Inicio » Novelas » Micrófono Abierto » Capítulo 38.- Micrófono Abierto: Corazón partido

Capítulo 38.- Micrófono Abierto: Corazón partido

Micrófono Abierto: Corazón partido

Jack Daniel´s solo –pidió Susan al camarero del bar en el avión de vuelta a Madrid–. Apenas hablamos desde que comenzó la gira.

–No te andes con rodeos, ¿qué sucede? –fui directo al grano. Nuestra relación se enfrió el día que nuestras respectivas parejas regresaron a nuestras vidas.

–Tengo un problema. Es sobre mi contrato. Cuando lo firmé, nunca pensé que esto llegaría a mover tanto dinero. Ahora pienso que estoy siendo estafada. Hablé con los abogados de la discográfica, siempre se remiten a la cláusula de cesión de todos mis derechos. Estoy molesta, muy molesta. Sé que tú y los chicos tenéis un abogado muy bueno. Quería saber si estaría dispuesto a representarme.

–¿Es todo?

–¿Cómo que si es todo? Coño, Fidel, no te estarás poniendo sentimental. Tienes a Andrea.

Susan se marchó indignada por la indiferencia mostrada.

–¿Tenéis teléfono? –pregunté al camarero. Me lo señaló y retiró la copa de Susan. Tuve que marcar varias veces el número de Guillermo Salgado.

–¿Quién es? –protestó, con una voz grave y molesta.

–Soy Fidel.

–¿Algún problema?

–Se trata de Susan. Quiere un aumento de sueldo y que tú la representes.

–¿Seguro que quieres hacerlo? Podemos abrir la caja de pandora.

–En este asunto me lavo las manos.

–Tú borraste la cláusula de cesión de derechos del contrato. Le obligas a negociar forzosamente a la discográfica en una posición de debilidad. Si él quiere, puede liquidar este asunto haciendo que parezca un accidente.

–Sigue en alerta y prepara la reunión.

Nada más colgar, comencé a escribir el texto que lees en este preciso momento. Tomé como punto de partida la noche que conocí a Ignacio. Escribía lento, no quería dejar ningún cabo suelto, quería contar la historia tal y como la había vivido, sin censura de ningún tipo.

***

Un plácido sueño en mi cama fue interrumpido por Andrea.

–¿Qué pasa? –ronroneé, necesitaba dormir para recuperarme del jet lag.

–Susan quiere hablar contigo a solas. Espera en el salón.

–¿Qué hora es?

–Las nueve de la noche.

–Dile que pase.

Susan, vestida de cowboy con bota tejanas, se abalanzó sobre mí.

–Gracias Fidel. Gracias –No paraba de besarme la frente–. Mañana por la tarde firmo el aumento. Recibiré un anticipo de diez millones. Fidel, soy muy feliz. Me siento libre. Por fin puedo hacer aquello que me venga en gana sin depender de nadie.

–¿Era eso? ¿Desde el principio solo buscabas dinero?

–Buscaba libertad. Una libertad que solo se puede comprar con muchos ceros en la cuenta corriente.

–¿E Ignacio?

–Un daño colateral. No pongas esa cara de tonto. –Susan nos engañó a todos.

–¿Y yo?

–Aquí estoy. Vengo a proponerte un plan para celebrar mi ascenso. Quiero ir al apartamento de la playa a celebrarlo. Quiero follar con el sonido de las olas de fondo.

–¿Hablas en serio?

–No tenemos nada que hacer hasta mañana por la tarde.

–¿Y Andrea?

–Joder, Fidel. Te propongo un buen plan y mira cómo te comportas. Eres un puto sentimentalista. Pensaba que eras un hombre. Me he vestido así para ti. –Intenté controlar a la cabeza de abajo. Ella sabía cómo manipularla a su antojo–. Un amigo me ha pasado una coca que dice ser la leche. ¿Te gustaría probarla encima de mi cuerpo desnudo?

Liberó a la fiera, despertó una necesidad instintiva insaciable. Cogí las llaves del Cayman y bajamos al garaje sin despedirnos de Andrea, estaba encerrada en el baño. Un par de todoterrenos se prepararon, el guardia del ascensor dio el aviso. Me traía sin cuidado, ya no teníamos que escondernos. Si el jefazo quería seguir con el espectáculo, tendría que ingeniárselas para que la noticia no llegara a oídos de Ignacio.

En la calle, media docena de fotógrafos captaron la imagen con sus cámaras. Observé por el espejo retrovisor como uno de los dos todoterrenos se paró. Tres guardaespaldas se bajaron del coche a destrozar y requisar las cámaras.

En la autovía del sur, el Cayman rugió a 190 km/h. Recorrimos la distancia que nos separaba del mar en menos de cuatro horas. No lo expresó abiertamente, pero Susan tenía la intención de abandonar la discográfica para ser actriz. Una baja inaceptable en el proyecto que no repliqué. Ya hablaríamos, al día siguiente, de asuntos importantes.

–¿Por qué pediste un apartamento tan pequeño? Podrías haber exigido algo mejor. –Era la primera vez que visitaba Doña Lucía.

–Se llama igual que mi hermana, la única persona en la que confío ciegamente. Aquí, me siento segura.

–¿Yo no te doy seguridad?

–Haces que todo mi cuerpo se tense –me susurró, acercándose a mí–. Aceleras mi respiración. Me pones muy guarra. –Su voz penetraba sensualmente por cada poro de mi piel–. Sabes ponerme cachonda. –Poco a poco se fue quitando la ropa–. Probemos la coca de mi amigo. –Sacó una pequeña bolsa del bolso vaquero e hizo una fina raya encima de un pecho. La esnifé de un tirón.

–Joder, es dura esta mierda –le comenté, perdiendo la cordura. Era la coca más fuerte que había probado en mi vida–. ¿Quién te la ha pasado? –No quería escucharme. Me obligó a tumbarme en el suelo boca arriba. Solo quería jugar y saciar su apetito sexual–. Es demasiado fuerte. Joder, como duele la cabeza.

–Calla gallina sensibleras –me recriminó. Me desnudó de cintura para arriba y preparó otra raya en mi barriga.

–No lo hagas. –Perdía el control de mi cuerpo, me quedaba sin fuerzas. Susan se sentó encima de mi cabeza para impedirme hablar.

–Calla y disfruta. –La droga era tan dura que a pesar de tener su coño encima, no conseguía empalmarme–. ¿No quieres que goce? –gimió, antes de inclinarse y esnifar la raya. Echó todo su cuerpo hacia atrás y respiró hondo–. Es el mejor polvo de mi vida. –No paraba de saltar y restregar su coño contra mi cara.

Percibí más que saltos, pequeños temblores, taquicardias. Quise gritar, pero era imposible. Susan cayó desplomada e inconsciente encima de mí. Perdió el conocimiento, pensé, hasta ver sus ojos abiertos, inexpresivos, mirando hacia ninguna parte. Juré que mataría al hijo de puta que le pasó la coca. Tumbado, con su cuerpo encima del mío, traté de buscarle el pulso cuando recuperé cierta sensibilidad. No había nada que hacer, Susan murió entre mis brazos.

El llanto desconsolado y la impotencia acompañaron el luto hasta recuperar completamente el control de mi cuerpo. Coloqué el cuerpo sin vida de mi amor en el sofá y lo contemple embobado. Me hubiese quedado allí, junto a ella, el resto de mi vida. Por qué la coca no me llevó a mí también. Era mi momento, no el suyo. Sentía como mi cuerpo, mi motor, mi esperanza, moría con ella. Nada volvería a ser igual. El vacío que se estaba produciendo en mi interior simulaba ser una daga clavándose lentamente en mi estómago.

Más no podía seguir llorando. Tenía que actuar con rapidez. Solo una persona era capaz de ayudarme en una situación así. Guillermo contestó a la primera.

–Cuéntame, Fidel, ¿estás contento con la negociación?

–Susan… Susan… –No me salían las palabras–. Susan ha muerto.

–¿Hablas en serio?

–¿Tan en serio como que tengo su cuerpo delante?

–Fidel, por el amor de Dios, ¿qué gilipollez has hecho?

–No he tenido la culpa. –Narré lo sucedido.

–No creo que tarden mucho tiempo en desalojarte. Pase lo que pase, haz caso a lo que te ordenen sin hacer tonterías–. Un golpe seco en la puerta interrumpió la conversación–. Ya están allí. Mientras hablábamos he avisado a tu jefe. Guarda una muestra de la coca antes de abrir la puerta. El resto, dásela a quien vaya a recogerte.

–Muchas gracias, Guillermo.

–Espera mi llamada para vernos a mitad de camino. Llamaré a tu jefe para coordinarnos.

Guardé una muestra de la coca en un pequeño bote de sal. Después, me concedí los últimos segundos a solas con mi amor.

Abrí la puerta y me choqué con el rostro indiferente de Sloane. Estaba impasible frente a un suceso de tal calibre, actuaba como si fuera una práctica habitual en su hacer diario. Por primera vez, desde que le conozco, me infundió un miedo atroz.

–Sal sin hacer ruido. Sube a Madrid y espera instrucciones.

Tocaba partir, abandonar a mi amor a su destino. La pena impedía la marcha. No quería irme, no quería dejarla sola. Ella representaba mi éxito, mi pasión, mi inspiración. No quería abandonarla como se abandona un animal en mitad de la carretera. Susan no se merecía este final.

Sloane recogió mis pertenencias y me cerró la puerta del apartamento en mis narices. El portazo cayó como un jarro de agua fría, me hizo recuperar, en cierto modo, la compostura. El corazón latía con fuerza, exigía salir del pecho. No era consciente de lo sucedido, ni de lo que vendría a continuación.

Pasado Despeñaperros, recibí una llamada de Guillermo para vernos en una estación de servicio. Llegué primero. A pesar del frío, esperé fuera del coche. Me lo impuse como castigo por no haber hecho el más mínimo esfuerzo para tratar de salvarla. Actué como un mero espectador que va al cine a ver una película de miedo.

Las luces de un Mercedes SLK me deslumbraron. Guillermo, con un semblante serio, vestido de riguroso luto, me abrazó y me dio el pésame.

–¿Cómo te encuentras?

–Aún no me lo creo. No me lo creo. No… –Tomaba consciencia de lo sucedido–. Creo…

Lloré. Necesitaba desahogarme, sacar hacia fuera la tensión acumulada. Sonaba frívolo, pero no era una muerte más en mi camino. Verdaderamente sentía algo especial por Susan, una relación imposible y pasional. Éramos dos almas gemelas que nos tocó convivir en un mal momento. Perdía las ganas de vivir. ¿Olvidar? ¿Recordar? ¿Extrañar? La lista de verbos para momentos amargos era infinita. Tan larga como el vacío sufrido.

–Se hace tarde. Debes regresar a Madrid. He preparado una coartada con tu jefe. Has pasado la noche en su casa discutiendo el rumbo del proyecto a raíz de los acontecimientos generados por el aumento de sueldo de Susan. Esperará hasta mañana por la tarde para anunciar su muerte. Emitirá un comunicado de prensa después de avisar a la familia.

–¿Se suspende la gira?

Show must go on, ha sido su respuesta.

–Valiente hijo de puta –escupí, golpeando las ruedas del Cayman–. Le odio. Le odio, le oooodio.

–¡No seas gilipollas! ¿Me oyes? Tiene suficiente material para encerrarte de por vida. ¿Todavía no lo ves? Te tiene contra las cuerdas. Con lo sucedido esta noche, te tiene a su entera voluntad.

–No pienso lamerle el culo.

–No tienes otra salida.

–Me la suda. Correré con las consecuencias. No voy a cargar con algo que no he hecho.

–Lo importante ahora no es lo que tú pienses, sino qué pensará el juez.

–Me la suda el juez y el puto jefe de los cojones. Me cago en todo este tinglado. Me cago en todo. ¡¡Qué se vaya todo a la mierda!!

–No hagas ninguna tontería, ¿me escuchas?

–¿Qué no haga ninguna tontería? Joder, Guillermo, desde que acepté los diez millones no hago otra cosa. Qué le den. Me largo. Desapareceré. Buscaré consuelo en una pequeña isla donde no haya radio, ni televisión. Un país donde nunca hayan oído hablar de Susan. Un lugar donde sufrir en soledad su muerte. Moriré lentamente hasta que mi espíritu decida un día no despertar.

–Muy bien. Hazlo. Cojonudo. Huye. Dale la razón. Vamos. ¿Qué será de Alex, Michael y Elton? Y lo más importante, ¿qué será de Andrea y tu hijo? ¿También vas a abandonarlos a merced de una hiena hambrienta de venganza?

Hasta ese momento no reparé en ellos. No caminaba solo. No los abandonaría. No se repetiría la triste historia de mi infancia. Tocaba luchar, plantar cara y mirar de frente al problema.

–¿Qué tienes en mente?

–Aguantar los golpes. Queda un último concierto. No por Susan, ella pasó a un segundo plano tras el concierto de Nueva York. El final llegará por Ignacio. Él será quien ponga fin a todo esto. Aguanta un último concierto. Luego, si quieres retirarte, sé de algunos lugares. Pero no ahora. Fidel, no ahora. Ahora toca soportar con entereza los golpes del adversario. Aguanta y embiste. Aguanta y embiste. No te retires de la partida porque te han comido la reina. No ahora. No después de haber luchado tanto. No lo permitas.

–Está bien, lo haré. Búscame un bonito ataúd para dentro de una semana.

–Lo haré.

Tuve suerte de no cruzarme con nadie, a excepción del nuevo guardia del ascensor. ¿Casualidad o causalidad? Era su primer turno en el bloque de El Viso.

Andrea me preguntó si estaba bien cuando me vio entrar. Me dijo que parecía estar demasiado alterado. Mentí, utilicé la coartada diseñada entre el jefazo y Guillermo. No quiso entrar en detalles, circunstancia que agradecí. Si me hubiera preguntado un poco, le hubiera confesado la verdad.

Intenté dormir, pero fue imposible. La imagen de Susan muerta se grabó a fuego en mi mente. Una y otra vez se repitió, como un disco rayado, su silueta dando saltos antes de desplomarse encima de mí. Clamé a la muerte para que viniera a verme, le imploré desesperadamente tener unas palabras cara a cara para poder reprocharle mierda. No me escuchó, prefirió mirar hacia otro lado, decidió dejarme con la miel en los labios para verme vagar como un muerto en vida.

Capítulo 39.- Micrófono Abierto: Luto en Sevilla

Summary
Capítulo 38.- Micrófono Abierto: Corazón partido
Article Name
Capítulo 38.- Micrófono Abierto: Corazón partido
Description
La lucha de tres hombres por conquistar a una mujer convierte la creación de un grupo de música en el negocio más rentable y exitoso de la industria discográfica
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

Entradas similares

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *