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Capítulo 23.- Secreto de Confesión: Delante del ataúd

Secreto de Confesión: Delante del ataúd

La parroquia está abarrotada de gente. Nunca la he visto tan concurrida. Ni siquiera los domingos, día obligatorio para el fiel creyente. ¿Dónde se esconde mi madre entre tanto jaleo? La iglesia, con tanto ruido, es un bar, no un velatorio.

Sí que tenía seguidores el padre Andrés dentro de la sociedad sevillana. ¿Cómo ha llegado la noticia a tanta gente en tan poco tiempo? Demasiado rápido ha actuado la empresa funeraria. No creo que el padre Andrés tuviese pensado morir, menos aún con el nacimiento de su primer hijo.

Organizar un evento de tal magnitud está al alcance de pocas personas. Intuyo quien es la artífice del milagro. La mayoría de los asistentes se acercan a ella como si de una hija del difunto se tratara. La marquesa de Tomares no se cansa de recibir besos y abrazos. No es altruismo, ni agradecimiento. Es puro remordimiento por su mal proceder con los mandamientos divinos. Durante muchos años, el padre Andrés ayudó a sobrellevar su oscuro secreto en la sombra.

¡Qué hipócrita es la vida! Después de tantos años, creo que soy la única persona de Sevilla que le conoció. Bastó una hora. No nos exigimos nada, no esperábamos nada el uno del otro. Nos sobraba con vernos de vez en cuando, saber que el otro se encontraba bien.

Me abro camino por el pasillo central. Miro a cada lado, busco reconocer el pelo blanco lacoso de mi madre. Sus débiles piernas no le permiten estar de pie demasiado tiempo.

No conozco a nadie y conozco a todos. Sevilla es una ciudad grande y pequeña al mismo tiempo, organizada en pequeños círculos cerrados y definidos. Si no perteneces a ninguno, puedes llegar a sentirte aislado, solo, igual que yo me siento cada noche apoyado en la barra del pub. Ni siquiera tengo suerte con las Erasmus, con lo facilonas que dicen ser.

El miedo a la muerte ha logrado despertar mis habilidades dormidas. En unos días he repetido conversación con más personas que el año pasado. Alexandra, Nikolái, Carlos Alba, Cayetana, la marquesa. Ninguna de ellas simboliza una amistad, pero es lo mejor a lo que puedo aspirar. Entre todos han despertado una furia cuya existencia desconocía en lo más profundo de mí ser. Una furia con un fuerte sentido de protección frente a su ser más querido, lo último bueno que me queda en vida. Los cuchillos se afilan para una dura cacería cuyo comienzo se desconoce para la mayoría de los invitados.

Llego al féretro sin encontrar a mi madre. La caja está abierta. Vestido con el uniforme de calle, el rostro del padre Andrés transmite calma y serenidad, como si no hubiera dejado nada pendiente por hacer en el mundo de los vivos. A excepción de las bolsas debajo de los ojos, no se aprecia ninguna marca que delate la existencia de algún tipo de forcejeo previo a la despedida.

Ambos conocimos cómo funcionan las cosas cuando el sol se oculta y los demonios salen a bailar a la luz de la luna. Las batallas que forjan el carácter hacen apreciar los pequeños placeres: una copa de whisky, pasear, leer un libro o fumar un cigarro sin hacer nada.

El padre Andrés solicitó un permiso de vacaciones permanente, siendo concedido por su jefe. Delante de su cuerpo, confieso que no le guardo ningún rencor por sus últimas palabras. Sé que esconden algún tipo de mensaje. Pronto lo descubriré. Hoy toca homenajearlo y despedirlo como se merece. Su vida fue justa y recta. Velaré por su hijo cuando nazca. No permitiré que siga los pasos de su loca madre y el asesino de su padre. Los errores son la mayor expresión de aprendizaje. Al igual que mi madre trata de enmendar los errores del pasado conmigo, haré lo mismo con ese supuesto hijo.

–Tu madre está allí. –Perdido en mí conversación mental no me percato de la llegada de la marquesa. No me hace un favor indicándome dónde está mi madre, me anima educadamente a apartarme del ataúd. Apoyado en la caja, con los brazos abiertos, no permito al resto de invitados acercarse a despedirse.

El bulldog francés reza sola, con el rosario entre las manos y los ojos cerrados, en un banco del lateral de la parroquia, apartada de la muchedumbre. Es su particular forma de despedirse de su guía espiritual. Observándola de lejos, su situación es parecida a la mía: nunca ha logrado encajar en ningún círculo.

Su fuerte carácter y el oscuro pasado de mi difunto padre le han cerrado muchas puertas. No tiene sentido culpar a las personas por sucesos pasados, menos por los no cometidos. La sociedad sevillana funciona así, peor que los partidos políticos, se cierran filas en torno a su líder a sabiendas de cometer el mayor delito de la vida pública: defender una mentira descubierta.

Respeto su espacio. No quiero molestarla. No se moverá del banco hasta que cierren el féretro y se lleven la caja al cementerio. Ha escogido un lugar desde donde poder ver todo lo que sucede alrededor del féretro sin levantarse.

–¿Voy a buscarte algo para comer?

–He desayunado fuerte.

–¿Necesitas algo? ¿Puedo hacer algo por ti?

–Siéntate y reza conmigo.

Me acomodo a su lado. Mi madre sujeta mi mano, cerramos los ojos y rezo un Padre Nuestro. Lo correcto sería quedarme allí, rezar y aguardar, junto a ella, el último acto de despedida. El tiempo no corre a nuestro favor. Ella lo desconoce y así debe seguir siendo. El instinto de supervivencia toma el control frente a una de las emociones básicas del ser humano: la tristeza. Después de besarla en la mejilla, me levanto con la escusa de salir a estriar las piernas.

Confesión autorizada. Te escucho

Capítulo 24.- Secreto de Confesión: Nervión Plaza

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Capítulo 23.- Secreto de Confesión: Delante del ataúd
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Capítulo 23.- Secreto de Confesión: Delante del ataúd
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de cuentas en la revista Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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