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Capítulo 31.- Micrófono Abierto: El puñetazo

Micrófono Abierto: El puñetazo

Desperté a Andrea con un beso. –Vístete. Quiero llevarte a ver el escenario de la gira. –Preparé el desayuno mientras Andrea se arreglaba para dejarme boquiabierto. Estaba despampanante, era pura explosión. Surgieron unas ganas enormes de follar y no salir en todo el día. –Ya estoy vestida para el postre. –Intenté adelantar el momento. El carácter oculto de Andrea rechazó cualquier tipo de cortejo previo. Fogosa, consiguió volverme loco otra vez.

El ascensor se detuvo a medio camino. Entraron Ignacio y Susan. Las chicas se saludaron efusivamente, hablaban del niño que venía de camino. Nosotros nos saludamos con un simple –¿qué tal? –Su distanciamiento con el resto del grupo era cada vez más patente. Susan ocultó su rostro detrás de unas enormes gafas de sol, estilo mosca. No pude analizar su verdadera impresión al verme.

Mi corazón latía aceleradamente, retornaron de golpe los recuerdos previos a la pérdida del conocimiento en el Palace: la llegada al hotel, la copa en el salón central, la llamada telefónica a Guillermo, el vaso de agua en la mesa de noche, el bulto oculto bajo las sábanas, el cuerpo de una mujer muerta. Demasiados interrogantes abiertos, tenía que descubrir en qué bando jugaba Susan.

Las puertas se abrieron y cada pareja se dirigió a su deportivo.

Sloane aguardaba sentado en el volante de uno de los todoterrenos. Condujo detrás del Cayman. Adelanté al Ferrari de Ignacio y Sloane me siguió. Luego, aminoré, permití que el Ferrari me adelantara. El todoterreno también aminoró la velocidad. El juego de egos era divertido. Tuve que dejarlo cuando Andrea lo exigió a gritos.

Aparcamos los deportivos dentro del almacén. Andrea se quedó sin palabras al contemplar la magnitud del escenario. Le parecía imposible pensar que un grupo desconocido pudiera actuar en una mole de aluminio, representando el universo, como la que tenía delante.

Susan no se inmutó. Una mirada de complicidad reflejó la excitación por el pique en la autovía con Sloane. Ella veneraba la eterna lucha contra las normas establecidas. No le presté atención. Era vital eliminarla de mi cabeza. Era un arma de doble filo capaz de destruirme.

Besé a Andrea y subí al escenario con el séquito. Rafa Méndez, el coreógrafo, se llevó a Ignacio a una esquina para explicarle sus ideas.

–Queremos resucitar el espíritu de Freddy Mercury –gritó Alex a Rafa, acompañado de un redoble de tambor.

–¿Me permitís hacer mi trabajo? –rogó Rafa, con un aire finolis, que provocó la risa colectiva de las personas que lo escucharon. –Me voy. Adiós. Kiss. Sayonara. No puede enseñar arte a dinosaurios.

Casi conseguimos echarlo. –Espera –le dijo Andrea. –Fidel, si tú quieres ser un pato mareado encima del escenario, allá tú. Déjale trabajar con los que lo deseen. –No me esperaba este ataque. Desprevenido, no supe reaccionar. Rafa se llevó a Ignacio a un lugar más tranquilo dónde poder hablar sin interrupciones.

–Uiuiuiuiui –susurraron Alex y Elton. Rafa e Ignacio pasaban a su lado.

–Qué carácter tiene tu novia –comentó Alex. Elton rio la broma, acompañó su argumento con unas notas al piano. Alex improvisó algunos ritmos, juntos crearon un estribillo para meterse conmigo.

–Cabrones, dejaros de tonterías. Vamos a ensayar –grité. No me gusta ser el centro de las bromas. Tras una larga risa general, Alex marcó la entrada de Camino empedrado.

Ensayamos sin parar hasta la hora de comer. Las chicas disfrutaron del ensayo desde la mesa de mezclas, donde el jefe de sonido les explicó para que servía cada botón. Cualquier curiosidad era buena para mantener a su lado a tan bella compañía. Entre una y otra explicación, soltó algún piropo, correspondido por Susan con una risa tonta.

Paramos porque nos lo pidieron las chicas. Fuimos a picar algo en el primer restaurante que vimos al salir del almacén para no perder tiempo. El grupo estaba en pleno desarrollo creativo.

Ignacio no abrió la boca durante la comida. El futuro de El sueño de Susan peligraba a unos días del estreno. Susan también se percató y trató de animarlo. Era imposible negarlo, existía cierta complicidad entre nosotros.

Susan fue al baño. Esperé unos minutos antes de levantarme e ir a buscarla. Ignacio me siguió con la mirada. No le presté atención, mi lucha personal contra el jefazo era más importante. Ella abría la puerta del servicio cuando llegué a su encuentro.

–Tenemos que hablar.

–Por favor, Fidel. Olvídalo.

–¿Quieres que olvide el asesinato de Laura?

–Por favor, Fidel. Por favor. Te lo ruego –Susan estaba pálida–. Por el bien de los dos, olvídalo. –Se acercó a mí, me regaló un fuerte beso en los labios y regresó con el grupo. Está aterrorizada. Siente pavor por el jefazo.

–¿Te lo has pasado bien? –No me esperaba la presencia de Ignacio.

–¿Disculpa? –respondí, incrédulo.

–No te hagas el tonto conmigo. He visto como la miras. Eres un sucio… –Un puñetazo directo a la cara le impidió terminar la frase.

–No seas gilipollas –escupí, saliendo del baño.

En la mesa actué como si nada hubiera sucedido. Los minutos pasaban e Ignacio no aparecía. Quizás le pegué demasiado fuerte. Respiré aliviado al verle salir del restaurante con semblante serio. Susan salió detrás de él. El resto amenazó con su mirada.

–¿Qué coño has hecho? –preguntó Alex, con cara de pocos amigos.

–No tengo que dar explicaciones.

Salí del restaurante. No quería hablar con nadie. Hice lo que me pedía el cuerpo, espabilarle. A lo lejos vi discutir a Susan con Ignacio. Andrea apareció para frenarme. –Necesito estar solo –le rogué por la ventana del Cayman. –Nos vemos esta noche en el piso.

Pasé la tarde dando vueltas por Madrid, sin arrepentirme por lo sucedido. Sí temía por el futuro del grupo tras una acción tan temperamental. Ignacio, quisiera o no, era una pieza clave. Por primera vez, en mi miserable existencia, me llenaba como persona aquello que hacía. Trabajaba con un grupo sin límites creativos. Sin subirme a un escenario, había ganado más dinero del que pudiera imaginar. Convivía con una mujer excepcional, con el deber de criar un hijo dentro de unos meses. Un privilegio que se podía ir a la mierda por un asunto de faldas. Susan era una fuente de problemas, algo se marchitaba cuando me acercaba demasiado a ella.

Regresé al apartamento cansado física y psíquicamente sin intercambiar palabra alguna con Tom en el ascensor. Las luces del apartamento, salvo una llegada desde el dormitorio, estaban apagadas. Caminé hacia ella. La luz iluminaba el rostro de Andrea. Aprecié signos de haber llorado. Quise acariciarla. Se revolvió y me dio la espalda.

–¿Qué te ocurre? –pregunté.

–Nada.

Visto que no quería hablar, me tumbé en el sofá. Michael me prestó un DVD de la última gira de AC/DC. Me puse los cascos para no molestar a Andrea y busqué TNT. Escuché la canción tres veces seguidas. A la cuarta, me quedé dormido y se reprodujo el resto del DVD.

Capítulo 32.- Micrófono Abierto: Piquito de oro

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Capítulo 31.- Micrófono Abierto: El puñetazo
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Capítulo 31.- Micrófono Abierto: El puñetazo
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La lucha de tres hombres por conquistar a una mujer convierte la creación de un grupo de música en el negocio más rentable y exitoso de la industria discográfica
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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