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Capítulo 22.- Secreto de Confesión: Secreto familiar

Secreto de Confesión: Secreto familiar

–¡No te da vergüenza! ¡Baja ahora mismo de ahí! Nunca aprenderás Mario. –El dulce sueño es interrumpido por el taladro en el tímpano de una voz de pito. ¿Quién demonios grita de tal forma en un iglesia?– ¿Te has fumado un cigarro? ¿Qué será lo próximo, fornicar encima del altar? Vergüenza debería darte.

¿El bulldog francés? ¡Uf!, me espera una buena bronca. Abro los ojos para confirmar el rostro del despertador.

–Mario, a ver si maduras. Tu madre no para de preguntar dónde te encuentras. La vas a matar a berrinches, niñato malnacido.

Suspiro aliviado, no es mi madre, es la marquesa de Tomares, la mujer que más ganas tenía de cruzarme para aclarar cuentas pendientes. No consentiré que me siga hablando de este modo.

–¡Quieres espabilar! –La marquesa desaparece. Regresa con una escoba y un recogedor que me tira a la cara–. ¡Limpia las colillas!

–No.

–¿Qué has dicho? ¿Te estás poniendo chulo conmigo? Mira, Mario. Yo no soy tu madre. A ella la tienes engañada, a mí no. Estas muy equivocado si crees que vas a torearme y reírte en mi cara. ¡Limpia eso ahora mismo!

Un tortazo se acerca por la osadía. La marquesa no cuenta con la agilidad y la fuerza de Nikolái. Puedo detener el golpe con la mano sin despeinarme.

–Tú y yo tenemos que hablar. Ya va siendo hora de aclarar algunas cosas.

La marquesa se asusta, piensa que voy a pegarle. No disipo sus miedos. Me incorporo y me acomodo en el borde de la mesa. Creo que han pasado unos segundos. Para ella, una eternidad. Petrificada, concedo tiempo para huir, más no hace nada. Espera su castigo como algo habitual en su día a día. El marqués falleció hará varios años. Su fama de buen hombre y padre de familia era bien conocida y estimada. Es otra persona quien la atormenta. Alguien que salió de su propio vientre. Alguien capaz de disfrutar con el horror y con el sufrimiento de las personas. Alguien dispuesto a matar para gozar del terror de su víctima.

–Coja una silla y siéntese. –La marquesa no responde, está completamente bloqueada–. Vamos a hablar de su hijo.

La mueca de terror se agudiza. La tensión de los tendones del cuello refleja la lucha interna. Recibe mis últimas palabras como acusación, cuando aún no he entrado a matar. El protocolo exige torear primero el toro. Si no la calmo, acabaré por matarla antes de averiguar cuánto sabe sobre la doble vida de su hijo.

–Marquesa, relájese. No voy a pegarle.

Me levanto para colocar una silla delante de la mesa. Saco un cigarrillo del paquete y se lo ofrezco. Duda si cogerlo, el marqués murió de cáncer de pulmón por culpa de dos paquetes de Marlboro diarios. El día que enterró a su marido juró que nunca más volvería a poner un cigarro entre sus labios. Su hijo provoca romper la promesar realizada delante del altísimo.

–Gracias.

La marquesa se sienta y se lleva el cigarro a los labios. Yo hago lo mismo. Ella enciende el suyo con mucha clase, la misma que me ponía cachondo en misa en sus años mozos. Como persona es inaguantable, en un concurso de belleza era deslumbrante. Los años, la enfermedad y la muerte del marqués hicieron mucha mella en su esbelta silueta, provocando la caída del pelo y una pequeña joroba.

–¿Mejor? –pregunto en un tono agradable y cercano.

–No, para que te voy a mentir. Son muchos años ocultando el secreto familiar.

–¿Cuándo desarrollo tu hijo su tendencia sádica?

–Se juntaron dos factores: La muerte de su padre y la adolescencia de su hijastra. No asimila bien la muerte. Tantas operaciones y visitas al médico despertaron una tendencia ya patente en su juventud. De pequeño, disfrutaba viendo sufrir a los animales de la finca. Les cortaba una pierna y les pinchaba en el ojo por el mero placer que produce ver el dolor ajeno. A mí marido y a mí nos costaba conciliar el sueño, vivíamos pendientes de una llamada de la policía para comunicar alguna tragedia. Varias veces le sorprendimos ahorcando animales. Su rebeldía hacia la norma impuesta y la mala adaptación a una sociedad contraria a sus ideales sádicos acabó por convertirlo en un monstruo sediento de sangre. No paraba de meterse en peleas… Adela, su mujer, logró obrar el milagro: dormir y apaciguar a la bestia que residía dentro de su cuerpo. La experiencia con su anterior marido, un conocido narcotraficante, le sirvió para aprender a domar fieras como Carlos… Por aquel entonces, Adriana, su hijastra, no tendría más de nueve años. Parecían el ejemplo familiar perfecto. Carlos, a pesar de trabajar con su hermano en la gestión de los negocios nocturnos, era un hombre fiel y responsable, nunca se ha descuidado de ninguna de sus obligaciones como padre y esposo. Pero, como todo cuento bonito, siempre existe un final. Adriana se convirtió en mujer. Ha desarrollado un bonito cuerpo y un apetito sexual insaciable, ha demostrado que es hija de su padre. Las primeras tontería, escaparse de casa por las noches para irse con chicos y beber más de la cuenta, pasó a asuntos más serios, como vender droga y su cuerpo al mejor postor para pagarse los caprichos. Los porteros avisaban a mis hijos cada vez que la veían por alguno de los negocios, hecho que la cabreó. Dejó de transitar los negocios familiares. Alejada de nuestra vigilancia, reconocer que no habrá hecho ya con menos de veinte años, se antoja una auténtica pesadilla. Acudía al padre Andrés a pedir consuelo y ayuda divina para que me iluminara sobre cómo proceder para evitar males mayores, el despertar del lado oscuro de mi hijo.

–¿Sabes si su hijo ha despertado a la fiera?

–Sí. Adriana se encargó de ello. Lo deja bien claro en cada evento familiar, aunque su madre no se dé cuenta. Cansada de la presión a la que la tenemos sometida, ha optado por enfrentarnos entre nosotros, seduce a su padrastro para tener mayor libertad de movimiento para conseguir sus fines.

La marquesa se toma un descanso en su explicación. La mano le tiembla. El cigarro queda a unos centímetros de los labios sin saber qué hacer. Cuánta pena transmiten sus palabras. Ingenuamente, pensaba que su vida había sido fácil, sencilla y sin preocupaciones. Delante de mí se abre el corazón de una madre desesperada que clama ayuda para poder enfrentarse en silencio a la dura carga que la vida le ha regalado sin solicitarlo.

–Gracias a los consejos del padre Andrés he podido sobrellevarlo. Ahora que él nos ha dejado, no sé qué hacer. Me siento sola, indefensa, incapaz de controlar a mi hijo. Temo alguna tontería. Es cuestión de tiempo. Adriana no se detendrá hasta alcanzar su propósito. Sabe que si su padre y su tío mueren, es la única heredera legítima de la familia. ¿Cuánto tiempo necesitará para dilapidar el patrimonio obtenido con tanto esfuerzo y sufrimiento de varias generaciones? En la última reunión familiar ya comentó sin tapujos que vendería el palacio de Tomarés, lugar donde residen actualmente, para gastarse el dinero en orgías, alcohol y drogas. “El primer polvo será encima del retrato del abuelo”, relató sin miedo, ni tapujos.

El cigarro consumido descansa entre sus labios. Por un momento, pienso que la pierdo. Su mirada perdida en el infinito no responde a mis avisos. Verla pestañear me relaja. Los ojos humedecidos dejan escapar una lágrima.

–He suplicado mil veces a mi otro hijo que busque una buena mujer, se case y tenga descendencia antes de que yo muera. No quiero dejar toda mi fortuna a obras de caridad por culpa de una niñata malnacida, hija de un narcotraficante. Mis hijos no se merecen esa desgracia. Siempre se han sabido comportar y estar a la altura del marquesado. Dios quiera que no tenga que enterrar a ninguno de ellos por culpa de un capricho.

–¿Cuándo fue la última vez que habló con Adela?

–Hace unos días. Hablamos para organizar una fiesta sorpresa a mi hijo por su cumpleaños. Cumple cuarenta y cuatro años.

–¿Ha hablado con ella esta semana?

–La he llamado varias veces, pero no me coge el teléfono. No sé si está enfadada conmigo o es que le pasa algo. Me tiene bastante preocupada.

Desconozco las consecuencias de la mentira que voy a decir. Si algo malo me sucede, alguien tiene el deber moral de realizar el trabajo sucio por mí.

–Su hijo anda metido en algún lío turbio. No sé muy bien de qué se trata. La otra noche lo vi en la terraza del hotel EME recibiendo un pendrive con información sensible sobre la Junta de Andalucía. Hablaba con otro tipo acerca de extorsionar a la presidenta con acudir a la prensa si no se abonaban varios millones en una cuenta de las Islas Caimán. El otro tipo creo que trabaja para la mafia rusa. Escuche su nombre, Andrey Ivanov o algo así.

–¿Mi hijo metido en asuntos de mafia y extorsión? ¿Júrame que no es una broma?

¿Hasta qué punto la mentira es cierta? Como flash bajo la ducha, acabo de recordar el nombre de la persona que me entregó el pendrive. Es uno de los consejeros de la Junta de Andalucía, su rostro suele salir en televisión por los casos de los ERE y los cursos de formación.

–Lamento ser portador de tan malas noticias. –La marquesa se levanta. Reencontrarse con la dura realidad es un palo peor de lo esperado–. ¿Qué piensa hacer ahora?

Lanzada la caña, debo asegurar que no actuará de manera inmediata. Necesito ganar tiempo, sembrar varias semillas falsas de duda en diferentes lugares, antes de que la falsa noticia salga a los medios. Porque tarde o temprano saldrá. La marquesa no se quedará callada esperando el devenir de los acontecimientos. Hará todo lo que esté en su mano para salvaguardar la reputación familiar. La información es poder. Ella, mejor que nadie, sabe cómo manejarla.

–Tengo que pensarlo. No se puede tomar una decisión en caliente.

Cuánta frialdad transmite su actitud. El miedo por los actos de su hijo desaparece para dar paso a la impasividad aparente. La misma que transmite un directivo que parece no sentir nada, a pesar de ser un hervidero por dentro.

¿Cómo procederá cuando conozca la verdadera historia? ¿Será capaz de proteger a su hijo frente a la acusación de violación y asesinato con violencia? Tenía mis dudas antes de hablar con ella. Aparentar y respetar el marquesado es más importante que la verdad y la justicia. Debo andarme con ojo, su cabeza, con setenta años recorridos, funciona a años luz de la mía.

–Gracias Mario por la información facilitada. Te rogaría que no dijeras nada a nadie de lo que hemos estado hablando.

El azar proporciona una extraña y curiosa aliada, además de una nueva estrategia para enfrentar a los zorros que acechan el rebaño. Si hago creer que Carlos Alba guarda el pendrive, entregando a su verdadero receptor otro falso, su descubrimiento requerirá explicaciones y responsabilidades. Nikolái vendrá a partirme la cara por mi falta de profesionalidad, momento perfecto para confesar desesperado que el pendrive lo custodia Carlos Alba como muestra de lealtad.

La conversación mantenida con Jesús el taxista demuestra que no existe buena química entre ellos, tensión que voy a aumentar para que se enfrenten. Si convenzo a Carlos Alba para matar a Nikolái, a cambio de ayudarle a deshacerse de los cadáveres, quizás logre matar dos pájaros de un tiro, obteniendo la libertad que tanto anhelo.

Es una apuesta arriesgada. Si descubren el farol, ambos irán a por mí y a por mi madre. Sin embargo, no queda otra opción. Carlos Alba pretende colgarme el muerto de su familia. Es cuestión de tiempo sentir el dolor producido por el puñal clavado por la espalda.

Aprovecharé su sed de sangre antes de que la marquesa intervenga y encierre a la fiera. Ella nunca permitirá que el buen nombre de la familia quede manchado para la eternidad. Otra cosa es que aplique su propio manual de conducta y castigo de puertas para adentro. Es capaz de encerrarlo en alguna de sus fincas hasta el fin de sus días, permitiéndole salir en una caja de madera.

También debo protegerme de su ira. El hijo es igual que la madre, con la salvedad de mostrar la agresividad de diferente modo. A él, le gusta matar. A ella, le gusta ver sufrir a la gente si no se postra y se rinde a sus pies.

Ahora mismo estoy señalado por el dedo acusador. He conseguido que baje la guardia y confiese el secreto familiar que con tanto esfuerzo ha evitado que saliera a la luz. El descuido ha sido suyo. Yo solo le he propuesto hablar de su hijo, algo que deseaba hacer desde hacía muchísimo tiempo. Estaba en el lugar indicado a la hora adecuada. Ya imagino diversas fórmulas para amenazarme y mantener mi boca cerrada. No me da miedo, dispongo de munición suficiente para contraatacar. Si me fastidia que se haya ido de la sesión sin pagar.

Confesión autorizada. Te escucho

Capítulo 23.- Secreto de Confesión: Delante del ataúd

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Capítulo 22.- Secreto de Confesión: Secreto familiar
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Capítulo 22.- Secreto de Confesión: Secreto familiar
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de marketing de contenidos. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como distribuidor de libros y revistas para la firma Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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