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Capítulo 10.- Secreto de Confesión: Historia de una muerte anunciada

Secreto de Confesión: Historia de una muerte anunciada

No quiero regresar a casa, tampoco salir de fiesta. ¿Qué hacer para matar el tiempo? Sentado en los escalones de piedra de la Catedral veo pasar el tranvía una y otra vez meditando algún plan interesante.

La velada amarga terminó medio decente, llevándome al bolsillo una buena paga como recompensa. La paz y la serenidad reflejada en el rostro del padre Andrés estimula a continuar con mi labor. Se me da bien. Por primera vez, me siento alguien respetado. No socialmente, pero sí emocionalmente.

Nunca, en mis treinta y tres años de historia, he logrado congeniar con él ni una sola vez. Lo tachaba de farsante, manipulador de viejas y comecocos al mejor precio. La bofetada de realidad de esta noche me ha abierto los ojos. Por esta experiencia, ha merecido la pena venir al hotel.

Me siento en deuda con él por mentir acerca de mi relación con Cayetana. Él ha confesado su secreto y yo me he ido de rositas sin revelar mi nuevo empleo nocturno.

Subiré a la azotea, no para reprochar, la mentira bien pagada es santa de mi devoción. Subiré para descubrir quién es el autentico padre del bebé. Plan que modifico inesperadamente por otro alternativo. La primera clienta de la noche, la chica pelirroja, sale de la cafetería Horno de San Buenaventura rumbo a la calle García de Vinuesa.

Le concedo varios metros de distancia. Su silueta es fácil de seguir por las calles estrechas del centro. Creo perderla de vista en la esquina Francisco López Bordas con San Diego. Un grupo de tres hombres ayuda a recuperar la pista con su mirada sucia.

¿A dónde se dirige? Según su confesión a suicidarse. ¿Cómo es capaz de llevarlo con tanta naturalidad? Cualquiera pensaría que acude a una cita para disfrutar de una noche de desenfreno y travesura. Si la amenaza es cierta, ¿dónde se producirá el terrible final?

Se ven algunas fachadas de la calle Betis por la calle Dos de mayo. Rodeo absurdo para detenerse delante de la orilla del río. El Teatro de la Maestranza es el único testigo invitado a su posible despedida del mundo de los vivos.

¿Por qué tanto rodeo para un camino que puede realizarse casi en línea recta? Quizás, su seguridad no sea tal. ¿Se siente observada? ¿Y si me ha descubierto? Peor aún, ¿y si alguien nos observa a los dos? El miedo se cierne cada vez más real. Me pego a la pared para evitar ser visto. Sufro un horrible escalofrío que recorre mi espalda provocado por la sensación de sentirme vigilado. A Nikolái no le debe resultar complicado moverse por calles donde los únicos rayos de luz están al otro lado de la orilla del río Guadalquivir.

La chica pelirroja retoma la marcha, se dirige al Puente de San Telmo. La distancia entre ambos es cada vez menor. Durante el recorrido, nunca mira hacia atrás, así que trato de acercarme lo máximo posible sin ser detectado. Si piensa suicidarse, el puente es un buen lugar. La caída no la matará, dispondré de tiempo suficiente para tirarme y tratar de rescatarla.

No sé qué hacer, de repente se detiene en mitad del puente. No tengo ningún lugar donde esconderme. Ruego que no se gire. ¿Cruzar de acera? El peligro y la amenaza de muerte es bastante real. Algo brilla entre sus manos. No puedo adivinar de qué se trata. Poco a poco se acerca a la baranda de hierro con paso lento y mirada al cielo.

–¡¡Nooooooooooooooooooooooo!! –grito desesperado.

Sorprendida y asustada, la chica pelirroja se gira hacia la fuente de voz, momento en el que contemplo en primera persona como se corta el cuello, me mira a los ojos y cae desplomada al río. No me lo puedo creer, ha cumplido su amenaza con absoluta frialdad. Estoy paralizado, no sé si saltar o salir huyendo. Nunca te preparan, ni esperas que alguien se suicide delante de tus propias narices.

Las lágrimas son fiel reflejo de mi impotencia. Su muerte es culpa mía. Conocía su secreto y no hice nada para remediarlo. Me he callado como una puta a cambio de unos míseros billetes.

¿Con qué tipo de personas me estoy relacionando profesionalmente? ¿Conocía Cayetana su secreto antes de invitarla a la habitación del hotel? ¿Hasta dónde llega su responsabilidad en este asunto? Es imposible que supiera que iba a acudir esta noche a visitarla, ¿cómo se explica que la habitación estuviera ya reservada? Entre pregunta y pregunta, fijo mi atención en la navaja manchada de sangre. La recojo por impulsividad. Un error que trato de remediar tirándola inmediatamente al suelo tras ver la luz azul de la Policía Nacional al final de la avenida República Argentina.

Corro sin mirar atrás por el Paseo de las Delicias, como oveja perseguida por los lobos. Rara vez me veréis vestido con un chándal, pero os prometo que tras llegar a mi dormitorio la palma de los pies arden como si acabara de recorrer los cien metros litros en los juegos olímpicos del infierno.

El miedo a ser descubierto, y comerme el castigo por un delito no cometido, proporcionó las fuerzas suficientes para no desfallecer a medio camino. Durante el trayecto de vuelta a casa, más de una vez pensé que perdería el conocimiento. La imagen de la chica pelirroja rebanándose el cuello actuó de excitante para no tirar la toalla.

Seguro en mi refugio, me quito la ropa sin saber donde la tiro. Me siento sucio y muy rastrero. El hedor a sudor contamina toda la estancia. El calor de fuera y las ventanas cerradas provoca un ambiente nada estimulante para mi estado emocional.

No sé qué hacer, dónde ir, a quién acudir, ni con quién hablar. Estoy desesperado, doy vueltas por la habitación como un tigre enjaulado en el zoológico. Confesar lo sucedido a mi madre no cuenta como posible solución. Cayetana no es persona de confianza, menos aún su guardaespaldas. ¿Alexandra? Sin dinero es perder el tiempo. Por suerte, esta noche dispongo de droga verde.

Busco el móvil en los bolsillos de la chaqueta. No lo encuentro en ninguno. ¿Se caería por el camino? ¡Vaya puta mierda! ¿Por qué el universo se ha alineado en mi contra para joderme la noche? ¿Qué mal he provocado al karma para recibir tanta desgracia? ¿Acaso Dios no me ha castigado ya suficiente?

Mientras viva, nunca olvidaré la mirada de despedida de la chica pelirroja. Parecía feliz, aliviada, contenta por el pago del billete al otro mundo. ¿Quién en su sano juicio puede alegrarse por suicidarse?

¡Espera! Ahora recuerdo. De camino al río guardé el móvil en el bolsillo del pantalón para tenerlo más a mano por si la amenaza tomaba forma de persona. ¿Dónde está el pantalón? Cuelga del armario. Recupero el móvil y envío un SOS en forma de fotografía con los cinco billetes verdes de cien euros. La respuesta no se hace esperar:

Dr. Ordoñez de la Barrera 2, 2ºD en una hora

Confesión autorizada. Te escucho

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Capítulo 10.- Secreto de Confesión: Historia de una muerte anunciada
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Capítulo 10.- Secreto de Confesión: Historia de una muerte anunciada
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de cuentas en la revista Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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