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Capítulo 17.- Secreto de Confesión: Depósito improvisado

Secreto de Confesión: Depósito improvisado

A pie nunca llegaré a San Bernardo. El tiempo transcurrido desde la habitación hasta el ascensor supone una eternidad. Es como si hubiera entrado en la sala del tiempo que utiliza Goku para entrenar después de una brutal paliza. Apoyado en recepción, la cara del recepcionista es un poema. Duda si preguntar por mi reciente e impactante estado de salud.

Un problema con la cirugía estética –comento irónicamente, al más puro estilo de las películas de Marvel. Si no aprendo a reírme de mis desgracias, no llegaré a ver el sol del día siguiente.

El recepcionista agacha la cabeza, no despega el teléfono de la oreja, para solicitar un taxi a la mayor brevedad posible. No le preocupa mi estado de salud, quiere verme fuera del hotel lo antes posible para evitar miradas curiosas. El éxito de cualquier hotel de lujo es la discreción, característica que mi presencia no cumple. Resbalándome los motivos de su eficacia, el taxi no tarda en aparcar delante de la puerta.

–Amigo, vaya cara trae. ¿Con quién se ha peleao?

–Un marido cabreado –contesto, mientras me acomodo en el asiento de atrás.

La alegría del taxista me contagia, sabe como robar una sonrisa. Inventarme una absurda aventura para entretenerlo no es tarea complicada. Gracias a Vanesa la morenaza, la inspiración brota de manera natural.

–Sepa usté que es el segundo cliente de la noche que recojo con el ojo morado del hotel.

–¿Lo dice en serio?

–Oju, ¡Tan en serio!

–¿Cómo era?

–Tenía pinta de informático.

–¿Se parecía a Steve Jobs?

–Igual, pero con más pelo. Tenía un reloj de esos que no sirve pa na.

¿El destino me regala otra oportunidad? ¿Un taxista cercano a la jubilación, fiel devoto a la Virgen de la Macarena y al Cristo del Gran poder, con gafas de pasta dorada, igual que las utilizadas por mi abuelo, me va a facilitar los datos que con tanta desesperación requiero?

–¿Qué le ha sucedido?

–Se ha peleado con el portero de la terraza. Quería irse sin pagar la cuenta.

Escuchar que su cuerpo también ha sido utilizado como saco de boxeo es un chute de adrenalina, un estímulo y motivación tras un mal día de trabajo. Compartir la misma desgracia alivia falsamente la propia.

–Por casualidad, ¿recuerda su nombre? Quizás le conozca, suelo venir mucho por la terraza del hotel.

–No sé qué Alba. No recuerdo su nombre. Se lo he escuchado decir mientras hablaba por teléfono.

–Conozco a varios. –Una corazonada ronda por la cabeza–. ¿Puede ser Carlos?

–Sí, Carlos Alba.

Todos los hombres de Cayetana utilizan el mismo nombre.

–Le habrá dejado en Felipe II. Vive cerca del Parque de María Luisa.

–No, mi arma. Le he llevado a Tomares. Peazo palacio tiene allí el cabrón. Ya quisiera yo uno así para mi jubilación.

¿Tomares? ¿Alba? ¿Palacio? Una persona me viene a la cabeza. No un hombre, una mujer pasada de años cuya lengua amarga mi existencia: la marquesa de Tomares. ¿Su hijo es el hijo de la gran puta que me está amargando la existencia? Si así es, su intención es colocarme el marrón. Una vez quemados y enterrados los cuerpos en el jardín de casa, nada le impide dar el chivatazo para que la policía actúe en mi contra.

¡Mira la amiga arpía de mi madre! ¿Quién tiene que dar lecciones ahora, so zorra? Tantos años escuchando como debe adoctrinarme el bulldog francés y resulta que es ella quien dio a luz al anticristo. ¡Me cago en la puta de oros! Maldigo para adentro, me golpeo los muslos con los puños cerrados.

¿Qué es esto? ¿Qué tengo en el bolsillo, además de la navaja? Meto la mano para salir de dudas. Reconozco, nada más palparlo, el pendrive que el primer cliente de la noche entregó en depósito. He olvidado su existencia con tanta acción. Me toca custodiarlo hasta mañana. ¿Pudo detener el pendrive la ira de Nikolái? ¿Representa mi última esperanza? ¿Un salvoconducto para evitar la cárcel o representar otra tragedia griega no solicitada?

No conozco ningún lugar seguro para esconderlo. Mi casa y el hotel están descartados. ¿La parroquia? Tendría que involucrar al padre Andrés. Su romance con Cayetana me impide confiar mucho en él, el amor es capaz de convertir en estúpido al hombre más inteligente de la tierra. ¿Dónde esconderlo? ¿Alexandra? Decisión demasiada arriesgada, puede cambiar de bando si los fondos escasean, situación que puede producirse en cualquier momento.

La idea del gimnasio queda descartada, Nikolái sigue de cerca mis pasos. ¿Conocerá mi próximo destino? Aunque Alexandra sepa cuidarse sola, debo avisarla para que tome precauciones.

–¿Cómo se llama usted, por si algún día tengo una emergencia?

–Jesús, como el Señor. Tome mi tarjeta.

El taxista saca una tarjeta del bolsillo de la camisa, sin apartar la vista de la carretera. Me adelanto para recogerla con una mano. Con la otra, aprovecho para introducir el pendrive en un descosido en el tapizado del asiento del conductor. Mi seguro de vida queda bien oculto bajo el culo del taxista. Nadie será capaz de robarlo sin desmontar o destrozar el asiento. Finjo atarme las zapatillas para comprobar que no alcanzo a tocarlo.

–Buen hombre, tiene detrás del asiento un buen agujero.

–Calla y no me recuerde al chucho de mierda.

–¿No piensa arreglarlo?

–Ni de coña. El taller me pide más de trescientos euros. Pa medio año que me queda en circulación, eso se queda así hasta que me retire.

El taxi me deja en la estación de cercanías de San Bernardo. Presto especial atención a cualquier coche, moto y movimiento por la zona. La plaza parece tranquila, solitaria, a excepción de dos barrenderos sentados en un banco que comparten tranquilamente un cigarrillo.

La palabra confiar ha desaparecido de mi diccionario personal. Asegurado el perímetro, me encamino al portal de Alexandra con la misma rapidez con la que caigo al suelo. Las piernas pesan una barbaridad. No soy capaz de dar más de dos pasos seguidos. Los dolores musculares y los calambres hacen acto de presencia en el instante más inoportuno.

–¿Se encuentra bien?

Los dos barrenderos, después de reírse con mi caída, acuden a socorrerme tras comprobar que no puedo levantarme.

–He tenido un mal día, ¿Me podéis ayudar a sentarme?

–Tío, menuda cara tiene. Debería ir a Urgencias a que le viesen ese ojo chungo –comenta un barrendero al otro, como si yo no existiera, mientras me arrastran hasta el banco más cercano. Sentado, los dolores son más llevaderos.

¿Cómo recorrer los escasos cuarenta metros que me separan del portal donde vive Alexandra? No me arriesgaré a elegir la opción fácil, desvelar el piso al que me dirijo por miedo a futuras filtraciones. Mis socios empresariales me han enseñado a cuestionar el más mínimo detalle de mi miserable vida.

–¿El palo se separa del cepillo? –Los palos de las escobas, apoyados en los contenedores móviles, me sugieren una idea.

–Sí, ¿por qué?

–Os compro uno. ¿Cuánto pedís?

–Tío, estás fatal. Vaya golpe te has dado en la cabeza. Voy a pedirte un taxi para que te lleve al hospital.

–Os doy doscientos euros. –Meto la mano en el bolsillo lateral de las bermudas, saco un billete amarillo del sobre y lo deposito en el bolsillo de la camisa verde de uno de los barrenderos. El precio es más que generoso, estoy siendo estafado por mí mismo–. Puedes decir que te lo han robado haciendo la ronda.

–Por doscientos euros no quiero saber más.

La negociación finaliza con final feliz para ambas partes. El barredero acerca la escoba y separa el cepillo del palo. Después de insistir, y denegar por tercera vez un taxi para acudir al hospital, los barrenderos se despiden para ir a celebrar la paga extra de verano.

Espero un poco. Se está cómodo sentado en el banco sin sufrir dolor. No suelo fumar, pero el Marlboro incluido por uno de los barrenderos como cláusula de agradecimiento en la negociación sienta de vicio.

Confesión autorizada. Te escucho

Capítulo 18.- Secreto de Confesión: Andrey Ivanov

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Capítulo 17.- Secreto de Confesión: Depósito improvisado
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Capítulo 17.- Secreto de Confesión: Depósito improvisado
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de cuentas en la revista Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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