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Capítulo 25.- Micrófono Abierto: Mi primera vez

Micrófono Abierto: Mi primera vez

El televisor no me despertó. Pasé la noche en remojo y reviviendo recuerdos del pasado. Soñé que era un detective privado que le habían encargado buscar puntos de vista diferentes sobre la historia turbulenta de sus padres.

Salí de la bañera con el cuerpo completamente arrugado. La imagen era pintoresca, una buena fotografía para una portada de revista, sin retoques, ni Photoshop, naturaleza animal en estado puro. Me puse un chándal de la selección española que compré en la tienda de la estación de tren de Valencia y bajé al paseo marítimo.

Una persona pescaba en las rocas. ¿Sería Guillermo? Desde mi posición no se distinguía con claridad. Estaba a punto de entregarle a un desconocido mi porvenir y mi carrera discográfica. Cuando le reconocí, a pocos metros de distancia, traté de saludarle, pero el orgullo personal pesaba demasiado.

Algo en su rostro había cambiado. Guillermo saludó con un leve movimiento de boca que interpreté como un saludo. Me coloqué a su lado y disfruté en silencio del sonido de las olas rompiendo con las rocas durante un tiempo indeterminado.

–Necesito tu ayuda. –Guillermo esperaba alguna pregunta acerca de mis padres–. Solo puedo confiar en ti. –Se sintió alagado con mis palabras, aunque no lo exteriorizó.

–¿Cómo puede ayudarte este pobre pescador?

–No necesito al pobre pescador. Necesito al viejo Guillermo Salgado, el abogado sin escrúpulos.

–Sabes muy bien que esa parte de mi vida quedó en el fondo del mar.

–Tendrás que repescarla.

–Vas por mal camino si piensas que con chulería voy a ayudarte.

–Mi madre decía en su carta que recurriera a ti en caso de necesidad, ¿eso también era mentira? –Me giré para que Guillermo vislumbrara mis ojos. Mostraban firmeza, seguridad y determinación.

–Poco a poco despiertas, comienzas a comprender cómo funciona realmente el mundo. Dime, ¿qué necesitas? ¿Cuál es tu meta?

Qué meta, de qué coño hablaba, simplemente quería que me redactara un contrato. Le resumí la situación para no iniciar una conversación filosófica.

–Primero hay que registrar la canción sin llamar la atención de la discográfica. ¿Conoces a alguien que pueda registrarla sin saberse quién es el autor original?

–Se puede hacer. ¿Alguna cosa más?

–Tendrás que llevar el documento a Madrid para que lo firme el resto de miembros del grupo antes de sentarte a negociar con la discográfica.

–Mañana a primera hora tendré todo listo.

Me despedí de Guillermo, cerré la cuenta del hotel y regresé a la soledad de mi apartamento. De camino a casa, tarareaba la letra de Fruta prohibida.

–Es pegadiza –comentó una voz femenina a mi lado. La miré y reconocí a Susan. Era la última persona con la que esperaba cruzarme. El jefazo también decidió cambiar de estrategia.

–¿No estabas de promoción con tu hermana Lucía?

–Se ha metido a monja.

–¿Cómo? –Pensaba que era una broma.

–Este estilo de vida no va con sus principios morales.

–El jefazo estará contento.

–No te lo puedes ni imaginar. Su renuncia provocó una fuerte discusión, destrozó todo aquello que encontró a su paso. La vena de su frente afloraba como si fue a estallar mientras mi hermana lloraba desconsolada. Le exigí una explicación. ¡¡Llévate a la puta de mi vista antes de que haga una locura!!, me gritó. Sin abrir la boca, agarré a mi hermana, la llevé a su habitación y traté de calmarla. Le pregunté si estaba bien. No habló, se tiró en la cama y abrazó con fuerza la almohada. Me tumbé junto a ella y dormimos abrazadas. A media noche quise levantarme para ir al baño, pero no me dejó. Puso mi paso en su estómago. Pensé en un bombo, un hijastro del jefazo. –Susan hizo una pausa. Medía el alcance y las consecuencias de las palabras utilizadas–. Deseché esa posibilidad, mi hermana ve una polla y sale corriendo –sentenció–. Le pregunté si le habían pegado. No me respondió. El muy cerdo la pegó, le puso la mano encima. Quise matarlo, te lo juro. En aquel momento… Joder… Ostia… –Susan estaba perdiendo los papeles. Trate de calmarla para que bajara la voz y no la reconocieran–. No quiero bajar la voz. Joder, Fid. ¡Es mi hermana! ¡El puto cerdo de los cojones pegó a mi hermana!

–¿Qué paso luego? –Focalicé a Susan en la historia.

–Alguien la secuestró mientras realizaba una sesión de fotos. Salí a buscarla cuando me enteré, pero dos guardaespaldas me retuvieron. Dijeron que el jefazo quería verme. Una parte de mi deseaba no volver a verlo. Otra lo deseaba con unas ganas… –Susan pegó al aire.

–¿Fuiste?

–Los guardaespaldas no negocian. Allí estaba él, con su aire distinguido y cariñoso. Daba miedo, Fid. Actuaba como si nada hubiera sucedido. Me lancé contra él para matarlo a golpes. Solo pude escupirle en la cara. Un guardaespaldas me retuvo, me obligó a sentarme y no levantarme de una silla. El jefazo se divertía, no paraba de sonreír. Gatita mala, sabes perfectamente qué te conviene, ¿verdad? El suceso de tu hermana fue una rabieta de niña mimada. Dame las gracias por no denunciarla. Respecto a ti, espero que te comportes y actúes como una profesional. Rodamos el anuncio del deportivo en unos días. Salía de la habitación cuando le pregunté qué pasaría si me negaba a hacerlo. Respondió con una frialdad que recorrió todo mi cuerpo. A ti nada, a tu familia… No terminó la frase. Se largó para no hablar más de la cuenta. Una vez libre, corrí en busca de mi hermana. Nadie supo responderme. Enrabietada, quise bajar a recepción y liar un numerito. La imagen mental de sus ojos mirándome fijamente me detuvo. Le tengo miedo, Fid, le tengo mucho miedo. Me ha exigido volver a España para animaros y meteros prisa con la canción del deportivo. ¿Cómo la lleváis?

–Está lista desde hace unos días. La canción se titula Fruta prohibida. –No supe mentirle, robé el papel de Judas a Ignacio–. La tarareaba cuando me has parado. Habrá que potenciar tu imagen de diablesa.

–¿Así es como me ves? –comentó Susan burlonamente.

–Mejor que no responda a la pregunta.

–¿Tienes huevos para follar en público y no para responder a una pregunta?

–Me fijé en como nos mirabas.

–Así que te corriste pensando en mí. ¿Quién hace de diablo ahora? –Su tono era pura provocación, la sensualidad subía con cada palabra pronunciada.

–Aún no has tenido la suerte de bailar con el diablo.

–¿Así es cómo pretendes echarme un polvo?

–Lo que te voy a hacer no tiene nombre conocido. Seremos dos animales en celo follando como si fuera nuestra última noche antes de descender a los infiernos.

–No me hagas reír. He estado con muchos tipos como tú. Se os va la fuerza por la boca en cuanto os toco la polla.

–Te espero desnudo en la terraza –concluí la conversación y continué mi camino.

Me desnudé nada más cerrar la puerta del apartamento. Preparé un par de copas y una botella de mi mejor whisky. Tumbado en la hamaca de la terraza meditaba cuánto tiempo tardaría en subir.

Serví la primera copa, una segunda y una tercera. Llegaba la cuarta cuando sonó el timbre de la puerta. Abrí con la botella en la mano. En el breve recorrido de la terraza a la puerta el pene se me puso erecto.

Susan se había cambiado de ropa. Vestía chubasquero y botas altas. El vestido y la ropa interior quedaron tirados en el ascensor.

–¿Has empezado sin mí? –dijo, abriéndose el chubasquero.

La agarré de la cintura y cerré la puerta con un portazo. Le quité el chubasquero y pegué su espalda contra la pared. Descendí a probar su vagina mientras acariciaba sus pechos con las manos. Traté de levantarme para echarle un buen trago de whisky por encima. No me lo permitió, prefería verme de rodillas, trabajando en sus partes bajas.

–Tengo ganas de follar, no tienes por qué emborracharme. –Por fin el sueño se hacía realidad.

Ninguna paja pasada era comparable a la lujuria que Susan desprendía. Le gustaba llevar el control, decidir qué hacer y cómo hacerlo. No sabía decir no a nada. Todo estaba permitido. –¿Cuántas cosas puedes hacer a la misma vez? –susurró sentada encima de mí e introduciéndose mi pene mientras levantaba el brazo para bañarnos en whisky.

***

Logré conquistar el cuerpo que con tanto fervor deseaba poseer. Se presentó sin previo aviso. Así de simple. Demasiado simple, pensé. ¿Casualidad o causalidad? El método seleccionado por el jefazo para domesticarme era bienvenido, me regaló mi anhelo más deseado. Un regalo con doble significado. Por primera vez el jefazo se desprendía de algo personal. ¿Qué papel desempeñaba Susan a partir de ahora? ¿Un juego a tres bandas? Un precio demasiado alto para tocar la fama.

–Tienes lo que le falta a Ignacio –me comentó Susan tirados en la cama–. Ese instinto animal de rey de la selva, impasible ante cualquier peligro.

–No entiendo cómo una mujer como tú puede estar con un pringado como Ignacio. –Era la oportunidad perfecta para averiguar la verdad sobre su relación.

–Tiene todo lo que una mujer necesita.

–Salvo en la cama –subrayé.

–Nadie es perfecto. Lee demasiada poesía, es un romántico convencido. Si tengo que ser sincera, le adoro. Busco fuera de la pareja aquello de lo que carezco.

–¿Cómo se toma las escapadas?

–Intuye algo, pero no quiere verlo. A veces pienso que estaría mejor con mi hermana.

–¿Dónde está?

–En el Convento de Santa Clara.

–¿Has ido a verla?

–No me lo permiten. Para sus jefas soy la reencarnación del mismísimo diablo. –El timbre interrumpió la conversación.

–Será la guardia pretoriana. –El cuerpo de Susan se estremeció–. Tranquila, Sloane y yo mantenemos una excelente relación –mentí.

Miré por la mirilla de la puerta. Al otro lado había un desconocido. ¿Quién será? ¿Un testigo de Jehová? Miré otra vez, me centré en el rostro del desconocido. Abrí tras reconocer la imagen impecable de Guillermo Salgado: traje entallado y bien afeitado, no le faltaba ningún detalle: gemelos, corbata, chaleco y pañuelo en el bolsillo superior de la chaqueta. Era mi hijo puta, mi Jerry Maguire dispuesto a enseñarme el kwan.

–No perdamos tiempo. –Guillermo abrió su cartera de cuero negro y sacó unos papeles–. Firma aquí y aquí. Un contrato es para registrar la canción y el otro para el pacto entre los componentes del grupo. En el segundo incluyo mis honorarios, un veinte por ciento de los beneficios obtenidos por la canción.

–¿No lo consideras abusivo?

–Es una apuesta arriesgada. Peleas contra Goliat. Necesitas tener las espaldas bien cubiertas.

Guillermo Salgado transmitía confianza. Los rasgos de tristezas habían desaparecido, su rostro recuperó diez años de juventud en un día. ¿Era por volver al oficio o por qué alguien confiaba nuevamente en él? Tendría que averiguarlo, excavar en su pasado hasta encontrar el motivo por el que se hizo pescador.

–Nos vemos en Madrid. Podrás regresar a partir de esta tarde. No te demores demasiado. –Guillermo se marchó sin despedirse.

–¿Echamos el polvo de la mañana? –propuse a Susan, regresando al dormitorio. Las preocupaciones se evaporaron, otorgué plena libertad al miembro viril.

***

Por la tarde Susan llamó a la guardia pretoriana. Antes de marcharse le pregunté por qué solicitó que se incluyera en su contrato el apartamento de Doña Lucía.

–Me recuerda a mi hermana. Toma, para cuando quieras volver a la selva–. Susan me entregó una copia de la llave del apartamento.

No regresé a Madrid. Alquilé un coche y paré en Sevilla a hablar con mi viejo amigo Abel, el detective.

–El whisky se te va a aguar –dijo Abel, señalando la copa en la mesa. El tráfico en la entrada a Sevilla hizo que llegara media hora tarde a la cita–. Bien, Fid, dime, qué te preocupa. –Escribí un nombre, profesión y un par de detalles en una servilleta–. Su nombre me es conocido, no se tratara de… –corté la explicación.

–Manéjalo con mucho cuidado. Esta vez quiero que lo trabajes personalmente, nada de intermediarios, ni miembros de tu equipo.

Saqué un mechero y prendí fuego a la servilleta. Cuando los trozos quedaron carbonizados, deposité los restos en la cubitera de vino degustada por Abel.

–Me gustaría quedarme más tiempo –dije. Di por terminada la cena.

–El trabajo te matará. Debes aprender a vivir, no a sobrevivir.

–Eso lo dice un hombre que debería estar jubilado y cuidando a sus nietos. –Ambos reímos. Abel me acompañó al coche. Quedamos en vernos en Madrid dentro de unos días–. Nada de papel escrito –exigí.

–Demasiados secretos, Fid. ¿Contra quién estás luchando?

–No te conviene saber más. –Arranqué el coche.

–Espera, se me olvidaba. –Abel dio varios golpes al cristal–. Si no te lo digo mi nieta me mata. ¿Puedes conseguirme algo firmado por Susan? Está loca con ella. Se compra todo lo que sale en su página web.

–Tráela cuando subas a Madrid a darme la charla. Veremos qué se puede hacer.

Todo el bloque dormía, a excepción de la primera planta, cuando llegué a Madrid. Un guardaespaldas me cortó el paso en la puerta del garaje. Al reconocerme, pidió disculpas y me dejó pasar. Habían duplicado la seguridad desde mi última escapada.

Andrea dormía en el sofá. Sentí pena y remordimiento. ¿Me estaría sucediendo lo mismo que a Susan con Ignacio? Andrea se cansó de probar cosas nuevas, convirtió la pasión en rutina. ¿Podría el simple hecho de pasar un día salvaje de sexo devolver mi interés hacia ella?

Susan era puro fuego. Andrea también cuando la conocí. Ahora se comportaba como un animal domesticado, se adaptó a mi estilo de vida sin ofrecer resistencia. Viéndola dormir, recordé los grandes momento que vividos juntos, lamenté mi actitud adoptada días atrás.

Me acerqué a ella. Pasé una mano por debajo de sus rodillas y otra por su espalda. Sin mucho esfuerzo y con delicadeza, la levanté a pulso. Andrea se acomodó, rodeó mi cuello con sus brazos, su cabeza quedó apoyada en mi hombro.

–Te he echado de menos –me susurró al oído sin abrir los ojos.

–Ya he vuelto. Perdona por estar ausente estos días. –La acomodé en la cama.

Me desnudé y me tumbé a su lado, igual que la primera vez que dormimos juntos. Andrea buscó mi rostro con las manos, me acarició el pecho, el cuello, la frente y mis mejillas. Un beso húmedo finalizó el acto de reconciliación. Coloqué mi mano sobre su estómago, pegué su espalda contra mi pecho y dejamos que Morfeo viniera a visitarnos.

Capítulo 26.- Micrófono Abierto: Embarazo no deseado

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Capítulo 25.- Micrófono Abierto: Mi primera vez
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Capítulo 25.- Micrófono Abierto: Mi primera vez
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La lucha de tres hombres por conquistar a una mujer convierte la creación de un grupo de música en el negocio más rentable y exitoso de la industria discográfica
Author

Ramón Calatayud

Me llamo Ramón Calatayud, soy consultor de estrategia y marketing. Disfruto escribiendo novelas, libros de empresa y contenido para blog. Trabajo como ejecutivo de puntos de venta en Jot Down. Bienvenido a mi MBA Personal: Marca Inteligente.

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