El drama no es tu apellido

Lucía Pascual

LEELO EN

Imagina que en tu puerta vive un repartidor que siempre trae un paquete extra de tensiones. Abres la puerta y ahí está, una situación que crece sin previo aviso y te envuelve. El drama no es tu apellido, pero a veces se siente como una segunda piel. Hay personas que parecen tener un imán para el caos, una habilidad especial para toparse con conflictos en cada esquina. Otros creen vivir en un oasis de paz hasta que, de pronto, esa ilusión se rompe y terminan inmersos en un enredo emocional cuyo origen desconocen.

La vida cotidiana se llena de estas trampas. Una disputa con el vecino por un ruido molesto se convierte en la gota que colma el vaso. Una conversación con un compañero de trabajo escala hasta ser una batalla campal por un correo mal redactado. Incluso algo tan trivial como una docena de limones en la nevera puede desatar un enfado monumental.

Un simple malentendido forma una nube de resentimiento capaz de ocultar el sol durante toda la semana. El ego, al sentirse amenazado, activa un radar interno que dispara las alarmas ante cualquier detalle que desafíe nuestras expectativas. Un mensaje visto y no respondido nos hace dudar de nuestra importancia. Un «te quiero» dicho con poco énfasis despierta sospechas infundadas. El corazón se acelera, la mente fabrica historias y la gravedad de los hechos se multiplica sin control.

Existe una tendencia curiosa a alimentar estas dinámicas. A veces responde a un patrón heredado de la infancia, una forma aprendida de reaccionar ante el mundo. En otras ocasiones, es la propia adrenalina del conflicto la que genera una excitación adictiva, un lado oscuro que nos mantiene alerta y aleja el aburrimiento. Quejarse o discutir se vuelve una forma de pedir atención, una prueba de existencia.

Estos picos de tensión pueden parecer chispa vital al principio, pero pronto espesan el ambiente. La risa se apaga. La comunicación se vuelve un terreno minado y la energía se consume en peleas estériles. Repetimos la misma película una y otra vez, incapaces de salir del bucle, y vivir en el caos se transforma en un hábito. Las discusiones ofrecen un elemento de suspense impredecible que el cerebro confunde con pasión. De forma inconsciente, buscamos el drama para evitar el vacío. Es como ver ese programa de televisión repetitivo: conocemos el final, pero la inercia nos mantiene pegados a la pantalla, atrapados en una costumbre que desgasta y aísla.

La posibilidad de desactivar los conflictos antes del punto sin retorno es real. Se puede aprender a detectar el primer síntoma de explosión inminente y reconducir la situación hacia la calma. Esto no implica reprimir la rabia ni fingir una serenidad de piedra. Se trata de entender los detonantes y tener las herramientas para apagar el fuego con rapidez. Reconocer los patrones dramáticos propios exige valentía y humor. Tal vez descubras que tienes un papel protagónico en esas telenovelas de la oficina o del hogar.

Este libro te invita a sustituir la costumbre del drama por hábitos amables. Explorarás los motivos detrás de esa adicción emocional y profundizarás en los roles de víctima, salvador y agresor que perpetúan los problemas. A través de anécdotas y situaciones familiares, identificarás el origen de tus reacciones. El objetivo aquí es claro: transformar la dificultad en aprendizaje. Al cerrar estas páginas, contarás con la habilidad de manejar cualquier amenaza de suspense con inteligencia, protegiendo tu tranquilidad y cultivando la cercanía en lugar de la tensión.