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Capítulo 2.- Secreto de Confesión: El bulldog francés

Secreto de Confesión: El bulldog francés

Nunca me he dejado guiar por quimeras, ni por odiseas imposibles. En un mundo loco, donde todo cambia a una velocidad incontrolable, es vital ser pragmático para sacar el máximo provecho de mi nuevo trabajo en el menor tiempo posible.

Cambiaré mi imagen personal, vestiré acorde con el caché que deseo cobrar para engañar la confianza de los posibles clientes; imprimiré varias tarjetas de visita y seleccionaré los mejores garitos de la noche sevillana para hacerme un hueco destacado entre la clientela. La lengua se vuelve imprudente y el dinero cambia de manos más rápidamente con un par de copas.

Si lo analizas detenidamente, no le hago ningún mal a nadie, cobro por hacer lo mismo que ya hago en cualquier barra, escuchar sin opinar, escuchar, no para pasar el rato, sino para aprender. Todo lo que sé lo he aprendido hablando con personas interesantes en los bares.

El primer problema de mi nuevo empleo reside en casa. La arpía de mi madre, una ultracatólica fascista de 73 años, espera sentada en la entrada con la escopeta cargada para disparar el mismo discurso sobre mi futuro y mi porvenir.

Su casa, sus normas. Si quito su carácter irritante y la chochera propia de la edad, vivo como un rey en la casa ubicada en la avenida de la Palmera. Mi hogar está cerca de cualquier garito sevillano que se precie. Utilizo los selfies realizados en el jardín como imán de chochitos. –Si algún día pasas por el número 16, pégame un toque y te invito a un café–, es mi frase fetiche para despedirme de las chicas, un cierre que nunca me ha reportado ninguna alegría, solo pajas mentales.

Es complicado, pero si alguna chica lograra domesticar al bulldog francés, que es mi madre, ambos saldríamos ganando; ella me vería asentar la cabeza y yo tendría una amiga; actualmente no tengo ningún conocido, que no sea camarero, que pueda llegar a tratar como una relación de amistad.

Las salidas nocturnas presentan un nuevo enfoque, nuevas esperanzas, con mi nuevo empleo. Atendiendo a la recompensa obtenida con mi primer servicio, así puedo matar dos pájaros de un tiro: ganar dinero y no sentirme solo.

Para hacer realidad mis sueños debo sobrevivir a la bronca que me espera al otro lado de la puerta por salir de madrugada sin avisar y regresar sin los churros. El rugido del león espera ansioso a su presa.

–¿Dónde está el desayuno? –Pregunta el bulldog francés, me regala una colleja a modo de buenos días.

–Vengo de trabajar. No he pasado por la churrería.

–¡Mientes! –Recibo una segunda colleja por insubordinación–. ¡Nunca mientas a tu madre!

–Es cierto. Mira –muestro los tres billetes de cincuenta euros.

–¿De dónde ha salido ese dinero? –Me arrebata el dinero de las manos sin darme cuenta–. ¿No te habrás metido a farmacéutico nocturno o pito fuera? –Es su forma elegante de decir camello y gigolo.

Sus ojos pequeños y saltones, escondidos en una cara gorda y arrugada, esperan fijos y amenazantes una respuesta, no una respuesta cualquiera, exigen la verdad. El bulldog francés me ha perdonado innumerables errores y meteduras de pata. Su fama de madre quisquillosa es bien conocida en el Hospital Virgen del Rocío por mis frecuentes comas etílicos.

–He ganado ese dinero trabajando honradamente como asesor.

Silencio parte de la verdad, comprar un libro de autoayuda es una gran idea, cobrar por escuchar los problemas de los demás puede no ser tan bien visto sin un título universitario.

–¿Asesor, tú? –Me recrimina señalándome con el dedo–. ¿Sobre qué asesoras tú?

El bulldog francés me hace pagar caro no haber traído el desayuno, en el paseo de vuelta no pensé ninguna respuesta convincente.

Una llamada de teléfono interrumpe la disputa.

–Dime. Te escucho.

No me lo puedo creer, es una nueva clienta. La morenaza, que trabaja en una agencia de modelos, le ha facilitado mi número de teléfono a otra compañera. Es mi día de suerte, el destino me regala una segunda clienta y tiempo suficiente para buscar una excusa creíble sobre mi nuevo oficio. Como contraprestación pierdo mi primer sueldo, nada comparable con el dolor que puede infligir el bastón de mi madre, popularmente bautizado como su tercera pierna.

Confesión Autorizada. Te escucho

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Sobre Ramón Calatayud

Soy Ramón Calatayud, consultor de comunicación, estrategia, recursos humanos y apertura de mercados. Asesoro a empresas y directivos de diversos sectores, pequeñas productoras y editoriales, además de colaborar con diferentes medios de comunicación

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