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Capítulo 7.- Secreto de Confesión: Nota de suicidio

Secreto de confesión: Nota de suicidio

La apertura repentina de la puerta de la habitación no me permite disfrutar del efecto producido por la recompensa. Guardo mi tesoro en el bolsillo del pantalón, mientras me pongo en píe.

Nikolái reaparece acompañado por una pelirroja explosiva. La chica oculta su cuerpo con un corto vestido negro, palabra de honor muy ceñido, que realza su escultural silueta. Las sandalias negras, con tacón de infarto, retumban por la habitación con cada paso dado.

Nada de nombres, ni datos personales –nos explica Nikolái, acompañando a la clienta al sofá. Una vez acomodada, coloca un sillón enfrente de ella para que podamos estar cara a cara, el uno frente al otro–. ¿Le apetece tomar algo?

Puerto de Indias con tónica.

–Ahora se lo traiga. Pueden comenzar.

Me quedo a solas con la desconocida. Tras echarle un vistazo de arriba a abajo, soy consciente que vuelvo a llevar ropa inadecuada. No tengo nada a mano para disimular la más que segura erección.

SIDA.

–¿Perdón?

Tengo SIDA y quiero suicidarme –escupe la chica sin calentamiento previo, cogiéndome desprevenido.

Nikolái regresa con la petición solicitada encima de una bandeja. Coloca un posavasos en la mesa de cristal situada delante del sofá, sirve la copa y abandona la estancia sin pronunciar ninguna palabra.

He podido disfrutar de unos segundos vitales para recuperar el aliento y recomponerme del secreto revelado. En contra de la tendencia seguida, no parece ser una noche de pajas mentales, sino de mantener la compostura sin que se note en la cara ningún gesto que pueda delatar mi opinión sobre aquello que escucho. Hago de tripas corazón y pronuncio la frase con la doy comienzo a cada sesión: –Confesión autorizada. Te escucho.

–No tengo nada más que añadir. Me suicidaré después de beberme esta copa. Quería decírselo a alguien antes de hacerlo. Cayetana me llamó esta tarde para comentarme tus servicios y lo bien que le ha venido decir en alto aquello que le preocupaba.

Al igual que me sucedió con Cayetana, estando sentado en el asiento del copiloto de su Escarabajo, me quedo bloqueado sin saber qué decir y cómo actuar. Una mujer preciosa, con toda la vida por delante, confiesa con total naturalidad su intención de suicidarse dentro de unas horas por vergüenza pública. ¡Qué injusta es la condición humana! Es capaz de sacar lo mejor y lo peor de nosotros por el miedo al qué dirán.

Un debate moral se cierne sobre mi conciencia, mientras escucho como lo contrajo. Debo decidir en pocos minutos si prefiero salvar una vida humana y concluir mi trabajo como confesor o callar como una puta y disfrutar de una vida acomodada.

El bulldog francés ya le habría pegado con la tercera pierna, y gritado hasta dejarla sorda, por decir tal tontería como si fuera a comprar pan a la vuelta de la esquina. Yo no lo tengo tan claro. Siempre me he sentido apartado. Noto como la gente cuchichea sobre mi persona cuando acompaño a mi madre a cualquier acto social o religioso. Uno de los defectos de mi madre es que tiene la boca demasiado grande, le gusta contar cada suceso que se produce en mi aburrida vida. Estoy cansado de ser un don nadie, un parado de larga duración que necesita mendigar a papá Estado y a su madre por una mísera paga para disfrutar un poco de los placeres de la vida.

A partir de ahora, haré aquello que me plazca sin importarme las consecuencias. Mi nuevo trabajo otorga el prestigio reclamado durante tantos años dentro de la sociedad sevillana. Elegiré cuándo y con quién quiero estar. Si para disfrutar de mi libertad financiera tengo que escuchar a tías buenas desquiciadas de la cabeza, que así sea.

Nikolái regresa antes de que la chica pelirroja se termine de beber la copa. Una vez solo, corro como una bala al cuarto de baño para vomitar en el lavabo. El cuello está rígido por la tensión mental acumulada tras ser partícipe de una muerte anunciada.

Si no la conozco y suponiendo, en el mejor de los casos, que no llegará a materializar su amenaza, ¿por qué me siento tan mal por el devenir de una desconocida? Nunca me he preocupado por nadie, a excepción de mi madre. ¿Qué está provocando este repentino malestar general? ¿Se despiertan remordimientos ocultos para llamar mi atención? Vaya estupidez. Si el mundo nunca se ha preocupado por mí, ¿por qué he de hacerlo yo ahora?

¡Cuántos momentos de soledad he vivido tumbado en la cama del hospital sin recibir ninguna visita! ¡Cuántos momentos frustrados de esperanza se sembraron en mi atormentado corazón! ¡Cuántas veces se aprovecharon las mujeres de mi buen hacer para disfrutar de barra libre! ¿Por qué esta tortura? Debería estar contento, cada día un festín, puedo contratar los servicios de Alexandra cuando me apetezca.

Mi mirada es fiel reflejo del cambio que se está gestando. Una mirada viva, ardiente y fogosa deseosa de vivir experiencias excitantes. El diablo parte con ventaja frente al ángel caído.

–¿Listo para el siguiente? –Nikolái entra al cuarto de baño sin preguntar.

–Dame un minuto.

–Antes de salir, limpia la mierda que has echado por la boca.

Confesión autorizada. Te escucho.

Capítulo 8.- Secreto de Confesión: Ménage à trois

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Capítulo 7.- Secreto de Confesión: Nota de suicidio
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Capítulo 7.- Secreto de Confesión: Nota de suicidio
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de RR.HH., estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como distribuidor de libros y revistas para la firma Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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