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Capítulo 24.- Secreto de Confesión: Nervión Plaza

Secreto de Confesión: Nervión Plaza

Llamo a Carlos Alba para vernos en una hora en la plaza del Nervión Plaza.

Media Markt se encuentra entre la Estación de Santa Justa y El Corte Inglés. Dividido en dos plantas, los pendrive se encuentran en la planta superior. Nadie conoce el formato original, hasta el propio consejero dudaría si tratara de darle el cambiazo. Son de esos detalles que la mente suele pasar por alto.

Como cualquier modelo es bueno, opto por el más económico, compro cinco pendrive rectangulares de color negro con 2GB de memoria. Me decanto por una marca, no solo por el precio, también por la similitud con el original y porque la carcasa no refleja la capacidad real de memoria.

Pago y miro el reloj, cuarenta minutos para el encuentro con Carlos Alba. Al lado del Media Markt hay un Burger King. No tengo hambre, pero desconozco como transcurrirá lo que queda de día. Decido llenar el estómago con un menú grande mientras saco los pendrives de sus envoltorios.

Si el día se torna largo, la noche susurra peligro. ¿A quién le tocará esta vez? Nadie queda excluido para jugar a la ruleta rusa. ¿De qué bando será? ¿Conseguiré canalizar la agresividad y la ira de Carlos Alba hacia Nikolái? El tiempo escasea, aprieta a realizar mi mejor actuación dentro de unos minutos. No hace falta mentir, basta con redirigir su odio hacia un punto concreto.

Dicen que dos enemigos irreconciliables se convierten en los mejores aliados frente a un problema común. Churchill logró aliarse con Stalin para hacer frente a Hitler en la Segunda Guerra Mundial. Si quieres vencer, no ataques de frente, los recursos se agotan rápidamente. Primero, divide las fuerzas del adversario para que pierda el poder que supone golpear en bloque. Una vez divididos, es más sencillo anular y eliminar a cada uno de los adversarios de forma separada, lección aprendida gracias a la charla mantenida con dos catedráticos de historia en el pub Groucho. Celebraban el final del Tercer Congreso Internacional sobre la Segunda Guerra Mundial, visión estratégica y militar de los Aliados para derrocar al régimen nazi.

Con el estómago lleno, me dirijo sin prisa a Nervión Plaza por Luís Morales. Disfruto de la belleza femenina que pasea por las calles. ¿Cómo me recibirá Carlos Alba es una incógnita a punto de descubrir?

Nervión Plaza es un centro comercial dividido en dos edificios bajos acristalados, unidos por una azotea transitable con bares, taquillas y accesos a la salas de cine. En mitad, entre uno y otro edificio, hay una gran explanada cubierta, conocida por la pista de patinaje sobre hielo que instalan en Navidad.

Carlos Alba me espera en una esquina de la plaza vestido de uniforme. ¿Alguna vez se cambia de ropa? A pocos metros, compruebo que ambos compartimos el mismo tatuaje, un ojo morado.

–Veo que anoche no fui el único que se peleó.

–No me hables de ese hijo puta.

–¿Por qué no le damos un castigo?

–¿Qué has pensado?

–Por eso te he llamado, no se me ocurre nada.

–Mátalo.

–¿Cómo? No tengo experiencia.

–¿Sabes ya cómo sacar a tu madre de casa un par de días?

–Estoy en ello. Quiero pedirte un favor. Eres el único capaz de cubrirme las espaldas si algo me sucede. Toma –le entrego uno de los cinco pendrive que guardo en el bolsillo de la chaqueta–. Es mi vía de escape. Me lo entregó uno de los clientes en depósito. No sé que contiene, si sé que es importante. Puede valer bastante dinero en el mercado negro. Está cifrado y no se puede abrir en cualquier ordenador, lo han configurado para borrar el contenido si no se abre con cuidado.

–¿Por qué me entregas algo tan importante? ¿Me estas tendiendo una trampa?

–Puedes llamarlo y comprobar la veracidad de mis palabras. Te lo entrego como gesto para forjar una alianza común contra Nikolái. Estoy cansado de escuchar su asquerosa voz, es un miserable que se merece un buen castigo.

–¿Qué saco yo a cambio?

–El pendrive. Si me ayudas, puedes quedarte con él. Con tus contactos y tus recursos no tardarás en sacar una buena tajada.

–¿Y si me niego?

–Voy directo a comisaría y a la prensa para dar el chivatazo sobre el pasaje del terror que tienes montado en el palacio de Tomares.

–¿Cómo…? ¿Pero…? ¿Quién te ha dicho…? –No esperaba una amenaza tan fácilmente materializable con una simple llamada de teléfono. Creyó venir con la tranquilidad del anonimato, con la plena libertad de tener la posición dominante en la negociación. Por desgracia para él, se encuentra en un combate en cuesta y ocupa la posición de abajo–. Claro. El taxista. –La sorpresa no dura mucho, sabe cómo mantener el tipo.

–Tu madre se ha tomado muchas molestias con el funeral del padre Andrés. Hace un rato he tenido una agradable conversación con ella. ¿Quién de los dos te genera más miedo: ella o Nikolái?

–Mario, qué quieres. No me hagas perder el tiempo.

–Ya te lo he dicho. Si me ayudas, yo te ayudo. Luego, cada uno seguirá su camino.

–Tengo que pensarlo.

–La oferta expira en cuanto me monte en un taxi para volver a la parroquia. De ti depende aguarle el funeral a tu madre.

–¿Cómo puedo saber que no me delatarás después de ayudarte?

–Tu seguro es el mismo que el mío. Si alguno de los dos abre la boca, caeremos juntos. La desgracia de uno es la desgracia del otro.

–No lo veo claro. Quememos primero los cuerpos. Luego, veremos qué hacer con Nikolái.

Me giro. Apuesto con el poco dinero que me queda en la mesa. Llevo una pareja de tres. La estupidez o la brillantez del farol se vera de camino al taxi. Trato de no mirar atrás, aminorar el ritmo para que no se aprecie el más mínimo gesto de duda. Los nervios hacen mella. Abro la puerta trasera de un taxi aparcado en fila india delante del centro comercial.

–Jefe, ¿a dónde le llevo?

–¡Espera! –Carlos Alba se rinde en el último segundo. Mete la cabeza por la ventanilla del coche para detener la marcha del vehículo. Ni el taxista, ni yo, esperábamos aquel susto. Mantenerme firme logra otro objetivo: no tener que enfrentarme con la hermana no reconocida de Margaret Thatcher.

–¿Y bien?

–Acepto. Con una condición.

–A la parroquia Corpus Christi –indico al taxista sin prestar atención a Carlos Alba.

–¡De acuerdo! ¡De acuerdo!

–Jefe, espere un minuto. –Bajo del coche para que el taxista no escuche la conversación–. Quiero el problema resuelto antes del fin de semana. Después nos encargaremos del tuyo. Cuida bien del pendrive. No puedes hacer nada con él hasta que cumplas tu parte del trato.

Confesión autorizada. Te escucho

Capítulo 25.- Secreto de Confesión: El padre Sebastián

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Capítulo 24.- Secreto de Confesión: Nervión Plaza
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Capítulo 24.- Secreto de Confesión: Nervión Plaza
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de marketing de contenidos. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como distribuidor de libros y revistas para la firma Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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