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Capítulo 42.- Micrófono Abierto: El despertar del Ave Fénix

Micrófono Abierto: El despertar del Ave Fénix

El whisky quedó al lado de las cartas. Estiré el brazo para alcanzar una botella, pero la vista se detuvo en las cartas. La letra me era familiar, era la misma letra que me invitó al hotel Palace a vivir una pesadilla. Era la respuesta a muchas dudas. Por fin, sabría que sucedió aquella maldita noche. Pasé de la botella, necesitaba descubrir la verdad.

Abrí la primera carta seleccionada por Guillermo y saqué un par de cuartillas cuyo contenido interesante se resumía en unas líneas: el jefazo obligó a Susan a escribir la nota para mantener el secreto del aborto de Lucía a la prensa. Susan sabía que si eso se producía, su hermana podría suicidarse por culpa de la presión mediática. Ambas habían vivido en primera persona la falta de escrúpulos y remordimientos del jefazo para conseguir sus objetivos, ya fueran económicos, personales o sexuales.

Mi mente rellenaba lagunas vacías. No quería llegar a una conclusión errónea, leí la segunda carta seleccionada por Guillermo, la carta escrita el mismo día de su muerte. En ella explicaba la ilusión y el miedo que le producía el nuevo contrato. La libertad que suponía tener diez millones y el miedo a posibles represalias. Narraba, ingenuamente, que la coca, que la mató, se la entregó el jefazo para celebrar el ascenso. También confesaba la seguridad que le transmitía, el amor incondicional que sentía hacia mí, a pesar de llevar varias semanas sin hablarnos. Para ella, igual que para mí, la distancia se convirtió en un infierno.

Amor incondicional. Ella me quería. No era solo sexo y diversión. Existió un trasfondo que destruyó una mierda de polvo blanco. Un vicio asqueroso. Un puto vicio acabó con lo mejor que tenía, me llevó a vivir el momento más desgraciado de mi asquerosa vida.

Observé las botellas. Adiós, vicio de mierda. Sentí como las fuerzas retornaron. El león dormido rugía reclamando venganza. Agarré las dos botellas y las rompí en el fregadero. Las fuerzas resurgían de lo más profundo de mi ser, me sanaban de cualquier vicio pasado.

Apoyado en el fregadero, resoplé varias veces. Reflexioné sobre mi situación. El jefazo lanzó dos golpes bajos por la espalda que no supe ver a tiempo. Susan sirvió de cobaya. Pasó a peón cuando se reveló contra el rey, la arrojó sin piedad contra el ejército enemigo para conseguir una posición preferente.

La coca adulterada buscó un doble objetivo: matarnos a los dos haciendo que pareciera un accidente por falta de control. Sabía que tras negociar el acuerdo, vendría a buscarme para celebrarlo. Sobreviví por los pelos a una muerte anunciada.

La verdad salió a la luz. Los altercados durante el velatorio no fueron espontáneos. Las revueltas, los periodistas a favor y en contra, el impacto viral en la red… todo estaba milimétricamente planificado para enriquecerse a costa de un cadáver.

Susan se convirtió en una mosca cojonera. En el coche insinuó su intención de abandonar el proyecto. Quería volar a Hollywood para ser actriz. El jefazo nunca lo permitiría. Antes muerta que en brazos de otra compañía.

Se me presentaron varias dudas legales. ¿Existía un preacuerdo firmado? ¿Cómo afectaba su muerte al contrato original? ¿Habría medido mal los tiempos el jefazo, provocó su muerte antes de lo previsto? ¿En manos de quién estaban todos los derechos de Susan? En manos del jefazo si no se celebraba el concierto gracias a la cláusula de mala praxis. Cometió otro descuido, no creo que supiera que las hermanas se comunicaban por carta. Si las leía, seguro que descubriría más información.

Por una vez, vislumbraba con antelación el siguiente movimiento del jefazo. Si no me presentaba en el Santiago Bernabéu, conseguiría el control absoluto de un imperio capaz de producir cientos de millones. No era un mero grupo, franquicia, marca, estilo de vida o espíritu, eran todas ellas reunidas en torno a una mujer. El movimiento del domingo era uno de tantos. ¿Por dónde vendría el siguiente? No conseguía descifrar la estrategia global.

Salí a la terraza y saludé a la multitud de flashes. Los paparazzi me preguntaban sobre el concierto, la posible disolución del grupo, si eran cierto los rumores de una aventura con Susan, buscaban algún comentario acerca de mi opinión sobre Vicent Palmer.

Sonreí, levanté el pulgar hacia arriba. Busqué papel y boli para escribir una nota de prensa a mano. Los titulares de los periódicos abrieron el domingo con la fotografía del papel y la frase: Show must go on.

A pesar del frío, esperé la salida del sol sentado en una de las hamacas de la terraza. Medité la estrategia y transmití las órdenes a mis colaboradores. Con la salida del sol fui a prepararme para la guerra. Me duché y me puse el traje de gala, un traje rojo de Hugo Boss, una camisa blanca sin cuellos y la boina que solía llevar mi padre para ir al trabajo. Él también me vería tocar desde el cielo.

Bajé a la calle donde una multitud de periodistas se agolparon encima de mí. La discográfica activó el cordón de seguridad, hizo una cadena humana hasta el Cayman. Saludé a uno y otro lado, di las gracias a todos lo que me apoyaban en un momento tan duro. La gente me respondió con su aplauso, les animé a disfrutar del concierto. La expectación, el morbo y la curiosidad hasta la caída del telón estaban garantizados.

Recorrí el camino de vuelta a Madrid a 180 km/h escoltado por la Guardia Civil. Fui directo a la discográfica. Guillermo Salgado me esperaba al final de la escalera principal.

–El grupo te espera en el estudio de grabación. Repasan los temas con Rubén y Leiva. Tu jefe ha logrado reunirlos para el concierto, activó un plan B por si te caías de la lista a última hora.

–¿Y Andrea?

–En el apartamento, espera tu llegada. Lo ha pasado muy mal. Ha perdido el bebé.

–¿Cómo? –No me esperaba tan mala noticia.

–No lo sé. El asunto es complicado. Será mejor que hables con ella. Prepara el concierto mientras voy a recogerla.

Me quedé paralizado. Mi hijo había muerto. Muerto. Contuve la ira. Ahora no, me repetía. Ahora no. Aguanta, Fidel. Contén tu ira. Respiré hondo hasta recuperar el control de mi cuerpo. Concentrado, crucé las puertas de la discográfica.

A pesar de ser domingo, el hall funcionaba a pleno rendimiento. A medida que las personas me reconocían, se acercaban a saludarme y darme el pésame. Esther me acompañó al estudio de grabación.

El séquito paró de tocar para recibir a un viejo amigo perdido. Ignacio abandonó el micrófono para darme un cálido recibimiento. Me abrazó y me susurró al oído: –Sin resentimientos. –Alex me presentó a Rubén y Leiva, integrantes del grupo Pereza.

Ensayamos hasta la hora de comer. A mitad del almuerzo llegó Andrea. Corrí hacia ella nada más verla. Ella me esperaba con los brazos abiertos.

–Perdóname… –Las palabras ahogaban mi garganta.

–No digas nada. Concéntrate en el concierto. Hablaremos tranquilamente en casa.

No podía separarme de Andrea. Juntos gozamos grandes e inolvidables momentos. Siempre se mantuvo a mi lado. Nunca me cohibió hacer nada. Tampoco trató de cambiarme. Jamás escuché de su boca la palabra prohibido. Me aceptó tal y como era, me regaló lo mejor que tenía. Era mi consuelo. Mi felicidad se resumía en una palabra con nombre de mujer. Sin ella, no era nada. La protegería, pasara lo que pasara.

Alex se levantó y se colocó a mi lado.

–Tenemos que continuar.

–Lo eres todo para mí. –Pegué mi frente a la de Andrea.

–Lo sé.

La besé con ferviente pasión, como si aquel beso fuera a ser el último. Alex, como nuevo líder del grupo, nos concedió el tiempo necesario para despedirnos.

Capítulo 43.- Micrófono Abierto: El último concierto

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Capítulo 42.- Micrófono Abierto: El despertar del Ave Fénix
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Capítulo 42.- Micrófono Abierto: El despertar del Ave Fénix
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La lucha de tres hombres por conquistar a una mujer convierte la creación de un grupo de música en el negocio más rentable y exitoso de la industria discográfica
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de cuentas en la revista Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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