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Capítulo 43.- Micrófono Abierto: El último concierto

Micrófono Abierto: El último concierto

Estuvimos dando los últimos retoques hasta las ocho de la tarde. Alejandro Sanz, el artista invitado para el concierto en España, llegó a las cuatro de la tarde. Trabajar con él era muy sencillo, no tardó en congeniar. Tocamos y tocamos sin pensar en nada más.

Por los altavoces se anunció la hora de marchar al estadio. Andrea me esperaba en recepción. Esther comunicó que la furgoneta esperaba en la puerta.

–¿Están los deportivos en el garaje?

–Sí, señor Fidel.

–¿Cuántos Mercedes SSN hay en el garaje?

–Quedan dos, si contamos el del sorteo de hoy.

–Di a la guardia pretoriana que los saque también.

–¿Perdón?

–Lo que has oído, Esther. Diles que saquen todos los coches a la puerta.

–Lo que usted mande. –Esther se marchó a cumplir las órdenes.

–Si ha de ser el último entraremos a lo grande.

Sloane se presentó en la puerta de la discográfica a los pocos minutos.

–El dispositivo está listo. –Salimos y contemplamos la maravillosa estampa para los amantes de las cuatro ruedas. Cuatro todoterrenos de seguridad, dos delante y dos detrás, cerraban la marcha compuesta por once coches. Los Mercedes SSN eran para Pereza y Alejandro Sanz. Descendí la escalinata agarrado de Andrea–. No tendremos tráfico. Cooperamos con la Policía Nacional –nos informó. ¿Policía Nacional? ¿Por qué tantas molestias?

Mis dudas se disiparon en La Castellana y calles perpendiculares a la misma. Salvando el pasillo creado con vallas de seguridad amarillas del ayuntamiento, la gran avenida estaba tomada. El sueño de Susan se abrió y se expandió más allá de los alrededores del estadio. Las marcas de lujo, comics, tecnología, automoción, música y videojuegos, las grandes carpas y stand futuristas se repartían más allá de lo que la vista era capaz de alcanzar.

El público, al escuchar el ruido de los motores, se agolpó en las vallas para vernos pasar. Los flashes y los gritos de ánimo llegaban de todos lados. –¡Susan! ¡Susan! –La euforia, parecida a jugarse el orgullo de un país en el césped, era increíble, indescriptible, irrepetible.

Aparcamos los deportivos en el parking del estadio. La organización nos llevó a los camarotes. El interior del estadio estaba tomado por las firmas originarias de El sueño de Susan.

Desde arriba pudimos ver el museo automovilístico y la pista de kart. Parte de La Castellana se convirtió en una pista de pruebas para los deportivos de las distintas marcas. Cada cien metros se instaló un equipo de realidad virtual, el mismo utilizado en la carta de despedida del jefazo a Susan en Sevilla para que todo el mundo pudiera seguir el concierto desde fuera. El estadio cerró las puertas a las ocho y media.

Miré por una de las ventanas que daban al césped y comprobé una novedad en el escenario, un atril se elevaba por encima del público.

–Diez minutos –gritó uno de los coordinadores. Los nervios y el miedo escénico fueron aflorando.

El concierto abrió con Show must go on y la presentación de Pereza y los nuevos instrumentos acoplados al más puro estilo de la E Street Band. Tocamos canciones de uno y otro grupo. Lady Madrid y Amelie fueron las más aclamadas. Alejandro Sanz apareció a mitad del concierto para cantar Camino empedrado junto a Ignacio.

Desde el atril solicité al equipo técnico un micrófono para pedirle un favor a Alejandro. No estaba ensayada, pero le pedí prestada Amiga mía. No se negó, se subió conmigo al atril e hicimos un mano a mano con el acompañamiento de Elton.

Tras el favor personal, pedí otro a Rubén y Leiva, cantar la canción Todo. El público intuía que se acercaba el final, gritaba enérgicamente: –¡Otra! ¡Otra! ¡Otra! –exigía seguir con la fiesta.

La despedida estaba próxima. Estrella fugaz, la canción compuesta para el funeral de Susan, simbolizaba el final de la travesía, la caída del telón. El atril era lo suficientemente grande para todos. Alex se quedó en el escenario. El equipo técnico preparó un pequeño piano en una esquina para Elton.

Tres minutos y todo terminaría. El final de un grupo que subió como la espuma gracias a una estrella fugaz que nos orienta e ilumina desde el cielo. Casi al final de la canción, Ignacio y yo nos quedamos solos en el atril. El grupo quiso reconocer a los protagonistas, homenajear a las verdaderas estrellas. Ambos representábamos el espíritu y el pulmón de El sueño de Susan.

Siempre mantuve cierta distancia con el público. Carecía del llamado don de gentes. Sencillamente era un juglar al que le habían pedido ganarse la vida haciendo lo que mejor sabía: hacer de la música un estilo de vida.

Colocado detrás de Ignacio, saludaba a unas fans cuando este cayó desplomado encima de mí. Instintivamente retrasé un pie, contrarresté el peso para no caer al césped. Sujetándole por debajo de las axilas vi que tenía dos disparos en el pecho.

El grupo, paralizado por la imagen, dejó de tocar. Se escuchó un tercer y cuarto disparo llegado desde alguna parte. El público comenzó a correr despavorido hacia las salidas de emergencia.

Ignacio moría lentamente. El destino tenía preparada una nueva desgracia en el camino. Tumbé el cuerpo en el suelo para buscarle el pulso. Esta vez pelearía hasta el último suspiro. Llamé a Alex para que subiera a ayudarme. Presionamos las heridas para evitar que perdiera más sangre. Un grupo del 061 subió corriendo al atril.

–Por favor, bájense. Haremos todo lo que esté en nuestras manos –nos rogo de buenas formas uno de los médicos. Alex me bajó a trompicones del atril. Quería quedarme a ayudar. No era consciente que mi estancia allí dificultaba la tarea de los sanitarios.

Bajando del atril contemplé el cuerpo sin vida de Vicent Palmer tirado en el césped con tres disparos de bala, uno en la cabeza y dos en el cuerpo. Sloane tenía el arma desenfundada. Palmer yacía a menos de cinco metros del atril con un arma en la mano y el rostro oculto en una capucha.

El equipo de emergencia, a pesar del caos original, parecía tener la situación bajo control. Demasiado bien controlado. ¿Cuándo la casualidad pasa a convertirse en premeditación? Esperaba una encerrona, sacar a la luz pública pruebas falsas para colocarme las muertes de Susan y Laura, nunca abrir las puertas del estadio a un asesino y colocarlo en primera fila con orden de disparar.

La muerte de Palmer enterraba la verdad. El jefazo lo tenía previsto y bien atado. Crucé la mirada con Guillermo, estaba en la otra punta del escenario con Andrea. Un guardaespaldas no le permitía acercarse más. Hice una señal para que le permitiera pasar. Andrea se quedó fuera de la zona acordonada, no quería que viera el rostro de la muerte tan de cerca.

–Ignacio te ha salvado la vida. Van dos en una semana. Tienes un ángel de la guarda protegiéndote desde el cielo. Se ha arriesgado demasiado, ha errado dos veces seguidas.

–¿Qué pasará ahora?

–Fidel Apriori. –El inspector Agag se me acercó con tres policías nacionales–. Queda usted detenido por el asesinato de Laura García y Susana Montero. Por favor, acompáñenos sin ofrecer resistencia. –Miré a Guillermo sin saber qué hacer.

–Acompáñales.

***

Desde comisario me trasladaron a la prisión de Soto del Real. Rehusé alejarme de Andrea. Era lo único importante y valioso que me quedaba. Sin embargo, no tuve elección.

Hoy, convivo y comparto celda con el ex-comisario San Cristóbal, condenado por prevaricación, tráfico de influencias y otros delitos mayores, que el resto de presos desconoce.

Sloane suele visitarme para recordarme que si mantengo la boca callada no le pasa nada a Andrea. Resulta tranquilizador saber que ella estará bien, aunque eso conlleve pasar unos años entre rejas por causas no cometidas.

No pienso quedarme de brazos cruzados. Aquellos que me conocen saben que si me pinchan, muerdo. Aún así, debo ser cauto, cuenta con buenos socios, bien posicionados estratégicamente, en gobiernos y círculos de poder.

En la cárcel no tengo tiempo para aburrirme. Paso largas horas escribiendo la historia que estoy narrando sin omitir ningún detalle, contándola tal y como la he vivido. He aquí el resultado de tantas horas solitarias. Admito que me ha servido para desahogar mi conciencia. Aunque no lo diga un juez, me siento libre e inocente.

El público no me ha dado la espalda, no cesa de mostrarme su apoyo por lo que veo en prensa y televisión. Conocen mi historia, la historia de un pobre guitarrista que se vendió por diez millones y que tuvo la suerte de formar parte de una de las bandas más grandes de la historia.

La fama llegó tan rápido como nuestro fin. Gocé cada uno de los momentos. Al mirar atrás, y más cuando te encuentras en chirona, uno solo recuerda los buenos momentos. Gocé con vuestro calor. Gocé con Andrea. Gocé haciendo lo que más me gustaba. Y por supuesto, gocé viviendo ardientemente con Susan.

A la espera de mi juicio y con un fuerte deseo de venganza, me despido con mi frase preferida de Freddy Mercury: Show must go on.

La venganza es un plato que se sirve frío…

Los bandos comienzan a forjarse, la guerra civil se aproxima. Los cimientos de la integridad humana se deshacen, el fuego del poder y la lucha descontrolada de egos anticipa un escenario manchado de rojo…

Capítulo 1.- Crisis de Reputación: Dom Pérignon

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Capítulo 43.- Micrófono Abierto: El último concierto
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Capítulo 43.- Micrófono Abierto: El último concierto
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La lucha de tres hombres por conquistar a una mujer convierte la creación de un grupo de música en el negocio más rentable y exitoso de la industria discográfica
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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