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Capítulo 6.- Secreto de Confesión: Hotel EME

Secreto de Confesión: Hotel EME

Despierto cerca de las ocho de la tarde. Buena hora para merodear por casa con total tranquilidad. El bulldog francés espera sentada la hora de la misa en un banco de la parroquia Corpus Christi. No soy creyente, tampoco ateo. Mi madre sabe cómo estimular mi interés por el mundo religioso. Recibo veinte euros cada vez que la acompaño a misa.

En el fondo, muy en el fondo, después de pasar por un largo y oscuro sendero tenebroso, existe un corazón dulce y amable. Los problemas de la vida son los responsables de hacerla dura e insensible como una roca.

Su marido, también conocido como mi padre, sustituía su falta de tacto con buenos regalos. Mientras más notable fuera el moratón, mayor era mi recompensa para justificar su falta de control. Gracias a Dios, el exceso de alcohol le atacó el hígado hasta obligarle a estirar la pata un buen día de invierno. Por las molestias causadas dejó en herencia una buena suma de dinero y una vida acomodada para ambos.

Mi madre ve el reflejo de su marido en mí, situación que le preocupa con el paso de los años. Lucha con todas sus fuerzas por evitar la repetición de la historia. Me bebo hasta el agua de los floreros, pero nunca he pegado a nadie, hasta en eso soy un perdedor. Si veo problemas salgo corriendo. No nací con alma de héroe. Soy un superviviente, alguien capaz de adaptarse a las circunstancias de cada momento. Las revoluciones se las concedo a los ilusos. Mis principios son mi madre y yo, el resto que se apañe como pueda.

No sé por qué recuerdo a mi padre mientras me preparo para visitar a Cayetana. Quizás, el exceso de adrenalina ha reavivado viejos recuerdos que creía olvidados. Delante del espejo reconozco que algo debe cambiar en mi pobre estilo de vida. No deseo un trabajo decente, ni una relación monógama perfecta. Me conformo con algo de dinero para vivir y sentir en mi propia piel las fiestas que Alexandra me relata en rincones prohibidos para el ciudadano medio.

Hasta que se produzca algún cambio, vestiré de chaqueta cada noche. Recorreré los garitos más exclusivos de Sevilla para escuchar los problemas de la gente con una copa en la mano. Tengo pocos vicios, ninguno barato. Principal motivo por el que acompaño a mi madre a la misa de las ocho siempre que puedo. Los veinte euros permiten disfrutar de dos copas por noche.

Dinero que nunca he gastado en la terraza del hotel EME, uno de los lugares más selectos y exclusivos de la ciudad. El reloj marca mi llegada a las nueve y media. Mi economía de guerra no me permite invertir los veinte euros en una sola copa. La fiesta concluiría demasiado pronto. Si quiero emborracharme, conozco varios garitos del centro donde estirar el billete azul hasta perder el conocimiento. Si quiero sargear, cualquier lugar es bueno para practicar las técnicas aprendidas con El Método de Neil Strauss.

Subo a la terraza por el ascensor, con música de jazz de fondo. Me miro en el espejo que ocupa buena parte de la pared. Me veo como James Bond cerca de abordar a uno de los posibles sospechosos de hacer estallar por los aíres la Bolsa de Londres.

La tranquilidad desaparece cuando una voz anuncia por el altavoz: –terraza. –Me tiemblan las piernas. La seguridad se esfuma en un abrir y cerrar de ojos. Saber que estoy a punto de reencontrarme con Cayetana Rivas me provoca un redoble de tambor en el corazón.

¿Qué decir? ¿Cómo abordarla? ¿Ir directamente al grano, como bien sabe hacer Alexandra, o esperar a ver qué sucede? La cabeza exige una cosa, el corazón presenta diagnóstico reservado y mi entrepierna quiere tomar el control.

Doy los primeros pasos por la terraza de copas a diferentes alturas. Una mujer saluda desde el piso superior con un vaso ancho en la mano. Aquella silueta es bien conocida. Cayetana Rivas da el primer paso y me evita tener que tomar la iniciativa.

Buenas noches, señor Conde –Cayetana sonríe, señala con la mano dos copas de whisky y un sobre cerrado que sobresale de debajo de una servilleta–. Su habitación y sus honorarios están dispuestos.

No sé cómo tomarme su buena actitud. Su carta de presentación no queda del todo clara. La parte de los honorarios sí. La parte de la habitación, no estoy tan seguro. ¿Follaré después de tanto tiempo a palo seco con una tía tan maciza? Si mi madre no me advirtiera diariamente que nadie da duro a cuatro pesetas, casi me lo hubiera creído.

–A tu salud.

Le sigo la corriente, agarro una de las copas, brindo y bebo un sorbo corto. Cayetana hace lo mismo, pero se bebe el whisky de un trago. Acabo de quedar en ridículo. –¿Por qué brindamos ahora? –pregunto, con sumo dolor, para terminar de beber mi copa. Es una pena desperdiciar un whisky de Malta de dieciocho años. No queda más remedio sino quiero perder mi posición de poder frente a ella.

–Por el inicio de un largo y prospero negocio –bebo hasta no dejar ni una gota de whisky en el vaso–. ¿Listo para empezar a trabajar? –Cayetana me acerca el sobre con la mano.

–No comprendo –contesto instintivamente.

–Te he reservado la suite junior con terraza para atender a los clientes. ¡Nikolái! –grita a un mulato de dos por dos vestido de etiqueta. Este se acerca hasta detenerse detrás de mí–. Nikolái te acompañará a la habitación.

Cayetana se marcha al otro lado de la barra para atender a una pareja de enamorados. No queda ni rastro de la mujer triste y melancólica que casi me estrella contra un autobús. ¿Y el bebé? Tengo entendido que el alcohol no es bueno en periodo de gestación. No entiendo nada de lo que está sucediendo. La mirada seria y fría de Nikolái tampoco ayuda a reflexionar en una obra de teatro donde se supone que soy el actor principal.

¿Debo fiarme de dos desconocidos? La presión del corazón, por salir del pecho, muestra sus efectos más visibles con marcas de sudor en las axilas, debajo de la chaqueta. Sin otra opción, hago lo de siempre, me dejo arrastrar por los acontecimientos. Guardo el sobre en el bolsillo interior de la chaqueta y acompaño a Nikolái.

–No abra la puerta a nadie. Solo yo puedo entrar y salir, indicando al cliente cuando la sesión ha finalizado –aclara Nikolái antes de salir de la habitación.

El ruido seco de la puerta al cerrarse me devuelve a la realidad. El primer acto consigue su efecto, olvidar el motivo por el que me encuentro en el hotel: cobrar una deuda pendiente. El segundo acto se produce en una habitación de lujo con terraza, jacuzzi y vistas exclusivas a la Giralda. ¿Qué más se puede pedir? Es como si me hubieran leído la mente mientras me vestía.

Me acerco al minibar para servirme una segunda copa. Ni mi tarjeta de crédito, ni mi nombre, figuran en los registros del hotel. Si Cayetana y Nikolái quieren ganarse un dinero extra a espalda de su jefe, ¿quién soy yo para impedirlo? Barra libre y clientela asegurada. Definitivamente, mi suerte estaba cambiando.

De rodillas, mirando qué botella destapar, mi vista se dirige al sobre cerrado que guardo en el bolsillo interior de la chaqueta. ¿Qué cifra esconderá? La morenaza, perdón, Vanesa, fijó mi tarifa en ciento cincuenta euros. ¿Conseguiré subir mi caché? Me sirvo la primera botella que veo de whisky y me siento en el sillón de la terraza para desvelar el misterio. Un misterio que me deja sin palabras por culpa de cinco billetes verdes de cien euros.

Confesión autorizada. Te escucho

Capítulo 7.- Secreto de Confesión: Nota de suicidio

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Capítulo 6.- Secreto de Confesión: Hotel EME
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Capítulo 6.- Secreto de Confesión: Hotel EME
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
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Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de RR.HH., estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como distribuidor de libros y revistas para la firma Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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