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Capítulo 27.- Secreto de Confesión: Los papeles de la mentira

Secreto de Confesión: Los papeles de la mentira

–Buenas noches, señor…

El cliente no está muy seguro de querer dar su nombre.

–Soria.

–Un placer, señor Soria. Lamento la espera. Veo que ha estado ocupado en mi ausencia.

La mesa de cristal está llena de papeles escritos a mano y a ordenador. Algunos llevan membretes de bancos. Otros, algún distintivo ministerial. Las anotaciones a mano simulan ser una contabilidad no muy limpia.

–No me gusta perder el tiempo.

–Si quiere que esto salga bien, es mejor que se relaje. En esta habitación cada cosa tiene su tiempo.

El cliente se impacienta por mi falta de colaboración. ¿Espera que le entregue el pendrive? ¿Los papeles dispersados por la mesa son para mí? ¿Qué hago yo con eso? ¿Otra entrega en depósito? No, me niego. El pendrive es fácil de esconder, la montaña de papeles es otro cantar.

–¿Quiere esto? –Introduzco la mano en el bolsillo lateral de las bermudas y saco un pendrive al azar. El rostro y la actitud del invitado se tornan amables.

–¿Cómo garantizar que la información es autentica y que no existen copias? –El cliente enciende un portátil que guarda dentro del maletín. El asunto se pone feo, quiere comprobar el contenido. Quizás no fue tan buena idea esconder el original.

–¿Qué piensa hacer con ese ordenador?

–Usted que cree.

–Le aviso que el pendrive está cifrado. Si lo abre sin tomar precauciones, le garantizo que su contenido se borrará automáticamente.

–Eso no fue lo acordado. Se pacto…

–Las reglas han cambiado. Aquí tiene su parte –pronuncio firme y rotundamente. Deposito el pendrive encima de la mesa sin apartarle la mirada–. Nadie me llama mentiroso, menos en mi propia casa. ¿Lo quiere o no lo quiere? Sea claro y no me haga perder el tiempo. Seguro que la prensa sabrá sacarle mejor partido a la información que guarda dentro.

–Lo quiero. Lo quiero.

La seguridad del cliente desaparece con mi soberbia actuación. Le interesa el pendrive como se necesita del agua para vivir. Ubicado en mejor posición, lanzo un segundo farol para ver qué sucede.

–Necesito comprobar la documentación en un lugar tranquilo.

–¡Eso tampoco estaba acordado! El pacto consistía en un mero intercambio. ¿Por qué usted si puede comprobar la veracidad del material que le entrego y yo no?

–Como muestra de generosidad, le entrego el pendrive como garantía. –El cliente, a regañadientes, ordena y guarda los papeles en una subcarpeta de cartón.

–Aquí tiene mi parte. –Cojo el material y me levanto.

–Espere aquí. No haga ninguna tontería. –Me encierro en el cuarto de baño. Adapto el wáter como oficina improvisaba de trabajo–. ¿Fuma? –grito en alto, mientras me coloco un cigarro en la boca.

–No. –Mejor para él, más años de vida.

Abro la subcarpeta para averiguar qué secreto esconde la montaña de papeles. Dispongo de pocos minutos y el contenido es demasiado denso. Nunca pensé que el juego de cartas adivina dónde están las parejas durante mi niñez, y más tarde, el exigente entrenamiento llevado a cabo por el bulldog francés de mi memoria cisterna, fuera a resultar útil en un momento tan delicado.

Mis ojos actúan como cámaras de fotos, buscan y memorizan los datos relevantes: fechas, nombres de sociedades, personas implicadas, cargos ocupados, números de cuenta, DNI, CIF y paraísos fiscales. Mi mente funciona a pleno rendimiento, no lo hacía así desde hace años. Mi madre se disgusta cada vez que practico mi talento jugando a las cartas. La estadística es otro hobby prohibido por exigencias familiares. Soy un excelente jugador de póker retirado. Hacerme confesor no es la primera idea brillante que he abandonado por motivos de apariencia y del qué dirán.

La marquesa de Tomares se chivo a mi madre de las partidas clandestinas que organizaba su hijo en la trastienda de uno de los garitos. Es curiosa la hipocresía española. El hijo de la marquesa sí puede participar en las timbas porque asiste gente muy respetada e influyente de la ciudad. Yo, sin embargo, soy un bala perdida, un mierda por jugar a las cartas.

El hijo se chivó a la madre y esta al bulldog francés para quitarme de en medio. Aquellos que se atrevían a jugar conmigo siempre eran desplumados. En mi última partida, quedamos el hijo de la marquesa y yo en un mano a mano. Mi contrincante pasaba por una mala racha. Los asistentes detuvieron el resto de partidas para ver que sucedía entre el mejor jugador y el dueño del local. El morbo estaba garantizado.

No llevaba buena mano. Le presioné porque contaba con más dinero encima de la mesa. Aposté fuerte hasta que se retiró. Gracias a la estadística gané diez mil euros. Levanté, enseñé la pareja de sietes y la mesa voló por los aires con gritos y amenazas avisando que no volviera a aparecer por allí. Así terminó mi última partida. Al día siguiente, después de una bronca monumental en casa, tuve que devolver el dinero, legítimamente ganado, y pedir disculpas.

Volviendo a los papeles, estos ofrecen información sensible sobre altos mandos del partido del gobierno y millones de euros repartidos en empresas fantasmas por diferentes paraísos fiscales. Sé que son empresas fantasmas porque una hoja, a modo de índice, resume la información. La tomo como base, memorizo la información por temáticas.

El dato grabado en mi memoria nunca se borra. ¿Cómo se llama esta técnica? Lo desconozco. La llamo memoria cisterna porque fue lo que le dijo el desorientador de la escuela a mi madre de pequeño.

Ingenuamente, Cayetana, y los dos intermediarios desconocidos, me utilizan de cartero pensando que no opondré resistencia, que las manos y los rostros de los organizadores quedarán limpios y en el anonimato. Nunca pensaron que un tipo sin estudios, ni porvenir, dispondría de información suficiente para hacerles la vida imposible a los dos partidos más fuertes del país.

Sin conocer la información que guarda el pendrive, y a juzgar por el contenido de la subcarpeta, tengo la impresión que contiene información similar de sucia del otro partido. Haciendo un cálculo aproximado, la totalidad de las empresas fantasmas suman un montante de ciento veinte millones de euros desviados y ocultos a la espera de ser activados. Bonita cantidad con un único y legítimo dueño.

Coloco la papelera en el plato de ducha. Tiro los papeles, uno a uno, a medida que termino de memorizar los datos relevantes para acceder al dinero desde cualquier parte del mundo. En unos minutos, mi caché ha vuelto a revalorizarse, el precio de mi memoria asciende a ciento veinte millones de euros.

Enciendo el cigarro. Nadie volverá a ponerme la mano encima, ni a decirme que está bien y qué está mal. Inicio el ritual quemando varias esquinas. El fuego no tarda en propagarse, convertir la montaña de papeles en cenizas. La hoguera se apaga antes de la última calada.

El humo de la victoria sienta bastante bien. Falta que Carlos Alba acometa su parte del trato para poder vivir en paz. Después, le delataré. Disponiendo del indulto del gobierno, ningún fiscal se atreverá a denunciarme. Disfrutaré de la humillación pública de la marquesa y de sus hijos allá a donde vayan.

–Todo en orden –confirmo al señor Soria. Salgo del cuarto de baño.

El invitado guarda el pendrive en un bolsillo de la chaqueta y se marcha sin despedirse. Qué poco le gusta esperar a los malos directivos que se creen por encima de los demás, la ley y el orden establecido.

No sé cuándo, ni cómo, abrirá el pendrive. La cara de tonto no se la quitará nadie. Si viene a pedirme explicaciones, utilizaré la cuartada y el aviso que varias veces le he reiterado.

Hasta que Carlos Alba cumpla con su parte del trato, he de tener cuidado con Nikolái. Seguiré confesando, acudiré cada noche a mi puesto de trabajo. A pesar de estar atado de pies y manos, cuenta con fuerza e imprudencia suficiente para desatarse y morderme sin piedad.

Por hoy no tengo nada más que hacer. Puedo irme pronto a casa. Nikolái nunca aparece para despedirse, salvo que quiera echarme de la habitación.

Entro en el cuarto de baño, cojo la papelera y salgo al balcón. Entre los restos carbonizados no se aprecia ningún trozo de aparente valor. Para asegurar mi inversión, los arrojo a la calle, vuelan y buscan un nuevo destino. Algunos encuentran cobijo en el tejado del hotel, otros quedan tirados por la calle, pocos son los afortunados que consiguen tocar el muro exterior del Patio de los naranjos.

Los papeles son cenizas arrojadas como última voluntad de la persona fallecida. Simbolizan la despedida de una vida pasada. Nada volverá a ser lo mismo. Me ha tocado el euromillón sin jugar, ni pagar impuestos. A partir de este momento seré quien quiera ser. Puedo presentarme a Presidente del Gobierno sin ganar unas elecciones. No es soberbia, es un deseo factible si no fuera porque el bulldog francés aplicaría el peor de sus castigos hasta hacerme confesar en la tribuna del Congreso de los Diputados cómo he logrado el puesto. Mientras ella viva, guardaré las apariencias. Es lo mínimo después del tinglado que he montado.

Con los deberes hechos y el examen entregado, me voy a disfrutar de la cama. Abandonada, la pobre se siente algo celosa.

Confesión autorizada. Te escucho.

Capítulo 28.- Secreto de Confesión: ¿Dónde está mamá?

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Capítulo 27.- Secreto de Confesión: Los papeles de la mentira
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Capítulo 27.- Secreto de Confesión: Los papeles de la mentira
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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