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Capítulo 29.- Micrófono Abierto: Horrible pesadilla

Micrófono Abierto: Horrible pesadilla

Pasé del negro al blanco en un instante. Vivía en un estado de paz y tranquilidad. No recordaba nada, más nada me preocupaba. ¿Quién era? Me llamo Fidel. ¿Dónde estaba? Buena pregunta.

Poco a poco recuperé la consciencia, escuchaba vagos ruidos parecidos a una radio desintonizada. No, era la voz de una mujer. ¿Quién sería? Parece que grita mi nombre. Fidel está cansado, desea seguir durmiendo. –Fidel. Fidel. Fidel –repetía la voz. Una frase revoloteaba por mi cabeza. No le encontraba sentido. ¿Estaría volviéndome loco? No, era de alguien. ¿De quién? Piensa, Fidel, piensa. El subconsciente no me permitía soñar en paz.

La mente comenzó a carburar, a reaccionar, a formular hipótesis. –Fidel. Fidel. Fidel. –La voz sonaba más fuerte. Era… No… Noooooooo… Aterrorizado, abrí los ojos de golpe.

–¡Nooooooooooo! –grité, incorporándome en la cama.

–Fidel, cálmate. Has tenido una pesadilla. Estás en casa. –Andrea acariciaba mi rostro empapado en sudor–. Llevas dos días durmiendo.

–¿Qué ha pasado? –pregunté aturdido–. ¿Todo ha sido una pesadilla?

–Tuvieron que sacarte de la discoteca por la puerta de atrás para que nadie viese el estado en el que te encontrabas. Te trajeron de madrugada después de hacerte un lavado de estómago. –¿Los pretorianos me sacaron de Kapital? No fue así, ¿o sí?

–No recuerdo nada. Necesito descansar. La cabeza no para de darme vueltas.

Bebí varias copas, era lo único claro. No estaba seguro de la coca. Hacía tiempo que no llevaba una bolsa de oro blanco encima, únicamente la tomaba los días aburridos y rutinarios. La composición del disco consumía la mayor parte del tiempo.

–¿Dónde está Susan? –grité despavorido, tras un flash.

–Estará abajo con Ignacio.

–¿Seguro?

–Bueno, la vi ayer. Hoy no sé.

–Pásame el teléfono –ordené de malos modos.

–Fidel, me estás preocupando.

–Por favor, Andrea. Pásame el puto teléfono.

–¡Aquí tienes el puto teléfono! –Me tiró el teléfono a la cara.

–¿A dónde vas? –pregunté. Iba directa al ascensor. Me quedé sin respuesta. Andrea era lo que menos me importaba. Necesitaba organizar mi cabeza, recordar qué sucedió aquella noche.

Marqué el número de Susan varias veces sin recibir respuesta. ¿Fue una pesadilla cocinada por culpa de un coctel molotov de drogas y alcohol? Me negué a creerlo. Si Andrea la vio ayer, Susan no podía ser el cadáver del hotel.

La situación era un puto caos. Una inmensa laguna que trataba de recorrer de punta a punta en una patera sin remos. Piensa, Fid. Piensa, ¿con quién estuviste esa tarde? Alex y Michael estuvieron todo el tiempo en el reservado.

Iba a llamar a Alex cuando recordé el nombre de otra persona, Guillermo Salgado. Era el único capaz de sacarme de mi paja mental. Si fue una pesadilla, no quedamos en vernos aquella noche. Parecía una absurda probabilidad. Aun así, lo prefería. La idea de juntar en un mismo escenario a Palmer y un cadáver acojonaba bastante. Si no fue una pesadilla, ¿quién me sacó del hotel? ¿Habría alguna noticia en los periódicos? Muchas preguntas sin respuestas aparentes.

Comencé a buscar el móvil con la tarjeta prepago que portaba aquel día. En los cajones, en los bolsillos de cada pantalón, chaqueta y cazadora. No aparecía por ningún lado. Extrañas casualidades para ser una simple pesadilla. No tuve más remedio que echar mano del segundo móvil escondido dentro de una guitarra. Llamé a Guillermo varias veces sin obtener respuesta. Algo olía a podrido. Había que ponerse las pilas para saber que sucedió tres días atrás.

Andrea tenía la costumbre de guardar los periódicos de la semana en uno de los cajones del salón. Saqué todos lo que vi y los revisé noticia por noticia. Pasaron varios minutos hasta encontrar el titular que buscaba: Cubana hallada muerta por extrañas circunstancias en el hotel Palace. Acompañaba al artículo una fotografía de la mujer.

El olor a podrido subía de las cloacas. ¿Por qué Susan me citó en aquella habitación? Por qué. Por qué. Nada tenía sentido. ¿Por qué tuvo que ser Susan? ¿Por qué no otra persona? Alguien me preparó una encerrona. Nunca había visto la letra de Susan, le atribuí la autoría de la nota sin dudarlo. ¿Y si la nota la puso el jefazo en mi bolsillo? Si fuera cierto, mi enemigo movió ficha, realizó una muestra de poder, una señal de advertencia para recordar quién mandaba.

Sweet Child O`Mine de Guns N´Roses me devolvió al mundo real. El número comenzaba por 954, prefijo de Sevilla. Descolgué y reconocí la voz de Abel.

–Subo a Madrid este fin de semana. ¿Podríamos vernos?

–Será un placer. Hace tiempo que no hablamos.

–Mi nieta me acompañará. No te importa, ¿verdad?

–No creo que haya ningún problema. –En dos días conocería el pasado de Guillermo.

El móvil con la tarjeta prepago comenzó a sonar nada más colgar Abel. Parecían estar sincronizados. No aparecía ningún número en la pantalla.

–Al fin te escucho. Alguien te ha querido colocar un marrón.

–Hazme un resumen. Mi cabeza no consigue aclararse.

–La chica era cubana, de Varadero. Se llamaba Laura. Cogió un vuelo La Habana-Madrid hace cuatro días. En principio, un simple viaje de placer. Sin embargo, por más que le doy vueltas, el billete de avión estaba muy por encima de sus posibilidades. He investigado a su familia. Tenía un hermano en Madrid. Pensé que ese sería el motivo de la visita. Lo descarte cuando comprobé que su hermano murió en una explosión de coche. No se sabe a ciencia exacta, se le atribuye el atentado a alguna mafia asiática.

–¿Cubano? ¿Accidente de coche? –Pensaba en voz alta. Cubano. Accidente de coche. Cubano. Bomba. Accidente de coche. Bomba. Cubano. ¡Mojito!–. Tienes una fotografía del hermano?

–Te la envío.

La fotografía confirmó las sospechas. Laura era la única persona capaz de esclarecer el asesinato de su hermano y relacionarlo con la explosión de la Agencia Palmer. Su asesinato mató dos pájaros de un tiro.

La verdad quedó al descubierto y en conocimiento de pocas personas. Me quedé sin pruebas para incriminar al jefazo con los asesinatos. Debía cerrar la boca para proteger la integridad física de mis seres queridos.

¿Qué papel jugaba Palmer en este círculo vicioso? ¿Era el hombre vestido de negro en la habitación? ¿La droga vertida en el vaso de agua distorsionó la realidad, recreó mi mente la imagen del Palmer como símbolo del miedo? ¿Qué sucedió tras perder el conocimiento? ¿Cómo me sacaron del hotel? Demasiados interrogantes sin respuestas.

–Fidel, ¿sigues ahí?

–Tenemos que vernos. –Era mejor colgar. No sabía si la conversación estaba siendo grabada–. Ya te daré instrucciones. Quédate unos días por la ciudad.

***

Encendí el portátil para curiosear el analytics de la web. La discográfica ejecutó la estrategia con las mejoras sugeridas en la última reunión. Un banner dominaba la cabecera. Sobre el ombligo desnudo de Susan, las palabras El sueño de Susan dentro del contorno de una estrella de cinco puntas redondeadas pintada con un pintalabios rojo, era un imán sexual para la vista.

Ya se podían descargar seis temas, incluida Fruta prohibida con la voz de Ignacio. La descargué para escuchar el resultado final. Reconocí, al término de la misma, la excepcional voz de Ignacio. Me sentía orgulloso por ser yo su descubridor.

Miré el número de descargas realizadas en dos días: 49.432.782. Era imposible, un fenómeno de masas al que nadie podía ofrecer una explicación lógica. Tenía ganas de comenzar la gira, olvidar los días encerrado en el estudio por una temporada. Sentir el calor de la gente, repetir la sensación de Camino empedrado en el Mondé.

Sweet Child O´Mine de Guns N´Roses interrumpió la curiosidad. Alex llamaba para ver cómo me encontraba. Guasonamente, estuvimos metiéndonos el uno con el otro un buen rato. Le pregunté si había visto las descargas de la web. Estaba igual de asombrado. No sería capaz de contentar a tantas mujeres a la vez.

Verme reír conmovió a Andrea. No me percaté de su llegada. Se alegraba de reconocer al Fidel del que se enamoró.

–Voy a prepararte algo especial –gritó desde la cocina.

–Hoy tienes batalla –rio Alex–. Te dejo. Mañana a las nueve en el garaje.

Ansioso por echar un polvo, me quité los pantalones y los calzoncillos. Caminé a la cocina tarareando la canción It Ain´t till it´s over de Lenny Kravitz con los brazos abiertos.

Agarré a Andrea por detrás. Acurrucándola entre mis brazos, el cuchillo cayó al suelo. Hacía tiempo que colgó los pantalones ajustados. Una pena, le quedaban como una segunda piel.

Capítulo 30.- Micrófono Abierto: El traficante

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Capítulo 29.- Micrófono Abierto: Horrible pesadilla
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Capítulo 29.- Micrófono Abierto: Horrible pesadilla
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La lucha de tres hombres por conquistar a una mujer convierte la creación de un grupo de música en el negocio más rentable y exitoso de la industria discográfica
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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