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Capítulo 33.- Secreto de Confesión: Primer asalto

Secreto de Confesión: Primer asalto

No repuesto del susto inicial, provocado por la aparición repentina de Nikolái, la situación se torna más macabra al entrar en el pasaje del terror. En un pequeño cubículo rectangular de ocho por quince, tres cadáveres femeninos mutilados descansan apiñados en una esquina. Son fáciles de reconocer, a pesar de la sangre, la estrambótica indumentaria de látex y los disparos de bala en diferentes partes del cuerpo.

El cadáver de la mujer de Carlos Alba, vestida con un mono rojo de látex rojo, similar al utilizado por Britney Spears en el videoclip Oops!… I did it again, está sentada en el suelo con las manos atadas en alto y la cabeza caída. Encima de sus piernas, su hijastra desnuda, con botas mosqueteras altas, queda oculta debajo del cuerpo de la chica pelirroja.

El olor de la habitación es insoportable por la falta de ventilación, la putrefacción y descomposición de los cuerpos. Las moscas y demás insectos merodean a sus anchas por los cuerpos, producen arcadas que apenas puedo contener.

–Buenas noches, señor Conde.

Cayetana esperaba impaciente mi llegada. Sus palabras no muestran seguridad, sí nerviosismo, el mismo que yo siento. Es mi primera vez en una reunión clandestina alejada del marco de la ley.

La belleza natural de Cayetana parece haberse marchitado en unos días. No refleja la belleza explosiva que la caracteriza. Su rostro, sin maquillaje, delata dolor y tristeza, como si un mal superior la persiguiera y no le permitiera descansar.

Nikolái está a su lado con una pequeña pistola, similar a la mostrada por Carlos Alba en la habitación del hotel EME el día que nos conocimos. Detrás de ellos, una sábana colgada del techo oculta una sorpresa.

–¿Dónde está Carlos?

Nikolái se gira y tira de la sábana. Aparece Carlos Alba atado, con las manos detrás de la espalda, encima de una silla de madera y con una soga alrededor del cuello. Su rostro ensangrentado y lleno de moratones refleja el dolor de la tortura sufrida durante la última llamada de teléfono.

–¿Qué te parece? ¿Te gusta el castigo que he elegido por traicionarte?

–¿A qué te refieres?

–Después de vuestro encuentro en Nervión Plaza, vino a vernos desesperadamente–. Cayetana es la portavoz del otro bando. Nikolái es un mero espectador encargado de velar para que nada se salga del guión establecido.

–¿Me vendió?

–Esa fue su intención desde que os conocisteis en el hotel. Era cliente mío desde hace varios meses. Cansada de sus asquerosidades sexuales, no sabía cómo quitármelo de encima. Su familia es demasiado poderosa para eliminarlo y no levantar sospechas. Conocerte me facilitó matar dos pájaros de un tiro.

–¿Y la chica pelirroja?

–Escort que trabajaba en la agencia. Era la encargada de satisfacer sus macabros caprichos. También se cansó de sus monstruosidades, tanto, que estaba dispuesta a denunciarle y sacar a la luz nuestro negocio si no le buscábamos otro cliente. La política de la agencia impide decir no a los clientes que pueden pagar los servicios más exclusivos. No me dejó otra elección. Conocía su frágil estado de salud mental. En la prueba semanal de enfermedades venéreas, le dije que había contraído el SIDA. Es curioso cómo funciona la mente humana. No solicitó una segunda prueba para confirmar el falso positivo. Aceptó la situación sin protestar y comenzó a vagar por la ciudad como un muerto viviente. La vigilábamos de cerca por si le daba por hacer alguna tontería. Vanesa me hablo de ti y el resto ya lo conoces. La incite a suicidarse, previo paso por el hotel para confesar. Le comenté que eras un sacerdote moderno pro-suicidios. Solo quería asustarte, meterte miedo en el cuerpo para que me respetases, pero quisiste hacerte el valiente y la seguiste hasta el puente donde se quitó la vida. Admito que actuaste como un completo inútil, ¿a quién se le ocurre tocar el arma con el que se acaba de quitar la vida una persona? Si te preguntas cómo es que nadie ha sabido nada del suceso es porque le dijimos cómo, cuándo y dónde debía hacerlo. De madrugada, el puente suele ser un lugar tranquilo, permite despedirte sin ser molestado. Un barco esperaba en la orilla del río a que se tirara para recoger el cuerpo. Nikolái recogió la navaja. Su familia pregunta por ella y la Guardia Civil está buscándola sin mucho éxito.

–¿Todo fue mentira? ¿Desde el principio me contratasteis para limpiar y pagar los platos rotos?

–Interprétalo como quieres, señor Conde. Por eso te pagábamos. Necesitábamos a un pardillo, un hombre de paja, que corriera con las culpas en caso de torcerse la cosa. Hasta el día de hoy, has cumplido tu papel. Dame el pendrive y los documentos y dejaremos que tú mismo retires la silla.

–¿Y mi madre?

–El pendrive y los documentos. No lo volveré a repetir.

–¿Dónde está mi madre? –exijo enojado.

–Es el último aviso –amenaza desesperada.

–¡Dónde coño esta mi madre! –repito.

Las palabras ceden el protagonismo a los hechos. Nikolái golpea la silla que mantiene a Carlos Alba con vida. Se revuelve en el aire buscando algo en lo que poder apoyarse.

Corro a socorrerle, pero recibo un puñetazo en la cara que me tira al suelo. El golpe me nubla la vista, creo estar perdiendo el conocimiento. Aúno fuerzas para no cerrar los párpados. La vida de mi madre está en juego. Torpe y lentamente consigo reponerme y ponerme a cuatro patas. Cuando logro ponerme en pie, la ruleta rusa ya ha obtenido a su primer ganador. Carlos Alba yace tambaleándose, de un lado a otro, en el aire.

Confesión autorizada. Te escucho.

Capítulo 34.- Secreto de Confesión: Segundo asalto

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Capítulo 33.- Secreto de Confesión: Primer asalto
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Capítulo 33.- Secreto de Confesión: Primer asalto
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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