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Capítulo 8.- Secreto de Confesión: Ménage à trois

Secreto de Confesión: Ménage à trois

El cliente espera sentado en el sofá. Es un hombre de avanzada edad, cercano a los cincuenta por las entradas y vejez de su rostro. De cintura para abajo, da la impresión de ser un funcionario de poca monta, viste con vaqueros viejos y zapatillas clásicas blancas de la marca ROX. De cintura para arriba, el estilo es bien diferente, camiseta entallada Hugo Boss, barba corta, cuidada y recortada. El i-watch en la muñeca izquierda completa ese estilo retro, para mi opinión cateto, de informático venido a más.

Necesito algún estimulante para mantener el tipo. Solicito a Nikolái un Cardhu solo con hielo cuando sale de la habitación para traer un Bloody Mary al cliente.

Me acomodo en el sillón e inicio la sesión: –Confesión autorizada. Te escucho.

El hombre guarda silencio. Mantiene la cabeza agachada, no se atreve a mirarme a los ojos. Un hilo de sudor desciende lentamente por su frente. Mantengo la calma, espero a que el cliente tome la iniciativa.

¿Qué pecado esconde el cutre imitador de Steve Jobs? ¿Cuál es su secreto más oscuro? La primera sesión sirvió para perder la virginidad. La segunda espero que sea menos dolorosa. Deseo poder disfrutar del trabajo a partir de la tercera sesión.

El cliente se levanta para dar vueltas por la habitación. Cansado de pasear, se detiene delante del balcón. Por un momento, pienso en lo peor. Un segundo suicidio es excesivo para una misma noche. Nikolái reaparece. Su presencia hace que el cliente se vuelva a sentar en el sofá, después de coger el Boody Mary de la bandeja y bebérselo de un trago. Aguardo en silencio su marcha. Una vez solos, repito: –Confesión autorizada. Te escucho.

No recibo contestación. De sobra es conocida la introversión y el mundo paralelo de los informáticos. Este friki no iba a ser una excepción. Mientras se decide, disfruto el Cardhu. ¿Por qué preocuparme? Ya he cobrado. Si no quiere hablar, mejor para mí.

–Esto que voy a contarle es demasiado personal –por fin escucho la voz aguda del cliente. La vergüenza le sigue impidiendo mirarme a los ojos. Prefiere levantarse y darme la espalda. Con las manos detrás de la espalda y la vista puesta en la Giralda, parece que tiene la lengua más suelta–. Si llegara a oídos de… mi mujer… lo más seguro es que me mate… y con razón. –Tartamudea. Duda si confesar su secreto. Aún no gozo de su confianza.

–Tómese su tiempo. Nadie le va a juzgar por lo que diga. El objetivo de estas sesiones es relajar y despejar la conciencia de nuestros pensamientos y hechos más oscuros para poder continuar hacia delante. No permita que el pasado le impida disfrutar de su presente, amargando su futuro. Cierre los ojos y respire hondo. Tómese este instante como una despedida de ese viejo yo.

El cliente sigue al pie de la letra cada uno de mis consejos, viejos trucos que aprendí de Patrick Jane, El Mentalista.

–Es por mi hijastra… He hecho algo terrible… Me he acostado con ella a espaldas de su madre… Yo no quería… Ella insistía y coqueteaba con el tema… Muchas veces pensé en confesárselo a mi esposa… ¿De qué serviría? Tiene que verla. A sus diecisiete años es una mujer. Me recuerda a su madre cuando la conocí. Es puro vicio. Nunca se cansa. Tiene un apetito sexual fuera de lo normal. Pasea desnuda por la casa cuando no está su madre para provocarme. Me chantajea con contarle todo a mi mujer si no me acuesto con ella. Algo que, sinceramente, y siendo franco, no importa. Hace tiempo que nuestro matrimonio está roto por culpa de la monotonía y el aburrimiento. Puede que le parezca macabro, pero desde que me acuesto con mi hijastra las cosas parecen estar más tranquilas en casa. Ya no discutimos, volvemos a salir los fines de semana. Alguna vez me he planteado como sería hacer un trío familiar, mi hijastra comiéndome la polla mientras le como el coño a mi mujer. Solo de pensarlo me empalmo.

¿De dónde saca Cayetana a esta gente? La timidez da paso a la depravación. Su rostro, aparentemente inofensivo, reflejado en el cristal del balcón, no muestra ningún síntoma de arrepentimiento. Está excitado, se pone más cachondo a medida que entra en detalles sobre cómo sería esa especie de trío sexual familiar donde el padre y la hijastra abusan de la madre. Sinceramente, el relato es demasiado exacto y preciso para ser una fantasía fetichista. ¿Dónde se encuentra el límite entre realidad y ficción? ¿De verdad tiene presa y amordazada a su esposa?

¿Qué sucede esta noche? ¿Dónde quedan los pecados menores, los típicos flirteos, infidelidades clásicas o robo de dinero con violencia? ¿Es el día internacional de echar la pota y no me han avisado al entrar? ¿Dónde me estoy metiendo? ¿Es una broma de Cayetana y su matón, entregarme dinero falso y montar esta parafernalia para reírse a mi costa? Suplico mentalmente que el cliente se largue lo antes posible para vomitar por segunda vez.

–¿Qué debo hacer? Mi hijastra dice que la matemos. No me gusta esa idea, me gusta disfrutar de las dos. Mi hijastra es demasiado efusiva, demasiado pasional y extremista. Suele actuar antes de pensar en las consecuencias. Cada vez que salgo de casa tengo miedo de regresar y encontrármela bañada en sangre. Es capaz de hacer cualquier tontería para conseguir aquello que se propone. Una vez se la comió a un guardia civil para no pagar la multa por exceso de velocidad. Estoy desesperado. He venido con la esperanza de encontrar consuelo a mi tortura. El sexo se ha convertido en una maldición, una venganza. Convivo con una loca depravada y caprichosa que solo disfruta follando y viendo sufrir a los demás. Un vicio heredado de su difunto padre, un narcotraficante que falleció en un tiroteo con la policía. Por suerte, todo va a cambiar. Esta noche he conseguido esto –se acerca al sofá para poner encima de la mesa una mochila cuya existencia había pasado desapercibida–. Voy a solucionar mi problema –exclama orgulloso. Sujeta una pequeña pistola en la mano–. El tipo que me la ha vendido es quien me ha hablado de ti. Me ha garantizado que después de hablar contigo, la pérdida familiar será menos dolorosa. ¡Cuánta razón! Tengo ganas de llegar a casa y apretar el gatillo. Primero, dispararé a mi hijastra delante de su madre. Después, me follaré a mi esposa hasta hartarme como gesto de despedida, previo al tiro de gracia. Por los cadáveres no tengo que preocuparme, el vendedor de la pistola también me ha hecho precio por deshacerse de los cuerpos. Mañana, solo tendré que pensar en una buena coartada.

El cliente sale corriendo de la habitación olvidando la mochila en su huida. A mí no me da tiempo a llegar, vomito en el suelo del cuarto de baño. La muerte llama a la fiesta sin invitación previa y no tengo nada con lo que poder contentarla. ¡Joder! ¡Qué puta mierda! ¡Qué coño está pasando! Las piernas me tiemblan. Me siento en el wáter para no caer fulminado al suelo.

No sigo con esto, es demasiado duro. ¿Un puto perturbado quiere follar y asesinar a su familia? ¿Por qué no se pega un tiro? La sociedad se lo agradecerá. Si es capaz de hacerle eso a su familia, ¿qué no será capaz de hacer a los demás?

Su relato ha conseguido que aborrezca y odie el sexo duro. ¿Dónde quedan los límites morales? ¿Dónde queda la decencia humana? ¡Qué estúpido he sido! Tengo que dejarlo. No puedo seguir con esta farsa. Prefiero malvivir con mis pobres pagas y dormir plácidamente por las noches, a acabar anoréxico perdido y atormentado por las pesadillas originadas por una clientela venida desde el mismísimo infierno, capaz de provocar lo que a todas luces parecen los síntomas de un infarto.

Mi corazón exige huir, abandonar el resto del cuerpo para no soportar una nueva confesión. Por primera vez, en lo que llevo de noche, haré caso a mi instinto de supervivencia. A la mierda Cayetana y el Makelele de los cojones. Mi salud mental es más importante que quinientos euros.

Me recompongo un poco. Aúno fuerzas para correr y perderme por el barrio de Santa Cruz por si alguien decide perseguirme. A la de tres. Una, dos y puf. La espalda de Nikolái me impide el paso. Pierdo una oportunidad de oro para escapar por exceso de reflexión. El señor de la noche, colocado en el umbral de la puerta de brazos cruzados, no cede ningún hueco libre por el que pueda colarse mi cuerpo flacucho. No queda más remedio que atender una nueva confesión.

–Límpialo –me ordena. Se refiere a mi vómito.

–Límpialo tú –respondo sin mirarle a la cara.

–Ahora. ¡Ya! –exige subiendo la voz.

¿Y si me niego?

Nikolái muestra una pistola oculta en el interior de la chaqueta. Actúo en consecuencia. No queda otra elección. Limpio hasta la última gota de vómito con papel higiénico. Las toallas están prohibidas, no me lo permite. Disfruta tenerme sometido a su voluntad.

No estoy para juegos. La broma da paso a una pesadilla de la que suplico despertar. No volveré a ejercer como confesor. La lección queda perfectamente aprendida. Dios ha sido bastante claro. De rodillas, limpiando el suelo, rezo por primera vez. No con el automático puesto, rezo hacia dentro, ruego poner fin a mi visita al infierno.

¿Qué me queda por escuchar? ¿Qué tormentos faltan por confesar? La tensión en el cuello y la flojera general son cada vez más patentes. ¿Perderé el conocimiento? Ojalá, es la perfecta vía de escape.

–Este es especial –susurra Nikolái. Arrojo el último trozo de papel al wáter. Carezco de fuerzas para responder. Sobresaturado y sobreexcitado, apenas puedo responder con una mueca de incredulidad–. Es de tu gremio. Ya sabes, tiene contacto directo con Dios.

¿De mi gremio? ¿Acaso hay más de un perturbado por Sevilla confesando y escuchando este tipo de historias? ¿Un confesor confesando a otro confesor? No es otro confesor.

–¿Un sacerdote? –pregunto para salir de dudas. No recibo respuesta.

Nikolái me agarra del brazo y me pone firme sin apenas inmutarse. A menos de un palmo de distancia, cara a cara, no puedo mantenerle la mirada más de tres segundos. Estoy acojonado, muerto de miedo. Si se lo propone, me manda al hoyo sin despedida previa.

–¿Vas a matarme?

–¿Quieres que te mate?

–Prefiero irme de aquí.

–El cura es el último.

Última confesión y regresaré a casa. Última confesión y dormiré plácidamente. Última confesión y volveré a ser un perdedor. Ya no me importa ser un puto don nadie. No sé cómo Alexandra lo consigue, vivir sin emoción, alejada de cualquier signo de afecto real. No existe otro modo para sobrellevar tanta maldad y desprecio por la condición humana. Este rol basado en el puro instinto, la fuerza por la fuerza, destruye a la persona por dentro a un ritmo acelerado.

¿Qué secreto oculta el sacerdote a su jefe todopoderoso que todo lo ve? Deseo con todas mis fuerzas que sea gay. La confesión será menos dolorosa, salvando los detalles. Si atiendo a lo vivido, no pongo la mano en el fuego por nada. Dentro de esta habitación la palabra imposible se evapora como el hielo dentro de una sauna.

Confesión autorizada: Te escucho.

Capítulo 9.- Secreto de Confesión: Cara o cruz

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Capítulo 8.- Secreto de Confesión: Ménage à trois
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Capítulo 8.- Secreto de Confesión: Ménage à trois
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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