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Capítulo 32.- Micrófono Abierto: Piquito de oro

Micrófono Abierto: Piquito de oro

El vibrador del iPhone actuó de despertador.

–Fidel, soy Abel. Estoy con mi nieta en Madrid. ¿A qué hora nos vemos?

–Espera. –Necesitaba unos segundos para estirarme–. Nos vemos en un par de horas en el Congreso de los Diputados.

Andrea no estaba en el apartamento. En el ascensor noté a Tom un tanto distante, como si estuviera combatiendo contra un dilema. No estaba de humor para hacer de confesor. Fui al Congreso de los Diputados montado en la Gold Wing, con un todoterreno detrás. Últimamente, Sloane seguía mi trabajo muy de cerca. En cierta medida, me gustaba tenerlo detrás, notar la presencia de la mano ejecutora del jefazo. Era un tratamiento efectivo contra la soledad. ¿Qué nuevo movimiento estaría preparando? Debía ir con pies de plomo, el jefazo podría señalarme en cualquier momento como el autor material del asesinato de Laura.

Abel me esperaba en la verja de hierro forjado que da acceso al Congreso de los Diputados con su nieta de nueve años.

–Abuelo, quiero ver a Susan.

–Luego.

–Abuelo, quiero ver a Susan.

–Luego.

–Abuelo, quiero ver a Susan.

–Luego.

La nieta, fiel reflejo de las consecuencias de la mala educación familiar, era una niña malcriada a la que se le consentía todo lo que pedía por la boca para no escucharla.

–Mira, niña, como no te calles y me dejes hablar con tu abuelo, no te llevaré a ver a Susan. –La nieta no abrió la boca hasta que salimos del Congreso de los Diputados.

Abel me puso al día sobre mi abogado paseando por el hemiciclo.

–Guillermo Salgado es un abogado criminalista especializado en asuntos de drogas, armas, sociedades fantasmas y todo tipo de instrumentos delictivos. Inexplicablemente, se retiró del oficio sin motivo conocido. Algunas personas relacionan el retiro profesional con la desaparición de un amigo llamado Lucio Vargas, un perro viejo dentro de los Cuerpos de Seguridad del Estado. No se sabe nada a ciencia cierta, parece que ambos pertenecían a una unidad secreta denominada Chaqueta Vieja. Los chicos de la oficina están analizando los casos en los que participó en busca de patrones comunes. A tu pregunta de si es un hombre de fiar, te responderé que siempre y cuando tenga la cartera llena. Mantenlo contento y él te defenderá a capa y espada.

Era todo lo que necesitaba saber. Los derechos de Fruta prohibida se encargaban de abonar sus honorarios. Llegó a mis oídos, por boca de los trabajadores de la discográfica, que un abogado se presentó, sin previo aviso, en el despacho del jefazo para hablar de un negocio pendiente. Nadie sabe que sucedió, tan solo que de la noche a la mañana, los cuatro conspiradores gozábamos de nuevos ingresos en la cuenta corriente.

Debía abrir bien los ojos, el jefazo preparaba su nuevo golpe escondido en las sombras. A diferencia de Sloane, cuyos movimientos eran predecibles, los movimientos del jefazo eran lentos, premeditados y apreciables cuando el puño estaba acariciando tu cara. Contratar a Guillermo Salgado era un seguro de vida más que aceptable.

–Llevemos a tu nieta a ver a Susan.

En la calle aprecié la ausencia de un guardia pretoriano dentro del todoterreno. Seguramente seguiría dentro. ¿Habría escuchado la conversación? No estaba seguro. A raíz del caso Oro Blanco de espionaje, se instalaron inhibidores que impedían grabar cualquier tipo de vídeo o sonido no autorizado dentro del Congreso.

–¿Dónde está Susan? –pregunté a Sloane. Este se encogió de hombros–. Adivínalo –exigí.

–¿Y si no me da la gana?

–Déjame pensar. Con mi nuevo abogado y dos testigos… creo que conseguiría despedirte. ¡Mejor aún! Denunciarte por acoso. No, no. ¡Espera! Todavía mejor: intento de asesinato o violación. Déjame pensar por qué más. Serías un culito apetecible en prisión. –Sloane pasaba de seguir escuchando gillipolleces. Preguntó a uno de sus hombres por el pinganillo.

–Está en el almacén con Ignacio.

–Llévanos. –Me monté en el asiento del copiloto. A Sloane no le dio tiempo a replicar. Abel y su nieta se acomodaron en la parte trasera.

La nieta no se calló durante el trayecto. Que si Susan esto, que si Susan lo otro, que si de mayor quería ser como Susan, que lo tenía todo de Susan, que Susan era su ídolo, su imagen, su reina, su inspiración. Disfrutaba ver como Sloane se contenía para no gritar que se fuera a la mierda. Resopló aliviado al detener el vehículo delante del almacén. Uno de los asistentes de la gira salió a recibirnos.

–Lleva a la niña a ver a Susan –le ordené. La nieta, aparte de malcriada, también resultó ser avispada. Sin pudor alguno, se agarró con fuerza al brazo del asistente–. Ahora te toca aguantarla un rato. –Abel rio el comentario–. Vaya bicho tienes de nieta. Ven, te enseñaré las instalaciones.

La actividad era frenética dentro del almacén. Las bailarinas ensayaban en una de las esquinas. Los técnicos probaban distintos tipos de iluminación con gente de su equipo encima del escenario. Quitando a Ignacio, ningún miembro del séquito apareció por el almacén ese día.

Otro asistente se acercó con dos botellas de agua. Sin abrir la boca, entregó una a Abel. Yo la rechacé. El jefe de sonido nos ofreció dos sillas antes de hacer una demostración del universo creado a partir de la tecnología coreana de realidad virtual. Abel, un fanático de la tecnología, no se cansó de preguntar sobre el funcionamiento. Yo me divertía viendo el encuentro entre Susan y la nieta.

–Verdaderamente increíble –exclamó Abel. Disfrutó más que un niño en una tienda de golosinas.

–Y eso que aún no has visto a los cinco jinetes tocando.

–Buen negocio tienes aquí montado. Merece la pena pagar la entrada por ver la tecnología funcionando. –El asistente que salió a recibirnos fuera del almacén regresó con la nieta–. ¿Cómo ha sido conocer a Susan? –preguntó el abuelo ilusionado.

–Fantástico. Es el mejor día de mi vida. Es la mejor, es única. Divina. Glamurosa. Soy yo de mayor. –Una chica del departamento de marketing se acercó para comentarme algo al oído. Incliné la cabeza en señal de aprobación.

–Disculpe –dijo la chica, mirando a Abel–. ¿Permitiría a su nieta grabar algunas entrevistas con Susan para varias cadenas de radio y televisión?

–¿En serio, Susan y yo Juntas en televisión? Sí, sí, sí, sí –gritaba la nieta histérica, dando saltos de alegría.

–¿Me queda otra alternativa? –exclamó Abel.

–Creo que no –concluí.

–Cómo molas, calvete –expresó la nieta, volviéndose a marchar con la chica de marketing. El comentario me molestó. No estaba acostumbrado a las críticas sobre mi aspecto físico. El abuelo tuvo que volver a disculparse por los malos modales de la nieta.

Divididos en dos coches, las chicas en uno y los chicos en otro, llegamos a la discográfica. Las entrevistas con la nieta servirían de gancho y reclamo publicitario para la presentación oficial de El sueño de Susan.

Ninguno de los corresponsales esperaba a una niña de nueve años sin vergüenza y enamorada de su ídolo. Ella era su fiel escudero, salía a defenderla cada vez que el entrevistador trataba de hacerle una pregunta incómoda sobre el grupo. Una de las escenas más graciosas fue cuando uno de los entrevistadores preguntó a Susan acerca del nombre del grupo.

–¿Cómo se va a llamar, si no? –soltó, piquito de oro.

–Esta pregunta va dirigida a Susan –replicó el entrevistador.

–¿Por qué te metes con el nombre del grupo? Es super bonito.

–No me meto con él.

–Eso parece. Parece que no te gusta Susan.

–Yo no he dicho eso.

–Pues sí los has dicho, ¿sabes? Eso no se hace a Susan.

La nieta fue sacando de sus casillas a cada entrevistador. Incluso el famoso estadounidense Dan Brent, conocido por su tono mordaz y agresivo, no fue rival para ella. La audiencia estaba garantizada a un coste muy reducido.

–Tu nieta se merece un premio –felicité a Abel. Piquito de oro logró crear, sin quererlo, una cortina de humo a la hora de hablar del nombre y origen del grupo–. No se lo digas todavía, coméntale, dentro de unos días, si quiere ser la presidenta del clubs de fans de Susan en España. Os prepararemos un viaje a Londres para ver el primer concierto de la gira. –Abel no supo como agradecer tal gesto.

Por suerte para todos, la nieta cayó rendida como cae la noche. El abuelo la acomodó en el asiento de atrás de su vehículo antes de despedirse. Qué duro es el trabajo de padre. ¿Cómo lo haría yo? Pasara lo que pasara, evitaría tener un hijo parecido a piquito de oro.

Capítulo 33.- Micrófono Abierto: Ángel de la guarda

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Capítulo 32.- Micrófono Abierto: Piquito de oro
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Capítulo 32.- Micrófono Abierto: Piquito de oro
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La lucha de tres hombres por conquistar a una mujer convierte la creación de un grupo de música en el negocio más rentable y exitoso de la industria discográfica
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de cuentas en la revista Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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