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Capítulo 13.- Secreto de Confesión: Gotas de sangre

Secreto de Confesión: Gotas de sangre

–¿A dónde te crees que vas? –El bulldog francés me amenaza en la puerta de casa al ver que no entro con ella.

No tengo tiempo para discutir. Son cerca de las nueve y veinte de la noche. Dispongo del tiempo justo para llegar al hotel y aclarar varios temas con Cayetana antes de la llegada del primer cliente.

–Tengo que irme. Llego tarde. –No permito réplica. Estoy a punto de mentir, decir que he quedado con el padre Andrés. Finalmente, guardo el comodín de la iglesia para cuando la situación lo requiera. Aminoro el paso en el Costurero de la Reina. No quiero llegar sudado al casino del diablo, proyectar una imagen menos apropiada a la que ya proyecto.

Me espera una noche dura, complicada y llena de imprevistos. A diferencia de la noche anterior, conozco de antemano a que me expongo, motivo por el que la navaja suiza de mi difunto padre viaja conmigo en el bolsillo lateral de las bermudas.

¿Qué visitantes invitará el diablo a jugar a la ruleta rusa? Si quiero recibir mil euros diarios, los clientes tienen que ser potentes, imprevisibles y funcionando al margen de la ley. Este es el momento oportuno de las películas de acción en el que un agente del FBI acorrala al protagonista contra la pared para sugerirle la colaboración forzosa o la visita gratuita de la cárcel, escena que no tengo la maltrecha suerte de representar.

Qué bien vendría algún refuerzo, alguien en quien poder apoyarme. Mi corto listado de contactos influyentes se resume en una lista de menos de diez personas. Mi madre, mis primos, una dominatrix, una loca supuestamente embarazada de un cura y un cura seductor de locas. Nada de guardias civiles, policías, jueces o, al menos, un mísero abogado venido a menos del turno de oficio al que poder preguntar sobre mi situación legal por el suicidio de la chica pelirroja.

Con las prisas no he tenido tiempo de examinar los periódicos del día para comprobar si hay alguna noticia relacionada con el suicidio. Si se ha sabido, es muy posible que no haya saltado a la opinión pública. Es un tema tabú en las mesas de redacción para no animar a otros a seguir los mismos pasos. En épocas de crisis, tirarse a la vía del tren, ahorcarse o cortarse las venas son tendencias en auge por la ausencia de perspectivas mejores.

Nada parece diferente cuando paso al lado del Puente de San Telmo. ¿Es posible que nadie se haya percatado del incidente? Cosas más raras suceden diariamente, pero un cuerpo muerto flotando en el agua queda a la vista de la genta. ¿Y si no se suicidó? ¿Y si lo soñé y fue una pesadilla? Sería el mejor alivio posible. Una broma macabra de la mente por obligarla a disfrutar de más copas de las debidas.

No sé cómo acabará mi empleo de confesor, si en la cárcel o desterrado y desheredado. Suceda lo que suceda, seguro que tendré material para escribir una novela lo suficientemente atractiva y no tener que volver a dar un palo al agua. ¿Cuántas cosas me quedan por ver? ¿Cuántas por escuchar en la habitación 401 del hotel EME?

Sobrepaso las puertas de cristal y subo a la terraza a negociar con Cayetana mis nuevas exigencias. Sin trato previo cerrado, no volveré a confesar para ella. Si no salgo del hotel con mil euros en el bolsillo estaré perdido. ¿Dónde y de qué forma se vengaría Alexandra por no cumplir lo prometido? Es una sensación que no deseo comprobar.

–Aquí no tienes nada que hacer.

Nikolái custodia la puerta de acceso a la terraza. Me protege la multitud de personas disfrutando de la noche calurosa a los pies de la Giralda. No intentará asustarme delante de tantos testigos. Mi seguridad sí corre peligro en la soledad de la habitación.

–No me iré de aquí hasta negociar mis condiciones.

Nikolái se abre la chaqueta y saca un sobre del bolsillo interior.

–¿Alguna exigencia más?

Abro el sobre para inspeccionar el contenido. Los cinco billetes verdes cambian a diez billetes amarillos. ¡Dos mil euros! Mi caché sube por show nocturno. ¿Y si exijo tres mil? Con dinero suficiente para saldar mi deuda con Alexandra no tengo nada que perder.

–Faltan mil.

El mundo se detiene durante unos segundos para envolvernos en una cortina de humo silenciosa. El primero en realizar un gesto en falso pierde el pulso. Gesto que cometo por falta de experiencia.

–Espero el resto y un Macallan en la habitación.

Me giro para ir directo al ascensor. Las puertas se encuentran abiertas a modo de salvación. Por los pasillos del hotel dudo si estoy siendo espiado a través de las cámaras de seguridad. La situación se tensa a cada minuto que trascurre. Una mala interpretación de los hechos acontecidos puede producir una sucesión de resultados en cadena inesperados.

Ya en la habitación, me encierro en el cuarto de baño a revisar la cantidad entregada en el sobre, con tan mala suerte de cortarme con el filo de uno. La sangre salpica con pequeñas gotas de sangre varios billetes. Trato de cortar la hemorragia con Nikolái dando pequeños golpes al otro lado de la puerta. El primer cliente de la noche espera sentado en el sofá. No puedo recibirlo con el dedo chorreando sangre.

Abro la puerta y enseño la herida a Nikolái. Tras recriminarme con un gesto de desesperación, se da la vuelta y desaparece de la habitación. La herida está causando bastantes problemas. Pequeña pero matona, presenta dura batalla antes de caer derrotada.

Este imprevisto me distrae, desmonta la escasa confianza que me queda. No empiezo con buen pie la jornada laboral. ¿Es qué nunca salen las cosas como a mí me gustaría? ¿Por qué mi torpeza siempre consigue encontrar el modo de hacerme quedar mal? Suspiro para que sean las únicas gotas de sangre que vea esta noche.

Nikolái da tres golpes secos en la puerta. Abro para recoger las tiritas y un bote de alcohol.

–El cliente espera.

Mi guardaespaldas parece más suave, más amigable, menos cara vinagre (por decirlo de forma graciosa). ¿Surgirá algún día una curiosa amistad? De sobra sé que es imposible. Disfruta sometiéndome a su voluntad, no compartiendo risas y una caña bien fresquita en la barra de un bar. Me conformo con saber que no me pondrá una mano encima.

Confesión autorizada. Te escucho

Capítulo 14.- Secreto de Confesión: Pendrive

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Capítulo 13.- Secreto de Confesión: Gotas de sangre
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Capítulo 13.- Secreto de Confesión: Gotas de sangre
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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