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Capítulo 34.- Secreto de Confesión: Segundo asalto

Secreto de Confesión: Segundo asalto

Debería sentirme triste y afligido por el asesinato que se acaba de producir, pero lo cierto es que me siento aliviado, me acaban de quitar un muerto de encima, curiosa paradoja. Carlos Alba nunca me ha caído bien, además, considero que ha recibido menos castigo del merecido. Por los cuerpos mutilados y violados de Adela y Adriana se merecía la vergüenza pública y la ley de la cárcel. Nikolái ha sellado sus labios con sangre, ha evitado alguna tontería en su contra.

–¿Por dónde… por dónde íbamos?

Cayetana está blanca pajiza, en estado de shock y descolocada por la escena. Creo que tampoco esperaba la fugaz respuesta de su compañero por mi negativa de entregar la documentación.

–¿Dónde está mi madre?

Aprovecho su bloqueo mental para meterle más presión. Vivir en directo la muerte de la chica pelirroja ayudó a construir una coraza capaz de soportar los fatídicos sucesos de los días posteriores. Tal y como se comporta, presiento que es su primera vez, a pesar de querer pasar por una chica dura y fría.

Sus náuseas son las responsables del vómito a los pies del muerto. No es plenamente consciente de su situación hasta que levanta la cabeza y se topa con el rostro deformado y aterrorizado de Carlos Alba. Retrocede hasta caer de culo.

–¿Dónde está mi madre?

Cayetana no sabe qué hacer, dónde ir, ni qué decir. La estupidez de Nikolái la ha bloqueado por completo. Camina dando vueltas, mira inconscientemente los cadáveres tirados en el suelo y colgado del techo. Actúa como si acabara de levantarse y continuara en la pesadilla soñada.

–¿Dónde está mi madre? –Si no obtengo respuesta, presionaré para mantenerla inmersa en ese estado de shock en el que ella misma se ha metido.

Me sorprende que Nikolái no haga nada. Impasible, con los brazos cruzados y la pequeña pistola en la mano, sigue con la mirada el comportamiento de su amate. ¿Por qué no toma las riendas de la negociación? Tampoco trata de socorrerla, ayudarla a recuperar el control. No esperaba enfrentarte con una Cayetana tan débil y frágil psíquicamente. Sentada en la silla, que minutos antes tuvo la misión de ser el salvavidas de su detenido, se recompone un poco.

–¿Dónde está el pendrive y los documentos? –pregunta sin ninguna autoridad. No es capaz de mirarme a los ojos.

He de tener cuidado, es la única capaz de domar a la fiera. Si sufre un ataque de ansiedad estoy perdido. Nikolái se viene arriba con cada gota de sangre derramada, exigiendo más y más, sin saber parar a tiempo. La situación, aparentemente a mi favor, no está nada clara.

–¿Dónde está el pendrive y los documentos?

Igual que me sucede a mí con mi madre, Cayetana es un disco rayado, repite una y otra vez la misma pregunta. Si no rompo el círculo vicioso, la negociación nunca terminará.

–Están en un lugar seguro. Cuando liberes a mi madre te diré donde está el pendrive. Me quedo con los documentos como seguro de vida.

–¿Qué…? ¿Cómo…? ¿Qué vas a hacer que…? ¿Cómo te atreves…? –Cayetana no es capaz de terminar ninguna frase–. Nikolái, ¿qué hago? –Desesperada, busca consuelo y ayuda en su mamante.

–Solo queda hacer una cosa. –El comentario no huele bien. La ruleta rusa vuelve a girar en busca del segundo afortunado. Esta vez no sé si conseguiré esquivar la bala.

–¿Qué piensas hacer? –insinúa Cayetana, no entiende las palabras de su amante.

Nikolái me apunta con la pistola. Los peores presagios toman forman de bala. Soy el elegido. Mi triste final llega rodeado de cadáveres. No salvaré a mi madre. Fracaso cuando más me necesita. Enfrentarme a él aceleraría el proceso. Tampoco puedo escapar, la única vía de escape está bloqueada por su presencia.

–No… Nikolái… No lo hagas… recuerda que necesitamos los documentos para salir vivos de esta. –Cayetana sale en mi defensa, rebela inconscientemente su propia situación. Un francotirador vigila desde la distancia. Si caigo muerto, ellos también. Quizás por eso, no aprieta el gatillo–. Baja el arma. Déjame hablar con él. Si le explico la…

Nikolái no permite que termine la frase. Dispara dos tiros a Cayetana por la espalda. Cae desplomada al suelo, es fiel reflejo del miedo al descanso eterno. Sus ojos expresan impotencia. Su vida de lujo y pasión se acaba por la traición del amante decepcionado.

Quiero arrodillarme a su lado, acompañarla en la despedida del mundo de los vivos. Nikolái amenaza con volver a disparar si hago alguna tontería. Me permite sentarme en la silla de madera. Obedezco, muestro las palmas de las manos en son de paz. Sentado, desde la distancia, y con la autorización del carcelero, acompaño a la moribunda en la transición: –Confesión autorizada. Te escucho. –Quiero concederle la oportunidad de arrepentirse por los errores cometidos–. ¿Quieres pedir perdón?

–Perdóname por involucrar a tu madre. Yo no quería. Las cosas no son lo que… –Una tercera bala en el pecho silencia la voz de Cayetana. La sangre me salpica en la cara y parte de la ropa.

–¡Maldito hijo de puta!

Me abalanzo sobre él, como un perro rabioso, para matarlo. Con un hábil movimiento de boxeador, me esquiva. Hace una finta y me golpea en la espalda con el mango de la pistola. Tirado en el suelo, me arrea una patada que fractura varias costillas.

He logrado esquivar la segunda bala de la ruleta rusa. Dejarme llevar por las emociones hace que graben mi nombre en la tercera. Sufro la bota de mi ejecutor encima de mi cabeza. El dolor es insoportable. Grito desesperado, igual que un cerdo en el matadero. ¿Qué estrategia sigue? La mía voló por los aires desde que decidí descender las escaleras de caracol.

–¡Para! ¡Por favor! ¡Te lo suplico! ¡Te diré dónde están los documentos y el pendrive!

Mis palabras surten efecto. Nikolái aparta el pie de mi cabeza, momento que aprovecho para meter la mano en el bolsillo lateral de las bermudas, sacar la navaja y clavarla en su muslo derecho.

Mi adversario retrocede. Grita embravecido. La fiera está desatada, exige más sangre para calmar su sed de violencia. Trato de ponerme en pie para escapar, aprovechar que el enemigo está distraído tratando de sacar la navaja de su muslo.

Los golpes recibidos han sido bastantes certeros. Caigo al suelo. Me duele todo el cuerpo. La cabeza estalla de dolor, escribe mi final. Un disparo es suficiente para detenerme. Me arrastro. No puedo más. Mi cuerpo ha dado el máximo permitido. Los párpados se cierran lentamente.

Confesión autorizada. Te escucho.

Capítulo 34.- Secreto de Confesión: Tercer asalto

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Capítulo 34.- Secreto de Confesión: Segundo asalto
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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