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Capítulo 25.- Secreto de Confesión: El padre Sebastián

Secreto de Confesión: El padre Sebastián

Llego al funeral diez minutos antes de su comienzo. La gente espera fuera, al menos eso pienso hasta hacerme un hueco para entrar en la iglesia y comprobar que dentro no cabe un alfiler. Los bancos y los pasillos laterales están repletos de gente. El aire acondicionado a máxima potencia no es capaz de combatir el calor asfixiante.

Para la mayoría de mortales, resultaría imposible conseguir un asiento libre en un evento tan concurrido. Ese no es mi caso. Nadie protesta, ni tose, al bulldog francés en su segunda casa, aquí también extiende su mano de hierro. Abriéndome paso para llegar hasta ella, compruebo orgulloso que su bolso reserva mi sitio a su lado. Solo Dios ha sido testigo de cuantas veces habrá tenido que sacar los dientes para protegerlo.

–¿Dónde has estado? Ya pensaba que no vendrías.

–Me han entretenido. No sabes cuanta gente aguarda fuera. ¿Quién oficia la misa?

El padre Sebastián de Santa María de Jesús. Ambos eran buenos amigos. Coincidieron en el ejército.

–¿El padre Andrés estuvo en el ejército?

–Era capellán castrense, igual que el padre Sebastián.

Desde el mundo de los muertos, sigue sorprendiéndome. Si era militar retirado, cómo pudo ceder con tanta facilidad al ataque mortal de una mujer. Sus buenos años apartado del fuego enemigo reportaron una suculenta barriga, abdominal que dificulta defenderse con soltura.

¿Cómo es el padre Sebastián? Nombre y parroquia ya las he escuchado anteriormente. No recuerdo donde.

–Hola Mario. –Algún desconocido me ataca por la espalda, coloca su mano sobre mi hombro. El susto hace que se me escape un peo.

Padre Sebastián. –Mi madre despeja la duda, saluda al sacerdote con dos besos–. ¿Cómo se encuentra? Le veo en plena forma, ¿sigue yéndose de misiones?

–De vez en cuando. Ahora estoy pensando si irme unos meses a África.

¿Padre Sebastián? Ya sé donde he escuchado su nombre. Es el cura recomendado por el padre Andrés antes de cerrarme la puerta en las narices. Levanto la mirada. Me encuentro con un hombre curtido en batalla. Su rostro tostado al sol, presenta una piel firme y tensa, boca en cremallera y ojos pequeños, redondos, ligeramente hundidos hacia dentro. Porta el pelo rasurado propio de los militares. Su figura atlética y fibrosa choca con la silueta rechoncha del padre Andrés.

–Mario, ¿cómo te encuentras?

–Bien, creo –digo estúpidamente mientras me levanto.

–Andrés me habló mucho de ti. Te tenía en alta estima. Siempre fuiste uno de sus feligreses preferidos. Tus aventuras son famosas desde la infancia.

–Un angelito no he sido, para que le voy a engañar.

–Familia, os dejo. Tengo que prepararme para la misa. Me ha alegrado volver a veros.

La misa es corta, sencilla y cargada de emoción. La voz grave y el sabio manejo de diferentes tonos hacen que no me pierda ni una sola palabra. Es muy diferente al padre Andrés, con su antiguo mono tono y su estilo excesivamente teórico. Las palabras pronunciadas por el padre Sebastián reflejan fuerza, coraje y entusiasmo por la vida. Dan ganas de comerse el mundo después de escuchar su sermón. Si alguna vez piso el campo de batalla, quiero tenerlo cerca, hace más llevadero el asalto imposible a la fortaleza impenetrable.

El ataúd se mantiene abierto hasta la bendición. El mismo sacerdote cierra la caja. Mueve la pieza superior con gran soltura, como si la pieza estuviera realizada en corcho y no en madera.

Los trabajadores de la funeraria se acercan al féretro para sacarlo. El padre Sebastián hace un gesto para indicarles que esperen (estos no entienden nada), se acerca a un hombre curtido, sentado en la segunda fila, para decirle algo al oído. Luego, a otro que está cinco filas más atrás Así continúa con dos más. Selecciona a hombres con algún vínculo emocional importante con el fallecido para portar el féretro hasta el coche funerario. Los cuatro elegidos escuchan atentos las órdenes, cada uno se coloca en una esquina. ¿Por qué no se lo llevan? Nadie entiende nada, ¿a qué se debe el retraso? La mirada del sacerdote lo dice todo.

Me busca y me señala con el dedo cuando me encuentra, me ordena salir de mi cómodo escondite para portar el féretro. A mi madre le brillan los ojos por la oportunidad delante de tanta gente selecta de Sevilla. No puedo interpretarlo como un honor, para mí es un fastidio. Me da vergüenza saber que tanta gente me está mirando. Es peor que salir de mantilla en una procesión. Sin embargo, no queda otra elección. Se lo debo.

Salgo de mi escondite, me acerco a los pies del altar, recibo una palmada en la espalda y me coloco en medio de dos hombres. El padre Sebastián hace lo mismo en el otro lateral.

Caminamos por el pasillo central de la iglesia. Contrario a mis pensamientos iniciales, me siento importante, como si estuviera desfilando en un pase de modelos. La gente inclina la cabeza al pasar a su lado. Sé que no es por mí, y que la situación exige la máxima serenidad y compostura, pero reconozco que disfruto del corto trayecto del altar al coche.

En la calle, un alma desconocida se atreve a aplaudir al paso del féretro, gesto repetido por todos los allí congregados. Conmovido por la escena, rompo a llorar. Tomo consciencia de lo que está sucediendo. Se marcha un confidente, un buen amigo. Quizás el único.

Fui el último amigo que lo vio con vida. Corría un grave peligro que no supe ver a tiempo. En mis manos estuvo la oportunidad de evitar el trágico final, evitar el golpe mortal. Nadie, salvo yo, sabe que ha sido asesinado (aunque no pueda demostrarlo). Nadie, salvo yo, conoce su secreto. No hice nada, como de costumbre. Me quedé sentado a la espera de acontecimientos venideros como hace la clase política. Esperé a que otro viniera a resolver el problema que yo había provocado. Igual sucedió con la chica pelirroja. Consentí su suicidio. No hice nada para salvarla, me convertí en un mero espectador de su muerte.

La noche se acerca. Los despertadores del infierno suenan. Los tambores de guerra no tardarán en resonar, avisar de la llegada del enemigo al campo de batalla. Tengo tiempo para descansar unas horas. Luego, me prepararé para recibirlos como se merecen.

Confesión autorizada. Te escucho

Capítulo 26.- Secreto de Confesión: Enséñame la pasta

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Capítulo 25.- Secreto de Confesión: El padre Sebastián
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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