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Capítulo 33.- Micrófono Abierto: Ángel de la guarda

Micrófono Abierto: Ángel de la guarda

Tapé la moto y llamé al ascensor. Tom saludó con el buenas noches protocolario. En su cara aún se palpaba el dilema de la mañana.

–¿Qué te sucede?

–Espere a que lleguemos a su planta. –No comprendí el comentario–. El sobre está delante de la mesa del televisor.

¿Un sobre? Entré desconcertado al apartamento. No vi a Andrea. Miré al reloj: las once de la noche. ¿Dónde estaría? ¿Y sí…? Corrí a abrir el sobre. En su interior había un folio doblado.

Querido Fidel: 

Cuando leas esta carta estaré de nuevo en Barcelona. Me marcho un tiempo para meditar sobre todo lo que nos ha sucedido. De alguna manera, siento que existe una barrera infranqueable entre nosotros dos.

Quiero quererte, pero no sé si tú quieres que te quiera. Me has regalado todo lo bueno y lo malo que puede darte la vida. Estos días atrás han sucedidos episodios que me han hecho tomar esta decisión. Necesito apartarme un tiempo de ti para saber si te quiero.

Respeta mi decisión. Te lo suplico, no vengas a Barcelona. Vuelvo a mi local con mi gente y mi antigua vida. Necesito encontrarme conmigo misma. Daré largos paseos por la playa en busca de respuestas.

No permitas que nada, ni nadie, te tumbe. Mientras alguien se acuerde de ti, nunca estarás solo.

Como diría Freddy Mercury: Show must go on.

Un beso.

Releí la carta varias veces, tardé en asimilar que Andrea me había abandonado. Furioso, lancé una patada al televisor. Continué con el equipo de música, el jarrón de porcelana que Michael le regaló a Andrea y la estantería de discos.

Un huracán descontrolado paseó por el apartamento destruyendo todo lo que encontraba a su paso. Necesitaba… la necesitaba. La aparté durante demasiado tiempo de mi lado. Solo ella sabía curarme.

Corrí al armario. El remedio a cualquier mal se escondía en una caja de zapatos en forma de polvo blanco. La sucia zorra se había marchado, la misma que me exigió que la dejara. Qué hipocresía. Saqué una de las bolsas para prepararme un festín con tres rayas. Hasta la segunda no aprecié los efectos placenteros. Disfruté del viaje tumbado en la cama.

Tenía ganas de fiesta. No quería salir, pero tampoco quería estar solo. Pensé en llamar a alguien del grupo. Todos, salvo Michael, estaban fuera. Michael era demasiado aburrido. Cogí el móvil. Me apetecía una noche loca de sexo. Quería liberar mi instinto animal. Quería volver a poseerla. A ella. Solo a ella. La llamé varias veces sin recibir contestación. Le mandé un mensaje:

Estoy en la cama del apartamento con varias rayas en la mesa

y el instinto animal listo para el sexo salvaje

Esperé mirando al techo. No recibí respuesta. Deprimido, me incorporé a tomar la tercera dosis de felicidad. Preparé una nueva para juntarlas. La dosis era excesiva, me daba igual. A la mierda.

Sweet Child O´Mine de Guns N´Roses interrumpió el coctel explosivo. ¿Quién llamaba a estas horas? Descolgué para despedirme.

–El ángel malherido se encuentra a punto de zarpar. Si desea dejar algún mensaje, espere a que se marche.

–¿Te vas a marchar sin un polvo de despedida? –Reconocí la voz de mi ángel.

–El vuelo es para dos personas.

–¿Hace falta mucho equipaje?

El ángel de la guarda acudía a la llamada de auxilio del ángel malherido. Las puertas del ascensor no tardaron en abrirse.

–¿No está tu guardaespaldas?

–Se lo han llevado a Londres.

–¿Una nueva misión?

–Quiere hacerse bailarín.

–Así tendrá más tiempo para experimentar.

–No puedo salir del apartamento.

–No te considero tan fea.

–El todopoderoso quiere que aumente la tensión sexual de mis fans.

–En eso puedo ayudarte.

–Pensaba que nunca obedecías al todopoderoso.

–Será nuestro secreto. No conviene que lo sepa.

–¿Por qué?

–Se pondría celoso y se haría una paja.

–Muchos hombres se hacen pajas conmigo.

–Yo no.

–Ambos sabemos que eso es mentira.

–¿Quién ha dicho que esto sea el juego de la verdad?

–¿Piensas seguir hablando? Tengo ganas de follar. –Susan se deshizo del abrigo que ocultaba su cuerpo desnudo.

***

Al día siguiente, Tom no me ofreció el saludo protocolario.

–¿Sigues preocupado?

–Inquieto es la palabra correcta.

–¿Por lo del sobre?

–No me gusta el papel de mensajero.

–Es agua pasada. Venga, anímate. Celebremos mi soltería con una timba de póker esta noche.

–Estoy de servicio. –Las puertas del ascensor se cerraron. El Aston Martin vino hacia mí.

–Ten cuidado. Estas jugando con un arma de doble filo –me advirtió Michael sin bajarse del coche.

–¿Lo sabes?

–Todos lo saben.

–¿Qué opinas?

–La sensatez está separada por una línea muy fina de la estupidez.

Si la información es poder, hacerse pública la aventura con Susan traería malos augurios para el grupo. Habría que llevarlo con discreción, olvidarlo de puertas hacia afuera. Sería tarea ardua y casi imposible.

Aparqué los pensamientos en la puerta del almacén. El primer ensayo oficial fue un completo desastre. Hasta bien llegada la noche no se vio algo meramente vulgar. Éramos muy exigentes en el trabajo. No valía cualquier cosa. Tenía que ser inolvidable.

Al término del ensayo, Alex propuso ir a cenar. Decliné la invitación.

–¿Qué sucede? –pregunté a Alex. Me apartó para que nadie nos pudiera escuchar.

–Disfruta todo lo que puedas, pero no te enamores de ella. No es trigo limpio.

–Entendido. –Chocamos los puños para firmar el acuerdo de amistad.

Todos lo saben, me repetía una y otra vez. Todos lo saben. Todos. Mal augurio para mí. Mal augurio para el grupo. Mal augurio futuro. Había que detenerse a analizar las consecuencias, ver a quién se arrastraba con las decisiones de uno. Pasara lo que pasara, no habría final feliz.

Desde el principio de esta rocambolesca historia, Ignacio contaba con la papeleta para convertirse en cabeza de turco. ¿Cuántos conciertos daríamos juntos? ¿Llegaríamos a Asia? No seamos tan objetivos, ¿llegaríamos a Europa? O peor aún, ¿llegaríamos a ofrecer un concierto completo? Creo que por eso nos esforzábamos tanto en los ensayos, para que el primero, posiblemente el último, llegara a la categoría de inolvidable. Al menos uno. Un concierto inolvidable completo.

Capítulo 34.- Micrófono Abierto: AC/DC

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Capítulo 33.- Micrófono Abierto: Ángel de la guarda
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Capítulo 33.- Micrófono Abierto: Ángel de la guarda
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La lucha de tres hombres por conquistar a una mujer convierte la creación de un grupo de música en el negocio más rentable y exitoso de la industria discográfica
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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