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Capítulo 12.- Secreto de Confesión: Parroquia Corpus Christi

Secreto de Confesión: Parroquia Corpus Christi

–Mario, ¿vas a venir a misa?

¿Ya es de día? No tengo fuerzas para contestar en alto. La resaca y el estrés taladran mi cabeza. Anoche, llegué a casa y me bebí la botella, escondida en el cajón secreto del armario, escuchando el viejo disco Tres de Alejandro Sanz. Decisión lamentable y patética en busca del sueño perdido.

La falta de respuesta a la primera pregunta del día provoca al bulldog francés. Sube la persiana para que reciba el castigo divino del sol golpeando en la cara, llama a más invitados al coctel molotov que baila dentro de mi cabeza.

–¡Venga! ¡Vamos o llegaremos tarde!

Los párpados son pesadas puertas de hierro incapaces de hacer su trabajo por sí mismos. Logro mover el cuerpo de un lado a otro, buscar una mejor posición y evitar los rayos del sol. Mi madre, muy avispada como siempre, antes de subir la persiana, me sustrajo la almohada.

–Ayer te perdoné no ir. Hoy no tendrás tanta suerte.

Las amenazas suben de tono. El peligro es cada vez más notable. No bajar a comer a las dos de la tarde es sinónimo de problemas. El último invierno, a tres grados en la calle, dejó abierta la ventana y se llevó el nórdico a la entrada de la casa. Su única intención era levantarme para que la acompañara a misa. Así es mi madre, tozuda y perspicaz, nunca acepta un no por respuesta. Siempre se sale con la suya. El miedo a su tercera pierna reporta las fuerzas suficientes para pedir una aspirina.

–¡Te quiero levantado cuando vuelva!

El reloj corre en mi contra, igual que para un cargo político cuyo resultado y trágico final ya es de sobra conocido. Debo reincorporarme, sentarme en la cama, obtener unos minutos de cortesía cuando vuelva. Poco a poco recupero fuerzas. Sufro un dolor brutal de cabeza a punto de estallar por la frente. No volveré a beber. Promesa que romperé tan pronto como se esfume el dolor de cabeza. Necesito urgentemente una garrafa de agua para paliar mi sed.

La cama está empapada en sudor. La habitación huele a perro muerto dosificado por un terrible olor a callejón oscuro plagado de contenedores de basura.

Abro un párpado para echar un vistazo. Los rayos de sol impiden ver parte del dormitorio. La botella vacía de whisky queda en terreno neutral junto con los calzoncillos. Espera, ¿y mis calzoncillos? Las fuerzas resurgen inmediatamente para dar un brinco y comprobar que estoy completamente desnudo, tal y como mi madre me trajo al mundo. Tengo excesiva confianza con el bulldog francés, pero aún no he perdido la vergüenza a exhibirme desnudo, cosa que ella sí conmigo. Disfruta castigándome con su vestido de fiesta sin planchar.

Busco con la mirada algo con lo que poder taparme. La almohada no ha sido la única que se ha ido a buscar la aspirina, también le acompaña la sábana. ¿Qué tengo a mano para taparme? Ninguna pieza del traje esta visible desde la cama.

–Bébete esto –el bulldog francés reaparece con una aspirina disolviéndose en un vaso de cristal con agua–. Date una buena ducha y límpiate bien los dientes. –Agacho la cabeza y obedezco.

El taxi se detiene delante de la parroquia Corpus Christi media hora antes de la misa. Mi cabeza sigue lastimada. Ruego por droga permitida a los pies de la iglesia.

Quedan menos de tres horas para entrar a trabajar. Por fin comprendo la angustia de mis primos cuando farfullan los domingos por la proximidad del lunes. La única ventaja de mi trabajo es que puedo elegir el uniforme. Por más que busqué, no encontré el traje por ningún lado. No pregunté por miedo a que surgieran más preguntas de las necesarias por lo acontecido la noche anterior.

Falto de opciones elegantes, y motivado por el calor abrasador, he optado por ponerme la misma ropa cómoda y ancha con la que fui a visitar a Alexandra por si en algún momento tengo que salir corriendo para salvar el culo.

La abertura y amplios techos de la parroquia regalan la mejor frescura que puede otorgar un aire acondicionado gigante y natural. Si pudiera evitar el tostón monótono y repetitivo que no deseo escuchar cada día, me quedaría sentado hasta la hora de cierre.

–¡Ve a confesar! –exige el bulldog francés, recorriendo el pasillo central.

–No quiero.

El simple levantamiento de la tercera pierna sirve para hacer cumplir las órdenes impuestas. La parroquia está vacía, a excepción de diez ancianas que ocupan los primeros bancos. Estas no impedirán a mi madre montar un numerito para defender la fe verdadera. ¡Ay! ¡Cuánto hubiera disfrutado de su religión en la época de la Santa Inquisición!

Caminando entre los banco veo al padre Andrés confesando a la amiga arpía de madre, la marquesa de Tomares. Bicho malo bien conocido por su falsedad y su lengua de serpiente. Le gusta quedar bien con todo el mundo para poder escupir el veneno cuando menos te lo esperas.

Su familia es la delatora de mis múltiples borracheras a mi madre. Uno de sus hijos es dueño de la mitad de los buenos garitos de fiesta de Sevilla. Dudo si mi madre paga a su hijo por vigilarme y mantenerla informada. Lo cierto es que alguna vez ha llegado antes que la ambulancia que me trasladaba al Hospital Virgen del Rocío.

A pocos metros del confesionario recuerdo el secreto del padre Andrés, y con ello la trágica muerte de la chica pelirroja en el Puente de San Telmo. ¡Joder! Con lo bien que me encontraba solo con la preocupación de la resaca. La tarde se nubla con aviso de tormenta. Un leve ataque de ansiedad acelera las pulsaciones y la respiración. Respiro hondo para tratar de contenerlo.

La marquesa de Tomares se levanta justo en el momento en el que apoyo la mano en una columna para evitar caerme al suelo. Fingir y posturear, como bien hace ella, permite reunir las fuerzas suficientes para incorporarme y arrastrar los pies hasta el reclinatorio del confesionario.

Ave María Purísima.

No contesto. El ataque de ansiedad continúa conquistando partes del cuerpo, a pesar de la férrea resistencia ofrecida por los trucos de yoga aprendidos en diversos cursos de formación para parados.

Ave María Purísima –repite el padre Andrés.

–No me encuentro bien.

–Mario, ¿qué te preocupa?

Actúa como si nada hubiera sucedido, como si no me hubiera confesado que ha dejado preñada a Cayetana. Su experiencia frente a situaciones difíciles me golpea en forma de bofetada ficticia. ¡Cuánto tengo que aprender de este hombre! Esperaba que mostrase cierta preocupación, no un hombro en el que poder llorar y consolar al pecador arrepentido.

–Estoy metido en un buen lío –confieso a modo de suspiro.

–¿Alcohol?

–No.

–¿Drogas?

–Tampoco.

–¿Prostitución?

–Ojalá.

–¿Tiene que ver con la conversación mantenido anoche?

–Si –suspiro–. Necesito hablar. No aquí, delante de todo el mundo. Mejor en un lugar discreto donde nadie pueda escuchar.

–Puedes llamar a la sacristía cuando cierre la parroquia y lleves a tu madre a casa. Estaremos solos.

–Es demasiado pronto. ¿Puedo venir de madrugada? Antes tengo que hacer un encargo.

–Ven cuando quieras. Te estaré esperando.

Las palabras de alivio del confesor experto contienen el avance de la trágica intención del ataque de ansiedad, actúa en el momento preciso, sin agobiar, ni exigir más respuestas de las necesarias. Con manos expertas de cirujano, corta y arregla la presión, resetéa el cuerpo enfermo.

El padre Andrés elige la parábola del hijo pródigo para la homilía. La parte este mi hijo era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado resume nuestros últimos encuentros. Muerto estaba anoche y con su presencia en el hotel reviví. Perdido, me ofrece una vía de escape y me acoge en su casa de madrugada.

¿Cómo puede transmitir tanta serenidad en el altar? Debería sentir cierto temor detrás del púlpito. Le lanzo varias miradas pícaras para ver cómo reacciona. Me responde con amplias sonrisas como respuesta.

¿Qué está sucediendo? ¿Es bisexual o entre ambos surge cierta afinidad? Dios santo, prefiero la primera opción. Si es la segunda, después de solucionar el problema, no quisiera tener que soportarlo habitualmente en casa por invitación impuesta de mi madre.

Un cliente no es un amigo. Es un hecho muy común que suele confundirse. Nuestra relación es similar a la que mantengo con Cayetana. Confundo cliente con amistad por problemas de soledad. Error que estoy pagando muy caro. Al amigo no se le pide dinero, le sugieres que te invite. Al cliente se le exige el dinero si no cumple con los plazos, motivo por el que volví a cruzarme con Cayetana: reclamar el pago pendiente. Cantidad que debo exigir incrementada para sufragar cualquier tipo de gasto imprevisto solicitado por Alexandra. No Money, no show.

Confesión autorizada. Te escucho

Capítulo 13.- Secreto de Confesión: Gotas de sangre

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Capítulo 12.- Secreto de Confesión: Parroquia Corpus Christi
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Capítulo 12.- Secreto de Confesión: Parroquia Corpus Christi
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de marketing de contenidos. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como distribuidor de libros y revistas para la firma Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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