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Capítulo 16.- Secreto de Confesión: Combate desigual

Secreto de Confesión: Combate desigual 

No tengo más remedio que vomitar en la terraza. Recorrer la distancia que me separa del cuarto de baño resulta misión imposible. No solo vomito por la asquerosa confesión, involucrar a mi madre en tal macabro espectáculo no me lo perdonaré en la vida.

¿Cómo solucionar el problema? ¿Cómo enfrentarme a personas que están dispuestas a matar para lograr sus fines? Odio la caza. Nunca he disparado un arma, ni he visto morir a un pobre animal indefenso. ¿Cómo soportar la quema y el entierro de dos cadáveres mutilados en el jardín de mi casa?

La pesadilla no tiene fin. He de tomar decisiones drásticas que me permitan librar a mi madre de cualquier susto inesperado. No seguiré impasible, no esperaré el devenir de los acontecimientos. Dos noches han sido suficientes para enseñarme el otro lado del ser humano, aquel que domina en las sombras. Asistir en directo al suicidio de la chica pelirroja, y al asesinato en diferido de una familia, ha provocado la muerte por infarto de los pájaros que sobrevolaban sobre mi cabeza.

Hasta ahora, me quejaba de banalidades. Gracias al manto protector ofrecido por mi madre, mi única preocupación consistía en beber y ligarme a una chica. Después de dejarme llevar por el dinero fácil, mi única preocupación es velar por su seguridad.

¡Qué gilipollas soy! No lo he visto venir. ¿Cómo me he dejado arrastrar por los falsos placeres de la vida? ¿Cómo he podido poner en peligro lo único bueno que tengo en la vida? ¿Cómo sobrevivir a tanta presión en solitario? Mi única aliada es una dominatrix que cobra por adelantado, y cuyo bando depende del pago a tiempo de la cantidad diaria estipulada. ¿Qué sucederá cuando no tenga dinero para pagar? Sinceramente, Alexandra es el enemigo al que más temo. Su castigo no me matará directamente, disfrutará utilizando a mi madre para infligirme mucho dolor, un dolor psíquico que me irá destruyendo lentamente por dentro.

Me veo en la obligación de encubrir los asesinatos para mantener el muro de contención, el mayor tiempo posible, hasta encontrar una vía de escape. Gracias a la búsqueda de una excusa para sacar a mi madre de casa, he logrado dos días para pensar una estrategia y un número de teléfono para descubrir con quién estoy trabajando.

Continuar confesando es perder el tiempo. Por muy falto que esté de dinero, necesito hablar urgentemente con Alexandra para saber qué hacer y qué pasos dar.

–¿A dónde te crees que vas? –Nikolái reaparece, me impide abandonar el puesto de trabajo en horario laboral.

–Tengo que irme.

–Tú no te vas de aquí hasta que yo lo diga.

El guantazo me tira al suelo. El dolor se concentra en la parte derecha del rostro, es como si miles de pequeñas agujas calientes me hubieran atravesado de golpe. Aturdido, no sé qué hacer, King Kong quiere más sangre.

–Deja de… –El segundo golpe hace que me calle. Pierdo un diente por el atrevimiento y la osadía. Queda claro que protestar no es una buena solución.

Me agarra del pelo y me obliga a levantarme. Carezco de fuerzas para mantenerme en pie. Le escupo en la cara. Acto instintivo de supervivencia nada meditado, me arrepiento enormemente después de hacerlo.

–Voy a enseñarte respeto.

Me tira al suelo y me golpea con la pierna en el estómago. Ruedo hasta chocar contra la cama.

–¡Mátame! ¡Mátame de una puñetera vez!

No quiero seguir sufriendo. Mi muerte salva a mi madre y evita que salga a la luz pública mi trabajo secreto en la habitación 401 del hotel EME. Un sacrificio necesario para proteger a la persona que más quiero en el mundo.

–¡Mírame! ¡Mírame cuando te hablo!

El siguiente golpe será el definitivo. No opondré resistencia. Lloro y rezo. No para pedir clemencia, mi destino está escrito. Suplico por mi madre, suplico para que no le suceda nada malo en mi ausencia, suplico para que el Señor, al que tanto reza, cuide de ella. Las lágrimas representan la impotencia por no poder hacer nada para evitar el trágico final.

–¡Mírame! –Nikolái vuelve a agarrarme del pelo, me fuerza a mirarme–. ¿Reconoces esto?

¿A qué se refiere? Apenas puedo distinguir formas borrosas. Primero, vislumbro una bolsa de plástico con algún objeto dentro. Luego, con el paso lento de la anestesia, el objeto toma forma de navaja, una navaja que no me es desconocida. No es la que llevo en el bolsillo, la misma que he olvidado hasta ahora. Es la navaja que utilizó la chica pelirroja para suicidarse en el Puente de San Telmo.

–Intuyo que sabes de qué te estoy hablando. Tus huellas están en la navaja. Comete otra estupidez y dormirás el resto de tus días entre rejas por asesinato.

No me quiere muerto. Aún queda algún servicio por realizar antes de enviarme al otro mundo. Si no, no se explica la duda a la hora de asestar el último golpe. Amenazarme con una navaja, después de lo cosechado, es el menor de mis problemas.

Nikolái me abandona como un perro malherido en mitad de la calle. La jornada laboral termina con un buen rapapolvo del jefe. Me ha dejado claro quién manda y qué se espera de mí. Si no sirvo al amo sin preguntar, no solo perderé el sueldo de alto ejecutivo, también tendré que pedirle prestada la tercera pierna a mi madre.

Si en dos días pueden acusarme de complicidad en tres muertes, ¿qué no me espera al cabo de una semana? Cada noche se produce una nueva desgracia. ¿Cuánto tiempo soportaré la presión sin que el cuerpo decida libremente actuar por su cuenta? Los ataques de ansiedad son cada vez más frecuentes.

Me arrastro por el suelo hasta el minibar en busca de alguna bebida para paliar la sed. Un par de botellas de agua fría me ayudan a recuperarme. Una me la bebo de un sorbo, con la otro me ducho. La noche es larga y tengo que hacer dos visitas. Necesito recuperar el control de las piernas, calmar los calambres y el dolor muscular desde los muslos hasta los dedos de los pies.

Logro ponerme en pie y caminar después de no sé cuántas horas. El espejo del cuarto de baño refleja las heridas de guerra: un parche morado en el ojo derecho y un diente menos.

No comprendo cómo he podido olvidar la navaja de mi difunto padre. La he traído por miedo a sufrir este tipo de percances. ¡Cuánto habría disfrutado clavándola en el pecho de Nikolái! Poco a poco, la violencia florece. Me apetece pegar, acuchillar y matar para hacerme respetar por mis enemigos.

No siento miedo por las amenazas que me persiguen, siento duda y preocupación por este nuevo sentimiento desconocido nunca presente en mí persona. Nunca me he peleado, ni le he pegado a nadie. Sin embargo, deseo ver correr ríos de sangre.

Inocencia y juventud desaparecen para dar forma a un rostro de mirada fría, calculadora e indiferente a los vaivenes de la vida. Si toca pelear, pelearé. Si toca morder, morderé. Si toca matar, mataré. No permitiré que nadie me pisoteé. Juro que mientras me quede el más mínimo soplo de aíre combatiré para no viajar solo a visitar al diablo.

Igual que sucede en el póker, no siempre gana el que tiene la mejor mano. Si aprendo a jugar con las cartas de los demás, podré engañar a mis adversarios para que se enfrenten entre ellos hasta que quedemos dos para disputar un cara a cara a muerte.

Confesión autorizada. Te escucho.

Capítulo 16.- Secreto de Confesión: Depósito improvisado

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Capítulo 16.- Secreto de Confesión: Combate desigual
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Capítulo 16.- Secreto de Confesión: Combate desigual
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de marketing de contenidos. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como distribuidor de libros y revistas para la firma Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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