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Capítulo 26.- Secreto de Confesión: Enséñame la pasta

Secreto de Confesión: Enséñame la pasta

El despertador suena a las ocho de la tarde. Cuento con tiempo suficiente para ducharme y cargar los bolsillos laterales de las bermudas. En uno, guardo la navaja, las llaves y los cuatro pendrive. En el otro, el móvil, la cartera y el paquete de tabaco con el mechero dentro.

Elijo el uniforme de verano (polo, bermudas y zapatillas) por comodidad y libertad de movimiento. Abandono el traje en el armario para no asarme como un pollo y no quemarme las plantas de los pies corriendo con los mocasines por la Avenida de la Constitución.

Los ronquidos que escucho desde el pasillo confirman la ausencia de peligro para fugarme del cuartel. Tras regresar de misa, mi madre comió algo y se acostó. El día resulto ser más largo de lo que ella pensaba. Pasar casi cuatro horas sentada en un banco ha tenido que producirle calambres en las piernas. Dolores que no escenificó, ni protestó. Es cabezona y dura como una piedra, capaz de plantar cara al mismísimo Mike Tyson si se interpone en su camino.

No le importa perder. Recuerda que eso forma parte esencial de la vida para saber disfrutar del sabor dulce de la victoria. Importa cómo te enfrentas a las derrotas, qué actitud presentas frente a las adversidades.

La arrogancia y la soberbia son malas compañías en momentos difíciles. Hacen que la gente se aparte por mera cuestión de salud emocional. Nunca me he creído arrogante, ni soberbio. Sí solitario.

Camino al hotel con cierto miedo. No del que paraliza, sino del que hace acto de presencia minutos antes de una prueba importante.

Entro en el hotel, le pido al chico de recepción que avise a Nikolái de mi llegada y voy directo a la habitación 401. Espero sentado en el pasillo, delante de la puerta. Aguardo vagas esperanzas, ¿habrá cumplido Carlos Alba su parte del trato? La pregunta no tarda en recibir una respuesta negativa.

Entro y camino directo al balcón. Quiero disfrutar de las vistas de la Giralda y no escuchar la voz de nadie hasta la llegada del cliente.

–¿Hoy no exiges nada? –No es mi día de suerte, Nikolái tiene ganas de hablar.

–Deja el dinero en la mesa y tráeme lo de siempre.

–Te veo de buen humor –comenta. Quiere hacerme compañía en el balcón. No contesto. No tenemos nada de qué hablar. Dentro de unos días será un mal recuerdo del pasado. Carlos Alba se encargará de ello–. Hoy solo tienes un cliente. Podrás irte pronto a casa. –Creo que no es capaz de combinar más de tres frases cortas seguidas. El idioma, o su falta de inteligencia, le impiden aspirar a hablar como una persona normal.

–¿Por qué estás de tan buen humor?

–Somos amigos, ¿no?

Me choca tanta amabilidad. Habitualmente sus comentarios son ¡limpia eso! ¡haz aquello! ¡venga! ¡vamos! ¿A qué se debe este repentino cambio de actitud? ¿Le habrán leído la cartilla por la brutal paliza regalada anoche? Si es así, me aprovecharé para tocar al máximo las pelotas. Si espero a alguien importante, este noche, hoy más que nunca: no money, no show.

–¿Dónde están mis seis mil euros? –Nikolái ríe–. No hablo en broma. Quiero mi dinero antes de que llegue el cliente.

–¿Y si no? –bravea agresivamente. La bestia muestra su estado natural.

–Me iré.

–¿A dónde?

Pregunta y no golpea. Felizmente para mí, cumple la orden de no ponerme la mano encima.

–Se hace tarde y el cliente puede llegar en cualquier momento. ¿Cuánto dinero llevas en el sobre? Creo que no el suficiente.

Nikolái escupe en el suelo. Estúpido gesto de impotencia por no poder aplicar sus propias normas. Se marcha por miedo a descontrolarse e incumplir lo pactado con su dueña.

El silencio de la noche, antecedente de la tormenta que se avecina, tensiona cada minúsculo músculo y tendón. Mente y cuerpo están preparados para plantar cara en el campo de batalla. El recorrido de los vestuarios al terreno de juego parece no tener fin. A lo lejos, escucho rugir a la afición, un rugido cuyo sonido aumenta a cada nuevo paso dado. El rugido son los latidos del corazón exigiendo sangre. La razón, en los prolegómenos de la sesión, pierde el control. Las emociones dominan. Tanta carga acumulada exige salir fuera del cuerpo, expresarlas de algún modo, correr desnudo como un loco por el terreno de juego gritando a los cuatros vientos.

Escuchar la voz de Nikolái diciendo –usted primero –contiene a la furia.

Se presenta un hombre de avanzada edad, vestido de traje y corbata negra. Su barba cerrada y prominente, ojos pequeños y hundidos, impone. No es que esté gordo, presenta el perfil estándar español. Ni gordo, ni delgado, si con barriga cervecera. En una mano porta un maletín. En la otra, una copa con líquido blanco y rodaja de limón, seguramente un Gin Tonic.

–Buenas noches. –El hombre se acerca a estrecharme la mano de manera muy educada. Compruebo que está casado por la alianza que decora uno de sus dedos. Desde que comenzó este macabro juego, he desarrollado un especial interés por los detalles–. ¿Dónde puedo sentarme?

Le indico con la mano el sofá. Mientras el cliente se acomoda, me acerco a Nikolái para susurrarle: –¿dónde está mi dinero? –Disfruto como Alexandra hace conmigo, igual que Cuba Gooding Jr. en la película Jerry Maguirre.

–Deja de decir tonterías y atiende al invitado.

Me giro hacia el desconocido. –He de salir un momento. No tardaré en regresar. –Acto seguido abandono la estancia. Nikolái me persigue, me alcanza en el ascensor.

–¡A qué juegas!

–No money, no show. –No me la jugará por la espalda. Hoy no puede, ambos sabemos que se encuentra a mi merced.

–Está bien. Espera. Tardaré un rato en conseguirlo. Empieza la sesión mientras voy a buscar tu dinero.

–¿Qué parte de lo que te acabo de decir no has entendido?

Pulso el botón para llamar al ascensor. Una gota de sudor recorre la frente de Nikolái, refleja el nerviosismo y la pérdida de control de la situación. No es tan frío, ni tan calculador como pensaba. Es una fiera que sabe golpear y atacar, no pensar y reflexionar. De ello ya se encarga Cayetana.

–Necesito 20 minutos.

–Tienes 10. Estaré en la terraza de la calle esperando.

Las puertas del ascensor se cierran. En la calle, sentado en una butaca, disfruto del Macallan más caro disponible detrás de la barra. Los asientos del bar se ubican en los soportales del hotel. El calor de la noche se hace más llevadero gracias a los difusores de agua, los cuales, merman la sensación térmica.

Me entretengo viendo pasear a los turistas. Sevilla, en esta época del año, permite salir de noche. El día queda para los valientes y las obligaciones. Los cuarenta y un grados que marca el termómetro en la sombra no animan a disfrutar de la calle.

El muchacho que me sirvió la copa se acerca con un sobre encima de la bandeja. No creo que Nikolái sea tan estúpido de presumir del dinero negro de forma tan ostentosa y a la vista de todo el mundo.

–Señor, me han entregado este sobre para usted.

La delicadeza no forma parte de su conducta de comportamiento. Recojo el sobre y lo guardo en uno de los bolsillos laterales de las bermudas. No cometeré la estupidez de contarlo en público. Por el tacto, tiene más grosor que la última paga.

Obtengo un nuevo aumento de sueldo y brindo por ello. Bebo lo poco que me queda en la copa y subo a trabajar. Los enemigos me han concedido demasiado tiempo para pensar, error que pagarán caro.

Confesión autorizada. Te escucho

Capítulo 27.- Secreto de Confesión: Los papeles de la mentira

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Capítulo 26.- Secreto de Confesión: Enséñame la pasta
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Capítulo 26.- Secreto de Confesión: Enséñame la pasta
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de cuentas en la revista Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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