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Capítulo 21.- Secreto de Confesión: La sacristía

Secreto de Confesión: La sacristía

Delante de la fachada principal de la parroquia dudo si entrar. No queda lejos la puerta de la sacristía, unos pasos en línea recta por el pequeño callejón situado entre el muro de la parroquia y la valla del chalet contiguo. Necesito enfrentarme a la realidad, buscar alguna señal, marca o huella que indique mi presencia, saber si fui la última persona que vio con vida al padre Andrés.

–Mamá, entra tú. Ahora entro yo.

Mi madre no protesta. Mi dolor por su muerte es fácilmente apreciable en mi rostro. Admito que las ojeras, bolsas y un ojo morado ayudan a exagerar mi verdadero sentir.

Espero a que se agarre del brazo de una buena amiga. No sé que me frena, si mi preocupación por ella o enfrentarme cara a cara a los demonios durante el día. Desaparecida de mi protección visual, inicio el camino hacia el pasado.

El callejón resulta ser un corto y estrecho montón de mierda. Los pocos metros que separan una puerta de la otra no se han limpiado desde hace años. Podía haber dado la vuelta a la manzana y no manchar el traje de polvo. La ansiedad provocada por el deseo inmediato de descubrir la verdad incita a recorrer el camino más corto. Un camino que finaliza en la misma explanada arenosa de coches donde la triste luz de una bombilla iluminó la puerta de la sacristía en la oscuridad de la noche. Luz curiosamente encendida. A simple vista parece apagada, pero si te acercas y miras bien, compruebas que está encendida.

El timbre blanco es igual al que llamé. La vieja puerta sigue corroída por el paso de los años. Aún se distinguen las huellas de mis rodillas tocando el suelo. Marcas pisoteadas por el tacón fino de una mujer que llegan hasta el hueco creado entre dos coches. Creo recordar que anoche había tres, dato que corrobora la teoría de que no estaba solo cuando llegué. No lo soñé. Estuve aquí. Delante de esta misma puerta recibí el duro castigo verbal de un cura expulsándome de su parroquia.

Si queda alguna duda, descubrir mi tercera pierna, escondida debajo de uno de los coches, termina por disiparla. Después de llorar como un descosido, regresé a casa sin ella, olvidé mi tesoro de doscientos euros. Dicen que el precio real de las cosas es el que tú decides ponerle, no el que marca la etiqueta. Para mí, el palo de escoba me salvó de dormir y despertar tirado en la calle.

Puede que las últimas palabras del padre Andrés escondan algún mensaje cifrado. El sello de mujer en el suelo incita a numerosas conjeturas. Si estaba siendo vigilado, quizás trato de alejarme del peligro en un último intento por hacer una buena acción.

No me siento afortunado, siento rabia y temor. La ira gana la partida dentro de mí. Reclama con más intensidad sangre y venganza, hacer saltar por los aires el negocio clandestino de Cayetana y su sombra.

Empujo la puerta hacia dentro para comprobar si está abierta. No cuesta mucho esfuerzo entrar y comprobar que parte de una vieja mesa de madera entorpece el acceso al lugar, como si la puerta no existiera en esa parte del muro.

Aparentemente, todo está en orden. Las cerraduras de los muebles no muestran signos de haber sido forzadas. La multitud de sillas se encuentran pegadas a la pared. La pizarra para las clases de catequesis no tiene nada escrito, si se aprecia restos de tiza en el suelo. Encima de una silla encuentro un paquete de Fortuna, con un mechero dentro, del que me hago dueño y señor.

Desconocía que el padre Andrés tuviera tantos vicios permitidos. No existía tanta diferencia entre él y yo. A ambos nos gustaban las mujeres, el whisky y un cigarrillo de vez en cuando. Saco uno del paquete. Lo fumo lenta y plácidamente tirado en la mesa. El cuerpo reclama descanso. Apenas he dormido unas horas. El día se torna largo y complicado. Debo realizar varias gestiones antes de entrar a trabajar.

El cansancio transforma la mesa en el mejor de los colchones. Cada calada es un masaje muscular, me transporta a un estado de paz interior. La vida parece fácil contemplando, con la mirada perdida, el techo desconchado.

Mataron al padre Andrés porque iba a confesar su romance, indicar a la mafia rusa dónde disparar. Desconozco cómo han adivinado que yo también conozco su secreto. Puede intuirse por como transcurrió la sesión, a pesar de no conocer el verdadero motivo por el que nos cruzamos en el hotel EME.

¿Y si la habitación 401 está plagada de micros y cámaras? Pensemos un poco. Un hecho si es realmente llamativo. Cada vez que la sesión puede irse de las manos o se tiende a revelar más información de la debida, Nikolái aparece. ¿Siempre? Sí. Entró la primera noche con: la chica pelirroja, Carlos Alba y el padre Andrés. Ayer se produjo la entrega del pendrive. El cliente estuvo pocos minutos, realizó la entrega y se marchó.

¿Quién es el receptor de la información sensible que Jesús el taxista calienta con su buen trasero? Más vale que no vengan hoy a reclamarla. Si estoy siendo grabado, fijar otro lugar fuera del hotel para realizar la entrega confirmaría la teoría del Gran Hermano. No entregaré el pendrive con la primera solicitud. Obligaré al receptor a dar varios rodeos hasta aprender a detectar la presencia de Nikolái por los alrededores.

Los parpados pesan. El humo desaparece con la última calada y Morfeo me exige que le siga.

Confesión autorizada. Te escucho

Capítulo 22.- Secreto de Confesión: Secreto familiar

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Capítulo 21.- Secreto de Confesión: La sacristía
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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