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Capítulo 40.- Micrófono Abierto: La Saeta

Micrófono Abierto: La Saeta

La hora de la despedida se acercaba. El grupo no paró de tocar, no hasta el último adiós en la Basílica de la Macarena. Andrea llamó a la puerta, nos pidió permiso para entrar con Ignacio. La mirada que me dirigió terminó por hundirme en una depresión irreversible.

–He leído la letra de la canción. Quiero cantársela en su funeral, despedirme como ella hubiera querido. Después, cada uno seguirá su camino.

El grupo aceptó. Ya discutiríamos si era o no la última cabalgada juntos. Los cuatro conocíamos la famosa penalización por no celebrarse un concierto, sin causas objetivas, con las entradas vendidas. El precio, en dinero, era inasumible.

Sloane abrió la puerta, nos avisó que tocaba salir para la iglesia. Nos pusimos las gafas de sol para que ninguna cámara pudiera captar nuestro verdadero estado de ánimo. Ignacio no vino con nosotros. Nunca fue parte del séquito. Trató de congeniar, se fue a Londres para aprender a comportarse como nosotros, pero nunca lo consiguió. Siempre se sintió desplazado, como un cuatro más uno.

Una larga fila de taxis esperaba en la puerta del tanatorio. El grupo coincidió con la salida del coche fúnebre. Fui el único que miró el féretro. Allí marchaba la inspiración, la pasión, la libertad, la rebeldía, lo prohibido, la desvergüenza, el miedo, la debilidad, el deseo, la mujer de mi vida. Esperé a que el coche pasara a mi lado, agaché la cabeza como señal de respeto. Imagen que captaron las cámaras presentes.

De camino a la iglesia, Andrea me sujetó con fuerza la mano. La furgoneta aparcó delante del Arco de la Macarena. El jefazo se acercó con Ignacio: –Honrémosla como es debido por última vez. –Las palabras fueron entendidas a pesar de los nervios. Allí, reunidos, nos encontrábamos los seis hombres que convirtieron a Susan en una estrella.

Resoplé fuertemente delante del coche fúnebre. No estaba seguro de poder llevar el féretro hasta el altar. Ignacio y yo íbamos en primera fila, seguidos del jefazo y Alex. Michael y Elton cerraron la marcha. Una banda de cornetas y tambores se colocó detrás de nosotros marcando el paso.

La gente lloraba desconsolada. El sonido de la banda afloró los sentimientos más profundos. Al salir del Arco de la Macarena, camino de la basílica, llovieron pétalos de rosas rojas y blancas del cielo. El público aplaudía fervientemente como si la señora de Sevilla, su virgen de la Macarena, les hiciera una visita en procesión.

Terminada la misa, el jefazo tomó la palabra, anunció el último adiós. Ignacio esperaba a que los demás estuviéramos listos con la cabeza apoyada en el micrófono. Alex, con la batería, dio la señal para indicar que estábamos listos. Las primeras frases de Estrella fugaz me atravesaron el corazón y la barrera del tiempo. Retornaron las imágenes de su muerte y no pude seguir tocando. Desorientado, la piel palideció, mi cuerpo chocó contra el suelo y perdí el conocimiento.

Corrieron a socorrerme. Se temió lo peor. Un médico consiguió reanimarme. Atolondrado, escuché a alguien pedir una camilla. Por un momento, pensé que el Todopoderoso iba a cumplir mi deseo de llevarme junto a ella. No fue así, Dios durmió la siesta para no escuchar mi plegaria.

Dudaron en cómo sacar el féretro a la calle. Aunando fuerzas, me coloqué en mi sitio, obligué al resto a hacer lo mismo. Alex acortó distancias conmigo para que cargara menos peso.

El ritual de salida fue parecido al de entrada. La banda formó un camino desde el altar hasta el coche fúnebre. Sonó La Saeta, la canción preferida de Susan en Semana Santa, y salimos a la calle con el aplauso general del pueblo de Sevilla.

Depositado el féretro en el coche, nos montamos en la furgoneta para ir al cementerio. En la puerta, vi la luz verde de un taxi. Sin saber porque lo hice, desaparecí sin avisar, destino La Carihuela.

Actué precipitadamente. Sin consultar con nadie, lo abandoné todo. No quería estar, ni ver a nadie. Escuchar un lamento o un lo siento, eran gestos con forma de puñal. Estuve presente, la vi morir. Fui testigo directo de cómo Susan se fue quedando sin aire.

En mi apartamento abrí una caja de whisky y me recluí en el baño. Rápidamente cayó una botella. El sueño hizo mella engullendo la segunda.

Capítulo 41.- Micrófono Abierto: Lucia

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Capítulo 40.- Micrófono Abierto: La Saeta
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Capítulo 40.- Micrófono Abierto: La Saeta
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La lucha de tres hombres por conquistar a una mujer convierte la creación de un grupo de música en el negocio más rentable y exitoso de la industria discográfica
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de cuentas en la revista Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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