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Capítulo 19.- Secreto de Confesión: Sed de venganza

Secreto de Confesión: Sed de venganza

¿Para qué volver mañana al apartamento de Alexandra? Aclarada la situación en la que me encuentro, paso de seguir regalando mil euros diarios para contarnos aventuras. Bastante cuesta generarlos como para tener que entregarlos sin recibir nada a cambio.

Una mamada de despedida hubiera sido lo correcto. La educación por encima de todo. Ahora entiendo a los militares que marchan a la guerra y sobreviven al duro día de combate. Si te privas de los placeres de la vida, qué sentido tiene vivir. Qué mejor motivo para salvar el pellejo que volver a disfrutar de una nueva noche loca de vicio y desenfreno. Total, al día siguiente quizás no puedan exigirte rendir cuentas.

Directo a la parroquia Corpus Christi, como peregrino en el camino de Santiago, por las calles desiertas de Sevilla, reflexiono por la Avenida de la Borbolla cómo expiar mis pecados.

No sé que me habrá inyectado Alexandra en el muslo, los calambres y el dolor muscular apenas me molestan. Aún así, viajo a la siguiente parada con mi tercera pierna para sentirme más seguro.

La verja trasera que separa la parroquia de la calle está cerrada sin candado. Meto la mano entre los barrotes y la abro sin problemas. Traspasada la primera puerta, una triste bombilla ilumina la puerta de la sacristía, detrás de la fila de coches aparcados en la pequeña explanada arenosa. Cuánta diferencia entre el esplendor y señorío de la fachada principal con la sencillez y la tristeza de esta perspectiva.

Llamo al timbre un par de veces. El padre Andrés me abre la puerta. Vestido de negro riguroso, su rostro ha ganado cerca de veinte años en unas horas. No queda ningún rasgo visible de la alegría mostrada en lo alto del altar en la misa de las ocho. ¿Qué extraño suceso ha podido producirse en tan pequeño espacio de tiempo? ¿Habrá descubierto alguna feligresa su secreto? ¿Quizás Cayetana le ha comunicado que quiere abortar? Sea lo que sea, no está de humor para hablar con nadie.

–Vete de aquí.

–¿Qué sucede? Tienes muy mala cara.

–No me oyes, he dicho que te marches.

¿Dónde queda la amabilidad y predicar con el ejemplo? Algún mal le acecha, es fácil de reconocer por otra persona que está atravesando el mismo sentimiento.

–Necesito hablar con usted. Corre un grave peligro.

–Sé muy bien en qué situación me encuentro. No me des lecciones de moral. Lo sé todo. ¡Vergüenza debería darte Mario! ¿Cómo has podido llegar a este punto? ¿Tomar uno de los más sagrados sacramentos de la iglesia para lucrarte? Si tu madre llegara a enterarse…

¿Cómo lo sabe? Claro, Cayetana.

–Padre, déjeme entrar para hablar.

–Nada tenemos que hablar tú y yo. Mario, ¡eres la vergüenza de esta parroquia! No quiero volver a verte. Reflexiona sobre lo que has hecho y busca tu perdón en la capilla de Santa María de Jesús. Espero que el padre Sebastián pueda ayudarte a volver por el camino de la fe. ¡Aquí no eres bienvenido! –Termina su discurso y me cierra la puerta en las narices.

¿Tanto mal provoca ganar dinero escuchando los problemas de la gente? No me hago pasar por cura, nunca ha sido esa mi intención. Quiero ser alguien en la vida, dejar de escuchar que soy un don nadie, un perdedor, un desecho de la sociedad, parásito del Estado.

La lista de aliados se esfuma de un balazo directo al corazón. Me siento abandonado, igual que el niño espera el regreso del padre que se marchó para no regresar jamás. Mis decisiones precipitadas me alejan a pasos agigantados de mi vida pasada. La marcha atrás, igual que el embarazo no deseado, ofrece dos posibilidades: morir o sobrevivir.

¿Pulsar de nuevo el timbre para aclarar algunas cosas? El orgullo no me lo permite. Arrodillado, con el rostro empapado en lágrimas, ruego a Dios todopoderoso su perdón para recuperar mi vida pasada sin problemas, ni complicaciones.

Si Dios quiere, y está dispuesto a liberarme de esta dura carga regalada por el diablo en forma de caramelo, no dudaré en convertirme en su mejor y más disciplinado soldado en la tierra. Dicen que cuando las promesas calan hasta la última célula del cuerpo, el deseo se hace realidad. Delante de la casa de Cristo no busco la salvación, no solicito caridad. Pido y ruego para que la sed de venganza que recorre mis venas no me consuma.

Confesión autorizada. Te escucho

Capítulo 20.- Secreto de Confesión: Muerte inesperada

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Capítulo 19.- Secreto de Confesión: Sed de venganza
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Capítulo 19.- Secreto de Confesión: Sed de venganza
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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