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Capítulo 9.- Secreto de Confesión: Cara o cruz

Secreto de Confesión: Cara o cruz

–¿Padre Andrés? –grito sorprendido al salir del cuarto de baño. Reconozco al cura de mi parroquia.

–¿Mario? ¿Qué haces aquí?

–Lo mismo digo.

–Esto ha sido un error.

Perturbado por haber sido descubierto en la sombra de la noche, el padre Andrés se dirige a trompicones a la salida. Tiene la mala suerte de chocar contra la puerta por tratar de ocultar su cara con la mano. Su estado de alteración no le ha permitido ver la llegada de Nikolái con un whisky en la bandeja. Las gafas, rotas por el impacto, son rematadas en el suelo por el cuarenta y seis de mi guardaespaldas.

–¿Qué sucede aquí? –pregunta Nikolái con su particular tono de pocos amigos.

–Ha sido culpa mía. Me he despistado.

El padre Andrés sale en mi defensa, gesto que agradezco. Le ayudo a acomodarse en el sofá.

–Puedo solo –sugiero a Nikolái. Entro en el cuarto de baño en busca de algo con lo que poder cortar la hemorragia de la nariz–. ¿Mejor? –pregunto al padre Andrés cuando lo veo recuperado del susto inicial.

–Mario, ¿qué haces aquí? ¡Por el amor de Dios! Si tu madre llegara a enterarse. Bien sabes que un disgusto como este puede afectarle gravemente a su delicada salud.

El padre Andrés intenta, muy hábilmente, dirigir la conversación. Utiliza al bulldog francés como señuelo para adivinar el motivo de mi presencia en la habitación.

A pesar del caos originado, ambos somos conscientes que nos encontramos en un callejón sin salida, debemos encontrar algún modo para desatascar la situación. Jugar a todo o nada con una apuesta arriesgada.

Como bien ha subrayado, tiemblo al pensar que puede llegar el más mínimo comentario al bulldog francés sobre mis aventuras nocturnas en el hotel. Ella es capaz de perdonarme cualquier cosa, pero los asuntos de iglesia y fe son palabras mayores.

–Te propongo un pacto. Seamos sinceros el uno con el otro, prometamos que las palabras que salgan de nuestros labios nunca saldrán de estas paredes.

–Lo veo bien –contesto aliviado.

–¿Quién habla primero?

Echémoslo a cara o cruz –propongo. Saco una moneda de dos euros del bolsillo.

–Elijo cruz, si me lo permites.

Lanzo la moneda al aire. El azar me libra de confesar primero. Resignado, el padre Andrés cumple su palabra después de beber un buen trago.

–Veras, Mario. Estoy aquí porque he quedado con una mujer.

¿El padre Andrés y una mujer en la habitación de un hotel de lujo a altas horas de la noche? No creo que sea para confesar. Más bien, sugiere para echar un polvo.

–¿Cayetana? –apuesto.

–¿La conoces?

–Es buena amiga mía –arriesgo.

–Tiene que tener mucha confianza en ti si te ha pedido que estés presente.

–Antes de que llegue, ¿sabes por qué habéis quedado?

–Sí. Está embarazada de un hijo mío.

¿Cómo? No me lo creo. ¿El padre Andrés es Carlos García, el abogado de los famosos? Mirándolo de reojo, coincide con la descripción. La realidad supera a la ficción. Felizmente, no soy yo quien debe temer a la tercera pierna del bulldog francés. Descubierto su secreto, la mentira vale para salir victorioso. Victoria que sí otorga poder. Acaba de sellar un pacto con el diablo, liga su suerte a la voluntad de mi lengua. Lengua que cobra cara su silencio gracias a un estúpido juego de azar.

–¿Quieres tenerlo?

La profesionalidad da paso al morbo.

–Sí, Mario. Hay que ser consecuente con los actos cometidos. Lo que hacemos en la tierra quedará sellado en el cielo. Cometí un error, lo reconozco. Por ello, asumo las responsabilidades que pueda ocasionar. No quitaré la vida a un ser indefenso, aunque ello conlleve soportar la vergüenza pública hasta el fin de mis días.

El padre Andrés despide educadamente a la hipocresía, elimina de un plumazo el morbo con su declaración de principios. Solo cometió el error de dejarse llevar por los deseos de su cuerpo. En una habitación de hotel, a altas horas de la noche, continúa dándome lecciones de comportamiento. Su sombra se extiende allá a donde va, a pesar de mi rechazo a su forma de ver y entender la vida. Me niego a pedir perdón y justificar los motivos de mis borracheras a un hombre al que no le he hecho nada.

–Mario, tienes mala cara. ¿Qué te preocupa?

–He tenido un mal día. Demasiadas sorpresas inesperadas.

–¿Quieres hablar sobre qué te preocupa mientras esperamos?

¡Joder! De nuevo pierdo el control. La conversación se centra en mis problemas y no en su desliz sexual. Su voz es un bálsamo de paz y seguridad en una noche tormentosa. ¿Acaso han sido escuchadas mis plegarias en el cuarto de baño? ¿Realmente existe Dios? Si así es, esta señal puede valer como prueba.

–Hoy he sido testigo de…

No puedo confesar, ni relatar los hechos que carcomen mi conciencia y pensamientos más íntimos. Nikolái reaparece para excusarse en nombre de Cayetana y acompañar al padre Andrés hasta la puerta.

Contemplo la despedida desde el balcón degustando un Cardhu con hielo y la Giralda como amante. Dicen que la casualidad es la forma que tienen otros para hacer que las cosas sucedan. En mi caso, una pareja de perturbados me utiliza para consolar a su clientela más selecta.

A lo lejos, delante de la fuente de la Plaza Virgen de los Reyes, el padre Andrés se detiene para buscar respuestas a lo acontecido. Inspecciona la fachada del hotel y choca conmigo. No se muestra asustado, ni preocupado. Su rostro refleja paz y serenidad tras decir en voz alta su secreto.

Desde el punto de vista de mi madre, el hecho consumado, por su máximo inspirador en la vida terrenal, representa un bofetón a una vida de falsa moral. En mi caso, supone un mero desliz. Desde la Edad Media se confunde el oficio con la persona por meras necesidades económicas. En una sociedad más abierta, la posibilidad de permitir a un cura formar una familia, quizás represente la transformación que la sociedad reclama a la Iglesia.

Levanto mi copa. Acepto y respeto su decisión. El padre Andrés responde a mi gesto alzando su mano. ¡Cómo cambia la visión de la vida en unas horas! Ayer, solo me importaba buscar cualquier medio, técnica o método que me permitiera abrir de piernas a una preciosidad. Hoy, me acostaré sabiendo que la vida es la toma continua de decisiones.

Algo dentro de mí exige no quedarme de brazos cruzados por las confesiones anteriores. No aceptar las cosas tal y como vienen. Aportar mi pequeño grano de arena para evitar una tragedia.

–Puedes irte. Mañana a las diez de la noche en esta misma habitación.

Nikolái no me permite seguir disfrutando de las vistas.

Confesión autorizada: Te escucho

Capítulo 10.- Secreto de Confesión: Historia de una muerte anunciada

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Capítulo 9.- Secreto de Confesión: Cara o cruz
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Capítulo 9.- Secreto de Confesión: Cara o cruz
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de marketing de contenidos. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como distribuidor de libros y revistas para la firma Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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