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Capítulo 35.- Secreto de Confesión: Tercer asalto

Secreto de Confesión: Tercer asalto

El vino de una botella, arrojado sobre mi cabeza, me despierta de un lindo sueño. Desconozco el tiempo transcurrido. Abro los ojos y descubro con desolación que continúo en el pasaje del terror. Me encuentro sentado enfrente del cadáver de Carlos Alba con una soga atada alrededor del cuello.

–Levanta –me ordena Nikolái tirando de la cuerda hasta quedarme de pie encima de la silla. Ata el final de la cuerda al mismo gancho de hierro que sobresale de la pared y mantiene a Carlos Alba colgado.

Las piernas apenas disponen de fuerzas para mantenerse rectas. Desconozco si su intención es matarme a fuego lento. Sí tengo claro que me llevaré el secreto a la tumba. Ya se encargarán otros de impartir castigo en mi nombre.

¿Qué será de mi madre? Por desgracia, no creo que tenga mejor final que alguno de los cadáveres aquí presentes.

¡Joder! Trato de contener las lágrimas. No quiero que mi verdugo crea que lloro por miedo. La impotencia por no haber podido salvarla exige terminar ya con mi vida. De nada sirve seguir alargando la agonía. No concederé el placer de morir lentamente. Con un pequeño salto, la silla cede y se tensa la cuerda. El instinto de supervivencia aúna las pocas fuerzas restantes para tratar de evitar el dolo y la falta de aire en los pulmones. Agonizo, me tambaleo, igual que lo hiciera Carlos Alba, apretando todavía más el nudo de la cuerda. Cuando creo ver la luz blanca al final del túnel, milagrosamente, la cuerda se suelta. Ruedo por la habitación hasta toparme con unas sandalias de tacón alto que me frenan.

–¿Me echabas de menos? –Reconocería esta voz en cualquier parte del mundo. Alexandra aparece en el momento más oportuno como ángel de la guarda.

–¿Por qué has tardado tanto? –escupo aliviado. Aún me cuesta respirar.

–Quería ver cómo te las arreglabas solo. –Alexandra atrae la silla hasta colocarla a mi lado. Acomodada, pregunta–: Mario, ¿dónde están los papeles?

–¿Cómo te has enterado de su existencia?

–¿Cómo has podido pensar que Cayetana sería capaz de organizar una operación de tal magnitud? Me he enterado del mismo modo que he conocido la existencia del pendrive. Por cierto, puedes quedártelo. Era un señuelo para conseguir los papeles. El consejero te dijo que se borrarían los datos si lo conectabas a cualquier ordenador para matar tu curiosidad.

¿La pesadilla puede empeorar? ¿Alexandra es la organizadora de todo el tinglado? La habitación del hotel, el primer encuentro con Cayetana en la Alfalfa, los clientes solicitando confesión, el suicidio de la chica pelirroja, las visitas a su apartamento en San Bernardo, la interrupción de Carlos Alba y sus macabras fantasías sexuales perseguían un único fin: obtener los papeles.

–¿Qué información esperaba obtener el señor Soria en el pendrive? –Necesito recopilar información para lograr una visión global de la situación.

–Lo mismo que busca desesperadamente cualquier periodista de prestigio en Andalucía para hacerse tertuliano. Documentación verídica de los ERE, cursos de formación, enchufismos, maletines repartidos a lo largo y ancho de cada obra construida en la Comunidad. La tela de araña del partido en Andalucía.

–Entonces, ¿no existe tal información?

–No.

No sé por qué, pero no me creo sus palabras. Si el objetivo de las sesiones era un mero intercambio de información entre los dos partidos principales del país, qué sentido tiene estafar a uno. Los papeles son una fuente de dinero. Puede que estén relacionadas con las cuentas opacas del partido, pero, al fin y al cabo, es dinero libre de inspecciones.

–Pues mira que soy de los que piensa que los papeles son un medio de pago encubierto.

–Piensa lo que quieras. ¿Dónde están?

Recuperado, me siento en el suelo. Besar a la muerte no le sienta bien a uno, menos cuando no lo deseas. El aire ya penetra con normalidad por los pulmones.

Nikolái ha desaparecido. La navaja, con la que he herido a la bestia, está a menos de un metro de Alexandra. El cara a cara se produce, aunque no esperaba tal contrincante. Ingenuamente, la he considerado mi aliada, cuando la realidad es que ha resultado ser la mejor agente doble. Desde el principio, me ha manejado como un títere, me ha animado a seguir confesando, a sabiendas de lo mal que le sentaba a mi estómago.

Carlos Alba, el padre Andrés y la chica pelirroja fueron cortinas de humo para ocultar sus intenciones. Me utilizó de cartero, estaba segura que acabaría por confiar en ella para guardar los papeles en depósito hasta ver qué hacer con ellos. Alexandra es sinónimo de dinero. Los papeles del hotel EME reportan una jugosa jubilación. ¿Quién no estaría dispuesto a hacer pequeños sacrificios para obtener ciento veinte millones de euros libres de impuestos? Si alguien te tose, haces una llamada y el dinero te protege.

–¿Dónde está mi madre? –Hablar de dinero es interesante, pero me importa más mi madre.

–Durmiendo plácidamente en su cama. Nunca ha salido de casa. Anoche entramos y os sedamos. La hemos tenido retenida en el desván del piso superior. Antes de venir, me he asegurado personalmente que volvían a colocarla en su cama, regalándole un buenas noches. La impulsividad te ha cegado, no te ha permitido ver más allá de lo que yo te he permitido ver. Puedes estar tranquilo, no sabe nada de tus fiestas nocturnas.

–¿Está bien? ¿No le ha sucedido nada?

–¿Dónde están los papeles? –El tono de Alexandra cambia. Las buenas palabras no tardan en transformarse en amenazas. Nikolái golpea. Ella es capaz de meterme el tacón en el ojo para hacerme cantar. Tengo que ganar tiempo para seguir recuperando fuerzas.

–¿La historia de Nikolái es falsa? ¿Nunca perteneció al KGB y a la mafia rusa?

–Solo cambié mi nombre por el de Cayetana. Ella podía haber llegado lejos sino le hubiera entrado remordimientos tras la muerte de su amiga –expone, mirando a la chica pelirroja–. El monstruo de Carlos casi destruye uno de mis negocios más rentables por culpa de sus asquerosas tendencias sexuales. Yo misma le hice un servicio una vez y fue deleznable.

–¿Y el embarazo de Cayetana?

–Esa parte es la más graciosa de toda la historia. –Alexandra se levanta muerta de risa–. No sé si llegó a confesártelo, le gustaba beber más de la cuenta. Le conocí de fiesta con unas amigas hace unos meses. No toleraba bien el alcohol, tenía la lengua muy larga si sabías estimularla. Me hablo de ti, de tu relación con tu madre y la historia de los marqueses de Tomares.

–¿Era un farsante?

–Cuando bebía. No sabía parar a tiempo. Después de nuestro primer encuentro, mantuvimos el contacto, igual que hacía contigo. Puede que ahora seas un desecho social, pero dentro de no muchos años, serás una buena inversión fácil de manejar.

¿Una buena inversión? ¿Nuestras conversaciones no fueron sinceras? ¿Su único objetivo consistía en calentarme la polla? ¡Joder! ¡Qué estúpido he sido!

–Para Andrés, yo era su Cayetana. Le hacía una visita después de cada partido de Champions del Real Madrid con una botella de whisky. Si el equipo ganaba, era un conversador estupendo, contaba buenas historias pasadas de su etapa militar. Si perdía, era un mejor bebedor, no recordando que hacía y decía al día siguiente. Unas bragas tiradas en la sacristía bastaron para hacerle creer que deshonró el celibato.

–¿Nunca hubo sexo?

–Lamentablemente, igual que contigo, no. Mira, ya tenéis dos cosas en común.

–¿La noche de su muerte estabas con él en la sacristía?

–Nada más irte del apartamento llamé para decirle que iba de camino. Al principio se negó. Le confesé tu papel en el hotel con ligeras mentiras y exageraciones para calentarlo.

–¿Así que escuchaste el sermón que me echó en la puerta?

–Fue bastante divertido.

–¿Cómo le asesinaste?

–Eché algunas pastillas mágicas, obsequio de mi último viaje a la India, en la copa. Provocan la muerte súbita sin dejar ningún rastro en la sangre.

–¿Por qué lo hiciste?

–Iba a confesarte quien era su Cayetana preferida. Mis intereses no permitían que lo supieras tan pronto.

Alexandra nos ha utilizado como marionetas, quitándonos de en medio a su antojo. Mirando la cara de desesperación de Cayetana, siento pena por ella. La engañaron igual que a mí. Quería ganar dinero fácil para sus caprichos y acabó arrastrada a un viaje sin billete de vuelta. Visión de mi triste final si me quedo sin seguro de vida. Si algo ama Alexandra, por encima de todas las cosas, es el dinero. Mientras cuente con la exclusividad para acceder a las cuentas, mi vida es intocable. A su actitud fría y calculadora no le importará esperar.

–No mires más la pistola, ni la navaja –con una patada las aleja de mi vista. Me ha leído la mente–. Ya hemos perdido demasiado tiempo. ¿Dónde están los papeles?

–Quemados.

–¿Qué? –escupe, arreándome un buen bofetón. No tiene la misma fuerza que Nikolái, pero el dolor se siente igual–. ¡Dime que es una de tus estúpidas bromas o te mato ahora mismo!

–Sí y no. –El segundo guantazo duele más que el primero por hacerlo con el puño cerrado.

–Última oportunidad. ¿Dónde están y qué has hecho con los papeles? –No puedo parar de reír. La risa histérica la enoja, me golpea sin cesar. Es fácil soportar los golpes en posición fetal. Está descontrolada, fuera de sí, nunca hubiera imaginado que los papeles arderían en una papelera–. ¿Quieres sentir verdadero dolor? –Busca mi navaja por la habitación.

Green Eyesescupo desesperado. Siento el filo de la navaja en mi ojo derecho. –Green Eyes es el nombre de otra empresa fantasma detallada en los papeles del hotel EME. Su cantidad es pequeña, inferior a ocho millones de euros. Le facilito todos los datos almacenados en la cabeza. No tengo que repetir dos veces el mismo dato, Alexandra memoriza igual de rápido que yo–. Como vuelvas a ponerme un dedo encima nunca tendrás el resto. –Me suelta del pelo y aparta la navaja del rostro. La codicia se contenta con ocho millones de euros esta noche.

–Volveremos a vernos –advierte–. Si es que consigues salir de esta –dice, visualizando por última vez el pasaje del terror. Sale por la puerta con mi navaja en la mano.

–¡Más vale que no me suceda nada! ¡Si la policía me detiene por los asesinatos de estas personas, no volverás a ver un puto euro! ¿Me oyes? ¡Cantaré todas las empresas con la primera pregunta! –grito alto para que mis palabras se escuchen desde cualquier rincón de la bodega.

Confesión autorizada. Te escucho.

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Capítulo 35.- Secreto de Confesión: Tercer asalto
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Capítulo 35.- Secreto de Confesión: Tercer asalto
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Soy Ramón Calatayud, consultor del sector editorial y ejecutivo de cuentas en la revista Jot Down. Escribo novelas, reseñas literarias, reviso historias, diseño personajes, emito informes de lectura y redacto artículos para blog

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