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Capítulo 11.- Secreto de Confesión: Rosa negra prohibida

Secreto de Confesión: Rosa negra prohibida

La ducha fría me relaja, me devuelve la serenidad perdida. La excitación, fruto de la tensión, desaparece mezclada con agua por el desagüe. Deja a su paso un cansancio generalizado, como si me hubieran dado una paliza diez matones. Me duele todo el cuerpo, especialmente el cogote y los riñones. Medito anular la cita con Alexandra, pero mi supervivencia e integridad física son más importantes que la cama y el sueño. Tampoco tengo fuerzas, ni ganas de follar.

Alexandra presenta dos caras: ángel o demonio. El cielo o la noche dependen de la tarifa. Si deseas un masaje erótico con final feliz, la mejor opción es jugar con el ángel. Si decides la otra opción, nunca hay marcha atrás. Más de un cliente se ha arruinado, ha perdido todo lo que tenía, incluido mujer e hijos, por culpa del demonio.

Así es ella, está dispuesta a cualquier cosa por disfrutar de la droga verde. Todo tiene un precio, me recuerda. Nadie está libre de ser comprado. Un puesto de trabajo para un hijo torpe, una licencia que se resiste desde hace meses, la desaparición de una inspección que puede llevarte a la ruina, la posibilidad de cumplir un sueño. No todo se compra con dinero, también existe la moneda del poder y la influencia, igual o más efectiva en según qué círculos te muevas. Alexandra invierte con las tres monedas. Nada, ni nadie, se le resiste. Si el objetivo consiste en ligarse a una mujer hetero, la chantajea hasta conseguir las pruebas que demuestran la traición a favor del marido rico. Si la persona guarda un oscuro secreto, la seduce y atrae hasta gozar de suficiente confianza para cuchichear confidencias debajo de las sábanas.

Aliada peligrosa, contratarla supone estar en deuda con ella. Si se la juegas, su venganza toma forma de inspección de Hacienda, demanda judicial o visita de la Policía Nacional. Si a pesar de las amenazas oficiales e institucionales el cliente continúa sin respetar el acuerdo, los coreanos concluyen el trabajo. No es partidaria del chantaje clásico del vídeo. Dice que es una táctica de principiante. El verdadero poder es el que no se ve, no aquel que se puede colgar en cualquier red social.

Así es Alexandra, una rosa negra prohibida. La misma que tiene tatuada en su nalga derecha. La única persona capaz de aportar un rayo de luz y esperanza a la situación en la que me encuentro. Mientras me visto pienso opciones menos arriesgadas. El precio a pagar será demasiado alto. ¿Estaré dispuesto a abonarlo? En menos de una hora saldré de dudas.

Salgo de casa sin problemas. El bulldog francés duerme plácidamente. La melodía sinfónica del tiranosaurio retumba por el pasillo del piso superior. Recorro el camino hasta Dr. Ordoñez de la Barrera sin cruzarme con nadie. Delante del portal, no sé si es una buena señal. Mi suerte queda en manos del destino.

Alexandra me abre la puerta. Una bata larga de seda roja oculta el uniforme de trabajo. A la vista quedan las puntas de unas botas de tacón y los guantes negros de látex.

–El dinero –me exige.

Me impide la entrada en el apartamento. No me apetece jugar, ni protestar. Saco del bolsillo lateral de la bermuda el mismo sobre entregado por Cayetana al principio de la noche.

–¿Puedo pasar? –Muestro el contenido del sobre.

Alexandra se desabrocha el cordón de la bata. El mono negro de látex, con doble abertura de cremallera entre las piernas y el pecho, permite dejar parte del cuerpo semidesnudo para disfrutar del roce del látex con la piel mientras te la tiras. Las botas negras hasta los muslos completan el uniforme de gala de Catwoman. Elección perfecta para dar rienda suelta a los instintos sexuales más primitivos.

Ella nunca dice no a ninguna proposición, siempre y cuando puedas pagarlo. Recibirme con el disfraz de Catwoman no es casualidad. Más de una vez le he confesado que es mi sueño erótico fetiche desde la adolescencia.

–Ponte cómodo –comenta, señalando el sofá.

Prepara dos copas de whisky en la barra del bar. La recepción del picadero es un cuadrado de seis por seis con puerta de madera en cada pared a juego con la barra del bar. Una lámpara de siglos pasados completa la decoración minimalista de una habitación pintada de rojo y tibiamente iluminada.

–Detrás del sofá está la sala de tortura. Enfrente, el paraíso al cielo. A tu derecha, la habitación oscura. ¿Qué pecado prefieres descubrir esta noche?

Alexandra parece diferente, no habla como de costumbre. Nada de sarcasmos, ni bromas pesadas sobre tríos sexuales con mi madre. Actúa mostrando su lado profesional. Puedo exigir que me chupe la polla, con su coño dando en la boca, y no se negará. ¡Joder! Como me estoy poniendo. No sé si podré contenerme. La jefa de abajo está cada vez más descontrolada, exige tomar el control de la situación. Prometí no pagar por sexo mientras viviera mi madre, pero el deseo y la excitación son tan fuertes que me estoy quedando sin argumentos para no aceptar la proposición.

–Puedes correrte cuantas veces quieras. No voy a cobrarte por polvos –aclara sensualmente acariciando mi polla. Me entrega una de las copas con la otra mano. Seguro que algo de leche se acaba de escapar. –¿Prefieres hacer un viaje al cielo o al infierno?

–¡Quiero correrme en tu cara!

–¿Y por qué no me obligas? ¿Eres un blandengue? No me gusta follar con tíos sumisos que hacen todo lo que les manda la estúpida de su madre.

–¿La estúpida de mi madre? –repito, poniéndome en pie. Recupero la cordura y recuerdo el motivo por el que me encuentro con la polla fuera del pantalón.

–Mario, ¿no me digas que al final tanta broma es cierta? ¿Te pone cachondo pensar en tu madre?

Alexandra muestra su verdadera cara, la mujer con la que me siento cómodo haciendo bromas pesadas. Ahora puedo mantener a raya la tensión sexual.

–Tengo un problema y necesito tu ayuda.

–¿Seguro que no quieres follar? Vas a perder mucho dinero.

Guardo el pajarito dentro de la jaula, acto que seguramente lamentaré el resto de mi vida. Alexandra coge la otra copa de la barra, se acomoda en el sofá y disfruta de un buen sorbo del Macallan.

–¿En qué nuevo lio se ha metido el cura de Sevilla?

Cuento resumidamente lo sucedido. La visita a la terraza del hotel, los clientes atendidos en la habitación, las amenazas de Nikolái, la persecución de la chica pelirroja por las calles del centro, el trágico final en el Puente de San Telmo, la exigencia de acudir mañana a las diez de la noche. Omito el secreto del padre Andrés por la deuda contraída con él.

–¿Cómo puedo ayudarte?

–Ayúdame a salir de esta –ruego llorando con la cabeza escondida entre sus piernas. Estoy perdido, aterrado y muerto de miedo. Nikolái, Cayetana y la chica pelirroja me hacen no descartar la muerte como opción descabellada.

–¿Cómo piensas pagarme? –exige, tirándome del pelo. Nuestras miradas se cruzan–. Que yo sepa, hasta que muera tu madre, estás más tieso que el vagabundo que pide en la puerta de San Bernardo.

–Solo tengo los quinientos euros que traigo.

–Ese dinero ya no te pertenece. Lo has invertido en rechazar la mejor mamada de tu miserable vida.

–¿Qué puedo hacer?

–Me temo que tendrás que seguir confesando.

–¿No existe otro modo? Haría cualquier cosa para no tener que volver al hotel.

–A partir de mañana, mi tarifa será de mil euros diarios. Cantidad que me entregarás cada noche en este piso tras finalizar tu jornada de trabajo.

–¡Mil euros! ¿De dónde voy a sacar mil euros?

Desconozco si el remedio es peor que la enfermedad. Cayetana ofrece ganar dinero fácil. Alexandra, la ruina. Creí ser el más listo de la clase, sin ser consciente que juego en el casino del infierno donde la única regla escrita es que el diablo siempre gana. La banca exige la devolución de la cantidad prestada más intereses imposibles de abonar.

Atado por las muñecas a la mesa, poco se puede negociar en el juego de la ruleta rusa. Si no acudo a confesar, Nikolái se encargará de ello. Si no pago la deuda contraída con Alexandra, la tragedia salpicará a lo poco bueno que me queda: mi madre. Es cuestión de tiempo escuchar el sonido de la bala saliendo disparada de la recámara. Sin opciones, acorralado en un callejón sin salida, debo optar por la decisión menos mala.

De vuelta a casa, con el rabo entre las piernas, el cuartel de la Guardia Civil, en la avenida de la Borbolla, produce un fuerte dolor de conciencia. ¿Confesar el suicidio? Prefiero matar mi fructífero negocio a vagar como un muerto viviente por culpa de la mordedura de un estúpido error. Mi madre acabaría aceptándolo, menguando el disgusto con el paso del tiempo. El problema es Alexandra, nunca acepta una excusa con el trato cerrado. Acudir a la Guardia Civil me convierte en un chivato, provocando la apertura de la caja de Pandora.

–¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! –escupo aporreando la vieja puerta de madera, pintada de verde, del cuartel.

–¿Algún problema con la puerta? –pregunta el guardia civil de turno con un cigarrillo en la boca.

No contesto. Agacho la cabeza y continúo mi camino, con la mirada atenta del guardia civil en la nuca. Por alguna extraña razón, deseo ser detenido, castigado y linchado por los hechos sucedidos un puto uno de julio a la vista de la Giralda y la Torre del Oro. Quizás así, la presión y la tensión que recorre mi cuerpo desaparezca. No quiero vivir. Quiero pudrirme en la cama hasta el fin de mis días, deseo también negado por involucrar indirectamente a otras personas en mis estúpidas decisiones.

¿Y si huyo de voluntario a alguna región perdida de África donde no exista ningún tipo de comunicación eléctrica? Dicen que ayudar a los demás redime las culpas pendientes con el pasado. La idea no parece mala, pero ¿qué será de mi madre si lo hago? ¿He de abandonarla a pasar los últimos años de su vida sola, sin nadie con quien disfrutar las pequeñas alegrías que le puedan quedar? Me niego a ser un cobarde. No huiré. No por mí, por ella. Mi madre me ha sacado de cada uno de los líos en los que me he metido.

A partir de esta noche, las cosas tienen que cambiar. Soportaré con el mejor semblante posible las consecuencias de mis actos. Lo haré por ella, es lo único bueno que me queda. Si quieren guerra, habrá guerra. Nadie espera nada de mí, ventaja que aprovecharé para descubrir las verdaderas intenciones de cada bando. Espero que mi estómago pueda soportarlo.

Confesión autorizada. Te escucho

Capítulo 12.- Secreto de Confesión: Parroquia Corpus Christi

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Capítulo 11.- Secreto de Confesión: Rosa negra prohibida
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Capítulo 11.- Secreto de Confesión: Rosa negra prohibida
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de marketing de contenidos. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como distribuidor de libros y revistas para la firma Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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