas juntas permite conocer cuánto exige cada una. La secuencia añade el momento en que quien pide modifica su solicitud después de escuchar la respuesta. El estudiante puede ver ese cambio como una atención a lo que acaba de decir. Esa interpretación se refiere al trato entre las personas y ayuda a entender por qué comparar dos duraciones puede tener un efecto distinto de recibir una propuesta reducida tras haber rechazado la anterior.
En una negociación cotidiana, reducir una petición puede servir para encontrar una ayuda posible. La persona que la recibe necesita conocer qué trabajo queda incluido, cuándo se hará y qué recursos tendrá que aportar. Esas condiciones determinan si puede cumplirlo. La presión por corresponder puede aparecer durante la conversación, mientras la tarea aceptada seguirá exigiendo tiempo cuando llegue el momento de realizarla. Dar espacio a esas preguntas ayuda a preparar una colaboración que ambas personas entiendan.
El caso del zoo permite seguir ese paso hasta la decisión. Decir que sí supone reservar dos horas y asumir el acompañamiento de los jóvenes durante la visita. Los dos años anteriores habían hecho más visible la reducción, y la ayuda finalmente ofrecida pertenecía a esa salida. Al examinarla por lo que requiere, el estudiante podía conocer el compromiso que estaba aceptando, una vez que la conversación le había acercado una razón para concederlo.
¿Qué debemos comprobar cuando alguien reduce su petición?
La visita al zoo requería el mismo acompañamiento cuando se pedía directamente y cuando llegaba después del compromiso de dos años. El intercambio anterior podía cambiar cómo se recibía. Tras el rechazo, el estudiante encontraba una reducción que parecía atender su respuesta. Cialdini ayuda a reconocer por qué corresponder a ese acercamiento podía favorecer la aceptación de una tarea cuyas condiciones seguían teniendo que cumplirse.
Rompe la barrera del no, de Chris Voss, añade una forma de conocer esas condiciones durante la conversación. Las preguntas sobre cómo se llevará a cabo una propuesta permiten descubrir el trabajo que incluye, los recursos disponibles y las dificultades pendientes. La reducción puede hacer más cercana la petición. Preguntar por su realización ayuda a saber si cabe dentro del tiempo que la otra persona puede ofrecer, antes de convertir la disposición a ayudar en un acuerdo.
| Momento de la conversación | Influencia | Rompe la barrera del no |
| La petición se reduce | La retirada puede despertar reciprocidad | Se puede explorar qué necesita la otra persona |
| Se valora la respuesta | El intercambio anterior influye sobre la aceptación | Las preguntas muestran tareas, plazos y dificultades |
| Se asume un compromiso | Conviene reconocer qué presión acompaña a la elección | Conviene precisar cómo se cumplirá lo acordado |
Ambos enfoques se encuentran en el momento anterior a comprometerse. El estudiante puede sentir que le corresponde conceder algo y necesitar averiguar qué se le está pidiendo realmente. Una tarea más pequeña puede seguir exigiendo horas que tiene ocupadas. Conocer cuándo se realizará y quién se encargará de cada parte permite valorar esa ayuda por sus condiciones. La conversación puede aprovechar el acercamiento para preparar un acuerdo que resulte posible cuando llegue el día de cumplirlo.
¿Cómo averiguar qué trabajo incluye una ayuda?
Pensemos en dos hermanos que preparan una mudanza. Uno pide ayuda durante el fin de semana y el otro trabaja el sábado. Al reducir la petición al domingo, se acerca una posibilidad de colaborar. Todavía necesitan averiguar qué cabe en las tres horas disponibles y cómo se transportarán los muebles. La conversación siguiente muestra una comprobación que puede cambiar lo que ambos están dando por acordado.
—Ven el domingo por la mañana y sacamos los muebles grandes —propone el hermano que se muda.
—Puedo ir de nueve a doce. ¿Cómo vamos a llevarlos a la otra casa? —pregunta el otro.
—Pensaba que podríamos utilizar tu coche para hacer varios viajes.
—En el coche caben las cajas. Para el sofá necesitamos una furgoneta y alguien que nos ayude a cargarlo.
—Voy a preguntar por una furgoneta. Cuando conozca el horario, podremos decidir qué muebles sacar en esas horas.
La petición se había reducido de un fin de semana a una mañana, y el transporte seguía pendiente. La pregunta hace visible una tarea que necesita otro recurso. Antes de cerrar el acuerdo, los hermanos deben conocer cuándo tendrán la furgoneta y quién podrá ayudar con el sofá. El tiempo ofrecido conserva su límite de tres horas, mientras la mudanza empieza a organizarse a partir de lo que realmente pueden hacer dentro de él.
¿Por qué devolvemos una atención a alguien que apenas conocemos?
Phillip Kunz eligió nombres en unos directorios y envió felicitaciones de Navidad a personas que desconocía. El trabajo, realizado con Michael Woolcott, estudiaba qué respuesta podía recibir una atención dirigida a alguien con quien faltaba una relación previa. Cialdini lo recoge en Influencia para explicar la reciprocidad. Los destinatarios encontraban un saludo navideño que permitía reconocer el gesto antes de conocer a la persona que había decidido escribirles.
Según recordaba Kunz en una entrevista posterior, las respuestas empezaron a llegar unos cinco días después. Entre ellas había cartas de tres o cuatro páginas y fotografías familiares. Algunos destinatarios dedicaban tiempo a compartir noticias de su vida con un remitente que había iniciado el contacto mediante una tarjeta. El primer envío había abierto una correspondencia cuyo contenido iba más allá de devolver una felicitación breve.
La costumbre de corresponder ayuda a entender por dónde empezaba esa respuesta. Una tarjeta navideña tiene una forma conocida de devolución. Quien la recibe puede preparar otra, añadir unas palabras y enviarla a la dirección del remitente. Ese recorrido permite responder a la atención con un gesto parecido. La persona dispone de una acción que sabe realizar antes de averiguar mucho sobre quien ha escrito, porque la propia tarjeta indica qué clase de saludo se está intercambiando.
Una relación anterior ofrece motivos para felicitar a alguien. En este caso, el motivo aparecía a partir de la iniciativa de Kunz. La atención recibida daba una razón para contestar durante esa Navidad. El destinatario podía utilizar una costumbre aprendida en otros intercambios y aplicarla a una persona que acababa de ponerse en contacto. Por eso el caso permite ver cómo la reciprocidad puede intervenir incluso cuando la familiaridad con el remitente todavía está por construirse.
La mayoría de quienes respondieron envió su tarjeta antes de preguntar quién era Kunz. Averiguarlo habría dado información sobre la relación que empezaba. La respuesta permitía devolver el saludo y podía adelantarse a esa aclaración. Mantener el orden de ambos pasos ayuda a comprender la observación de Cialdini. El gesto recibido tenía una forma reconocible y encontraba una devolución antes de que el destinatario hubiera establecido por qué aquel hombre lo había elegido para escribirle.
Las cartas largas añaden otra parte del intercambio. Una felicitación breve puede abrir una respuesta que exige más tiempo y comparte más información. Cada remitente decide qué contar y cuánto espacio dedicarle. El contenido que Kunz recordaba permite seguir esa diferencia de esfuerzo, con noticias y fotografías que entraban en la correspondencia por elección de quien contestaba. La primera tarjeta había ofrecido una ocasión de responder, mientras cada persona daba forma a su devolución.
Kunz recordaba también que su familia siguió recibiendo tarjetas de algunos contactos durante unos quince años. La Navidad siguiente podía traer un saludo de alguien que ya había escrito antes. El intercambio empezaba a tener una historia propia, formada por los envíos anteriores. Mantenerlo ofrecía una razón nueva para contestar y añadía familiaridad a una relación que había comenzado con una atención entre desconocidos.
El episodio documentado permite estudiar tarjetas y cartas. Si después apareciera una petición distinta, habría que conocer sus condiciones para valorarla. Corresponder a un saludo da una respuesta a lo recibido, mientras asumir una tarea nueva exige saber qué se solicita. Esa diferencia conserva el alcance del primer contacto. La relación puede continuar a partir de las felicitaciones, con cada nuevo compromiso pendiente de una decisión que se pueda entender por lo que pide.
¿Cómo cambia nuestra conducta después de aceptar un compromiso?
¿Por qué un primer compromiso facilita aceptar otro mayor?
Jonathan Freedman y Scott Fraser prepararon una primera visita a unos propietarios para pedirles una colaboración pequeña. En una de las condiciones, les proponían mostrar un cartel reducido sobre conducción segura. Dos semanas después, llegaba otra petición, instalar un cartel mucho mayor delante de la casa. Los investigadores querían estudiar cómo cambiaba la aceptación cuando el propietario ya había participado antes de escuchar lo que ahora se le pedía.
Aceptó el cartel grande el 76 % del grupo al que se había solicitado mostrar primero el pequeño. Entre quienes recibieron directamente la petición mayor, aceptó el 16,7 %. El resultado se refiere al acuerdo expresado por los propietarios. A quienes accedían se les explicaba que se estaban reuniendo nombres y que volverían a contactar si se elegía su vivienda. Ese alcance importa para comprender qué se registró, una disposición a colaborar ante la nueva solicitud.
Cialdini utiliza este estudio al explicar el compromiso y la coherencia. Cuando hacemos algo para apoyar una causa, ese gesto puede intervenir en la manera de vernos. El propietario que había mostrado el cartel pequeño podía reconocerse como alguien dispuesto a colaborar con la conducción segura. La petición posterior encontraba una acción reciente con la que relacionarse. El cartel grande podía parecer una continuación de aquel apoyo, en lugar de una campaña que empezaba pidiendo ocupar parte del espacio de su casa.
El deseo de dar continuidad a lo hecho puede facilitar la segunda aceptación. La persona conserva una decisión propia que le recuerda cómo respondió antes. Si la nueva petición parece pertenecer al mismo apoyo, aceptar permite seguir de acuerdo con ese gesto. La interpretación explica por qué una colaboración limitada puede tener consecuencias sobre otra mayor. Entre ambas hay una relación que el propietario puede utilizar al pensar qué respuesta encaja con la participación que ya ha tenido.
El tamaño del cartel añade condiciones que necesitan examinarse. Una señal pequeña utiliza el espacio de una manera distinta de un cartel grande delante de la vivienda. La causa puede seguir interesando al propietario y la forma de mostrarla puede exigir más de lo que desea ofrecer. Conocer dónde se colocará y cuánto ocupará permite valorar la nueva petición por lo que cambia. El antecedente de apoyo sigue presente, junto a un uso de la casa que ahora requiere otra decisión.
Los investigadores observaron mayor aceptación también después de solicitudes iniciales relacionadas con una causa diferente. Ese resultado amplía la pregunta sobre lo que aporta la primera colaboración. La persona puede verse como alguien que ayuda, más allá del mensaje particular que haya apoyado. El gesto previo puede acompañar la respuesta siguiente por esa manera de entender la propia participación. Se trata de una explicación del efecto que necesita conservar las distintas condiciones en las que se pidió colaborar.
Un primer paso puede utilizarse para dar a conocer una campaña y permitir que las personas prueben una participación limitada. Al llegar una tarea mayor, explicar qué añade facilita una decisión informada. Quien ha colaborado conoce ya el asunto y necesita saber qué trabajo nuevo se le pide. La continuidad puede ser elegida a partir de esa información, con tiempo para relacionar la actividad con el espacio o la dedicación que tendrá que ofrecer.
El estudio permite reconocer un momento en que esa información resulta especialmente útil. La persona ya tiene una razón para seguir ayudando, porque ha participado antes. Mostrar las condiciones del segundo compromiso hace visible cuánto cambia la petición. En los carteles, el mensaje de conducción segura podía mantenerse y el espacio solicitado aumentaba. La decisión posterior necesitaba valorar ambas cosas, para que el apoyo anterior pudiera continuar de una manera que el propietario entendiera y quisiera aceptar.
¿Por qué actuamos de otra manera después de aceptar una responsabilidad?
Una persona colocaba su manta en una playa de Nueva York y escuchaba una radio portátil antes de alejarse. Había hablado con un vecino, que permanecía junto a sus pertenencias. Poco después, un cómplice recogía la radio, todavía sonando, y empezaba a llevársela. Thomas Moriarty había preparado esa escena para estudiar qué hacían los vecinos cuando llegaba alguien a retirar un objeto durante la ausencia de su dueño.
En unas pruebas, el dueño había pedido cerillas antes de marcharse. En otras, había solicitado que se vigilaran sus cosas y el vecino había aceptado. Ambos grupos tenían así un contacto previo con la persona de la manta, y las conversaciones dejaban tareas distintas. Ayudar con unas cerillas resolvía una necesidad del momento. Aceptar la vigilancia pedía seguir atento a las pertenencias después de que el dueño se hubiera alejado.
La promesa de cuidar daba al vecino una orientación para ese tiempo. Sabía qué objetos quedaban a su cargo y que su dueño esperaba encontrarlos al volver. Cuando aparecía el cómplice y recogía la radio, podía relacionar aquella retirada con el trabajo que había aceptado. El aparato se estaba alejando de la manta dentro del periodo de vigilancia. Reconocer ese cambio era un primer paso antes de decidir si debía hacer algo para detenerlo.
Las respuestas podían exigir que el vecino se levantara y fuera tras el hombre. Algunos lo llamaban, lo seguían o le pedían una explicación. La tarea empezaba por prestar atención y se encontraba después con una situación que requería dirigirse a otra persona. Eso ayuda a comprender el esfuerzo de intervenir. El vecino había aceptado vigilar unas cosas y ahora veía a alguien llevándose una de ellas, una consecuencia que necesitaba resolver durante la ausencia del dueño.
Entre los participantes que advirtieron el robo, intervinieron diecinueve de veinte que habían aceptado la vigilancia. En el grupo de las cerillas lo hicieron cuatro de veinte. La comparación se refiere a personas que habían visto lo sucedido.
Los investigadores distinguían darse cuenta de la retirada y actuar ante ella, porque ambos pasos son necesarios para comprender una intervención. Quien pasa por alto la salida de la radio tiene una oportunidad distinta de responder que quien la ve y decide qué hacer.
La atención ofrecía otra diferencia entre los grupos. Todos los vecinos que habían aceptado vigilar advirtieron la retirada del aparato. En la otra condición hubo personas que la pasaron por alto. La petición había señalado unos objetos que merecían seguimiento mientras el dueño estaba fuera. Al aceptar ese cuidado, el vecino podía orientar su atención hacia lo que ocurría con ellos. La promesa tenía así relación con el momento anterior a la intervención, cuando todavía era necesario reconocer que la radio estaba cambiando de manos.
Quienes habían organizado la escena conocían el papel del supuesto ladrón. Los vecinos reaccionaban ante un hombre que se llevaba unas pertenencias y recibían la explicación del experimento después. Esa diferencia de información permite entender qué situación estaban tratando de resolver. La retirada se presentaba para ellos como un suceso de la playa, dentro de una responsabilidad que habían aceptado antes. Su respuesta se registraba mientras todavía entendían el encuentro desde ese cuidado de las cosas ajenas.
Cialdini recoge el caso para mostrar cómo un compromiso puede continuar influyendo después de la conversación en la que se asume. La petición de vigilancia conservaba una tarea pendiente y la salida de la radio la hacía más exigente. Para explicar el resultado hay que seguir ambos momentos, desde aceptar el cuidado hasta advertir un suceso que lo afecta. La intervención era el paso posterior, cuando el vecino utilizaba aquella promesa para decidir cómo responder a quien se llevaba el objeto.
¿Cómo cambia nuestra confianza después de tomar una decisión?
En un hipódromo de Vancouver, Robert Knox y James Inkster preguntaban a los apostadores qué posibilidades de ganar tenía el caballo que habían elegido. Entrevistaban a unas personas antes de pagar una apuesta de dos dólares y a otras después. Todos hablaban sobre una carrera pendiente. El grupo que ya había pagado expresaba mayor confianza, una diferencia que los autores estudiaron en relación con el compromiso que acompañaba a la apuesta realizada.
Antes de entregar el dinero, la persona había elegido un caballo y podía explicar por qué lo prefería. Después del pago, esa preferencia tenía una consecuencia para su bolsillo. La apuesta ligaba el dinero al resultado del animal elegido. Pensar que tenía buenas posibilidades permitía confiar también en la decisión que acababa de tomar. Por eso el momento del pago ayudaba a examinar qué ocurría al pasar de considerar una opción a quedar comprometido con ella.
Los investigadores interpretaron la diferencia como una posible manera de hacer más llevadera la elección. Un apostador puede conocer ventajas de varios caballos y conservar dudas sobre cuál ganará. Al pagar por uno, puede atender más a sus cualidades y dar menos peso a las razones favorables a los demás. Ese cambio de atención ayudaría a sostener la apuesta. Se trata de una explicación de la mayor confianza expresada por el grupo, que debía conservarse como interpretación de lo observado.
Un participante ofreció a los autores un episodio que permite seguir esa interpretación de cerca. Antes de pagar, había atribuido a su caballo una posibilidad razonable de ganar. Después de apostar, volvió por iniciativa propia hacia el otro investigador y pidió corregir la respuesta. Quería que constara una buena posibilidad y, mientras lo explicaba, la elevó de nuevo hasta excelente. La carrera continuaba pendiente durante aquellas modificaciones, mientras él ya tenía dinero puesto en la elección.
La prueba principal comparaba grupos de personas distintas. El episodio del hombre que regresó añadía una observación individual dentro de esa investigación. Mantener ambas cosas permite entender el alcance de los resultados. Las respuestas del conjunto mostraban una diferencia entre antes y después del pago. El regreso mostraba a un apostador que decidía cambiar su pronóstico tras realizar la apuesta, una conducta que los autores relacionaron con la explicación que estaban examinando.
También comprobaron si algunos apostadores podían cambiar de caballo al llegar el momento de pagar. Consultaron por separado a cuarenta y seis personas y todas mantuvieron su elección. Esa comprobación atendía a otra posibilidad para entender la diferencia. Apostar finalmente por un favorito podría aumentar la confianza por haber elegido un animal distinto. Conocer que se mantenía el caballo ayudaba a examinar el pago como parte del cambio que interesaba estudiar.
Para valorar un pronóstico, conviene saber qué información lo sostiene. El apostador puede haber descubierto una ventaja del caballo o recordar con más fuerza una que conocía antes. La primera situación añade un dato a su valoración. La segunda puede hacerle sentirse más seguro con las mismas razones. Preguntar qué ha aprendido desde que eligió permite seguir esa diferencia, con una explicación sobre la carrera que se pueda separar del alivio de haber terminado la decisión.
Cialdini presenta el trabajo al examinar la coherencia. Una decisión propia puede acercar motivos para defender lo que ya hemos hecho. En el hipódromo, la confianza aumentaba mientras la carrera seguía por disputarse. Conservar ese tiempo de espera permite entender qué se estaba midiendo, una expectativa sobre el resultado. La apuesta mostraba el compromiso del participante, y la información sobre los caballos seguía siendo necesaria para explicar las posibilidades que atribuía al animal elegido.
¿Cuándo merece la pena revisar una elección que ya hemos defendido?
La apuesta ya pagada puede acompañar la seguridad con la que hablamos del caballo. Cialdini examina el compromiso que se ha asumido y el deseo de sostenerlo después. Cuando defendemos una elección, sus razones pueden compartir la atención con el hecho de haberla hecho nuestra. Volver a esas razones permite conocer qué información está apoyando la confianza y qué parte de ella procede de la decisión anterior.
Piénsalo otra vez, de Adam Grant, se ocupa del trabajo de revisar las propias ideas cuando aparecen motivos para hacerlo. Su propuesta ayuda a mantener una elección abierta a información que puede cambiar. La comparación con Cialdini permite seguir dos momentos relacionados. Primero se reconoce el peso de lo que ya hemos decidido. Después se examina si las razones siguen describiendo la situación en la que tendremos que actuar.
| Aspecto de la decisión | Influencia | Piénsalo otra vez |
| Una elección previa | El deseo de coherencia favorece mantenerla | La elección puede seguir abierta a nueva información |
| Un dato que la cuestiona | El compromiso puede influir en cómo recibimos el dato | Conviene examinar qué parte de la idea necesita revisión |
| Criterio para continuar | Reconocer el peso de lo que ya hemos dicho o hecho | Determinar qué prueba justificaría modificar el plan |
| Relación con otras personas | El compromiso público puede reforzar la continuidad | Los cambios requieren explicar sus motivos a los afectados |
Imaginemos que un grupo prepara una excursión y elige una ruta porque permite regresar antes del anochecer. Después cambia el horario del transporte. La nueva hora afecta al motivo por el que se había elegido el recorrido. Revisarlo permite seguir cuidando el regreso que interesa al grupo. Para comprender la modificación, los participantes necesitan conocer qué ha cambiado y cómo afecta al tiempo disponible, una explicación que da contenido a la nueva propuesta.
La persona que organiza ha asumido una responsabilidad ante los demás y puede atenderla mientras modifica el plan. Su cálculo sobre la ruta dependía de unos horarios que ahora son distintos. Mantener a la vista el propósito permite valorar otra opción que lo cumpla. Quienes habían reservado la tarde reciben información sobre las consecuencias del cambio y pueden decidir si todavía les sirve la salida, con un compromiso que se revisa a partir de las condiciones actuales.
La comprobación puede confirmar también la elección inicial. Si el transporte previsto conserva su hora y el aviso se refería a otro servicio, la ruta mantiene la razón que la hacía adecuada. Revisar requiere averiguar a qué afecta la nueva información. Grant ayuda a preparar esa disposición a reconsiderar y Cialdini señala cómo puede intervenir el compromiso al examinarla. El grupo conserva entonces una explicación sobre lo que se hará, tanto si el recorrido continúa como si hace falta cambiarlo.
¿Por qué nos fijamos en lo que hacen otras personas?
¿Por qué nos influye saber lo que hacen otras personas?
Noah Goldstein, Robert Cialdini y Vladas Griskevicius prepararon distintos carteles para los baños de un hotel. Pedían a los huéspedes que utilizaran sus toallas más de una vez durante la estancia. Un mensaje explicaba que esa colaboración ayudaba a cuidar el medioambiente. Otro informaba de que la mayoría de los huéspedes participaba. Los investigadores querían conocer qué respuesta conseguía cada forma de presentar una petición que el visitante debía resolver dentro de su habitación.
La tarea empezaba después de secarse. El huésped podía conservar la toalla para otro uso o dejarla para que se recogiera y lavara. Su elección afectaba al trabajo que el personal realizaría después, con agua y otros recursos para preparar las toallas de nuevo. El mensaje ambiental acercaba esa consecuencia a alguien que solo tenía delante el objeto usado. La petición explicaba por qué una decisión pequeña dentro del baño podía ayudar en una actividad que continuaba fuera de él.
El mensaje sobre la mayoría añadía información acerca de otros visitantes. Esas personas habían utilizado las habitaciones y habían encontrado una elección semejante sobre sus toallas. Saber que conservaban las que podían volver a usar ofrecía una referencia para el huésped actual. La conducta ajena llegaba mediante el cartel, aun cuando quienes la habían realizado estaban lejos. El lector encontraba una manera de responder que ya formaba parte de la estancia de otras personas.
Con esa información se registró más reutilización que con la petición centrada en el cuidado del medioambiente. Cialdini incluye el trabajo al explicar la prueba social. Cuando estamos decidiendo cómo actuar, saber qué hacen otros puede orientarnos. En el hotel, la mayoría mencionada pertenecía a personas alojadas ante una tarea parecida. El mensaje hacía más familiar la colaboración antes de que el huésped expresara su propia respuesta con la toalla que había utilizado.
Los investigadores probaron también un mensaje referido a quienes habían ocupado la misma habitación. Esa versión consiguió más reutilización que los demás mensajes sociales considerados juntos. La información acercaba aún más el lugar de la decisión. El huésped podía mirar el baño y relacionar lo que se pedía con personas que habían estado allí antes. Compartir ese espacio ofrecía una semejanza fácil de reconocer, incluso entre visitantes que desconocían los nombres y las vidas de los anteriores.
La semejanza ayudaba a recibir la petición, mientras el estado de cada toalla seguía dependiendo de su uso. Una persona podía examinar la suya y decidir si servía para otra ocasión. La participación anterior daba una referencia sobre lo habitual. La toalla que tenía delante le permitía conocer las condiciones de su propia respuesta. Ambas informaciones podían utilizarse durante la estancia, con una colaboración que conservaba espacio para valorar cuándo resultaba adecuada.
Los carteles explicaban también dónde dejar las toallas. Colocarlas en el toallero o en la barra de la cortina indicaba que se querían conservar. Dejarlas en el suelo pedía que se recogieran. Esa instrucción permitía comunicar la elección a alguien que entraría después. El huésped podía decidir al terminar de leer y el personal encontraría la respuesta durante su trabajo, al ver qué posición se había elegido para cada toalla.
La investigación permite seguir cómo una referencia social se convierte en una actuación visible. El mensaje podía favorecer las ganas de colaborar y las instrucciones daban una forma de hacerlo. Cuando el personal atendía la habitación, reconocía qué toallas debía mantener disponibles. La conducta de otros huéspedes había orientado una decisión propia que después se incorporaba al trabajo del hotel, con un objeto colocado de manera que otra persona pudiera entenderla.
¿Qué podemos aprender de las decisiones de otras personas?
El huésped del hotel recibía información sobre personas que habían elegido conservar sus toallas. La referencia correspondía a una situación que podía reconocer en su propio baño. Cialdini estudia cómo esa semejanza favorece que atendamos a la conducta ajena. Saber lo que hacen otros puede acercarnos una opción cuando todavía estamos decidiendo cómo actuar, con una información que necesita relacionarse después con nuestras condiciones.
En Ideas que pegan, Chip Heath y Dan Heath trabajan la credibilidad de una explicación. Atienden a detalles que se pueden comprobar, cantidades que se entienden y pruebas que el destinatario puede realizar. Esa mirada permite continuar desde la conducta ajena hasta lo que se sabe de una propuesta. El ejemplo de otra persona puede despertar confianza, mientras conocer por qué eligió y qué obtuvo ayuda a valorar si su experiencia sirve para la decisión propia.
| Información recibida | Influencia | Ideas que pegan |
| Lo que hacen otros | Su conducta puede servir de referencia para actuar | Una explicación gana credibilidad cuando puede entenderse y comprobarse |
| Un testimonio | La semejanza con quien habla puede favorecer la aceptación | Los detalles permiten examinar qué ocurrió y qué sostiene la afirmación |
| Una cantidad | El número de personas puede reforzar la prueba social | Su significado necesita una escala que el lector comprenda |
| Una decisión propia | Valorar si la conducta ajena corresponde a nuestra situación | Buscar una comprobación relacionada con lo que necesitamos saber |
Veamos cómo podría ocurrir al comprar una lavadora. Otros compradores pueden haber elegido un modelo porque ocupa poco espacio. Para quien tiene una cocina pequeña, su experiencia ayuda a localizar una opción. Después necesita conocer las medidas del aparato y compararlas con el hueco de su casa. La elección ajena ha acercado el modelo, mientras las medidas permiten comprobar la condición por la que empezó a interesarse en él.
Un testimonio que explica el espacio disponible permite entender mejor aquella compra. Saber cuánto medía el hueco ayuda a comparar la experiencia con la cocina propia. Si el comprador describe también la instalación, aporta información sobre un trabajo que tendrá que realizarse después. Cada detalle responde a una duda. Los Heath ayudan a hacer comprensible esa explicación y Cialdini permite reconocer por qué atendemos a alguien cuya dificultad se parece a la nuestra.
La semejanza merece examinarse en lo que afecta al uso. Dos vecinos pueden tener cocinas parecidas y necesitar capacidades distintas para sus lavadoras. El tamaño permite saber si el aparato cabe. La cantidad de ropa y la frecuencia de uso ayudan a decidir si servirá a la familia que va a comprarlo. La experiencia de otros abre una posibilidad que el comprador puede comprobar a partir de esos datos, hasta conocer cómo encaja el modelo en la vida para la que está eligiendo.
¿Por qué nos ayuda ver a otra persona hacer lo que nos cuesta?
Albert Bandura, Joan Grusec y Frances Menlove trabajaron con niños que temían a los perros y evitaban acercarse a ellos. Algunos observaron a otro niño aproximarse a un animal mediante pasos graduales. Los investigadores estudiaban si presenciar esa acción cambiaba lo que los observadores hacían después. Cialdini recoge estos trabajos al examinar cómo la conducta ajena puede darnos referencias para realizar algo que todavía nos cuesta.
La observación acercaba una experiencia que el niño evitaba obtener por sí mismo. Podía ver desde dónde partía el otro, cómo reducía la distancia y qué sucedía con el perro al avanzar. El contacto más próximo tenía acciones anteriores que se podían seguir. Cada paso mostraba una parte del recorrido y permitía atender a sus consecuencias antes de que llegara el momento de intentar un acercamiento propio.
Ese recorrido aporta información distinta de una petición para aproximarse. Decirle al niño que se acerque señala la acción que se espera. Observar a otro ofrece también una manera de realizarla. El niño dispone de movimientos que puede recordar y de lo que ha visto ocurrir al llevarlos a cabo. La dificultad empieza a tener pasos reconocibles, con una distancia que se reduce mediante acciones visibles dentro de la misma situación.
Los investigadores compararon el ejemplo con otras condiciones. Algunos niños veían al perro en un contexto agradable, en una sesión donde el acercamiento de otro niño quedaba fuera del ejemplo. Otros participaban en actividades agradables con el animal ausente. Los grupos que habían observado los acercamientos redujeron más su evitación. Esas comparaciones ayudaban a estudiar qué añadía la demostración, junto al efecto que pudieran tener la presencia del perro o el ambiente de las sesiones.
El cambio se registraba en las conductas de los niños. Aproximarse más al perro podía observarse y permitía comparar lo que hacían antes y después. La experiencia emocional de cada uno requería información propia. Un niño podía seguir sintiendo temor mientras realizaba un paso que antes evitaba. Mantener esa diferencia permite contar el avance con precisión, a partir de lo que llegó a hacer en las condiciones de la investigación.
Cuando el niño intentaba acercarse, empezaba a obtener información mediante su propia acción. Podía reconocer qué ocurría con el animal desde la distancia que él había alcanzado y relacionarlo con lo visto antes. La demostración había dado una referencia para empezar. El intento personal añadía lo sucedido durante un recorrido realizado por él, con pasos que ahora podía recordar desde una experiencia propia.
El estudio encontró una reducción de la evitación que se mantenía y se extendía más allá de los acercamientos mostrados. Ese resultado llevaba la atención hacia las ocasiones posteriores de relacionarse con los perros. El interés de observar estaba también en lo que podía facilitar después, cuando el niño debía actuar ante otra situación. La experiencia inicial ofrecía una ayuda para encontrar una forma de aproximarse que luego podía ampliar mediante sus propios intentos.
El caso permite comprender una utilidad de los ejemplos que se pueden seguir. Para aprender una acción difícil, mirar a alguien que la realiza ofrece detalles sobre cómo empezar y qué sucede al avanzar. La ayuda depende de que esos pasos se vean y correspondan a la dificultad que se está tratando. En los niños, el acercamiento gradual del modelo había hecho visible un recorrido que después podía servir de referencia para intentar el contacto con el animal.
¿Por qué miramos hacia donde están mirando otras personas?
Stanley Milgram, Leonard Bickman y Lawrence Berkowitz organizaron una escena en una acera de Nueva York. Unos colaboradores se detenían durante un minuto y miraban hacia una ventana del sexto piso. Los investigadores cambiaban el tamaño del grupo, desde una persona hasta quince, para observar la reacción de los transeúntes. Quienes pasaban encontraban personas atendiendo al mismo punto del edificio y podían seguir sus miradas para averiguar qué había allí.
La primera señal llegaba de los observadores. Su posición indicaba una dirección y la coincidencia de las miradas podía sugerir que algo merecía atención. El peatón podía levantar los ojos antes de conocer el contenido de la ventana. La conducta ajena le ofrecía una forma de localizar una escena que todavía debía examinar. Ese orden permite entender por qué mirar hacia donde miran otros puede ser útil cuando se desconoce lo que está sucediendo en un lugar.
Los autores distinguieron dos respuestas. Algunas personas levantaban la vista mientras seguían caminando. Otras se detenían junto al grupo y dedicaban más tiempo a observar. Con un colaborador mirando, se paraba aproximadamente el cuatro por ciento de los transeúntes. Con quince, se detenía cerca del cuarenta por ciento. La comparación se refiere a interrumpir el recorrido, una respuesta que añadía tiempo a la mirada que podía dirigirse hacia arriba durante la marcha.
Detenerse cambiaba también lo que encontrarían los siguientes peatones. Una persona que se incorporaba pasaba a formar parte del grupo visible. Quien llegaba después veía a los colaboradores junto a transeúntes que habían decidido parar antes. Todos compartían el lugar desde el que se miraba. La respuesta de un peatón podía convertirse así en una señal para otro, haciendo que el interés siguiera creciendo mediante las propias incorporaciones.
Esa manera de crecer merece atención cuando utilizamos el número de personas para juzgar una escena. Un grupo numeroso puede reunir observadores que han encontrado algo interesante y otros que han llegado siguiendo las miradas anteriores. La cantidad informa de cuántos están allí. Para saber qué tiene de especial lo que miran, hace falta dirigir la atención hacia ese lugar y conocerlo. Cada incorporación puede proceder de una referencia compartida antes de que haya una valoración propia del contenido.
En la ventana se veían unas figuras desde el interior. Los autores describieron la escena como de escaso interés y señalaron su limitada capacidad para mantener la atención. El grupo podía atraer a los transeúntes hacia un punto que, una vez observado, ofrecía menos motivos para quedarse. Así se podían seguir dos momentos, la decisión de mirar al encontrar personas mirando y la valoración de lo que aparecía después al levantar los ojos.
La diferencia entre ambos momentos ayuda a entender la prueba social que examina Cialdini. Los demás pueden acercarnos un lugar en el que buscar información. Al mirar, disponemos de algo más para decidir cuánto tiempo dedicarle. La primera referencia viene del comportamiento ajeno y la siguiente procede de lo que vemos. En la acera, el peatón podía continuar su recorrido después de conocer la ventana o permanecer junto al grupo durante un tiempo adicional.
El experimento mantiene el interés en esa llegada a la escena. Los colaboradores empezaban con una acción acordada y los transeúntes respondían a lo que encontraban. A medida que algunos se detenían, contribuían a la señal que recibirían los demás. Cialdini utiliza el caso para mostrar cómo la atención compartida puede extenderse antes de que cada persona haya examinado por sí misma aquello que parece estar atrayendo a tantos observadores.
¿Por qué una advertencia puede favorecer el comportamiento que quiere evitar?
El Parque Nacional del Bosque Petrificado, en Arizona, perdía fragmentos de madera convertida en piedra porque algunos visitantes se los llevaban. Los avisos explicaban el daño acumulado para animar a conservar el lugar. Cialdini y sus colaboradores estudiaron las respuestas a distintas formas de presentar esa petición. Les interesaba qué ocurría cuando la advertencia destacaba que muchos visitantes retiraban madera, haciendo conocida la conducta que el parque trataba de reducir.
Quien leía ese aviso encontraba dos informaciones. El parque quería mantener los fragmentos y explicaba que otras personas se los habían llevado. La primera indicaba qué se pedía hacer. La segunda ofrecía una referencia sobre cómo se comportaban quienes habían pasado por allí antes. Al destacar muchas retiradas, el mensaje podía presentar esa acción como habitual para alguien que acababa de llegar y todavía estaba descubriendo el lugar.
Los investigadores utilizaron carteles que describían conductas y otros que expresaban lo que debía hacerse. Contaron los fragmentos retirados después de mostrar cada versión. El mensaje centrado en muchas personas llevándose madera iba acompañado de más pérdidas que el que pedía expresamente dejarla en el parque. El resultado correspondía a aquellas formulaciones, con palabras e imágenes que acercaban distintas referencias a los visitantes durante sus recorridos.
Las imágenes ayudaban a reconocer las acciones. Un cartel mostraba a varias personas retirando fragmentos. Otro acompañaba la petición de conservarlos con una señal de prohibición. La escena de varias personas recogiendo madera hacía más visible una conducta compartida. La señal indicaba una regla del lugar. Ambas informaciones llegaban junto al texto, de modo que el efecto debía entenderse a partir de lo que cada cartel mostraba y explicaba en conjunto.
La referencia sobre los demás puede influir incluso cuando el propósito de la advertencia está claro. Un visitante entiende que se quiere proteger el parque y, al mismo tiempo, aprende que muchos se llevan fragmentos. Esa imagen de lo habitual puede acompañarlo al encontrar uno junto al sendero. El mensaje está tratando de orientar su actuación mediante una información que también puede acercarle motivos para ver la retirada como algo que otros ya hacen.
Los autores señalaron que la gran mayoría de visitantes dejaba la madera en su sitio. Un daño acumulado importante puede proceder de una minoría cuando un parque recibe mucha gente. Por eso conocer cuántos fragmentos se pierden y saber qué proporción de personas los retira responde a preguntas distintas. La cantidad perdida ayuda a entender el problema de conservación. La proporción permite describir cómo se comporta el conjunto de visitantes, incluyendo a quienes siguen cuidando el lugar.
Otro cartel hacía visible precisamente a esa mayoría. Mostraba personas contemplando y fotografiando la madera y explicaba que la dejaban donde estaba. El visitante recibía una referencia compatible con la conservación y encontraba maneras de disfrutar de lo que había visto. Mirar un fragmento o fotografiarlo permitía continuar la visita manteniéndolo disponible para los demás. La conducta descrita podía servir de guía en el momento de decidir qué hacer ante la madera del sendero.
La investigación ayuda a preparar una advertencia atendiendo también a lo que enseña sobre otras personas. Describir un problema hace visible el daño. Para favorecer una actuación, conviene examinar qué comportamiento queda presentado como frecuente y qué paso se pide al lector. En el parque, dar a conocer a quienes conservaban los fragmentos permitía acercar una participación anterior que los nuevos visitantes podían continuar durante su propio recorrido.
¿Cómo influyen la cercanía y el agrado en lo que aceptamos?
¿Por qué nos influye una invitación de alguien a quien apreciamos?
Una anfitriona reunía a sus conocidas en casa para una presentación de Tupperware. Las invitadas podían examinar los recipientes y hacer pedidos, de los que la anfitriona obtenía beneficios. Cialdini utiliza estas reuniones al estudiar la simpatía. La venta llegaba a un encuentro en el que algunas participantes ya se apreciaban, con una amistad que podía influir antes de que empezaran a conocer los productos.
La representante se ocupaba de presentar los recipientes y recoger las compras. La anfitriona aportaba otra relación, porque había invitado a personas conocidas y recibiría beneficios de los pedidos. Una compradora podía interesarse por un producto y pensar también en lo que su elección supondría para la amiga. Comprar tenía así dos consecuencias visibles, llevarse un recipiente y favorecer a quien había organizado la reunión en su casa.
Jonathan Frenzen y Harry Davis estudiaron las compras en reuniones de venta de este tipo. Encontraron una relación entre los vínculos sociales anteriores y la decisión de comprar. Ese trabajo ayuda a examinar por qué las características y el precio del producto pueden compartir la atención con la relación entre quienes participan. La invitada está ante una oferta comercial que se ha acercado a través de una persona conocida, cuyo beneficio puede formar parte de las razones para aceptarla.
Una mujer que habló con Cialdini describía esa dificultad desde su experiencia. Tenía los recipientes que necesitaba y conocía opciones más baratas en una tienda. Cuando una amiga la invitaba, sentía que debía acudir. Después, dentro de la reunión, sentía la obligación de comprar antes de marcharse. Su testimonio permitía seguir una obligación que empezaba al recibir la invitación y continuaba cuando llegaba el momento de elegir entre los productos presentados.
Acudir ofrecía una manera de acompañar a la amiga. Hacer un pedido añadía un gasto y un objeto que acabaría en casa de la compradora. Las dos decisiones se producían dentro del mismo encuentro y podían quedar ligadas al deseo de responder a la anfitriona. La mujer reconocía esa relación al explicar su dificultad. Conocer una opción más barata le ayudaba a comparar recipientes, mientras la obligación que sentía seguía perteneciendo al trato con su amiga.
La amistad y el producto necesitaban conocimientos distintos. La invitada podía apreciar a la anfitriona por experiencias que habían compartido. Para valorar un recipiente tenía que pensar cómo lo utilizaría, cuánto costaba y qué espacio ocuparía. En el testimonio, sus necesidades ya estaban cubiertas y la dificultad persistía. Reconocer la influencia de una relación puede ayudar a entender una compra, y todavía hay que decidir qué respuesta dar dentro del encuentro en el que aparece la oferta.
Apoyar a la anfitriona mediante un pedido puede ser una intención elegida por la invitada. Para entender esa elección, conviene conservar qué busca conseguir y cuánto está dispuesta a gastar en ello. La compra puede incluir el propósito de ayudar, junto al uso del recipiente. Tener presentes ambos permite hablar del coste con claridad. La persona conoce qué recibe y qué beneficio ofrece a su amiga al decidir hacer el pedido.
El caso muestra una venta en la que el aprecio empieza antes que la presentación del producto. Esa cercanía puede hacer más fácil acudir, escuchar y comprar. Al llegar la elección, dar tiempo a conocer el recipiente y el importe permite valorar el pedido dentro de la misma relación. La invitada puede conservar el interés por su amiga y decidir qué producto desea llevarse, con una explicación suficiente de las condiciones que está aceptando al comprarlo.
¿Cómo influye el trato recibido en una decisión de compra?
Joe Girard continuaba escribiendo a sus clientes después de entregarles el coche. Les enviaba una tarjeta cada mes, aprovechando distintas celebraciones para dirigirse de nuevo a ellos. El mensaje mantenía una expresión de agrado hacia el destinatario. Cialdini recoge esa costumbre en Influencia al examinar cómo la simpatía interviene en las respuestas a una propuesta. La venta había terminado, mientras el vendedor encontraba una manera de seguir presente durante el uso del vehículo.
Comprar un coche puede abrir un intervalo largo hasta la siguiente compra. Durante esos años, el propietario utiliza lo que ha elegido y atiende otros asuntos. El vendedor puede quedar asociado al recuerdo de la visita en la que se acordaron el modelo y el precio. Las tarjetas añadían contactos dentro de ese tiempo, con el nombre de Girard acompañado de unas palabras amables que volvían a llegar cuando el cliente todavía tenía un vehículo disponible.
El contenido del envío ayudaba a dar forma a ese recuerdo. Un catálogo habría presentado coches que se podían comprar. La tarjeta expresaba agrado por la persona que ya había comprado. El destinatario podía recordar al vendedor a partir del trato recibido, incluso mientras faltaba una nueva necesidad que lo llevara al establecimiento. Sentirse apreciado ofrecía una razón para guardar una impresión favorable de alguien a quien podría volver a consultar más adelante.
Girard explicaba que buscaba rasgos de sus clientes que le gustaran. Ese interés pertenecía a su manera de tratarlos durante el trabajo y las tarjetas prolongaban después la expresión de agrado. Conocer a una persona permite encontrar lo que valora y recordar aspectos del encuentro. En el relato de Girard, la atención hacia los clientes empezaba al hablar con ellos y encontraba otra ocasión de continuar mediante los envíos mensuales.
Cuando aparecía una necesidad nueva, el propietario tenía que decidir a qué vendedor acudir. Podía recordar a Girard y empezar por consultarle. Según cuenta Cialdini, los clientes regresaban y llevaban a sus amigos. Las tarjetas formaban parte de esa práctica comercial. El relato describe una manera de cultivar el trato y los resultados que la acompañaban, mientras atribuir a cada envío una parte exacta de las ventas exigiría una comprobación distinta de la anécdota recogida en el libro.
La nueva consulta ofrecía al vendedor una ocasión para conocer qué había cambiado. El cliente podía tener otras necesidades de espacio, un presupuesto diferente o un uso distinto del coche. La impresión favorable ayudaba a que existiera esa conversación. Una vez iniciada, ambos necesitaban hablar de los vehículos disponibles y de las condiciones de compra. El trato anterior podía acercar al comprador hasta la mesa, donde todavía quedaban decisiones sobre el producto que se iba a elegir.
En ese momento, las preguntas sobre el coche permiten aprovechar la confianza para obtener información útil. Saber qué mantenimiento requiere un modelo ayuda a prever gastos. Conocer su capacidad permite pensar en los trayectos y en quienes viajarán dentro. El vendedor que ha mantenido el contacto puede explicar esas condiciones a una persona que ya lo conoce. La simpatía encuentra así una conversación en la que el comprador puede examinar cómo encaja el vehículo con su vida actual.
El caso de Girard permite seguir una relación comercial durante el tiempo en que la compra parece terminada. Las tarjetas dan continuidad al trato hasta una consulta posterior y el vendedor vuelve a atender a alguien que lo recuerda. El coche siguiente tendrá características y un precio propios. La atención recibida puede facilitar que se hable de ellos, con una elección que necesita relacionar ese producto con lo que el cliente busca ahora, años después de haberse llevado el anterior.
¿Por qué nos agrada quien habla bien de nosotros?
Drachman, deCarufel e Insko estudiaron qué simpatía despertaba una persona después de expresar una opinión sobre quien la escuchaba. Los participantes recibían comentarios favorables, desfavorables o mezclados. Los investigadores cambiaban también cuánto acertaban las palabras y qué interés tenía el evaluador en ganarse su favor. Querían seguir la relación entre el contenido de una valoración y el agrado que producía quien había elegido decirla.
El interés del evaluador daba información para entender sus palabras. Alguien que necesita una ventaja puede tener motivos para elogiar al destinatario. Quien escucha puede conocer esa intención y examinar si el comentario corresponde a lo ocurrido. Los investigadores esperaban que una alabanza equivocada perdiera parte de su efecto favorable cuando procedía de una persona interesada. El participante tenía delante dos motivos para cuestionarla, la inexactitud y la conveniencia que podía haber detrás de ella.
El elogio seguía favoreciendo la simpatía incluso bajo esas condiciones. El destinatario podía apreciar a quien había hablado bien de él mientras disponía de razones para dudar de la valoración. El resultado permite comprender que juzgar unas palabras y reaccionar al trato recibido pueden llevar a respuestas distintas. Detectar una exageración aporta información sobre el comentario. Recordar la atención favorable aporta otra experiencia sobre la persona que lo ha expresado.
Para creer un elogio necesitamos pensar si se ajusta a lo que hemos hecho. Podemos conocer un trabajo propio y advertir que se le atribuyen méritos mayores de los que merece. Al mismo tiempo, escuchar esa descripción puede resultar agradable.
Quien habla ha elegido dirigirnos unas palabras favorables y esa elección puede influir en cómo lo recordamos. Ambas respuestas caben dentro de la conversación, con una opinión crítica sobre la frase y una impresión amable de su autor.
El estudio encontró otro resultado que añade un matiz. Cuando el evaluador buscaba agradar y expresaba una crítica acertada, los participantes podían concederle una simpatía adicional. Decir algo desfavorable en esas circunstancias podía hacer más visible su sinceridad. El destinatario conocía un motivo que habría favorecido el elogio y recibía, en cambio, un comentario que señalaba un fallo real. El aprecio podía dirigirse al gesto de hablar con honestidad, junto al contenido de aquella valoración.
La relación con quien habla influía así de distintas maneras. Una alabanza podía resultar agradable pese a las dudas sobre su exactitud. Una crítica podía despertar aprecio cuando se reconocía el cuidado necesario para decirla. Conocer qué esperaba el evaluador ayudaba a entender el comentario dentro de ese trato. Los resultados pertenecían a las condiciones de la investigación y permiten examinar esa diferencia entre valorar lo dicho y valorar a la persona que lo dice.
Cialdini recoge el trabajo al explicar la simpatía. El caso muestra por qué reconocer el interés detrás de unas palabras puede dejar todavía una impresión favorable de quien las ha pronunciado. La información sobre sus motivos sirve para examinarlas. El agrado también depende de cómo se recibe el trato. Mantener ambas cosas ayuda a comprender una reacción que puede parecer contradictoria cuando se supone que poner en duda un elogio resuelve por completo la relación con su autor.
Si esa persona pide una ayuda después, la conversación entra en una decisión nueva. El destinatario puede apreciarla y necesitar conocer el trabajo, el tiempo o el gasto que exige la petición. La simpatía previa acompañará la respuesta, mientras esas condiciones permiten valorar qué se puede ofrecer. El elogio forma parte del encuentro que ha preparado la disposición a escuchar. La solicitud tendrá un contenido propio que conviene entender antes de convertir ese agrado en un compromiso.
¿Qué cambia cuando nos hablan como a alguien de la familia?
Warren Buffett escribió a los accionistas de Berkshire Hathaway en febrero de 2015, al cumplirse cincuenta años desde que había tomado el control de la empresa. Berkshire reunía distintos negocios y los destinatarios habían invertido dinero en ella. Podían preguntarse cómo continuaría cuando Buffett dejara de dirigirla. La carta dedicaba una parte a explicar las razones por las que confiaba en su futuro, con información sobre los negocios y las personas que tendrían que hacerse cargo.
Antes de desarrollar esa explicación, Buffett anunció que ofrecería el mismo consejo que daría a su familia si le preguntara por Berkshire. La referencia llegaba cuando el accionista estaba a punto de leer las razones sobre su inversión. Le permitía entender qué cuidado decía aplicar Buffett al preparar la respuesta. En una conversación familiar, esperamos que el consejo tenga presentes las consecuencias para personas cercanas. El anuncio llevaba esa expectativa al trato con quienes habían comprado acciones de la empresa.
Las acciones daban a cada destinatario una parte de la propiedad y vinculaban su dinero al trabajo de Berkshire. La carta debía explicar por qué podía confiarse en su continuidad. Buffett hablaba de negocios gestionados por responsables que disponían de capacidad para dirigir su actividad. Así acercaba al lector una organización cuyo futuro dependía de muchas personas y de una manera de trabajar, junto al papel que él había tenido durante los años anteriores.
La sucesión ocupaba también un lugar en esa explicación. Buffett comunicaba que él y el consejo de administración habían identificado a la persona adecuada para relevarlo cuando llegara el momento. El accionista encontraba una respuesta a una duda sobre la dirección futura. Saber que se había preparado el relevo permitía examinar cómo se atendería una responsabilidad que tendría que continuar después de la etapa de quien estaba escribiendo la carta.
Cialdini utiliza la referencia familiar al explicar el principio de unidad. Sentir que una persona nos considera parte de los suyos puede cambiar la manera de recibir sus palabras. La cercanía va más allá de que resulte agradable hablar con ella. Introduce la expectativa de que nuestros intereses forman parte de lo que quiere cuidar. Buffett había anunciado ese criterio antes de entrar en los argumentos, de modo que la disposición del lector podía acompañarlo durante la explicación de la empresa.
El anuncio y las razones realizaban trabajos relacionados. La mención de la familia hablaba del cuidado con el que Buffett decía aconsejar. Los datos sobre gestión y sucesión permitían conocer por qué esperaba continuidad. El accionista podía apreciar la cercanía y examinar esas razones, relacionándolas con el dinero que tenía invertido. La explicación sobre Berkshire daba contenido al consejo que se había presentado desde aquel trato familiar.
Cialdini recibió la carta como accionista y contó después que había reforzado su confianza en conservar las acciones. Destacó el valor que tuvo para él la referencia a la familia. Su relato ofrece la experiencia de un lector que se sintió atendido bajo ese criterio de cercanía. Conserva ese alcance personal, mientras los argumentos sobre los negocios pertenecían a la información que todos los accionistas podían leer para valorar su inversión.
El caso permite seguir una forma de preparar la acogida de una explicación. Buffett hacía visible a quién decía querer cuidar y continuaba con las razones sobre el futuro de Berkshire. La proximidad anunciada podía facilitar que el lector confiara en su consejo. Conocer el trabajo de quienes dirigirían la empresa permitía avanzar desde esa confianza hacia los motivos que la sostenían, dentro de una decisión sobre acciones que seguía teniendo consecuencias para el destinatario.
¿Por qué damos más peso a algunas personas?
¿Por qué cambia nuestra respuesta ante un uniforme?
Leonard Bickman preparó encuentros en la calle en los que un desconocido pedía una actuación a los peatones. Podía solicitar que recogieran una bolsa de papel, que dieran una moneda a otra persona o que se apartaran de una parada de autobús. El solicitante vestía de civil, de lechero o de guardia. Los investigadores observaban la colaboración para estudiar cuánto influía la apariencia de quien se acercaba a dar la instrucción.
La ropa de guardia conseguía más obediencia que las otras vestimentas. Un peatón podía asociarla rápidamente con una persona cuyo trabajo incluye ordenar ciertas actuaciones en un lugar público. Esa impresión aparecía antes de conocer al desconocido o de preguntar qué responsabilidad tenía allí. La apariencia ofrecía una señal que ayudaba a atribuirle una función, y esa función podía intervenir en la respuesta a las palabras que acababa de dirigirle.
En la petición de la moneda, el solicitante señalaba a un hombre junto a un coche aparcado. Pedía que se le ayudara a pagar el parquímetro, el aparato utilizado para abonar el tiempo de estacionamiento. El peatón debía aportar dinero propio para una necesidad de otra persona. La vestimenta añadía información sobre quien estaba organizando esa ayuda. Con el uniforme, la solicitud podía parecer una indicación procedente de alguien autorizado para intervenir en la situación.
Bickman examinó después qué sucedía cuando el solicitante se marchaba. La persona podía entregar la moneda cuando quien la había pedido ya se había alejado. La ventaja del uniforme se mantuvo durante esa ausencia. El resultado permitía estudiar una respuesta que continuaba después del encuentro inicial, cuando el peatón tenía que completar la actuación que había escuchado. La ropa reconocida al principio podía seguir presente en la interpretación de lo que se esperaba de él.
Ese segundo paso ayuda a comprender la influencia de una señal de autoridad. El solicitante puede favorecer que sus palabras se reciban como una instrucción adecuada al papel que parece ocupar. Una vez aceptada, el peatón puede seguir cumpliéndola durante su ausencia. En la prueba, buscar una moneda y acercarse al hombre del coche terminaba una ayuda que había empezado al escuchar al desconocido. La presencia física del solicitante dejaba de ser necesaria para completar aquella respuesta.
Los investigadores utilizaron también cuestionarios con universitarios para examinar cómo se juzgaban esas figuras. Las valoraciones del guardia sobre poder y legitimidad para intervenir eran semejantes a las del lechero o la persona de civil. Eran participantes distintos de los peatones que habían actuado en la calle. Por eso las respuestas al cuestionario y las conductas del encuentro conservaban situaciones propias. La investigación permitía ver diferencias entre opinar sobre una figura y responder a una petición que llega de ella.
Para conocer la autoridad de quien se acerca, hace falta información sobre su trabajo. Un uniforme puede ayudar a reconocer una pertenencia y todavía dejar pendiente qué responsabilidad tiene esa persona en el lugar. Preguntar por qué interviene permite relacionar su función con la solicitud. Si pide ayuda para un tercero, explicar quién la necesita y para qué aporta datos con los que se puede valorar la colaboración, más allá de la apariencia que inició el encuentro.
Cialdini recoge las pruebas al hablar del peso que damos a ciertas personas. La ropa de guardia mostraba una señal que podía favorecer la aceptación y acompañar una acción realizada después. La explicación del solicitante puede añadir el vínculo que existe entre su función y lo que pide. El peatón dispone entonces de información sobre la necesidad presentada y sobre quien la comunica, dos partes del encuentro que ayudan a comprender qué ayuda está decidiendo ofrecer.
¿Por qué confiamos en quien reconoce un inconveniente?
Cialdini consiguió un puesto retirando platos en un restaurante para observar cómo influían los camareros en las compras. Se fijó en Vincent, cuyos ingresos superaban los de sus compañeros. El camarero adaptaba el trato al tipo de mesa y, con los grupos grandes, utilizaba una secuencia que empezaba al escuchar la primera elección de comida. El cliente estaba a punto de hacer un pedido cuando recibía una intervención que parecía ayudarlo a comer mejor.
Vincent desaconsejaba aquel plato para esa noche y proponía alternativas algo más baratas. Antes de hablar, miraba hacia el encargado y se inclinaba hacia la mesa. El gesto presentaba la información como algo que conocía por trabajar allí y que quería compartir con los comensales. La carta les había permitido elegir a partir de nombres y precios. El camarero añadía una supuesta condición de la cocina que podía cambiar cuál parecía la mejor opción para pedir.
La reducción del precio reforzaba la impresión de ayuda. Recomendar una alternativa más barata parecía aceptar una cuenta inicial menor, que podía afectar también a la propina. El cliente podía entender que Vincent estaba dispuesto a asumir ese coste para favorecerlo. Su consejo reunía así dos razones para confiar, el conocimiento que parecía tener sobre la comida y la disposición a utilizarlo en beneficio de quienes estaban sentados a la mesa.
Cialdini observó que el comentario se repetía ante la primera elección de los grupos grandes, cualquiera que fuera el plato. Esa regularidad le permitía examinarlo como parte de una estrategia de venta. El contenido hablaba de la comida elegida esa noche. La manera de presentarlo preparaba una impresión favorable del camarero antes de que llegaran otras propuestas. Los clientes podían empezar a verlo como alguien cuyo criterio merecía consultarse durante el resto del encuentro.
Más tarde, Vincent ofrecía recomendar un vino o un postre. La propuesta llegaba de la persona que había parecido cuidar la primera compra. Según el relato de Cialdini, los clientes aceptaban las recomendaciones y añadían esos productos al pedido. La cuenta podía crecer después de la pequeña reducción inicial. La ayuda aparente del comienzo encontraba una consecuencia comercial cuando el camarero ofrecía artículos adicionales desde la confianza que había preparado.
El caso permite distinguir qué hace creíble una recomendación. Un camarero tiene ocasiones de conocer cómo trabaja la cocina y qué se está sirviendo. Esa experiencia puede ayudar al comensal a elegir. Para aprovecharla, resulta útil saber por qué se desaconseja el plato y qué mejora la alternativa. La explicación permite relacionar el conocimiento de quien aconseja con una condición real de la comida, en lugar de utilizar únicamente la impresión favorable que ha dejado su intervención.
Reconocer un inconveniente puede favorecer la confianza porque hace visible una dificultad que interesa al comprador. Si se explica con precisión, permite ajustar la elección antes de pagar. En el restaurante, la secuencia utilizaba la apariencia de esa atención para preparar las propuestas posteriores. La advertencia daba una razón para escuchar al camarero, mientras la elección del vino o el postre tenía sus propias características y añadía dinero a la cuenta.
La conversación puede continuar desde ahí con información sobre cada producto. Un comensal que pide conocer el vino recomendado puede preguntar qué ofrece y cuánto cuesta. Así aprovecha el trato de alguien que parece dispuesto a orientarlo para examinar la nueva compra. El relato de Vincent muestra cómo una ayuda inicial cambia la acogida de lo que viene después. Seguir la cuenta y las razones de cada recomendación permite comprender qué se está aceptando durante ese recorrido.
¿Cómo influye la escasez en lo que deseamos?
¿Por qué deseamos más lo que queda en poca cantidad?
Stephen Worchel, Jerry Lee y Akanbi Adewole pidieron a unas participantes que probaran y valoraran unas galletas. En unas condiciones, el recipiente contenía diez unidades y, en otras, dos. Se mantenía el tipo de alimento y se cambiaba la cantidad a la vista. La prueba permitía estudiar si disponer de menos galletas modificaba su atractivo. Quienes encontraban dos las consideraban más deseables y expresaban más ganas de comer otra.
La cantidad ofrecía información sobre el acceso. Diez unidades dejaban más ocasiones de repetir que dos. Al mirar el recipiente, la participante podía tener presente cuánto quedaba disponible, incluso mientras probaba un alimento del mismo tipo. Cialdini incluye esta investigación al explicar la escasez. La oportunidad de conseguir algo puede recibir más atención cuando parece estar terminándose, con un deseo que incluye obtenerlo antes de que desaparezca de nuestro alcance.
Los investigadores examinaron también qué sucedía al pasar de diez galletas a dos. Las que acababan de volverse escasas recibían una valoración más alta que las que habían sido escasas desde el principio. La participante había visto una cantidad abundante y encontraba después menos unidades. La reducción permitía reconocer oportunidades que antes tenía disponibles. La experiencia incorporaba así una pérdida reciente, junto a las galletas que todavía quedaban en el recipiente.
Llegar ante dos unidades ofrece una cantidad limitada. Haber visto primero diez permite comparar las dos restantes con una disponibilidad anterior mayor. La atención puede dirigirse entonces a lo que ya se ha perdido y a lo que podría agotarse después. Ese recorrido ayuda a comprender por qué una misma cantidad final puede despertar respuestas distintas. Las participantes llegan a ella desde experiencias diferentes sobre lo que habían podido obtener al empezar.
El trabajo estudió también el cambio contrario, desde pocas galletas hasta una cantidad abundante. Las que habían pasado por la escasez se valoraban menos que las que habían sido abundantes desde el comienzo. Encontrar diez tras haber visto dos ofrecía una mejora del acceso. La historia de la cantidad acompañaba su valoración, de modo que el número presente necesitaba entenderse junto a lo ocurrido antes de que se llegara a ese recipiente.
La explicación de la reducción añadía información propia. La escasez podía atribuirse a un accidente o a que otras personas habían pedido las galletas. Cuando se vinculaba a la demanda, la valoración era mayor. Las participantes podían encontrar el mismo número de unidades y recibir una razón distinta para comprender por qué quedaban pocas. Los pedidos ajenos sugerían que otras personas las deseaban, una referencia social que acompañaba la limitación visible del alimento.
El sabor se examinaba mediante otra pregunta, después de probar la galleta. Las valoraciones eran semejantes entre los recipientes con dos y con diez unidades. El alimento conservaba su composición, mientras la cantidad modificaba el deseo de obtenerlo.
Mantener ambas respuestas permite comprender qué parte de la experiencia había cambiado. La participante podía querer más una galleta escasa y encontrar al comerla un sabor parecido al de la que había salido de un recipiente más lleno.
La disponibilidad es útil para quien ya está interesado en un producto. Puede indicar que conviene decidir pronto o que habrá que buscar otra opción si se agota. Para conocer lo que se disfrutará después de conseguirlo, hace falta examinar sus características. En el estudio, ver pocas galletas hacía más atractiva la oportunidad de obtener otra. Probar el alimento permitía valorar un aspecto de esa elección que seguía dependiendo de la galleta misma, una vez que ya estaba en manos de la participante.
¿Por qué aumenta el interés por lo que nos prohíben conocer?
Stephen Worchel, Susan Arnold y Michael Baker estudiaron cómo reaccionaban las personas al saber que un mensaje había sido censurado. El contenido defendía una postura que podía coincidir con su opinión previa o entrar en conflicto con ella. Los investigadores cambiaban también lo que se sabía de quien imponía la restricción. El censor podía resultar agradable o desagradable y tener más o menos conocimiento del asunto que trataba el mensaje.
En la mayor parte de las condiciones, la censura aumentaba las ganas de escuchar. La noticia de que alguien había limitado el acceso hacía más presente una oportunidad que los participantes podían querer recuperar. Escuchar permite decidir cuánto tiempo dedicar a unos argumentos y qué opinión merecen. La prohibición intervenía antes de ese examen, colocando una decisión ajena entre el destinatario y un contenido que todavía estaba por conocer.
Los autores atendieron al deseo de conservar la libertad de elección para explicar esa respuesta. Si una persona tiene acceso a un mensaje, puede escucharlo ahora, dejarlo para después o buscar otra información. La censura reduce ese margen. Recuperar el contenido permite recuperar también la decisión sobre qué hacer con él. Las ganas de conocerlo pueden aumentar porque ahora escucharlo representa una manera de volver a elegir, junto al interés que ya pudiera tener el asunto.
Los psicólogos llaman reactancia a esa resistencia ante una libertad que se limita. Cialdini utiliza el concepto al explicar cómo una barrera puede cambiar lo que deseamos. En el mensaje, la noticia de la censura podía atraer más atención hacia las palabras restringidas. La persona empezaba a querer acceder a ellas dentro de una situación distinta de la que habría encontrado si el contenido hubiera seguido disponible desde el comienzo.
El estudio registró también cambios de opinión hacia la posición del mensaje en la mayor parte de las condiciones. Querer escucharlo y acercarse a lo que defendía eran respuestas diferentes. La primera se refería al acceso. La segunda indicaba cómo se valoraba la postura sobre el asunto. La noticia de la prohibición podía acompañar ambas, de modo que la información sobre las condiciones de difusión empezaba a influir antes de examinar los argumentos del contenido.
La investigación encontró una respuesta distinta cuando el censor era un experto apreciado y el mensaje discrepaba de la opinión previa del participante. En esa combinación, disminuían las ganas de escucharlo y se mantenía la postura anterior. El criterio del experto podía reforzar lo que la persona ya pensaba. La prohibición llegaba desde alguien en quien confiaba y se dirigía a un contenido que defendía una posición a la que se oponía de antemano.
Los autores consideraron también la relación entre esas opiniones. Apreciar al censor, reconocer su conocimiento y discrepar del mensaje podía facilitar que se aceptara su decisión. Esas razones se apoyaban unas en otras durante el encuentro. La interpretación ayuda a conservar el matiz del trabajo, porque limitar el acceso podía producir respuestas distintas según quién lo hiciera y qué postura tuviera antes el destinatario respecto al contenido que se restringía.
El caso permite seguir un momento anterior a la lectura. La persona recibe noticias sobre un mensaje y sobre la decisión de limitarlo, con una disposición que puede acercarla al contenido o favorecer que acepte la restricción. Cuando tenga los argumentos delante, podrá examinarlos por lo que explican y por las pruebas que ofrecen. La censura ya ha formado parte del encuentro, mientras la valoración del mensaje necesita conocer aquello que sostiene la postura que se desea escuchar.




























