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Capítulo 20.- Secreto de Confesión: Muerte inesperada

Secreto de Confesión: Muerte inesperada

–¡Mario! ¡Mario! ¡Despierta! ¡Ha sucedido algo terrible! ¡Despierta!

¿Qué mierda atormenta al universo que no me permite descansar?

–Se trata del padre Andrés. La limpiadora se lo ha encontrado muerto esta mañana en la sacristía.

–¡¡Qué!! –Abro los ojos. Me reincorporo en la cama con la misma rapidez con la que tratan de meterte un palo por el culo.

–Desconocía ese cariño oculto hacia él. Me ha llamado la marquesa de Tomares para darme la trágica noticia.

–¿Cuándo? ¿Cómo ha sido?

–Muerte súbita a eso de la media noche. Según me ha comentado la marquesa, llevaba varios días distraído, confuso, como si algo le preocupara en exceso.

¿A eso de la media noche? Imposible.

–¿Es la hora firmada por el médico?

–¿A qué te refieres?

–Que si han puesto esa hora para poder enterrarlo esta tarde.

No, no. Es la hora a la que estiman que ha fallecido.

¡¡Imposible!! ¿Estoy perdiendo la cabeza? ¿La tensión acumulada está provocando alucinaciones?

–Por cierto, ¿qué te has hecho en el ojo?

Maldita sea, el ojo morado.

–Anoche me peleé con un gilipollas.

El guantazo suena por toda la habitación. El dolor, en la parte donde justamente me golpeó Nikolái anoche, es peor que estrellarme contra un muro de piedra.

–¡Mamá!

Protestar regala recibir un segundo guantazo más fuerte que el anterior.

–¡Este por irresponsable! ¿Cuándo piensas dejar de hacer tonterías? ¡Vas a matarme a disgustos!

–Perdona mamá.

Agacho la cabeza arrepentido. Lleva razón, como siempre. Nací para disgustarla. Rara vez la llamo para darle una buena noticia.

–¿A qué tanatorio han llevado el cuerpo? –Si consigo centrar su atención en el padre Andrés, quizás logre librarme del tercer grado.

–El velatorio es en la parroquia.

–¿Quieres ir a despedirte?

–¿Por qué estás de tan buen humor esta mañana? Nunca te he visto tan servicial.

–Teníamos nuestras diferencias, pero nos llevábamos bien.

–Voy a preparar el desayuno. El traje lo tienes colgado en el armario. No sé qué hiciste hará dos noches, pero me tiré la tarde de ayer limpiándolo.

Acostado y acompañado por la soledad, la tristeza toma su forma más natural. Las mismas lágrimas que creí verter en la puerta de la sacristía, brotan con fuerza por no saber diferenciar la realidad de la ficción.

¿Qué hice anoche cuando salí del piso de Alexandra? Casi seguro que fui a la parroquia y hable con él. ¿Cómo olvidar la bronca? Es imposible que el padre Andrés falleciera antes de las cinco de la madrugada.

Si es cierto que algo le perturbaba, pude notarlo en su voz, gestos y rostro. Estaba alterado, irritable y demasiado nervioso. Anoche no me percaté, pase por alto un hecho extraño: no me permitió entrar. ¿Estaría con Cayetana? ¿Acudí a visitarle en el momento menos oportuno? El rapapolvo recibido admite esa suposición. ¿Dónde queda el curso natural de las cosas? Desde que pise la habitación 401 del hotel EME, los sucesos paranormales se reproducen como moscas.

No descarto el último empujón para ayudarle a visitar a su jefe. Puede que Cayetana no tenga el valor suficiente para hacerlo, sí su guardaespaldas. Si sale a la luz pública sus encuentros sexuales con un sacerdote, la discreción de su tapadera se vería comprometida, no tendría más remedio que salir corriendo de Sevilla. Así, desaparecerían mis problemas, con la excepción del asunto con Carlos Alba. Ese es otro cantar. Un jodido grano en el culo cuya solución se ve muy turbia, más turbia que el color del río Guadalquivir.

Las cartas para jugar una nueva partida se reparten a mayor velocidad. Si la tendencia se mantiene, otra persona se despedirá está noche, sin previo aviso, del mundo de los vivos para incorporarse a las filas del ejército del cielo.

Estar presente durante el suicidio de la chica pelirroja fue mera casualidad. La muerte del padre Andrés toca más de cerca, como si alguien quisiera mandar un mensaje para recordar que no haga ninguna tontería.

Es cierto que me estoy replanteando acudir a la policía para buscar protección. Decisión que se ve camino al olvido hasta recopilar más información sobre lo acontecido en la parroquia.

Confesión autorizada. Te escucho

Capítulo 21.- Secreto de Confesión: La sacristía

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Capítulo 20.- Secreto de Confesión: Muerte inesperada
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Capítulo 20.- Secreto de Confesión: Muerte inesperada
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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