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Capítulo 3.- Secreto de Confesión: Embarazo no deseado

Secreto de Confesión: Embarazo no deseado

Salí tan rápido de casa, que olvidé preguntar a la clienta el portal y el piso donde debía acudir. No quiero molestarla, pero después de mirar varias veces, como un tonto, las diferentes calles que desembocan en la Plaza de la Alfalfa, no me queda más remedio. No llamo, doy un toque. Cuelgo tras escuchar el primer tono. El mismo número no tarda en devolverme la llamada.

Confesión autoriza. Te escucho –Es una expresión que se me ha ocurrido por el camino a modo de eslogan.

–¿Se encuentra en la Plaza de la Alfalfa? –pregunta nerviosa la mujer al otro lado del teléfono.

–Sí, pero no recuerdo el portal. Estoy delante del Bar Manolo.

–Vaya para Cuesta del Rosario. Le recojo en un Escarabajo negro en cinco minutos.

Como cualquier becario que acaba de entrar a trabajar en una empresa, obedezco las órdenes sin preguntar. Alguno puede pensar que soy un iluso por querer montarme en el coche de una desconocida, pero os juro que la adrenalina liberada en tan pocas horas hace que merezca la pena. Aúno fuerzas para vencer al sueño. Sin quererlo, ni buscarlo, me estoy convirtiendo en un yonqui del dinero. Adicción basada en el cotilleo al más puro estilo del programa Sálvame.

Veo el coche nada más llegar al cruce entre Cuesta del Rosario con Ángel María Camacho. Conduce una mulata con gran parecido a Berta Vázquez, la actriz de la película Palmeras en la nieve. Si no lo digo reviento, bienvenidos a mi primer día de trabajo.

El Escarabajo circula sin escucharse el más mínimo ruido dentro del coche, a excepción del programa Javi y Mar de Cadena100 en la radio. Mentalmente, hago varios amagos para iniciar una conversación. Sin embargo, al igual que me sucedió hablando por teléfono, la mulata parece tensa, no transmite buenas vibraciones al volante.

Si ya resulta complicado conducir habitualmente por Sevilla, en pleno estado de nervios, las posibilidades para no salir bien parado aumentan, especialmente, cuando casi acabo con mi cara estampada contra un autobús por el Paseo de Cristóbal Colón.

Mi respiración se acelera, más por ansiedad que por excitación. Busco con la mirada algo con lo que poder distraerme y no fijar mí atención en la carretera. El móvil sin batería reduce las opciones. Mi destino queda en manos de una mujer tan bella como peligrosa. Milagrosamente, evita embestir a una moto de Correos para entrar al parking de Puerta de Jerez.

Contengo la respiración cuando el coche toma la curva para descender al segundo sótano. Extraña maniobra con tanto aparcamiento libre en la primera planta. ¿A dónde me lleva? ¿Me habrá confundido con un puto? No me importa ayudarla sexualmente, llevo más de dos años sin mojar el churro. No es que no quiera pagar por sexo, se lo prometí al bulldog francés tras pillarme infraganti atado a la cama con una dominatrix encima.

¿Qué será de Alexandra? Hace tiempo que no hablamos. El tiempo ha consolidado una curiosa amistad, no del tipo fraternal, de amigos que se cuentan los problemas y salen los fines de semana. Es una relación extraña, difícil de explicar en pocas palabras. La provoco con juegos de tortura sexual, basados en la Inquisición, que luego ella me relata tras ponerlos en práctica con algún cliente atrevido.

Perdido en mis pensamientos, descuido la atención de la clienta. El coche está parado y aparcado. La mulata no interrumpe mis reflexiones. Lucha consigo misma, sin apartar las manos del volante, con la mirada perdida.

Se repite la misma escena, las primeras palabras se agolpan en la garganta sin poder pronunciar ninguna, igual que le sucedió a la morenaza antes de empezar la sesión. Conozco el procedimiento, apago la radio y desabrocho los cinturones. La miro con gesto serio y doy comienzo a la sesión: –Confesión autorizada. Te escucho.

–¿Por dónde empiezo? Estoy muy nerviosa.

–Comienza por tu nombre y luego déjate llevar.

Tengo que esforzarme por aprender los nombres de los clientes. Tanto morenaza, como mulata, son nombres fáciles de recordar, pero poco apropiados para decir en voz alta. Después de cada sesión, me comprometeré a crear en el móvil una ficha de cada cliente con su nombre real y una breve reseña.

Me llamo Cayetana Rivas. Nací en Huelva y vivo en Sevilla desde los 18 años, cuando me vine a estudiar un curso de moda y confección. Durante el día, trabajo en la misma agencia de modelos que Vanesa. Por la noche, sirvo copas en la barra de la azotea del hotel EME. Vivo, disfruto, bailo, bebo y viajo gratis por toda Europa, ya sea por motivos de trabajo o por placer. Cada día es una experiencia nueva. Sin embargo… todo cambió hace unas semanas… Vino a la barra un hombre maduro. Se presentó como abogado de los famosos. Hablamos sobre moda, cine y televisión hasta que el conserje dio el aviso de cierre. Me comentó que era buen amigo de varios ejecutivos de Mediaset, que iba a tratar de conseguirme una prueba para colocarme como azafata en algún programa. Imagínate mi alegría. No es que no me guste servir copas, que me encanta, es que no lo veo como un trabajo para toda la vida, vivir de noche y dormir de día. La oportunidad que Carlos me ofrecía representaba un gran salto profesional… Físicamente está muy descuidado, con una barriga gorda y caída. Su barba larga poco cuidada tampoco le favorece. Si tiene buen gusto con la ropa, viste trajes a medida de la sastrería O´Kean. El hecho es que no sé cómo, ni sé por qué, acabamos quedando. No para preparar mi oportunidad laboral, sino para acostarnos. Me recogía en el hotel para tomar la última copa antes de irnos a su casa para follar como dos fieras en celo. ¡Qué hombre! ¡No te puedes imaginar la adicción que produce tanto placer! Estoy atrapada en sus juegos sexuales. La última vez simulamos un casting para rodar una película porno. Hubo ciertas posturas que no eran de mi agrado, pero Carlos nunca acepta un no por respuesta.

Narra la historia sin mirarme a los ojos, quizás por vergüenza, quizás por timidez. La última parte de su relato la está poniendo a cien, visto como se acaricia sutilmente el pecho con una mano y los muslos con la otra. Esta profesión mía recomienda comprar pantalones amplios para ocultar los efectos fisiológicos ocasionados por las confesiones de mis clientas.

Desde hace unos días no sé nada de él. Se lo ha comido la tierra. No responde a mis llamadas. No lee mis WhatsApp. Parece no vivir nadie en el piso que usábamos como picadero. He preguntado a varios clientes del hotel y a buenos amigos. Ninguno le conoce. Ayer visité la sastrería O´Kean para preguntar si sabían algo de él. Descubrí que Carlos García nunca ha sido cliente suyo. ¡Nunca ha sido cliente suyo! ¡Nunca ha sido cliente suyo! ¡Maldito hijo de puta! ¡Cabrón mal nacido!

Cayetana llora desesperada. La traigo a mi pecho para consolarla. Pega su frente contra mi hombro para ocultar su rostro, no quiere que la vea llorar. Se siente sucia, engañada. Nunca existió Carlos. Nunca existió una prueba para trabajar en Telecinco. Todo resultó ser una mentira para abrirla de piernas.

Le permito desahogarse, le concedo tiempo y espacio. Espero a que ella decida cuál es el siguiente paso.

–La vergüenza puedo soportarla, forma parte de mi profesión. Si quieres ascender, tienes que dejarte querer, me recuerda continuamente mi agente. Es cuestión de confianza. Mejores amistades, mayor número de probabilidades de éxito… –Su mirada y sus manos se dirigen al estómago–. Todas conocemos alguna compañera que… Nunca esperas que te suceda a ti…

Nuevamente, Cayetana rompe a llorar. Si mi intuición no me falla, está embarazada de un fantasma.

–¡Qué voy a hacer! ¡Qué voy a hacer! –Se recrimina, mordiéndose el labio inferior a modo de castigo–. He sido una estúpida. Una imbécil que se ha dejado abrir de piernas para vivir una pesadilla. ¿Qué debo hacer? Dígame, señor Conde, ¿qué haría en mi lugar?

A pesar de mi semblante serio y seguro, mentalmente estoy bloqueado. No cuento con experiencia para este tipo de situaciones. Siendo honesto, tendría que recomendar la búsqueda de ayuda profesional para que la oriente y asesore. Sin embargo, también estoy cansado de ser un perdedor, un puto don nadie al que siempre le están recordando a ver si haces algo de provecho con tu vida. Finalmente, me decanto por utilizar la misma expresión que me sirvió para sobrevivir a mi primera sesión como confesor. –Solo estoy aquí para escuchar, no para opinar.

–Entiendo –replica Cayetana, limpiándose las lágrimas–. Creo que esto ha sido un error. Perdona que le haya hecho perder el tiempo. Puedo dejarte donde me indique.

–No te preocupes. Me quedo por aquí.

Se hace patente un mal augurio: quiere irse sin pagar.

Cayetana enciende el motor, baja el freno de mano, pisa embrague, pone primera y el coche recorre unos metros para que pueda abrir la puerta del copiloto y salir.

Igual que me sucede por las noches, las mujeres me hablan hasta que pago las copas. Luego, si te he visto no me acuerdo. El claxon de un coche que no puede pasar, por culpa del Escarabajo, me impide reclamar mi dinero. Sí, lo confirmo, sufro la novata del emprendedor: trabajar gratis.

Confesión autoriza. Te escucho

Capítulo IV.- Secreto de Confesión: Felipe II

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Capítulo 3.- Secreto de Confesión: Embarazo no deseado
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Capítulo 3.- Secreto de Confesión: Embarazo no deseado
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Me llamo Mario Conde y soy tu confesor. Si tienes un problema, te escucho
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de cuentas en la revista Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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