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Capítulo 36.- Secreto de Confesión: Cuarto asalto

Secreto de Confesión: Cuarto asalto

No me delatará, ni dará el chivatazo a la policía para que me sorprendan en el escenario del crimen. Para ella, el dinero vale más que el orgullo. Yo, sin embargo, no soy yonki del dinero. Soy feliz con cuatro duros.

Echando un vistazo a mí alrededor, me felicito. La negociación no ha salido tan mal. He sobrevivido y salvado a mi madre. He logrado los objetivos marcados. El bulldog francés nunca conocerá la verdad de estos días atrás. Gran alivio para mi conciencia.

Una, dos, tres, cuatro mujeres muertas y un hombre ahorcado. Alexandra ha olvidado casualmente la pequeña pistola en el suelo. No correré a perseguirla. Carezco de fuerzas para subir las escaleras de caracol.

Ha olvidado el arma para incriminar a Carlos Alba de todos los crímenes aquí presentes. Su familia y la chica pelirroja fallecieron la misma noche. Que Cayetana haya sido asesinada en el pasaje del terror es cuestión de echarle imaginación. Por suerte, no es mi problema.

La marquesa sabe que su hijo mantuvo una falsa reunión en la terraza del hotel EME. No tardará en averiguar que Cayetana era camarera y trabajaba como escort de lujo. Si a esto le sumamos el pasado familiar, dará por buena la versión oficial de la policía: suicidio por arrepentimiento tras asesinar a cuatro mujeres.

Aportar un título nobiliario y un palacio, como escenario del crimen, producirá innumerables historias, novelas, inventos y falsos cuchicheos. La marquesa disfrutará de la inmortalidad tan codiciada, aunque no por los derroteros deseados.

Triste final para una familia que parecía tenerlo todo. Dinero, fama, estatus social. El resto de miembros no merecen cargar con la vergüenza pública, pero esto es España, nos gusta sintetizar y meter a todo el mundo en el mismo saco, especialmente cuando se trata de tragedias y echar mierda a otro que aparenta ser mejor que tú.

Abandonar Sevilla, sus costumbres y sus raíces es para un sevillano el más odiado de los destierros. Adiós a la feria de abril, la Semana Santa, no pasear por el Barrio de Santa Cruz. Qué duro se hará eso para una familia que ha vivido y dado todo por y para Sevilla.

Sinceramente, me la suda. No me importa su marcha. Me da igual que le suceda a la marquesa a partir de ahora. Su familia me lo ha hecho pasar muy mal. Eso no lo perdona un sevillano. Somos gente de sangre caliente, fogosos y pasionales defensores de nuestros principios.

Si me entristece despedirme de mi empleo de confesor. Igual que me sucedió en la última partida de cartas, me obligan a retirarme en la cumbre de mi carrera profesional. Adiós a otro talento rentable. Hola a otro fracaso.

Esta experiencia me ha servido para madurar, aprender de la cara amarga de la vida. He sobrevivido a la ruleta rusa, pero el precio abonado ha sido excesivamente elevado. El diablo me ha enseñado a soportar y sobrellevar la muerte. Ha incubado un deseo inconsciente de sangre, venganza y adrenalina desmedida para después regarlo con la esperanza de reencontrarme con mi enemigo para ajustar cuentas pendientes.

Regresar al día a día será tarea complicada. Primero he de averiguar cómo salir de aquí. Apenas puedo dar tres pasos seguidos. Qué bien vendría la droga inyectada por Alexandra la otra noche en su apartamento.

La noche sigue de mi parte, faltan varias horas para el amanecer. Si no logro salir del palacio y regresar a casa antes de la salida del sol, mi tapadera puede verse comprometida. Me siento en la silla y busco el móvil de Carlos Alba en sus bolsillos del pantalón. Están vacios. Nada queda por hacer en el pasaje del terror donde Freddy Krueger se sentiría como en casa.

Por mi propio pie no llegaré al piso superior hasta mañana. Arrastrarme es la única solución, ¿el inconveniente? Dejar un rastro de sangre por el camino. En el umbral de la puerta la sangre de Cayetana ha formado una pequeña bolsa.

¡Joder! ¡Joder! ¡Joder” ¿Qué puedo hacer? Me invade la impotencia por no poder hacer nada. ¿Tengo que resignarme a esperar la llegada de algún curioso para salir de aquí? Después de lo sufrido y pasado, ¿he de aceptar el peso de la ley? Nada tengo que ver con los crímenes cometidos. ¿Por qué cargar con la desgracia de otro? Yo soy la víctima, no el culpable.

Por mucho que intente demostrar mi inocencia, la habitación habla por sí sola, convierte el suicidio de Carlos Alba en un asesinato a sangre fría. Mis moratones y mis heridas serían la prueba para demostrar que hubo un falso forcejeo antes del trágico final.

La marquesa disfrutará descargando su rabia contra mi familia, no pararía en su empeño por demostrar que el marquesado de Tomares ha sido víctima de la locura de un perturbado mimado y malcriado. No concederé esa oportunidad. Soy yo o ellos. Blanco o negro. La gama de grises se esfuma como el perfume y el paso seductor de Alexandra.

Conozco una persona que se atrevería a ayudarme. Una persona acostumbrada a ver la cara más sangrienta y salvaje de la guerra. No sé cómo recibirá el padre Sebastián mi llamada, si descolgará y se atreverá a venir a rescatarme. Representa la última bala en la recámara. La munición está finiquitada. Si la bala falla, el esfuerzo realizado no habrá servido de nada. El cielo o el infierno. La gloria o la derrota, depende de una llamada. Igual que sucede en una oposición. Si pasas los tres exámenes, obtienes la plena libertad.

Saco el teléfono y marco el número memorizado.

–¿Dígame?

–¿Padre Sebastián?

–Sí, ¿quién llama? –Apruebo el primer examen sin esfuerzo. La cabeza funciona a pleno rendimiento, a pesar de los golpes recibidos.

–Soy Mario. Me facilitó su teléfono en caso de emergencia.

–Ah, Mario. Cuenta, ¿qué te sucede?

–Necesito su ayuda. Ando metido en un buen lío. No se lo puedo contar por teléfono. ¿Podría venir a la bodega del palacio de los marqueses de Tomares?

El padre Sebastián guarda silencio. Corrige el segundo examen con la misma pulcritud que las mujeres dedican a prepararse para salir de fiesta los fines de semana. El veredicto tarda más de lo esperado en escucharse. No interfiero en la decisión. Ambos sabemos que si acepta ayudarse será cómplice de mi destino.

–Estaré allí en media hora. –Apruebo por los pelos el segundo examen. Falta salir de aquí para sentir el aire de la libertad acariciándome el rostro.

–Padre, venga solo en su coche. No conviene que nadie sepa que ha estado aquí esta noche.

–Descuida.

Confesión autorizada. Te escucho.

Capítulo 37.- Secreto de Confesión: Quinto asalto

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Capítulo 36.- Secreto de Confesión: Cuarto asalto
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Capítulo 36.- Secreto de Confesión: Cuarto asalto
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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