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Capítulo 38.- Secreto de Confesión: Sexto asalto

Secreto de Confesión: Sexto asalto

Tardamos varios minutos en subir las escaleras del caracol. La noche es fresca, tengo algo de frío. La luna vigila nuestros movimientos camino del BMW serie 1 del padre Sebastián aparcado delante del palacio. Con cuidado, me ayuda a sentarme en el asiento del copiloto.

–¿Y si el palacio cuenta con cámaras de seguridad?

–No te preocupes por eso –comenta el padre Sebastián, sentándose en el asiento del conductor–. ¿Crees que una madre, como la marquesa, permitiría que se grabara las atrocidades de su hijo? ¿No te has preguntado por qué no hay nadie en la finca? Andrés me puso al día de ella y de su familia. Prefiere que le roben veinte veces antes que visualizar una grabación de su hijo en Internet mostrando sus tendencias sádicas. Desde que Carlos se mudó a vivir al palacio, su hermano vive con su madre en un ático en la Avenida de la Constitución, enfrente de la Catedral. Una empresa viene cada mañana a limpiar.

El coche arranca. Circula por el camina que conecta el palacio con la rotonda que une la Avenida de los Sauces y Camino de Villamanrique. Pego la cabella en la ventanilla. No puedo más. Necesito descansar unos minutos.

Trae buenos recuerdos ver de lejos la Giralda. Regreso a casa victorioso, con la conciencia tranquila. La ciudad descansa sin ser consciente del bombazo informativo que le espera con la salida del sol. Rezo por la persona que tenga la maltrecha suerte de descubrir la cámara de los horrores. Ruego que no esté sola. Si a mí me tocase ese triste honor, no sé cómo respondería. Vale que luego disfrutas de tu minuto de gloria y un buen aguinaldo, cortesía de la marquesa por mantener la boca callada, pero la imagen no se borrará de la mente. Nunca olvidaré la mirada de la chica pelirroja quitándose la vida. A veces, trata de presentarse en sueños sin invitación.

El padre Sebastián aparca el coche dentro de la casa, cierra el portón y me ayuda a salir. Si ya me costó subir las escaleras de caracol del palacio, las escaleras de casa se antojan misión imposible. La altura del peldaño y el dolor en las rodillas no permiten pasar del tercer escalón.

–Déjalo, no puedo –confieso avergonzado–. Ayúdame a llegar a ese sillón –pido, con todo el dolor de mi corazón. Señalo el sillón que utiliza mi madre para esperar mi regreso por las noches.

–Un último esfuerzo y podrás ver a tu madre.

–No puedo. Es imposible –lloro impotente por no poder subir y dar un beso a mi madre–. ¿Puedes subir y comprobar que se encuentra bien?

–¿Estás seguro? ¿No quiero que me pegue con su tercera pierna? –comenta burlonamente para quitar importancia al asunto.

–No puedo prometerte nada.

El padre Sebastián sube las escaleras sigilosamente, igual que lo hace el ladrón que roba en casa habitada. Tiene que comprobar que está bien, no hace falta darle un beso de buenas noches. El susto no se lo quita nadie. Mi madre se levanta cientos de veces a orinar en la silla-wáter que tiene al lado de la cama.

No tarda en regresar con cara de pocos amigos.

–¿Qué tal? ¿Cómo se encuentra? –pregunto nervioso. No quiero hacer caso a lo que intuye mi instinto de supervivencia.

–Mario, lo siento mucho.

–¡Noooooooooooooooo! –grito. Pataleo al aire. Caigo al suelo de lado–. ¡Nooooooooo! Mi madre no. ¡Dios mío! ¿Por qué a ella? –lloro desesperado–. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Nada tuvo que ver con esto. ¡Es a mí a quien debías llevarte! No a ella. Me cago en… –El padre Sebastián esconde una nota en su mano derecha–. ¿Qué es eso? –pregunto inquisitivamente.

–Mario, es mejor que no lo leas ahora.

–¡Dame esa nota! –exijo malhumorado. Me entrega la nota a regañadientes.

Disfruta de mi regalo por no delatarte a la policía

Fdo.- Alexandra

No… No… ¿Alexandra? ¿La muy hija de la gran puta ha matado a mi madre? Juro que me vengaré. Juro que lo haré, aunque sea lo último que haga en la vida. No descansaré hasta darle caza y matarla. Quiero verla sufrir. Quiero verla llorar. Quiero verla pedir clemencia por su vida.

¡Mario! ¡Mírame! –El padre Sebastián chasquea los dedos–. Está feliz. Descansa plácidamente. Necesito que no pierdas la concentración. Queda mucho trabajo por hacer antes de que salga el sol. No podemos perder el tiempo.

–¿Cómo quieres que no pierda la concentración? ¡Mi madre está muerta! ¿Me oyes? ¡¡¡Muerta!!! No quiero vivir. ¡Mátame! Sebastián, por favor. ¡Mátame ya! No quiero vivir, no sin mi madre.

–¿Y dejar que Alexandra se salga con la suya? Si te rindes, ella gana. ¿Es que no lo ves? Es lo que ella quiere. Desesperarte, hacerte perder la cabeza y ver si acabas haciendo alguna tontería. Lucha Mario, es hora de luchar. Sé fuerte y planta cara, como lo has hecho hasta ahora. No te rindas, ya no puedes. Se lo debes a tu madre. Se lo debes a Andrés. Se lo debes a la chica pelirroja. Se lo debes a Cayetana. Ellos han dado su vida para que continúes con la tuya por un motivo que desconocemos.

–¿Y qué debo hacer? ¿Qué coño quieres que haga? –vomito desesperado.

–Vente conmigo a África. Juntos, descubriremos que tiene Dios planeado para ti.

Confesión autorizada. Te escucho.

Mario Conde regresará con TRES DE PICAS

Los bandos comienzan a forjarse, la guerra civil se aproxima. Los cimientos de la integridad humana se deshacen, el fuego del poder y la lucha descontrolada de egos anticipa un escenario manchado de rojo… La realidad y la ficción apenas se distinguen. Qué es verdad y qué parte es inventada depende única y exclusivamente del lector. Continúa descubriendo la historia en:

Micrófono Abierto

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Capítulo 38.- Secreto de Confesión: Sexto asalto
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Capítulo 38.- Secreto de Confesión: Sexto asalto
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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